Capítulo 21: Natasha y James
Tras la propuesta de matrimonio de Tony a Steve y el sí de este, podría decirse que el amor se respiraba en la base. Y no era para menos: después de ocho días tensos y llenos de preocupación por la desaparición de su jefe, compañero y amigo, el que hubiera vuelto sano y salvo a casa y el hecho de haber podido deshacerse por fin de la amenaza que llevaba meses planeando encima de sus cabezas les había llenado a todos de alegría y buenos sentimientos.
De modo que todos los habitantes de la base sintieron que debían compartir esos buenos momentos con sus seres queridos.
Para empezar, Sam se decidió por fin a pedirle salir a una de las chicas del departamento de administración con la que llevaba tonteando ya una temporada y que aceptó de buen grado.
Rhodey llamó a sus colegas de la facultad a los que hacía tiempo que no veía y quedaron para ir de copas y rememorar los buenos tiempos.
Wanda y Visión hicieron planes para pasar juntos el fin de semana explorando la ciudad. Le ofrecieron a Pietro unirse a ellos, pero este declinó, porque quería que su hermana disfrutara de su cita sin tener que estar preocupándose de si Pietro se sentía o no desplazado. Además, Pietro ya tenía ese sábado ocupado ya que le había prometido a Connor que le ayudaría a instalarse en la casa de acogida que Stark les había encontrado a él y varios de los otros chicos huérfanos que ya estaban en condiciones de mudarse.
Pero aún faltaban unos días para eso, y hasta entonces los pensamientos de Pietro se mantuvieron en su lugar habitual. En cuanto todos salieron de la habitación del Capitán y de Stark, Pietro se metió en la suya, se estiró en la cama y se tiró un buen rato mirando su móvil, inseguro, hasta que al final se decidió a mandarle un mensaje a Clint: «Stark le acaba de pedir matrimonio al Capitán. Muy cursi y lacrimógeno. PUAJ». Contuvo el aliento casi sin darse cuenta que lo hacía. Clint no le contestó al mensaje, sino que le llamó a los pocos segundos.
—¿Qué dices? ¿De verdad? ¿Les estabas espiando? —le preguntó casi de carrerilla, y Pietro sonrió en cuanto escuchó su voz.
—¡Estábamos todos! —le contestó antes de que Clint le acusara de fisgonear donde no debía. Natasha ya le había explicado todo lo que había acontecido en las últimas horas con el Capitán así que no hizo falta que Pietro se lo repitiera. Fue directamente a la parte buena—. Stark se había despertado por fin después de pasarse toda la noche y la mañana inconsciente y cuando fuimos a ver cómo estaba nos encontramos toda la escena.
—Ahhhh, ¡y me lo he perdido! ¡Si lo llego a saber me hubiera esperado un poco para volver a casa! —se lamentó Clint. Había venido después de que se llevaran al Capitán y había alargado su estancia todo lo que había podido, pero al final se había tenido que volver a ir—. ¿Dijo Steve que sí?
—Ya lo creo. Con la cara inundada en lágrimas. No me extraña. Yo también lloraría si tuviera que casarme con Stark —alegó Pietro. Escuchó la risita de Clint.
—No seas así. Seguro que en el fondo lo has encontrado romántico —le dijo.
—La verdad es que ha sido muy bonito —admitió Pietro, pensando que, si él hubiera estado en el lugar del Capitán y Clint en el de Stark, más que llorar hubiera entrado en combustión espontánea. No se lo dijo, claro. Solo eran dos buenos colegas charlando amigablemente y comportándose como tal, nada más.
—Cuéntamelo todo —le pidió Clint. Pietro imaginó la sonrisa que debía estar adornando su rostro en aquel instante. Sonriendo a su vez, Pietro se acomodó y comenzó a explicárselo.
No fue la única llamada telefónica relacionada con la proposición que tuvo lugar aquel día. Tony le pidió a Steve que le dejara un ratito a solas para poder hablar con Pepper y darle la noticia él mismo.
Pepper le contestó al primer tono.
—¿Tony? Dios mío, ¿cómo estás? Rhodey me ha llamado para ponerme al corriente. Estoy cerrando unos asuntos urgentes de la compañía, pero en unas horas Happy y yo nos vamos para Nueva York. —Su voz sonaba preocupada, como era natural. Tony no podía esperar para que todo volviera a la normalidad.
