Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo 21
Esa misma noche, Tino dejó la roja flor en un pequeño florero que había comprado mientras que regresaban al apartamento. Aunque, al principio le había parecido un tanto extraño que el sueco le diera una flor como regalo, ahora le daba la impresión que incluso hasta le alegraba. A pesar de solamente ser uno, el tulipán conseguía darle un poco más de vida a ese lugar. Pero como el chico quería recordar ese día, aún cuando hubo tantos malentendidos, así que decidió dejarlo sobre su mesa de luz.
—De verdad, me gusta. Otra vez, gracias —comentó el chico, esbozando una pequeña sonrisa.
—¿Lo dices en serio? —Sólo había sido mera coincidencia, pero dentro de él, le regocijaba ciertamente que aquel pudiera estar feliz, por unos momentos.
—¡Claro! Es pequeño, pero tiene su encanto. Ilumina un poco más la habitación, ¿no lo crees? —preguntó el joven, quien no podía sacar sus ojos de la planta.
—Sí —Fue todo lo que dijo, se daba por satisfecho con escuchar esas palabras.
—¿En dónde la viste? Espero que no hayas tenido que pagar mucho por ella, ¡eso me daría vergüenza! —opinó, un tanto curioso.
—Yo, bueno... —El sueco comenzó a rememorar su encuentro con la húngara.
Horas atrás, mientras que el finés estaba revisando con mucha atención cada una de las flores que estaban en ese espléndido jardín, una mujer comenzó a llamar al más alto. Éste, no se había dado por aludido, simplemente creyó que estaba hablando con alguien más o se refería a otra persona que no fuera él. Pero la chica lo tenía como su objetivo, ella se había dado cuenta y sabía que esos dos necesitaban una pequeña intervención de parte suya.
—¡Oye, tú! ¡El alto que va por allí! —exclamó la joven, al mismo tiempo que trataba de ser lo suficientemente discreta como para que el rubio de ojos pardos no se diera cuenta.
—¿Eh? —Berwald se giró lentamente y cuando la vio, aquella la estaba dando indicaciones con el dedo.
—¡Sí, te hablo a ti! ¡Ven un rato! —murmuró mientras cogía del brazo al nórdico.
Si bien era cierto que el hombre tenía sus dudas acerca de ello, se fijó en Tino, quien estaba demasiado ensimismado como para darse cuenta de que no estaba más detrás de él. Creyó que si lo dejaba por unos segundos por su cuenta, no debería suceder nada. Al menos, esperaba que no volviera a ocurrir lo mismo que había pasado en el restaurante con aquel griego con tan poca vergüenza.
—¿Qué sucede? —Ambos se detuvieron al frente de un pequeño stand donde se vendían distintas clases de flores, especialmente para aquellos que querían llevar un pedazo de ese jardín a su propio hogar.
—Conozco muy bien esa mirada que le das a ese chico —dijo indiscretamente la chica, sorprendiendo al otro.
—No sé qué dices —contestó, y se dispuso a irse de allí, no tenía planeado discutir acerca de ello con nadie, sobretodo con alguien que era un total extraño.
—¡Vamos! Aunque supongo que no te importaría, si alguien más decidiera coquetear con él —respondió, tendiendo una pequeña trampa, a la cual estaba segura que el escandinavo caería.
Tal como lo predijo, Berwald empezó a mirar por los alrededores, en el caso de que alguien desconocido se le acercara al finés. La húngara simplemente sonrió y buscó la flor en su pequeño stand mientras que aquel continuaba observando el ambiente, sin disimular demasiado su preocupación por el muchacho.
—Aquí tienes —dijo repentinamente la chica y en su mano sostenía un pequeño tulipán de color rojo vivo —. Deberías dárselo.
—¿Eh? —El otro no parecía entender, pues no pensaba todavía en comentarle nada al finés acerca de sus sentimientos, no quería arruinar la amistad por una simple corazonada.
—El tulipán rojo simboliza una pequeña declaración de amor, tan sutil que no se va a dar cuenta —Podía ver con los actos del sueco que había dado en el blanco.
Tras meditarlo por un rato, pensó que sería una buena idea. Después de todo, era un poco romántico, mas no lo suficiente para que Tino sospechara de algo más. Además, al verlo disfrutar ese ambiente, creyó que sería una buena forma de que aquel pudiera recordar ese jardín, aún cuando vivían en una parte de la ciudad bastante gris. Aparte, le daría un dulce aroma a su habitación, pues todo lo que se respiraba allí era desodorante de hombre.
