Capítulo 21

Denise se apoyó en el marco de la puerta de la sala de descanso, en donde Anna revolvía la nevera en busca de algo para comer en el despacho.

—Tengo a Elsa Winter por la línea uno. Le he dicho que podía coger el recado, pero me ha dicho que ya se esperaba.

Anna se puso rígida. Aún no estaba preparada para hablar con ella. En cuanto abriera la boca, Elsa sabría que estaba reconcomiéndose por dentro porque salía con otra.

—¿Quieres que le diga que estás reunida?

—No, hablaré con ella. —Volvió a su despacho, cerró la puerta y miró el indicador parpadeante del teléfono con desconfianza. —Hola, Anna Summer al habla —dijo con formalidad.

—Hola. Te he echado de menos este fin de semana.

—Me fui fuera de la ciudad un par de días... con Mulán. Teníamos trabajo que hacer.

Aunque no era del todo mentira, Anna sintió una punzada de culpabilidad por insinuar que el fin de semana había ido de trabajo.

—Estaba pensando que a lo mejor podía tentarte para dejar el trabajo esta noche. En el hotel he conseguido dos entradas para el partido de los Magic contra los Lakers. ¿Te interesa?

—No puedo. Tengo que ir a San Francisco.

—¿Te vas esta noche?

—A primera hora de la mañana. Pero aún no he hecho el equipaje y me quedan un montón de cosas pendientes.

—Vale, pero te debo una invitación. ¿Cuándo vuelves?

—El viernes por la noche... tarde.

—Me parece que la semana que viene juegan fuera. ¿Te apetece hacer otra cosa?

—Ahora mismo no sabría decirte. Las cosas están un poco liadas con lo de la nueva adquisición.

—¿Qué nueva adquisición?

—Hemos comprado aquella agencia de viajes de Nueva York que llevábamos tiempo mirando. Hoy ha salido en el periódico... junto con el comunicado de prensa sobre el nombramiento de la nueva vicepresidenta de ventas y marketing.

—Bueno, supongo que tengo que felicitarte, pues. ¿Me llamarás cuando vuelvas?

—Claro.

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Elsa bajó del ascensor y fue directa al mostrador de la planta Concierge.

—Hola, Hook. Gracias por conseguirme las entradas para el baloncesto, pero al final no creo que pueda ir.

—Qué pena. Los Magic están en racha.

—Sí, quizá más adelante pueda.

—Sólo tienes que decírmelo. Te conseguiré los mejores asientos del pabellón.

—Gracias, sé que lo harás.

Más que perderse el partido, lo que le daba rabia era perder la oportunidad de hacer algo con Anna. No era normal que estuvieran tanto tiempo sin quedar, sobre todo con un fin de semana de por medio. Elsa esperaba que a Anna le fuera bien en San Francisco. Por teléfono le había parecido un poco tensa, como si estuviera preocupada por algo. Seguramente, tener que trabajar el fin de semana la tenía muy estresada.

Elsa empezó a planear el fin de semana siguiente. A lo mejor podían hacer algo para que Anna se relajara y desconectara del trabajo. Elsa rió para sí. Se le ocurrían un par de cosas. Ahora que por fin tenía las ideas claras, estaba impaciente por...

—Oye, jefa, ¿hoy también doblas turno?

Elsa le sonrió a Tremaine, que estaba tras el mostrador de la recepción principal. Un día de ésos tendría que encontrar la manera de pasar a su recepcionista favorita al turno de día.

—No, pero le prometí a Belinda que la cubriría hasta las seis. Esta tarde tenía una reunión de padres en el colegio. Hablando de Belinda, ¿va mejor la cosa?

—Ahora que lo dices, sí. Después de tomarse aquella semana libre, volvió completamente cambiada.

—A veces lo único que uno necesita es tomarse unos días libres —dijo Elsa.

Tremaine no lo sabía, pero aquel tiempo libre que se había tomado Belinda había sido en forma de seminario de gestión de personal en Nueva York. Elsa y Pocahontas habían decidido que un curso de reciclaje era la última esperanza de Belinda. Si no funcionaba, tendría que ser degradada y transferida.

—Pues le fue muy bien. A lo mejor yo también debería tomarme una semana libre para mejorar mi actitud.

Elsa enarcó una ceja y estalló en carcajadas.

—Ah, no, no funciona así. ¿Cómo dice el refrán? «La letra con sangre entra.» Así es como hacemos las cosas por aquí.

