SPOILERS DE LA NUEVA SAGA DE DRAGON BALL SUPER

(leer con cuidado)


AL FINAL


—la esperanza prevalecerá—


~pecador~


Le combat spirituel est aussi brutal que la bataille d'hommes; mais la vision de la justice est le plaisir de Dieu seul.

(Arthur Rimbaud, Une saison en enfer)


Era de madrugada, como las tres de la mañana. Me sentía roja y nerviosa por la situación, también sentía un dolor incomprensible en la cara interna de los muslos, como si hubiera hecho mucho ejercicio. Es que había sido mi primera vez; también había sido la suya, aunque nos lo confesamos tiempo después. Esa noche, nueve meses después de la llegada de Black, ni él lo dijo ni yo lo dije, y aunque él no se dio cuenta de mi mentira como bien me lo confesó después, yo sí lo hice. Por algún motivo, aun cuando no tuviera experiencia alguna, me di cuenta de que, antes de que eso sucediera, él era tan virgen como yo.

Lo recuerdo: fue antes de empezar. Estaba ida como nunca antes por todo lo que él me estaba haciendo sentir en esa especie de brote de pasión que nos tomó al mismo tiempo. ¡Estaba fuera de mí! Y él, siempre tan responsable, tan preocupado por todo y todos, lo estaba aún más, en contradicción a su propia existencia. Pero algo en él, en esa instancia en la cual una separa las piernas para comenzar, me dijo que nunca lo había hecho. Al sentirlo, quise llorar; lo entendí mucho tiempo después. Algo en su fragilidad me conmovió como nunca nada lo había hecho, ¡a mí! A mí, que había pasado una vida entera perpetuando los alocados planes de Su Excelencia.

Nunca en mi vida me había sentido como en ese instante, tan bendecida por tener junto a mí a alguien así.

No tengo amigas con quienes hablarlo, pues mi vida fueron Mi Señor y Shuu y ahora lo son los sobrevivientes y él, pero si lo pienso seriamente creo que me sacó de adentro una especie de instinto innato que tengo. No sé si todas las mujeres lo tienen ni si le llaman como yo le llamo, pero lo sentí tal cual: quería protegerlo. Como a Mi Señor, el Gran Pilaf; quería proteger a ese hombre, pero quería hacerlo de otra manera, con mis brazos y mis piernas, con besos, con cariño, ¡con tanto que nunca había sentido! Al mismo tiempo, quería hacerlo feliz. Me obsesionó, al darme cuenta de su virginidad, la idea de darle toda la felicidad del mundo. Me hizo sentir adulta y responsable, comprometida con lo que quería lograr. Me hizo saber, de algún modo, que no se trataba de que fuera un hombre en sí lo que me hacía sentir así, de que fuera aquel con quien había decidido hacer eso que nunca había hecho; se trataba de que, puntualmente, fuera él. Porque estoy segura de que ninguno es como él. Ninguno, digo, tiene esa fragilidad tan innata, tan bien escondida detrás de su fortaleza y valentía, de la vehemencia de su lucha. Ninguno más provoca lo que él, por lo menos así lo siento.

Trunks es distinto a todos. ¡No necesito más experiencia para saberlo!

Me sentí afortunada y deseé ser lo suficiente para él, estar a la altura. Asumí la responsabilidad de guiarlo aun cuando no entendiera en lo más mínimo lo que estaba haciendo, nada salvo por lo que había visto en alguna película. ¡Cuánto miedo me dio sentirme tan inútil, tan malditamente torpe! Soy un desastre, pero qué fuerza me sentí, que pese a los nervios pude ser la más madura de los dos. ¡Una locura! Pero bueno, al parecer no en vano esta es mi segunda juventud. Si la trampa sirve, que sirva.

Hacerlo fue hermoso. No puedo describirlo, ni en algo tan íntimo como un diario podría. Sólo me sale decir que lo amaba antes de hacerlo y luego de hacerlo lo amé más. ¡Cómo temblaba Trunks, cómo jadeaba, cómo parecía agonizar cada vez que lo sentía muy dentro! Esos ojos al borde del llanto, azules e irreales, mirándome fijamente. ¡A mí! Tuve ganas de decirle lo que le confesé tiempo después: ¡¿por qué miras así, como si fuera la más perfecta criatura, a una ex villana que le robó las esferas a tu mamá hace mil millones de años?! Era tan frágil en mis brazos que sentía —y siento, aún— que no me lo merecía. No a una persona así, tan imposible por lo maravillosa.