—Estoy bien, Pep. No hace falta que vengas —la tranquilizó.
—¿Cómo que no? ¿Zeke, Tony? ¿Cómo no se nos pudo ocurrir antes? Si te llega a matar… —Pepper trató de disimular un sollozo. Tony lo oyó de todas formas. ¿Es que iba a hacer llorar a toda la que gente que le importaba o qué?
—Zeke está entre rejas y dudo mucho que vuelva a ver la luz del sol. Yo solo tengo unos huesos rotos, de verdad. Ya ha pasado lo peor —le aseguró. Pepper se tomó unos segundos para recomponerse.
—¿Cómo está Steve? —quiso saber ella.
—También está bien, por suerte. Precisamente de él quería hablarte.
—¿Sí?
Respiró hondo.
—Pepper, estoy prometido. Le he pedido a Steve que se case conmigo y me ha dicho que sí —le soltó, pensando que a lo mejor debería haber esperado a tenerla delante para ver su expresión, aunque con el gritito que soltó ella no tuvo muchas dudas sobre su reacción.
—¡No! ¿De verdad? ¿Se lo has pedido ahora?
—Hace un ratito, sí.
—¿Y cómo ha sido? ¿Algo espontáneo en plan «¿Me alegro que no hayas muerto, cásate conmigo»? —preguntó Pepper. Tony rio ante eso.
—No, no. Bueno, un poco sí. En realidad, hoy ha sido la segunda vez que se lo pido. La primera no le dio tiempo a contestarme porque fue justo antes de… —cortó ahí. Ya había revivido aquel momento demasiadas veces los últimos días.
—Oh, Tony. —La voz de Pepper se había suavizado aún más—. Muchísimas felicidades. Y ahora sí que ya no puedes convencerme para que no vaya a Nueva York porque el abrazo que tengo que daros a ti y a Steve no puede esperar.
—Ok. —Tony no pensaba volver a decirle que no viniera. Él también tenía muchas ganas de verla.
—¿Y qué cara ha puesto Steve? Seguro que le ha hecho muchísima ilusión. No, calla, no me digas nada. En cuanto esté allí me lo vas a contar todo desde el principio. Y espero que tengas pensado dejarme ayudarte a organizar la boda porque no me fío de ti y Steve se merece la boda perfecta y…
Tony la dejó hablar, contento de que Pepper estuviera tan emocionada y de que la pesadilla de los últimos días hubiera pasado ya del todo.
Y, en otro rincón de la base, específicamente en la cocina, Bucky y Natasha se encontraron después de llevar a cabo una nueva ronda de sus respectivos interrogatorios.
—¿Ha habido suerte? —le preguntó Bucky a su compañera.
Natasha sacó un refresco de la nevera y le dio un largo trago.
—Nada. Stane está empeñado en que solo va a hablar con Tony, pero no me fío. Visto lo visto, no me extrañaría que aún estuviera tramando algo.
Bucky torció el gesto. Parte de él pensaba que si liquidaban a Stane se librarían del problema, y sabía que Natasha probablemente estaría pensando lo mismo, pero se suponía que eran mejores que eso, concluyó, resignado.
—Tendremos que consultarlo con Steve, pero en última instancia será decisión de Tony si quiere ir a verle o no —señaló. Natasha le dio la razón.
—De todas formas, no pienso darme por vencida. Tarde o temprano terminará por derrumbarse. Todos lo hacen —afirmó, con un brillo resolutivo en sus ojos, y Bucky dio gracias por estar en el mismo bando que ella—. ¿Qué tal os ha ido a ti y a Sam?
—Nada por ahora, tampoco.
—Bueno. Ya hemos recuperado a Steve, Tony está fuera de peligro y ni Stane ni Rumlow van a irse a ninguna parte. Tenemos tiempo de sobra. —Natasha terminó su refresco. Bucky se la quedó mirando. Ella lo miró a su vez, extrañada—. ¿Qué pasa? —Se limpió la boca con la mano, como si pensara que era porque se había manchado.
Bucky la cogió de la cintura con las dos manos, la empujó hasta que su espalda se pegó a la nevera y la besó. Natasha no reaccionó de entrada, sorprendida, pero después la sintió sonreír y devolverle el beso. Sus labios sabían al refresco que se acababa de tomar y al hidratante que solía ponerse, pero, sobre todo, sabían a Natasha.