—¿A ti te fue bien el año que pasaste en Denver?

—¿Tú qué crees? ¿Soy mejor jefa? —le sonrió a Tremaine, retándola a decir que no.

—No lo sé, Elsa. Es muy difícil mejorar la perfección.

—Oh, eres tan intuitiva... Es lo que me gusta de ti.

—Es sólo que cuando te marchaste no parecías muy feliz, y ahora sí.

—Eso es porque... —Nunca le había desagradado su trabajo. Si se había marchado de Orlando, había sido sólo porque el desenlace de su relación con Anna la había afectado. —Pasé un buen año en el WR de allí. Pero echaba de menos todo esto y tuve mucha suerte de poder volver. Por eso soy feliz.

Había otra razón, pero no iba a contársela a Tremaine.

—Me alegro de que hayas vuelto. Pero llevo tiempo haciéndote la pelota y aún no me has pasado al primer turno.

Elsa rió y abrió la puerta corredera del armarito que había bajo el mostrador. —Jesús, ¡qué desastre!

—Sea lo que sea, no he sido yo —se apresuró a aclarar Tremaine.

—Voy a aprovechar para ordenar un poco todo esto ahora que no tenemos mucho trabajo. Vigila el mostrador.

Elsa acercó una papelera y empezó a sacar todo tipo de cosas de los estantes. El alijo incluía varios cargadores de móviles y cables de alimentación de portátiles, baterías sueltas, una mochila vacía, media docena de formularios de inscripción para conferencias celebradas hacía meses y una pila de periódicos viejos.

—¿Cómo ha acabado todo esto aquí metido?

—Objetos perdidos, seguramente. La gente lo trae al mostrador cuando estamos ocupados y después nos olvidamos —explicó Tremaine.

—Supongo que tienes razón. Pero ¿quién se dedica a leer el periódico en la recepción? —preguntó con irritación.

—No sé. A lo mejor la gente los lee en su hora de descanso. Oye, ¿esa mujer no se ha alojado aquí varias veces? —Tremaine cogió uno de los periódicos que estaba sacando Elsa.

—Ahora no empieces tú también. Te entrené para que no cogieras malas costumbres.

—Bueno, pero ¿es o no? —Tremaine le dio la vuelta al periódico para enseñarle a Elsa la foto de Anna Summer.

—Será posible... Así que era eso. —Se quedó mirando la primera página de la sección de economía y empresa con los ojos muy abiertos. Esa era la gran noticia que Anna había querido contarle el viernes anterior. Y, en lugar de salir con ella, Elsa había tenido una cita desastrosa con Isabel.

—Es amiga tuya, ¿verdad?

—Sí, se mudó aquí cuando yo estaba en Denver.

—Deberías llamarla para felicitarla.

—Buena idea —asintió Elsa sin despegar los ojos de la noticia.

Dobló el periódico y lo dejó a un lado. Su mente volvió a la conversación telefónica con Anna el día anterior. Claro que Anna había sonado tan disgustada. Había herido sus sentimientos al no preguntarle sobre la gran noticia.

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—No, vuelvo el viernes por la noche, mamá. Será tarde... Claro, me pasaré el sábado.

Anna sabía que tarde o temprano tendría que aparecer por la urbanización. Evitar a Elsa también significaba no ver a su familia.

—Mamá, tengo que irme. Llaman a la puerta... No sé quién es, por eso voy a ver. Te llamo cuando vuelva a la ciudad, ¿vale?

Anna le bajó el fuego a la sopa que estaba calentando y corrió a la puerta. Esperaba que fuera algún niño del barrio que vendía algo para la escuela, así que encontrarse cara a cara con Elsa la desconcertó. Estaba apoyada en una columna del porche, con los brazos cruzados y postura acusadora. En la mano llevaba un periódico doblado.

—No me puedo creer que haya tenido que enterarme por la prensa.

—Me lo dijeron el viernes.

«Mientras tú te arreglabas para tu cita.»

Anna se echó a un lado para dejar entrar a Elsa, que pasó a la sala de estar.

—Anna, es fabuloso. Estoy muy orgullosa de ti. —Elsa la abrazó de corazón y Anna intentó devolverle el abrazo.

—Gracias.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Estabas ocupada. —Anna no pudo evitar sonar borde. Aún no estaba lista para tener esa conversación.

—Estuviste fuera todo el fin de semana. Te dejé tres... —abrió mucho los ojos. —Un momento, ¿estás enfadada conmigo por algo?

