Capítulo 21:
Hasta la lujosa clínica privada llegó Kagome junto a Kouga y Ayame que habían decidido acompañarla. La muchacha estaba un poco impresionada ante la petición de la madre de Tsubaki, pero más que eso, estaba asustada. Sabía desde un par de días que Tsubaki había caído gravemente enferma y algo en su interior le decía que las cosas empeorarían. La mujer de cabellos oscuros la vio y la reconoció enseguida. Llorosa y demacrada caminó presurosa hasta Kagome que iba al medio del trío y le tomó las manos casi fuera de sí.
- ¡Oh! Muchas gracias por venir, gracias, gracias...
La muchacha la miró con el corazón destrozado. Era obviamente notorio que la madre de Tsubaki estaba sufriendo enormemente por su hija.
- Señora... que... que es lo que yo puedo hacer... - Preguntó confundida. La mujer enjugó por enésima vez una lagrima.
- Sé que eres una sacerdotisa, por favor, ayuda a mi hija.
La muchacha se asustó ante la petición. La miró titubeante.
- Pero... yo no sé... - Balbuceó apenas. Lo que le estaba pidiendo era una medida desesperada y quedaba claro que todo ahora estaba en sus manos ¿cómo podía pedirle eso a ella que jamás nunca había hecho nada? Ella era sacerdotisa, claro, con poderes aún sin ser desarrollados, ni ella misma aún confiaba en sus instintos...
- Tsubaki... intentó hacer algo... en tu contra... un acto muy... tonto pero... – Kagome abrió la boca impresionada- creo que eso se revirtió en su contra... si fue así es porque debes ser una sacerdotisa muy poderosa.
- No, no, yo no soy... no... - Se excusó casi desesperada. La mujer le estaba pidiendo hacer algo totalmente fuera de las normas. Salvarle la vida a Tsubaki ¿cómo podría ella hacer eso?
- Por favor, te lo suplico, por favor... - La mujer se tapó la cara con ambas manos ya al borde del llanto y Ayame la abrazó fuertemente. Kagome las miró con un nudo en la garganta ¿qué podría ella hacer para ayudarle?... ¿Porqué le pedía tan grande responsabilidad?
Una enferma salió de la habitación de Tsubaki y Kagome alcanzó a divisar las diferentes máquinas que mantenían aún con vida a la chica... y sobre todo una, que marcaba muy levemente los latidos de un corazón acabado. Kagome quiso llorar. ¿Qué hacer? Aunque Tsubaki la había maltratado una y otra vez, eso quedaba totalmente al olvido al verla en aquellas condiciones. Caminó lentamente hasta que poco a poco fue viendo a la muchacha tendida en la cama, rodeada de las máquinas y totalmente inconsciente. La Sra. Mushino levantó la cara de los brazos de Ayame y miró atenta a Kagome.
- Tsubaki... - Susurró Kagome ya a su lado, pero no obtuvo respuesta. La miró detenidamente ¿cómo podría ayudarla a recuperar la salud?. Se preguntaba una y otra vez. Se llevó una mano al estómago y cerró los ojos. Necesitaba concentrarse. De pronto recordó que tenía algo de mucha energía que podía utilizar. La perla de Shikkon. Si la leyenda era cierta, tal y como hasta ahora todo estaba pasando, esta perla de increíble poder podría ayudar a alguien a recuperar su salud, así como en parte ella recuperó la movilidad de su muñeca, si ponía mucho de su empeño y su propia fuerza espiritual, tal vez podría ayudar a Tsubaki. La soltó de la cadena y la tomó con ambas manos. Cerró nuevamente los ojos mientras intentaba concentrase en darle poder y fuerza a la muchachaSintió como su energía era absorbida casi en su totalidad por la perla... arrugó el ceño un poco asustada ¿La perla estaba absorbiendo su energía?... ¡Inuyasha tenía razón!
La madre de Tsubaki, junto a Kouga y Ayame, observaban tensos y expectantes desde el umbral de la puerta, sin atreverse casi a respirar para no interrumpir el estado de total trance al que la joven sacerdotisa se había sumido. Los minutos pasaron silenciosamente y allá afuera le viento comenzó a soplar con fuerza. Kagome sintió que se debilitaba cada vez más. Tomó la mano de la muchacha junto con la perla, que brillaba con intensidad, y la apretó fuertemente.
