¡Hola a todos! :D juju ¡empezando el día con energía! Nyan juju :D ala bestia, hay un bicho en mi cuarto! La verdad no :) pero ayer si, era una cucaracha prehistórica Dx

Pues les cuento que, en vista de que este semestre no estaré estudiando, ya me eché tres libros en lo que va del año, oh, si. De ellos he tomado mucha inspiración, sobre todo de "El nombre del viento"… Kvothe *.* yo lo amo :) es mío y no lo toquen :)

Tenía mis dudas al terminar este capitulo; no estaba segura de si estaba haciendo uso de una idea, pero bueno, solo espero que si y que les guste mucho :)

Por cierto; no me maten.

Comencemos :D

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Capitulo XXI: Ese mayordomo, decisión

"Y, en el caso de la literatura, donde sin conflicto no hay acción, ¿qué mejor desencadenante que darle a alguien a elegir entre dos extremos?"

Carmen Becerra

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Una vez, cuando acababa de mudarme sola a mi nueva casa y apenas comenzaba a establecerme en la calle Waldorf, tuve un gato gris.

Fue el primer gato que tuve y no duró mucho conmigo. Era un animal noble que se regaló solo en mi casa, quizás por la falta de comida y un lugar donde dormir, y en esos tiempos a mi no me molestaba en lo absoluto que un animal durmiera en mi casa. Podría haber acogido a todo tipo de animales en ese entonces.

Honestamente no recuerdo su nombre, pero era un gato bonito, cariñoso pese a no haber sido criado por mi y aceptaba la comida que le ofrecía sin refunfuñar.

Sin embargo, una mañana las cosas cambiaron. Recuerdo que algo me molestó profundamente, aunque tampoco puedo recordar las razones, pero salí al patio hecha una furia y, en mi arrebato de rabia, pateé con fuerza el cuenco de metal del gato, que salió disparado con una fuerza sobrenatural y, desgraciadamente, su trayectoria terminó en la cabeza del animalito, quien estaba inocentemente sentado, acicalándose, y le dio con un fuerza descomunal en su pequeña cabeza, abriendo una herida que manaba sangre sin parar.

Luego de superar la sorpresa y la culpa, ya que el pobre gato había sido victima de mis pequeñas rabietas, tomé al animal en brazos y corrí con la señora de al lado; una anciana que solía ser doctora y, aunque ya no ejercía, en ese momento parecía mi única esperanza de salvar al felino.

La herida no fue muy profunda, y el gato se curó pronto, aunque al principio parecía que el golpe le había afectado a nivel neurológico, pero no fue así. Poco a poco volvió a salir al patio, a comer y todo eso que hacen los gatos, aunque aun no podía brincar muy bien por la herida.

Pese a que todo continuó su rumbo normal, aquel gato jamás volvió a ser el mismo conmigo. Aunque no me atacaba ni huía de mi, siempre que me acercaba a él, me miraba fijamente, a la expectativa, como temiendo que fuera a hacerle daño en cualquier momento. Nunca volvió a frotarse en mis piernas o entrar a dormir a la casa, y apenas pudo largarse, lo hizo.

Esos penetrantes ojos amarillos que me examinaban, como esperando el siguiente golpe, con una rabia casi palpable, eran los mismos con los que Sebastian me había mirado, cuando nuestros ojos se cruzaron en el momento que subió a la Hummer negra, en la salida.

Me acurruqué del lado izquierdo del auto, mirando por la ventana, observando a Sebastian, por el reflejo del cristal. La tensión era tal que ni Alistair abrió la boca en todo el camino.

¿Qué demonio le sucedía a Sebastian? No tenía porque haberme dedicado ese tipo de miradas. En cualquier caso, quien debería estar enojada, debía ser yo: ¡él me había traicionado primero! Él había sido quien aceptó, ¡no! ¡Quien le había pedido personalmente a la persona que yo más odiaba en la escuela, que fuera con él al baile! No era que me importara mucho ese mugroso baile, pero… ¿por qué lo había hecho? ¿Por rabia?, ¿por descaro?, ¿por despecho? ¿O simplemente por la idea de molestarme?

No entendía las razones, ni siquiera le encontraba pies ni cabeza para que hiciera lo que hizo.

Crucé los brazos, aun molesta, aunque por otro lado, sabía que tenía que hablar con él. Y la razón era nada más y nada menos que la misma Abigail; la misma causante del último enredo. Pese a que él nunca me había contado abiertamente del odio que sentía hacía Claude, no era difícil notarlo; incluso Lucy, la chica mas despistada del mundo, me comentó algo sobre la forma tan amenazante como se miraban esos dos, cada vez que coincidían en un pasillo. Si ella podía verlo, para mi debía ser obvio y si que lo era. Era como no darse cuenta de la rivalidad entre la misma Abigail Williams y yo.

Y allí estaba yo, a punto de pedirle al demonio que no fuera con mi peor enemiga, cuando yo estaba planeando ir con su peor enemigo.

Pero, no es lo mismo, ¿cierto? Él empezó todo esto, lo mío fue solo una reacción, ¿cierto?; además, ni siquiera era verdado. Era una simple forma de canalizar mi inminente rabia. Y en todo caso, ¿no se suponía que él era un demonio? ¿Por qué debía sentirse molesto entonces? ¡Era un ser infernal! ¡Una criatura a la que solo le importaba mi alma! ¿Por qué entonces molestarse por eso? ¡No tenía derecho!

No lo tenía, ¿cierto?

Me acurruqué más contra la ventana, y, aunque sentí una terrible desesperación por decirle que se vaya al infierno, a mi mente regresó a lo que realmente importaba: Abigail y su aparente contratista.

¿Qué voy a decirle? Suena estúpido intentar algo tan simple como: "Hey, Sebastian, tengo pensado ir con Claude al baile, pero no quiero que vayas con la porrista a quien odio, porque sabe el secreto entre nosotros". Incluso sin decirlo suena tonto, aunque podría funcionar.

Llegamos a la mansión, en tan poco tiempo que me sorprendió, pero supongo que era debido a que estaba sumergida en mis pensamientos. Sebastian bajó por la puerta izquierda, mientras yo aun buscaba como demonios quitarme el cinturón de seguridad. Repentinamente, la puerta a mi lado se abrió, y me sorprendió aun mas el hecho de ver a mi propio demonio allí, abriendo la puerta, con entera amabilidad.

Lo miré desconcertada, preguntándome que era lo que pasaba. Busqué en su rostro algún atisbo de que la mascara de indiferencia y seriedad se estaba resquebrajando, que estaba más molesto que exánime, que sentía tal rabia que esta se le escapaba por los ojos, pero esta vez no pude encontrar nada. No estaba fingiendo: esta vez no había mascara y eso me preocupó.

Bajé del auto de un salto, aun mirándolo. Sus ojos me observaron unos segundos, hasta que algo en el jardín llamó su atención. Decidí que debía seguir caminando, y me dirigí al pórtico, al tiempo que el enorme auto desaparecía camino al garaje, dando la vuelta a la glorieta de rosas. Quería salir corriendo y esconderme, pero me resultaba imposible detener mis pasos y las palmas de las manos comenzaron a sudarme. Tenía que hablar con Sebastian… tenía que ser hoy. Mañana sería jueves, y el baile era el domingo, pero sería algo tonto dejarlo para última hora.

Pero su comportamiento no me estaba ayudando; antes de que yo pudiese tocar la puerta, él cruzó el pórtico de dos zancadas, digitó los números del código de seguridad e introdujo la llave en el cerrojo. Abrió la puerta de un solo movimiento, dejándome entrar primero, como todo un caballero. Su amabilidad me desestabilizaba, me sentía como si un tigre lamiera cariñosamente a un antílope (el antílope sería yo), sabiendo que dos segundos después, va a darle caza brutalmente; aunque, por otro lado, me calmaba saber que no estaba hecho una furia como él día que casi muero. Prefería hablar con este Sebastian, parecía más racional.

Aun no había rastro de Lily, Adelina o Minnie en la casa, y ninguno de los sirvientes estaba por allí para que pudiera tener un pretexto para romper la tensión o, al menos, posponerlo. Contaba con eso, pero ahora que descubrí que no había nadie, sentía las manos frías y tensas, sudorosas y mi pulso se agitó en mis venas.

Caminé hacia la escalera con pies de plomo, con Sebastian pisándome los talones, pero cuando estaba a punto de pisar el primer escalón, sentí una oleada de terror, de pánico y tuve que cambiar de dirección hacía la cocina. Necesitaba urgentemente huir de allí. Necesitaba quitarme del medio.

