Konnichiwa! Lo siento por tardar tanto, ultimamente no me venia la inspiración para escribir estar historia D: En fin! Subo hoy y me he apresurado a escribir porq esta semana q viene me voy a de viaje a Cantabria (España) con mi escuela y pues claro, no poder subir ninguna de mis historias :| Espero que os guste el capitulo, ya se acerca el fin y os continuo invitando a votar la votación que tengo en mi perfil :)
Capitulo 21:
En aquellos momentos todo el mundo decía que debíamos conservar la calma, intentar soportar, sobrevivir. Los alemanes perdían la guerra, y todo el mundo creía que solo duraría unos cuantos meses más todo aquello. Mi hermano seguía en la enfermería y Ludwig no aparecía casi nunca por el campo y todo aquello me tenía destrozado. Me habían trasladado a la cantera, donde el trabajo era mucho más pesado y arduo.
Había hecho un par de amigos, dos italianos de Venecia que ya habían pasado por tres campos diferentes hasta llegar a Birkenau. Los ratos que teníamos libres, como era la hora de comer o por la tarde cuando nos mandaban a los barracones porque ya había oscurecido, los aprovechábamos para hablar. Yo no les había dicho nada de Ludwig, ya que aún no confiaba del todo en ellos pero si les conté lo de mis dos amigo, que ambos se encontraban en la enfermería. Ambos se mostraron sorprendidos e intercambiaron una mirada de preocupación y tristeza.
-Antes eramos tres...- empezó Francesco. Flabio le observó y después clavo sus ojos en los míos.
-En nuestro paso por Dachau, Mario – así era como su amigo se llamaba.- sufrió la disentería. Le tuvimos tres días escondido en el barracón, por miedo a que lo matasen, pero cuando lo descubrieron lo llevaron a la enfermería. Era un edificio no más grande que el resto, con camas iguales a las nuestras. Pero no había doctor ni nadie para cuidar de los enfermos. Nuestro amigo nunca salió de allí.
-Al menos no vivo.- acabó Francesco. Ambos jugaban nerviosamente con los dedos y tenían el ceño fruncido. Yo tenía el rostro desencajado y mi labio inferior temblaba. Sentía que mis ojos amenazaban en dejar salir las lágrimas que se habían acumulado. Francesco y Flabio notaron eso y se pusieron nerviosos.
-¡Pero no significa que esto sea igual! Quizás aquí es de verdad una enfermería. Al fin y al cabo, hay un doctor.- un hombre que estaba cerca de nosotros se acercó al oír hablar de un doctor. Se sentó a nuestro lado con los ojos como dos naranjas.
-¿Habláis de Mengele?- ninguno dijo nada. Aquel hombre parecía tener unos cincuenta años, pero era seguramente una mentira, ya que la gente allí parecía mucho mayor de lo que en realidad era por lo que seguramente aquel hombre debía tener entre treinta o cuarenta años. - He oído horrores sobre él, de lo que hace a la gente.
Mi cuerpo se tenso y sentí mis fracciones endurecerse, mientras mis ojos oscurecían.
-Ha dejado a un amigo mío ciego.- gruñí. Me asombre ante el sombrío tono que había adquirido mi voz. Aquellos años, sin duda, me habían cambiado mucho. Tuve que endurecerme todo lo que podía para soportar la muerte que me rodeaba días tras día. Ya no me importaba si me levantaba al lado de un hombre muerto que había estado a mi lado toda la noche o cuando mientras estábamos trabajando alguien se desplomaba, se moría , literalmente, de cansancio a mi lado. Todos aquellos momentos eran deplorables, pero el peor de todos era la noche, cuando todos nos íbamos a dormir.
Todo el campo se oscurecía y lo invadía el silencio. El hórrido olor que desprendían los cuerpos quemándose se hacía presente en el aire.
Y de repente todo te caía encima, todas las lágrimas, tristeza, rabia que habías estado acumulando durante todo el día te invadía en una oleada. Te sentías más débil y desdichado que nunca y sentías, que a pesar de tener mil personas más a tu lado en aquellos momentos, estabas solo y la muerte te estaba esperando.
En aquellos momentos sentía la muerte próxima a mi, y me daba miedo dormirme para quizás no volverme nunca a despertar. Se podían oír los sollozos ahogados, como sorbían las nariz. Todo el mundo intentaba que no se le notara, pero era inevitable. Aquellas eran las peores horas del día. Donde te dabas cuenta de que, por muy horroroso que fuera, habías aprendido a convivir con el miedo y la muerte.