Ella estaba sonriendo cuando se separó, pero se disculpó igualmente.
—Perdona… Ha sido un día de muchas emociones y quería…
Ella le puso un dedo en los labios para acallarle.
—James. Que no te vuelva a oír pedirme perdón por besarme, ¿entendido?
Así que Bucky la besó otra vez. Y otra. Y otra.
James y ella al fin pusieron fecha a su primera cita, un par de semanas después cuando se aseguraron de que todo había vuelto a la normalidad en la base. A Natasha le apetecía muchísimo. Ni recordaba la última vez que había tenido una cita en condiciones, y menos con alguien que realmente le gustara como James.
Wanda estaba sentada en su cama, ayudándola a escoger la vestimenta adecuada para aquella noche.
—¿Ya sabéis lo que vais a hacer? —le preguntó.
—Algo sencillo. Iremos a cenar y luego a tomar algo —contestó Natasha, poniéndose un vestido por encima, examinándose en el espejo. Lo tiró a la pila del no.
—¿Estás nerviosa?
—Por supuesto que no. Solo es una cita —su rápida negación fue confirmación suficiente para su amiga, aunque Wanda ya partía con ventaja porque ya percibía esas cosas ella solita—. Quiero que salga bien, eso es todo. —Le había costado volver a pensar en la posibilidad del romance y no quería llevarse un chasco como con…
No. Natasha sacudió la cabeza. Era una noche importante para ella y no tenía intención de dedicarle ni uno solo de sus pensamientos a Bruce.
—Si te sirve de consuelo, creo que Bucky estará todavía más nervioso que tú —comentó Wanda. Natasha puso los ojos en blanco.
—No, cariño, no me sirve. No quiero que esté nervioso, quiero que se sienta cómodo conmigo. —Le mostró otro vestido a Wanda. La cara de esta hizo que lo tirara a la misma pila que antes. Resopló. ¿Desde cuándo le costaba tanto escoger algo que ponerse?
Wanda se levantó y miró en su armario.
—Os he visto juntos, Natasha. Creo que eso ya lo tenéis más que superado. Si hasta os habéis quitado ya del medio el primer beso.
Natasha tuvo que reconocer que Wanda llevaba razón. ¿Qué era una cita con todo lo que ya habían pasado juntos? Sonrió al pensar en los besos de aquel día y los otros pocos besos furtivos que se habían dado hasta entonces y que la habían dejado con ganas de mucho más. Por la mirada que le dirigió Wanda, esta sabía perfectamente en qué estaba pensando.
—No me puedo creer que me esté dejando aconsejar en temas amorosos por una niña diez años más joven que yo. ¿No debería ser al revés? —bromeó Natasha.
—Yo soy la que está felizmente emparejada, ¿o no? —le recordó Wanda. Natasha anotó mentalmente que un día de estos tenía que preguntarle a su amiga cómo funcionaba exactamente la mecánica de esos momentos más íntimos con Visión, porque le podía la curiosidad—. ¿A dónde vais a ir a cenar? ¿Hay que ir elegante?
—No, vamos a una pequeña pizzería familiar que James descubrió un día por casualidad y que dice que está realmente bien.
Wanda sacó un jersey del armario, lo inspeccionó y se lo mostró a su amiga.
—¿Qué tal algo así?
Natasha lo cogió y lo valoró. Podría servir.
—Vamos a probarlo —decidió.
Unos instantes después, vestida del todo, se miró desde todos los ángulos posibles frente al espejo y admitió que la elección de Wanda había sido acertada. Además del jersey que su amiga había elegido, un suéter blanco de hilo con rayas horizontales azul marino, cuello y puños del mismo color y mangas tres cuartos, se había puesto unos vaqueros ajustados de pitillo y unas manoletinas negras. Se maquilló, escogiendo un pintalabios rosa claro, y tras deliberarlo entre las dos finalmente optó por recogerse el pelo que se había planchado para la ocasión. Wanda eligió para ella unos pendientes redondos dorados y un anillo a juego para completar. Por último, Natasha se echó un poco de su perfume especial.
