La historia es una adaptación del libro The Wall of Winnipeg and Me de Mariana Zapata y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.
—¡Jasper! ¿Ya estás listo? —grité por el pasillo mientras metía mi talón en la zapatilla.
—¡Me estoy poniendo las zapatillas, señora Mccarty!
Idiota.
—Te espero abajo —dije mientras me ponía la otra zapatilla.
—Bien —gritó justo cuando llegué a las escaleras. Las bajé y fui a la cocina, encontré a Emmett sentado en la barra del desayuno con un gran vaso de algo marrón y fétido mirando dentro de él; hubiera apostado mi riñón a que tenía alguna clase de frijol y vegetal en eso.
Yendo a la nevera para tomar agua antes de comenzar nuestra carrera, pregunté sobre mi hombro:
—Grandote, ¿quieres algo del refrigerador ahora que estoy aquí?
—No, gracias.
Era la tarde del lunes después de que los Three Hundreds tuvieran un juego fuera. El pobre tipo había llegado a casa desde Maryland a las cuatro de la mañana y había tenido que salir de la cama a las nueve para reunirse con el equipo de entrenadores, luego tuvo que sentarse en una reunión tras otra. Su lenguaje corporal expresaba lo agotado que estaba. ¿Cómo podría no estarlo?
Llené medio vaso con agua y me lo bebí. Al otro lado de la habitación, Emmett finalmente apartó su atención del rompecabezas que estaba terminando en el momento, y preguntó:
—¿A dónde van ustedes dos?
—A correr.
—¿Por qué va contigo? —preguntó planamente, con un ceño frunciéndose entre sus cejas. Sus largos dedos parecían tragarse la pieza del rompecabezas en su mano.
—Lo convencí de que fuera al maratón conmigo. —¿Era de verdad la primera vez que nos veía irnos?
Algo de lo que dije debió haberle intrigado porque su cabeza se alzó y lo que parecía el inicio de una sonrisa se apoderó de su boca.
—¿Va a correr un maratón?
Bueno, eso sonaba insultante incluso a mis oídos. El hecho de que Jasper entrara a la cocina en el momento en que Emmett comenzó su pregunta, no ayudó para nada a la situación. Arrugó su nariz mientras le lanzaba una fija mirada a su ex compañero de equipo.
—Sí.
—Tienes la peor resistencia para el cardio que he visto en mi vida —exclamó el señor No Tengo Habilidades Sociales, para nada avergonzado de haber sido escuchado.
No podía estar en desacuerdo con él en eso. Considerando que Jasper era un atleta elite, las primeras veces que habíamos ido a correr juntos fue como ir con un clon de mí misma durante esos dos primeros meses después de que había decidido que quería empezar a entrenar. No había sido capaz de terminar esos tres kilómetros sin un severo dolor de rodillas y jadeo, y había pensado que era bastante buena.
Jasper, por el otro lado, lo hizo parecer como si lo estuviera llevando por el desierto del Mojave descalzo y sin agua.
—Claro que no —discutió—. ¿Por qué estás asintiendo, Isa?
Detuve lo que estaba haciendo.
—Sí tienes… ¡Ay! No tienes que pellizcarme. —Fulminé a quien pensé era mi amigo, de repente de pie a mi lado—. Sí tienes una terrible resistencia. Tu respiración era peor que la mía.
—Puedo hacer un maratón si quiero. —Las mejillas de Jasper se pusieron ligeramente rosas mientras intentaba alejarme de él para evitar ser pellizcada de nuevo.
—Por supuesto que sí. Tu respiración ya está jadeante en este momento. —Lo golpeé en la espalda, evitando su mano un segundo después—. Terminemos con esto —dije, asegurándome de que estaba al menos a unos cinco pasos de él todo el tiempo—. Déjame ir al baño antes, Forrest Gump.
Jasper se rió, medio arremetiendo contra mí otra vez.
Salté hacia atrás. Casualmente noté a Emmett en mi visión periférica mirándome. Específicamente a mis piernas. Mis calzas estaban todas sucias y tuve que buscar un par de pantalones cortos de mi cajón que no había usado en años. Eran demasiado ajustados y muy cortos, y tuve que ponerme una camiseta ancha para que el elástico enterrándose en mi estómago y mis caderas no fuera obvio. Había perdido casi seis kilos desde que había empezado a correr, pero todavía no tenía nada parecido a abdominales.
