❥ ´¨)

¸.-´¸.- ❥ ´¨) ¸.- ❥ ¨)

(¸.-´ (¸.-` ❥ Capitulo 20 ❥ .-´¯`-. ❥

No hay luz en la ventana de la habitación Candy ni en la cocina ni en la casa. Albert está sentado en el borde de la cama, a oscuras, con los nervios en punta y una sensación de ahogo en el pecho.

Necesita verla, comprobar que su rechazo le duele tanto como a él. Aunque lo mejor sería olvidarla y encontrar la manera de arrancársela del pensamiento. No puede continuar con este peligroso juego, pero tampoco se imagina alejado de ella.

Una vibración en el teléfono le anuncia un mensaje de Candy. Lo mira un segundo, hasta que la pantalla se oscurece de nuevo. Acaricia el aparato, como si poseyera la capacidad de llevarle hasta ella. Solo ha leído un trocito:

CDTEAT. Mira el letrero de la…, pero le basta para conocer el resto.

Deja el móvil sobre la cama, boca arriba, en silencio. Hunde la cara en las manos con necesidad de leer sus palabras. Debería dejar de pensar, meterse en la cama, pedir un cambio de casa, de base, de número de móvil. Debería apartarse de ella. Pero no puede hacerlo.

Hay una débil luz en la ventana de Candy, capta el reflejo desde la cama. Aprieta los puños con fuerza para obligarse a quedarse quieto a pesar de los deseos de verla. Sus ojos vuelven a observar el móvil con avidez, no resiste la tentación de cogerlo, darle vida a la pantalla y abrir la aplicación del WhatsApp.

La foto de perfil de Candy es preciosa, se la ve feliz. La amplía para no perderse ni un detalle de su cara sonriente, con chispeantes ojos verdes que transmiten alegría. Le duele hacerle daño, negarle los besos y las caricias que debería ofrecerle, pero él es el adulto y no puede cometer una tontería dándole esperanzas. No las hay, están condenados a quererse en la distancia.

No resiste ni un minuto más sin saber de ella.

C: CDTEAT. Mira el letrero de la ventana. Te mando una de nuestras dos canciones como mi declaración de amor, la otra te la canté el miércoles. No destruyas la posibilidad de estar juntos, nos queremos. Lucha por mí Albert, no te arrepentirás.

El mensaje va acompañado de un archivo con All of me.

A: No puedo olvidar mis principios para empezar algo contigo, nunca me lo perdonaría. A veces el amor no es suficiente.

Se estira en la cama boca arriba para escuchar la canción.

Qué haría yo sin tu inteligente boca atrayéndome y sin ti echándome a patadas.

Tengo la cabeza dando vueltas, no es broma, no puedo saber

qué es lo que pasa por esa hermosa cabecita.

Estoy en tu viaje del misterio y estoy tan mareado, no sé qué me golpeó, pero estaré bien.

C: No te rindas. Juntos podemos con cualquier obstáculo.

A: Los hay insalvables.

C: No has mirado en la ventana… Antes de cerrar la cortina deberías leer mi mensaje. Me encanta colgarte carteles en el cristal, es muy romántico.

Mi cabeza está bajo el agua, pero estoy respirando bien, tú estás loca y yo no estoy en mis cabales.

Porque todo de mí ama todo de ti. Ama tus curvas y tus bordes, todas tus perfectas imperfecciones.

Dame todo de ti, y yo te daré todo de mí.

Tú eres mi final y mi principio, incluso cuando pierdo, estoy ganando, porque te doy todo lo mío,

y tú me das todo lo tuyo.

A: ¿Te cuesta entender un no? Buenas noches.

C: No has podido negar lo que sientes. Me quieres Albert. ¿Vas a dejarlo pasar? ¿Eres así de cobarde?

A: Si bastara con quererte… Has de entenderlo Candy, la vida no es fácil, a veces tomar decisiones duras sirve para avanzar.

Cuántas veces tengo que decirte

que incluso cuando lloras eres todavía hermosa.

El mundo está tirándote abajo,

yo estoy por aquí, pasando por cualquier estado de ánimo.

Tú eres mi perdición, tú eres mi musa, mi peor distracción,

mi Rhythm & Blues que no puedo dejar de cantar,

suena en mi cabeza por ti.

C: Si no eres valiente no conseguirás ser feliz. Te quiero, nunca dejaré de decírtelo ni de intentar convencerte para que te arriesgues por amor. Amar significa no dejar de soñar Albert, vivir al límite, luchar para lograr imposibles. Mira el cartel de la ventana.