A lo mejor, aceptar que te mereces a esa persona a la que amas en sus defectos y virtudes es la parte más difícil de amar, ¡porque al inicio sólo ves luz, e idealizas, y arruinas todo con tu mundana humanidad si te comparas con un ser tan sublime! Y no es hasta que lo haces, hasta que ves su humanidad además de sentirte la tuya, que eres capaz de disfrutar de lo que sientes, de ese amor que esa persona te inspira. Y yo no me lo creía. Era demasiado, pasar de mirarnos con disimulo en la base de la resistencia a reconocer lo que sentíamos y sufrir por lo desafortunado que era el contexto para que algo así nos ocurriera. Pasar de curarle las heridas con las manos a tocarlo, a permitirle que me tocara, a enseñarnos el uno al otro las caricias y los besos, la ternura y la pasión. ¡Con torpezas, pero enseñarnos! Pasar de anhelar hacerlo y reprimirlo en nuestro interior a permitirnos que sucediera, desahogarnos y fundirnos, entregarnos como si no hubiera futuro. Y quizá no lo haya, Trunks.

Maldita sea… ¡Quizá no lo habrá! ¡Pero confío en ti! Pase lo que pase, Trunks, sé que…

Me sentía fuera de mí, sí, allí, moviéndome desprolijamente sobre él; fue como el fin de una evolución que me había iniciado al perder a Su Excelencia; fue la confirmación de que, pasara lo que pasase, debía luchar por quienes aún permanecían con vida, de que debía salvarlos y no culparme más por Mi Señor, de que debía confiar en mí y no dejarme vencer. Ya sabía todo eso, ya había pasado por mucho, pero Trunks fue la confirmación, el paso final en mi transformación.

Rendirte no es propio de ti. Debes seguir adelante, Mai.

Cuando terminamos, dejó caer su rostro en mi hombro. Estaba ahogado, agotado. Yo me sentía igual, pero ese instinto innato me hizo adoptar el papel que no sabía pero quería aprender a adoptar, el de la seguridad. Lo abracé y sentí deseos de llorar. Me reí como una niña escuchando cómo Trunks luchaba con su respiración.

—¿Estás bien? —preguntó—. ¿T-Te dolió?

—Tranquilo, Trunks —respondí sonriendo—. Estoy bien…

Se levantó. Estaba oscuro, pero noté el color rojo en su rostro, mitad por el calor y los sucesos, mitad por lo tímido que es. Salió del sofá y me dio la espalda; mientras se ponía la ropa interior, lo observé; vi en él una especie de dualidad: por un lado, un hombre tan fuerte, tan decidido, tan invencible; por el otro, un muchacho dulce, sensible, frágil. Ah, frágil: me conmovió justo como cuando lo estábamos haciendo. Deseé protegerlo con fuerzas que no me conocía.

¿Cómo era posible que la misma persona me produjera dos sensaciones tan diferentes? Su fuerza, su fragilidad.

Terminó de ponerse la ropa interior: lo vi titubear, siempre de espaldas a mí. Me senté en el sofá, cubierta por una vieja sábana, y me acurruqué contra el respaldo. Lo llamé:

—Trunks…

Después, le hice un gesto: ven aquí, acuéstate junto a mí. Me miró, confundido, y me sonrió con los ojos húmedos. Y estaba oscuro en ese cuarto, sí, pero noté el brillo de su mirada sin problemas. Estaba hermoso, y ver su silueta desnuda ante mí, en su esplendor, me dio la respuesta a mi pregunta anterior: su fortaleza y su fragilidad innatas son testimonio de su humanidad. ¡Qué humano es! ¡Qué maravilloso! Y las preguntas, más y más, surgieron: ¿merezco algo así aunque haya sido una villana a órdenes de un hombrecito que soñaba con gobernar el mundo alguna vez?

¿Merezco algo a pesar de que no haya podido salvar de la muerte lo que más amaba?