El hombre que nos estaban hablando negó con la cabeza mientras me observaba.
-Eso es lo mínimo que te pueden hacer. He oído que le encantan los gemelos. - mis manos se tensaron alrededor del bol marrón que mantenía entre mis manos y contuve el aire. Nadie sabía que Lovino y yo eramos gemelos, solo lo había sabido aquel chico rubio polaco. Ludwig me advirtió que no se lo dijera a nadie, pero a veces me costaba tanto no poder contar todas mis penas a los demás, necesitaba sacarlo fuera. - Le gusta hacer experimentos con ellos. Incluso intento unir a dos gemelos.
Todos dimos un respingo al oír aquello.
-¡¿Como?!
-¡Eso es imposible!
Me mantuve en silencio. Graciasa a dios que Ludwig nos había protegido. 0
-¿Como lo hizo..? - murmuré.
-Los cosió juntos.- me lo imagine todo. Todo lo que podía habernos hecho a Lovino y a mi. De lo que estaba seguro es de que ahora yo no estaría con vida si aquello hubiera ido de tal forma. Los dedos me temblaban ligeramente mientras observaba como espeluznados hablaban de aquello. Cada día deseaba más y más el fin de la guerra. Todo el mundo estaba seguro de que los nazis perderían, y a mi me daba igual porque mi país ya se había rendido hacía mas o menos un año y aunque la vergüenza aún estaba, la vergüenza de algún día haber apoyado aquellos que me habían metido en un campo de concentración. ¿Pero y si ganaban? ¿Que sería de nosotros? Estaba seguro de que no se molestarían más en tenernos a la espera, guardados en estos campos, estaba seguro de que nos matarían a todos.
No sabía si mi hermano estaba vivo o si Kiku lo estaba. Con mi madre había perdido toda esperanza, porque Ludwig no fue capaz de encontrarla cuando nos movimos a Birkenau. Quizás las habían trasladado a otro campo. Lo esperaba de verdad, pero sabía que las posibilidades de que estuviera viva también eran remotas. Ella era débil. ¿Y papá? ¿También sufrió todo aquello?
Me levanté para ir a guardar el bol y la cuchara debajo de mi "almohada" me senté junto a ellos de nuevo. Todos me observaron durante un momento.
-¿Que te pasa?- me pregunto Flabio. - Estás pálido. ¿Te encuentras mal?- negué con la cabeza. En realidad me encontraba muy mal, mareadísimo pero me levanté cuando nos llamaron para volver a trabajar.
Mientras picaba piedras deje la mente en blanco. El cansancio ganaba a mi cerebro y prácticamente no era capaz de pensar nada a no ser que dejara de mover los brazos.
-¡Número 2393!- gritó una voz en alemán. Alcé un poco la vista al oír mi número y vi que era un hombre de alto rango el que me había llamado. Deje el pico e hice ademán de irme hacía allí pero sin querer tropecé y me caí al suelo. El oficial me vio y se dirigió hacía mí con paso rápido. De una estribada dos suboficiales me habían recogido del suelo casi partiendo me los brazos. El oficial se puso delante de mi.
-El haupsturmführer Beilschmidt ha pedido que te llevemos hasta él. Comportate como es debido delante de él, ¿me has oído?- entrecerré los ojos, una leve sonrisa en mis labios. Asentí con la cabeza y en seguida me montaron en uno de los coches,pero evidentemente me habían puesto un sacó de patatas en el asiento para que no lo ensuciase.
Ir en coche de nuevo me pareció casi mareante. Ya no recordaba la sensación de poder moverme sin cansarme. Resbalaron un par de lágrimas por mis mejillas al poder sentirme relajado de nuevo. Los oficiales y suboficiales que me acompañaban lo debieron ver porque empezaron a reírse como si les hubieran contado un chiste de los buenos. No me importo que se rieran de mi, no me importo en absoluto.
Cuando llegamos a Aushciwtz me sacaron fuera del coche y mientras uno me cogía del brazo y me llevaba hasta las oficinas de los SS uno me apuntaba con una pistola por detrás, para que no intentara escaparme. ¿Y con que iba a correr? ¿Con aquellas piernas con las que a penas podía caminar?
Llamaron a la puerta de Ludwig y cuando él respondió me dejaron entrar con aquel suboficial aún agarrándome del brazo.