Así que estuve un poco sorprendida cuando esas gruesas cejas se fruncieron, su mirada concentrada.
—¿Qué le pasó a tu pierna, Bella?
Había usado faldas y vestidos alrededor de él en un par de ocasiones cuando trabajé para él. Siempre había supuesto que simplemente no le había importado dónde me había hecho la cicatriz que pasaba desde arriba de mi rodilla hasta debajo de ésta. Demonios, había estado usando pantalones cortos cuando nos habíamos quedado atrapados juntos en el elevador y me senté en su regazo después de eso. Tuvo su mano en mi rodilla. ¿Cómo no lo había notado?
Ahora me di cuenta que ni siquiera había mirado.
No me importaba que no fuera bonita y jamás había intentado ocultarla. Era mi medalla de honor. Mi recordatorio diario de todo el dolor físico por el que pasé, toda la rabia que tuve que tener bajo control y lo que había hecho con ésta. Había terminado la escuela. Me había recuperado. Había conseguido mi meta de crear mi propio negocio y me aventuré por mi cuenta. Nadie más tuvo que hacerlo por mí más que yo. Había ahorrado. Había trabajado. Había perseverado. Yo. Nadie más.
Y si pude hacer todo eso, cuando estuve fuerte y cuando estuve débil, podría recordarlo y dejar que me guiara. Mi rodilla adolorida jamás me dejaba olvidar por lo que habíamos pasado en los últimos ocho años.
Salí de la cocina porque la verdad era demasiado grande.
—Me golpeó un auto.
Por lo general, no les decía a las personas que era mi hermana quien había estado conduciendo.
Para cuando Jasper y yo salimos de la casa, el sol había empezado a bajar por el horizonte. Trotamos a ritmo constante durante nueve kilómetros en una dirección antes de dar la vuelta para volver a casa. Los últimos tres kilómetros de camino a casa los usábamos para enfriarnos. Después de recuperar el aire, el gran tejano abruptamente resopló y preguntó:
—¿Cómo demonios Emmett no se había dado cuenta de tu rodilla hasta ahora?
Dejé salir una risa.
—Estaba preguntándome exactamente la misma cosa.
—Dios, Isa, creo que la noté la primera vez que comenzaste a trabajar para él. —Negó—. No se da cuenta de cosas que no tienen que ver con el fútbol a menos que le golpeen en el rostro.
Era cierto.
Entonces, dijo:
—Como tú.
Y fue como si algo se estrellara contra mis hombros. No necesariamente algo malo, pero la verdad era como una boa. Podía ser esta serpiente pesada que podía envolverse alrededor de tu cuello hasta matarte, o podía ser una boa de plumas, un bonito y divertido accesorio en tu vida. En este caso, iba a obligarme a tomar la verdad en la forma de la bonita versión con plumas. Ya había enfrentado la realidad y la realidad era la que Emmett me había admitido: no me había apreciado hasta que me fui.
Era lo que era. No podías obligar a alguien a preocuparse por ti o amarte. Sabía eso demasiado bien.
Pero Emmett era un hombre que solo amaba una cosa, y si no eras esa única cosa, qué mal. Era lo único que había conocido por mucho tiempo, no había mirado a nada de lo demás que lo rodeaba. Podía aceptar que nada más estaba tan cerca de ser tan importante como el fútbol. Lo que no era capaz de entender era lo que Charlie había dicho sobre los abuelos de Emmett y el sufrimiento por el que había pasado cuando los perdió. Ni siquiera los había mencionado frente a mí. Pero supongo que solo era la forma en que era.
Aunque ahora, a su propia manera, sabía que se preocupaba por mí. Eso decía algo, ¿verdad? No creía que estuviera pensando exageradamente o haciendo las cosas más grandes de lo que necesitaba. Simplemente estaba tomando lo que podía y sin transformarlo en algo que no era.
Podía vivir con eso.
Así que me encogí de hombros hacia Jasper.
—Sí, exactamente. Simplemente está demasiado concentrado que no le importa nada más. Lo entiendo. —Lo hacía.
Con un gran suspiro, Jasper resopló.
—Está funcionándole. Es el único en el equipo que es un All-Pro (N/A: Es el mejor jugador de cierta posición durante una temporada en la NFL) —La forma de su boca después de que terminó de hablar hizo que una agridulce sensación pasara por mi corazón. No pude evitar pensar: Pobre Jasper.
Así que lo golpeé en el brazo.