- Vamos Tsubaki, vuelve.- Murmuró, llamándola de su estado de inconsciencia. Sintió que las piernas se debilitaban y cayó de rodillas, pero aún sin soltar la mano de la chica oró fervorosamente. De pronto sintió que los dedos helados de Tsubaki se movieron y Kagome abrió los ojos debilitada, con sudor en el rostro y fuertes nauseas. La miró y vio que la muchacha abría los ojos poco a poco. Kagome sonrió levemente y luego cayó al suelo.
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- Kagome, Kagome... - Sintió pequeñas palmaditas en las mejillas. Cuando abrió los ojos vio que era Kouga quien estaba a su lado.- Por fin haz despertado.
La muchacha sintió un terrible dolor de cabeza y un malestar general en el cuerpo. Pestañeó repetidas veces y se incorporó en la camilla.
- Arggg... ¿qué hago aquí?- Preguntó colocándose una mano en los ojos puesto que la luz le molestaba enormemente. Kouga se levantó de la silla que estaba al lado de la camilla.
- Te desmayaste, pero las enfermeras dijeron que ibas a estar bien... tu presión arterial bajó mucho hace un rato... nos asustaste...
- ¿Cómo esta Tsubaki?- Preguntó de pronto, recordando el porqué estaba en ese lugar.
- Ella despertó.- Pronunció el chico de ojos azules seriamente.- y...
- ¿Y?- Preguntó extrañada y ansiosa, poniendo los pies en el suelo con claras intenciones de no seguir recostada.
- Tú la salvaste.
Kagome lo miró sin expresión.
- No fui yo, fue la perla de Shikkon.
- Pero tú lo hiciste, junto con ella... tenían razón, eres una poderosa sacerdotisa.
- Lo hice sólo porque la perla me ayudó... pero... - Miró el velador en donde descansaba la valiosa joya que ya no brillaba pero su color era de una tonalidad púrpura.-... esto...- La tomo entre sus dedos y la miró fijamente.-... me hizo creer... que moriría... es demasiado para mí... y no puedo arriesgar mi vida... ahora menos que nunca.
Kouga arrugó el ceño confundido ¿De qué estaba hablando?
- ¿Dónde vas, Kagome?
- A casa.
Kouga la siguió hasta la salida.
- Te acompañaré.
- No, no es necesario.
- No puedes andar sola, deberías descansar pero sé que eres una testaruda y no lo harás... te acompañaré.
La muchacha sonrió levemente. Sus palabras se parecían mucho a Inuyasha ¿Acaso era tan testaruda?
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Caminaba a paso lento y sentía que el piso se movía bajo sus pies. Kouga, quien iba a su lado, la miraba preocupado. Ella estaba demasiado débil, pero Kagome fingía y de vez en cuando le hablaba de cualquier tema par distraerlo. El chico suspiró pesadamente hasta que llegaron al templo. La noche era extremadamente helada y el vapor salía notoriamente por sus bocas.
- Gracias... por acompañarme- Murmuró apenas Kagome haciendo una seña y fingiendo una sonrisa. El muchacho le correspondió de igual forma y después la vio subir paso a paso las largas escalinatas del templo Higurashi.
Caminó hasta aquel enorme árbol y se sentó bajo sus ramas. Esta cansada, muy cansada, más que eso, estaba débil, el cuerpo casi no respondía y le costaba mucho respirar. Suspiró apenas mientras se llevaba la mano hasta la perla que guardaba ahora en el bolsillo del abrigo. Allí estaba más oscura que nunca. La apretó bajo su puño fuertemente. No era como ella creyó que esto pudiera pasar. Pensaba que tenía un deber al proteger aquella joya, algo que estaba escrito en el destino, siendo ella sacerdotisa, pero si la perla estaba poniendo en peligro a inocentes, entonces no era apropiado tenerla bajo su poder. Se recostó contra el tronco del árbol suspirando nuevamente, totalmente cansada. Esperaba que Tsubaki mejorara, por el bienestar de su pobre madre que estaba sufriendo enormemente. Bajo la luz de las estrellas y un intenso frío se quedó dormida.
