CAPÍTULO 19

CANDICE

No he pegado ojo en toda la noche por culpa de lo que pasó ayer. Y estoy tratando por todos los medios de no pensar en lo sucedido con Terry. En cómo me vi poseída por el deseo y luego por el intenso dolor que me produjeron sus duras palabras.

Salgo de la cama y me visto deprisa. Ayer estaba en el mar pensando en lo que había hecho al salvar a ese niño, si ese detalle había cambiado el curso de la historia. Tengo que ir a un sitio. El único lugar donde creo que podré hallar una respuesta.

Una vez estoy lista, bajo a los túneles y me dirijo hacia las ruinas. El lugar está solitario, apenas está despuntando el alba. Me sitúo en el centro, me siento y cierro los ojos con fuerza.

-Por favor, por favor, mostradme la verdad. -Nada. No sucede nada-. Por favor, por favor. -Nada. Los ojos se me llenan de lágrimas-. Por favor...

Me desespero, me angustio, y cuando creo que no va a pasar nada, a mi mente acude un recuerdo. Cómo cuando eché agua al fuego, este ni se inmutó. Y entiendo enseguida lo que eso significa: el fuego no se apagó porque esas casas debían quemarse irremediablemente, pero al bebé sí lo rescaté porque era su destino. De lo contrario, no habría podido sacarlo de las llamas. De repente, acude a mi mente otra imagen: la de Asel gritándonos. Él era el verdadero salvador del niño.

Abro los ojos y respiro aliviada, sintiendo que me acabo de quitar un gran peso de encima. Está claro que no puedo cambiar la historia. Al menos, no los acontecimientos importantes que pueden hacer que el futuro se modifique.

Salgo del círculo sagrado. Los recuerdos de anoche se apoderan nuevamente de mí ahora que nada más me preocupa. Me siento triste y dolida. Ayer sucumbí al deseo en los brazos de Terry y sé que habría sido capaz de entregarme a él. Por una parte, me alegra que se detuviera, pero no que luego me echara en cara que solo me besó por despecho y por la rabia que sentía. Lo odio, lo odio con todo mi ser.

Regreso a la casa. No hay nadie despierto. Mejor. Subo a mi cuarto y, a medio camino, viajo en el tiempo y siento que regresar a mi siglo es lo mejor que podía pasarme ahora mismo. Necesito estar sola, pensar, y aquí no creo que pueda.

Any entra en mi estudio y me mira enfadada al ver los restos de comida en el suelo, mi catre deshecho y la evidencia de que el tiempo que ella creía que estaba en el pasado me encontraba aquí sola, aislada de todo.

No es la primera vez que lo hago; por eso Any, cuando llevo más de cuatro días sin aparecer, se pasa por aquí, para ver si me ha dado por evadirme.

-Tienes una pinta horrible. Menudas ojeras.

-Pues no me mires. -La pico.

-Cerraré los ojos, entonces.

Viene hacia donde estoy y pone mala cara al ver mi cuadro. No me extraña. Me he pintado a mí misma, pero estoy dividida: en una mitad, estoy vestida de aquella época, y en la otra, de esta. Además, tengo los ojos cerrados y llenos de lágrimas, y la mano derecha sujeta la ropa con desgarro, como si quisiera detener así el dolor que siento en mi corazón. No esperaba que nadie lo viera. Mi idea era destruirlo cuando hubiera sacado parte de mi dolor en cada una de las pinceladas, pero ahora que está casi acabado, sé que no ha servido de nada.

-Vale..., quiero que me lo cuentes todo. Y cuando digo todo, me refiero todo, todo, todo -me dice tajante, y sé que no se detendrá hasta que lo haga.

-Está bien.

-Qué poco me ha costado convencerte..., eso me preocupa. Ven, vayamos a casa, mis padres están de viaje otra vez. Últimamente a mi padre no paran de salirle charlas en diferentes universidades. Pero bueno, me alegro por él.

-Sí, yo también, aunque se les echa de menos.

-La verdad es que sí. Y ahora, en marcha. Pienso prepararte una de tus comidas preferidas. Hoy soy toda tuya.

Después de comernos unas hamburguesas de pollo empanado con queso y bacón, nos sentamos en el salón cada una con su bol de helado de vainilla con galletas.