—Deja de lloriquear. Solo tienes veintiocho. Ese quarterback jugó hasta que tuvo casi cuarenta, ¿verdad?
—Sí… bueno. Así es.
—¿Ves? —Eso era suficiente por ahora, ¿verdad? Pasé a cambiar de tema—. ¿Vas a hacer algo para Halloween?
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.
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—¿A dónde vas?
Me detuve en la puerta y levanté la calabaza tallada a mano con forma de cubeta que había comprado el día anterior, para que pudiera ver las tres bolsas de caramelos que había abierto y vaciado dentro.
—A ningún lado. Iba a sentarme afuera.
Sentado en lo que había empezado a considerar llamar su trono —la barra del desayuno—, el grandote tenía un rompecabezas frente a él. No sabía por qué pensaba que era tan lindo, pero lo era. De verdad, de verdad lo era. Esos grandes hombros siempre estaban encorvados mientras trabajaba en éstos y no necesitaba atraparlo distraído para saber que algunas veces sacaba su lengua por la esquina de su boca cuando de verdad estaba concentrado en eso. Ahora, en el día de Halloween, todo su cuerpo estaba girado de lado cuando me atrapó saliendo.
Los ojos de Emmett cayeron a mi cuerpo en lo que pensé que era la tercera vez desde que nos conocimos, e inclinó una gruesa ceja, con el rostro serio como una máscara de piedra.
—Estás muy vestida.
—Es un disfraz —dijo un poco demasiado consciente de mí misma—. Para la noche de brujas. —Por cierto, amaba Halloween. Aparte de Navidad, era mi festividad favorita. Los disfraces, las decoraciones, los niños y el dulce… había sido amor desde el primer treinta y uno de octubre que podía recordar.
Emmett inclinó su cabeza ligeramente hacia un lado.
—¿Qué se supone que eres?
¿Era en serio? Miré mi disfraz, pensando que había hecho un trabajo muy bueno al armarlo hace tres años cuando lo había usado por última vez en la fiesta de un amigo. El overol, la camisa amarilla, la gafa de un solo ojo presionada en mi frente. Era obvio.
—Un minion.
"El Muro de Winnipeg" parpadeó.
—¿Qué demonios es un minion?
—Un minion. Mi villano favorito. —Parpadeé cuando se quedó en silencio—. ¿Nada?
—Jamás la vi.
Blasfemia. Hubiera preguntado si era en serio, pero sabía que sí lo era. Lo miré fijamente.
—Es una de las películas más bellas de todo el universo —le expliqué lentamente, esperando que estuviera bromeando.
Negó, sus ojos parpadeando lentamente de nuevo.
—Jamás escuché de eso.
—Ni siquiera sé qué decirte y, al mismo tiempo, no estoy segura de porqué estoy sorprendida de que jamás hayas escuchado de ella —dije—. No tienes ni idea de lo que te has estado perdiendo, grandote. Es probablemente la película animada más bonita después de Buscando a Nemo.
—Dudo mucho eso. —Pero no dijo que no había escuchado de Buscando a Nemo. Eso era algo.
—Tengo el DVD en mi cuarto, tómalo.
Antes de que pudiera responder, un golpe sonó en la puerta y una descarga de alegría se disparó por mi pecho mientras tomaba la cubeta de dulces en mi mano y me preparaba para los niños pidiendo dulces al otro lado.
Dos pequeños niños que no podían tener más de seis años estaban en la puerta con trajes de tela verdaderamente elaborados.
—¡Truco o trato! —gritaron básicamente.
—Feliz Halloween —dije, mirando al pequeño Power Ranger y al Capitán América mientras dejaba un par de dulces en cada bolsa.
—¡Gracias! —gritaron simultáneamente antes de correr a los adultos de pie al final del camino de entrada esperándolos. Los adultos se despidieron con la mano y yo hice lo mismo antes de entrar en casa de nuevo.
—Estaré afuera —dije hacia Emmett, agarrando la silla plegable que había dejado junto a la puerta más temprano para esta ocasión.
Apenas me había acomodado en la silla en el pequeño patio de afuera cuando la puerta se abrió y las patas de una silla como la mía se asomaron, el tipo grande de casi dos metros con quien estaba casada apareció.
—¿Qué haces? —pregunté mientras dejaba su silla a mi lado, más lejos de la puerta.