Trunks se sentó junto a mí. El ceño se le frunció exageradamente; sumado a la sonrisa, la tristeza lucía tan esplendorosa como los ojos.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

No respondió. Aprendí, con el tiempo, que Trunks no siempre responde con palabras, que la mayor parte de las cosas las dice de otra manera. Como cuando los ojos gritan todo lo que no dice, ese dolor al final de su ser. Entendiendo esto, por lo menos habiendo empezado a entenderlo a esa altura, me senté en el sofá con la sábana sobre los pechos, la cual sostuve contra mí con el pudor latente, incapaz de mostrarme entonces, cuando todo había terminado.

Trunks me dio la espalda. Sentado al borde del sofá, bajó la cabeza y buscó aire, y más, y más. Ya se lo había notado y se lo he vuelto a notar hace instantes, idéntico a ese momento: cuando algo lo desespera y el dolor se vuelve punzante en exceso, es como si la garganta se le cerrara por la angustia. Comienza a respirar agitado y nunca es bueno lo que viene después, o sí; todo depende de la perspectiva.

Puse una mano en su hombro desnudo y volví a preguntar:

—¿Qué pasa?

De nuevo, no recibí respuesta, nada más que la agitación. Luego, tosió; luego, volteó hacia mí. El cabello le caía sobre los ojos; en las penumbras, su belleza era la de un ángel guardián.

Y así lo sentíamos todos en el refugio.

Y así lo descubro ahora mismo, sobre todo.

—Lo siento —me dijo fingiendo la sonrisa más falsa que hubiera visto en mi vida.

Devolví el gesto y apreté su hombro. Aunque nerviosa y cubierta por pudor, esa necesidad de protegerlo, de cuidar de él como lo único que me quedaba, pudo más. Por momentos, en mi evolución, me desconocía; cuán fácil era ser fuerte para él, para cuando él necesitara fortaleza de la cual contagiarse.

—¿Quieres… hablar? —pregunté, tímida.

Trunks dejo de fingir: la mirada se le desorbitó y la piel palideció; la sonrisa a la que nadie podía creerle se borró y ya no asomó más. Se dio la vuelta hacia mí y me miró con una timidez encantadora, digna de un niño. Sin soltar su hombro, perdí noción de lo que hacía, porque mi pudor desapareció por completo al hacer lo que hice: lo atraje hacia mí, bajo la sábana, hasta recostar su rostro contra mí. Sentí cómo mi pecho izquierdo era comprimido por su mejilla y cómo el calor de mi piel chocaba con el frío de la suya. Lo cubrí con la sábana hasta por encima del cuello y lo apreté contra mí. Uno de sus brazos encerró mi cintura y así yacimos los dos, en silencio, en penumbras.

Al sentirme tan desnuda debajo de él, el pudor volvió a ser latente. Sonrojada por sentir su cara en mi pecho y sin nada que se interpusiera entre nuestras pieles, pensé en decir algo; no hubo manera.

Trunks temblaba. La agitación estaba más acentuada que nunca.

—¿Trunks…?

Cuando pronuncié su nombre, tembló más, mucho más. No entendía qué le sucedía, porque entenderlo no siempre es fácil, pero sí supe algo: a diferencia de cuando estábamos haciéndolo, no era alegría el motivo de su temblor. No temblaba por placer, no como antes, ni tampoco por los nervios propios de un hombre que jamás ha estado con una mujer; el temblor era ese de cuando Black lo destruía todo, cuando apenas lográbamos escapar, cuando las esperanzas se nos drenaban en la desesperación de escapar para vivir. Era el temblor de cuando me sostenía herida contra él, así como el temblor de cuando lo sostenía herido contra mí. Al descubrirlo, supe que Trunks estaba triste. Considerando la alegría con la cual lo habíamos hecho por primera vez esa misma noche, su tristeza no tenía un fundamento claro.

¿O sí? Claro que lo tenía: un héroe jamás olvida su misión.

No podía ser tan tonta. Claro, me dije; claro, sí: aunque haya sido hermoso todo lo ocurrido, Black sigue ahí afuera, el mundo sigue padeciendo su crueldad, continuamos recibiendo su supuesta «justicia» por ser unos «mortales pecadores». Claro, sí…

Pero imperó, en mí, esa fuerza que Trunks me multiplicaba:

—Sé que Black no desaparecerá por hacer que algo así ocurra entre nosotros —expliqué—, que nada arregla su presencia aquí, pero pienso que…

—No —dijo él, y me interrumpió en plena reflexión.