-Vale, te he dado tiempo. Ahora quiero que me digas qué ha pasado.

Me meto un trozo de helado en la boca y cuando me lo termino le cuento todo... o casi todo, pues cuando llego a la parte del beso le digo que solo me besó, no le hablo de que su mano acarició mi pecho y de que mis piernas lo rodearon presa del placer del momento. Me siento fatal por haberme dejado llevar, por eso prefiero guardármelo para mí. Sé que si Terry no me hubiera dicho lo que me dijo no me habría sentido así, pero ahora mi inexperiencia se mezcla con la vergüenza y la rabia.

-La verdad es que entrar a esa casa en llamas fue muy irresponsable por tu parte.-La miro seria-. Vale, vale, pero no me extraña que Terry se lo tomara así.

-No soy nada suyo. Que se preocupe de cuidar a su prometida.

-Que menuda pieza es. No sé cómo te callas lo que piensas cuando te trata así.

-No puedo saltar, no estaría bien visto.

-Lamento lo de los rumores...

-Por suerte o por desgracia, ya estoy acostumbrada.

Any toma mis manos.

-... y siento que te hayas enamorado de él. Todo sería más fácil de no haber ocurrido.

-Lo sé. Lo sé mejor que nadie. Any me abraza con fuerza, le devuelvo el abrazo hasta que noto que me voy a deshacer en lágrimas y me aparto.

-Y sobre lo que me has dicho del antepasado de Jon -agradezco que cambie de tema-, podríamos ir al museo y ver si esa daga sigue allí.

Ya lo había pensado, pero necesitaba un tiempo para estar sola.

-Bien, pues yo propongo ir ahora y no retrasar más esto.

Asiento y subimos a cambiarnos. No tardamos mucho en encaminarnos hacia el museo. Ahora es más grande. Han ampliado la sección de los brujos, en la que exponen imágenes y muñecos de cera, debido a los muchos turistas que visitan el pueblo atraídos por sus edificios antiguos y sus leyendas. Estamos a punto de entrar al museo cuando alguien me llama.

-Candice.

Al girarme, veo a Felicia, que me saluda y me llama con la mano.

-Buenas -le decimos cuando llegamos a su lado.

Empieza a andar, la seguimos.

-Veo que has recordado que el arma con la que te atacaron era igual que la daga que se creía que era de los brujos. -La miro seria-. ¿Me equivoco?-Niego con la cabeza; sonríe-. Soy muy observadora. El otro día encontraron la descripción que hiciste de ella cuando fuiste a poner la denuncia, y la reconocí al instante.

-¿Y la daga sigue estando en el museo?

-No, ya no. La última desapareció hace treinta años.

-Entonces ¿cómo sabes que era la de los brujos?

-La vi en un libro que hay en la biblioteca que tenía fotos de ellas. Me gusta saber dónde vivo y he investigado la historia de este pueblo a conciencia. ¿Dónde la viste tú?

-En ese mismo libro.

No tengo ni idea de qué libro habla, pero Felicia sonríe y parece que se lo ha tragado. Evidentemente, no voy decirle que lo vi en el museo hace doscientos años.

-Si te preguntan por ella, di que no sabes nada. A veces pecan de ser un poco pesados y son algo tontos -esto lo dice en bajo-, y suelen perder con frecuencia las pruebas. Por eso me fui de aquí, odio trabajar con gente tan incompetente. -Sonríe como buscando complicidad-. No te preocupes, tu atacante no saldrá de la cárcel en lo que le queda de vida.

-Sí, eso espero.

-Bueno, os dejo. Si necesitas cualquier cosa -rebusca en su bolso y saca una tarjeta-, estos son mi número y la dirección de mi casa. Estaré encantada de responder todas tus preguntas o, bueno, si necesitas hablar de cualquier cosa..., pues ya sabes.

Any me mira tan extrañada como yo por tanta cortesía. Cojo la tarjeta recelosa y le dedico una sonrisa forzada.

-Gracias, lo tendré en cuenta -«No, no lo haré», pienso.

Cuando nos despedimos, Any dice:

-Qué mujer más rara.

-Y que lo digas.

-¿Entramos al museo?

-No, no creo que encontremos nada.

Y en verdad lo creo así. No creo que Felicia nos haya mentido en eso.

