Kung fu panda no me pertenece... O sea, creo que eso es más que obvio xD
Capitulo_21
Su entrecejo se arrugó y emitió un leve gruñido cuando la luz del sol, que comenzaba a colarse por la ventana, impactó en su rostro... No quería levantarse. La cabeza le dolía por no haber dormido bien. Intentó girar en la cama, buscando escapar del molesto amanecer, pero un par de brazos afirmaron su agarre en ella y se lo impidieron.
—Buenos días, princesa— Habló una voz, ronca y burlona.
Unos labios besaron su frente y una mano le acarició la espalda. Con el corazón acelerado, un poco asustada, abrió los ojos. Pero se calmó al ver a Tai Lung junto a ella... Estaba recostada junto a él, con la cabeza sobre su pecho desnudo, y sus brazos la rodeaban en protector abrazo. Sonrió, aun adormilada, y enredó sus piernas con las de él, encogiéndose en su abrazo.
—Te quedaste— Murmuró.
Tai Lung sonrió, enternecido, mientras su mano explorada la espalda de ella.
—Te prometí que lo haría ¿No?—.
—No pensé que lo cumplieras—.
Una ladina sonrisa curvó los labios de él, a la vez que giraba en la cama para quedar encima de Kioko... Ella sonrió, aún con los ojos cerrados, y le rodeó el cuello con sus brazos.
—¿Me está llamando mentiroso, señorita?—.
Ambos rieron y antes de que Kioko contestara, él la besó... No como habría besado a otras. No con lujuria solamente. Con ternura, suave, acariciando los labios de ella con delicadeza.
El besó terminó y Tai Lung se recostó de lado, junto a ella, apoyándose en su codo para reincorporarse y mirarla a los ojos... Se veía cansada, con los ojos levemente enrojecidos, y rastros húmedos en su mejilla. Sus manos estaban entrelazadas sobre su abdomen, jugando nerviosamente con la tela de su camisón.
—¿Como dormiste?— Preguntó él.
Kioko suspiró. —Tuve pesadillas—.
Tai Lung tragó grueso... Se mantuvo despierto toda la noche, observándola dormir, y en mas de una ocasión la oyó balbucear en dormida.
—¿De qué?—.
—De lo de anoche—.
Tai Lung torció los labios en una mueca. Colocó su mano libre sobre las de ellas y se agachó para besar los rastros húmedos de sus mejillas... La noche anterior, Kioko casi había entrado en un ataque de histeria en plena plaza y no le quedó mas remedio que llevarla de nuevo a palacio. Llegaron y se acostó junto a ella, esperando a que se durmiera. No era su intención quedarse en su cama, pero no se pudo negar ante la asustada mirada de Kioko.
Era la primera vez que dormía junto a una mujer, tan solo dormir, y a pesar de que su brazo ya estaba entumecido por haber hecho de almohada toda la noche o de que los abrazos de la felina eran asfixiantes e incómodos, nunca había dormito tan bien... Se sentía bien tenerla entre sus brazos. Saber que al despertar ella estaría junto a él, roncando con la boca entre abierta y babeando, pero placidamente dormida entre sus brazos. Era un sentimiento protector, calido.
—Tengo miedo—.
La voz de ella lo sacó de sus pensamientos y lo preocupó a la vez. Como si ella fuera una niña, la acunó en sus brazos y la estrechó contra su pecho... Kioko no puso quejas, tan solo se acurrucó en el abrazo. Se sentía segura, protegida.
—Kioko, estas a salvo. Nadie te hará daño— Murmuró Tai Lung, aunque no estaba seguro del todo.
—Se que mientes— Replicó ella —Sé lo que está pasando y también sé que mi padre les pidió que no me lo mencionaran. Sé que mi familia corre peligro—.
Tai Lung quedó en silencio, incapaz de contestar. ¿Que podía decirle? Ni él, ni sus amigos, ni siquiera el mismísimo emperador estaban seguros de qué era lo que estaba pasando exactamente... Se quedaron en silencio, abrazados, hasta que decidieron que era hora de levantarse, para evitar que lo vieran a él salir de su cuarto. Después de la noche anterior, lo último que quería era que castraran al jaguar y a ella la mandaran a un internado en Moscú, como había amenazado una vez Lin.
—Te veré en el desayuno—.
Tai Lung, ya vestido con sus pantalones, se agachó y depositó un casto beso en los labios a Kioko, que prefirió quedar unos minutos más en la cama... Ambos sonrieron y Tai Lung se volteó hacia la puerta, pero cuando iba a salir alguien la abrió desde afuera. Lin apareció en el umbral, dejando a Tai Lung apretujado entra la puerta abierta y la pared.
Kioko ahogó un chillido y se enderezó de un salto, asustada... Suerte para ella, su madre no había visto al jaguar.
—Hija, ya estas despierta. Rápido, vístete que...
Lin comenzó a hablar a velocidades sobrenaturales, visiblemente alterada. Pero Kioko no le prestó atención, tan solo asentía mientras miraba de reojo a Tai Lung asomar la cabeza por el borde de la puerta y hacerle señas para que callara.