-¿Necesita algo, señorita? –preguntó Sebastian, con su voz profunda, desde la escalera. Yo estaba a menos de dos pasos de allí, y esa corta frase me impidió moverme de allí. Me congeló en mi sitio como una estocada de hielo.

Apreté los ojos, buscando las palabras correctas. "Necesito hablar contigo… necesito que no vayas con esa chica…" repetía en mi mente, forzando a mi boca a decirlas, pero no podía. "Ella sabe lo del contrato y, lo mas seguro, es que planea hacerte daño y no quiero que te haga daño… No quiero arriesgarme a que mueras, Sebastian…"

Pero yo estaba petrificada, clavada al suelo.

-No –mentí, tirando por la borda mi oportunidad para decirle las cosas, mis pensamientos. Ni siquiera pude darle la cara.

-En ese caso, me retiro –murmuró, con simpleza y escuché sus pasos subir por las escaleras.

¡Maldita sea! ¡Elisse, no seas cobarde!

-¡Sebastian, espera! –exclamé, dando la media vuelta y avanzando al pie de las escaleras, bajando las manos a los lados del cuerpo y apretando los puños. Él se detuvo, ya casi en el décimo escalón y, verlo desde allí abajo, me hace sentir un repentino vértigo y un hueco en el estómago. Su cara de indiferencia no había cambiado y eso comenzaba a preocuparme aun más.

Levanté la vista, compungida, haciendo el ridículo esfuerzo de fingir que estaba bien. Pero es demasiado tarde; Sebastian ya lo había notado.

-¿Qué pasa, joven ama? –pregunta con simpleza, mientras yo, haciendo un esfuerzo por darle la orden a mi cerebro de que mueva mis extremidades, avanzó hacia donde él esta, subiendo la escalera poco a poco.

-Mmm… Necesito hablar contigo… -murmuré, tratando de sostenerle la mirada, pero siento sus rojos ojos como agujas. Me sentí tan avergonzada que no pude seguir viéndolo y terminé fingiendo que algo en mis zapatos me llamó la atención.

-¿Quiere hacerlo aquí? ¿O pensaba en un sitio más discreto? –vuelve a preguntar, sin cambiar su tono de voz.

Solo hace falta que yo dijera: "la biblioteca", para que él comenzara a caminar. Avancé a pasos lentos detrás de él, con el corazón palpitándome con rudeza contra el pecho, las manos húmedas y la boca seca. Traté de poner en orden mis ideas mientras caminaba, pero era inútil y antes de que yo pudiera siquiera saber que decir, Sebastian cerró tras de mi las puertas de la pequeña biblioteca.

Pensé que ese lugar, tan acogedor, lleno de colores marrones y anaranjados, me haría sentir cómoda, pero solo conseguí sentirme asfixiada. Sentía el techo más bajo que lo normal y el color oscuro de los paneles de madera parecía cerrarse sobre mí.

-¿Qué es lo que sucede? –volvió a preguntar Sebastian, una vez mas, apoyado contra la puerta y giré cuidadosamente hacía él. Él se cruzó de brazos, sin dejar de verme.

-Escucha… -me retorcí los dedos, intentando relajarme. La mirada fija del demonio me impedía hacerlo y solo conseguí ruborizarme. Tragué ruidosamente-. Yo… Bueno… no sé por donde empezar…

Sebastian levantó una ceja y yo volví a enredar mis dedos.

-No quiero que vayas al baile con Abigail… -articulé finalmente, con un hilo de voz, tan bajito que de no ser porque Sebastian tenía un oído poco humano, no lo hubiese escuchado.

Un incomodo silencio reinó la habitación. Seguí jugando con mis dedos, hasta que decidí que tenía que mostrar determinación, y aunque me esfuerzo por dejar las manos quietas, solo consigo mecerme de lado a lado.

Luego de unos momentos, Sebastian parpadeó un par de veces, ladeando la cabeza ligeramente.

-¿Qué desea que yo haga? –preguntó, con una media sonrisa en sus labios. No comprendo…

-¿Qué no lo dije claro? –mascullé, ahora molesta, olvidándome de que tenía que explicarle de que ella sabía de nuestra contrato y que, probablemente, él estaba en peligro.

-Si, entiendo –respondió burlón, entrecerrando los ojos, de una manera traviesa- pero, ¿Qué es lo que quiere que haga?

-¡No quiero que vayas con ella! –exploté, levantando la voz, dando dos pasos hacía él, hirviendo de rabia… ¿Qué quería? ¿Qué le rogara? ¡Era un imbécil si creyó que lo haría!

-¿Es una orden? –preguntó nuevamente, y de pronto, mi pequeño ataque infantil terminó y la mueca de ira que tenía en la cara desapareció poco a poco. Entrecerré los ojos, apretando los puños, sintiendo como ese miedo de que lo maten se borraba. Ahora lo haría yo misma si pudiera.

Sin embargo, respiré profundamente, en un esfuerzo de tranquilizarme y tomar las cosas por el lado bueno. Bajé las manos, acomodando cuidadosamente la falda del uniforme. Este Sebastian, burlón y sínico, me era mas familiar.

-No voy a darte órdenes… -respondí, entre dientes, forzándome a contener mis palabras.

-¿Volveremos de nuevo a eso, joven ama? –suspiró Sebastian, moviendo la cabeza en señal de negación, como si estuviese harto.

-¡Cierra la…!

-¿Quiere que rompamos el contrato? –preguntó él, repentinamente, silenciando mi súbito ataque de ira. Por primera vez, levanté la vista hacía sus ojos; no parecía estar jugando, ni tampoco burlón. Las palabras se me fueron de la boca y tuve que contener la respiración. Sebastian, a juzgar por su expresión, estaba hablando en serio. Muy enserio.

Se retiró de la puerta, caminando hacía el escritorio rectangular en la parte en forma de media luna. Allí había cientos de papeles y, entre otras cosas, un pequeño juego de ajedrez de cristal, con un juego de piezas transparentes o otro más oscuro, colocado listo para un juego inmediato. Seguí a mi demonio con la mirada, mientras él tomaba entre sus dedos, el rey de las piezas "negras". Parecía tan pensativo que no quise interrumpirlo.

-¿Quiere que rompamos el contrato? –repitió, pero no me lo dijo a mi; era mas para si. Levantó la pieza a la altura de sus ojos y estos cobraron un extraño color violeta. Enseguida, me echó una rápida mirada-. No veo ninguna razón que valga mi presencia en este sitio, mucho menos algún interés de parte de usted para con la razón del contrato. Ha jugado conmigo en este último mes, como si fuera un juego de cacería y usted el desgraciado conejo y, por si fuera poco, ha terminado enredada en innumerables líos que le han acarreado sinfín de problemas y, por no mencionar, casi la muerte. Su vida ha peligrado tantas veces que he perdido la cuenta y, pese a todo, se rehúsa a llamarme o hacer uso del contrato que mantenemos para protegerse en los momentos de crisis.

Me quedé callada, clavándole los ojos. Sé que no puedo hacer más y, aunque lo hiciera, ¿Qué se supone que haga? Aunque me cueste el alma admitirlo, tiene razón.

-Dudo que usted sea una suicida, pero se comporta, mi joven dama, como si su vida no tuviera valor alguno, como si tratase de arrebatarla de su cuerpo con el primer accidente que se cruce en su camino, como alguien que quiere morir pero no tiene el valor suficiente para quitarse la vida –continuó, dejando la pequeña pieza de ajedrez en la mesa, en el centro del tablero. Caminó hacía mi, mientras yo, sin poder quitarle los ojos de encima, me limité a retroceder, hasta que mi espalda topó con un librero-. Así que dígame, ¿es una forma de hacer mofa de mí, un demonio? ¿Es acaso una muestra de superioridad? ¿Desea una muerte rápida? ¿Quiere acabar con esto?

Apreté los dientes, dando un paso hacía él, demasiado furiosa como para notar que él tampoco estaba muy contento que se diga. Levanté la cara para mirarlo, ya que el muy idiota me sacaba fácil una cabeza y media de alto.

-No necesito que me des una terapia de ayuda emocional –repliqué, casi en un susurro. El rostro de mi demonio se oscureció, de una forma casi aterrorizante.

-Usted es muy obstinada –contestó, y bajo los labios pude ver, con algo de miedo, dos colmillos puntiagudos. Una parte de su lado demoniaco estaba fuera y, si quería seguir en una pieza, debería ser un poco más cuidadosa. Sin embargo, no disminuí la intensidad de mi mirada-. ¿Qué es lo que desea, entonces? Si quiere acabar con esto, el contrato, por favor, le ruego que lo diga; no me haga perder el tiempo. Y, si que quiere seguir con el contrato, le pido lo mismo. Yo no puedo protegerla, no puedo hacer mi trabajo, si usted no me deja.

