Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 21

-¿Qué tal... has estado estos días?

-Ocupada -de repente volvió a sonar el timbre de la puerta-. Y parece que también tú lo estás. Te veré luego -y echó a andar por el pasillo, parpadeando enérgicamente para contener las lágrimas.

La fiesta estaba en todo su apogeo. Y Alice intentó relajarse mientras saludaba a amigos y conocidos.

-Estaba empezando a pensar que te habías echado atrás -Wanda, que había estado hablando con uno de los músicos, se le acercó nada más verla.

-Eso ni hablar. Nadie podrá llamar cobarde a una Cullen.

-Puede que te ayude saber que el joven Withlock no ha apartado la mirada de la puerta durante la última media hora.

-¿De veras? -se dispuso a buscarlo con la mirada, pero al momento cambió de idea-. No, no importa. Tomemos una copa. ¿Hay champán?

-Por supuesto. El señor Withlock es un encanto. Nos está agasajando como si fuéramos reyes. Ah, allí está Phil. He decidido dejar que me convenza de que sus intenciones para conmigo son serias. No necesariamente honorables -añadió con una sonrisa-. Simplemente serias.

-¿Phil? -interesada, Alice observó al bailarín que hacía de pareja de Wanda en la obra-. ¿Qué tal con él?

-No lo sé -se sirvió una copa de champán-. La gracia está en averiguarlo.

Deseando poder estar de acuerdo con su amiga, Alice se dirigió a la mesa del buffet. «Come, bebe y diviértete», se aconsejó a sí misma. «Mañana saldremos todos para Filadelfia».

-Alice.

Antes de que pudiera elegir entre dos canapés, Edwin se le acercó por detrás.

-Oh, señor Withlock. Es una fiesta maravillosa.

-Llámame Edwin, por favor. Tendrás que tutearme si vas a ofrecerme el baile que me prometiste.

-De acuerdo. Será un placer -con una mano sobre su hombro, empezó a bailar con él una lenta melodía-. Hablé con mis padres. Están en Nueva Orleans, pero podrán asistir al estreno de la obra en Filadelfia. Espero que tú también puedas ir.

-No me lo perdería por nada del mundo. ¿Sabes, Alice? Esta obra es lo mejor que he hecho por mí mismo en años. He pensado que ya es hora de que me resigne a envejecer.

-Eso es lo más ridículo que he oído en mi vida.

-A ti te lo parece porque todavía eres muy joven. Cuando llegues a los sesenta, mirarás a tu alrededor y te dirás a ti mismo: «de acuerdo, ya es hora de bajar el ritmo. Te lo has ganado. Ahora debes relajarte y disfrutar de los pocos años que te quedan».

-¿Pocos años? Bah -exclamó, sonriéndole.

-Después de jubilarme, me di cuenta de que deseaba algo más que pasarme los miércoles jugando al golf. Necesitaba juventud a mí alrededor, necesitaba su vitalidad. ¿Sabes? Jasper siempre me ha mantenido joven. Es mi hijo, pero también mi mejor amigo.

-Te quiere mucho.

Algo en el tono de Alice lo hizo bajar la mirada.

-Sí. Yo quería darle una oportunidad en el negocio, dejarle el margen suficiente para trabajar. Y lo ha hecho muy bien. Quizá demasiado -suspiró-. Jasper ha volcado su vida entera en la empresa. Quizá ese sea el error.

-El no piensa lo mismo.

-En cualquier caso, hasta que no surgió esta obra no sabía qué diablos iba a hacer conmigo mismo. Y ahora creo que ya lo he averiguado.

-¿Broadway?

-Exacto -desde el principio había intuido que Alice lo comprendería. Esperaba que también pudiera comprender a su hijo-. Una vez que la obra triunfe, en Filadelfia primero y luego en Broadway, me dedicaré a otra. Afortunadamente, espero contar con una experta para que me asesore.

Alice leyó la pregunta que brillaba en sus ojos y asintió con la cabeza.