—No.

—Pero te pasa algo. Lo noto.

Anna suspiró. Era imposible ocultar sus sentimientos. Los llevaba escritos en la cara. Volvió a la cocina y apagó el fuego.

—¿Quieres un poco de sopa con galletas saladas?

—Anna, basta. Dime qué pasa.

Anna se dio la vuelta y se cruzó de brazos, apoyada en el mármol. Esta vez se esforzó por sonreír.

—No estoy enfadada. De verdad.

Elsa dio un paso hacia ella.

—Entonces, ¿qué pasa? ¿Por qué no me has llamado?

Negó con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra. La verdad era demasiado humillante.

—Como quieras. —Elsa echó a andar hacia la puerta, pero se detuvo y se volvió una vez más. Los ojos le brillaban con enfado. —¿Sabes? La primera vez que me pediste que te perdonara, me prometiste que en adelante serías sincera conmigo. Así que, tú misma, guárdate tus secretos, pero no esperes que vuelva a confiar en ti.

—Elsa, espera. —Anna la agarró del codo y Elsa se detuvo. No dejaría que los secretos volvieran a interponerse entre ellas. —Te lo contaré todo.

El semblante de Elsa se suavizó y reprimió el enfado a la espera de una explicación. Anna no había sentido tanta presión desde la noche que rompió con Sarafina.

—Hice algo que me dijiste que no hiciera. —Miró al techo, como si lo que necesitaba decir estuviera escrito en alguna parte de éste. —Me hice ilusiones de que volveríamos a ser algo más que amigas. Empezaba a creer que teníamos algo especial y que tú también lo sentías. Y entonces me enfadé porque... porque saliste con otra.

Elsa abrió la boca como si fuera a responder, pero lo único que hizo fue negar con la cabeza.

—Ya sé que me dijiste que entre tú y yo no volvería a pasar nada. No estoy enfadada contigo. Estoy enfadada conmigo por no escuchar... por no querer creerte.

—Anna, yo... —Elsa se acercó más. —Fue una cita terrible, de las peores del mundo.

Anna soltó una risita desprovista de humor.

—Eso no tiene nada que ver. Algún día tendrás otra que sí que vaya bien.

—Eso espero. —Avanzó otro paso. —Entonces, a lo mejor no me paso la noche mirando el reloj, preguntándome si sigues despierta para ver si puedo dejar plantada al muermo de mi acompañante e ir a pasarlo bien de verdad. O mirándola y deseando que fuera tan divertida como tú y que se pudiera conversar con ella igual de bien. O dándome cuenta de que sólo hay una persona en el mundo que haya hecho que el corazón se me acelere sólo con tocarme la mano.

Con un último paso, Elsa cubrió la distancia que las separaba y rozó la mano de Anna con la suya.

—¿Quieres decir que...?

—Quiero decir que eres la única a quien quiero.

Anna casi había renunciado a su sueño de oír aquellas palabras. Atrajo a Elsa hacia ella y la abrazó con fuerza.

—Te quiero.

—¿Me quieres?

—Sí —susurró Anna uniendo su boca a los añorados labios de Elsa.

Sintió que Elsa se relajaba entre sus brazos y le devolvía el beso con la misma pasión de la primera vez. El recuerdo de la noche que habían pasado juntas la invadió con una fuerza animal, pero Anna se obligó a controlarse. Rompió el beso, pero no el abrazo.

—Te prometo que no volveré a hacerte daño.

Elsa se derritió en los brazos de Anna. Ni siquiera se preguntó si dejarse llevar era seguro. La decisión estaba tomada desde hacía días: su lugar estaba al lado de Anna.

—Esta vez no se nos irá de las manos, Elsa. Te voy a demostrar que puedes confiar en mí.

—Confío en ti —dijo Elsa, que ya estaba desabrochándole la camisa. —¿Dónde está tu habitación?

Anna le cogió las manos y se las apretó.

—Te deseo más que a nada, pero no quiero que tengas ninguna duda.

—Sólo prométeme que esto es real. —Elsa tiró de ella y atravesaron el comedor, buscando una cama. —¿No tienes muebles?

—Tengo una cama magnífica. Tú sigue andando.

Segundos después, las dos mujeres ya se habían quitado toda la ropa de cintura para arriba. Elsa tiró su falda encima del baúl que había a los pies de la cama, incapaz de apartar los ojos de los pechos de Anna, que relucían como diamantes sobre su piel.