—Lo llevaré —resolvió el sueco y agarró con mucho cuidado la flor, no quería romperla con sus manos, que no estaban precisamente diseñados para la delicadeza. Pero se esforzó para que la misma llegara en esas condiciones al finés.
—Oye, si decides confesarte o algo, ¿me avisas? Es que me encanta tomar fotos de parejas en mi tiempo libre —admitió la chica, mientras que despedía al escandinavo.
—¿Berwald? —El muchacho zarandeó un poco el brazo de aquel, ya que se había quedado en silencio luego de haberle hecho aquella pregunta.
—¿Eh? —Éste salió de su especie de sueño, para acordarse de que estaba a punto de contestarle al otro. Aunque, claro, no podía decirle lo que exactamente había ocurrido.
—Te quedaste colgado por un rato, ¿te encuentras bien? No te culpo, fue un día de locos —El finés rió, decidió que lo mejor sería tomarse con humor todo lo que había pasado.
—Sí, lo compré porque... —Berwald se quedó una vez más en silencio, trató de pensar en una buena excusa que no lo dejara en evidencia.
—¡No importa! De todas formas, me encantó. Aunque ahora sólo quiero dormir —respondió Tino, quien estaba aguantando el sueño, pero ya no podía más.
Cada uno se acostó en su respectiva cama, el finés enseguida apagó la luz de su velador, sin antes volver a darle un vistazo a la flor. Nunca le habían dado un presente como ése, así que continuaba encantado por la misma. Estaba empezando a cambiar un poco su opinión acerca del sueco, pues no era tan malo como había creído la primera vez que lo había vito. De hecho, incluso consideraba que era bastante amable con él, a pesar de los líos en los que se metía.
Sin embargo, el de ojos azules volvió a sentarse sobre su cómoda sábana. Tenía tantas cosas en las cuáles pensar, siendo la principal, el momento en que el otro le había dado un pequeño beso en su mejilla. Éste acarició el lugar exacto dónde el otro nórdico había posado sus labios, había sido el mejor instante de ese día, y eso que por unos minutos, había tenido que fingir que era la pareja del muchacho. Pero de todas formas, no quería hacerse ilusiones.
—Qué absurdo —comentó el hombre, sin darse cuenta que lo había dicho en voz alta.
Tino, que ya se había dado vuelta, para intentar entregarse al mundo de los sueños, enseguida miró al otro. Creyó haber escuchado algo, así que no tardó demasiado en intentar ver de qué se trataba.
—¿Dijiste algo? —preguntó el muchacho, con los ojos semi abiertos
—¿Eh? —El sueco levantó la mirada, pues hasta ese momento había estado con los ojos hacia el suelo y de repente, veía hacia el otro lado.
—Pensé que estabas hablando. ¡Supongo que sólo fue mi imaginación! —contestó, un poco nervioso —¡Hasta mañana! —Después, regresó a la posición que había tomado.
—Buenas noches —Éste respiró más tranquilo, por un instante se le pasó por la mente que el finés iba a hacerle unas cuantas preguntas más.
Al día siguiente, ambos se dedicaron a su trabajo. Aunque ése domingo había sido bastante agitado y en lo persona, a Tino le atraía la idea de quedarse a dormir, tenía que trabajar. Despertarse tan temprano había sido toda una hazaña, pero tenía que hacer algo más de dinero. Después de todo, aún debía pagar al sueco por los gastos en los que éste había incurrido y no quería ser una carga para aquel.
El sueco se tuvo que contener cuando vio al finés irse, porque aún podía recordar lo bien que se sintió tener al finlandés entre sus brazos, aún cuando fuera por unos minutos y sólo de mentira. Suspiró, debía sacárselo de su sistema, pero aparentemente cada vez que se decidía a no pensar más en ello, siempre sucedía algo que le hacía cambiar de parecer. Quizás si nuevamente se concentraba únicamente en su trabajo, podría mantener esas ideas en su cabeza, por lo menos hasta la noche.