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Cuando Kagome despertó se encontró con algo más de fuerzas y un poco recuperada. Se levantó a duras penas y bajó los escalones del templo nuevamente. Una idea tenía fija. Devolver la perla a su lugar de origen, así todo estaría mejor. Ya era demasiado tarde y el último bus pasaba en 15 minutos más. Esperó pacientemente y al fin este llegó. La muchacha iba decidida, iría nuevamente hasta aquel lugar cerca de las montañas y le entregaría en sus manos al anciano monje la perla de Shikkon. Cuando bajó en la parada, el lugar ya estaba desierto, demasiado tarde para estar a tan altas horas de la noche en pie. Caminó todo el pequeño sendero que un día ella e Inuyasha compartieron hasta divisar casi al límite de sus fuerzas la cabaña. Golpeó suavemente y unos segundos más tarde la mujer del monje fue quien apareció.
Minutos después la chica se encontraba arrodillada frente a la mesa con una manta en su espalda y bebiendo un té verde muy caliente. Ambos ancianos la miraron extrañados debido a su sorpresiva visita. El monje la miró con tristeza, la muchacha estaba realmente demacrada y lucía bastante mal, nada se parecía a la primera vez que la vio.
- Vine... - Dijo Kagome de prono rompiendo el intenso silencio del lugar.-... a devolver esto.
Los ancianos miraron asombrados la perla que fulguraba de un color oscuro intenso, casi ennegrecida.
- La perla de Shikkon... es demasiado para mí... no puedo tenerla... no puedo... - Respondió Kagome llevándose una mano al pecho, sentía que se oprimía.
- Pero... no puede dejarla aquí... nosotros carecemos de los poderes espirituales para protegerla, esta perla le pertenece!
- ¡¡No me pertenece!!- Alzó la voz con los ojos abarrotado de lágrimas.-... no me pertenece...
- Pero qué dice... - Respondió contrariado el hombre.- Usted pudo encontrarla... y la ha tenido todo este tiempo...
- Pero esta perla... - Su voz se fue convirtiendo cada vez en un sollozo.-... esta perla esta dañando a un inocente... y no puedo permitirlo...
- Pero... es su deber señorita- Murmuró la mujer ya más asustada al imaginar que lo que la muchacha buscaba era que su esposo se hiciera cargo de tan peligrosa joya.
- Pero... ¡¡me esta matando!!!- Gritó ya desesperada, con las lágrimas en las mejillas y levantándose a tientas del suelo. - ¿porqué pasa esto? Dígame porque... esta perla actúa así... conmigo...
- Usted conoce mejor que nadie el nacimiento de esta joya. – Respondió el anciano- En tiempos remotos, más allá del Sengoku... la perla se alimentaba también de las almas y poderes espirituales tanto de sacerdotisas como de seres poderosos, youkais o hanyous... pero eso ya no existe ahora... y la perla no tiene otro modo de "alimentación"... sólo puede obtener la valiosa energía espiritual a través suyo, su guardiana... debe haber escuchado también que esta joya tiene una maldición... – Kagome asintió apenas, recordando- no... me atrevo a decírsela...
- ¿Maldición? – Preguntó Kagome, recordando lo acontecido con Tsubaki- ¿Maldición?... ¿esta... diciéndome que tengo una maldición?
- Las historias se repiten... mi querida niña.- Respondió seriamente la anciana. Kagome los miró asustada.
- Pero... alguien... intentó lanzarme una pero... esa misma persona fue quien la recibió.
Los ancianos la miraron impresionados.
- ¿La maldición se revirtió?- Preguntó el monje incrédulo, sin poder creer lo que estaba escuchando de tan joven sacerdotisa.
- Tuve que ir a ver a esa persona a la clínica... con la ayuda de la propia perla... esa persona ha recuperado la salud.
Los ancianos se miraron sorprendidos pero permanecieron en silencio.
- Entonces... lo de la maldición... - Kagome intentaba dar solución a todos los contras que la perla cargaba.
- Aún... esta perla debe ser purificada...
- Entonces... ¿no me ayudará?- Preguntó desesperanzada Kagome. Los ancianos desviaron la mirada, no la ayudarían, lo sabía, sería ella quien debería sacrificarse. Los miró esperando alguna respuesta, pero ellos no se la dieron. Enojada, tomó la perla nuevamente en sus manos y salió de la cabaña.
