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El caso Regulus

21

Adrien Fellow

By Gyllenhaal


Oh now the roots are reminiscing

Recurring dreams of minor chords

Metered time

Muted chimes find the beat

"Song Beneath the Song" —Marya Taylor


Oh, ahora las raíces están recordando

Sueños recurrentes de acordes menores

Tiempo medido

Campanas apagadas encuentran el latido

"Song Beneath the Song" —Marya Taylor


Opening "Hands Open" de Snow Patrol


John fue conducido a un pequeño cuarto, previo examen en el que le retiraron el bastón. Le pidieron que esperara un momento, y poco después llegó un hombre huraño de expresión adusta, y malhumorado.

Al entrar saludó y puso su arma un sobre en la mesa. Miró a John con severidad, y a continuación tomó asiento frente a él.

—Sabe por qué fue traído aquí, ¿verdad? —quiso confirmar el hombre. Pero John no respondió—. ¿Se lo hicieron saber?

—No precisamente. Supongo que creyeron todo estaba implícito en el artículo del diario. Pero no me queda claro qué buscan de mí.

—Todo lo que nos pueda ser útil para condenar a Sherlock Holmes.

Watson se echó hacia adelante agresivamente.

—¡Cómo que condenarlo! ¿No harán una averiguación? —gritó—. ¡Es ridículo que ya piensen en una condena!

—Las pruebas están dadas, señor Watson —prorrumpió el hombre—. Lo que nos queda es que usted lo confirme todo o que lo encubra, y en ese caso será también acusado de alta traición y de varios fraudes.

»Pero no se preocupe. No lo juzgaremos terminantemente. Estamos conscientes de las habilidades de ese hombre para mentir y crear farsas, y por supuesto que consideraremos que usted ha sido utilizado por él… Eso es lo que podemos ofrecerle, claro.

John lo miró con rabia.

—Sherlock Holmes es el hombre más honorable y respetable que haya conocido en toda mi vida —dijo.

El hombre levantó una ceja, sin inmutar su expresión severa. Sacó del sobre varias hojas, y a continuación dijo:

—¿Lo es un hombre que secuestra a la hija de una respetable familia? —Estaba mirando una hoja—. El caso de la bella Adeline, ¿lo recuerda? En ese documento podrá ver una copia de una carta enviada por Holmes al secuestrador. En ella Holmes le hace saber al hombre que debe soltarla antes de que la policía llegue, cuando le dé la señal, para que no le ganen el crédito, y así él pudiera llevarse el mérito… Y los honorarios, por supuesto.

John miró la carta. En efecto decía eso, pero la letra no era la de Sherlock.

—Esto es ridículo. Esta ni siquiera es su letra.

—Un hombre tan diestro como Holmes tomaría esas precauciones —argumentó el hombre—. Si lee la parte de abajo, él mismo lo menciona, y también le pide a su destinatario la queme para deshacerse de ella.

—Sigue siendo ridículo. Si estas son todas las pruebas que dicen tener, entonces no le veo el caso a abrir siquiera una investigación. No son pruebas determinantes para inculparlo...

—Hay testigos, señor Watson.

—Donde hay dinero, hay testigos.

—¿Insinúa que son comprados? ¿Por quién? ¿Quién querría incriminar a Sherlock Holmes?

—¡Tiene que ser una broma! Más del ochenta por ciento de los presos en Scotland Yard han sido descubiertos por él… Es obvio que tenga enemigos.

—O quizá, por incriminar a tanta gente se ha hecho de resentidos a los que ha traicionado… y ahora le devuelven la jugada.

—¡Eso no tiene sentido! ¡Tergiversa todos los hechos para que coincidan con la acusación!

—¿A qué se refiere?

John suspiró, tratando de no perder la paciencia.

—Holmes me enseñó algo: "Es un gran error teorizar antes de tener datos. Sin duda comenzaríamos a acomodar los hechos para refutar teorías, en vez de que las teorías refuten los hechos".

»Y creo que ustedes están refutando sus hechos con la teoría tan disparatada que ha surgido.

El hombre no inmutó su expresión; nuevamente demostró lo rígido que podía ser.

—Pienso, señor Watson, que ha sido vilmente engañado por su compañero.

»Le mostraré ahora otra prueba. No es una carta esta vez. Es una fotografía donde se lo ve al señor Holmes hablando con un criminal —le extendió la foto—. Ahí se puede ver al presunto asesino del comerciante Arnold.

John arrojó la fotografía al otro lado de la mesa.

—Los métodos de Holmes son más que llegar y capturar al delincuente. Lo evalúa, lo estudia, lo confronta…

—Dígame, señor Watson, ¿cuán seguro está de la honestidad de Sherlock Holmes?

