Capítulo 19
Closer
Como siempre, quiero agradecerle a mi beta, FanFiker-FanFinal, su ayuda y sus comentarios de ánimo. Gracias, encanto! Y también como siempre, pedir disculpas por la tardanza... Espero que al menos os guste y muchas gracias por leer!
Había estado frente a aquella puerta en múltiples ocasiones, y siempre sentía a partes iguales curiosidad y anticipación, por un lado, e incomodidad, por otro. Lo primero, porque entrar en los dominios de Edgeworth suponía una nueva oportunidad para verle, hablarle, aunque fuera de trabajo y, con un poco de suerte, descubrir algún detalle más sobre su vida o incluso algún destello involuntario que revelara que él, Phoenix, era importante para el fiscal. E incomodidad, porque sabía que al final, hiciera lo que hiciera, sus esperanzas resultarían infundadas y Edgeworth actuaría igual que siempre, distante y arrogante, negando que disfrutaba de su compañía.
Aquella vez, en cambio, no estaba nervioso porque temiera que Miles fuese a ignorarle, sino por todo lo contrario. Ahora sabía las verdaderas motivaciones de su rival, sabía que sentía algo muy intenso hacia él, y que podía estropearlo si le forzaba a demostrárselo antes de tiempo. Debía dejar a un lado sus propios deseos, podía esperar a aclarar sus sentimientos cuando Miles estuviera preparado. Lo cierto era que, tal y como le había hecho ver Maya, cuanto más le denegaba Edgeworth su contacto, su cuerpo más parecía ansiarlo, así que quizá no se estaba planteando la pregunta correcta y su duda no era si le gustaba el fiscal, sino por qué no se había dado cuenta antes de que era así.
Phoenix tomó aire y por fin llamó a la puerta del despacho de Edgeworth. Este le invitó a entrar con el tono de siempre. Para variar, no le había avisado de que venía, no fuera a ser que no quisiera recibirle. Era muy probable que estuviera enfadado, después de haberle dejado plantado en mitad de su discusión. Aunque el fiscal le hubiera dejado colgado a él con anterioridad, eso no le daba derecho a hacer lo mismo. Al contrario, como sabía lo que dolía, debería haber sido más fuerte y no caer en el camino fácil de abandonarse a la ira. Debía reconocer que había querido vengarse un poco de su compañero, darle un poco de su propia medicina. Pero, como solía pasarle, actuar mal, aunque fuera lo que le pedía el cuerpo en ese momento, no le había ayudado a sentirse bien.
Entró en la oficina en silencio y vio al fiscal sentado ante su escritorio. Cuando Edgeworth levantó la mirada y se percató de quién era su visitante, tampoco dijo nada, solamente se puso en pie y se acercó. El abogado se dio cuenta enseguida de que aquella era una de las pocas ocasiones en las que su amigo no estaba intentando disfrazar sus sentimientos tras una barrera de impasibilidad. Y pudo ver que ahora, debajo de la sorpresa por verle, Miles estaba triste, en lugar de enfadado como había previsto. Aquello hizo que se sintiera aún peor. Conociendo a Edgeworth como le conocía, debería haberlo supuesto. Le había dicho que le había fallado, que no había hecho lo que esperaba de él, y seguro que se estaba sintiendo miserable dándole vueltas una y otra vez. Se suponía que la cita iba a ser un momento feliz y había conseguido arruinarlo con sus exigencias y presiones...
El moreno se pasó la mano por el cabello, nervioso. Su reacción ante el dolor del fiscal le hacía darse cuenta de algo que ya sabía, pero que ahora cobraba un nuevo cariz: no deseaba que Miles estuviera triste, de ninguna forma, nunca. Y mucho menos por su culpa. Es más, ya que era él quien podía hacerle feliz en ámbitos en los que nadie más podía lograrlo, quería hacerlo. Mierda, cada vez tenía menos dudas de que, si se besaran, lo disfrutaría. Pero él mismo había socavado la posibilidad de un beso con su ridícula impaciencia. Debía hacer algo para arreglar la situación, debía decir algo más aparte de que lo sentía, pero no tenía ni idea de qué. Cuando por fin se decidió a abrir la boca, los dos hablaron al mismo tiempo:
-Siento lo de ayer, Wright.
