Dos meses

-¿El señor Graham Humbert?

-Soy yo.

-Tengo un ramo de flores para usted.

-¿Un ramo de…?- se había dado la vuelta, intrigado por el anuncio hecho por la joven que acababa de entrar en la comisaria. ¿Quién diablos podría mandarle un ramo de flores a su trabajo? Arqueando una ceja, se acercó a la florista que sostenía en sus brazos un enorme ramo de diversas y variadas flores.

-Hay un sobre- dijo ella señalando con la mirada en medio del ramo del que efectivamente sobresalía un pequeño sobre rosado, consciente de que el hombre que tenía delante no comprendía lo que estaba pasando.

Él le dio las gracias, entonces, con una encantadora sonrisa antes de coger con torpeza el regalo que le había sido ofrecido. Lo dejó indolentemente sobre la mesa antes de volver a sentarse cómodamente en su silla con ruedas. Cuando cogió el mencionado sobre y lo abrió, descubrió una hoja plegada en cuatro escrita de arriba abajo. Comenzó entonces la lectura con prisa, impaciente por desvelar el misterio.

A medida que las líneas desfilaban bajo su mirada, sus ojos se habían desorbitado y su ceño, fruncido. Finalmente se enderezó en su silla, recto como un palo, arriesgándose a quebrar la parte baja de su columna ante la repentina tensión que se había apoderado de él. Cuando llegó al final de la primera página y le dio la vuelta a la hoja, constató que su mano temblaba ligeramente. Lo que estaba leyendo estaba bien lejos de todo lo que habría podido imaginar.


Regina Mills estaba con los ojos abiertos en mitad de la noche. Miraba hacia el techo de su habitación, una lágrima se había escapado de sus ojos. Estaba agotada de esa misma cantinela, de esa misma pena que cada noche la golpeaba.

Sobre su vientre desnudo descansaba una mano de hombre que detestaba sentir sobre ella. Cuando giró la cabeza para mirar a la persona que se encontraba a su lado, no se llevó ninguna sorpresa. Seguía siendo él, seguía siendo la misma persona desde hacía más de un mes. Sin embargo, cogió esa mano para no sentirla sobre ella y lo despertó con gesto poco delicado.

«Deberías marcharte»

«Mmm, ¿por qué?» había gruñido su respuesta el hombre de las cavernas, aún hundido en un sueño que parecía profundo.

«Porque sí» fue la única respuesta que la alcaldesa encontró

«Regina…¿por qué sigues queriendo que me vaya de tu casa en plena noche?» el hombre se había finalmente incorporado, frotándose la nuca con fuerza, como si eso bastara para despertarse completamente «Es verdad…no tengo obligaciones ni tú tampoco…¿por qué escondernos?»

«Escucha Robin, yo…yo…» balbuceó, incapaz de poner en palabras lo que realmente pensaba de esa situación. No quería decir en voz alta lo que sentía en ese preciso momento por riesgo a herirlo considerablemente «Puedes quedarte si quieres» terminó ella por responder.

El hombre se volvió a recostar antes de resoplar ruidosamente, consciente de que la persona que compartía con él las primeras horas de la noche evitaba responder sinceramente la cuestión, solo respondiéndole lo que él quería escuchar. Acarició el antebrazo de la morena con un gesto que pretendía ser reconfortante, pero sintió los escalofríos que recorrieron la columna de ella.

La alcaldesa no tuvo que esperar mucho para que Robin se quedara dormido de nuevo. Entonces, desapareció de su cama con delicadeza, se vistió con algo cálido y se dirigió a la cocina de su mansión. Como una autómata, se preparó entonces un chocolate caliente y añadió un pellizco de canela, cosa que nunca había hecho realmente antes de la llegada de Emma a su vida. Suspiró ante ese pensamiento. Detestaba saber que todos sus gestos todavía giraban alrededor de ella…Sin embargo, siempre eran los mismos movimientos: acababa por enrollarse con la manta que se encontraba en su sofá antes de salir a su jardín y sentarse en el banco que ellas habían compartido tantas veces. Hacía particularmente frío desde que el invierno había llegado, pero la alcaldesa no le hacía caso. Tener frío, era al menos sentir algo.

