Nota de autora: No tengo ganas de "hablar", sólo denme amor.
Capítulo XXI: Día de compras
Mi respiración era pausada, profunda y no pude reprimir una media sonrisa mientras estaba acostada boca arriba sobre la enorme cama de Marceline. Ya se había vuelto hábito del último mes pasar cada momento con ella y Gumball o con Lady, en un intento por alejarnos de nuestros respectivos padres. No obstante, Gumball a veces se ausentaba –como ahora –y eso daba pie a situaciones como la presente, en que terminábamos hechas un revoltijo de miembros entrelazados y piel en contacto.
Nunca se lo dije a Marceline, pero me gustaba sentir su peso sobre mí. Era una sensación real y me traía sosiego, a saber por qué. Incluso disfrutaba sentir su extraña temperatura, la cual era siempre muy baja. Teniéndola tan cerca podía observar detalles en su rostro, como la sombra que proyectaban sus pestañas y que le daban aspecto apagado a su semblante, pero no en un sentido negativo.
Se levantó y comenzó a recoger su ropa desperdigada con movimientos lánguidos, sin mirarme ni una sola vez al tiempo que tomaba la camiseta blanca de mangas largas que había llevado puesta y se la ponía con movimientos torpes que esperarías ver en un niño de cinco años que ha aprendido a vestirse solo y no en una joven de dieciocho años, lo cual me habría hecho sonreír, pero yo estaba más enfocada en percibir algo fuera de lo común en su persona. Se había estado comportando de manera distante y desasociada, como si su mente estuviese en otra parte y no conmigo, como normalmente lo estaba.
— ¿No se te hace que esa canción es demasiado gay? —le pregunté tratando de romper el hielo con una pregunta tonta como las que ella me hacía con frecuencia. This Charming Man de The Smiths sonaba y ella se detuvo cuando pasaba su pie por una pernera del pantalón para mirarme con incredulidad.
— ¿En serio? —se miró a sí misma, en su estado medio desvestido y a mí en mi desnudez completa y alzó una ceja.
—Sí, tienes razón. —convine y ella continuó vistiéndose. Decidí abordar el tema de forma directa. — ¿Por qué te vistes ya? Parece como si tuvieses prisa por irte… de tu propia casa.
—Bueno… —dijo mientras se acomodaba los pantalones y se abotonaba, mientras me daba una sonrisita torcida. —Normalmente eres tú la primera en vestirse como si te avergonzaras de algo, así que decidí ser yo la primera en hacerlo esta vez, para variar.
No me esperaba esa respuesta y parpadeé varias veces, perpleja y sin saber qué responder a eso.
—No me avergüenzo. —mentí.
—Claro.
—Te has estado portando muy rara estos días. —dije levantándome por fin y vistiéndome también.
—Qué va.
—Marceline.
— ¿Te importa mucho?
—De acuerdo, ¿qué te pasa? —le pregunté abandonando mi actividad de momento para encararla pero ella ya estaba terminando de vestirse.
Ella se quedó mirando al suelo, una mueca adornaba su rostro y suspiró.
—No tiene importancia. Relájate.
Aparté mi mirada de ella, dubitativa. Me puse la ropa y para cuando volví a voltear, ya estaba calzándose los zapatos. Hice lo mismo y le dirigí una mirada furtiva; estaba sentada en el borde de la cama con la mano en su barbilla, en actitud pensativa. Asumí que no iba a acompañarme hasta la puerta como usualmente hacía.
—Bueno… creo que mañana Gumball y yo saldremos. Te llamaré para ver si estás libre, ¿sí?
Murmuró algo que me sonó como un "ajá", ahogado por su mano. A regañadientes me marché.
No lo entendía… ¿Qué pasaba? ¿Habría ocurrido algo malo? ¿Le había pasado algo a su tío, tal vez? Pero ella me lo diría, ¿verdad? Claro que lo habría hecho. Todavía seguía pensando en esto al llegar a casa, incluso. La misma fórmula se repitió al día siguiente: Marcy conversaba conmigo, con Gumball, con todos pero su cabeza no parecía estar ahí, sino volando muy alto… O tal vez muy bajo. Con horror me di cuenta de que esto me importaba más de lo que debí dejar en algún momento, pero me preocupaba por ella, al igual que ella de mí. Esto dejó de ser una relación puramente sexual desde antes y sólo entonces, ya tan cerca de nuestra separación, me pude dar cuenta.
—No sé si te hayas percatado, pero Marceline se está portando raro. —me comentó Gumball cuando estábamos sentados ya en la butaca del cine esperando que ella volviese de la dulcería. —Digo, no la conozco tanto como tú, ni ella me pone tanta atención como a ti, pero…
—Sé que está rara, Gumball. —lo interrumpí.
— ¿Le has preguntado al respecto?
—Por supuesto que sí.
— ¿Y qué dijo? —me preguntó con genuina curiosidad.
—Que está bien y no le pasa nada.