—Perfecta —declaró Wanda en cuanto terminaron. Justo en ese momento picaron a la puerta. Natasha fue a abrirla.
—Hola —saludó a James al verlo al otro lado. Él la miró con la boca ligeramente abierta.
—Estás guapísima —afirmó, y su expresión indicaba claramente que no lo decía solo para quedar bien.
—Gracias. Tú tampoco estás nada mal. —Natasha podía ver que también se había esmerado en su aspecto. Llevaba unos vaqueros oscuros, una camisa tejana azul que se ceñía a su musculoso torso como un guante y que realzaba sus preciosos ojos y en los pies unas deportivas negras y blancas. Se había peinado el pelo hacia atrás con una pizca de gomina y con su barbita de un par de días lucía de lo más sexy. Además, se había echado una colonia que olía maravillosamente, advirtió.
—Tony me ha echado una mano —dijo él con modestia, pero complacido al ver la aprobación de ella—. ¿Estás lista?
—Sí, déjame coger el bolso y el abrigo y nos vamos.
Se despidieron de Wanda y se pusieron en marcha.
—Esto está de muerte —declaró Natasha después de zamparse la primera porción de la pizza de pepperoni que se habían pedido los dos para compartir. Se habían sentado en una de las mesas del fondo del acogedor restaurante, al lado de la ventana.
—Lo sé. —James pegó un mordisco a su porción—. Estaba seguro de que te gustaría. Es la mejor pizza de la ciudad de lejos.
Natasha cogió otro trozo.
—Has acertado de pleno con el sitio. —Devoró la nueva porción en tres mordiscos y le pegó un trago a su cerveza. Dejó escapar un suspiro satisfecho—. Ah, qué bien. Hacía mucho que no hacía esto.
—¿Comer pizza?
—No. —Natasha sonrió. —Salir simplemente a divertirme con alguien.
—Y me dices eso a mí. No importa el tiempo que haga, yo te gano seguro. Te recuerdo que mi última cita fue hace más de setenta años —replicó él.
—¿Qué solías hacer entonces? —preguntó ella.
—Las llevaba al parque de atracciones, a cenar una hamburguesa, a bailar, de vez en cuando a museos o exposiciones.
—Por lo que he oído tenías mucho éxito.
—No puedo quejarme. Algunas veces les pedía que se trajeran una amiga para ver si Steve conseguía echarse alguna novia, aunque no solían hacerle mucho caso y siempre acababa yo con las dos.
—Pobre Steve. —Natasha pensó que era una lástima que ninguna se hubiera tomado la molestia de conocerle, porque se habían perdido a una persona fantástica—. ¿Te ha contado que durante un tiempo yo también me empeñé en buscarle a una chica? Pensaba que o era muy exigente o muy tímido, porque rechazaba todas mis sugerencias de buenas a primeras.
—¿Ya estaba con Tony entonces? —preguntó James sonriendo.
—Ajá. Ya ves qué le hubiera costado contármelo. Al final terminé dándome cuenta de lo que pasaba la siguiente vez que les vi juntos, su lenguaje corporal era bastante evidente. En fin. ¿Te hace ilusión ser su padrino de boda?
—No se parece en nada a cómo me había imaginado siempre que sería este momento, tiempo atrás cuando Steve y yo planeábamos el futuro, pero… Sí, lo estoy deseando. Va a ser un gran día seguro.
Natasha estaba de acuerdo y auguraba que durante la ceremonia se iban a derramar muchas lágrimas de felicidad.
—Y con esta boda en el horizonte, supongo que tú y yo ya podemos dejar de preocuparnos por la vida amorosa de Steve y centrarnos en la nuestra, ¿no?
Natasha alargó su mano y cogió la de James. No las soltaron durante el resto de la cena.
Era una noche fría, pero decidieron comprarse una tarrina de helado cada uno y cuando se habían comido la mitad se las intercambiaron. Pasearon tranquilamente del brazo y se metieron en un bar que parecía decente.
—¿Te hace una partida? —Natasha señaló una mesa de billar que acababa de quedarse libre. James aceptó y después de pagar las bebidas la reclamaron—. ¿Qué te parece si por cada bola que metamos hacemos una pregunta al otro? —propuso ella.