—¡Kioko!— Gritó Lin al percatarse de que su hija no la escuchaba.
La joven leona pegó un respingo, saliendo del pequeño shock por la sorpresa. Entonces arrugó el entrecejo y fulminó con la mirada a su madre al percatase de un pequeño detalle que había ignorado al principio.
—¡Mamá! ¡¿Es que no sabes tocar?!— Gritó.
Sin importarle su mini-camisola, se levantó de la cama y obligó a su madre a salir del cuarto.
—Kioko ¿Es que no me escuchas?— Reprochó Lin —Te estoy diciendo que Víbora...
—Si, si. Déjame vestirme e iré en un momento—.
Y antes de que su madre pudiera, cerró la puerta y la trabó para que no volviera a abrirla... Tranquila, respira. No pasó nada. Por unos segundos, se quedó parada en el lugar, con la espalda recargada contra la puerta, como si quisiera impedir que alguien volviera a entrar. Eso estuvo demasiado cerca, su corazón aún latía desbocado y su respiración era irregular por el susto del momento. Entonces, ladeó el rostro para ver a Tai Lung y soltó una risa histérica.
El jaguar arqueó una ceja, casi con burla.
—Emm... ¿Estas bien?— Preguntó.
Kioko asintió, con una boba sonrisa curvando su rostro, y antes de que Tai Lung pudiera hacer algo para detenerla, le echó los brazos al cuello y lo besó... El jaguar abrió los ojos como platos por la sorpresa, pero no tardó ni cinco segundos en rodearla con sus brazos y corresponderle el beso. Después de todo, él también se había llevado el susto de su vida.
¿Tonto no? No le temía a enfrentarse a un trío de acecinos, pero si que la madre de su chica lo atrapara en el cuarto con ella... Sin romper el beso, Kioko deslizó sus manos por el pecho de él hasta su espalda y bajó hasta la faja de los pantalones. Jugueteó con el borde, deseosa de llegar más allá, pero unas manos en sus muñecas la detuvieron.
Tai Lung terminó con el beso, mordisqueando el labio de ella, y le dirigió una cálida sonrisa. Ella lo miró, confundida, pero cuando quiso volver a besarlo, él se apartó y negó.
—Kioko, no— Ordenó, con suavidad —Ve a vestirte—.
—¿Que? No—.
Kioko esbozó un adorable puchero, digno de una niña pequeña, y cruzó los brazos sobre el pecho. Quería estar con él. Lo quería a él en ese momento y no cambiaria de idea hasta que... Tai Lung rió, divertido por su reacción, la sujetó de ambos hombros y con suavidad la obligó a girar en dirección al armario.
—Ándale, señorita. Que ya es tarde— La apuró, con falsa seriedad —Y tu madre dijo que vallas al cuarto de Víbora—.
Kioko se deshizo de su agarre y giró para quedar de cara a él, aún de brazos cruzados.
—¿Y si no quiero?— Le desafió.
Tai Lung tan solo esbozó una picara sonrisa, rozando lo perverso. La mirada de Kioko se tornó confusa, casi temerosa, y no pudo evitar tragar grueso. Tal vez no tendría que haber dicho eso... La mano de él se deslizó por su cintura, hasta su espalda y la forzó a acercarse más. No había ningún espacio entre ambos, podían sentir el latir del corazón del otro, y por un momento Kioko se sintió intimidada por aquellos ojos ambarinos
—¿No te vestirás?—.
La mano de él siguió su recorrido, hasta posarse en el trasero de ella... Kioko, algo dudosa, negó. No, no le iba a obedecer. Entonces, la mano desapareció y un segundo después impactó en su nalga derecha, arrancándole un gemido por la sorpresa.
—Ve a vestirte— Repitió Tai Lung —No lo diré otra vez—.
Kioko arrugó el entrecejo, en un vano intento por parecer molesta.
—Abusivo— Masculló, pero igualmente obedeció.
—Mantente junto a Lin— Ordenó el emperador, con un movimiento de cabeza hacia su esposa.
Shuo asintió, respondiendo un inexpresivo "Si, su alteza", y retrocedió unos pasos hasta quedar junto a la emperatriz. Ella le dedicó una maternal sonrisa, pero él tan solo asintió. No era por nada, pero jamás se sintió a gusto con el trato "especial" de los emperadores. No eran su familia y aunque estuviera agradecido por haberle brindado techo, pero era solo eso: gratitud.
El emperador avanzó por el pasillo, con su esposa a unos pasos por detrás, y Shuo los siguió.
A medida que avanzaban, las antorchas comenzaban a distanciarse la una de la otra y el pasillo se tornaba mas oscuro. Llegaron a una puerta doble, de madera, con símbolos extraños tallados en ella, y dos linces que la custodiaban abrieron para que pasaran. Ambos felinos le dirigieron miradas desconfiadas al tigre de bengala, pero él tan solo los ignoro. Casi ninguno de los soldados, o guardias, confiaban en él. Los más viejos conocían su pasado, su procedencia, y se encargaban de informar a los más jóvenes… La habitación era espaciosa, con una larga mesa de madera en el centro, rodeada de alrededor de doce sillas. Pegados a las paredes, inmensos estantes llenos de libros y pergaminos llegaban hasta el techo y rodeaban el lugar, y únicamente había cuatro antorchas, una en cada estante, que iluminaban el lugar.