-Déjenos solos, por favor.- pidió Ludwig amablemente. El suboficial me dejo y después de hacer el saludo nazi cerró la puerta detrás de él. No sabía que decirle, pero ya hacía casi un mes que no le veía y en su rostro se podía ver que estaba claramente preocupado. Él seguía igual que siempre, su cabello perfectamente recortado y echado hacía detrás, su cara perfectamente afeitada. En cambio yo debía dar asco, más asco que antes. Cuando me reflejaba en algún sitio no lograba reconocer el cuerpo que alguna vez me había pertenecido, y me habían rapado, por lo que sin cabello aún debía estar más feo.
Ludwig se debió asegurar de que estuvieran lejos porque de repente se aproximó a mi y me abrazó delicadamente, como si me fuera a romper. Me aferré a su uniforme y escondí mi rostro entre sus medallas. Le echaba tanto de menos cada día, era mi única esperanza.
-Lo siento..- murmuró. Yo no sabía a que se refería. Le mire extrañado y él solo arrufó las cejas, el rostro denotando una clara preocupación.
-¿Que pasa?
-Lovino... - sentí que mi corazón se paraba de golpe, que mi respiración se cortaba y un sudor frío empezaba a bajarme por la frente.
-¡¿Está muerto?!- conseguí soltar a los pocos segundos. Le agarre fuerte de las mangas del uniforme e intente zarandearlo pero con la poca fuerza que tenía a penas pude moverle los brazos. Me miro con pena pero sonrió.
-No, no, tranquilo.- me aclaró. Deje ir el aire y las lágrimas de mis ojos se secaron.
-¿Entonces...? ¿Luddy...?
-Se lo han llevado a otro campo. A Mauthausen.- me aproximé a la mesa, y me senté en la silla que había. Me tapé el rostro con ambas manos, sintiendo los huesos de mi mano clavándose en mis pómulos. Las lágrimas empezaron a aflorar de mis ojos tan buen me los tape. Ludwig se arrodilló delante de mi y me acarició el pelo con suavidad.
-¿Y Kiku...? ¿Dónde está..? ¿Como está...?
-Bien... Bueno, dentro de lo que cabe. Me parece que de aquí poco se lo llevaran, pero es para bien Feliciano. Están evacuando muchos campos, los quieren destruir. Tranquilo.
-¡Nos van a matar a todos!
-No, no. He oído a mis jefes hablar. Os van a llevar a todos a otro campo entre este año y el próximo, para destruir toda prueba de está locura. La guerra se termina Feliciano, y los alemanes vamos perdiendo. Aguanta por favor, ya falta poco para estar juntos.
Le abracé, echándome encima de él. ¡Como deseaba que aquello fuera verdad! ¡Me parecía tan poco creíble lo de poder ser libre! No recordaba como era el mundo antes de la guerra.
-Ojalá tengas razón Ludwig...- musité.
-La tengo, ya lo verás. Pero yo me tendré que ir Feliciano. Si vienen los rusos matarán a todos los alemanes que encuentren.
-¡Pero tu eres bueno!
-Eso no les importará Feliciano. Yo he matado a gente. - me tomo las manos y me las besó. - NO tendrán en cuenta la opinión de ninguno de vosotros, por eso tengo que huir. No aún, pero pronto me marchare, quizás a principios del año que viene. Y si dios quiere me iré contigo allí dónde te lleven.
Le sonreí tan ampliamente como pude. Él acercó mis labios a los suyos y me dio un pequeño besó, solo un roce de labios. Comprendí que no debía ser la persona más besable en el mundo en aquellos momentos por eso no quise pedir más. Solo tuvimos un par de minutos más juntos hasta que los suboficiales volvían a estar allí para venirme a buscar.
Salí de la oficina, un guarda a cada lado y otro detrás con un arma lista para disparar si se presentaba la ocasión.
Cuando pasé por un pasillo lleno de oficinas pude ver por el rabillo del ojo como me observaba Gilbert. Quise sonreírle o darle a entender que le había visto pero cuando pasamos por su lado frunció el ceño y giro la vista, como si no me quisiera ver. Arrufé las cejas, sintiéndome ofendido y dañado. Él no era como Ludwig. Gilbert era un nazi.
Por suerte aquel viaje me había quitado horas de trabajo y no me encontraba tan cansado como el resto de mis compañeros. Mientras cenaba, junto a mis amigos italianos sospese la idea de contarles que tenía un hermano gemelo y que mi pareja, o al menos así es como me gustaba llamar a Ludwig, era un nazi que me ayudaría a sobrevivir aquel infierno. Quería contarles todas mis penas como hacían ellos pero no lo hice y como siempre llego la hora de dormir y me quede solo conmigo mismo.
¿Reviews?
Sayonaraa