—Me parece genial. Yo empiezo. Me pido las lisas. —James colocó las bolas en el centro, quitó el triángulo y golpeó la bola blanca con el taco. Las bolas se esparcieron por la mesa y la primera de las lisas se deslizó fácilmente hacia uno de los agujeros—. Vale. ¿Cuál es la peor cita que has tenido? —escogió como primera pregunta.
Natasha, apoyada en su taco, se lo pensó un momento.
—Una vez salí con un tipo que lo primero que me preguntó fue que si estaría dispuesta a montarme un trío con él y su ex novia —respondió. James enarcó las cejas—. No lo estaba. La cosa acabó ahí, por supuesto. ¿Y tú? Se puede repreguntar —añadió antes de que James le recordara que ella aún no había embocado ninguna bola.
—Salí con una chica que estaba enamorada de un tío que acababa de prometerse con otra. Solo salió conmigo por despecho —dijo él.
—No suena tan mal.
—No, si no fuera porque se pasó toda la cita llorando. —James hizo una mueca al recordarlo.
—Ouch.
—Básicamente. —James alineó el taco y embocó otra bola. Se pensó la siguiente pregunta—. ¿Cuál es el sitio más raro en el que lo has hecho?
El sitio más raro en el que Natasha lo había hecho… Vale. Se lo iba a decir.
—No sé si cuenta como el más raro, pero… El despacho de Fury.
James soltó una carcajada, sorprendido.
—¿En serio? ¿Con el propio Fury?
—No, por Dios. Si la gracia precisamente era que él podía llegar y pillarnos en cualquier momento. ¿Tú?
—Mmmm. En una iglesia, diría. —Se rio al ver la cara de Natasha—. Voy a ir al infierno de todos modos, ¡y fue uno de los buenos! Así que algo que me llevo.
James falló el siguiente turno, así que le tocó tirar a Natasha. Metió dos bolas en un mismo saque.
—¡Bien hecho! —celebró James—. Dispara.
—¿Si te ofrecieran un millón de dólares a cambio de sexo, aceptarías? —preguntó Natasha. James la miró divertido.
—¿Quieres decir si me viniera un señor ricachón entrado en años y me lo propusiera, como en aquella película? —La había pillado una vez en la tele haciendo zapping. El argumento le había intrigado, pero al final la tuvo que quitar porque el actor le recordaba demasiado a Alexander Pierce—. No sé. Supongo que, si fuera un tío bueno como Tony, aunque fuera más mayor, me lo podría pensar. Un millón es un millón. ¿Segunda pregunta?
—¿Qué es lo que más te gusta del presente que no tuvieras en tus tiempos?
James ni se lo pensó.
—¡El jacuzzi! —exclamó. Su entusiasmo hizo reír a Natasha.
—¿De verdad? ¿El jacuzzi?
—Es decir, ya existía en mi época, pero no como ahora que lo tengo tan accesible y tiene tantas opciones y es tan maravilloso. Te lo digo en serio, Nat, es el mejor invento desde el pan de molde. Te metes y ¡puf! —hizo un gesto de explosión con las manos—. Todo el estrés se esfuma. Tenemos que meternos tú y yo juntos un día de estos. —Le guiñó un ojo—. Te vuelve a tocar tirar.
Natasha falló. James tiró de nuevo y su bola se quedó a meros milímetros de caer.
—¡Ah, lástima! —se lamentó. Así que Natasha embocó otra de las bolas que tenía mejor situadas.
—¿Y qué es lo que más echas de menos? —quiso saber ella.
James no perdió la sonrisa, pero la nostalgia se reflejó en sus ojos azules.
—Esa es fácil. Mi familia —respondió.
—Tenías un montón de hermanos, ¿no?
—Tres hermanos pequeños. Cuatro, si contamos a Steve.
—Menuda faena.
—Pues sí, pero me gustaba eso de ser el hermano mayor y llevarlos por el buen camino. A veces me volvían loco y necesitaba algo de paz y tranquilidad, eso está claro, pero no lo cambiaría por nada. Es mucho mejor una casa ruidosa que una silenciosa.
Natasha guardó silencio al escuchar eso. James se dio cuenta de que algo había cambiado.
—¿Estás bien? ¿He dicho algo que no debiera? —Dejó el taco encima de la mesa y se acercó a ella. Natasha sacudió la cabeza.
