Summary: Los personajes le perteneces a Stephanie Meyer y la Historia a Nicole Jordan

Epílogo

Rosewood, noviembre de 1810

Edward se detuvo ante la puerta de su dormitorio y contempló a su esposa desde hacía once horas.

—Por fin —murmuró roncamente cogiéndole la mano y besándole la palma—. Creí que nunca estaríamos solos.

Bella le dirigió una soñadora sonrisa.

—Fuiste tú quien insistió en una boda importante.

—Deseaba que todo el mundo se enterase de mi buena suerte.

Había conseguido una licencia especial para casarse sin amonestaciones, a fin de poder celebrar una doble boda con Rosalie y Emmett. La iglesia estaba llena a rebosar, puesto que la mitad de la nobleza de Inglaterra se había presentado para ver cómo el famoso lord Cullen encontraba su destino.

Tras un suntuoso banquete en Rosewood, Rosalie y Emmett habían partido para Kent, junto con la madre y las hermanas de Bella. El último de los invitados se había retirado por fin hacía unos momentos dejando al barón y a la nueva baronesa solos en su noche de bodas.

— ¿No ha sido maravilloso que Rosalie pudiera estar de pie para la ceremonia? —Observó Bella, mientras Edward le abría la puerta—. Ha sido una hermosa novia, ¿no crees?

Él le dirigió una sonrisa tan brillante que hizo palidecer al sol.

—Apenas me he dado cuenta. Sólo tenía ojos para mi propia novia.

Con el corazón lleno de alegría, Bella entró en el dormitorio que había sido preparado para la noche. Varias lámparas ardían acogedoras mientras el fuego había sido encendido en el hogar para contrarrestar el fresco otoño. El inmenso jarrón de rosas carmesíes que adornaba una mesita auxiliar perfumaba el ambiente, y las sábanas del lecho de cuatro postes estaban invitadoramente abiertas.

Bella se estremeció de expectación ante la noche que se avecinaba. Para su sorpresa, Edward había insistido en que se mantuvieran castos hasta que pudieran pronunciar sus votos. Así pues, las semanas anteriores habían estado cargadas de tensión sexual y de la frustración de poderse tocar pero no satisfacerse. Mas ahora ya eran marido y mujer, y por fin había llegado el momento en que solemnizarían el compromiso de sus corazones.

Cuando Edward cerró la puerta suavemente, aislándolos en su gabinete nupcial, Bella lo miró a los ojos. La cálida promesa que leyó en las verdes profundidades de su mirada provocó una excitación ardiente en su más profundo interior.

Mientras él se movía por la habitación apagando todas las lámparas menos una, Bella fue hacia la ventana cuyas cortinas habían quedado descorridas, como él prefería. Por un momento, estuvo contemplando los jardines iluminados por la luna. Apenas podía creer en su buena fortuna. Edward la amaba y cada día que pasaba afirmaba su devoción.

Sintió su calor en la espalda mientras la envolvía con sus brazos.

— ¿Feliz?

—Con delirio. Nunca imaginé que fuera posible ser tan dichosa.

Su susurro la rozó cerca del oído.

— ¿Estás segura de que no lamentarás vivir en Londres buena parte del año? Yo podría renunciar a mi nuevo puesto en el Tesoro.

—Muy segura. Mientras te tenga a ti, yo seré feliz viviendo donde sea.

—Me tendrás, querida, por largo tiempo. ¿Qué te parece para siempre?

Bellaa sonrió deslumbrada por el calor de su voz. Edward estaba decidido a demostrar el refrán de que los crápulas reformados eran los mejores maridos, y hasta el momento lo estaba logrando admirablemente.

—Creo que para siempre será estupendo.

Edward le rozó la sien con los labios mientras deslizaba la mano hacia abajo para acariciarle el abdomen.

—Deberíamos encontrar algo que haga que no te sientas sola mientras yo estoy ocupado con los asuntos mundanos del gobierno.

—No te parecerán en absoluto mundanos —repuso ella divertida—. Sé muy bien que disfrutas con ese nuevo desafío, sacando oro de la escoria para el bien del país.

—Totalmente. Pero quizá tú necesites un nuevo desafío también, ahora que has logrado domesticar a un perverso libertino. Me pregunto si uno o dos hijos cuadrarían la cuenta.

Bella, con el corazón rebosante de dicha ante el pensamiento, se volvió a mirar a Edward. La luz de la luna se filtraba por la ventana iluminando los contornos cincelados de su rostro.

—Tener un hijo es lo único que me haría más feliz de lo que soy en estos momentos.