Cuatro días después, aparezco en el siglo de Terry. Me visto y voy hacia las cocinas. Es media tarde y confío en no cruzarme con nadie a quien no quiera ver, es decir, Terry o su flamante prometida, lady Susana-o lady Gusana, como tal vez debería llamarla.

Al llegar a la cocina, encuentro a Mar dando instrucciones a una sirvienta.

-Mar. -Esta se gira y me sonríe-. Solo quería informarte de que hoy no voy a salir, estaré en mi estudio o por la casa, pero no quiero que nadie me moleste.

-Claro, no se preocupe, señorita. Le subiré algo para cenar si lo desea.

-Sí, si eres tan amable...

-¿Acaso tampoco piensas bajar a cenar? Doy un respingo y me vuelvo para ver a lady Gusana. Sonrío para mis adentros por mi ocurrencia.

-Buenas tardes, lady Susana.

-Buenas tardes. Ven, demos un paseo...

-Me gustaría retirarme...

-Por favor, acompáñame.

Es una orden clara, así que no me queda más remedio que seguirla. Sonrío falsamente y voy hacia ella, que me coge del brazo. Su contacto me produce escalofríos. Salimos hacia los jardines y una vez lejos de oídos indiscretos, se sienta en un banco y espera a que me siente con ella para decir:

-Ayer no estuvo bien que faltaras al baile.

-Estaba inspirada...

-No es excusa, y tu falta no hizo más que alentar los rumores. Es mejor que no vuelva a suceder.

-No estoy obligada a acudir a todas las fiestas a las que me inviten.

-Sí, si tenemos en cuenta que la gente cree que no asistes porque, como amante de mi futuro esposo, no soportas vernos juntos.

-Me da igual veros juntos -miento.

-Lo sé, querida, pero la gente no. Por eso es mejor que vengas mañana a la ópera con nosotros. Cuanto más nos vean juntos, antes aceptarán que todo son invenciones y será mejor para todos, créeme.

-¿Por qué tengo la sensación de que me ocultas algo?

Lady Susana da un pequeño respingo, mira a todos lados y luego se inclina hacia mí haciéndose la interesante.

Cuánto misterio.

-El fuego del otro día fue intencionado. Todo apunta a que a alguien no le gustó que tu querido primo fuera al club a amenazar con vérselas con todo aquel que se metiera contigo. -La miro atónita-. Veo que no estabas al tanto de nada.

-Y ¿cómo te has enterado tú? ¿Terry te lo ha dicho?

-Oh, no, claro que no. Fue por un amigo de mi padre, que se lo contó a gritos indignado con el comportamiento de Terry. Por eso debemos acallar los rumores, para que él no tenga que volver a defenderte ni batirse en duelo con medio pueblo. -Me toma las manos-. Créeme, sufrí mucho cuando me enteré de lo que decían de ti.

-Me lo imagino. -Me suelto y me levanto-. Acudiré a la ópera.

-Gracias, no sabes lo importante que es para mí. Dentro de poco serás como de la familia, y no quiero que nadie manche el buen nombre de mi prima política.

«Sí, seguro», pienso. Le deseo que tenga una buena tarde y me alejo de allí. No esperaba que Terry diera la cara por mí. No me extraña que estuviera tan enfadado. No hago más que darle problemas desde que me conoció, y ahora lo del incendio. Ha sido mi culpa. Pero, ¿cómo es que mis actos han podido provocar un incendio, si supuestamente no puedo interferir en el pasado? Porque de no haber estado yo aquí, habría sucedido igualmente. Tal vez el incendio no traiga consecuencias a largo plazo. O que, cuando yo me marche, otro hecho lo explicará, pues debía producirse de todas formas... Sí, debe de ser eso. Aun así, no pienso arriesgarme a que suceda algo más por mi culpa.

-¿Está segura de que quiere que haga estos cambios en el vestido?

-Segurísima -respondo a Patricia, a quien he mandado llamar.

-Sí, pero es un poco...

-Lo quiero así -la corto-. ¿Lo tendrás listo para mañana?

-Claro, no se preocupe. Aunque no creo que esto aplaque las habladurías.

-Tal vez, pero quiero hacerlo.

-Si me acepta un consejo... -Asiento-. Las habladurías siempre existirán, pero si les hace caso, entrará en un bucle del que no sabrá cómo salir. Y créame, sé de lo que hablo.