- Yo no puedo hacerme cargo de eso mujer.- Se excusó el monje con dolor en sus ojos... - Y no sé como ella ha podido soportar tenerla tanto tiempo consigo...
- Tal vez... hay algo que la esta ayudando, una fuerza extra... y ella lo sabe...
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Inuyasha bajó de la motocicleta y se detuvo a los pies de las escaleras del templo, mirando hacia lo alto, pensando una excusa para poder hablar con Kagome. Se abrochó la chaqueta mientras se frotaba las manos y se daba calor con el vapor de su boca y subió corriendo las escaleras. El lugar estaba totalmente a oscuras y en la habitación de Kagome tampoco se divisaba luz. Caminó rodeando la casa y de pronto chocó con el cuerpo de alguien y se encontró con un pálido rostro que lo miró al principio asustada y luego más complacido.
- Kik... - Se mordió el labio al pensar en lo extremadamente cercano en como la estaba tratando, dada las circunstancias.- Hola.
- Pero qué agradable sorpresa.- Sonrió ampliamente la mujer. Lo miró de arriba a bajo admirando de cerca la atlética anatomía del muchacho, que la observaba un poco exasperado ante el descaro de ella.- ¿buscas a alguien?
- A Kagome... - Respondió apenas tratando de evitar su incómoda mirada sin brillo sobre la suya.- ¿la haz visto?
- ¿Kagome?- Arrugó el ceño y habló sin darle importancia. - No la he visto en toda la tarde... aunque ahora acabo de llegar y no sé si esta dentro de la casa... mamá salió y volverá mañana... ¿quieres pasar?
- Ehh, no, mejor que no.- Respondió nerviosamente.- Hablaré con ella mañana, gracias por la información.- Trató de apartarse de la presencia de la mujer pero ésta le impidió la huida.
- ¿Te vas?
- Si, si.
- ¿Por qué no la esperas un rato? Así me harás compañía... – Kikyo aferró su mano a su casaca y lo miró fingiendo miedo. El chico la miró un momento y luego asintió levemente. La vio esbozar una amplia sonrisa, totalmente complacida.
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- ¿Quieres beber un café?- Preguntó con voz suave y movimiento de gata. Inuyasha estaba incómodamente sentado en la silla del comedor.
- No, gracias... – La miró de reojo mientras ella se preparaba una taza de café. Recordó la primera vez que la vio, o mejor dicho, la conoció, a través de la fotografía que Sesshoumaru le había entregado Se había impresionado con la belleza exótica que resultaba ser y hasta hubo un momento en que estuvo interesado en conocerla, pero... ahora, conociéndola... esto le confirmaba más que nunca que las cosas nunca son lo que aparentan ser... como Kagome, "Corazón de Piedra", que es sólo fuego y sentimientos.
- ¿Porqué estas con mi hermana?- La pregunta lo sacó de su análisis psicológico. La miró seriamente cómo se sentaba frente a él cruzando las piernas.
- Eso es algo muy privado.- Respondió furtivamente. La mujer sonrió casi divertida.
- Anda, vamos, sólo es curiosidad- Respondió juguetona posando su mano sobre la suya y mirándolo directamente a los ojos. Inuyasha retiró su mano suavemente.- ¡Pero qué nervioso estas!- Acotó la mujer divertida.
- Creo que mejor me voy, hablaré con Kagome mañana- Se levantó tropezando con la silla y miró avergonzado a Kikyo. Ella se levantó lentamente igual, pero antes que el muchacho diera la media vuelta lo agarró fuertemente por la parte delantera de la casaca, sobre la mesa, mirándolo con una sonrisa más que divertida. El chico retuvo el aire.
- Anda... respóndeme... ¿porqué estas con mi hermana?... ¿Qué es lo que hace que siempre andes tras de ella?
Inuyasha tomó sus manos sobre las heladas de ella y con una ademán un tanto brusco las apartó de su ropa. Se enderezó y la miró enojado.
- No hay razones para el amor.- Respondió secamente. Volteó exasperado dispuesto a salir pronto de aquella casa, pero en el umbral la mujer lo volvió a alcanzar. Kikyo no estaba conforme con aquella tonta respuesta.
- Esa no es una respuesta... seamos realistas... Kagome... a pesar de tener 19 años aún es una niña caprichosa e inexperta... conozco a los de tu familia... ustedes son... buscan algo más... apasionado... ¿no?