Lo que él desconocía por completo era que el finlandés también estaba pensando en lo que había sucedido el día de ayer. Éste caminaba, haciéndose paso por la multitud, mientras meditaba sobre todo. Todavía le causaba gracia el hecho de que confundieran su amistad con Berwald, por algo más, lo que ocasionó que se riera solo. El resto lo miraba un tanto perplejo, pero no le importaba. Seguía creyendo que era la idea más estúpida y absurda que había escuchado en sus veinte años de vida.
—¡Cómo si eso fuera posible! Es demasiado grande para mí y de todas formas, él nunca prestaría atención a alguien como yo —se dijo, primero en forma de broma pero luego comenzó a pensarlo en serio —. Ah, de verdad, que tendría suerte si encontrara a alguien como él —suspiró.
Cuando finalmente llegó a la juguetería, notó que había muchísima gente que salía de varios camiones, llevando consigo muchas cajas. El finlandés no entendía nada de lo que sucedía, así que entró enseguida para ver qué ocurría. Toris, el gerente de la sucursal de esa tienda, estaba lleno de papeles, firmando y revisando todas las entregas que estaba recibiendo la tienda. Por otro lado, aquel polaco estaba diseñando una nueva sección que habilitaría ese lugar en unos cuantos días.
Había tanta gente y tanto movimiento que Tino se estaba mareando, no sabía hacía donde ir. Lucía desorientado, a pesar de ser un empleado fijo de allí. Pero para su buena fortuna, el lituano se dio cuenta de su presencia y se acercó lo más pronto que le fue posible, pues estaba rodeado de varias columnas de documentos. Sin embargo, se pudo dar un tiempo para dar las indicaciones al finlandés.
—¡Tino, menos mal que llegaste! —exclamó aliviado el otro, que no daba más de tanto trabajo.
—¿Qué está sucediendo? —El rubio de ojos pardos estaba más que intrigado por saber qué pasaba a su alrededor.
—Es que vamos a habilitar una sección para que la gente pueda probar videojuegos y eso. ¿No te lo había dicho? —Pero la hoja donde dejaba constancia de ese cambio seguía en su oficina, se le había pasado por alto decirle a los demás y ahora tenía que intentar organizarlo todo.
—No, yo no recuerdo...
—Lo que sea, ¡no hay tiempo! —dijo algo nervioso —¿Podrías poner todos los juegos en su estante? Y luego necesito que te subas a la escalera y pongas los carteles. También...
La cabeza del finlandés estaba dando vueltas, porque eran muchísimas las tareas que le estaban asignando. Pero no le quedaba más que acatarlas, dado que la tienda no tenía muchos empleados, pues casi nadie quería trabajar en un lugar cuyo dueño era cierto ruso muy temido. Ése fue el inicio de semana del finlandés. El muchacho colocó sus dos manos sobre su cadera y respiró profundamente, ya que necesitaría más que suerte para lograr terminar todo eso.
Ese miércoles, que parecía otro día más de trabajo, el dueño de todo ese lugar había decidido echar una breve inspección. Quería ver cómo iban las cosas y para asegurarse de que el encargo de aquella tienda se diera cuenta con quien estaba lidiando, pues conocía sus intenciones de éste con su hermana menor. El hombre entró, como siempre, vistiendo ese sobre todo con una enorme bufanda blanca, paralizando a la gran mayoría de las personas.
Entre los pocos que continuaban con su labor, estaba Tino. Éste desconocía por completo la identidad del ruso, así que siguió amontonando las cajas de algunos juguetes que estaban defectuosos y que por cosas de la vida, habían terminado allí. El rubio estaba sentado sobre el piso, contando cuántas eran, pues quería tener cuidado de no dejarlos caer mientras regresaba al depósito. Repentinamente, sobre él, hubo una enorme sombra, lo cual lo asustó un poco.
—Tú eres nuevo, ¿no es así? —preguntó el hombre, al ver a muchacho que trabajaba tan concentrado y que no le temía, al contrario de los demás.
—Sí, soy... —Tino se volteó y observó que una persona alta estaba observándolo. Éste le dio la misma impresión que el sueco, cuando lo había conocido por primera vez, pues poseía el mismo aura extraño.
—Sigue así —contestó y se dirigió al lituano, que ya estaba asustado por su propia vida.