-¿Lo dices por lo que te pasó con Margerit?

-Lo digo porque antes de tener que ganarme la vida y llegar a este pueblo, yo vivía en una casa como esta y estaba a punto de casarme.

-Eso no lo sabía. ¿Qué pasó?

Me ayuda a quitarme la ropa y a ponerme un vestido sencillo para la cena. Espero paciente a que decida si quiere o no contarme su historia.

-Soy hija de un adinerado comerciante. Llevaba una vida de lujos y nunca me faltó de nada. Estaba prometida con un joven de buena familia a quien conocía de toda la vida. Y lo amaba, o creía amarlo. Aunque la cuantiosa dote que me iba a dar mi padre atrajo a varios pretendientes, yo solo tenía ojos para él y lo acepté enseguida, a pesar de que éramos muy jóvenes y tendríamos que esperar para casarnos. Pero de pronto, todo cambió. Mi padre siempre andaba fuera por negocios, pero su último viaje se alargó más de lo habitual. Cuando tuvimos noticias suyas fue a través de una carta, donde nos contaba su afición por el juego y que había perdido todo el dinero en las cartas. Que no podía mirarnos a la cara, aunque esperaba que un día lo perdonáramos. Mi madre montó en cólera y se marchó antes de que nos quitaran la casa, sin importarle nada más.

»De la noche a la mañana, me quedé sola con las deudas de mi padre y un servicio al que no sabía mandar. Tenía entonces dieciséis años. Le conté mi situación a mi prometido y le propuse adelantar la boda, pues me veía viviendo en la calle. Él aceptó y me pidió pasar la noche juntos..., sucumbí a su encanto. Me dejé amar por el que creía que sería mi esposo dentro de poco... -Me mira esperando que la entienda; le cojo las manos y le sonrío-Al día siguiente me repudió públicamente. Le contó a todo el mundo que yo era una cualquiera que se había entregado a él por dinero. Su traición me dolió más que el verme privada de mi vida de lujos. Así que vendí la casa para pagar las deudas y, sola y sin nada, empecé a buscar trabajo, pero todos me señalaban con el dedo y me daban de lado. Cuando supe que estaba encinta, fui a decírselo, pero me contestó que ese niño no era suyo y que nunca reconocería al hijo de una ramera. Finalmente encontré trabajo aquí, en la tienda de costura de la señora Margerit. Oculté mi embarazo tanto como pude, pero no tardó en hacerse evidente y en alimentar los rumores. Me echaron del trabajo. Tenía dos opciones: creer todo lo que decían de mí y hundirme, o seguir luchando con la cabeza alta. Y decidí lo segundo. A fin de cuentas, tenía la conciencia tranquila, pues yo no había hecho nada malo salvo amar al hombre equivocado, y sabía que nada de lo que decían de mí era cierto; y si lo fuera, tendría la conciencia tranquila, pues yo había elegido ese camino. -Me mira sonriente-¿Entiende lo que le quiero decir?

-Que siga mis dictados, y si me equivoco y me critican, que no me avergüence de ello, porque al menos yo he elegido qué hacer con mi vida.

-Exacto. A la gente le gusta airear los trapos sucios de otros para que los demás no se fijen en sus propios defectos. -Asiento. No puedo estar más de acuerdo-. Y ahora, ¿sigue queriendo llevar este vestido a la fiesta?

-Debo hacerlo, no es por mí.

-¿La obliga su primo?

-No, pero el incendio fue por culpa de que él tuviera que defenderme -le confieso-. Y no quiero poner a sus trabajadores en peligro.

-Entiendo. Esto ha llegado demasiado lejos.

-Aun así, seguiré tu consejo en la medida de lo posible.

Asiente y, tras recoger mi vestido para arreglarlo, se marcha. Espero a que sea la hora de la cena y decido bajar. Si quiero que las habladurías cesen, no puedo echar más leña al fuego y dejar que la odiosa de lady Susana piense que me molesta verla con Terry. Cosa que es cierta, dicho sea de paso.

Llego al comedor y dudo antes de abrir la puerta. No he visto a Terry desde aquella noche en la cala. No estoy preparada para enfrentarme a él, pero es mejor que no retrase más esto.