-Me encantaría.

-Sabía que podía contar contigo. Me he pasado la vida entera entre gente del espectáculo. Viviendo de ellos, en realidad. Y esas cosas no pueden ser reemplazadas por una simple pelota de golf. Venga, vamos a comer algo.

-Acepto la sugerencia -suspirando, desvió la mirada hacia la mesa del bufé.

La orquesta comenzó a tocar una melodía más animada que la balada anterior: uno de los últimos éxitos de Broadway. No pasó mucho tiempo antes de que Phil sacara a Wanda al escenario, para representar un número de baile, en medio de un clamor de silbidos y aplausos. A esa pareja siguió otra. Y otra.

-Vamos, Alice -la animó Terry a salir, tomándola de la mano-. Vamos a demostrarles lo que somos capaces de hacer.

-No es necesario. Ya lo saben -se negó Alice, dispuesta a probar de nuevo el paté.

-Nos lo exige nuestra reputación. ¿Recuerdas el número de Al alcance?

-Sí. Fue una verdadera bomba.

-Vamos, Alice -insistió, sonriendo-. Por los viejos tiempos.

Incapaz de resistirse, Alice aceptó. Y la pareja no tardó en verse rodeada de un coro de incondicionales. Era un número lento y sensual, que requería una coordinación de movimientos tan perfecta como compleja. Alice recordó los pasos como si apenas el día anterior los hubiera ensayado, aunque ya habían pasado más de cuatro años desde entonces.

-Ha sido estupendo -exclamó Terry, entusiasmado, cuando terminaron.

Jasper la estaba observando. Cuando Alice descubrió su intensa mirada, se estremeció de pies a cabeza. Pensando solo en escapar, giró en redondo y se dirigió a la terraza.

Hacía calor. Cansada, se apoyó en la barandilla. No. Echaba de menos a Jasper, lo necesitaba, pero no daría marcha atrás. Jamás.

Intuyó su presencia a su espalda antes de oírlo hablar. Se dijo que había sido un error pensar en escapar. No podía. Era imposible.

-Si quieres que me vaya, dímelo.

-No voy a decírtelo. No tengo derecho -respondió, volviéndose para mirarlo.

-Te he echado de menos -se acercó a la balaustrada, en un intento de estar lo más cerca posible de ella.

-Lo suponía.

-Cuando te vi bailando con mi padre, ¿sabes lo que pensé? Que nunca habías bailado conmigo.

-Porque nunca me lo pediste.

-Ahora te lo estoy pidiendo.

Extendió una mano hacia ella. Alice la aceptó sin pensárselo dos veces. Comenzaron a bailar.

-Cuando la semana pasada te marchaste de mi casa -añadió-, pensé que era lo mejor.

-Yo también.

-Desde entonces, no ha pasado un solo día sin que pensara en ti. Sin que te deseara lentamente, al no percibir resistencia por su parte, dejó de bailar y la besó en los labios. Su boca era tan dulce e invitadora como siempre. Su cuerpo encajaba perfectamente en el suyo, como si estuviera destinado a ello desde el principio de los tiempos. De repente, el anhelo que lo había atravesado durante los últimos días se convirtió en verdadero pánico-. Alice, quiero que vuelvas.

-Yo también lo quiero -alzó las manos hasta sus mejillas-. Pero no puedo.

-¿Por qué? -la sujetó de las muñecas mientras el pánico crecía y crecía, sin cesar.

-Porque no puedo ajustarme a tus reglas, Jasper. Yo no puedo dejar de amarte, y tú no quieres amarme.

-Maldita sea, Alice, me estás pidiendo más de lo que puedo darte.

-No. Jamás te pediría más de lo que eres capaz de darme, o de lo que yo soy capaz de darte a ti. Te amo, Jasper. Si volviera, no podría dejar de decírtelo. Y tú no podrías dejar de resentirte conmigo por eso.

-Te quiero en mi vida -pronunció, desesperado-. ¿No te basta con eso?