—No, no es eso. —Frunció los labios un momento—. Mira, seguramente no sea apropiado decirlo en una primera cita en la que ambos queríamos pasar un buen rato juntos sin complicaciones, pero creo que tanto tú como yo estamos de acuerdo en que esto no es solo un rollo pasajero, ¿no? —Aguardó a que James le confirmara que en absoluto lo era—. En mi experiencia, los hombres que he conocido que provienen de una familia numerosa esperan formar una propia algún día y yo… Yo no puedo tener hijos. Creo que es justo que lo sepas ya de entrada.
Desvió la mirada porque era su tema de conversación menos favorito del mundo, pese a que fuera necesario e inevitable decirlo. Mejor sacárselo de encima ya, como si se quitara una tirita de un tirón, y que pasara lo que tuviera que pasar.
James le puso los dedos bajo la barbilla para que le mirara a los ojos. No se le veía decepcionado.
—Nat. En primer lugar, con toda la experimentación y porquerías que me han metido durante años, es muy probable que yo tampoco pueda. En segundo lugar, por si lo habías olvidado, tanto tú como yo ya formamos parte de una familia numerosa, poco convencional, sí, pero una familia, al fin y al cabo. Y tercero, si esto nuestro va bien y en un futuro queremos dar el paso y nos vemos capaces de ello, hay muchos niños que no tienen hogar y los dos sabemos que la familia es mucho más que compartir el ADN. O sea que ni te preocupes por eso.
Natasha le cogió la mano y se la estrechó. Ya sabía que James era un buen hombre. Esto no hacía más que confirmárselo.
—¿Has buscado información sobre tus hermanos? —le preguntó. Él asintió.
—Los dos pequeños aún están vivos. Viven en Florida, por eso.
—Oh. ¿Y no has ido a verlos?
James se encogió de hombros.
—¿Y qué les digo? ¿Me aparezco con mi aspecto de treintañero, ante ellos que son ancianos, y les digo que soy el hermano que perdieron hace casi tres cuartos de siglo? Mejor que me recuerden como el Bucky que era antes de la Guerra; yo me conformo con saber que han tenido una buena vida. ¿Te hace un chupito de tequila?
Natasha le dijo que sí y en cuanto James regresó con los vasos retomaron el ambiente distendido con las preguntas insustanciales, las risas y la sana rivalidad que terminó con la victoria de Natasha.
—Bueno —dijo James en cuanto se detuvieron frente a la puerta de Natasha.
—Bueno —repitió ella. Se miraron fijamente unos instantes y los dos se tiraron hacia el otro al mismo tiempo, besándose con auténtica lujuria.
—Me lo he pasado muy bien esta noche —dijo él entre beso y beso.
—Yo también —dijo ella, cogiéndole de la cara para besuquearle la oreja.
—Tenemos que repetirlo pronto. —Los labios de él se instalaron en su cuello.
—Estoy de acuerdo. —Natasha tiró la cabeza para atrás, golpeando la puerta con ella.
—Podemos ir despacio si quieres. —La besó de nuevo, bajó sus manos hasta el generoso trasero de ella—. No me importa esperar —añadió, pese a que Natasha podía notar perfectamente que su cuerpo decía una cosa muy distinta.
—Ya hemos esperado lo suficiente. —Natasha abrió la puerta y cogió el pecho de la camisa de James para meterlo dentro con ella.
Cayeron sobre la cama enredados el uno en el otro. Natasha levantó los brazos y James la ayudó a quitarse el jersey. Él la recorrió con la mirada, hambriento, pero su urgencia pareció reducirse en cuanto sus ojos se posaron en la cicatriz.
—Ei. —Natasha le puso la mano en la mejilla—. No pasa nada. Eso es el pasado, ¿me oyes? Tú ya no eres esa persona. Tócame, James. No sabes lo mucho que te necesito ahora mismo.
—Creo que me puedo hacer a la idea —dijo él con una media sonrisa. Alargó su mano para soltarle el pelo, que cayó sobre los hombros de ella como una cascada—. Eres preciosa. —La besó con intensidad y después bajó hasta ponerse a la altura de su vientre. Besó y lamió la cicatriz hasta que ella sintió que toda su piel ardía de puro deseo.