—Cien por ciento —respondió John instantáneamente; no había nada que pudiera cambiar su perspectiva de él.

El hombre cerró los ojos, como pensando en algo.

—De acuerdo —dijo, volteando a ver a John—. Puede retirarse.

John se puso de pie, pero antes de salir del cuarto volvió la cara.

—¿Cuál es su nombre y su cargo?

—Acabo de ser nombrado jefe de la policía en toda Gran Bretaña. Mi nombre es Adrien Fellow.

Al escuchar el nombre John no pudo contenerse y retrocedió y le arrojó un golpe certero en la cara. Fellow fue a dar al suelo por el impacto, golpeándose la cabeza contra la pared.

Sherlock abrió en demasía los ojos cuando se descubrió frente al arma. Regulus se agachó velozmente y derribó a Sherlock con una patada.

Disparó.

Sherlock se quedó estupefacto, sin comprender lo que había sucedido. Entonces viró la cabeza y descubrió el objetivo al que había disparado Regulus: un policía que con otra pistola había apuntado hacia Sherlock.

El guardia cayó al suelo, y el arma se le resbaló; Regulus tenía buena puntería, porque había acertado el tiro justo en el hombro. El muchacho corrió hacia el policía y levantó la pistola, verificó que estuviera cargada y después apuntó a la sien del sujeto.

—¿Quién te envió? —interrogó, oprimiendo la pistola contra la cabeza del tipo.

El policía no habló. Sherlock se puso de pie y caminó hacia ellos, aún sorprendido por la velocidad de reacción de Regulus.

—¿Quién? —repitió Regulus.

—Regulus… —dijo Sherlock; estaba por pedirle que se calmara.

—¡Le estaba apuntando! —gritó el chico, con la mirada furiosa.

Sherlock no dijo nada.

—Más vale que contestes porque si no…

—La policía —dijo él—. Debemos llevar a Sherlock Holmes a la estación de Glasgow…

—¿Por qué?

El policía se mordió el labio, parecía no querer responder, pero Regulus empujó aún más el arma.

—Quieren trasladarlo a Londres. Hay una orden en contra de él. Será juzgado.

—Ya muchacho —dijo Sherlock, y trató de apartar al chico del policía, pero éste se resistió—. Regulus, ya.

Tomó ambos brazos entre sus manos y lo levantó. Lo hizo soltar el arma y le puso las manos sobre los hombros.

—Tranquilízate —dijo, pero al ver el rostro de Regulus se dio cuenta de que éste estaba llorando por la ira que sentía. Entonces lo envolvió en un abrazo—. Todo está bien…

Sherlock se apartó ligeramente y le asestó una patada al policía, que lo dejó inconsciente. Después limpió de las lágrimas el rostro de Regulus.

—Toma —le dijo, y le puso su saco—. Hace demasiado frío como para que estés así.

—Es usted amable, señor —musitó Regulus.

Sherlock lo tomó por la espalda y se encaminó con él hacia su hotel: debía regresar a Londres. En cuanto el policía despertara anunciaría a sus compañeros que había sido obligado a confesar, y que ahora Sherlock sabía que andaban detrás de él y probablemente ya habría huido de Glasgow.

Llegaron al hotel al cabo de unos minutos. El sol ya estaba saliendo y la gente los observaba con desaprobación: dos hombres abrazados no era precisamente lo que la gente gustaba ver.

Subieron hasta el cuarto de Sherlock, donde éste comenzó a arreglar una pequeña maleta; Regulus le pidió permiso para tomar una ducha, y así lo hizo. Mientras lo hacía, Sherlock se dispuso a seleccionar lo que se llevaría de regreso. Se cambió la camisa, y tomó su pipa favorita.

De pronto se abrió la puerta del baño, y Regulus apareció desnudo.

Sherlock se quedó impresionado. El pelo mojado de Regulus resplandecía como rayos de sol, y sus ojos centelleaban como dos lunas en medio de la noche. Tenía la piel blanca y tersa, sin ninguna impureza. Era delgado, y tenía piernas largas. No tenía mucho vello, y su cadera se acentuaba con la postura que había adoptado, haciendo sobresalir sus glúteos redondos y firmes.

—Señor Holmes —dijo. Y Sherlock no pudo evitar mirar sus rosados labios, húmedos por el agua, y su cuello en el que corría agua a través de su pecho y más abajo.

—Muchacho, vístete, por favor —exclamó Sherlock, preguntándose cuán poco pudor podría tener alguien como él, capaz de querer incitarlo cuando hacía un momento le había disparado a un hombre.