-Yo... venía a disculparme.
El abogado se quedó perplejo. ¿Había oído bien? Por su parte, Edgeworth también abrió los ojos con sorpresa durante un breve instante. Luego, sobresaltando a Phoenix, se rio, mientras negaba con la cabeza:
-No, yo soy el único que debe disculparse -aseguró-. Tú tienes razón, como casi siempre. No puedo ser egoísta y negarte tu derecho a aclarar tus sentimientos solo porque yo tenga miedo de… que no coincidan con mis deseos. Así que, si eso lo que quieres, lo haré: te besaré.
Lo dijo con la misma expresión y el mismo tono que habría utilizado si se tratara de un acusado y le hubiera dicho que le iba a meter entre rejas. Aun así, Phoenix sintió un escalofrío al escucharle y se quedó paralizado en su sitio al pensar en lo que estaba a punto de ocurrir entre ellos. Después de esperar tanto este momento, era normal que estuviera nervioso, pero ahora estaba en disposición de aceptar que sus nervios eran producto del deseo más que de la incertidumbre. Edgeworth se acercó más a él y le miró a los ojos. Nunca había tenido ocasión de contemplar al fiscal tan de cerca, y ahora que podía hacerlo con libertad, comprobó que su atractivo no se desvirtuaba por la cercanía. Ahora realmente se moría de ganas de que lo hiciera y poder sentir por fin sus labios, pero sabía que aquello no estaba bien. El fiscal tenía razón, no quería recordar su primer beso como una obligación, un trámite a superar.
Miles bajó brevemente la mirada a sus labios, pero enseguida volvió a levantarla, como si no pudiera despegarse de esa parte de su rostro.
-¿P-puedes cerrar los ojos?- pidió.
Phoenix sonrió y soltó el aire que había estado conteniendo de forma inconsciente ante la intensidad de la bravata de Edgeworth. El fiscal había intentado aparentar seguridad, pero en el fondo estaba aterrorizado. Tan mayor y tan vergonzoso... Aquella inseguridad que en cualquier otro habría provocado su risa, en Miles era parte de su encanto, y fue la que le decidió a poner término a sus intentos por complacerle.
-No, Edgeworth -dijo.
-Pero…
-Acabas de decir que tengo razón, pero no es así. Tú eres quien estaba en lo cierto: un beso tiene que surgir, no imponerse.
Edgeworth le miró con asombro y alivio, tal y como había esperado. Al menos eso le pareció en un principio, porque enseguida vio que fruncía el ceño y apretaba los labios, mostrando decepción. Y, sí, también enfado. ¿Qué ocurría ahora? Era incapaz de comprender qué podía haberle molestado si le había dado la razón. No le dio tiempo a pensarlo mucho, porque entonces el fiscal se acercó aún más y le tomó de la barbilla, pillándole desprevenido. Tras mirarle de nuevo unos instantes, Miles cerró los ojos con fuerza y sus labios entraron en contacto con los suyos, dejándole sin aliento. Después de tanto anhelar este momento, se dio cuenta de que no solo deseaba besarle, sino que también quería volver a entrelazar sus manos y revivir aquellas sensaciones que le había producido aquel primer contacto más íntimo entre ellos, y no quedarse ahí, sino que quería descubrir el resto del cuerpo de Edgeworth, hacerlo suyo y descifrar todos sus secretos. No solo quería saber las aficiones que le avergonzaban o los recuerdos que le atormentaban: no, también quería saber todos y cada uno de los deseos prohibidos que le despertaba, cada fantasía que había tenido con él, desde el principio, y las que tenía con él e Iris, y quería convertirlas en realidad.
