Beta: Druida

21. Consejo

Lucius Malfoy salió de la chimenea con su usual elegancia. Su esposa Narcissa y el abogado de la familia ya estaban esperándolo en la salita del Ministerio dispuesta para los familiares del acusado.

—Estoy tan nerviosa —le comentó, sabiendo que los demás aún tardarían un poco más en llegar, mientras retorcía sus enguantadas manos una y otra vez.

—No tienes por qué. Todo saldrá bien.

Ella miró con desconfianza a su marido.

—No estoy tan segura. Temo que esta vez, en lugar de rebajar la condena la alarguen. Algunos de los miembros del Wizengamot están furiosos porque Potter ha puesto a la opinión pública contra ellos. Merlín, Lucius, El Profeta publicó ayer que, durante el último partido de Quidditch de las Arpías de Holyhead contra los Kenmare Kestrels, le lanzaron tomates a Donald Landon. ¡Y sabes muy bien la influencia que tiene en el tribunal!

—No se angustie, señora Malfoy —apuntó el letrado—. Con el testimonio del señor Potter tenemos muchas más posibilidades de las que imagina.

No pareció más tranquila por esas palabras, pero la chimenea comenzó a destellar verde y con apenas un minuto de diferencia llegaron Pansy Parkinson y Blaise Zabini.

—Buenas tardes, señores Malfoy, señor Pelletier —saludó la joven—. Me alegro de que por fin hayan fijado la fecha después de tenernos dos semanas esperando. Aunque ha sido totalmente desconsiderado por su parte avisarnos solo con cuatro horas de antelación, Theo esta en Francia y no podrá coger un traslador hasta las siete.

—Creo que tenían la esperanza de que con tan poco tiempo, no acudiéramos.

—Probablemente tienes razón, Blaise. ¿Alguien ha avisado a Potter y sus amigos?

—Tiene que haberle llegado la lechuza del Ministerio, esta registrado como líder y gerente de la PLDM —le recordó el chico.

—Sí, pero no confío en esos burócratas imbéciles.

—¡Pansy! —exclamó el Slytherin, mirando significativamente a los padres de Draco .

—Ah, mis disculpas. Tiendo a olvidar donde están mis modales cuando se trata del Wizengamot —susurró con algo de vergüenza.

—No te preocupes, Pansy —tranquilizó Narcisa—. Comprendemos como te sientes.

Se quedaron en silencio durante unos momentos, pensando en lo que tenían por delante: su oportunidad para sacar a Draco Malfoy de Azkaban o para empeorar su sentencia si jugaban mal sus cartas y al Wizengamot le daba por revisar los crímenes de guerra del rubio. Y la situación era tan complicada…

La chimenea llameó de nuevo y por ella apareció el joven y aclamado héroe del mundo mágico, absolutamente elegante con una túnica verde botella que hacía destacar sus ojos. Los dejó pasmados, era la primera vez que lo veían vistiendo ropa propia de los magos, ya que no le habían prestado ninguna atención durante el baile del Torneo de los Tres Magos, concentrados como habían estado en sus respectivas citas.

—P-potter… Estás…

—Increíble —completó Zabini, dándole un discreto codazo a su amiga, temiendo que comenzase a babear en cualquier momento.

—¿A que sí? —animó Hermione Granger llegando tras él—. Y tú no querías ponértela, hombre de poca fe.

El chico no respondió y fue a sentarse a una de las butacas de la salita. Poco después se le unieron Ron y Blaise. Las chicas se quedaron comentando sobre lo apuesto que se veía, para su bochorno.

Lucius Malfoy se acercó al grupo de jóvenes y le pidió a Harry que lo acompañase un momento. Extrañado, el chico lo siguió y se ubicaron en un rincón, un poco apartados del resto. Notó que los demás los observaban con mayor o menor grado de disimulo, intrigados por si el hombre había averiguado que los sentimientos de su hijo eran correspondidos y se proponía aclarar las cosas con él.

—Escúcheme, señor Potter. Antes que nada, quiero agradecerle lo que está haciendo por Draco, pese a nuestros… desacuerdos pasados.

—Si se pueden llamar así —no pudo evitar una pequeña risa—. No tiene nada que agradecerme, su hijo me salvó la vida. Haré todo cuanto sea necesario para sacarlo de Azkaban.

—Es un joven extraño, señor Potter. No muchos tomarían tan a la ligera el pasado en las presentes circunstancias. Y por lo que le ha comentado a mi esposa por carta Pansy, sus últimos días en el colegio los dedicó a defender a los alumnos de Slytherin.

—Tanto como defender no. Tan solo me permití un par de palabras en medio del Gran Comedor hacia las casas de Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff. La directora se encargó del resto.

—Entonces, permítame a mi unas palabras ahora y acépteme un consejo —el hombre lo miró intensamente—. No intente convencerlos. He visto en sus entrevistas como se deja llevar por sus sentimientos y funciona con el público en general, pero no le servirá de nada con el Wizengamot. Están, cuanto menos, furiosos con usted. No obtendrá ningún tipo de comprensión por su parte.

—¿Y qué quiere que haga? ¿Los amenazo de muerte?

—¿Sería capaz? —preguntó, divertido.

—No me ponga a prueba —respondió, peligrosamente seguro de si mismo.

—Amenazarlos sería negativo para nuestros intereses. Lo que quiero, señor Potter, es que se delaten a si mismos. Recuerde que esta revisión de la sentencia no la hemos conseguido simplemente por que la gente está indignada, sino por sus insinuaciones de que el jurado se está guiando por sus propios rencores personales a la hora de aplicar la ley. Necesita demostrar que esto es cierto.

—Entonces, ¿quiere que los haga enfadar? —sonrió.

—Exactamente, señor Potter. Tanto como pueda.

Minutos después, una voz procedente del techo de la salita les informó de que la apelación a la sentencia de Draco Malfoy estaba a punto de comenzar.

Continuará…