Regulus se acercó, acechante.

Sherlock desvió la mirada.

Cuando Regulus estuvo cerca de él, abrió un poco la camisa de Sherlock y besó la parte superior de su pecho, al mismo momento que con ambas manos conducía las de Sherlock hacia su trasero.

—Yo lo amo, señor —susurró.

Sherlock no hizo nada. Sintió la presión de los dedos de Regulus, oprimiendo los de Sherlock contra sus glúteos, y después él mismo los apretó. Cuando lo hizo, el muchacho se sintió más confiado, y se lanzó a besar a Sherlock en los labios. Éste correspondió, ligeramente dudoso, arrastrado por la excitación. Regulus lo empujó, y lo derribó en la cama. Después él se subió, y se sentó con las piernas separadas sobre Sherlock; comenzó a mecerse sobre él, mientras desabrochaba botón por botón en la camisa de Sherlock.

Sherlock presionó aún más las nalgas de Regulus, y entonces se creyó a sí mismo incapaz de detenerse.

Regulus se meció fuertemente, y Sherlock echó su cabeza hacia atrás, pero lo que se encontró no se lo esperaba: estaba recostado sobre la bufanda que John le había regalado.

Se quedó gélido al verla, como si John lo hubiera visto ahí, con Regulus sobre él, y comprendió entonces que eso no era lo que deseaba. No era a Regulus al que quería, ni remotamente. Lo había utilizado como sustituto de John, que se había ido, que lo había dejado. Y en lugar de enfrentar el abandono y a John mismo, se refugió en la esperanza que Regulus representaba: la de estar lo más cerca de algo parecido a John.

Él seguía moviéndose, y su excitación había crecido hasta hacer crecer su miembro. Pero Sherlock se había detenido; sus manos aunque tocaban (pues había quedado estático al descubrir la bufanda) ya no acariciaban, y no obtenían ni un poco de las sensaciones que hasta hacía un minuto.

Cuando Regulus intentó besarlo nuevamente, Sherlock volteó la cara.

—No puedo, muchacho —dijo, y se levantó hasta quedar sentado frente a Regulus. Éste se quedó inexpresivo, pero no dijo nada. Miró a Sherlock detenidamente, pero el detective no lo vio a él.

—Entiendo —dijo—, cuando usted se sienta listo, estaré aquí.

Se puso de pie, y después comenzó a vestirse frente a un confundido Sherlock.

Cuando terminó de hacerlo, le preguntó al detective si ya tenía todo listo, y éste negó con la cabeza.

Sherlock comenzó a meter todo en una bolsa pequeña, y entonces se encontró nuevamente frente a la bufanda. Pensó inevitablemente en John. Tomó la prenda entre sus manos y se la enredó en el cuello, con torpeza, como solía hacerlo.

—Es usted un tonto —dijo Regulus, con ironía y dulzura—. No sabe ponerse la bufanda. Déjeme a mí…

Se acercó para acomodársela, pero Sherlock desvió sus manos con un manotazo.

—No… —Recordó que el acomodarla era lo que John solía hacer—. Así está bien —dijo. Pero en ese momento comprendió que no había sido confusión suya, sino que en verdad, e irremediablemente, estaba enamorado de John Watson; que era lo más importante para él, que lo era todo.

Regulus lo miró, frunciendo el ceño.

—No sea grosero, señor.

—No lo soy… La grosería estaría en permitirte tocar esta bufanda —dijo, y a continuación sonrió, convencido de que sólo él entendía la naturaleza de su argumento.

»Ahora, será mejor que nos vayamos. Yo iré a tomar un tren hacia Londres. Supongo que tú tendrás que quedarte a continuar investigando los homicidios…

—¡De ninguna manera! —gritó Regulus—. Dimitiré de mi cargo si es necesario, con tal de salvaguardarlo, señor.

Sherlock lo miró, y se limitó a sonreír por la determinación que le demostraba.

—Gracias —dijo. Y ambos salieron cuidadosamente en dirección a la estación, donde tomaron el primer tren que salía directo a Londres.


Ending: "Song Beneath The Song" de Maria Taylor


PLUS:

"Americano (Gregori Klosman Remix)" de Lady Gaga


Hoy las dejo con algo movido porque es mi cumple y espero celebrarlo en grande -

Qué mejor regalo que ustedes, lectoras!

Ojalá les agrade el capítulo!

Muchísimas gracias a todas por su apoyo, y por leer mi fic xD

Gracias a 012 por su observación xD Es que suelo no revisar el fic y lo subo tal cual lo escribo :P :)

xD

Cuidense, les deseo lo mejor! :D Un gran domingo!