En un primer momento, por la sorpresa y la novedad, tardaron un tiempo en encontrar un ritmo. Sabiendo cómo era, Phoenix casi podía sentir la frustración del fiscal, que era el tipo de persona que, cuando hacía algo, tenía que hacerlo perfecto. No obstante, para él la calidez de los labios de Edgeworth, de su lengua, que exploraba su boca con un deseo que desbordaba la timidez innata del fiscal y le hacía perder la noción del tiempo; el roce de su mano, ahora en su cuello; la cercanía del resto de su cuerpo, que iba pareciéndole más insuficiente con cada latido del corazón; si aquello no era perfecto, él lo sintió así. Podría estar así horas. Tan solo necesitaba tenerle aún más cerca. Levantó los brazos y le rodeó la cintura, cautelosamente. Sintió cómo Edgeworth se ponía en tensión y enseguida se apartó, con la duda y la inseguridad escritas en la mirada. Teniendo en cuenta que ambos eran especialistas en malinterpretarse, Phoenix pensó que Miles era capaz de entender su movimiento como un intento de apartarle, justo lo contrario de lo que pretendía. Bien, se encargaría de dejarle claro qué es lo que quería. Esta vez fue él quien se aproximó al fiscal para besarle y le demostró que estaba disfrutando de aquello sin dejar espacio para la duda. Estrechó más su abrazo y, pronto, sus besos se volvieron más exigentes; sus caricias, más osadas. Sus cuerpos parecían querer recuperar el tiempo perdido rápidamente. Estaban todo lo cerca que podían estar en aquella situación, pero no era suficiente. Necesitaba más de Edgeworth. Ardía en deseos de ver más, de llegar más lejos, de sentirle más cerca, pero al mismo tiempo se sentía más vulnerable que nunca, prácticamente como si fuera otra primera vez.
No sabía si sería bueno precipitarse, pero tampoco sabía cómo detener aquello. Lo único que acertaba a pensar era en tumbarse en el sofá color magenta (cómo no…) que estaba a unos pasos de ellos, para poder sentir el peso de Miles sobre él, su calor, su piel desnuda. Pero no quería presionar aún más a su compañero, no tenía claro cuál sería su reacción si le pedía más. En ese momento, el fiscal se apartó y pensó que seguramente iba a decirle que sería más conveniente que se detuvieran ya. En lugar de eso, se estremeció al sentir la lengua del otro hombre recorriendo su cuello y sus manos internándose por debajo de su chaqueta. Oh, venga... Si seguía haciendo aquello no iba a ser capaz de parar... Desde luego, el fiscal no parecía tener ganas de que lo hiciera, así que Phoenix se dejó hacer, sorprendido por la fuerza de las sensaciones que producían la boca y las manos del fiscal sobre su cuerpo. Al cabo de un rato, fue él quien se separó de Edgeworth, pero en aquella ocasión se trataba de una pausa necesaria para que ambos recuperaran el aliento. Aprovechó para tratar de acercarse al cuello del fiscal a su vez, pero su ridículo pañuelo se lo impidió. Para su sorpresa, se lo desató y lo dejó caer al suelo antes de que se diera cuenta siquiera. El abogado mandó a paseo su autocontrol y comenzó a lamer y mordisquear el cuello de su pareja, mientras le empujaba paso a paso hacia la tentadora comodidad del sofá. Si Miles también quería continuar, y los gemidos contenidos que notaba vibrar en su garganta así lo indicaban, eso era lo que iban a hacer. Cuando notó que sus piernas tocaban el mueble, se sentó, arrastrando al fiscal con él. Este dudó e iba a sentarse a su lado, cuando Phoenix tiró de él, mientras indicaba su regazo con un gesto. Edgeworth accedió a su demanda sin palabras, sentándose a horcajadas sobre él.