Guardé silencio un momento, examinando sus palabras. La cercanía no me dejaba pensar muy claro; estaba tan cerca, que podía leer las pequeñas inscripciones de los botones de su camisa.

Él tenía razón; yo lo sabía. Desde hacía más de un mes, había abandonado por completo la idea del contrato. Investigaba por mi cuenta, hacía las cosas por mi cuenta, como si el no fuera mas que –realmente-, un simple estudiante de intercambio que se hospedaba en mi casa. Mi miedo inexplicable a verlo corriendo peligro por el contrato, me llenaba de terror, pero en realidad, ¿no estaba él allí para correr esos riesgos por mi?

Me resultaba un poco duro aceptarlo, y una punzada de dolor me agitó el corazón cuando lo reconocí: si no iba a darle mi alma, Sebastian no tenía ningún asunto que atender. Le estaba haciendo perder el tiempo por mis miedos estúpidos, cuando realmente eso no debía importarme más que a él mi alma.

Así que, en vez de darle una respuesta, decidí ser honesta y dejar de ocultar lo que sabía. Di, disimuladamente, un paso hacía atrás, con la intención de alejarme un poco, pero esto solo sirvió para hacerme quedar con la espalda contra un mueble y con Sebastian a menos de medio metro de mí.

-Creo que ella tiene un contratista –admití, un poco molesta aun, abrumada por el momento, pasándome un mechón de cabello por detrás de la oreja-. Ayer me dijo algo sobre "borrar la mancha de suciedad que somos en el mundo"… -Sebastian entrecerró los ojos, siguiendo mis palabras; estaba prestando atención y eso logró relajarme más, pero seguía sin mirarlo directamente-. Ella sabe sobre nuestro contrato; me lo dijo.

-La señorita Williams no es alguien arriesgada –consideró, llevándose la mano a la barbilla, mas tranquilo que antes. Parecía como si hubiera interpretado de manera correcta mi respuesta-, supongo que esas fueron tus razones para concluir que tiene un contratista.

Asentí con vehemencia.

-Puede que sea una estúpida, pero valora su vida lo suficiente como para arriesgarla de ese modo.

Sebastian esbozó una leve sonrisa; supongo que mis palabras hicieron un eco en las que él recitó hace un par de minutos, pero lo ignoré.

-Entonces creo que lo mejor, si deseamos averiguar que es lo que planea, es no hacer cambios en las parejas del baile –dijo, dejando caer la mano que estaba antes en su barbilla-. Eso nos permitiría obtener información más a fondo de lo que planea.

Fruncí el ceño; ¡maldita sea! Nuevamente tiene razón…

-No voy a pedirte, como un perro sin dueño, que cambies de pareja –repliqué, rechinando los dientes y apretando los puños-, pero si vuelves a avergonzarme de esa manera en el futuro… no te lo perdonaré… No pienso tener a mi lado a un bufón como sirviente.

El demonio abrió mucho los ojos, que dejaron de relumbrar con tonos violeta y volvía a ser del mismo rojo acostumbrado, como sorprendido por mi reacción, entonces, sonrió de una forma complacida. ¿Acaso estaba buscando este tipo de respuesta? Por su expresión, sabía que si, y en cierto modo, yo me sentí mas liberada diciéndole la verdad.

-Entiendo, mi lady –contestó con un tono de arrogancia, sin borrar la vanidosa sonrisa de su rostro satisfecho.

-Hay otra cosa –inquirí, ignorando la puntada de rabia en el estomago, provocada por su comentario anterior. Me crucé de brazos, tratando inconscientemente de protegerme. No me sentía aun totalmente cómoda diciéndole a Sebastian las cosas que sabía-, sobre Michelle. Puede que su muerte esté relacionada con los asesinatos que han ocurrido últimamente en la 112 de Whitechapel.

-La 112 esta abandonada –agregó mi demonio, alejándose un par de pasos, pasándose una mano por los negros cabellos.

-Pues no lo parecía la noche que… -estaba a punto de decir "la noche que casi muero", pero por alguna razón sospechaba que no iba a traerme nada bueno-… la noche que entré allí. Te daré unos viejos diarios que conseguí para que te informes.

Me alejé mas de él, caminando hacía la puerta. Necesitaba salir de la biblioteca, me sentía mas claustrofóbica con cada momento que pasaba, además, las cosas ya estaban yendo por buen rumbo… Aun así, no entendía porque no me sentía cómoda con las cosas. De verdad esperaba que Sebastian dejara a esa estúpida por su lado.

-¿Cómo supo que allí estaban sucediendo los asesinatos, señorita? –preguntó repentinamente el demonio, deteniéndome en mi camino. Abrí la puerta, volviéndome para verlo y contestarle.

Fue algo extraño, porque hacía mucho que no veía a Sebastian sonreía y ahora, pareciera como si no pudiese dejar de hacerlo. En esos momentos, estaba con una expresión casi divertida en su rostro pálido.

-Esa noche me encontré con tu fan numero uno –contesté velozmente, sintiendo un asco repulsivo al recordarme al travesti ese-, le robé la libreta de notas a Grell y así fue como llegué a la dirección.

-Ah, cierto –admitió, con una sonrisa aun mas amplia que la de antes, levantando ligeramente una ceja. Por algún motivo, sospeché que no saldría nada bueno de su boca-. Vino aquí esa noche mas tarde, buscando la famosa libreta –hizo una mueca algo cruel; supuse que, considerando las circunstancias, habría desahogado su ira y frustración con el molesto Shinigami-. Dijo que usted era una mocosa muy astuta. Por cierto, mi lady, ¿Por qué llevaba usted una foto mía consigo?

Cerré la puerta de un portazo, mientras la sonrisa de Sebastian se convertía en una autentica carcajada burlona, esperando que no hubiera visto el refulgente color rojo de mi cara.

o.o.o

La tarde transcurrió bastante tranquila después de la inesperada charla con Sebastian. Quizás eso era lo único que necesitábamos para que las cosas se tranquilizaran, pese a que aun estábamos muy lejos de ser autentico ama y sirviente. Yo sabía que él no confiaba totalmente en mí y yo, siendo honesta, no le tenía toda la confianza del mundo.

Además, bajo mi capa de calma aparente, seguía sintiendo ese miedo tonto a que saliese lastimado. Entonces me convencía a mi misma de lo siguiente; es un demonio, no morirá tan fácilmente. Y era cierto lo que él decía; yo había hecho un contrato con él.

Por primera vez en casi todo el mes de Febrero, almorzamos juntos, y se nos unieron Miranda y Eleazar, quienes refutaban por estar tan solos últimamente. Esto alegró el cierto modo el día, ya que luego de que el filete de pescado a la Nueva Orleans del chef recibiera los debidos elogios, escuchamos las trágica historia de como los ostiones terminaron escurridos por todas las paredes del interior del refrigerador. Sebastian estaba hecho una fiera, y de no ser porque las cosas estaban bastante tranquilas, se hubiera lanzado a estrangular a esos dos, pese a que Miranda no tenía nada que ver en eso.

Pese a que todo estaba bastante calmo, no volví a ver a Sebastian en todo él día luego del almuerzo, salvo que, a la hora del té, se apareció en la terraza, para avisarme que había pasado algo en el instituto de cultura. Al parecer una confusión en unos papeles de la mansión Phantomhive, de modo que debía acudir.

Yo asentí, resoplando, pero él estaba siendo de lo más amable. Supongo que si él se esforzaba porque las cosas estuvieran bien, yo debía hacer lo mismo si quería que lleváramos el contrato de la forma más normal posible. Pensé en insistirle que se llevara uno de los diarios consigo, pero quizás era mejor que los leyera cuando se encontrara tranquilo, de vuelta a casa.

Había estado tan concentrada tratando de que las cosas salieran bien en la biblioteca, que había olvidado preguntar a Sebastian que demonios había pasado en la cafetería, porque tenía la leve sospecha de que él había tenido que ver con eso. ¿Sería una forma demoníaca de liberar energía o rabia? No lo sabía, quizás no lo supiera jamás, pero, aun así, ese maldito demonio no había dejado claro si iría o no con Williams.

Apreté los dientes, removiendo la cucharita de plata de la taza con violencia.

Así que iba a jugar de ese modo: las cosas entre nosotros estarían bien, pero no dejaría de ir con esa tipa. Bien, si así es como pensaba jugar, este era un juego en el que podían participar dos. Ahora si, no tenía la menor razón para no darle un gancho al hígado.

Miranda se acercó a la mesita, levantando los platos con cuidado, debido a su fama de manos de mantequilla.