Las estrellas estaban escondidas por las densas nubes que volvían el cielo particularmente pesado. La luna conseguía, a veces, abrirse un débil camino, iluminando con debilidad el mundo de la morena. Todo le parecía tan lúgubre y sin sabor. Robin no era malo, todo lo contrario. Era amable, delicado y a veces incluso adorable. Nunca le hacía preguntas embarazosas, salvo esa noche, y cumplía siempre el menor capricho de la joven.

Ella lo había conocido un mes antes, cuando se había dirigido a un bar. Cansada de ya no sentir nada, había bebido casi hasta perder la razón, y él la había acompañado como un caballero hasta su habitación. La había acostado en su cama y apenas su cabeza hubo tocado la almohada, la alcaldesa se había quedado dormida. Al día siguiente, se lo había encontrado en su cocina preparándole un copioso desayuno acompañado de una aspirina. Le había confesado que se había quedado velándola toda la noche para asegurarse de que estaba bien. Al minuto siguiente, ella le hacía el amor salvajemente.

No había sentido nada, ni el más mínimo placer, ni el más mínimo deseo. Solo le había saltado al cuello en un gesto desesperado del que él no se había dado cuenta. A cada beso, a cada caricia, Regina se odiaba un poco más. Pero por lo menos, sentía otra cosa que no fuera el vacío.

Cada noche o casi se habían continuado las citas clandestinas en las que hablaban poco, su relación era, a fin de cuentas, puramente carnal y la joven se acomodaba completamente a eso, consciente de que era incapaz de darle nada más importante, nada más real. En mitad de la noche, ella se despertaba siempre con ese profundo sentimiento de asco que se amparaba de todo su ser. Se odiaba a sí misma por el comportamiento que estaba teniendo con ese hombre que no se lo merecía.

Y así se quedó, perdida en sus pensamientos, hasta que el alba apartó la noche. Cuando los rayos del sol comenzaban a hacerse un sitio en la inmensidad gris, Robin se unió a ella en el banco.

-Gracias por haberme permitido quedarme esta noche. Era importante para mí…- dijo él con la voz más dulce que ella le conocía. La alcaldesa, por su parte, se había contentado con sonreírle falsamente encogiéndose de hombros –Sé que no estás lista para hablar de nosotros…Si la primera vez que te vi estabas en aquel estado, seguramente era porque tenías tus razones…- se detuvo unos segundos, dejando su frase en suspense, antes de retomar –Solo me gustaría que me prometieras que un día tendremos esa conversación.

Regina suspiró de nuevo antes de bajar la mirada hacia sus rodillas. Ya no podía hacerle vivir tal vida, tal relación cuando veía que en sus ojos estaban naciendo unos sentimientos hacia ella.

«Escucha, Robin, sé que esperas seguramente más por mi parte, pero no puedo ofrecerte más de momento. Comprendería si esto ya no te conviene, si quisieras marcharte…

-No me marcharé, Regina…Salvo que tú me lo pidas expresamente.

-Gracias- se contentó en responder. El hombre asintió antes de efectuar una ligera presión en el antebrazo de la morena

-Me voy a ir. Llámame…

Ella cruzó su mirada una vez más antes de hacerle una señal positiva con la cabeza como respuesta. Entonces, él se inclinó y le depositó un ligero beso en la comisura de los labios antes de marcharse sin una palabra más.

Regina se quedó varios minutos más en el banco que ya no lograba dejar. Revivía, eternamente, las primeras palabras que había pronunciado Emma en ese mismo lugar, la primera conversación, las primeras confidencias. Estaba agotada de pensar sin cesar en esa mujer que la había herido y asolado profundamente. Cada sitio al que iba le recordaba con intensidad los instantes que habían compartido. Culpaba tremendamente a la rubia que se había marchado sin una mirada hacia atrás, que le había roto el corazón sin pestañear. Emma le había dicho cosas terribles antes de pasar página definitivamente sobre su relación. La alcaldesa se culpaba a sí misma por haberse dejado engañar en cuanto a la personalidad de la rubia. La había creído totalmente. Para nada. No quería pensar más en ella, definitivamente Emma ya no debería formar parte de su vida.


Graham dejó la carta sobre su mesa con un gesto lento, aturdido por lo que acababa de enterarse recorriendo las palabras escritas por la mano de Emma Swan. Se quedó así durante largos segundos, incapaz de pensar razonablemente, incapaz de encontrar el camino por donde comenzar. Finalmente se recobró e hizo algunas averiguaciones necesarias en su ordenador: tenía que encontrar urgentemente el número de David Nolan a quien había llamado algunos meses antes. Sus manos aún temblaban.