La verdad era que no tembló por la única razón que estaba paralizado por la apariencia de aquel. Sólo era un poco más alto que su compañero, pero aún así, no pudo evitar sentirse atemorizado. Hasta incluso prefería muchas veces más que fuera Berwald quien se hubiera asomado, en lugar de aquella rara persona. Por el resto del día, no pudo evitar sentirse asustado por el hecho de que ese hombre pudiera aparecerse nuevamente.
Tras terminar la jornada de trabajo, el rubio se apresuró en llegar a su apartamento. Pensaba en que todo lo que quería era llegar y estar cerca del sueco, ya que al menos con él se sentía seguro. Claro, eso no evitó que se tropezara y cayera en una pequeña zanja, donde el agua era de todo, menos salubre. Mas no le interesó. Sólo quería estar cuánto más lejos posible de su trabajo, bajo el techo de su apartamento, donde ése hombre no pudiera entrar.
Luego del pequeño baño que se había dado, el finlandés continuó caminando. Se había secado mal que mal la cara, tan sólo estaba interesado en regresar a su piso. No podía suceder nada más, pero su suerte decidió que no sería así. Tino pasó cerca de un edificio, en donde había numerosos balcones cuando de la nada, sintió algo pegajoso sobre su lacio cabello rubio. Sin embargo, no quería detenerse y pese a verse ridículo, estaba determinado a estar en su piso en cuanto antes.
Sin embargo, en su apuro, no se estaba fijando por donde iba. Tenía un sólo objetivo y éso no incluía tener mucho cuidado por donde iba. Mientras caminaba, repentinamente se dio cuenta de que su zapato parecía que se había pegado al suelo y que había pisado algo con una contextura extraña. Pero lo que más le llamaba la atención era que olía raro, pero no se detuvo. Más que nada por que temía averiguar de que podía tratarse.
Mientras tanto, Berwald estaba golpeando con toda su fuerza un clavo, pues era la única forma en que no podía pensar en el beso del muchacho o en el abrazo que le había dado en el restaurante o le impedía escuchar cuando aquel fingió que era su pareja. Por supuesto, eso también significaba que no podía oír el teléfono y cuando el finlandés entró al apartamento.
Tino llevaba una cáscara de banana sobre su cabeza, pues alguien se lo había arrojado desde un balcón, desprendía un olor raro gracias a que se había caído en aguas de la cloaca y tenía algo extraño pegado a la suela de su zapato, que sólo quería pensar que se trataba de chicle. Sin embargo, estaba contento de poder finalmente estar en su piso y fue a abrazar al sueco, sin pensarlo dos veces.
El escandinavo aún estaba con el martillo en la mano y estaba sosteniendo con la otra un clavo, y cuando el muchacho lo rodeó con sus brazos, en lugar de acertar a la madera, se golpeó el dedo gordo de la mano. Pero, a pesar del dolor que estaba sintiendo, estaba más sorprendido porque el finlandés se había arrojado de esa manera. Por supuesto, desconocía que él se había dado el susto del siglo por culpa de ese ruso y sólo había podido pensar en que quería estar junto a él, esa costumbre que estaba adquiriendo por la forma de ser del sueco.
—Tino... —Fue todo lo que dijo, para llamarle la atención, ya que hacía varios minutos desde que él estaba colgado de su cuello.
—¡Lo siento! Es que pasó algo en el trabajo y no te imaginas las ganas que tenía de regresar —contestó, tomando distancia del escandinavo.
—No es nada —replicó, mientras posó su lastimada mano por la rodilla del finlandés.
—Bueno, supongo que... —En ese instante, se dio cuenta del accidente del sueco y comenzó a desesperarse —¡No quise hacerte eso! ¡Lo siento! —se lamentó, al ver lo hinchado que estaba la mano del hombre.
—Sólo una venda —No hubiera dicho nada, pues le agradaba tener a Tino tan cerca después de un día tan aburrido.
—¡¿Cómo qué sólo una venda? ¿No te duele? —N se dio cuenta de que, en medio de su miedo, estaba golpeando por accidente a la herida del otro.
—Sí, pero...
—¡Iré a buscar un botiquín! —Tino le dio una mirada más a la mano del hombre, que por cierto estaba repleta de golpes, moretones y algunos rasguños, pero nada tan grande como lo de en ese instante.