A: Si fuera así de sencillo… Buenas noches Candy. Voy a desconectar el móvil y no pienso leer tus palabras. Se terminó. No más caricias ni sonrisas ni miradas.

C: Muak, te mando un beso de buenas noches, deseo que sueñes conmigo. TQM. No voy a rendirme, nunca lo haré. Aunque pasen mil años yo seguiré esperando un beso tuyo.

Las cartas sobre la mesa, los dos llevamos corazones, aunque es duro, lo estamos arriesgando todo.

Albert apaga el móvil con un nudo en el corazón, como si quisiera advertirle de lo mucho que pierde al dejar de escucharla. Las palabras de la canción reverberan en su mente como un recuerdo constante a su realidad.

La ama. No tiene ni idea de cómo logrará olvidarla porque está metida en su piel, es parte de él, y despertarse una mañana sin verla se le antoja el peor de los castigos.

Se queda durante más de una hora estirado en la cama boca arriba sin desvestir, pensando en ella, en la suavidad de sus caricias, de su voz, de la promesa de sus besos. Huele su esencia, como si estuviera junto a él, acurrucada en su pecho.

Pasadas las once se levanta y camina descalzo hacia la ventana. Candy está en la suya, sentada en el alféizar, con los cascos en las orejas y una lámpara de sobremesa iluminando el cartel pegado con celo. Albert se mantiene a una distancia prudencial para evitar ser visto. La adrenalina surca sus venas con fiereza y despierta el deseo, ahogándole.

Ella lleva un pijama minimalista. Un short cortísimo de color rosa y una camiseta de tirantes a conjunto, ceñida, resaltando sus pechos perfectos. Tiene los ojos cerrados, los pies desnudos entrelazados cerca del cristal y una expresión triste.

Desde su posición Albert se esfuerza por leer el cartel sin despertar sospechas en Candy, pero no lo consigue. Avanza con el corazón martilleando en el pecho hasta colocarse frente a la ventana, desafiando sus decisiones.

Levanta la vista despacio, con la sensación de que ella le está mirando. Se conecta con sus ojos y se siente morir de deseo. Ella coloca la palma de la mano en la ventana, él hace lo mismo, como si fuera un mero reflejo en el espejo, sin pararse a pensar en la fuerza de ese gesto.

A la mañana siguiente se despierta temprano, ayer olvidó cerrar la cortina y la luz del sol inunda la habitación. Su primer pensamiento es para Candy. Se pregunta si estará esperándole al otro lado de la calle, con su sonrisa especial para alegrarle el día.

Pasa por el baño antes de atreverse a otear por la ventana desde lejos. Ella está en el mismo sitio que la noche anterior, dormida, con la cabeza apoyada en el cristal y los cascos mal puestos en las orejas. El cartel sigue colgado con sus caras tristes, los corazones rotos y la declaración de amor.

Una ducha le ayuda a despejarse de los últimos coletazos de sueño, le irá bien un poco de ejercicio para despejarse. Baja a la cocina para prepararse un desayuno equilibrado, los años de trabajar con su madre en el bar le hicieron un hombre práctico e instruido en el arte de cocinar.

Regresa a la habitación unos minutos después. Ni Candy ni el cartel están en la ventana, en su lugar hay los auriculares en la repisa. Se viste con un chándal y unas zapatillas de correr. Hace un día magnífico, perfecto para hacer un poco de running hasta el gimnasio y deshacerse de la tensión.

Le enfurece sentirse atraído por Candy y que ella sea temeraria, si alguien descubre los carteles podría llegar a conclusiones equivocadas.

El sol le recibe al salir al exterior, siente una punzada de decepción al no encontrarla en el porche esperando su aparición matutina. Se coloca unos auriculares grandes y los conecta al móvil para escuchar una de sus playlists de Spotify. Correr acompañado de una suave brisa fresca es perfecto.

A medio camino el Camaro pasa por su lado y reduce la velocidad.

—¿Te llevo la bolsa? —ofrece Candy señalando mochila que Albert lleva a la espalda—. Has salido muy pronto hoy, un poco más y no puedo darte los buenos días.

Albert se detiene al lado del coche sin dejar de mover las piernas y le dedica una mirada airada.

—No vuelvas a dejar un cartel en la ventana toda la noche. Es un juego peligroso.

—Te quiero mucho. —Candy le lanza un beso y acelera—.No lo olvides nunca.

La ve marchar con las constantes disparadas. El tensiómetro que lleva en la muñeca izquierda muestra una alteración importante en su ritmo cardíaco y la respiración acelerada.

Candy le espera en la puerta del gimnasio con una sonrisa. Está guapísima con una falda corta de deporte y una camiseta que deja al aire el vientre plano.