-Ojalá lo supiera. Quiero formar parte de tu vida. Quiero que tú formes parte de la mía.

-¿El matrimonio? ¿Es eso lo que quieres? ¿Pero qué diablos es el matrimonio, Alice?

-Un compromiso emocional entre dos personas que se prometen hacer todo lo posible por mantener y mejorar su relación.

-Para mejor o para peor -replicó-. La mayor parte de los matrimonios no duran. Esa institución no significa nada. Solo es un contrato legal que puede ser roto por otro contrato legal, el primero de los cuales suele ser moralmente roto docenas de veces en la práctica.

Alice sintió que una parte de su ser se rompía al escuchar aquellas palabras.

-Jasper, no puedes generalizar así.

-¿Cuántos matrimonios felices conoces? O, mejor dicho, olvida lo de felices: ¿Cuántos conoces que hayan durado realmente?

-Jasper, esto es ridículo, yo...

-¿No se te ocurre ni siquiera uno?

-Claro que sí -replicó, repentinamente furiosa-. Los... los... Gianelli, del primer piso de mi edificio.

-Ya. Los que se gritan constantemente.

-Les gusta gritarse -siguió haciendo memoria-. Sí, puedo decirte más. Ozzie y Harriet.

-Dame un respiro, Alice.

-No -lo miró desafiante, con las manos en las caderas-. Jimmy Stewart estuvo casado durante más de cincuenta años. La reina Isabel y el príncipe Felipe tampoco lo están haciendo nada mal. Mis padres, por el amor de Dios -continuó-. Llevan juntos toda la vida. Mi tía abuela Jo estuvo casada durante cincuenta y cinco años.

De pronto Jasper salió de las sombras, y lo que ella vio en sus ojos fue puro cinismo.

-Has tenido que hacer un esfuerzo para acordarte. Te habría resultado mucho más fácil recordar los matrimonios que se fueron al garete.

-De acuerdo, tal vez. Pero no tienes derecho a cuestionar el matrimonio en su totalidad solo porque la gente que se casa comete errores. Además, yo no te he pedido que te cases conmigo. Solo te he pedido que sientas.

-¿Vas a decirme que el matrimonio no es lo que quieres?

-No, no voy a decirte eso.

-Yo no puedo prometerte el matrimonio. Te admiro, como mujer y como artista. Me siento atraído por ti... y te necesito.

-Todas esas cosas son importantes, Jasper, pero solo son suficientes para una corta aventura. Si no me hubiera enamorado de ti, ambos nos habríamos conformado con eso. Pero no creo que pueda soportar mucho más -se volvió, agarrándose a la barandilla como si fuera un salvavidas-. Por favor, vete.

Jasper pensó que no era nada fácil luchar contra ella cuando al mismo tiempo estaba luchando contra sí mismo. No viendo otra salida, retrocedió, dispuesto a marcharse.

-Esto no ha terminado. Por mucho que a ambos nos habría gustado lo contrario.

-Quizá no -repuso ella, suspirando-. Pero esta es la última vez que hago el ridículo contigo. Déjame en paz.

En el instante en que Jasper se marchó, Alice cerró los ojos con fuerza. No lloraría. Tan pronto como se recuperara un poco, volvería al salón, presentaría sus excusas a Edwin y se iría a casa. No sería una huida. Simplemente tenía que enfrentarse a la realidad.

-Alice.

Se volvió y vio a Edwin. Una sola mirada le bastó para comprender que no lo engañaría con una sonrisa forzada.

-Lo siento, he escuchado una buena parte de la discusión. Tienes derecho a estar enfadada conmigo. Pero Jasper es mi hijo y lo quiero.

-No estoy enfadada. Lo que pasa es que... tengo que irme.

-Te llevo a casa.

-No, tienes que atender a tus invitados. Tomaré un taxi.

-Descuida, que no me echarán de menos -se adelantó para tomarla de un brazo-. Quiero llevarte a casa, Alice. Hay algo que tienes que saber.