-¿Señor Nolan? Soy el sheriff Humbert. Yo…yo he…- no pudo evitar odiarse ante la falta de profesionalidad de la que hacía gala en ese momento.

-¿Ha pasado algo con Emma?- se inquietó inmediatamente el hombre al otro lado de la línea, consciente de que los balbuceos de su interlocutor no presagiaban nada bueno.

-¿Ha tenido usted noticias de ella estos últimos dos meses?

-Ella me llamó hace dos meses para decirme que se iba con Regina de vacaciones por varias semanas y que vendrían seguramente a Nueva York a finales de las mismas…¿Qué ocurre, por Dios? ¿Han tenido un accidente?

-David…Nunca se marcharon de vacaciones. Ella le mintió- dijo de sopetón, incapaz de contener más la información que estaba en su poder.

-¿Perdón? No, no…Ella me llamó, me dijo que…- el hombre estaba en pánico y parecía comprender que algo grave se había producido

«Lo sé. Escuche, David, acabo de recibir una carta de Emma, fechada hace dos meses. En ella explica que August la encontró en Storybrooke y que la amenazó con tomarla con las personas que ella quería si no volvía con él.

-No, no…Es imposible, ella, ella…- era un momento difícil, Graham presentía que el mundo acababa de abrirse bajo los pies del inspector Nolan

-Ella lo dejó todo amarrado, para protegerlo a usted y proteger a Regina.

-Léame esa carta.

Graham comenzó la lectura de las líneas escritas por Emma ocho semanas antes. Al otro lado del hilo telefónico, escuchaba a su colega sollozar de vez en cuando, incapaz de esconder sus lágrimas. Estaba reviviendo todo por segunda vez, la pérdida de una persona que amaba, la ausencia de respuestas, lo desconocido de la situación. Cuando hubo terminado, un largo silencio se hizo como única respuesta.

-Es mi culpa- respondió David tras la larga tirada de su interlocutor –Si hubiera estado más atento, si hubiera cerrado mi puta boca en esa cafetería…¡Joder!

David había gritado su última frase con una rabia infinita. Lleno de cólera, golpeó su taquilla metálica, que se encontraba no lejos de él, su puño se aplastó con fuerza contra el metal, deformándolo ligeramente.

-Vamos a encontrarla, David…

-Cojo mi coche, estaré ahí en algunas horas- añadió con voz firme y decidida –Vamos a retomar todo desde el principio, desde su partida de Storybrooke. Y cuando encontremos a ese loco, juro por dios que va a pagar por lo que le ha hecho a Emma.

-Tenga cuidado en la carretera…- se contentó con responder Graham, consciente de que el estado de nervios en que se encontraba su colega podía ser peligroso. David estaba implicado emocionalmente en ese caso, pero él no tenía fuerzas para retenerlo ni impedirle que viniera. Y además, era el único que conocía el pasado de Emma, su ayuda iba a ser más que útil.

El sheriff de Storybrooke dejó escapar un enorme suspiro antes de sentarse de nuevo en su silla. Aferrándose la cabeza con las manos, se quedó así durante algunos segundos, sin moverse, intentando, más mal que bien, encontrar soluciones al problema que se le planteaba. No solo Emma le había explicado la situación, sino que le había pedido también que fuera discreto con la señora alcaldesa. Con gesto lento, cogió de nuevo la carta que no pudo evitar leer otra vez, en busca de algún indicio, alguna pista.

A Graham Humbert,

Soy Emma Swan, la desconocida que fue encontrada en la playa por la señora alcaldesa. Hace dos meses, abandoné Storybrooke precipitadamente. Nadie le ha avisado de mi desaparición, pues nadie podía saber que había desaparecido.

Si le envío un ramo de flores, es porque es la única manera que he encontrado de que reciba esa carta hoy. Le he pedido expresamente a la florista que le envíe este ramo hoy. Quería dejarme dos meses para poder escapar o para que no intentara buscarme… porque sé que él estará muy pendiente de mí al principio.

August me ha encontrado. Estoy escribiendo esta carta unas horas antes de tener que encontrarme con él. No me ha dejado elección. Ha hecho averiguaciones para encontrarme y consiguió escuchar hablar a David de Storybrooke escondiéndose en una cafetería. Me ha estado observando durante varios días antes de reaparecer en mi vida. Me ha dicho que si no me iba con él, la tomaría con las personas que quiero y no duraría en convertir a Regina en su nueva presa. Me es inconcebible dejarla en manos de este loco. No tenía elección, tenía que protegerla.

