¡Capítulo 21! Inicia la cuenta regresiva para terminar el reto.
¿Sólo un sueño?
Una situación dormida
Jinx tuvo que esperar algo así como tres segundos a Kid Flash, y aunque fue muy poco tiempo, se le hizo eterna la espera, pues seguía sin sentirse cómoda andando por ahí y que todo mundo pudiera ver que era Jinx y no una civil cualquiera.
Maldita piel gris y cabello rosa.
Además, se sentía rara. De su vestido acababa de salir volando un botón y había golpeado el ojo de un mono verde en monociclo. Había engordado por lo menos cuarenta kilos y aunque Wally decía que le gustaba más así porque tenía más curvas, ella no podía evitar sentirse como un hipopótamo de cabello rosa en vestido y mallas.
–¡Hey, Jinxy! – la llamó Kid Flash, cargando una montaña entera de comida chatarra y dulces – Traje lo que pediste. Una bolsa de papas fritas, tres algodones de azúcar, uno rosa, uno azul y uno lila, cacahuates caramelizados, un hot–dog jumbo con extra tocino, una orden de alitas de pollo con picante y una soda de dieta, para adelgazar. Ah, y una rosa para la princesa.
–Gracias – replicó Jinx y aunque se sentía culpable de comer todo eso no pudo evitar devorarlo con tal rapidez que hasta el mismísimo Flash se habría sorprendido.
De repente, se encontraban en la casa de los espejos y por algún extraño efecto óptico no podían verse a sí mismos sino sólo sus vestimentas se reflejaban. Kid Flash la tomó de la mano y le dio un beso en la mejilla.
–Debemos huir, Kid Flash – se alarmó Jinx –. La Hermandad del Mal nos está buscando.
–No seas tontita, Jinx.
–¡Lo digo en serio! ¡Quieren torturarnos!
–¿Por qué dices eso? – preguntó Madame Rouge, tomándola de la mano también. Lucía más asustada que la hechicera.
–¡Porque los traicioné! – le explicó Jinx, alterándose aún más.
–¿Nos traicionaste? – quiso saber Monsieur Mallah, a sus espaldas. Jinx pudo verlo gracias a su reflejo en uno de los cientos de espejos – Dijiste que éramos un equipo. ¡Dijiste que seríamos amigos por siempre! – exclamó el simio gigante, rompiendo en llanto.
–No… Yo no… – balbuceó Jinx.
–Bravo, Jinxy. Hiciste llorar al pobre Monsieur Mallah – le recriminó Kid Flash y le dio unas palmaditas en el hombro al gorila.
–Ten, usa esto – le ofreció Gizmo un pañuelo bordado con las iniciales W.R.W. al homínido –. Te entiendo, simio, a nosotros nos abandonó por Kid Tonto. Era nuestra líder pero nos encerró en la cárcel.
–¿A quién llamas Kid Tonto? – se molestó Kid Flash –. Sólo Jinx puede llamarme así – el pelirrojo hizo un puchero con la boca –. ¿Verdad, Jinxy?
–Exacto – contestó poniéndose las manos en las caderas.
Entonces, se encontró a sí misma bailando una balada lenta junto a Wally. Los dos iban vestidos de gala y se miraban directamente a los ojos, como si no hubiera nada más a su alrededor. Jinx traía puesto un vestido negro de satén que llegaba hasta el suelo y Wally llevaba un extraño traje de terciopelo azul, pero todo lo que Jinx veía era sus ojos más azules que el terciopelo de su ropa.
–Te amo – le susurró y sonrió ligeramente. Wally sonrió de vuelta y atrapó su labio inferior entre los suyos, besándola con suavidad y ligereza mientras los dos se mecían de un lado a otro al compás de la melodía.
Separaron sus labios sólo hasta que la canción terminó y de repente, Wally abrió los ojos como platos.
–¡Jinx! – exclamó y entró en pánico – ¡Adelgazaste mucho! ¿Qué te pasó? ¡Oh, no! ¡Seguramente tienes cáncer de estómago! ¡Todo es mi culpa! ¡Te obligué a comer mucho! – acto seguido, se hizo cuclillas en el piso y escondió la cara para ponerse a llorar desconsoladamente. Sus lágrimas fueron tantas y tan abundantes que inundaron todo el salón de fiestas y mancharon el vestido negro de Jinx, porque extrañamente, las lágrimas eran sangre.
–Conmigo nunca te habría pasado eso, Lucky – se lamentó Kid Kold.
–¿Qué haces aquí, Leo?
–Es nuestra graduación de La Colmena.
–¡Feliz graduación, Jinx! – saltó See–More – Festejemos robando un museo, ¿qué dices?
–Jinx, es una titán ahora, ¿verdad, Jinx? – preguntó Cyborg.
–Seguro.
–¡Booyah!
Mientras tanto, las lágrimas color sangre de Wally se habían acumulado y ahora todos flotaban sobre ellas.
–¡Deja de llorar Wally! ¡No tengo cáncer!
–¡Es mi culpa! ¡Todo es mi culpa!
–¿Bailas conmigo, hechicera de la mala suerte? – preguntó un chico de cabello negro y rostro malvado a quien Jinx nunca antes había visto.
–Vengo con Wally, Jason – replicó Jinx, sabiendo su nombre sin saber por qué.
–¡Viene conmigo! – reaccionó Wally y entonces se la llevó corriendo de ahí.
Llegaron al juego mecánico más monstruoso que la hechicera hubiera visto jamás. Era una estructura de un kilómetro de altura que permitía que los asientos subieran por ella y luego los dejaba caer a una misma aceleración.
Slade les dio la bienvenida y le ofreció a Wally un ramo de flores. Los chicos se colocaron en sus respectivos asientos y se pusieron encima el cinturón de seguridad. Los asientos comenzaron a ascender y Jinx sintió sus pies quedar colgando. Luego llegaron a la cima y sintió que flotaba por encima de toda la ciudad.
–Jinx, ¿te casas conmigo?
–No.
Cayeron y algo explotó en la ciudad. Se dejó ver un rayo verde que los encandiló. Jinx pegó un brinco y de repente se encontró a sí misma recostada sobre el sillón de su sala.
Todo fue un sueño.
Respiró aceleradamente hasta que consiguió calmarse.
–¿Te encuentras bien, Jinxy? – preguntó la voz de Wally a sus espaldas.
–Sí, claro… – la hechicera volteó y vio que no era Wally sino Monsieur Mallah vestido de bailarina quien le había preguntado eso.
–¡Pues muere!
–¡AAAAAAHHHH!
Jinx volvió a abrir los ojos y se dio cuenta de que estaba en su cama, empapada de sudor y con un Wally muy asustado a su lado.
–Tranquila, todo fue un sueño. Está bien. Vuelve a dormir. Estás enferma y tienes fiebre.
–Sí – respondió con voz cansina.
–Mejorarás pronto, ya verás – la animó poniéndole una compresa mojada de agua fría en la frente y posteriormente le acarició una mejilla.
–Gracias.
–Y en cuanto te mejores, iremos a la feria de la ciudad.
–¡NO!