—Nada. —Me miró mientras se dejaba caer sobre la lona. Honestamente, una pequeña parte de mí estaba preocupada de que fuera a romper las costuras cuando se dejó caer, pero por algún milagro no lo hizo. Inclinándose hacia atrás, cruzó los brazos sobre su pecho y miró hacia la calle.
Y lo miré.
Jamás se sentaba afuera. Jamás. ¿Cuándo tendría el tiempo? ¿Y por qué lo haría?
—Bien —murmuré, moviendo mi atención de regreso a la calle para ver a un par de niños tres calles abajo. Todavía era temprano, casi las seis, así que no pensé mucho en la ausencia de los niños en las calles. Cuando era pequeña en mi barrio, serían las cinco de la tarde y las calles estarían llenas de los niños más pequeños primero, y para las ocho de la noche, los mayores estarían ocupados haciendo sus rondas. La mayoría de las casas en ese vecindario habían sido decoradas con las mejores habilidades —la nuestra jamás, sin embargo—, pero había sido asombroso. Todo el mundo estaba en ello.
Mi mamá realmente nunca nos compró disfraces, pero eso no nos detuvo ni a mi hermano menor ni a mí de disfrazarnos. Me había vuelto muy buena en hacer algo de la nada. Cada año, lloviera o relampagueara, nos disfrazábamos y salíamos con Angela, acompañados por sus padres.
Incluso en mi complejo de apartamentos, había unos pocos niños que se pasaron en los dos años que estuve ahí. Este, por otra parte, era un poco decepcionante, ¿pero quizás era muy temprano?
Me eché hacia atrás en mi silla y saqué un Kit Kat de la calabaza en mi regazo.
—Sí. —Me metí medio en la boca, dejándolo colgar como un cigarro—. Me gustan los disfraces y la imaginación. El dulce. Pero me gustan más que nada los disfraces.
Me miró brevemente.
—Eso puedo ver.
Me crucé de piernas y me giré ligeramente hacia él.
—¿Qué? No es como si estuviera vestida como una conejita sexy o una enfermera de la mansión Playboy ni nada de eso.
Su mirada permaneció al frente.
—¿No es lo que la mayoría de chicas hace?
—Algunas… si no tienes imaginación. Pfff. El año pasado, me disfracé de Goku. —Angela y yo habíamos ido a una de las fiestas de Halloween de sus amigos. Hice que se vistiera como Trunks.
Eso hizo que me mirara.
—¿Qué es un Goku?
Sí, tuve que agarrar los costados de la silla plegable mientras fijaba mi mirada en su rostro barbudo.
—Solamente es el segundo mejor luchador en la historia del Anime. Era un personaje de un programa llamado "Dragonball". —Me di cuenta que estaba susurrando y gritando a la vez, y tosí—. Eran unos dibujos animados japoneses que amaba. ¿Jamás has oído de eso?
Esas gruesas cejas se fruncieron y un gran pie se cruzó sobre el otro mientras se estiraba en la pobre, pobre silla.
—¿Son unos dibujos animados… con luchadores?
—Luchadores intergalácticos —traté de atraerlo, alzando una ceja—. Como Streetfighter, pero con una trama. Es épico.
Añadir la parte intergaláctica debió haber sido demasiado porque solo sacudió su cabeza.
—¿Qué demonios es un luchador intergaláctico?
—Un luchador… —Lo miré y agarré dos dulces, pasándole unas golosinas Airhead porque sabía que era vegetariano—. Toma. Esto puede tomar un tiempo.
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—¿Tiene cola todo el tiempo? —Emmett tenía la misma chupeta Blow Pop up contra su labio que había sacado de la calabaza tallada después de terminarse el Airhead. Era o no posible que hubiera tenido que obligarme a no mirar su boca por más de un segundo o dos a la vez—. Eso parece estúpido. Alguien podría agarrarla y usarla en su contra.
El hecho de que estuviera pensando en un anime al que le tenía tanto aprecio, me tenía malditamente emocionada; solo debía tener cuidado de no mostrarlo en mi rostro.
—No, la pierde cuando crece —expliqué.
Habíamos estado hablando de Dragonball durante la última hora. En ese tiempo, exactamente cuatro niños habían venido a nuestra casa por dulces, pero estaba demasiado ocupada explicando uno de mis programas favoritos en el mundo al señor No Tuve Una Infancia para de verdad preocuparme por eso.
Parpadeó mientras pensaba en mi explicación.
—¿Perdió su cola cuando llegó a la pubertad?