Sentí lágrimas en mi pecho izquierdo: Trunks lloraba sobre mí. Agitado, frío como el hielo, lo apreté más y él a mí. Con voz de niño, me lo preguntó:

—¿Me permites… confesarte algo?

El «sí» que pronuncié después salió disparado de mi boca, por supuesto. Entonces, Trunks me dijo todo. Desahogó sobre mí, en palabras y lágrimas, todo aquello que guardaba en su interior: hace años, viajé en una máquina del tiempo. Cambié de historia del pasado, lo cual abrió otra realidad; ayudé con lo que pude en la batalla con los androides y logré hacerme lo suficientemente fuerte como para lograr derrotar a los de nuestra época también. ¡¿Qué?! Cuando dijo lo último, algo que nunca me había contado y que el mundo entero seguía preguntándose, quise frenarlo y gritarle: ¡¿tú eliminaste a los androides?! Suspiré y contuve mi infinito agradecimiento cuando noté que no dejaba de llorar. De alguna manera, supe, ya lo sabía. Trunks nunca hubiera necesitado decírmelo, en realidad, pues yo ya lo sabía.

¿Quién derrotó a los androides?, se preguntó durante años la gente. Nadie más que Trunks pudo y debió hacerlo, me respondí después.

Lo amé aún más desde entonces.

Siguió: ¡sé que quizá no era lo que debía hacer, que tal vez no estuvo bien que cambiara la historia! ¡Mai, sé que quizá sueno como un loco! ¡Pero es que ya no podía más! No quería vivir más en ese infierno; quería que fuéramos felices, que tuviéramos la oportunidad de vivir en paz y sin la amenaza de los androides sobre nosotros. Necesitaba hacer algo por nuestro planeta, Mai…

Se ahogó por completo. Acariciándole la espalda con toda la delicadeza que pude domar dada la tensa situación, intenté instarlo a calmarse, pero nada funcionó, ni las caricias ni las palabras que le susurré para hacerle saber que le creía, que si una oración estaba pronunciada con su voz tenía que remitir a una verdad. Le dije que lo amaba, después: ¡te amo, Trunks! Te amo, y si pudiste una vez podrás dos, y si venciste a los androides (¡vengaste a Mi Señor! ¡Vengaste a Shuu! ¡Te amo, Trunks!) vencerás a Black. ¡Vas a poder, Trunks! ¡Podrás! Pero no: él se ahogó sobre mí, cubierto por la angustia, desencajado por el horror. Intenté convencerlo una y otra vez y de los murmullos pasé a los gritos:

—¡Vas a poder, Trunks! ¡Lo harás!

Se levantó bruscamente de mí. Furioso, con una mano a cada lado de mi cuerpo, respondió con una desesperación que ni en los peores momentos le había conocido:

—¡NO SE TRATA DE ESO!

Después, su ceño se deformó por la mezcla de sentires. Las lágrimas se le caían sin parar.

—Lo siento… —farfulló. Lo recosté sobre mí de nuevo—. No te quise gritar. Lo siento, lo siento mucho…

Quise abrazarlo tanto, tanto, que incluso quise que dejara de ser una persona aparte de mí. Quería ser él y quería que él fuera yo. Conmovida, lo tranquilicé:

—¡No te tienes que disculpar por eso! A todos nos pasa. Ahora, cuéntame a qué te refieres.

Me estrechó. Sentí un tímido beso en mi pecho izquierdo, donde nuevamente tenía apoyado su rostro, y las ansias de hacerlo parte de mí retornaron.

Ay, Trunks…

—Me refiero a que… ¡Mai…! —Lloró; no tuve manera de frenarlo—. Mai: Black habla de justicia. ¿Y si esa justicia es hacer que este mundo…? ¿Que los cambios que provoqué no…?

Tragué saliva cuando entendí. Trunks no necesitaba decirlo, pero lo dijo:

—¿Y si Black está acomodando las cosas a como debieran ser en realidad? Todos muertos aquí, en la Tierra; la humanidad asesinada y ninguna salvación posible…

Y no se detuvo. Trunks nunca puede —¿realmente?— si se trata de la culpa. Siguió:

—¡¿Y si todo esto, Black allá afuera y la destrucción a nuestro alrededor, es mi culpa?!

