La vuelta a la rutina.
Las vacaciones navideñas pasaron rápido, más rápido de lo que Harry hubiese querido o deseado. Le había agradado conocer a ese nuevo familiar, Sirius; quien parecía un niño grande en algunos aspectos pero en otros era una buena fuente de consejo. Harry podía apreciar la sabiduría en esa forma de ver la vida, en ciertos aspectos de la misma. "Carpe diem", esa era la filosofía de Sirius, y, para muchas cosas tenía potencial de funcionar. Pero para asuntos más serios, era mejor no emplearla o al menos no de forma notoria.
Con una sonrisa en los labios y la mente centrada en lo que tenía por delante, superar su tercer año en Hogwarts y encontrar ese Horrocrux que se encontraba en el castillo, entró en el gran comedor a la hora de la cena, percatándose que sus amigos lo esperaban en la mesa de Ravenclaw. La mayoría de estudiantes ya se habían acostumbrado a ver ese grupo de estudiantes de varias casas juntos, solo unos pocos los miraban todavía con extrañeza. Durante las vacaciones le había estado dando vueltas a la habitación que mencionaron los profesores, el hecho era que tenía la sensación que no era la primera vez que oía una mención a ella. Pero no lograba ubicarlo.
—¿Qué tal las vacaciones, Harry? —preguntó Ernie.
—Bien. Las he pasado en Londres. Fuimos a ver al primo de mi tía, Sirius Black. Es un tipo extraño y divertido. Me hizo una propuesta un tanto rara. —Harry era consciente que aquello no se lo podía contar a cualquiera, pero ellos eran de confianza. No quería ocultarle eso a sus amigo. —Me propuso nombrarme su heredero. Convertirme en el próximo Lord Black cuando él falte —susurró.
—Eso son palabras mayores —dijo Tracey.
—Pero es normal que no quiera que el apellido de su familia muera —dijo Neville. —Mi abuela me contó que una de las medidas de seguridad que tomaron con Black fue asegurarse que no tendría descendencia. Lo castraron mágicamente. Sigue conservando sus partes pero para fines reproductivos no son de utilidad.
—Así que otro con sangre Black debe seguir con la línea —comentó Blaise, siguiendo la línea de pensamiento. —Tu abuela era una Black. Así que estas de forma natural en la línea de sucesión. Draco Malfoy también está en la línea.
—Lo sé, su madre es hermana de tía Andromeda.
—Yo también lo estoy —confesó Ernie. —solo que algo más lejano que tú.
—Eso hace que Theon también lo sea. —Harry frunció el ceño. Estaba seguro que si eso llegaba a oídos de Lily, esta haría lo que fuese posible por evitar que de fuese dado ese título de heredero.
—En este caso no podrá hacer nada —afirmó Blaise. —Al hacer de Theon el heredero de James Potter, deja libre que cualquier segundo hijo de su esposo fuese quien heredase otro título de sucesión —explicó, de forma tranquila y pausada. —A todo esto, ¿qué le respondiste?
—Que debía pensarlo.
—Hiciste bien —observo Tracey. —Dar una respuesta precipitada no hubiese resultado propio.
—Lo sé. Este verano le daré una respuesta. ¿Y vosotros?, ¿Cómo han sido vuestras vacaciones?
—Recibí el año nuevo comiendo lentejas —informo Blaise divertido. —Es una costumbre italiana. Tras la cena, los postres y el brindis. Se toman doce cucharadas de lentejas.
—¿De dónde viene esa tradición? —inquirió Luna
—Es una forma de desear suerte y riqueza para el año venidero. No sé desde cuando se comen las lentejas pero en la antigua Roma el día que comenzaba un año muevo se intercambiaban bolsas de lentejas. También se lanzan cosas por la ventana, como señal de aceptación de lo que los dioses tengan preparado para el próximo año.
—Qué suerte —suspiró Ernie. —Yo no las he disfrutado demasiado. Mis padres han ocupado las navidades en viajes de negocios y he tenido que ser la sombra de mi padre aprendiendo de las negociaciones que hacía.
—Yo hubiese preferido eso a lo mío, Ernie —manifestó Neville. —Mi abuela me tuvo todas las navidades estudiando. Dice que es una vergüenza que deshonre a mis padres con las malas notas que tengo. Vale que no sean para celebrar pero nunca he bajado del aceptable. No suspendo ninguna.
—Tu tranquilo. Tienes que ser tu mismo, ya lo sabes —le dijo Harry. —Tu eres tú y tu padre tu padre.