Kei tomó asiento en el extremo opuesto a la mesa, Lin se sentó a su derecha y Shuo permaneció de pie… Minutos más tarde, la puerta se volvió a abrir, pero no levantó la mirada, permaneció parado junto a la pared. Escuchó pasos pesados, fuertes, seguidos de pisadas ligeras y casi imperceptibles. Eran dos y por motivos en los que prefería no pensar, sabía que uno de ellos era una chica.
—Veo que mi hermano no ha tenido la decencia de venir por su propia cuenta— La voz de Kei era inexpresiva —Sigue siendo el mismo cobarde de siempre—.
Shuo arrugó el entrecejo, no sabía que Kei tuviera un hermano. Se sentía incomodo en aquel lugar, era conciente que un par de ojos estaban fijos en él, pero prefería no voltear. Entonces, escuchó una risa ronca y áspera… Se le erizaron los pelos de la nuca y el fugaz recuerdo de aquella noche en que mataron a su madre invadió su mente.
—No creo que deba tachar de cobarde a quien solo preserva su vida— Contestó una voz grave, demasiado familiar —Por cierto, un gusto verte otra vez, Shuo—.
El silencio invadió el lugar y no le quedó otra que encarar al asesino de su madre… Shan estaba sentado al otro extremo de la mesa, con la mirada fija en él. Shuo gruñó, con la mandíbula tensa y una de sus manos cerrada firmemente en torno al mango de la espada que colgaba de su cadera.
—No puedo decir lo mismo de ti, asesino— Masculló.
Una sonrisa torcida curvó los labios de Shan y Shuo pudo apreciar en su mirada un brillo que conocía demasiado bien: el lobo blanco planeaba algo.
—¿Saben? Antes de comenzar, me gustaría presentarles a alguien—.
Shuo entrecerró los ojos, desconfiado, pero eso solo ensanchó la sonrisa de Shan. Ante el silencio de todos, el lobo blanco le hizo una seña con la mano a la hembra que estaba parada tras él, a quien Shuo había ignorado desde que llegaron… Ella avanzó, con la cabeza en alto, el pecho hacia fuera y hombros rectos, hasta quedar junto al lobo blanco. Era una felina, una tigresa. Una mascara le cubría la mitad del rostro y tenía una espada colgada en el hombro.
Pero lo que llamó la atención de Shuo fueron sus ojos: carmín como la sangre y tan brillantes como dos rubíes... La felina le devolvió una gélida mirada, llena de algo que no supo identificar e iluminada por un brillo malicioso.
—Hola... Akame— Saludó Kei, con cierto desprecio en su voz.
Shuo apenas si lo escuchó, su mente trabaja a altas velocidades, buscando a aquellos ojos en sus recuerdos... Eran idénticos a los de su madre, idénticos a los de su hermana. Recordó aquel orfanato, en donde la dejó aquella noche, y se repitió mentalmente que solo él sabía eso, no había forma en que Shan lo supiera. Pero una risa burlona le puso los pelos de punta.
—Te equivocas, Kei. Ella no es Akame— La mirada de Shan estaba puesta en él, analizando su reacción —Kei, te presento a mi hija, Tigresa—.
Rugió y le propinó un puñetazo al saco de arena frente a él. Este se balanceó. Shuo lo esquivó, lo golpeó una y otra vez, con ambas manos. Sudaba, los nudillos comenzaban a dolerle y respirar se le dificultaba. Pero no conocía otra manera de descargar su ira. Finalmente, el saco se balanceó con fuerza en su dirección y él hizo impactar su puño derecho, poniendo toda su ira y fuerza en aquel golpe... El saco no solo se balanceo, si no que logró destrozarlo y arrancar el gancho de metal que lo sostenía.
De pequeño, le habían enseñado a no usar mas fuerza de la que su oponente poseía o podía soportar y ni siquiera con aquel saco podía descargar la frustración que ese le suponía... Mi hija, Tigresa. La voz de Shan resonó como eco en su cabeza, impregnada de maliciosa burla, incluso podría haber dicho que aquel lobo estaba orgulloso de decir aquello.
Aquella noche, casi había muerto por alejar a su hermana de aquel lobo. Arriesgo su vida por ocultarla, lejos, donde nadie involucrado en esa vida pudiera encontrarla. Donde nadie la reconociera. ¿Y ahora? Ahora su hermana estaba en el mismo lugar donde su madre estuvo hacia tantos años, Shan la había encontrado quien sabe cuando y la estaba llevando por el mismo camino de Akame.
Pero entonces recordaba las palabras de Shan. Mi hija, había dicho... Hasta donde sabia, él y Tigresa no eran hijos de un mismo padre. El suyo había muerto cuando era pequeño y jamás había conocido al de Tigresa, pero podía jurar por su vida que no era Shan. No lo veía posible, no solo por ser de especies muy diferentes, si que tampoco había algo que los emparentara. ¿Por que Shan la presentó como una hija?