Pero qué descaro el decir aquello, dando a conocer su relación furtiva con su hermanastro Sesshoumaru. ¿Acaso esta mujer le estaba restregando en la cara la condición de inexperta sexual que era Kagome y qué debía fijarse en alguien más entendido en la materia como... ¿ella??? Movió la cabeza negativamente hastiado de la sorna con que la mujer le hablaba.
- Esta bien... dame una buena excusa entonces... - Alcanzó a escuchar a Kikyo que alzaba la voz totalmente humillada.- ¿Porqué ella y no yo?
Inuyasha se detuvo en seco, volteó y la miró seriamente.
- Porque amo los retos... y odio que las cosas lleguen fáciles a mis manos.
La mujer retuvo el aire y lo miró con odio, pero no respondió nada, viendo a través de unas cristalinas lágrimas que hacía mucho no se asomaban a sus ya inexpresivos ojos que Inuyasha se alejaba rápidamente del lugar.
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Cuando Kagome llegó a su casa la luz del alba recién comenzaba a alumbrar la ciudad. Estaba realmente cansada y desesperanzada. Sus pasos la dirigieron hacia la pagoda principal del templo, donde una noche oró para que su corazón y la perla estuviesen bien, allí volvió a colocar la perla ya casi negra y frente a ella, se arrodilló y comenzó a orar fervorosamente.
El día pasó lentamente y el verano parecía no querer llegar, puesto que el frío y las lluvias poblaban en abundancia la ciudad. Kagome, luego de estar todo el día orando, pudo hacer que la perla recuperara su color natural, un tono rosa pálido. La tomó entre sus dedos exhausta y al límite de sus fuerzas. Aún en sus condiciones sonrió por haber logrado aquel resultado en la joya, y ahora... ahora la dejaría en aquella cueva, tal y donde un día la encontró. Se levantó tambaleando y salió hacia el exterior. La noche era negrísima y una ola de frío la hizo abrasarse a sí misma.
- Kagome.
A pesar de su debilitamiento y poca lucidez, levantó el rostro rápidamente reconociendo la voz de quien enunciaba su nombre. Inuyasha, a los pies de los escalones, la miraba seriamente.
- Inuyasha.- Murmuró apenas y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Caminó bajando los escalones del templo a su encuentro cuando de pronto se vio sujetada por la cintura y sus labios fueron cubiertos por una mano que los apretaba fuertemente. Abrió los ojos de par en par, asustada, mientras intentaba golpear con sus manos a la persona que la tomaba en brazos y bajaba con ella las escaleras. Inuyasha en tanto era sujetado por otro hombre y un tercero lo golpeaba en el estómago.
- Apúrate Mussou- Gritó el hombre dando una patada a Inuyasha que cayó sin fuerzas al suelo y mirando al que sostenía a Kagome.
- Ya voy Hakudoushi.
Hakudoushi corrió luego hacia la puerta de una limosina de vidrios polarizados que se aparcó rápidamente al lado de la moto de Inuyasha. Cuando la hizo entrar en ella, Kagome vio a un hombre sentado distinguidamente a su lado y que le sonreía cínicamente. Antes de decir algo sus muñecas fueron atadas con una cuerda y su boca tapada con cinta adhesiva.
- Vaya, vaya... con que ésta es la hermana menor de Kikyo.- Dijo el hombre con su voz que hizo a Kagome se le erizara la piel. Intentó tomar el cabello de la muchacha pero esta lo esquivó fieramente, mirándolo enojada.- ohhh... - Sonrió más ampliamente el hombre-... esto si que es gracioso... es una fierecilla... no se parece en nada a su hermana...
- Señor Naraku¿ahora a su mansión?
- A la de la costa... - Luego abrió la ventanilla del vehículo y mirando a Inuyasha que aún se revolvía de dolor con un poco de sangre en la boca, le habló.-... así sabrá este par de hermanos que nadie se mete con Naraku... sobre todo ese Sesshoumaru... como él me quitó mi mujer... yo ahora le quitaré la mujer a su hermano menor... - Sonrió ampliamente al ver la cara de pavor de Kagome- ¿No es cierto preciosa mía? Ojo por ojo, diente por diente...
Continuará...