-¿El joven Sebastian volverá para el té? –preguntó, mirándome con sus grandes ojos castaños, sonriendo de oreja a oreja. Me escurrí en el asiento, sin saber a que venía su pregunta.

-No creo que vuelva antes de las diez –contesté, desinteresadamente. Regresé la mirada a la lata de galletas; tenía un bello y elegante dibujo de flores de lis -para mi gusto, las flores mas hermosas- y hojas de olivo, color plateado en un fondo azul medianoche.

Pensaba en los diarios, cuando, repentinamente, Miranda se sentó delante de mi, en la otra silla blanca, sirviéndose un poco de té en una taza que había sido preparada con anterioridad para Sebastian.

Aunque eran los sirvientes, yo jamás había insistido en que fueran tratados como tales; de forma rígida, disciplinados y usando un restringido uniforme. Todos ellos tenían bastante libertad en la casona, claro, con ciertos límites. Sabían su lugar perfectamente, no había que recordárselos. Aun así, no había ningún problema si se sentaban a tomar el té o cenar con Sebastian y conmigo; sobre todo a esa hora de la tarde, cuando ya no había mucho que hacer en la mansión.

-Ya veo –musitó, alargando la mano, algo dudosa, para tomar la lata de galletas con la que yo me distraía. La solté y ella sacó dos galletas rellenas de crema de avellana. Sentí una avasalladora rabia infantil interior cuando vi las galletas en sus manos: esas eran mis favoritas.

-¿Cuándo volverán esas tres? –pregunté, sin despegar los ojos de las galletas. No era que me importara, era solo que quería saber cuanto mas duraría la armoniosa paz que se extendía por toda la finca.

-Ahh… deberían llegar el próximo martes –admitió, tomando un sorbo de la pequeña tacita-. Quisiera que los días volaran; las echo mucho de menos.

Rodé los ojos, algo sínica, aunque era bastante normal que la pelirroja se sintiese de ese modo por sus compañeras. Minnie, a diferencia de las otras tres chicas, había llegado tiempo después a la mansión. Ella fue la última persona que fue contratada por Sebastian.

Lily, Miranda y Adelina habían llegado juntas, las tres con los mismos abrigos color camello, las faldas oscuras y entubadas a las rodillas, los guantes negros de piel, las medias oscuras y botas de agujetas y tacones color caramelo oscuro. Las recordaba a la perfección, porque esa imagen, me causó algo de miedo. Aun puedo recordarla a claramente: las tres chicas, iluminadas por la claridad reluciente del exterior, en contraluz en el umbral de la puerta principal. Todas con sus cabellos recogidos bajo los ushankas* negros y mullidos, sus ojos severos y apagados, las caras pálidas y cansadas. Las tres exhaustas y doloridas, como si hubieran estado vagando y hambrientas durante años. Por las ropas que traían puestas y las que meses mas tarde Minnie encontró en sus maletas, supuse que venían de algún lugar muy lejano y gélido.

Al principio eran terriblemente hurañas, pero poco a poco, fueron integrándose a la dinámica de la mansión con la mayor finura posible. Para ese entonces, el único que había sido contratado hasta el momento era Eleazar, quien rápidamente se familiarizó con Miranda y eso le ayudó mucho a la chica; por consiguiente, las demás se volvieron mas abiertas.

El chef era una broma andante; reía por cualquier motivo, hacía bromas de si mismo, hacía hablar hasta las piedras, así que naturalmente, hizo hablar a la silenciosa Miranda. Y, ¿cómo no hacer? Era casi imposible no querer a ese loco amante de los mangas, incluso yo sentía alguna especie de cariño fraternal por él, como el que debe sentirse por un hermano mayor, aunque rara vez interactuaba con Eleazar.

Sin embargo, Lily y Adelina eran harina de otro costal.

Adelina siempre, y cito palabras de la misma Miranda, siempre había sido callada y sigilosa. Difícilmente podrías sacarle plática, incluso sobre lo mas banal, lo cual hacía difícil la convivencia con ella, pero pese a todo era inofensiva. Cambió sus ropas oscuras por blusas de colores pastel en telas vaporosas y largos vestidos floreados y faldas campesinas de estilo vintage, que le conferían un aspecto clásico a su alargada figura. Pese a ser reservada, era bastante amable.

Lily era muy diferente; las tres eran terriblemente diferentes a su manera, pero Lily era quien mas miedo sembraba a su alrededor.

Los primeros días se encerró en su habitación, y ninguna de sus dos compañeras podía sacarla de allí. Una vez escuché a Eleazar decir que ella hablaba sola, discutía consigo misma; Miranda comentó una vez algo sobre que se comportaba como un animal rabioso y hablaba en sueños sobre matarnos a todos, sobre vísceras podridas y saliva sanguinolenta. Dos semanas después, la callada chica bajó echa un torbellino de energía que, hasta el presente, no hemos logrado calmar; esto fue tan alentador como aterrador, porque nadie sabía en que momento nos atacaría con una cuchara, tratando de sacarnos los ojos. Pero ella no lo hizo, no mostró ningún indicio de querer herirnos, ni siquiera a Sebastian cuando perdía la paciencia con sus juegos infantiles. Muy al contrario, era cariñosa, orgullosa de la nueva familia que tenía y, quizás, demasiado afectuosa para mi gusto.

Aunque en la mansión no pasaban mucho tiempo juntas, debido a sus distintas tareas en lugares diferidos de la mansión, podía notarse que, en el pasado, fueron excesivamente cercanas; era fácil notar la añoranza ahora en Miranda, que pasaba sus días vagando por el jardín y la mansión.

-¿Hace cuanto que las conoces? –pregunté, pensando que nunca había sabido eso. La pregunta pareció tomarla por sorpresa y dio un respingo.

-Mmm… bueno, unos cuatro años –contestó dudando, pasándose una mano por el cuello y la nuca. Sonrió con nerviosismo, con inocencia-. Supongo que no es mucho tiempo, pero nos conocimos en situaciones… mmm adversas y ellas me ayudaron demasiado.

-No andabas por allí volando autos como Alistair, ¿o si? –ella soltó una risotada, animada ahora con el té y la plática. Siguió carcajeándose un buen rato, así que pude agarrarme todas las galletas rellenas de crema de avellana disimuladamente, antes de que ella se las comiera todas.

-Así que ya sabes de nuestro Dominic Toretto* particular –comentó divertida, una vez que su ataque de risa desapareció casi por completo. Pareció notar que algo faltaba, pero no le dio importancia.

-Mientras no trate de cruzar el semáforo antes de que pase el tren, todo esta perfecto…** -contesté, invadida por una sensación ligera por la misma conversación.

-Está bien –dijo sonriendo, agitando la pequeña cucharita de plata dentro de su té. Su sonriente rostro se había transformado repentinamente en una expresión de leve melancolía y un rubor pintó sus mejillas-. Al menos él tiene bastante audacia como para hacer cosas arriesgadas…

No entendí lo que quería decirme, hasta que, como caída el cielo, una idea me golpeó en la cabeza. No era difícil darse cuenta de a que se refería cuando sabías quien era una de las personas mas cercanas a ella en la mansión; claro, luego de sus dos compañeras.

Me arrimé sobre la mesa, clavándole los ojos. Ella parecía bastante nerviosa y confundida. La respuesta me tomó por sorpresa.

-¿Qué? –musitó, moviendo sus ojos rápidamente de un lado a otro.

-Te gusta Eleazar –le solté, sin siquiera molestarme en hacer la frase una pregunta. Ella se puso roja de pies a cabeza, dando tal respingo que la tacita salió volando por los aires y se hizo trizas en el suelo. Estaba en lo correcto; la idiota no podía ser mas obvia…

-¡¿Qué?! ¡Ah, el es solo un amigo! ¡¿Por qué dice eso?!–preguntó, cubriéndose la cara con las manos. Sonreí con malicia; seguramente en mi vida anterior había sido alguna especie de detective, ¡já! Ella tomó mi sonrisa como que ya sabía todo, aunque la verdad era que no, pero sabía que era difícil estar equivocada cuando su lenguaje corporal lo decía a gritos-… ¿es tan obvio?

-En realidad no lo es –me apresuré a decir. Pensaba en dejarla irse con el nervio, pero quizás acabara destrozando todo con su torpeza-. Deberías decirle.

Me puse de pie; la noche comenzaba a mostrar sus primeras estrellas en el cielo oscuro. Pronto saldría la luna. Debían ser poco más de las seis de la tarde, de modo que era hora de entrar y leer algo de esos malditos diarios. Necesitaba avanzar lo más posible.