—¿Pero que pasó aquí?— Preguntó una voz femenina a sus espaldas.
Shuo inmediatamente se secó las pocas lágrimas que habían humedecido sus mejillas y volteó, ablandando el semblante al ver a aquella leopardo parada en la puerta… La chica le dirigió una tierna sonrisa, para luego arquear una ceja, casi burlona. Sintió encogerse en su lugar y sus mejillas se tiñeron de rojo, como muy pocas veces le sucedía, pero mantuvo un poco la compostura,
—¿Qué haces aquí, Lili?— Preguntó.
Lili avanzó hacia él, le rodeó el cuello y se colocó de puntitas para depositar un tierno beso en sus labios. Shuo no lo impidió, tan solo pasó sus brazos por la cintura de ella y le regaló una pequeña sonrisa. Lili Le devolvió una cálida sonrisa, le sujetó las manos y lo obligó a sentarse en el amplio sillón de la pequeña sala de estar. Sin decir nada aún, la felina caminó hasta quedar tras él, se sentó en el respaldo y le colocó las manos en sus hombros, masajeándolos. Se veía tenso y preocupado, es mas, apostaría a que no durmió en toda la noche, pero lo conocía lo suficiente como para saber que preguntar sería lo mismo que quedarse callada.
—Luang estaba ocupado y decidí darme una escapada— Contestó ella, luego de unos minutos —¿Es que no te gusta verme?—.
Shuo sujetó una de las manos de ella entre las suyas y ladeó el rostro para besar el dorso... Lili era lo más cercano que tenía a una familia, ella apareció cuando mas solo estaba, con su inocencia y locuras. Ahora ella era su única familia y tenerla a su lado, aunque fuera solo cinco minutos, era lo que iluminaba su dia, alejando por un momento cualquier preocupación.
—Sabes que me gusta tenerte aquí— Contestó —Es que…
Le dirigió una rápida mirada al lugar, a la pequeña sala de estar de la casa en los terrenos del palacio a la que actualmente podía llamar su casa… Estaba desordenada, los almohadones del sillón en el suelo, algunas cosas fuera del lugar, la alfombra azul del suelo arrugada y un cuenco vacío en la mesita de centro, entre otras cosas. El orden nunca había sido una cualidad suya, pero esa mañana el lugar estaba peor que nunca, si hubiera sabido que Lili iría al menos hubiera intentado acomodar.
—Lo admito, esto esta hecho un lío— Se burló la leopardo —Pero lleva así tanto tiempo que creí que era la decoración… No se qué problema te haces—.
—Lo hubiera ordenado, de saber que tu vendrías— Contestó Shuo, apenado por la situación —Además, en unos minutos tengo que irme—.
—No interesa, aquí estaré cuando vuelvas— Contestó Lili —Digamos a este lugar le hace falta algo de… tacto femenino—.
Shuo volteó en el sillón, quedando de cara a ella, y arqueó una ceja. No le agradaba la idea de que una chica se entrometiera en un lugar que consideraba su mayor logro desde que era adulto y se valía por si mismo, que estaba decorado a su gusto y comodidad, pero no podía decirle no. Lili lo miraba con una tierna sonrisa, con aquellos enormes ojos color chocolate, llenos de inocencia, y no podía decirle que no se quedara.
—Está bien, quédate. Pero no quiero nada rosa ni de encaje cuando vuelva—.
Ella emitido una dulce risita y se agachó para depositar un rápido beso en sus labios, para luego levantarse y caminar hasta la cocina... Shuo sonrió, una sonrisa pequeña pero sincera, mientras se acomodaba en el sillón. Dentro de un par de horas tenia que irse a cumplir con su deber, pero con Lili y cualquier locura esas horas pasarían volando.
—Bien, nada de rosa— La escuchó decir, junto al ruido de varios platos y lo que fuera que ella estuviera haciendo —¿Te hago de desayunar o ya te vas?—.
Y tal como había pensado, con la locura de dejarla cocinar las horas había pasado volando, tanto que ya tenía que irse... Lili podía hacer muchas cosas, incluso manejar con maestría muchas armas, pero la cocina no era una de ellas.
—Lo siento, Lili. Ya me tengo que ir. Te veo en la tarde—.
Sin esperar respuesta, se levantó y salió rumbo a los gimnasios de los soldados, donde podría entrenar lejos del mal de estomago que le produciría la comida de su novia. Luego se encargaría de cocinar él cuando volviera.
Estaba enroscada sobre algo suave, una almohada tal vez, y podía distinguir luz a través de los parpados. Pero se sentía demasiado débil, incluso para abrir los ojos. Escuchó pasos, ligeros y rápidos, caminando de un lado a otro, a un ritmo constante. El chirrido de una puerta al cerrarse y algo pesado caer sobre una dura superficie. Alguien hablaba, pero no pudo identificar bien quien. ¿Po? ¿Mantis? No, tal vez Tai Lung. No estaba segura. Cada sonido era una tortura para su cabeza, era como tener resaca, pero recordaba no haber bebido nada.