—Donde lo habrías pasado bien es aquí, en el castillo. —Tracey sonrió. Muy buenas habían tenido que ser las navidades en Hogwarts para que sonriese de esa manera. —Éramos tan pocos que nos junamos todos en la misma mesa. A mitad comida llegó ese bicho raro que da adivinación. El caso es que comento que no debía sentarse porque al ser trece tendríamos mala suerte y el primero en levantarse sería el primero en morir.
—No digas más, ¿quién se levantó?
—Tu hermano y su escudero al mismo tiempo.
—No hay mucha diferencia entre ellos —murmuró Luna.
—Eso mismo dijo McGonagall —afirmo Tracey.
—Faltas tú, Luna —observó Neville.
—Ayude a mi padre con una de sus investigaciones, los resultados saldrán publicados en el próximo número del quisquilloso.
—¡Genial! —manifestó Ernie con entusiasmo. —Aunque extraño esa revista siempre aporta un punto de vista diferente a todo.
—Sí. Mi padre va a abrir una nueva sección, una sección dedicada a Hogwarts y me ha pedido comenzar con una crónica deportiva, pero no sé qué escribir. Un partido de Quidditch se queda corto.
—Hay más deportes a parte del quiddicth —señaló Neville. —El ajedrez y los gobstones por ejemplo, también se practican en Hogwarts.
—Podrías hacer una entrevista a los capitanes de quidditch, y los campeones de ajedrez y Gobstones —propuso Harry. —Eso te dará una visión global y amplia de los deportes en el castillo. Podría comentárselo a Roger en el próximo entrenamiento.
—Yo podría hablar con Flint —dijo Blaise. —Tú tienes mano con Diggory, ¿no Ernie?
—Así es. Me ayuda con transformaciones. Seguro que le gusta la idea.
—Supongo que eso me deja a mí decírselo al de Gryffindor —dijo Neville con nerviosismo. El capitán de quidditch le resultaba un poco intimidante.
—Mándale una carta. Dile que un medio periodístico desea hacerle una entrevista y que se ponga en contacto con Luna Lovegood de la casa Ravenclaw —dijo Tracey. —He oído que tiene las miras puestas en los equipos profesionales. Algo de publicidad gratuita no le vendrá mal.
Los manjares fueron cambiados por los postres. Como de costumbre, Harry apenas los probó. Tampoco dijo nada a sus amigos, con decirles en una ocasión que no era lo más saludable era suficiente. No pensaba ir tras ellos diciéndoles que podían o no comer. Terminada la cena se separaron, cada cual a su sala común. Era tarde y al día siguiente se retomaban las clases. Antes de dormir Harry estudio un poco el mapa. Tenía que encontrar esa sala cuanto antes.
(***)
A mediados de enero Harry se dio cuenta que cada vez los profesores estaban más exigentes. El incremento de materias y el hecho que algunos ya comenzaban a prepararlos para los TIMOS, no lo decían pero las señales estaban presentes para quien quisiera verlos. De hecho Harry había tenido que retrasar la búsqueda del Horrocrux, eso lo molestaba y le estresaba. No podía, estaba molesto por no poder buscarlo como le gustaría. La falta de tiempo es lo que le creaba esa dificultad, eso y su empeño en entregar las tareas bien hechas. Estaba algo arisco y tenso con sus compañeros de estudios y esto ellos lo notaban. Lo malo era que esa actitud también les repercutía a ellos.
—Hecha un poco el freno Harry —le dijo Luna. —Te va a dar algo. Eres demasiado joven para que te de un infarto.
—Estas muy pálido —observó Neville. —Casi no comes, ni descansas bien.
—Sí, pareces un fantasma. —Bromeó Blaise. —Acabarás convertido en un fantasma, un fantasma que será recordado por perecer tras montañas y montañas de libros. Una trágica muerte entre libros.
Hubo una carcajada general en el grupo de estudio, a la que Harry se unió segundos después. Notaba como al reírse se relajaba un tanto. Eso era bueno, positivo. Le recordaba que debía tomarse las cosas con mayor laxitud, con mucha más tranquilidad. Tenían razón, no era una maratón, era una carrera de fondo. De nada valía ganar si al llegar al final llegabas en mal estado. Y él, Harry, tenía dos frentes abiertos. Terminar la misión para Hades, cosa que desde el principio había sabido que le llevaría tiempo; y cumplir con su deber como estudiante. Dos misiones difíciles de compaginar. Mientras reía con sus amigos recordó algo que en su momento, mucho tiempo atrás, le comentó la dama gris. "Un lugar en el que para entrar solo tienes que preguntar, pero si tienes que preguntar no podrás entrar". Eso encajaba con la misteriosa sala. Sí, debía ser eso. Una sala cambiante a la que solo puede entrarse pensando en el lugar que se quería. Eso era una nueva pista, y también explicaba porque antes nunca la había encontrado. Iba pensando en el Horrocrux, no en encontrar un lugar en el que ocultar algo. Sabía que tarde o temprano iba a necesitar preguntar a Helena, aunque no creía que pudiese darles una respuesta.