—Entonces deberemos poner en ello nuestros mejores esfuerzos, ángel mío.

Ella escudriñó su rostro.

—Eward, ¿estás seguro de que deseas la carga de una familia?

—Absolutamente. He estado solo y a solas demasiado tiempo. Ha llegado la hora de que renuncie a mis salvajes costumbres y siente la cabeza.

Bella le dirigió una sonrisa lenta y provocativa.

—Entonces, ¿ya no necesitamos usar las esponjas?

Clavó profundamente su mirada encendida en la de ella mientras con el pulgar le acariciaba la mandíbula.

—No. Nada de esponjas.

Buscó más allá de ella para correr las cortinas envolviéndolos en la intimidad, y se inclinó despacio sobre Bella. Posó su boca sobre la de ella, la besó con tanta suavidad, tan profundamente, que un fuego aterciopelado fluyó en ella propagándose ardiente. Bella suspiró de placer y se estremeció contra él, murmurando su nombre.

—Paciencia, esposa —la amonestó Edward con ronco suspiro—. Tenemos todo el tiempo..., y me propongo disfrutar de cada único momento.

Se desnudaron mutuamente con lentitud, deteniéndose con frecuencia para saborear y explorar. Los ojos de Bella se ensombrecieron cuando vio la cicatriz en el hombro de Edward donde la bala se había albergado, pero él tomó su boca y la alejó de todos sus sombríos pensamientos del pasado. Tenían un glorioso futuro frente a ellos, un futuro que comenzaba en aquel instante.

Habiéndose privado el uno del otro durante tanto tiempo, la intencionada demora era una deliciosa forma de tortura. Sin embargo, prolongaron la sensual danza cuanto pudieron. Sus labios se encontraban con frecuencia mientras satisfacían la profunda y absorbente necesidad de tocar y ser tocados. Cuando finalmente ambos estuvieron desnudos, Bella volvió a maravillarse ante la elegante y viril gracia del cuerpo de su esposo mientras él recorría con los ojos cada tentadora curva de ella.

Sus miradas se encontraron cuando él le retiró las horquillas del cabello, comenzando por las exquisitas rosas de diamantes con que la había obsequiado como regalo de bodas. Extendió con reverencia la brillante masa en torno a sus hombros desnudos. Luego, alegremente, Edward la cogió en sus brazos y la condujo al lecho.

Mientras la depositaba sobre las sábanas de seda, la besó de nuevo con avidez sofocando su leve gemido entre sus agradables labios. El ritmo de los latidos del corazón de Edward se hacía eco turbulentamente del de ella, mientras seguía a Bella tendiéndose a su lado.

El deseo era una necesidad desesperada en su interior. No obstante, Edward se obligó a ir despacio. Deseaba saborear el momento en que la estaba convirtiendo en su esposa.

Cambió de sitio y se incorporó sobre un codo para escudriñar el rostro amado. Deseaba ver el deseo y el amor en sus ojos y encontró lo que andaba buscando. Un resplandor líquido brillaba en las oscuras profundidades.

La ternura lo invadió, aún sorprendente en su maravilla.

—Me embriagas —murmuró.

Modeló con los dedos las encantadoras formas de su rostro valorando su aterciopelada textura. Su mano acariciante descendió entonces e inclinó la cabeza para saborearla. Sintió su delicado estremecimiento cuando posó los labios en su garganta.

Lamió la sensible carne, una sien palpitante tras la otra, mientras su mano vagaba por su piel desnuda.

—Todo en ti me seduce, me excita... —murmuró tocándola con cariño—. Amo tus senos... La sensual curva de tu columna... El hueco sedoso que hay entre tus muslos.

El calor palpitaba en Bella, fuerte e insistente, repercutiendo con cada caricia sensual.

—Amo tu bondad y tu valor.

Ella gimió con suavidad mientras él acariciaba ligeramente los labios de su sexo.

—Me encantan tus sonidos de placer.

Ella le rogó:

—Edward..., por favor.

—No hay prisa, amor.

Aunque su propia voz era ronca y confusa, con un apremio que delataba su anhelo y necesidad, aún así luchó contra el ardiente dolor de sus entrañas. Dominando el deseo de penetrarla, Edward se instaló suavemente en el origen de su feminidad.

Bella profirió un suspiro ahogado de satisfacción mientras él, con sus musculosos muslos, abría los de ella. Un temblor estremeció el cuerpo de Bella cuando él fue introduciéndose con lentitud, llenándola con su magnífica dureza.