—Luego te llevo a casa —anuncia acariciándole la mano—.No voy a dejar que mi chico llegue sudado. Aunque me pone verte así.

Le guiña el ojo y se adentra en recepción rumbo a su clase.

Albert suspira, menea la cabeza y camina hacia el vestuario masculino. Tiene la intención de no subirse a la bici hasta el final de la clase de Zumba, no está preparado para verla bailar ritmos latinos con sus sensuales movimientos de cadera. Esta vez está decidido a no mostrarse vulnerable a sus intentos por seducirle.

Se sienta en la máquina de remo, pone un peso alto y ejercita sus músculos sin dejar de mirar la bici con ansiedad. Consigue mantearse alejado diez minutos antes de ceder a la tentación y observarla mientras pedalea.

—Has tardado mucho. —Al salir del gimnasio se encuentra a Candy sentada en uno de los sillones de recepción—.Pensaba que me habías dado plantón. ¿Nos vamos?

—No habíamos quedado, pensaba volver andando.

—Vamos, no seas quejica. —Tira de él hacia la salida—.Tengo el coche aquí mismo y vivimos muy cerca.

El trayecto se le hace eterno. Candy intenta hacerle hablar acerca de sus sentimientos, provocándole con preguntas personales, insistiendo, pero él se mantiene en una posición neutra, sin dejarse llevar.

—Gracias por traerme. —Se despide al bajar del coche y aprieta el paso para no acompañarla hasta la verja de su casa—. Te veo el lunes.

El General ayer les contó sus planes de pesca mientras Patty y Candy estaban en la cocina y necesita sacarse de la cabeza las locas ideas de comer con ella.

—Albert espérame —le llama Candy—. ¿Te invito a comer? Estoy sola en casa.

—Llama a Tom, es mejor opción que yo. —Se detiene un segundo—. ¿No te quedó claro ayer? No puede ser.

—¿Quieres que llame a Tom? —Ella utiliza un tono afectado, como si le molestara la proposición—. ¿Lo dices en serio?

—¡Claro! ¡Es tu novio! —Imprime fuerza a sus palabras y oculta las heridas abiertas en su corazón al pronunciarlas—.Yo no soy nada para ti Candy. Métetelo en esa cabecita. Ya basta de jugar conmigo.

¿Le acaba de pedir que llame al otro? No es capaz siquiera de imaginárselo, se odia por mencionarlo sin medir las consecuencias de esa frase. Si le ve acercarse a ella, si le descubre besándola…

—Vete a la mierda Albert. ¿Quieres que llame a Tom? ¿Eso es lo que te apetece? Ok, ahora mismo le invito a comer.

—Es lo mejor.

—¡Qué te jodan! —Levanta el índice de manera acusatoria—. No me voy a pasar la vida esperándote.

Candy se da la vuelta y camina hacia su casa con rapidez, sin girarse en ningún momento. Él hace lo propio con una tensión molesta en el cuerpo, mirándola desde la puerta.

A la hora de comer ve a Tom con Candy en la cocina de su casa riendo, como si estuvieran muy felices. Apenas logra probar bocado, está a punto de estallar, no aguanta verlos sonreír ni abrazarse ni hablarse mientras cocinan.

Cada diez minutos se asoma a la ventana del recibidor para comprobar si Candy y Tom continúan en el porche charlando, como si ella le hubiera olvidado. La ira escala posiciones, le lleva a un estado de agitación imposible. No logra reprimir el deseo de liarse a golpes con el chico, con unos celos insanos apresándole.

Cuando Tom se va a las cuatro Candy le despide en la puerta con un casto beso en los labios. Su sonrisa al verle marchar es inmensa. Albert la saluda desde la ventana de la cocina, pero ella ignora el gesto, se da la vuelta y entra en su casa.

Llena una bolsa con un chándal y una toalla, sale a la calle en tres zancadas furiosas, camina hacia el callejón y sube al Dodge. El portazo retumba en el lugar solitario y acalla un segundo su respiración acelerada. Conduce a gran velocidad hacia la zona restringida, con una rabia extrema. Una vez en el gimnasio se coloca unos guantes de boxeo y golpea con fiereza el saco durante dos horas para quemar la tensión.

Se va a dormir temprano, sin sueño, con la cabeza llena de dudas.

CONTINUARA

ESTO ES DE LOCOS, LE DICE QUE LO DEJE Y LLAME A TOM Y LUEGO SE MUERE DE CELOS...

TAL PARA CUAL, UN PAR DE INMADUROS.

ABRAZOS .

ABY.