Arrimé la silla hacía atrás, poniéndome de pie. Caminé hacía la puerta corrediza de cristal, cuando Miranda gritó algo desde la terraza, con una sonrisa iluminándole la cara:

-¡Usted también debería decirle al joven Sebastian! –exclamó y me guiñó un ojo, bastante divertida.

Enfurruñada, comprendí inmediatamente a que se refería, así que gruñí y me metí, no sin antes aporrear la puerta con todas mis fuerzas, a la mansión. Esa chica no iba a olvidar mi incidencia con la ropa de Sebastian nunca en la vida. O peor, no me dejaría a mí olvidarla.

Me apresuré escaleras arriba, refunfuñando entre dientes que no se podía ayudar a la gente sin que te dijeran una estupidez. Una vez que me encontré a salvo en mi habitación, hurgue en mi mochila hasta encontrar el diario que había estado leyendo anteriormente. Lancé mis zapatos a algún rincón desconocido y me acosté sobre la mullida sobrecama.

Comencé en la hoja siguiente:

1 de septiembre de 1905

"Es la segunda semana que Babette trae a Lydia para que le ayude con los sacos de oro. Desde aquella noche que tuvimos el infortunio de ver ese espíritu blanco pasearse por el pasillo, ahora diario la visión se repite. El piso se abre, la niña nos da los sacos y salimos corriendo de allí como unas ladronas.

Con cada día que pasa, siento más y más miedo, un profundo pánico que me llena el corazón y el alma. Siento que me alejo de Dios, siento que juego con fuego y comienzo a meterme con algo que no podré detener yo sola. Y sé que las cosas están mal, que algo maligno serpentea por los corredores de la casa, porque las cosas han cambiado.

Robert, el mas chico de los varones, últimamente se despierta a media noche, diciendo que un niño, un niñito de su edad lo persigue en sueño y le jala la ropa. Silvie escuchó cuando se lo contaba a uno de sus hermanos mayores, quienes se petrificaron.

Mas tarde, Silvie lo comentó conmigo y Dolly nos explicó que el pequeño Robert estaba siendo acosado por un espíritu; el único hijo que el señor Bell había podido concebir con su enferma señora.

Tenía solo tres años cuando murió. Hemofilia, un pequeño corte y el niño se desangró antes de llegar al hospital. Era un varón, de cabello castaño oscuro, como el señor Bell, a diferencia de los demás, que eran pelirrojos.

Pero no entiendo porque el señorito ve a su hermanito. Por lo que dice Dolly, el pequeño Robert no tenía mas de cuatro años cuando murió, no debería recordarlo, además, ¿no se supone que ese niño debería gozar de la gracia? ¿No debería estar con los ángeles?

Tengo la amarga sensación de que esto tiene que ver con lo que Babette hace…

¿Qué tal si solo estamos terminando de llenar de amargura esta pobre casa? ¿Qué tal si somos nosotros la causa de la perdición de estas almas? No podría seguir con esto…

Mañana hablaré con Silvie y Dolly, les diré la verdad y espero que ellas comprendan mi miedo y puedan decirme que hacer."

Pasé rápidamente a la siguiente página, examinando las palabras. Había algo en esa última narración que me parecía familiar con la realidad. Algo de eso era comparable con "algo" del presente. Supuse que solo era una idea tonta, de modo que me apresuré a seguir leyendo.

7 de septiembre de 1905

"Ha pasado algo terrible: la señora Bell, la dulce mujer atormentada por su pasado, ahora podrá descansar en paz.

Anoche, a eso de las ocho de la noche, sus enfermeras la encontraron sentada en su sillón de terciopelo, con las agujas de tejer entre las manos, sobre el regazo. El ovillo de lana azul estaba en el suelo y la rubia mujer, con los ojos verdes abiertos de par en par, clavados en la ventana, con la quijada desencajada, yacía muerta y pálida, sentada y quieta, como solo la muerte puede dejar un cuerpo…

Trataron de revivirla, de hacerla volver, pero cuando llegó el médico, este dijo que nada se podía hacer. Quizás había sufrido un paro cardíaco, ya que no había señales de que se hubiera ahorcado o intentado suicidarse. Parecía que la muerte había llegado naturalmente a ella, en una tarde tranquila…"

Tuve que detenerme y releer lo anterior: "los ojos abiertos de par en par… con la quijada desencajada… la muerte natural…"

Sin duda, la muerte de la señora Bell estaba relacionada con los presentes asesinatos en la 112. Fuera lo que fuera que hubiese matado a aquella mujer, estaba cometiendo los mismos crímenes en este entonces. Michelle había sido victima de uno de ellos, o al menos, eso pensaba hasta el momento.

Si tenía alguna sospecha de que el asesino fuera una persona normal, ahora se habían disipado todas y cada uno. Estaba tratando con algo sobrenatural; algo que le arrancaba la vida a sus victimas con suma facilidad.

Aferrada al diario, con las manos frías, me obligué a seguir leyendo.

"Esta mañana la enterraron, luego de velarla toda la noche. Fue la primera vez que la vi, calmada y entregada al sosiego. Era una mujer hermosa y peinaron su espeso cabello rizado sobre sus hombros, en una cama de pétalos de rosas rosadas y blancas. El ataúd era de madera fina y acaramelada, con una cruz plateada sobre la tapa. Su hermano dijo que algo sobre que era un ataúd bello, que solo hubiera soportado enterrarla en algo tan lindo como eso. Algo que igualara su belleza.

Nos fuimos todos, afligidos, mientras los niños rodeaban a su padre y a su abuela, sujetando sus manos. Lydia escondió su rostro en el cuello de su abuela, mientras que los demás niños lloraban, abatidos.

Llegamos a casa casi al medio día, la tarde estaba pintada de gris. Se me encoge el corazón solo de pensar, que esa mujer nunca llegó a saber lo que hace aquella bruja con su hija, aunque quizás es mejor así.

No acababa de quitarme los pesados zapatos negros, cuando Babette apareció en la puerta, algo apesumbrada, solo para decirme que estaba decidida a parar la locura que hacemos cada noche. Al parecer quiere volver a Nueva Orleans y, con el dinero que tiene, es más que suficiente para pagar su boleto de barco para cruzar el océano atlántico. Esa noche sería la última vez que tomaría los sacos del agujero.

Traté de convencerla de lo contrario, por respeto a la muerte de la señora Bell y por respeto a la misma señorita Lydia, pero ella se negó. La última vez será esta noche. Quisiera poder decir algo, a Dolly o a Silvie… pero me temo que con el repentino fallecimiento de la señora, dudo que se tomen las cosas bien."

Un escalofrío me recorrió la espinal. De pronto, un frío me invadió, la sensación de que alguien me observaba desde atrás era tal que tuve que bajar el diario, cerrarlo y tratar de relajarme. Comenzaba a temerme que ese libro traía consigo más que simples temores e historias.

Esa idea me hizo sentir un vacío en el estomago, así que decidí tratar de ahondar en conclusiones.

Comenzaba a tener sentido, de una forma extraña; quizás la sirvienta si despertó algo allí, algo que mató a la señora Bell y luego decidió cometer los asesinatos. Sin embargo, ¿Por qué comenzó ahora? Han pasado casi cien años desde que fuera lo que fuera lo que se desató en la mansión Bell esta libre; los asesinatos comenzaron hace… creo que hace unos tres o cuatro meses, no estoy segura. Los primeros periódicos que hablaban del tema comenzaron a salir durante el tiempo que estuve en la mansión, luego del asesinato de mi amiga. Recuerdo haber leído algo sobre eso una mañana, mientras Sebastian me servía el té del desayuno en mi habitación.

¿Por qué un espíritu esperaría tanto tiempo para hacer eso? Sonaría estúpido, pero quizás solo estaba aburrido. O, tal vez, estaba esperando algo. Algo que se liberó posiblemente en esos últimos cuatro meses. No obstante, ¡podría tratarse de cualquier cosa! Desde algo que haya cambiado en el viento, un gato que pasase por allí, o algo que se hubiera derrumbado repentinamente…

¡Derrumbado! ¡Eso era!

Me lancé en pos de mi mochila escolar, dando un salto para bajar de la cama; abrí el cierre delantero, sacando un iPhone de la última generación –otra adquisición por parte de Sebastian-, buscando el número de mi famoso demonio. Lo encontré y presioné "llamar"; mientras escuchaba como marcaba, regresé de forma casi violenta a la cama, al tiempo que recostaba la espalda contra el cabezal de la cama.

-¿Qué pasa, señorita? –contestó, con su habitual voz de terciopelo.

-Sebastian, ¿aun estás en el Organismo de cultura? –pregunté, con una nota de esperanza en mi voz.

-Si, al parecer, las cosas llevaran mas tiempo que el previsto –inquirió, pude notar que estaba aburrido.