Apreté su cabello entre mis dedos. Me sentí furiosa como nunca antes. ¡Vengó a Mi Señor! ¡A Shuu! Vengó a todas y cada una de las vidas que se perdieron por culpa de los androides. ¡Lo hizo, y ni siquiera se jacta de eso! ¡Y en vez de sentirse orgulloso se culpa! Pensando eso y más, mucho más, apreté más su cabello. ¡No podía permitir que distorsionara tanto la verdad de lo que había hecho! ¡La verdad, maldita sea!

¡Es el salvador de la humanidad!

—Lo eres… —pronuncio ahora mismo, viendo de cuánto es capaz cuando la convicción se le convierte en pasión y estalla justo como debe hacerlo en pos de lo que sueña.

Intenté relajarme todo lo que pude, porque debía decir algo muy importante, tan importante que apenas alcanzaba a entender su alcance. ¡Ay, Trunks! Qué desesperación hacerte entender que no estás equivocado, que nunca hiciste nada malo, que lo único que hiciste fue salvarlos a todos. ¡Me desesperó tanto pensar hasta qué punto estabas distorsionando tu propia verdad!

—Nunca nadie nos ayudó… —siguió, lo cual frenó las palabras que intentaba ordenar en mi cabeza para poder hablar—. Nunca pensé en eso, Mai, pero cuando hace poco pude conocer al Kaiohshin que me entrenó para frenar a Majin Buu, yo…

Ya me había hablado del Kaiohshin, por lo cual pude seguir sus palabras lo suficientemente bien como para comprender la magnitud de lo que decía. La garganta se me echó a perder por los nervios. No pude, por los siguientes minutos, decir algo más.

Y él sí pudo. Siguió:

—¡¿Por qué el Kaiohshin nos ayudó a frenar a Majin Buu pero no a los androides?! ¡Por qué nadie nos ayuda ahora contra Black?! ¡¿Por qué dejan que la gente sufra, que la gente muera, que la gente…?! ¡¿POR QUÉ?! Y entonces me contesto que es lógico; que, aunque el Kaiohshin no me lo haya dicho, es muy obvia la respuesta: fue mi culpa.

»Fue por mí. Porque mi mundo, cambiado por mí, no merecía salvación.

»Tal vez, cambiar la realidad es un pecado para los dioses. Tal vez, está mal hacerlo, porque interfieres con el destino, con el designio de alguien más, con lo que se suponía debía ser.

»Tal vez, Black es el castigo que esta realidad se ganó por mi culpa… ¡Pero si yo sólo quería…!

Y lloró y lloró sobre mi pecho izquierdo, hasta erizarme la piel entera, hasta hacer que me olvidara de mi propia existencia. Es que seguí a Su Excelencia, a mi queridísimo Gran Pilaf, en sus convicciones. Nunca lo cuestioné, jamás me pregunté si lo que él hacía o no estaba mal, porque… ¡Ah, porque yo le creía! Todo, Mi Señor. Todo se lo creía y creeré. ¡Siempre! Así que me dije que era algo que, aunque distinto, sonaba parecido: lo que debe ser contra lo que es, contra lo que deseamos que sea. El mundo, la vida, nuestros seres queridos, todo…

¿Está mal querer ir contra lo que se supone que debemos ser?

¿Está mal contradecir lo que la vida misma nos traza delante y tomar otra ruta para llegar a donde sentimos que pertenecemos?

¿Está mal pensar, sentir, ser diferente?

Tuve una revelación. ¡Sí! Una poderosa revelación: con Trunks llorando sobre mi pecho, las lágrimas de él erizándome la piel, me di cuenta de que nunca jamás puede estar mal algo que hicimos porque así lo sentimos. Si a nadie dañamos, si todo lo hicimos por ser fieles a nuestras convicciones, si dejamos que el corazón nos llevara… ¡Todo, Trunks! Todo: seguir a Mi Señor, cambiar el rumbo al perderlo, ayudar todo lo posible, resistir, sanar, luchar. ¡Tenerte, albergarte, ser una contigo! Fundirte en mí para ser feliz, Trunks.

A nadie dañé. A nadie mentí. Sólo… Trunks, sólo hice lo que sentía.

Si a nadie dañas, si tus intenciones son así de buenas, ¿por qué culparte, entonces…?

Sonreí. Sí: como ahora. Aun cuando el horror fuera explícito e insoportable, sonreí, porque lo entendí: si algo de lo que hice se suponía que debía ser distinto, si algo que pensé estaba inmerso en el error, si algo que sentí iba contra todo aquello que había sentido antes…

¿Qué problema hay?