Ya intensamente excitada, lo envolvió con sus piernas para atraerlo más hacia ella, pero Edward no quería apresurar el momento. Se fue sumergiendo cada vez un centímetro atormentador, penetró en su aterciopelado interior para luego retirarse igual de despacio conservando una moderada y enloquecedora suave posesión, aunque ella estaba ardiente y febrilmente inquieta debajo de él.

—Edward... —le rogó de nuevo.

Mas él aún no se ablandó, no quiso darle alivio.

Haciendo caso omiso de sus quedos y penetrantes gemidos la torturó con acometidas exquisitamente lentas, conteniendo su propio desesperado apetito mientras susurraba palabras eróticas en su oído diciéndole cuánto la deseaba, cómo era perderse dentro de ella... cuánto la amaba.

Amor. Era una inflexible y hambrienta alegría que lo llenaba hasta rebosar. Una violenta llamarada que abrasaba su corazón.

Su amor germinaba dentro de él aflojando su cuidadoso control.

Entró en ella con más fuerza, con un deseo tumultuoso y rudo. Edward, ya estremecido, cedió a la potente y dolorosa necesidad. Sin embargo, Bella alcanzó e igualó su fiero apetito arqueándose frenética contra él.

Juntos llegaron a una explosión de fiera necesidad de posesión y rendición. El gemido de placer de Bella se convirtió en un sollozo de alegría mientras un agotador éxtasis hacía oscilar su cuerpo. Capturado en el mismo imponente esplendor, Edward se vertió interminablemente en ella mezclando carne y espíritu.

Él le entregó a ella su alma y ella la tomó gustosa.

En el caluroso momento posterior, yacieron próximos, agitados aún por la fuerza de su apareamiento. Cuando la furia de los latidos del corazón se adaptó a un ritmo menos violento, permanecieron entrelazados con la piel húmeda.

Débilmente, Edward rozó con sus labios los cabellos de Bella. La gloria que había convulsionado sus sentidos era la más poderosa que había experimentado en su vida, pero la profunda y tranquila emoción que fluía por sus venas, era todavía más fuerte.

Había sido un acto de amor hecho de amor, algo que nunca había experimentado con anterioridad.

Amor. ¿Cómo había conseguido vivir sin él? ¿Sin ella? Bella era ahora toda su vida. No había sabido cuan vacío estaba hasta que ella había llenado su corazón. No había conocido lo que era el arrobamiento hasta que se había convertido en parte de ella.

Con Bella se sentía completo, entero, realizado de una manera que nunca había imaginado posible. Ella había llevado risas y calor a su hogar, alegría a su vida; una vida que hasta entonces había sido tan fría y estéril. Él la había instruido en las artes de la sexualidad, pero ella le había enseñado a amar. Y ahora, tras unirse en matrimonio, la ferviente pasión que siempre había caracterizado su acto amoroso aún se había intensificado.

Aun así, pese a toda la experiencia que tenía en los juegos amatorios, con todo su sofisticado y experto encanto, a Edward todavía le resultaba difícil expresar hasta qué punto eran profundos sus sentimientos.

—Nunca me había dado cuenta de cuánto mayor puede ser el placer cuando un hombre ama a la mujer con quien yace —murmuró, recostándose en la almohada de modo que pudiera ver el rostro de Bella.

Ella abrió soñadora sus ojos semi entornados.

—Ni yo. ¿Es posible morir de placer?

—Confío plenamente en que no. —Torció la boca divertido, pero luego su expresión se ensombreció.

— ¿Tienes alguna noción de cuánto te amo?

Pese a la suavidad de su tono, estaba fieramente convencido.

—Comienzo a comprenderlo.

Edward puso la palma de la mano de Bella en su pecho para que ella pudiera sentir el poderoso latido de su corazón.

—Esto te pertenece, Bella. Para siempre.

Con la mirada llena de amor, ella le acarició los labios con los dedos.

—Como el mío te pertenece a ti.

—Dilo —requirió él quedamente, sin cansarse nunca de aquellas palabras.

—Te amo, Edward.

En sus ojos se reflejó una ternura nebulosa que hizo que el corazón de Bella se deshiciera.

—Te haré feliz, lo juro —dijo.

Ella sonrió y acercó su boca más a él.

—Ya lo has hecho —respondió.

FIN!

Este es el fin de esta historia! Lamento la demora de estos 6¿5 o 6 capitulos pero ya saben de lo sucedido! Aun estoy recuperandome y proximamente adelantare 2 semanas a tus pies!

Gracias por su appoyo!

CrazzyTalia