El moreno tragó saliva: notaba la erección de su rival, al igual que él podía notar la suya. Parecía demostrado que efectivamente le atraía a pesar de ser un hombre. Era extraño porque al mismo tiempo seguía sintiendo vergüenza, pero no podía negar lo evidente: entre ellos dos saltaban chispas. La conexión que siempre había existido entre ambos sí podía tener carácter sexual y, joder, este hombre le estaba poniendo muy caliente, sobre todo ahora que, con una mirada inquisitiva, comenzó a desabrocharle un botón, completamente ruborizado pero sin por ello dejar de hacerlo. Al ver que Phoenix le dejaba hacer, continuó con el siguiente, bajando la vista para no tener que mirarle. El abogado siguió sus acciones, hipnotizado, y sin poder ignorar el calor que emanaba de la zona de debajo de su cintura, en contacto con la de Edgeworth. Quería ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar. ¿Querría llegar hasta el final? Ni siquiera él mismo tenía claro si quería eso. Aunque simplemente pensarlo le volvía loco. Penetrarle, metérsela, hacerle el amor, eran palabras que cobraban un nuevo significado si las relacionaba con Edgeworth. Ahora mismo, tal y como estaban, si estuvieran desnudos del todo, solo tenía que sentarle encima de su…
-¿Wright…?-tragó saliva. Edgeworth volvía a mirarle a los ojos. Sus camisas estaban abiertas y, aunque ya imaginaba que sería una visión agradable, se quedó sin palabras al ver el cuerpo de su compañero. Solo podía pensar en recorrerlo, explorarlo y darle todo el placer que pudiera. Se sintió agradecido de ver que, por la mirada del otro, pensaba lo mismo respecto al suyo.
-¿S-sí? - logró articular.
-¿Va todo bien?
-Perfectamente. -El abogado deslizó sus manos por los costados de Edgeworth, acariciando su pálida piel con avaricia. Aquella vez, el fiscal no pudo contener un gemido, sobrepasado por las sensaciones, y empezó a moverse levemente, buscando aún más contacto entre ellos. Phoenix se estremeció. ¿Se movería así si él estuviera dentro? Aquello era demasiado, se les estaba yendo de las manos… Estaban en su despacho, ¿y si entraba alguien? Iba a decírselo a Edgeworth, pero este le rodeó con sus brazos y le besó de nuevo con todas sus ganas. Inició una batalla por el dominio y Phoenix no estaba dispuesto a perder, tampoco en este campo. Estaba tan excitado que pensaba que sería capaz de terminar tan solo con aquel doble estímulo de la lengua de Edgeworth jugando con la suya y el roce de sus miembros, incluso a pesar de que era con ropa de por medio. Pero entonces el fiscal decidió que ya era suficiente y se levantó. Todo el cuerpo de Phoenix, en especial la zona que estaba siendo tan bien atendida, clamó ante la pérdida del delicioso roce, pero antes de que pudiera siquiera protestar, notó algo que casi le hace perder el sentido: el fiscal se había sentado a su lado y volvía a besarle, al tiempo que acariciaba levemente su erección, por encima de la ropa. El abogado jadeó, sorprendido.
-O-oye…- dijo débilmente.
Miles le ignoró y prosiguió besándole mientras continuaba sus movimientos. Oh, dios… Las manos de Edgeworth se sentían tan bien… Phoenix se dio cuenta de que si continuaba acariciándole de esa forma, no aguantaría mucho más. Se consideraba una persona con fuerza de voluntad, pero no tanta como para detener aquello. Sin embargo, por muy tentadora que resultara la posibilidad de claudicar y dejar que Miles hiciera con él lo que quisiera, seguía pensando que aquel no era el mejor de los escenarios. Afortunadamente para su parte más racional, las intenciones del fiscal iban incluso más allá, por lo que pudo aprovechar un momento en el que abandonó su tarea con el objetivo de intentar desabrocharle el cinturón, para cogerle las manos:
-Edgeworth… -dijo, sin aliento-. No creo que quieras… que manchemos tu oficina.
El fiscal frunció el ceño, como si le costara comprender a qué se refería.
-No importa -decidió en cuanto recuperó el habla. Phoenix insistió:
-Claro que te importa, con lo maniático que eres…
El del pelo gris le dirigió una sonrisita prepotente.
-¿Desde cuándo eres tan responsable?
El abogado se quedó con la boca abierta ante la desfachatez del fiscal. Nunca habría pensado que pudiera ser tan… entregado en estas cuestiones.
-¿Y tú tan irresponsable? –replicó, un poco mosqueado por la pulla.
Miles se puso rojo ante su acusación y pareció recordar dónde se encontraban y cómo se suponía que se comportaba siempre.