—Sí.
—¿Por qué?
—¿Por qué importa? Es genética. A los chicos les crece vello en lugares cuando llegan a la pubertad; él puede perder su cola si quiere perderla. Solo tienes que verlo para entenderlo.
No se veía particularmente convencido.
—Después de eso, hay un "Dragonball Z" y GT, que son incluso mejores en mi opinión.
—¿Qué es eso?
—La serie cuando se hace más antigua. Tienen hijos y entonces sus hijos crecen para ser mejores que ellos.
Sus cejas se fruncieron y estaba muy segura de que su boca también.
—¿También tienes eso en DVD?
Sonreí.
—Tal vez.
Me miró de reojo, alzando la mano para rascarse su mejilla barbuda con los tres dedos que tenía libres.
—Tal vez tenga que verlo.
—Cuando quieras, grandote. Mi colección de vídeo es tu colección de vídeo.
Juro que asintió como si de verdad aceptara mi oferta.
Con un suspiro victorioso, giré mi atención a la calle para ver que estaba completamente vacía. Ni una sola alma andaba por nuestra cuadra o ninguna otra cuadra que alcanzara a ver. Algo hizo cosquillas en la parte de atrás de mi cabeza, de verdad haciéndome pensar en la noche, en Emmett saliendo a sentarse conmigo.
Me mordí mis labios y pregunté lentamente:
—Probablemente sean todos los niños esta noche, ¿eh?
Levantó un hombro, sacando la chupeta de su boca.
—Eso parece.
Me puse de pie con el contenedor de dulces casi lleno y asegurándome de mantener la cabeza gacha mientras plegaba la silla. Algo se atoró en mi garganta.
—Los niños no salen a pedir dulces en este barrio, ¿verdad?
Emmett murmuró la no-respuesta más odiosa del mundo.
Y tuve mi respuesta.
No podía creer que hubiera tardado tanto en descubrirlo.
Él había sabido que los niños no salían a pedir dulces en este vecindario; su maldito vecindario vallado. Así que había salido para hacerme compañía. Qué tal eso. Qué tal eso.
—¿Emmett?
—¿Eh?
—¿Por qué no me dijiste que no había niños aquí?
No se molestó en mirarme mientras iba dentro de la casa con su silla bajo un brazo.
—Parecías emocionada. No quería arruinártelo —admitió con una nota de timidez en su voz.
Bah, malditas patrañas.
Si había algo que pudiera haber dicho después de eso que hubiera sido apropiado, no tenía ni idea de qué podría haber sido. Pensé en el pequeño acto de bondad que había tenido mientras tomaba su silla y ponía ambas en el garaje mientras él iba al baño.
Mi estómago gruñó y me puse a aclarar algunos garbanzos y los sequé mientras mi mente vagaba a Emmett. Apareció en la cocina y se sentó a la mesa del desayuno, su amplia espalda curvándose sobre ésta mientras trabajaba en su rompecabezas tranquilo. Hice la cena —cuadruplicando lo que usualmente habría hecho para mí sola— y me dije que solo lo estaba haciendo porque había sido amable conmigo.
Ni siquiera iba a molestarme en preguntarle si tenía hambre. Siempre tenía hambre.
Cuando la comida estuvo lista treinta minutos después, serví dos platos y sostuve uno con tres veces más cantidad que el otro para él. Los ojos de Emmett miraron los míos mientras lo tomaba.
—Gracias.
Asentí.
—De nada. Voy a ver televisión mientras como mi cena. —Me dirigí hasta donde la sala de estar se encontraba con el pasillo que iba directo a la mitad de la casa.
—¿Quieres ver el programa de Dragonball?
Me detuve en seco cuando habló.
—Tengo curiosidad por saber cómo luce un niñito con cola de mono que supuestamente puede patear traseros.
Mirando hacia atrás para asegurarme de que no estuviera bromeando, vi a Emmett sentado sobre el borde de su silla, listo para levantarse si aceptaba. Estuve anonadada por un segundo antes de reaccionar. Tuve que obligarme a no sonreír como una lunática.
—Es Dragonball, grandote, y no tienes que decírmelo dos veces.
Y aquí esta el nuevo capitulo, me alegra ver lo mucho que les esta gustando esta historia. Al adaptarla tenía muchas dudas porque se que no a todos les gustan las parejas no canon y ver que la disfrutan alegra bastante mis tardes.
Espero que lo disfruten
xoxo