Anna la atrajo para besarla de nuevo, y ese beso ya no dejó lugar a dudas sobre sus sentimientos. Elsa sucumbió y notó que era empujada con delicadeza contra la cama de matrimonio. Observó a Anna extasiada mientras se quitaba los pantalones y el tanga, de un modo gloriosamente parecido a la última vez.

Poco a poco, Anna reptó sobre Elsa y se asentó entre sus muslos. Elsa abrió las piernas y le apoyó los pies en las pantorrillas. Sus cuerpos se fundieron en el calor mutuo y Elsa arqueó las caderas con expectación.

—No he estado con nadie desde que estuve contigo —susurró Elsa. Aguantó la respiración en espera de que Anna le contestara.

—Yo tampoco.

—¿Ni con Sarafina?

—No, con nadie. —Anna mordisqueó la piel suave de detrás de la oreja de Elsa con ternura. —¿Cómo podría?

Anna se puso de lado para poder acariciar la figura desnuda de Elsa de arriba abajo. Sus pechos, sus caderas, el rizado montículo de su sexo era exactamente como lo recordaba; como se lo había imaginado en tantas noches de soledad en su cama. Bajó la cabeza, se metió en la boca uno de los pezones endurecidos de Elsa y lo succionó, sin dejar de acariciarle el sedoso interior de los muslos.

—Te he deseado desde el día que te fuiste —murmuró Elsa.

—No me marcharé nunca más.

Anna le pasó una pierna por encima de los muslos y montó a horcajadas sobre Elsa, separándole las piernas con la rodilla. Le metió los dedos entre los húmedos pliegues y los empujó en su interior con delicadeza.

—Yo también quiero estar dentro de ti.

Apenas dueña de su propio cuerpo, Anna se las arregló para ponerse encima de Elsa y abrió las piernas para permitir que Elsa metiera los dedos en su sexo.

—Lléname... lléname entera.

—Dios, Elsa.

La intención de Anna de dilatar el momento se fue al traste en el momento en que sintió los dedos de Elsa dentro. Le metió la mano más hondo, sin dejar de acariciarle el clítoris endurecido con el pulgar.

Elsa agitó las caderas y se restregó contra los dedos que la exploraban, tratando de igualar el ritmo con su propia mano, a medida que la cabeza se le iba.

Anna se balanceó arriba y abajo, cada vez más cerca del clímax.

—Te quiero —jadeó.

Cerró los ojos con fuerza y logró retrasar el orgasmo hasta que el sexo de Elsa se contrajo y se aferró a sus dedos y Elsa se puso rígida en su abrazo.

El calor pasó de una a la otra, transmitiéndose de cuerpo a cuerpo entre temblores, como un círculo ardiente y eléctrico.

—Te he echado mucho de menos —dijo Elsa con seriedad, en voz baja.

Le acarició a Anna la clavícula con la yema de los dedos, recorriéndole de cuando en cuando el suave valle entre los pechos. Habían pasado más de dos horas reencontrándose la una con la otra, y ahora yacían temporalmente saciadas.

—Yo también. Pero ha sido tan maravilloso como lo recordaba.

—Ha sido aún mejor.

Anna se incorporó sobre el codo para mirar a Elsa a los ojos.

—¿Por qué?

—Porque llevaba mucho tiempo soñando con esto. —Elsa se acurrucó aún más cerca de ella. —No te lo creerás, pero dentro de seis horas tengo que estar en el hotel.

—Qué suerte. Yo tengo que coger un avión a las seis y media y ni siquiera he hecho las maletas.

—Entonces debería irme.

Elsa se desenredó de Anna y se levantó de la cama.

Anna la observó mientras se vestía, y entonces apartó el edredón y se levantó también. Tenía que asegurarse de que no quedaba ninguna duda flotando en el aire. Se ató el batín a la cintura y rodeó a Elsa con sus brazos.

—De verdad te quiero.

—Te creo.

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—... Lee Washburn quiere coger la jubilación, así que habrá que encontrar a alguien que pueda llevar el marketing de la costa oeste. Deberíamos abrir un puesto de vicepresidente adjunto, porque será un trabajo de mucha responsabilidad.

Por segunda vez en los últimos diez minutos, Anna notó que se estaba durmiendo y luchó por mantener los ojos abiertos.