—¡Es enserio!— Exclamó alguien e inmediatamente quiso gritarle que se callara, pero no podía —Recuerdo que fue a ver las carpas de las bailarinas, tras el escenario, y todo se volvió negro... Luego desperté en mi cama, como si ni siquiera hubiera salido anoche—.
—Claro, Mantis— Le siguió una voz burlona, Mono tal vez —Solo admite que estuviste con una chica y ya—.
—¡Pero es que ni siquiera estuve con ninguna chica!—.
—Es que acaso... ¿Eres Virgen?—.
Escuchó risas, alguien murmurando "gay" y un bufido, hasta que alguien los mando a callar... Gracias quien quiera que seas. Pensó la reptil, en su estado de semi-inconciencia.
—¿Y tú, Po?— Murmuró alguien a quien pudo identificar como Mantis, luego de unos minutos —¿Que tal te fue con tu gatita?—.
—Cierto, tu no contaste nada— Le siguió... ¿Mono? Si, era él —¿Que hicieron, panda picaron?—.
Víbora se removió, inquieta, e intentó murmurar algo para llamar la atención, pero ni siquiera ella misma se oyó... Entonces, la puerta se abrió, con un desagradable chirrido, y escuchó dos pares de pies caminar por donde quiera que se encuentren.
—¿Víbora? ¿Que le pasó?— Preguntó alguien, preocupado. Era Tai Lung.
Supo que alguien le contestó, pero ya no pudo escuchar mas y volvió a caer en la inconciencia. Se sintió liviana, sin dolor ni molestia, como hacia tiempo no se sentía. Entonces, decidió abrir los ojos... No veía nada, estaba oscuro, en medio de la nada.
¿Donde estoy? Quiso preguntar, pero no tenía voz.
Entonces, como una pequeña estrella, una luz titiló frente a ella y creció hasta ser no más grande que la cabeza de Mantis. Por un momento, tan solo la miró, confundida, hasta que escuchó una tierna risita provenir de esa luz. Víbora sonrió, enternecida, y casi sin saberlo, reptó hacia esa pequeña luz. Pero mientras mas se acercaba, esta se iba apagando, hasta que desapareció... Y todo volvió a ser oscuro.
A medida que esa luz se extinguía, una sensación de vacío la envolvió, y no supo identificar ese frío que sintió en el pecho. Entonces, un punzante y agudo dolor en la zona de abdomen le hizo gemir y enroscarse en si misma... Abrió los ojos de golpe, viendo todo borroso. Estaba jadeando y con la frente sudada.
Unas alas se acercaron a ella y sintió algo frío y húmedo en la frente, parecía ser un paño.
—Despertaste— Murmuró Grulla.
Su voz monótona e inexpresiva y una gélida mirada asustaron a Víbora... ¿Por qué no le sonreía? ¿Por que no la envolvía en sus alas y la besaba? ¿Que estaba pasando? Entonces, se percató de que estaban solo ellos, los demás ya se habían ido. Quiso enderezarse, pero un agudo dolor en el abdomen se lo impidió y le hizo soltar un quejido.
—No, Víbora. Quédate ahí—.
La voz de Grulla sonó quebrada, como si hubiera llorado, mientras sus alas la volvían a acomodar en el colchón, tratando de moverla lo menos posible... Víbora quedó congelada en su lugar. Era el mismo dolor que sintió estando inconciente, mientras aquella luz en la nada desaparecía, y la misma sensación de vacío la envolvió.
—Grulla... Que... ¿Que sucede?—.
—Nada, Víbora. Todo esta bien— Le contestó el ave, con una triste sonrisa —Tu solo descansa, aún estas débil—.
—¿Débil?... No... Yo... estoy bien—.
—No, Víbora. No estas bien—La voz de Grulla tembló un poco —Por favor... Solo vuelve a dormir. Cuando despiertes hablaremos—.
Grulla le sonreía, pero era una sonrisa triste y su mirada era vacía, casi sin emoción. Intentó sujetarla, para que no se levantara, pero ella le propinó un coletazo en ambas alas y le siseó, ordenándole que se apartara... No quería que nadie la tocara, quería levantarse y que le dijeran que estaba sucediendo. Pero cuando quiso levantarse, no solo las alas de Grulla la sujetaron, si no dos pares de zarpas. Se agitó en el lugar, histérica, ignorando el dolor de su abdomen, pero le fue inútil.
—Cálmate, Víbora— Pidió Po.
—Por favor, no te alteres—Le siguió Tai Lung.
Ellos recién llegaban y al igual que Grulla tenía la voz rota, como si hubieran llorado, pero Víbora los ignoró.
—¡¿Que esta pasando?!— Consiguió Gritar, con las pocas fuerzas que tenía —Que esta... ¡Aahh!—.