El finlandés nuevamente se levantó y fue al baño, en busca de los remedios. Ni siquiera se había inmutado en sacarse la fruta de su cabello, estaba demasiado preocupado por el otro. Además, le molestaba de cierta forma que le restara la importancia de esa herida. Casi le dio un ataque cuando la había visto, pero el sueco sólo se había limitado a alegrarse por su llegada. Añadiendo a todo eso, se sentía culpable, por su temor le había causado semejante dolor.
Estaba tan agobiado que se había puesto a buscar por todas partes cuando se le vino a la mente que el botiquín probablemente estuviera en el baño. Dejó de perder más tiempo y se fue allí, para luego encontrarlo. Tras sacar todo lo que podía ayudarlo, algo se le cayó al suelo. Ni se inmutó a mirar lo que era, sólo sabía que debía ir junto a Berwald antes que se le infectara.
Pero además de todo eso, trajo una pequeña jarra con un poco de agua y un trapo. El de ojos azules se había quedado en la sala, nunca le había dado demasiada importancia a esos accidentes, ya que venían con el trabajo y estaba más que acostumbrado a darse esos golpes. No obstante, estaba algo impresionado por la forma en que el finlandés se estaba moviendo, lo mucho que le importaba y lo enojado que estaba.
—¡Ah, no sabes lo mucho que lo siento! Pero no te preocupes, ¡la próxima vez me voy a fijar! —aseguró el finés mientras remojaba el trapo y luego empezó a limpiar la herida.
—Sólo fue un incidente —comentó el otro, que en lugar de darle importancia a lo que sucedió, simplemente se concentraba en mirar al muchacho, que después de todo lo que había pasado durante su trabajo y su vuelta, tenía toda su atención sobre la mano de él.
—¡De todas formas, me siento responsable! —reiteró sin levantar su mirada.
Luego de cubrir la mano del otro con la venda, el finlandés se tiró al sofá. El sueco tocó por un rato lo que ahora estaba por su mano, el muchacho lo había hecho con muchísimo cuidado y delicadeza, pero aún así estaba tan bien atado que no se caería de allí. Volvió a fijarse en el finlandés, quien estaba deshecho. Se le acercó bastante, tanto que podía ver cómo las gotas de sudor se le caían por el rostro.
Tino había cerrado por unos momentos sus ojos, estaba agotado. Había tenido tanto que hacer y a eso se le debía sumar con el miedo que no se le había ido durante toda la jornada, pues ése hombre le había dejado una gran impresión. Berwald tomó un paño y comenzó a limpiar el rostro del otro. Pero, creyendo que aquel se había quedado profundamente dormido, el sueco se aproximó un poco más para poder apreciar los rasgos del finlandés. Sin embargo, no contó con que aquel abriría sus ojos en ese preciso instante.
—¡Kya! —exclamó, pues en el momento que había cerrado sus ojos, sólo podía ver a aquel ruso.
—No quise asustarte —respondió el otro, sentándose en el otro sofá, para que Tino pudiese estar más calmado.
Sin embargo, el finés se arrojó a los brazos del otro, que no entendía que era lo que pasaba. Tino estaba temblando y parecía un gato atemorizado, pues todos sus pelos se le habían puesto de punta. Por supuesto, no pensaba acerca otra cosa más que dar unos suaves golpes en la espalda de aquel, algo había pasado que no le estaba diciendo.
—Ah, lo siento. Iré a tomar un baño —Tino se dio cuenta de lo que había hecho inconscientemente así que se apartó de inmediato, no había nada cómo pasar un tiempo en el agua con burbujas para calmar los nervios.
—¿Todo bien? —El sueco estaba intrigado, el rubio estaba un poco raro desde que había llegado.
—Sí, es sólo que... —Se fue de allí, no tenía ganas de hablar de ello.
Tuve que recortar este capítulo porque era más largo y no quería que fuera tedioso.
La historia va a contar con un mínimo de... *sonido de tambores* ¡40 capítulos! *¡tachán!* Es por eso que no me estoy apurando demasiado xD
Quiero agradecer los comentarios de: CakeCaroCake, ChibichibiSuginto, Rina. Y, Kuroko de Lioncourt, Eirin Stiva, Serrat, Hitomi Unii-chan, mylan604, LunaraKaiba y Serket Girgam.
Ya saben que si no publico un miércoles, lo hago un jueves~
¡Gracias por leer~! :)