James se incorporó y ella le desabrochó la camisa con velocidad. Puso las manos en sus robustos hombros y le deslizó la prenda por los brazos. Otro breve destello de inseguridad cruzó su atractivo rostro.
—¿Quieres que camufle el brazo? —le preguntó, sin mirarla a la cara. Natasha era la primera mujer con la que estaba desde que le pusieran el brazo de metal y no quería incomodarla. Natasha pasó los dedos con suavidad por la parte en la que el brazo se acoplaba a la piel, y después posó allí sus labios, como había hecho él con su cicatriz momentos antes.
—No hace falta. Eres perfecto tal y como eres. —Le aseguró. Y bajó las manos hasta su pantalón.
Se terminaron de desnudar y rodaron sobre la cama, pegados el uno al otro, extasiados con la sensación de piel contra piel. Cómo había añorado esto, pensó fugazmente Natasha. Disfrutar de una intimidad así con otra persona, abandonarse al más puro placer que existía. Había estado demasiado tiempo sin ello y ahora pensaba aprovecharlo al máximo.
James la acarició por todas partes, tan hambriento de contacto físico como ella, y el contraste entre su mano humana y la de metal la estaban llevando al borde de la locura.
Natasha se aferró a su ancha espalda y soltó un prolongado gemido en cuanto James entró en ella. Enterró una de sus manos en el pelo de este y le animó a moverse.
—Acuérdate que hace más de setenta años para mí —le recordó él, por segunda vez aquella noche, con dificultad para pronunciar las palabras. Bucky focalizó todos sus pensamientos en la cara de Cráneo Rojo, lo más anti-erótico que se le ocurrió, en vez de pensar en lo deliciosamente que sabía estar hundido en la calidez y humedad perfecta de Natasha, porque si no iba a durar como cinco segundos—. Así que no me lo tengas muy en cuenta si no cumplo como debería a la primera.
Natasha rio y le besó largamente.
—No te agobies, soldado. Si no sale bien a la primera la segunda será mejor seguro. Ya sabes eso de que la práctica hace al maestro.
Y practicar es lo que hicieron.
Unas horas después a Natasha le entró tanta hambre que no tuvo más remedio que levantarse de la cama a buscar algo para comer. James dormía profundamente, un sueño plácido por lo que pudo adivinar ella, así que le besó en la frente y tras una visita al baño se puso unos shorts, la camisa de James con las mangas arremangadas, unas zapatillas y se dirigió a la cocina a por algo de picar.
Aunque era tarde la cocina no estaba vacía, porque se encontró a Tony allí, dando buena cuenta de un trozo de ese bizcocho que preparaba Visión de vez en cuando y que estaba de vicio. Se le hizo la boca agua al instante.
Tony sonrió ampliamente al verla, reparando en lo que llevaba puesto, y la expresión de su cara dejaba claro que sabía perfectamente por qué Natasha tenía tanto apetito.
—Ya veo que la cita ha ido bien, ¿eh? —dijo él, cortando otro trozo de bizcocho que colocó en un plato y dejó junto a un tenedor en la barra frente al asiento vacío. Natasha le dio las gracias y se sentó a su lado—. Ese brillo en la piel es inconfundible. Te lo digo yo, Nat: no hay nada mejor para el cutis que un buen revolcón con un supersoldado. Te deja la piel luminosa y tersa como la de un bebé.
Natasha puso los ojos en blanco, y aunque quería decirle a Stark que se metiera en sus asuntos, las palabras le salieron solas y se encontró preguntando, en tono de confidencia:
—¿Steve también tiene tantísimo aguante? Porque, madre mía.
Tony esbozó una sonrisa cómplice.
—Ya lo creo que sí. No le digas que te lo he contado yo, pero según qué noches es insaciable. ¿Por qué te crees que estoy aquí jalando en plena madrugada?
—Será mejor que yo también recupere fuerzas, pues —dijo ella riendo. Entonces, la sonrisa de Tony se esfumó y sus ojos se agrandaron con sorpresa. Natasha, extrañada, tardó un par de segundos en darse cuenta de que ya no la estaba mirando a ella, sino detrás de ella.
Cuando dio media vuelta comprendió a qué se debía su estupefacción.
—Lamento presentarme aquí a estas horas. Hola, Tony. Hola… Natasha —saludó Bruce.
A Natasha se le quitó todo el apetito de golpe.