Es lo que siento, ¿no? Es lo que sientes, Trunks.

Es lo que tiene significado para nosotros.

Suspiré. Lo hice mirarme, lo acaricié en la mejilla y se lo dije. ¡Sí! Lo hice:

—Hiciste lo que sentías.

Me miró tan triste como confundido, como inconsolable. Me besé un índice y lo llevé a sus labios.

—Nunca jamás en la vida, Trunks: nunca te arrepientas de haber hecho lo que creíste correcto. Y si la justicia de la que Black habla es por tus acciones, ¿quién te quita la felicidad de haber salvado tantas vidas? Como esos niños del refugio, Trunks; como Haru y Maki. Salvaste esas vidas y, aunque ahora nadie esté a salvo, ¿por qué le restas mérito a todo el bien que volcaste en este mundo todos estos años? ¡Y qué digo! —dije, riéndome, con mi dedo sobre su boca—. No sólo salvaste las vidas de Haru, Maki y tantos otros niños; las hiciste posibles.

»¿Tienes idea de la cantidad de vidas que llegaron al mundo gracias a ti?

»¿Tienes idea de la magnitud de lo que hiciste, Trunks?

Y lo besé. Lo besé profundamente y lo cubrí con las sábanas. Separé las piernas, atrapé su cuerpo entre ellas y lo abracé con esas mismas fuerzas que, antes de su presencia en mi vida, no me conocía en tal alcance. Lo besé hasta quedarme sin aire y sin voz. Pero mi voz pudo decir algo más, no obstante. Lo hizo entre un beso y el otro:

—Eres el salvador. Si lo que hiciste fue un pecado, de acuerdo, lo fue; nada ni nadie le quitará nunca mérito a lo que hiciste, esas vidas que salvaste y que incluso permitiste. Nadie nunca le podrá quitar mérito a lo que sientes. ¡No se lo restes tú, tampoco!

Después, lo besé y lo besé. No llores más, le susurré, y lo acuné en mis brazos y piernas, íntimamente, para alejarlo de todo dolor, aislarlo de éste y conservarlo intacto, feliz, aunque sólo pudiera ser allí, en el sofá, en esa peculiar escena. Al final, cuando su llanto se calmó un ápice y su respiración se regularizó lo suficiente, habló:

—¿Crees que sea mi culpa el castigo que recibimos…?

No dudé:

—La vida de esos niños y sus sonrisas no merecen ser consideradas un error, Trunks. Y si los dioses lo llaman pecado, bueno…

»¡Entonces eres un pecador! Un maravilloso, fuerte, entrañable pecador.

Sonrió. Me di cuenta de que su sonrisa, desde ese día y para siempre, sería mi redención. Si lograba protegerla, yo…

—Mai… —dijo. Suspiró—. Aun así, me cuesta mucho aceptar todo lo que está pasando. No puedo borrar de mi mente que sea mi culpa, ¡porque…!

Trunks tiene la terquedad de Mi Señor. Igualita: la misma terquedad. Lo besé y lo llevé a mí, lo hice tocarme, lo toqué. No quería hablar más. No quería que se culpara más. ¡Quería que se olvidara de todo una vez más!

—Nunca será tu culpa, tonto… —dije justo antes de iniciar—. Nunca lo será.

Y sonrío ahora, justo ahora, al ver que, efectivamente, no lo es: Black y Zamasu han confirmado sus sospechas, le han dicho que la justicia que llevan adelante nace a partir de sus pecados. Le hablan del tabú de los dioses, de la falta imperdonable que es el viajar en el tiempo, pero él no se rinde; ¡estalla! Estalla, su poder lo hace a través de la pasión que inspira su lucha; estalla, y de sus labios sale la frase más significativa que le he —hemos— escuchado pronunciar:

—¡Si quieres llamarlo pecado —dice, inflado por la pasión, ¡uno con la pasión!—, está bien!

Después, en un nuevo nivel de poder, avanza hacia estos falsos dioses que imparten falsa justicia, y lo hace decidido, en alto sus más profundas convicciones. Siento orgullo de él, porque es la primera vez que no se culpa, que se hace cargo de lo que ha hecho, que demuestra orgullo por el camino recorrido. Y me enorgullece, sobre todo, porque sé que, aquella noche de nuestra primera vez, no creyó ni una palabra de lo que le dije. ¡No me escuchó! Lo sé porque Trunks, cuando entra en modo terquedad, no escucha a nadie. Uno puede hablarle y hablarle, darle ánimos e incluso subirle el ego, pero no: con Trunks, sólo lo que él entienda por sí mismo es verdad.