Entonces, el mismo dolor agudo y punzante en el vientre la hizo soltar un alarido... Por unos segundos, se quedó quieta, acurrucada en su lugar. El lugar quedó en silencio, un silencio pesado y lleno de tensión. No levantó la mirada, permaneció enroscada en si misma, con los ojos llenos de lágrimas por esa extraña sensación de vacío. Se sentía tan frío y amargo, como si le hubieran arrancado una parte de ella. Entonces, eso fue lo que la alertó y a la vez la dejó en shock.
—Mi... mi... mi bebé— Susurró —Él... no... Él no...
—Víbora...— Comenzó Tai Lung, pero al parecer no pudo terminar.
—Lo lamento— Finalizó Po.
La reptil levantó la mirada, suplicante, hacia Grulla. Pero él no pudo ni asentir, cuando sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas... Los tres la veían con tristeza, con pena y angustia. Volvió a agachar la cabeza, escapando de esas mentirosas miradas, y dirigió la vista a su abdomen.
—No— Murmuró, en shock. Entonces, dirigió una fiera mirada a sus amigos —¡No es cierto!— Gritó, furiosa—Ustedes... ustedes... ¡Están mintiendo! ¡No es cierto!... mi bebé... ¡No! ¡No es cierto!... no, mi bebé no...
Lo que comenzó como un grito, fue perdiendo convicción, hasta que terminó en un amargo llanto... Lloró como nunca había llorado, acurrucada contra su abdomen, pequeña ante la mirada de cualquiera. Sintió las alas de Grulla rodearla, lo escuchó llorar también. La cama cedió ante el peso de Tai Lung y Po, que también se acercaron y la envolvieron en un abrazo, como si quisieran protegerla de su dolor. Incluso Mono y Mantis estaban ahí, salidos de quien sabe donde, abrazándola.
Por entre las alas de Grulla, alcanzó a ver la ventana, el cielo... El sol se ocultaba en el horizonte, finalizando el día, dando paso a la oscuridad de la noche. Como aquella pequeña luz jugando en la nada, que se desvaneció en la oscuridad. Pero el sol volvería, esa luz no. El día volvería a cobrar vida, su bebé no.
—Tranquila, Víbora. Estamos contigo— Escuchó decir a Mono. Nunca lo había oído tan serio.
—No estás sola— Le siguió Mantis.
Tenía a sus amigos ahí, como siempre, apoyándola. La abrazaban, lloraban su dolor. La protegían de su pérdida, así como siempre la protegieron de cualquier peligro que hayan afrontado... Pero eso de nada le servia, no le suponía ningún consuelo. Su bebé no estaba.
—Déjenme sola— Murmuró, con voz ronca —Váyanse—.
Los cinco se apartaron de ella y la miraron, dudosos. No querían dejarla sola, no en ese momento.
—Víbora, no tienes que...
Pero Tai Lung calló ante la gélida mirada de ella.
—He dicho que se vallan— Masculló Víbora, luchando contra las lagrimas que picaban por salir —¡Váyanse!—.
A todos les dolió verla así, destrozada, pero ninguno podía hacer nada ya. Le dirigieron una última mirada y con la cabeza gacha, voltearon y salieron del cuarto. Todos menos...
—Tu también, Grulla—.
El ave la miró, incrédulo. Víbora ni siquiera le dirigió la mirada.
—No voy a dejarte sola, ni aunque me lo pidas—.
—No te lo estoy pidiendo— Contestó ella, inexpresiva —Te lo estoy ordenando. Sal de mi cuarto—.
Grulla la miró... la miró... y la miró, pero ella a él no. Finalmente, no le quedó opción y se fue... Víbora quedó sola en el cuarto, tal como había exigido. Pero no lloró, ni hizo nada. Permaneció en la cama, mirando a la nada, pensando en nada. Hasta que cualquier rastro de lagrima se secó, hasta que pudo reptar sin dolencia alguna, hasta que supo que podría hablar con normalidad. Solo entonces, salió del cuarto.
Era hora de la cena, había dormido todo el dia y estaba hambrienta. Debía comer algo, así que se dirigió hasta la mesa, donde todos se encontraban cenando... Al llegar, el silencio se hizo en la sala. Todos la miraron reptar hasta una silla vacía entre Tai Lung y Po, para luego tomar lo palillos y comer. Como si nada hubiera pasado, porque así era.
—¿Como te encuentras, Víbora?— Se animó a Preguntar Kei.
La reptil levantó la mirada hacia su tío, tan solo lo miró, como si no tuviera idea de que le hablaban. No contestó.
—Lo lamento mucho, pequeña— Le siguió Lin, con la mirada gacha —Pero cuentas con nosotros ¿Sabes? —.
Entonces, Víbora miró a todos y esbozó una sonrisa, como si nada pasara. Pero fue una sonrisa rota, triste, llena de amargura.
—Gracias, pero estoy bien— Contestó —Estoy bien, enserio—.
Pero todos sabían que no era así. Porque oírla negarlo y verla sonreír con tal amargura, les dolía mucho más que verla llorar desconsolada. Porque para Víbora la pérdida era tan dolorosa, que su única manera de afrontarlo era negársela incluso a si misma.