Abro la puerta y noto que algo se rompe dentro de mí al ver a Terry y a lady Susana hablar amigablemente en un lado de la sala. Él está como siempre, es decir, alerta y tenso, pero no tanto como lo está conmigo. Lady Susana, por su parte, se lo está comiendo con los ojos y ha apoyado su mano sobre la de Terry. Este no la aparta; no debe desagradarle. Aparto la mirada. En otro lado del comedor están lord y lady Marlow hablando. ¿Qué pinto aquí? Por unos instantes pienso que soy invisible para ellos, como cuando podía espiar la vida de los demás sin que nadie se percatase de mi presencia, y siento envidia de aquellos días. Al menos entonces no me tenía que esforzar por integrarme en un mundo que no es el mío.

Terry es el primero en verme. Sus ojos azules se entrelazan con los míos y yo aparto la mirada rápidamente, incapaz de aguantársela. Me acerco hacia ellos con la cabeza alta y una sonrisa en el rostro. Falsa, por supuesto.

-¡Qué alegría tenerte aquí! -Lady Susana me obliga a mirarla con su comentario, pero trato de no reparar en que está más cerca de Terry que antes, como si quisiera marcar su territorio.

-La alegría es mía. Siento no estar tanto como debería, pero la inspiración no entiende de momentos apropiados para revelarse.

-Lo sabemos, querida -dice lady Marlow. -Yo pienso que es una pérdida de tiempo -afirma lord Marlow-. ¡Habrase visto!, una mujer pintora... Todos los grandes artistas son hombres. Lo dicho, una pérdida de tiempo. Pero bueno, al menos mantiene las manos ocupadas en algo inofensivo...

Me reta con la mirada; yo sonrío y asiento sin más, como si le diera la razón a este idiota que se piensa que la mujer no sirve para nada, y me siento a su lado.

Por suerte no tardan en servirnos la cena. Me concentro en mi plato y como ajena a lo que me rodea, o al menos lo intento. Cuando llega el postre, noto que lord y lady Marlow se relajan.

Llevan toda la noche ignorándome sin incluirme en las conversaciones. La verdad es que lo prefiero así, pero me hace ser aún más consciente de que aquí no pinto nada.

-No veo por qué tenéis que retrasar la boda. Estoy deseando tener nietecitos -dice lady Marlow.

«Hijos», pienso. Y seguidamente me imagino a Terry con esa lady Gusana, haciéndola su esposa en todos los sentidos. Besándola como me besó a mí, acariciándola como lo hizo conmigo, pero sin ropa que se interponga entre sus ávidas caricias y el cuerpo de ella. La idea me resulta espantosa. Horrible. Comerme el postre deja de parecerme atractivo. No me entra. Quiero irme de aquí.

-Madre, ya te he dicho que no tenemos prisa, pero admito que yo también estoy deseando casarme. Hay mucha mujerzuela suelta por ahí que no acepta que este hombre es mío.

Eso lo ha dicho por mí, sin duda. Me vuelvo y la miro con una sonrisa.

-La verdad es que hacéis una preciosa pareja. Atrasar la boda es innecesario.

-Muy bien dicho, señorita Candice -aprueba lady Margot.

Le sonrío.

-¿Y tú qué opinas, querido? -pregunta lady Susana a Terry.

Siento los ojos de Terry puestos en mí. Lo ignoro, como él lleva haciendo conmigo toda la noche.

-Tengo que resolver unos asuntos antes de poner fecha a la boda.

-Pues esperemos que todo se resuelva pronto -añade lady Susana-. No veo la hora de convertirme en tu amada esposa.

Recalca lo de «amada». Vuelvo a sonreír. Tras terminar, me disculpo y me retiro a mi cuarto. Me paso casi toda la noche esperando a que Terry entre en mi habitación y me pida disculpas por cómo me está tratando últimamente. Pero no lo hace. Y cuando llega el alba, sé que todo ha cambiado entre los dos.

Me preparo para la ópera. Cuando acabemos, hablaré con Terry y le diré la decisión que he tomado. No puedo seguir viviendo en esta casa ni un minuto más.

Cuando estoy lista, bajo las escaleras y veo a Terry esperándome, o eso creo hasta que aparecen por la puerta lady Susana y sus padres. Incómoda, bajo los escalones que me restan. La primera en verme es lady Susana, que sonríe al observar la ropa elegida, demostrando que le gusta mi atuendo austero y carente de atractivo y que deja claro el puesto que ocupo en su familia.