-Excelente –exclamé; le sentaría de maravilla mi petición-. Necesito que investigues algo en los papeles de allí.

Él soltó una risa gutural.

-Justo lo que necesitaba –agregó, casi divertido, como si le hubiera salvado el maldito día con mi llamada-. Diga.

- Necesito que busques cuando comenzó, exactamente, los proyectos de la remodelación de la 112 –dije, pensando en si debía agregar mas detalles-. Cuando, quienes estuvieron involucrados, que tanto se ha remodelado; lo mas posible.

-¿Qué espera encontrar?

-Alguna pista que me lleve a Michelle –musité, tratando de no prestar mucha atención al nombre-. Grell dijo que el asesino de Kate Bingley y Shelby Freeman, las chicas que aparecieron ayer en la avenida, estaba relacionado en esto. Aunque tengo la sospecha de que no se trata de un culpable humano, puede que los procesos de remodelación hayan despertado algo en la 112.

-Si es así, podría tratarse de cualquier cosa –contestó, algo preocupado-, una demolición, la cuarteadura de una pared, la tala de algún árbol; sería como buscar una aguja en un pajar.

-Lo sé, pero lo que encuentres puede sernos de ayuda –murmuré, pensativa.

-Si, mi lady –y colgó abruptamente.

Aunque no estaba segura de que encontrara algo decente, había que tratar. Me pregunté que tanto podríamos encontrar, en realidad, no lo sabía. Me sentía bastante perturbada luego de estar leyendo esos diarios, aunque tenía la fuerte curiosidad de saber que pasaba luego de esa última noche y honestamente, tendría que leerme otro buen pedazo del diario para saber. Prefería esperar el día siguiente. Quizás debería empezar a leer de día.

o.o.o

-¡Cielos, Ellie! –exclamó David al verme. Pensé que así como estaba, hurgando en mi casillero, con la cara cubierta por la puertecilla, no me vería, pero desgraciadamente me equivoqué. Cerré el casillero con rabia-, ¿Qué le pasó a tu cara? ¡Podría esconder dulces en tus ojeras!

-Pesadillas… -murmuré, entrecerrando los ojos. De verdad no tenía ganas de lidiar con ninguno de ellos. ¿Acaso era mucho pedir que me dejaran sola hasta el desayuno? Luego de mi divertidísima noche de pesadillas realistas y de vividos colores, no tenía ganas de nada más que estar en completo silencio. Daba gracias a Dios que era viernes; al menos tendría el sábado para descansar antes del maldito baile.

La noche anterior me dormí antes de que Sebastian llegara. Últimamente tenía un sueño pesadísimo y podría quedarme dormida en cualquier sitio. Era algo raro, pero quizás solo tenía un problema nocturno.

David se situó a mi lado para avanzar por el concurrido pasillo. La gente normalmente a esa hora hablaba más de lo normal, así que hice un esfuerzo por no ponerme a gritar. De verdad necesitaba algo de calma.

-¿Pesadillas? –preguntó, pero al no obtener respuesta, se encogió de hombros-. Eso te pasa por leer esos horribles diarios de Gus

Pensé en contestarle que era una investigación, que no lo hacía por gusto, pero seguramente me sacaría más información de la que necesitaba. Aquel chico podía ser tan escurridizo como una rata.

-Aunque sería divertido ir a cazar fantasmas a la 112 –agregó, rascándose la cabeza como si fuese un mono.

-Si, si quisieras acabar como las chicas de los asesinatos –murmuré, girando los ojos, tratando de mantener mis pies moviéndose. Esperaba que David no hablase en serio con eso de cazar fantasmas a la 112. Avanzaba rápidamente cuando, una voz no muy amistosa, me llamó por detrás.

-¿Señorita Bennett? –la reconocí inmediatamente y mis pies se clavaron al suelo como pegamento. David me miró, confundido.

Me volví muy despacio, maldiciendo dentro de mí. No podía ser posible que mis problemas comenzaran tan temprano.

Claude Faustus estaba parada detrás de mi, con una camisa de botones blancos, pantalón negro, con los ojos de serpiente incrustados en mi rostro. Me invadió el pánico y recordé mi plan maestro para vengarme de Sebastian. Aunque en esos momentos, no parecía tan genial como antes.

-¿Si? –pregunté, tratando parecer tranquila. David murmuró un rápido: "nos vemos luego", para después salir huyendo. Era normal; no le agradaba Claude para nada.

-¿Puedo hablar con usted? –preguntó, abriendo la puerta de un salón, haciéndome un ademan para entrar. Podría haber dicho que no, pero era mi oportunidad de oro si quería hacer a Sebastian pagar por la vergüenza que me estaba haciendo pasar al ir con esa estúpida de Williams.

Entré, caminando despacito, mientras Claude cerraba tras de mi. Pasó a mi lado con sus largas zancadas, y se detuvo frente al escritorio casi vacío. La luz de la ventana le daba de frente y creaba una sombra de su figura en el suelo que resultaba aterradora.

-Escuché algo que dijo en la cafetería, ayer –comentó, levantando un libro. Leyó el encabezado y luego lo dejó sobre el escritorio.

El salón estaba vacío, las sillas en orden y yo sentí que en cualquier instante, Claude trataría de mal violarme allí mismo. De acuerdo, quizás violarme, pero intentaría algo peligroso para mí.

-¿De que hablas? –dije entre dientes, haciéndome la tonta.

-Me parece de mal gusto que una señorita como usted ande por allí, regando mentiras –murmuró, ronroneando las palabras. Pasó su mano por el escritorio, mirándome de reojo, con una sonrisa en sus labios.

Me enfurruñé pero, aunque quería con todos mis fuerzas soltarle la bomba de una buena vez para largarme de allí, no lograba musitar las palabras: "quiero ir con usted al baile por venganza". Sonaba igual de tonto que lo que pensaba decirle a Sebastian.

-Fue un ataque de rabia… -mascullé, tratando de parecer lo mas tranquila posible. Pero Claude parecía decidido a hacerme dudar. Daba la impresión de que disfrutaba lo que estaba haciendo.

-Ah, de modo que eso de ir conmigo al baile… -mierda. Eso me hizo dudar aun más. Necesitaba soltar las palabras ya, antes de que la plática se fuera por otro rumbo y tuviera que buscar el momento yo misma. Estaba explotando al máximo mi suerte-… no era mas que una broma.

Él se dio la media vuelta, mirándome fijamente con sus amarillentos ojos, como dos esferas de ámbar. Hacía mucho que no lo veía tan detenidamente, desde la obra de navidad. Había olvidado lo endemoniadamente atractivo que era, por no decir, peligroso.

Claude vio la duda en mi rostro, vio el titubeo y eso fue lo más que necesito para caminar dos pasos en mi dirección. Tuve que morderme los labios y controlar mis nervios para no retroceder instintivamente.

-O es que, acaso… -se acomodó las muñequeras de las mangas largas, y el movimiento hizo que se viera un leve asomo de la piel de su pecho. ¡Maldita sea, Elisse, concéntrate! -… ¿Quisiera que aquel comentario fuese mas que una simple broma? –propuso, con una sonrisa macabra y una mirada penetrante. Sus ojos ámbar, fríos y desafiantes, se clavaron en mi como siempre solía hacerlo antes de la obra. Tragué saliva ruidosamente –Porque, déjeme decirle, que yo sí…

Entreabrí la boca, pero no salió ni un sonido de ella. Me sentía mas aterrada que seducida, lo cual, hasta cierto punto, era bueno, pero no dejaba de ser terriblemente incomodo. Me pregunté como pasaría cuatro horas en el baile junto a ese demonio pervertido.

Él sonrió aun más, de una manera casi irresistible, y paso caminando junto a mí, para salir del salón vacío. Me mantuve firme, aunque, cuando estaba a dos metros de mi, consideré seriamente protegerme con los brazos, solo por si acaso.

-Búsqueme antes de la hora de salida –murmuró, antes de salir por la puerta- y déjeme saber su respuesta.

Temblé irremediablemente cuando la puerta se cerró, tras de mi y, con un suspiro, solté el aire que había retenido en todo ese rato, encorvándome con ligereza. Necesitaba salir de allí lo antes posible.

Sin embargo, eso no iba a suceder, ya que, cuando estaba dos centímetros de tomar el pomo de la puerta, alguien más abrió de golpe, casi con rabia, de modo que tuve que retroceder para que la misma puerta me golpease.

Edward entró, hecho una furia, cerrando tras de él. Se quedó mirándome dos segundos y, antes de que yo intentara hablar, caminó hacía mi, y con dos zancadas, ya estaba plantado casi sobre de mi, tan rápido que no tuve tiempo de pensar.