Por las noches estudiaba el mapa, la sección del séptimo piso. Seleccionaba las paredes y muros que estudiar. Por lógica había descartado los muros que daban al exterior. No había espacio estructural para que la magia proyectase otra estancia. Tampoco parecía que hubiese un espacio en falso cuando había sobrevolado el perímetro a esa altura por el exterior. Lo había examinado en un par de ocasiones. Todo se reducía a los muros interiores. Hizo una selección de los mismos. Los iba examinando en sus ratos libres. Había más muros de lo que en un principio había podido imaginar, porque más que muros eran cuadrantes. En cualquier punto de cualquiera de los muros podía estar la puerta secreta.
Las tardes las pasaba en le biblioteca, estudiando y realizando los trabajos para las distintas materias que cursaba. También leyendo material por libre. Sabía que el tema que tenía entre manos, aunque hasta el momento hubiese tenido suerte, podía complicarse en cualquier momento. Deseaba estar preparado para lo que tuviese que afrontar. Muchas veces se le hacía demasiado tarde.
Una tarde, a finales de febrero, saló demasiado tarde de la biblioteca. Decidió atajar por uno de los caminos para regresar cuanto antes a la sala común. No había cenado y era muy tarde para hacerlo, la cena ya había terminado hacía un buen rato. Estaba en el séptimo piso cuando escucho una especie de detonación y vio a los gemelos Weasley que corrían en su dirección. Se quedó quieto, viéndolos pasar, completamente desconcertado. Segundos después apareció Filch.
—¡Eh tú!, maleante.
No había nadie más en el pasillo. Filch lo señalaba a él. Sabía que el conserje no atendía a razones. No iba a escucharlo, no mientras tuviese a alguien a quien culpar. Hizo lo que su instinto le decía que hiciese, salir corriendo. Podía notar a Filch pisándole los talones; para ser un anciano, no podía negarse que estaba en forma. Giró por una esquina, pensando en que necesitaba un lugar en el que esconderse, en el que refugiarse. Tenía que ocultarse de Filch. Vio una puerta materializarse en uno de los muros y rápidamente la cruzó. Sin pensarlo demasiado. Se encontró en una especie de armario vacío. Era un buen lugar y esperaba que Filch no reparase en él. Estuvo un buen rato allí, quieto, sin hacer ruido alguno. En silencio. Cuando por fin sintió que había estado un tiempo prudencial salió al exterior y reemprendió el camino a su sala común. No tuvo suerte en esta ocasión, a los pies de la misma escalera que daba acceso a la torre de Ravenclaw, estaba la profesora McGonagall. Estaba en problemas, la profesora se la tenía jurada.
—Está castigado, señor Potter.
—¿Puedo conocer el motivo, profesora? —inquirió con educación.
—No trate de engañarme. Lo sabe perfectamente.
—No sé de qué se me acusa, profesora.
—Cinco puntos menos por mentir. Quince puntos menos por destrozar una de las estatuas del castillo y molestar a Filch. Y veinte puntos menos por estar fuera de la sala común pasado el toque de queda.
—Yo no he mentido. No he hecho nada para molestar a Filch, de hecho vengo de la biblioteca. Madame Prince lo puede corroborar. —Respondía a las acusaciones con calma. Sabía que iban a caer en saco muerto. La profesora solo buscaba un pretexto para fastidiarle. —Y todavía no son las nueve de la noche. Faltan tres minutos.
—Diez puntos menos por impertinente. Preséntate mañana después de las clases en mi despacho para cumplir con tu castigo, y te disculparás públicamente con Filch.
—Le insisto que yo no he hecho nada a Filch. Vi a los gemelos correr y después venía corriendo Filch.
—¿Quiere perder más puntos?
—No, profesora.
—Bien. Pues regrese a su sala común.
La profesora lo dejó allí en el pasillo. Harry sentía rabia e ira, también ganas de vengarse por esa injusticia. Las contuvo, no era conveniente dejarse llevar por el rencor. Desde principio de curso la profesora había estado en esa línea, acosándolo y quitándole puntos sin motivo. Él había callado, pero notaba que estaba a punto de estallar. Debía contenerse. Subió las escaleras hasta la aldaba de la torre, allí estaba la Dama Gris. Se miraron el uno al otro. Ambos sabían de la injusticia de la profesora, pero no podían hacer nada. Él, como alumno, estaba en desventaja. Ella no tenía autoridad. Harry se planteaba si merecía la pena poner una queja ante el consejo escolar o si sería mejor ignorar esas actuaciones y seguir adelante.