Estaba nerviosa, inquiera y algo enfadada también. No podía dejar de caminar por toda la cabaña; cuartos, baño, cocina, sala de estar, hasta finalmente terminar por echar una mirada a la ventana... Ya iba a ser de noche, el sol en poco menos de una hora se habría ocultado tras el horizonte y no sabía nada de Yuan.
La noche anterior, luego de aquella reunión sin sentido en la que Shan no consiguió nada, al llegar a la cabaña Yuan aún no había vuelto. No le tomó mucha importancia, y aunque le preocupó un poco, prefirió acostarse a dormir. De seguro llegaría mas tarde. Pero cuando despertó él no había llegado y aún continuaba sin señales de él.
Estaba tan preocupada, que ni siquiera se molestó en discutir cuando su padre le echó un sermón por haberlo desobedecido la noche anterior.
Miles de ideas de que le pudo haber pasado rondaban su cabeza. Ya era de noche y llevaba una hora parada frente a la ventana... Tenía un tic nervioso en la oreja, en los bigotes derechos y en su rodilla. Su cola serpenteaba furiosa en el aire y una pequeña daga giraba en su mano derecha, la misma con la que había matado al chacal pero limpia.
—Cuando llegue, le cortaré su maldito orgullo masculino— Murmuró, por quinta vez.
Shan y Haku estaban sentados en los sillones de la sala y ambos rieron al oírla.
—Hija, ya cálmate— Ordenó el lobo blanco, casi con burla —Ya aparecerá. De seguro se quedó en un bar o... Algo parecido—.
Aunque se arrepintió de haber dicho eso en cuanto Tigresa volteó a verlo, con la daga bien sujeta en su mano.
—¡¿Que me calme?!— Gritó, furiosa. Ambos machos la miraron casi con temor —¡¿Como sugieres que me calme?!—.
—Fácil— Haku se encogió de hombros, ignorando la palpitante vena en la frente de la felina —Inhala, exhala y vuelve a repetir los pasos. Funcionan ¿Sabes?—.
Tigresa gruñó, pero prefirió volver la mirada a la ventana antes de comenzar una pelea con Haku y utilizar su daga en él... Oficialmente, ya era de noche. Las estrellas y la luna iluminaban el cielo. Y Yuan no volvía.
—No puedo calmarme— Murmuró, angustiada, sin apartar la mirada del sendero por el cual debía aparecer el leopardo —No se donde está, anoche me dijo que cuando llegara hablaríamos... ¿Y si le pasó algo? ¿Y si esta herido por ahí? O... o...—.
Entonces, la expresión de la felina cambió y sus ojos parecieron arder en furia ante una nueva idea.
—¿O?— Insistieron Shan y Haku, impactados por la facilidad para cambiar de humor que acababa de demostrar Tigresa.
—O...— Tigresa se apartó de la ventana, colocando las cortinas en su lugar de un brusco jalón. Guardó la daga en el cinturón de sus pantalones holgados y volteó a verlos. Aparentemente tranquila —O... puede que esté bien. Puede... que este en algún lugar... tomando o haciendo quien sabe qué… puede que este con cinco putas baratas, o regaladas, bien pechugonas... ¡O puede que este en una orgía, el muy desgraciado!— Gritó, demostrando una vez mas una bipolaridad recientemente descubierta —... y yo... ¡Yo como una completa estúpida preocupándome por el!—.
—¿Una orgía?— Inquirió Shan, con una ceja arqueada.
—¿Putas?— Le siguió Haku.
—¡Si!... él... él... — Tigresa retuvo aire, inflando sus mejillas, y golpeó su palma izquierda con su puño derecho repetidas veces, como si estuviera aplastando algo. Finalmente, respiró hondo, tal como había explicado Haku, y les dirigió una serena mirad —Mejor me voy a dormir, estoy cansada y esto... esto me da asco—.
Shan y Haku tan solo asintieron y la observaron dirigirse hacia las escaleras, extrañados por aquel repentino ataque de histeria... Entonces, cuando Tigresa pisó el primer escalón, la puerta de entrada se abrió y Yuan apareció en el umbral. Haciendo gala de una velocidad asombrosa, Tigresa sacó la daga de la faja de su pantalón, giró sobre sus talones y la lanzó sin siquiera mirara. El pequeño cuchillo atravesó el aire hasta pasar por milímetros de la mejilla del leopardo y se clavó en el marco de la puerta.
Yuan quedó de piedra, con los ojos como platos, congelado en su lugar por la impresión, viendo como una furiosa Tigresa caminaba a zancadas hacia él.
—¡¿En donde has estado?!— Gritó ella.
—Oye, tranquila... no... estoy bien... yo solo...
Antes de que Yuan dijera algo, Tigresa lo sujetó de la mandíbula, aplastando sus mejillas, y le ladeó el rostro. Lado derecho: sano. Lado izquierdo: ni un rasguño. Se apartó un paso, mirándolo de pies a cabeza. No había ninguna herida visible, ni siquiera un pequeño rasguño. Suspiró, aliviada, y para alivio de los demás, aparentemente calmada. Pero entonces su mirada se tornó sombría y algo en ella le hizo tragar grueso a Yuan.