-¿Qué te has puesto? -me pregunta Terry enfadado. ¿Enfadado?

-Déjala, querido. Algunas personas son listas y saben aceptar cuál es y será su sitio. Y tu prima ya se ha dado cuenta de que no podrá aspirar a nada más que a ser una mera dama de compañía -dice lady Susana.

Decidí vestirme como una solterona, tapada hasta arriba, con cofia y todo. Quería despedirme a lo grande de este mundo sin dejar huella. La gente no reparará en mí, solo verán a la poco atractiva joven que acompaña a lady Susana; y si lo hacen, pensarán, como bien ha recalcado la prometida de Terry, que he aceptado mi lugar. Los rumores cesarán y con suerte se olvidarán de mí. Pero aunque este haya sido mi plan, cuando lady Susana ha abierto la boca esperaba que Terry me defendiera. Sé que es estúpido esperar algo así, pero no creía que se iría sin más hacia los carruajes y daría así por concluida la conversación.

Llegamos a la ópera, un precioso edificio que en mi época sigue conservando todo su esplendor y cuyos espectáculos solo están al alcance de los más adinerados, ya que los precios son abusivos. Nos adentrados en la ópera; yo me mantengo un paso por detrás, representando a la perfección mi papel. La gente me mira curiosa, pero veo el triunfo en sus ojos porque he dejado de tratar de ser como ellos.

Ya en el palco, me siento al fondo del todo, entre las sombras, deseando fundirme con ellas y que acabe cuanto antes esta noche.

-Échales un ojo, ahora volvemos -me dice lady Marlow cuando termina el primer acto. Me da órdenes como si hubiera pasado a ser alguien de su servicio.

Sé a lo que se refiere con «echarles un ojo»: evitar que hagan algo inapropiado, hacer de carabina. Observo a Terry y a lady Susana ajenos a mí, o tratando de ignorarme. Ella susurra algo muy cerca de su oído y Terry no se inmuta, ni tampoco cuando le pasa los dedos por la mano y lo acaricia de manera sugerente. De repente, ella se vuelve y me mira sonriendo, como diciendo «jódete», y le da un beso cerca de los labios, atrevida. La gente de los otros palcos pensará que solo hablan al oído. Confío en que Terry le diga que se aparte, pero entonces veo que este le coge la mano, aceptando su acercamiento. Tal vez ya algo enamorado de ella. No aguanto más... ¡Y no tengo por qué aguantarlo!

En cuanto lord y lady Marlow llegan para el segundo acto, me levanto sin dar explicaciones a nadie y salgo de aquí pensando en dejarle una nota a Terry a modo de despedida. No creo que se merezca nada más.? ゚リᄂ

Salgo de palco y casi corro por los aterciopelados pasillos, ahora solitarios, pues todos los asistentes están en su asiento viendo la obra. Estoy a punto de alcanzar las escaleras cuando alguien me coge del brazo y me lleva hacia las sombras.

-¿Se puede saber a dónde vas? -me dice Terry entre dientes.

-No te importa. Mi vida nunca ha sido ni será cosa tuya, y mucho menos mis decisiones.

Se lo digo sin volverme y sintiendo como fuego su contacto sobre mi vestido. La tela no es suficiente para evitar que su calor me traspase.

-¿De qué estás hablando?

Enrabietada, me vuelvo para enfrentarlo, para decirle que me dije ir para siempre.

-¿De verdad quieres saberlo? - pregunto mirándolo a los ojos. La luz tenue de los candelabros apenas nos ilumina, pero sé que puede leer en mi rostro lo que siento-. ¿Quieres saber por qué odio verte con ella?

Terry me aguanta la mirada y de repente la aparta, como si no quisiera ver ni saber nada más. Siento su rechazo.

Aparta la mano.

-Adiós, Terry. Adiós para siempre. Te deseo que seas feliz. No pienso regresar a tu casa ni a tu vida, nunca más. No me busques.

Me marcho corriendo, con los ojos llenos de lágrimas. Salgo a la calle precipitadamente y cometo el error de cruzar sin mirar... De repente un golpe, dolor, sangre y la inconsciencia...

Continuara...