—Hablaré con el Director. Esto es una persecución.
—No te molestes, Helena. No merece la pena. Los puntos podemos recuperarlos.
—El castigo te quitara tiempo de estudio.
—Me las arreglaré. Además es culpa mía mi situación actual.
—¿Tuya?
—El curso anterior, cuando lo de la cámara, fui a avisarla y me quito treinta puntos sin siquiera dejarme abrir la boca.
—Entonces te escapaste y bajaste a la cámara a buscar a esa niña de Gryffindor y resolver lo de los ataques.
—Sí. En el despacho del director este quería premiarme con doscientos puntos y un premio especial pero lo rechacé. Dije que tan solo quería recuperar los treinta puntos que McGonagall me había quitado injustamente.
—Entiendo. Desafiaste su autoridad y la dejaste en ridículo ante el director.
—Se está vengando, por eso creo que es mejor tragar. Está a si desde principio de curso y yo convencí a mis compañeros de no hacer nada mientras no fuese a mayores. Cada ver estoy más arto, siento que con mi silencio cada vez se atreve a más.
—Puede ser. Te recomiendo comunicar a tus compañeros lo que acaba de suceder. Yo misma pungiré de testigo. Ravenclaw merece saber por qué han perdido el primer lugar en la copa de la casa y que un profesor está cruzando la línea.
—Será lo mejor.
Golpeó a la aldaba y aguardo para resolver el acertijo. Después entró en la sala común, dirigiéndose con gesto serio a uno de los prefectos, a Penelope Clearwater. Esta atrajo la atención de toda la sala común y le cedió la palabra a Harry. Harry relató lo sucedido, desde su encuentro con los gemelos, como había tenido que ocultarse a causa de ellos y como McGonagall había estado esperando al pie de la torre para culparlo de todo y quitarle puntos por mentir, por enredar y por estar fuera del toque de queda de la torre. Todos ya sabían lo que esa profesora hacía a Harry y que este hasta el momento no había querido tomar cartas.
—¿Pero si para eso faltan cinco minutos? —protesto Terry Boot
—Hay un registro de los puntos que se dan y quitan —comentó uno de los chicos de séptimo año. —Se reflejan los puntos, los motivos y la hora. Podemos impugnarlos.
—Yo como delegada me encargaré de hacer llegar la instancia a Filch. Demostrando eso podemos demostrar que ha ido a por ti sin ningún pretexto —comunicó Penelope. —Mañana mismo hablo con Flitwich. Harry, respecto al castigo no podemos hacer nada. Solo avísanos si dura más de dos horas. Los estatutos de la escuela no permiten que un castigo se coma todo el tiempo de estudio de un alumno. Mucho menos el tiempo de descanso.
—Lo tendré presente, gracias.
Los días siguientes fueron un hervidero. Los gemelos al enterarse que Harry había sido castigado por su acto se entregaron. Pero no sirvió de nada, la profesora siguió en sus trece de mantener el castigo sobre Harry, diciendo que este no tenía una actitud adecuada y debía ser corregido antes que terminase por el mal camino. Los puntos se restablecieron. No se había saltado el toque de queda, así que esos quedaron anulados. No había atentado ni contra Filch ni contra la estatua y por ende tampoco había mentido. Lo único que no pudieron restaurar fueron los que le había quitado por impertinente. Eso era más difícil de demostrar y, aunque la mayoría del castillo pensaban que la supuesta impertinencia era legitima a causa de la injusticia, no había nada que hacer. Después de eso, la profesora estaba más molesta que nunca. No se atrevía a ensañarse con Harry ni a prolongarle el castigo o quitarle puntos sin causa realmente fundada. Pero era cierto que las tardes de castigo eran una tortura que no parecía fin, pues el castigo iba prolongándose de forma indefinida, llegando incluso a provocar que Harry no pudiese jugar uno de los partidos de Quidditch por no haber estado en los entrenamientos. Cho Chang lo había suplido.
Los castigos se prolongaron todo lo que la profesora se podía haber permitido sin llamar la atención demasiado, por lo que a finales de marzo lo tuvo que dejar ir. Con la advertencia que si lo pillaba metido en otra situación comprometida, fuera de las reglas de la escuela, el castigo sería completamente épico. Para cuando había terminado, los exámenes de la segunda evaluación habían pasado. Harry había notado un importante bajón en las notas de la mayoría de sus materias. Tampoco había tenido tiempo en ese mes para buscar el Horrocrux, y, por sus últimas palabras, sabía que iba a resultar un importante obstáculo. Tenía que extremar la prudencia.