—Disculpe, señorita Summer —continuó Mulán con voz melosa, —¿quiere que llame a la azafata para que le traiga un poco de café o preferiría que me estuviera calladita y la dejara echar una cabezada en paz?

El brillo de sus ojos demostraba que estaba bromeando. Anna cabeceó, se sentó derecha y se desabrochó el cinturón de seguridad para poder estirarse.

—No he dormido mucho. Tendría que tomarme otro café.

—No te habrás quedado levantada trabajando en lo de hoy, ¿no?

—No —respondió Anna, sin poder evitar sonreír y ruborizarse al pensar en la noche que había pasado con Elsa.

—Oh, qué interesante —dijo Mulán. Ver que Anna se ponía colorada le parecía extremamente divertido. —¿Eso significa que van a arreglar las cosas?

—En realidad —su sonrisa se ensanchó al recordar de nuevo la noche anterior, —creo que ya las hemos arreglado del todo.

—Eso es genial, Anna. ¿Por qué no me hablas de ella? —Mulán cerró su portafolio y se apoyó en el respaldo del asiento de piel.

—Se... se llama Elsa y es una de las gerentes del Weller Regent.

—¿Es esa...? Espera un segundo... Tendría que haber sabido quién era. Me acuerdo de que Felipe comentó algo de que se había encontrado con vosotras en el Jack Elam's.

—Guau, no se pueden tener secretos en Eldon-Markoff, ¿eh?

—Ya te lo dije el primer día. Somos una familia. Tienes que traerla a la fiesta de Navidad la semana que viene.

—¿Crees que les parecerá bien?

—Claro que sí. Quiero conocer a la culpable de que te me duermas en una sesión informativa. Si no viene a la fiesta, tendré que presentarme en su casa.

Anna rió sonoramente al imaginarse la escena. Se preguntaba si Elsa preferiría una fiesta de Navidad o un cara a cara con su jefa.

—Se lo preguntaré.

—Muy bien. Ahora, ¿qué tal si duermes un poco? Te despertaré cuando vayamos a aterrizar.

No hizo falta decírselo dos veces. En pocos minutos, Anna estaba profundamente dormida.

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Elsa se descubrió otra vez soñando despierta y cabeceó para espabilarse. Anna volvería esa noche. Habían hablado por teléfono varias veces durante la semana. Era su manera de confirmar mutuamente que iban en la dirección correcta.

El hotel había estado bastante tranquilo en las últimas dos semanas. Se notaba mucho la bajada de viajes de negocios en vacaciones, sobre todo en el comedor y el restaurante, que estaban casi vacíos. Ese hecho le daba la oportunidad al personal de ponerse al día con el papeleo de fin de año y empezar bien la primavera. En sólo tres semanas, la temporada de conferencias entraría en su apogeo.

Elsa observó a su jefa por la ventana del pequeño despacho, sentada en su escritorio al otro lado del pasillo. Pasaba algo grave: lo notaba por el semblante serio de Pocahontas y por el hecho de que llevaba casi toda la tarde al teléfono a puerta cerrada. Fuera lo que fuese, pronto lo sabrían todos.

Elsa se reunió con Belinda y Hook, el nuevo supervisor en jefe, antes de que empezaran su turno. Al acabar la reunión, sólo le quedaban diez minutos para irse a casa y no tendría que volver en dos días.

—Elsa, ¿puedes venir a mi despacho un momento? —Pocahontas estaba seria.

—Claro. —Elsa la siguió dentro y la directora del hotel cerró la puerta tras ella.

—Llevo todo el día al teléfono con Luigi Tolliver. K.G.

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El final se acerca, demasiado.

Deilys leon: jajajaja todos nos damos cuenta en algún momento que alguien no nos conviene. Sarafina es un personaje del rey león por si te suena.

PenguinVuelve: al fin como tu dices, ya a uno lo ponen molesto con tantos rodeos.

miguel.puentedejesus: jajajjaja bebe vino o algo, que se va a poner bueno.

Ozarac07: lo sé, lo sé. pero la cuestión es que no me gusta que me acusen de algo que no tiene una base estable, ni pruebas. Vivo mi vida teniendo que justificar mis decisiones y muchos me crítican así que lo mejor que puedo hacer es callarles la boca con argumentos que mencionan muy claro que digo la verdad. gracias compañero siempre es bueno saber que existen personas que te dan aliento para continuar. Saludos.!!

Cuídense mucho y nos veremos pronto.

Que La Fuerza Los Acompañe...