Me ha dejado unas horas para decirle adiós a los que me rodean para no levantar sospechas. He tenido que hacer una cosa horrible para que ella no dudara de las razones de mi partida y me lo recrimino terriblemente. He pasado por Granny's también para que ella no se preocupara al no ver más a su empleada. Y durante mi última hora de libertad, le estoy escribiendo esta carta.

Me concedo dos meses para poder escaparme de nuevo, y dos meses sin que nadie comience a buscarme. August terminará por bajar la guardia sobre mi vigilancia. Si recibe esta carta antes de mi regreso…es que no he logrado escaparme o porque me ha matado. Solo a usted le puedo pedir esto: encuéntreme. Aunque esté muerta, no quiero que él gane, no quiero que sea el único en saber dónde está mi cuerpo. Estas últimas horas, he intentado, más mal que bien, recordar, darle pistas para que sus averiguaciones sean más sencillas, pero no he podido. Lo dejo todo en sus manos y en su competencia.

Llame a David, pídale que lo ayude. Él es el único que me conoce mejor que yo misma, quizás mi pasado lo ayude a encontrarme. Sobre todo, dígale que no lo culpo, nada es culpa de él.

En cuando a Regina…No le diga nada, se lo suplico. Prefiero que me deteste y que me odie porque lo que le acabo de hacer antes que saber que está triste y preocupada por mí. No quiero que se culpe. Si lo supiera, querrá encontrarme y vivirá con la esperanza. Quiero que pase página y sobre todo, quiero que sea feliz. Cuídenla, vigílenla, no la abandonen una vez más. Es una mujer excepcional y le juro que cuando ella sonríe…¡Dios mío! Su sonrisa es lo más bello que he podido ver en esta tierra. Así que háganla sonreír, estén todos ahí por ella, se lo merece.

Sé que será delicado para usted investigar sin que ella se dé cuenta, porque es su superior, pero es importante para mí. Mientras no me haya encontrado, sea discreto con ella. Si por un milagro, aún estoy viva cuando me encuentre, yo quizás le explique lo que pasó el día de mi marcha, a no ser que ella esté más feliz sin mí.

Si por el contrario, él me ha matado…Dígale que jamás quise hacerle daño, que todo lo que le dije antes de mi partida, no lo pensaba, todo lo contrario. Dígale que no es necesario que se culpe y que mi único deseo es que vuelva a encontrar a alguien, que se permita amar de nuevo y que sea feliz. Dígale que para mí no fue un error, dígale que amé cada momento, dígale que gracias a ella, gracias a que me salvó aquel día en esa playa viví días maravillosos a su lado y que no me arrepiento de nada. Dígale que era real, poderoso y verdadero.

Y sobre todo, sobre todo…Dígale que no estaba enamorándome de ella, dígale que ya lo estaba.

Encuéntreme Graham. Encuéntreme…

Emma.

El sheriff resopló de nuevo frente a la situación. La búsqueda que lo esperaba iba a ser complicada. ¿Cómo iba a hacer para no desperrar las sospechas de la señora alcaldesa? ¿Cómo iba a hacer para canalizar a David que se daría en cuerpo y alma para salvar a su amiga? ¿Cómo iba a hacer para encontrar a Emma Swan y sacarla del infierno? ¿Estaría aún viva?

Sacudió levemente la cabeza, negándose a tener ese pensamiento nefasto, consciente de que la muerte de la rubia no era una opción. Si quería respetar las demandas de la rubia, es decir, cuidar de Regina Mills, estaba fuera de discusión encontrarla muerta. Mientras esperaba la llegada de David, no podía quedarse sin hacer nada, era inconcebible, así que cogió su chaqueta y salió de la comisaria con precipitación para comenzar sus averiguaciones.


Sí, ha aparecido Robin. Ya sé que muchas vais a culpar a Regina por haberse echado a los brazos de un hombre, otras ya han culpado a Emma por no haber sido más valiente y haber confiado en Regina, pero cuando manda el corazón no somos racionales. Y además, no habría historia. Jajajajajaj. Ahora queda la búsqueda, las sospechas de Regina, y mucho arrepentimiento.