-¿Qué hacías con el profesor aquí dentro? –preguntó, súbitamente, mientras yo me quedaba en una pieza. Parecía molesto, casi iracundo. Tuve la sospecha de que estaba celoso. Estaba tan impresionada que apenas pude articular palabra.

-¿Qué? –repliqué con brusquedad.

Levanté las manos para empujarlo, alejándole un poco de mí. ¿Qué demonios les pasaba a todos? ¿Cuál era el punto de empotrarme y acorralarme? Sentí un reflujo de nausea cuando se acercó, así que me alejé por las mesas, tratando de librarlo.

-¿Qué demonios te pasa? –inquirí, sorprendida por la reacción que había tenido él. Edward me miraba casi con suplica, pero la rabia estaba tatuada en sus ojos verdes. El salón vacío hacía eco de las voces- ¿Quién te crees para entrar así por la puerta, preguntarme que estoy haciendo? ¿Me espías acaso?

-No lo hago –masculló indignado, pero habían muchas grietas en su voz y su expresión-. Y no estoy siguiéndote, si es lo que piensas. Solo quería hablar.

-No sé porque no me siento muy convencida de lo que dices –refuté, cruzándome de brazos, clavándole los ojos. Él apretó los puños, como si mi respuesta le hubiera caído como un bofetón. Quizás debía sentarle uno para calmarlo.

-Elisse, ¿de verdad no vas a regresar conmigo? –preguntó, subiendo la voz, sacudiendo los brazos, con los ojos abiertos como platos por el coraje y la bilis.

Se me desencajó la mandíbula, la sorpresa era tan grande que… vaya, no sé como explicarlo. Un sentimiento que hacia mucho no albergaba, revoloteó dentro de mí. Aquella urgente sensación de hacerlo sentir como un gusano llenó todos mis sentidos.

Sonreí, de una forma socarrona, tan divertida como enojada. Pedazo de imbécil…

-¿De verdad sigues pensando de ese modo? –escupí, adelantándome hacía él, con una risa sarcástica enredada en mi boca- ¿de verdad crees que regresaré con un insignificante insecto como tu? Eres un parasito, Edward… -mascullé, acentuando cada silaba-… un parasito que detesto con toda mi humanidad…

Me había acercado demasiado, y ahora, con el empuje de odio que había inyectado en su sistema, había resultado contraproducente. Edward se lanzó sobre de mi, sujetándome los brazos con una fuerza estremecedora que me paralizó.

-Tú eras mía, y aunque me odies, ¡yo sigo pensando así! –gruñó Edward, sacudiéndome y los dientes me castañearon. Ahora, estando cerca de él, sentí un leve efluvio que salía de su boca. Él idiota estaba medio ebrio.

-¡Edward, déjame! –chillé, tratando de soltarme, pero él volvió a sacudirme y se adelantó hacía la pared, tratando de azotarme contra la pared de cemento. Apreté los dientes para prepararme para el tremendo porrazo…

Pero en vez de eso, las manos de Edward me soltaron súbitamente; la perdida de presión me provocó dolor, sin embargo, no tuve tiempo para ocuparme de eso, ya que delante de mi, mi ex novio idiota estaba tratando de librarse de alguien. Alguien que lo tenía bien agarrado con una llave alrededor de su cuelo y le impedía moverse adecuadamente.

Reconocí el pelo rubio y despeinado en el momento en que pude enfocar los ojos.

-¡¿Brad?! –chillé, pasmada de ver al chico enredado en una pelea; me había parecido tan tranquilo anteriormente. Nunca se me había pasado por la mente que pudiera golpear así a alguien. Edward lanzaba golpes a diestra y siniestra, mientras que el rubio solo trataba de tirarlo al suelo, sin herirlo.

No había notado que Brad era casi tan alto como Sebastian, mientras que Edward parecía una lombriz a su lado, muchísimo más delgado y un tanto mas bajo.

Fuera como fuera, uno de los golpes alcanzó a Brad en el estómago, supuse que Edward le había pegado con el codo, porque el rubio puso una mueca extraña, como si se hubiera extraviado su visión, como si no pudiese enfocar su mirada en un punto definido, de modo que Edward aprovechó para asentarle un buen golpe directo en la cara, que casi tumbó a Brad al suelo, pero se estabilizó antes de tocar el piso.

Edward puso una expresión de triunfo, pero no le duró mucho, ya que Brad se irguió en un segundo, con los ojos brillantes de ira, limpiándose en hilo de sangre que le escurría por la nariz y el labio. Edward, como tratando de sacar ventaja, quiso arremeter antes de que su oponente se recuperase por completo, pero Brad parecía tener muchísima mas experiencia esquivando golpes debido al fútbol americano, así que se inclinó y le atestó un puñetazo que sonó bastante feo. El asqueroso gusano quedó tendido en el suelo, apenas pudiendo moverse. Trató de levantarse, pero trastabilló y cayó de nuevo.

Yo estaba tan aturdida, asombrada y atónita que tenía la boca abierta como una verdadera imbécil. No podía dejar de ver a Edward en el suelo. Nunca antes dos chicos se habían peleado por mí, de modo que… bueno, no sé. Esto era como ver una película. Quizás me hubiera quedado allí toda una hora viendo al idiota de mi ex tratando de ponerse de pie, quizás incluso le propinase una buena patada, pero el rubio me dio un jalón.

-¡No hay tiempo para tomarle fotos, preciosa! –farfulló Brad, tomándome por la mano y arrastrándome rápidamente fuera del salón como quien arrastra un saco vacío.

Avanzó a toda velocidad por el corredor, limpiándose la sangre del rostro con el dorso de la mano, tratando de fingir que todo estaba bien. La gente nos veía, extrañados, pero no me importaba; yo seguía maravillada de que finalmente alguien le hubiera dado a Edward la paliza que yo no podía darle personalmente, tanto que apenas noté el atrevido "preciosa" que me dirigió.

El capitán de fútbol se detuvo cerca de los baños, luego de avanzar por unos cinco minutos seguidos, en un corredor que era poco transitado, mientras yo ya había recuperado la cordura y prestaba atención a la situación.

Ahora, pensándolo bien, íbamos a meternos en problemas si Edward acudía con Angelina, la directora. Sería bastante fácil fingir su resaca con los puñetazos que ya tenía encima y no había un testigo que dijera la contrario, aunque podría sacar buen uso si se me llegaban a marcar los hematomas en lo brazos.

Le eché un vistazo a Brad, quien asomaba repetidamente por el pasillo contiguo, con la espalda apoyada en la cara lateral de unos viejos casilleros, temiendo que alguien llegara y nos viese. Pese que trataba de mantener el porte varonil que siempre tenía, tenía la nariz en sangre, una herida con la forma de su diente era bastante visible en su labio inferior y los nudillos se le habían hinchado.

-Déjate en paz la nariz –le solté a Brad, quien se pasa una y otra vez la manga por la nariz sangrante, en un inútil intento de detener la hemorragia.

Encontré un paquete de pañuelos desechables en el bolsillo de mi blusa, así que tomé una, la hice una bolita y la presioné cuidadosamente contra la aleta de su nariz. Las manos me temblaban ligeramente; estaba, tal vez, muy acostumbrada a vivir con un demonio que podía romperse un brazo y estar totalmente sano en dos horas, que me olvidaba de lo verdaderamente vulnerables que somos nosotros, los humanos.

-Es inútil –dijo, sorbiéndose la sangre, ahora toqueteándose la barbilla, donde la sangre comenzaba a secarse –me va a quedar hinchada de todos modos. Se desinflamara en un par de días –me miró con curiosidad; todo su pómulo izquierdo estaba empezando a tomar una suave coloración rojiza.

-Con algo de hielo disminuirá la hinchazón –indiqué, pasando mi otra mano por su mejilla -, pero no hay mucho que puedas hacer por la mejilla; tendrás un hermoso hematoma mañana por la mañana.

-Es igual –soltó, con su famosa sonrisa torcida. Al menos la nariz dejaba de sangrarle, aunque no podía decir lo mismo por su labio, demonios; comenzaba a sentirme culpable. Brad se había ganado una buena paliza por mis impulsos de agresividad y mi falta de prudencia. Aunque me sentía agradecida, sabía que él no se lo merecía; sin embargo, definitivamente podía mantener a raya mi culpabilidad debido a que yo no se lo había pedido. Pensé esto y me sentí egoísta -, al menos eso puedo disimularlo con maquillaje.

Fruncí el ceño al escuchar eso último, aunque aun así, se me escapó una risita gutural. ¿Estaba diciéndolo de verdad? Brad esperó mi respuesta, con la picardía bailoteándole en los ojos.