Hoy, ante estos malditos, ha entendido que nada de todo lo que ha hecho ha sido un error. ¡Y que lo llamen como quieran! Porque todo ha valido la pena.

Uno con la pasión, inflado por ella y por nada más, avanza hacia nuestros enemigos. Temo por él, pero al mismo tiempo me tranquilizo: sé que podrá. Trunks siempre puede, por eso ha salvado tantas vidas. Aquí, allá, en mi hoja y en la de alguien más. Trunks nos ha salvado una vez, nos ha llevado más allá del dolor y nos ha demostrado que la esperanza tiene significado. ¡Porque lo tiene! Ahora, sólo queda esperar a que lo haga una vez más.

Ser un pecador a ojos del poder que, en su falso corazón, contiene la falsa verdad.

Ir contra lo que es en pos de lo que cree.

Luchar.

Por ti, por mí, por todos. Luchar.

Y ser.

Y ganar.


.~.~.~.


Nota final

¡Hola! Este fin de semana, a mi gusto, vimos el mejor capítulo de Super. En honor a tan tremendo capítulo salió este shot. Disculpen lo extraño y espero les guste. Gracias por leer.

Quisiera dedicarle este capítulo a alguien a quien adoro en este fandom, a una de mis personas favoritas en él. Syad, esto es para vos, y permitirme explicarte desprolijamente por qué: el viernes, escuchándote, me di cuenta de que me conocés mucho más de lo que pensás. Al mismo tiempo, me di cuenta de que te conozco más de lo que pensaba. Me emocionó mucho, hasta lo inexplicable, escucharte y comprender lo que este nene puede hacer. Me impresionó su poder, porque Trunks no en vano le llega a cierta clase de gente. Me alegra saber que ese lazo hacia él es tan parecido entre todos sus fans; Trunks cumple su misión incluso en el mundo real. Tiene que ser alma, ¿no? Te quiero, hermosa. Mucho te quiero.

Quise escribir esta historia en esa escena íntima porque me parecía el más adecuado de los escenarios. No pensé mucho en ser original o algo, sino en expresar exactamente, con todas las letras, lo que sentí ayer al ver el capítulo 61. Creo que, en pareja, la cama (o el sillón, en este caso) es de los lugares donde con más intensidad se habla. Esa desnudez física también es interna cuando llega el momento de charlar con extrema seriedad. Por eso elegí este escenario. También tuve otra intención, pero no los quiero aburrir.

La frase de inicio: ayer, antes de empezar el capi, desperté pensando en Rimbaud. Tuve que agarrar Una temporada en el infierno y releer algunas partes y buscar en ellas la frase que necesitaba de disparador para esta historia. También, me aseguré la compañía de una canción que amé desde que la escuché en el tráiler de la segunda temporada de Outlander, «Dear God» de Lawless con Sydney Wayser. Outlander es una serie con viajes en el tiempo, una temática fetiche que tengo en mi vida y que me fascina encontrar en ficción, y creo que, así como esa canción es demasiado adecuada a la serie, también encaja acá, en el capítulo 61 de Super, en esa furia de Trunks estallando de tan dramática manera.

Lo que pasó entre Zamasu, Black y Trunks me llegó al alma como pocas cosas ocurridas en Dragon Ball lo han hecho. Me quedo con el significado que esa escena tuvo para mí en lo más íntimo de mi ser. Fue demasiado y estoy orgullosa, ORGULLOSA, de nuestro viajero del tiempo favorito. Lo estoy más que nunca, Trunks…

Y me callo.

Gracias por sus comentarios en el capítulo pasado. ¡Gracias por tanto y perdón por tan poco! Gracias por amar a Trunks junto a mí y por permitirme amarlo junto a Uds. Eso significa demasiado para mí.

Y este capítulo es para vos, Trunks. En definitiva, es para vos, porque si estoy acá es gracias a vos. Te amo, Salvador.

Ellos que digan lo que quieran.

Besos. Nos leemos en el siguiente y mil gracias por todo.


Dragon Ball © Akira Toriyama