—¿Donde estuviste?— Preguntó, inexpresiva.
—Yo... yo solo...
Yuan se rascó la nuca, nervioso, y miró a todas partes en busca de una excusa que no implicara la verdad, pero que tampoco enfureciera aún más a Tigresa.
—¡Responde, leopardo!—.
Aquel grito le hizo pegar un salto y casi tropezó al retroceder un paso. Tigresa se veía no solo enojada, si no también preocupada. Pero no podía decirle la verdad, no ahora. Así que no le quedó otra que adoptar su propio semblante sombrío y mentir... Perdón, Tigresa.
—¿Y tú con qué derecho me vienes a exigir explicaciones?— Preguntó, aparentemente ofendido —No tienes ninguno. No tengo porque darte ninguna explicación... no eres nadie para ello—.
Pero en contra a todo lo que pensó Yuan, aquello solo la hizo enfadar aún más. Tigresa arrugó el entrecejo y entornó los ojos, cual depredador a punto de lanzarse sobre su presa.
—¿Ah no? ¿No tengo derecho?— Inquirió, con fingida simpatía. Yuan asintió tímidamente —¿Y tu si tienes derecho a seguirme por toda la ciudad y espiarme? ¿Eh?... ¡¿Tu si pero yo no?!—.
—Emm... Si... ¡No!... digo, no...
Tigresa gruñó. Sin quitar los ojos de los de Yuan, avanzó un paso, quedando a centímetros del rostro de él, y estiró el brazo por sobre el hombro de él. Sujetó la daga y de un jalón la arrancó del marco de la puerta. Yuan la miró, repitiéndose mentalmente que Tigresa era incapaz de lastimarlo, al menos no con un cuchillo.
Pero Tigresa no dijo nada, tan solo volteó y se fue a sentar en uno de los sillones, junto a Shan... Si Yuan no quería decirle nada, no podía obligarlo. Tal vez su padre y Haku tenían razón y solo se estaba preocupando por nada.
—Has lo que quieras— Masculló, girando la daga en su mano —Sal, quédate. Pero desaparece de mi vista—.
—Tigresa, yo...
—¡Que desaparezcas!—.
Yuan no contestó, tan solo cerró la puerta y subió las escaleras, directo a su cuarto. No le gustaba esconderle cosas a Tigresa, mucho menos que ella se enojara con él. Pero no le quedaba de otra o Shan lo mataría, a él y a su hermana.
Tigresa apoyó los codos en sus rodillas y recargó la cabeza entre sus manos, se sentía cansada y solo quería dormir, pero no quería encontrarse con Yuan en el cuarto... Unas manos se posaron en sus hombros y jalaron de ella, haciéndola recostar en el sillón, con la cabeza en el regazo de su padre. Sonrió, adormilada, y se acurrucó mientras la mano de Shan le acariciaba la cabeza.
—¿Recuerdas cuando eras una niña y te dormías en mi regazo?— Preguntó él.
Tigresa sonrió, con los ojos cerrados.
—Si— Respondió —Tenía ocho años y tú me cantabas para que me durmiera—.
Desde otro sillón, escucharon a Haku reír con burla. Pero Tigresa tan solo le hizo una seña ofensiva con el dedo medio y Shan le dirigió una fría mirada, junto a un asentimiento con la cabeza en dirección a las escaleras, indicándole que se fuera. Haku obedeció.
—¿Te cuento un secreto?— Preguntó Shan, con aires misteriosos —A veces, extraño cuando eras una niña. Te veo tan grande, tan crecida e independiente, y luego extraño a cachorra que se escondía tras mis piernas ante un extraño—.
Algo adormilada ya, Tigresa sonrió, enternecida por las palabras de su padre. Sujetó la mano de él, que descansaba en su hombro, y le dio un pequeño apretón.
—Siempre voy a ser tu niña, papá—.
Pero Tigresa no vio la torcida sonrisa en el rostro del lobo blanco o el brillo malicioso en sus ojos, ni tampoco se percató del tigre de bengala parado junto a la ventana... Tan solo se durmió, confiada en la sensación de seguridad que le suponía el regazo de su padre.
Continuará...
Antes de cualquier cosa, ¡No me arrepiento de nada! Y dicho está... Bueno estoy un poco desanimada, y no se me ocurre ninguna tontería por decir/escribir... Además de que acabo de ver un pegaso volando por lado de la ventana de mi cuarto y me ofreció un llevarme a Narnia...
Alguien: -con una inyección del tamaño de un elegante- ¡Te encontré, Black Rose!
Black Rose: ¡Fuck! ¡¿No estaba muerta?! -sale corriendo hasta una motocicleta. Arranca y se aleja volando a toda velocidad- ¡Atrápame si puedes, vieja!...
Alguien: -liderando una multitud enardecida- ¡A por ella!...
Black Rose: ¡Fuck! -Acelera-... ¡Nos leemos! ¡Dejen review!..
Ok, esto es... ya se me hizo costumbre xD