-¿Hablas enserio? –quise saber, algo escéptica. Él sonrió más ampliamente; tenía una sonrisa avasalladoramente dulce -. No pensé que fueras tan amanerado.

-¡Es una broma! –agregó, ladeando la cabeza para que pudiera alcanzarlo más fácilmente. Buscó algún atisbo de gracia en mi rostro, con sus ojos muy azules, pero al no encontrarlo gruñó-. Vamos, ¿de verdad no puedes decir nada amable? Seré feliz con un: "gracias por ayudarme, guapo".

-Bien… gracias por ayudarme –espeté, reprimiendo una sonrisa. Era algo extraño, el hecho de no querer soltarle una letanía de insultos por las cosas que decía, aunque probablemente fuese por el hecho de que él le buscaba a todo el lado divertido. Brad debió notarlo, ya que levantó las cejas, esperando algo más. Lo miré con desafío-. No pienso decirte "guapo".

-Bueno, al menos agradeciste, eso es un avance –comentó divertido, metiendo sus manos en sus bolsillos. Continuaba mirándome de una forma que intimidaba, aunque su cara tenía un atisbo de inocencia que resultaba adorable; me observaba el rostro, el cabello y los labios. Pensé en eso último y no pude evitar sonrojarme. ¿Por qué rayos me miraba así? Quizás era el momento ideal para mandarlo a freír espárragos.

-¿Estas bien? –preguntó y yo bajé la cabeza para que no viera el color fosforescente de mi cara. Maldita sea, este no era momento para esas cosas. Pensé que se refería a mi rubor súbito, pero enseguida, sus manos, me frotaron los brazos. Quizás hubiera sido mejor que notase mi rubor-. Ese idiota… espero no te haya lastimado.

-No te preocupes –murmuré, pegando mi mejilla contra mi hombro, mirando hacía un lado, evitando la confrontación visual y alejándome disimuladamente, ya que actuar de una forma brusca solo me haría parecer mas grosera de lo que ya era. Ya había pasado suficientes vergüenzas para un día-, estoy bien, soy bastante dura como para un inepto como él. Tendrá que hacer más que eso para quebrantarme.

-Eso nadie lo duda, preciosa –admitió, retirándome el cabello de la cara. Más rubor. Fruncí la nariz-, pero evita meterte en tantos problemas.

Sentí una agitación terrible en el pecho; si no me iba, probablemente saldría corriendo en cualquier momento por los nervios o, peor, abofeteándolo.

-Eh… escucha, tengo que irme –dije, casi en un susurro, bajando las manos y entregándole el paquete de pañuelos desechables. Lo miré; estaba peligrosamente cerca de mi y eso me hizo sentir mas nerviosa-. Gracias por todo. Fue algo muy… amable de tu parte. Nos vemos…

Me alejé de él antes de que pudiera hacer algo más, a toda prisa. Creo que murmuró una despedida, pero no le presté atención; lo ignoré con la esperanza de que la sensación de nerviosismo desapareciera.

Tenía una decisión que tomar antes de la salida. No podía distraerme con nada, mucho menos con los azules ojos de Brad Anderson.

o.o.o

Mis pensamientos no dejaron de fluir, ni siquiera durante la hora del almuerzo. A penas y pude disfrutar mi desayuno con todo lo que pasaba por mi cabeza. Siendo hoy viernes, es mi única oportunidad de decidir si debía atacar directo al hígado de Sebastian o no. Y, debo ser honesta, aunque me moría de ganas de ver la cara de mi demonio cubierta de rabia, sabía que no iba a beneficiarme en nada, aunque claro, podía hacer uso del contrato para contrarrestar los efectos que eso tuviera.

Además estaba el tema de Claude Faustus. Poseía la leve esperanza de que las cosas, el trato de él hacía mi y viceversa, fuera mas fácil, pero, por como el orden que las cosas siguieron esta mañana, dudó que vaya a ser una noche tranquila. Me preguntaba que tan conveniente sería y que tanto daño haría.

El daño masivo que yo buscaba, iba a tenerlo únicamente si podía actuar como si las muestras de afecto de Claude durante la noche –porque estaba segura de que esa pervertido buscaría la forma de sacarle provecho al catorce de febrero, de una manera y otra-, fueran totalmente deseadas y aceptadas por mi. Tendría, no solo que disimular que me encantaba y aguantar, sino ser igual o más cursi y afectiva de lo que él iba a ser. De lo contrario, saltaría de la sartén para echarme al fuego; Sebastian sentiría más lástima que rabia por Claude y yo terminaría siendo el hazmerreír de todos; cosa que estoy segura, no le haría ninguna gracia a mi romántica directora.

Por otro lado estaba Brad. En cierto modo, sentía que tenía una deuda con él; no solo se había arriesgado a recibir una buena paliza, sino a ser suspendido en algún partido por su comportamiento. Y, lo más seguro, era que el futbol fuese una de las cosas que mas amaba en la vida. Él era… bueno, un buen chico; hasta donde le conocía. Honestamente no me sentía del todo cómoda con él, pero sería una bastante buena alternativa para darle una letal dosis de veneno a la estúpida de Abigail.

Sin embargo, no tendría el mismo efecto con Sebastian y así, no tenía el menor chiste.

Continúe pensando. Pensé y pensé hasta que la cabeza me dolió. Pero al final, luego de darle mil vueltas al tema, tomé la decisión final. Esperaba que fuera una buena decisión, porque ya no habría marcha atrás.

Apenas el timbre de salida hizo acto de presencia, salí como alma que lleva el diablo a la planta baja –mi salón esta en la planta alta-, buscando el salón donde él estaría. Rogaba porque no se hubiera marchado temprano, aunque normalmente él y los demás se quedaban a alguna junta en la dirección.

Finalmente, encontré el aula que buscaba. Tomé una bocanada de aire y, sin pensarlo mas, entré de un golpe. Los alumnos ya habían abandonado el salón y solo quedaba él.

Antes de que fuera capaz de decir algo que me incomodara o me hiciera querer huir, hablé.

-Me he decidido… -dije, estrujándome las manos, tratando de fingir una sonrisa, pero me salió fatal. Él me miró algo confundido, pero sin duda había una nota de confianza en sus ojos. Me estrujé los sesos hasta que pude avanzar dos pasos en su dirección, pero no pude avanzar más, porque los nervios comenzaban a surgir-: Iré al baile contigo…

La decisión estaba tomada…

o.o.o

*Ushankas: son sombreros típicos de rusia, hechos de piel :)

¿Qué les pareció? Dx ¿les gustó? Se aceptan tomatazos al dos por uno :( jajaja solo no me maten T.T

Disfruté mucho escribiendo la parte de la madriza a Edward jajaja se lo merecía ese imbécil :) muajajaja es venganza en fanfics xD jajajaja

Lo de las galletas rellenas de crema de avellana (nutella), fue algo que se me ocurrió recientemente. Verán, últimamente he estado analizando a Elisse (gracias al comentario en un review sobre que no la alimentaba –tu sabes quien eres, de verdad siento no mencionar tu nombre :( pero no encontré el review por mas que busqué, aunque muchas gracias por la observación n.n), y creo que, pese a tener un carácter definido (pleitista, orgullosa, déspota y algo estricta con la gente), me he dado cuenta que no le he puesto casi intereses, mas que las galletas, el té y las pinturas de Monet. Así que me he decido a llenar mas su personalidad a partir de este capitulo :)

Bueno, vayamos con los avances:

Capitulo XXII: Ese mayordomo, el inicio de la tormenta

"-Las remodelaciones comenzaron el dos de octubre del año pasado… -murmuró Sebastian, entregándome la carpeta color manila en las manos. La fecha me inundó de recuerdos…-. Dos semanas antes de la muerte de Michelle…"

.

"-Profundamente degradante –afirmó Claude y yo sentí un vacío en el estómago-. …Aun más denigrante, depresivo y deshonroso para Sebastian, que viese a su ama mientras otro demonio esta interactuando con ella de una forma poco reservada, como lo esta presenciando en este momento…"

.

"-¿Qué dices? –inquirí, sintiendo mi sangre helárseme en las venas… David y Alph… Gustav y Lucy -¡¿Qué esos cuatro… fueron a cazar fantasmas a la 112…?!"

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Ya comienza la matanza :D muajaja, bueno, yo me despido :) ando rara hoy, así como que no sé :) me hace mal no ir a la escuela :( jajaja Bueno, se me acaba el tiempo en la compu xD solo tengo una hora por mi castigo, voy reduciéndolo poco a poco :) mi mamá no es rival para mis sobornos jajaja

Cuidense mucho :D dejen reviews!

Nos leemos! besos