-Tienes razón... – retiró sus manos del cuerpo de Phoenix y bajó la mirada hacia el pulido suelo de su despacho-. L-lo siento. No debería haberme dejado llevar.
El abogado entró en pánico. Con lo fácil de ofender que era el fiscal, esperaba no haber estropeado la magia que había surgido entre ellos, por lo que se apresuró a añadir:
-No, no, no pasa nada, los dos lo hemos hecho.
Pero el fiscal ya había recobrado por completo su habitual compostura y se puso en pie, dándole la espalda.
-Lo cierto es que tengo mucho trabajo aún, he sido un irresponsable, como bien dices. – Comenzó a abrocharse de nuevo los botones de la camisa.
Phoenix se levantó también y apoyó una mano en su hombro.
-Edgeworth, por favor, no te enfades.
El fiscal permaneció unos instantes en silencio, sin volverse.
-No estoy enfadado, Wright.
Por fin se dio la vuelta y, en efecto, Phoenix pudo comprobar que no parecía estar de mal humor. Pero mantenía su habitual expresión neutra, así que no podía decir si era verdad o estaba disimulando.
-Creo que es mejor que te deje trabajar, entonces -propuso, no muy convencido, mientras recomponía su ropa también, pero sabía que era mejor así.
-Sí, será lo mejor.
-Pero tenemos que quedar para hablar de… -Phoenix se sonrojó ligeramente-. Bueno, de esto… - hizo un gesto vago con la mano.
-Claro -concedió Edgeworth, sus mejillas también coloreadas- Te llamaré.
Se dirigieron a la puerta y Phoenix se detuvo un momento, como esperando algo. Al ver que el fiscal no hacía ademán de acercarse de nuevo a él, se decidió a hacerlo él mismo y depositó un fugaz beso en sus labios. Sintió de nuevo un cosquilleo por todo el cuerpo y que cierta parte de su anatomía seguía reclamando el final que le había sido negado tan bruscamente. Se mordió el labio inferior. Quizá no había sido tan buena idea hacerse el digno… Al fin y al cabo, si al fiscal no le importaba dejarse llevar por la pasión en su lugar de trabajo, ¿por qué tenía que preocuparse él tanto? Pero entonces Edgeworth puso punto y final a sus pensamientos abriendo la puerta y despidiéndole.
-Hasta pronto, Wright.
El abogado salió al pasillo a regañadientes.
-S-sí, hasta pronto.
El fiscal no parecía querer darse la opción de arrepentirse, así que cerró la puerta de inmediato. Phoenix pudo oír los pasos de Edgeworth alejándose, dispuesto a continuar con el papeleo en el que estaba trabajando cuando le interrumpió. Alargó la mano y la apoyó en el picaporte, indeciso. Definitivamente, los nervios que sentiría a partir de ahora cuando estuviera frente a esta puerta no tendrían nada que ver con los que había experimentado hasta ahora. Lo que le esperaba al otro lado había pasado de ser un enigma, una promesa, una tentación, para convertirse en algo muy real y tangible, aunque ahora mismo, si pensaba en ello le costaba creer que se hubiera producido de verdad. Solo recordarlo, hacía que le ahogaran oleadas de emociones. Cada detalle, cada sensación, parecían grabados a fuego en su mente y en su cuerpo. No hacía ni cinco minutos que acababa de estar entre los brazos de Miles y la sensación de pérdida ya le atormentaba. No le extrañaba que la gente cometiera auténticas locuras por amor. Ninguna droga, ninguna experiencia extrema se podía equiparar a la magia de dos cuerpos que se atraen y se dejan llevar por el deseo.
Estuvo a punto de volver a abrir. Sin embargo, era consciente de que habían esperado durante años por este momento, así que podía esperar unos días más para que se repitiera. O unas horas, al menos.
Porque se repetiría, ¿verdad? Edgeworth no sería tan cruel como para haberle enganchado de tal forma y ahora negarle su contacto de nuevo. Si lo hiciera, cualquier tribunal le juzgaría culpable, y no sería él quien le defendiera.
Ya me diréis si os ha gustado su acercamiento, si están demasiado salidos (o demasiado poco XD), etc.