—Pero, ¿por qué?
—No entiendes nada de cómo funciona la mente de una mujer, ¿verdad?
—Y tú no te portas como una, ¿de verdad aceptaste esa respuesta sin seguir insistiendo?
—No, Gumball, no soy una inútil. —suspiré. —Sólo que es bastante evidente que ella no me dirá nada si le pregunto directamente.
—Yo creo saber que le pasa. —dijo con tono cantarín. —¿Quieres saber lo que pienso?
—Paso. Sé lo que vas a decir y la respuesta es "no", y ya deja de pensar tonterías.
—Tal vez pienses que puedes engañarme, hermanita. Pero estoy en tu cabeza.
Trató de darme un golpecito en la frente con su dedo índice pero lo alejé de un manotazo. Marceline ya estaba de regreso y traía cara de pocos amigos.
—Qué mierda. Se les acabó el refresco regular y tuve que pedir uno de dieta, ¡ni sabía que eso fuese posible!
Dejó el mencionado vaso de refresco en el portavasos de la butaca con un gesto brusco y se sentó de golpe. No volteó a vernos ni una sola vez hasta que comenzó la película, y yo la miraba por el rabillo cada que podía. Los ojos de Marceline estaban fijos en la pantalla, parpadeaba poco y yo estaba convencida de que su cerebro no estaba procesando lo que se proyectaba en la pantalla… No hubiese podido determinar por qué estaba tan segura, pero supongo que era la ausencia del brillo usual de su mirada.
Cuando salimos del cine, Marcy caminaba por delante de nosotros con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, mirando al suelo, distraída. La mirada de Gumball se repartía a partes iguales entre las dos mientras se mordisqueaba el labio, impaciente. Me hizo una seña, apuntando con su cabeza hacia ella, y diciendo "¡ve!" con los labios, instándome a hablarle. Yo me encogí de hombros con las palmas hacia arriba, para darle a entender que no tenía idea de qué decirle y casi se da un manotazo en la frente. Continuamos hablando por señas hasta que de la nada Marceline volteó y su expresión pasó de aparentemente aburrida, a curiosa, pero regresó a la anterior casi enseguida.
—Veo que ustedes dos tienen mucho de qué hablar. Me marcho ya. —dijo con voz monótona y cara de póquer, masajeándose el cuello con la mano. —Les veo luego.
No esperó respuesta y se fue, caminando con una rapidez que contrastaba con su semblante.
Gumball suspiró y dejó caer los brazos, derrotado.
— ¿No vas a presionarla un poco? Mírala. Está de lo más rara.
—Ya viste lo evasiva que está y ha sido así todos estos días. Quiero saber qué le pasa, pero…
Me quedé callada. Por supuesto que quería saber qué le ocurría a Marceline, pero cada vez me convencía más de que igual y no era una buena idea.
— ¿Pero?
Di un respingo; olvidé que había estado hablando con Gumball.
—Gus… —me acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja. —Mi relación con Marceline es… complicada, y peculiar.
—Y vaya que es peculiar… No pienso inmiscuirme en lo que sea que ustedes dos se traen, tal y como te dije la última vez que estuve aquí, pero puedo ver que a ti también te tiene intrigada.
Observé durante un rato la puerta por donde Marceline salió minutos antes, pensando qué decir.
—Ella siempre dice todo lo que lleva dentro, aún si es una tontería. —respondí. —Resulta extraño que esté así, tan arisca.
—Y eso no te gusta. —añadió él.
—Por supuesto que no me gusta. A nadie le gustaría ver a alguien como ella portándose… ¡Pues así! —señalé con la mano, como si todavía estuviese ahí.
—Bonnie, te conozco mejor que nadie. Vine contigo a este mundo, y como tal, sé que usualmente estás demasiado abstraída en tus propias cosas a pesar de la impresión tan carismática que le ofreces a la sociedad. —me pasó un brazo sobre los hombros y me estrechó contra sí. —Pero sé que Marceline te importa. No sé qué tanto, pero creo que me doy una idea.
¿Cómo decirle que quería saber, pero al mismo tiempo temía escuchar lo que me fuese a decir? Porque lo intuía… No, corrección: estaba casi segura de qué sería y era aterrador porque eso implicaba enfrentarme con miedos y sentimientos propios que tanto luché por mantener socavados durante todos estos meses. Habría sido mucho más fácil seguir actuando como la hija de puta indiferente que seguramente ustedes creen que soy, y aun así, tenía la certeza de que era necesario escuchar y confrontarme conmigo misma y con Marceline también.
No le contesté nada a mi hermano y por un segundo habría jurado que sonrió, como si me hubiese leído el pensamiento haciendo uso del 'sentido del hermano gemelo'. Ni siquiera dije nada en el trayecto a casa, y él se esforzaba por sacar conversación al principio, desistiendo enseguida y dándome mi espacio. Lo amaba por eso.
El timbre sonó nuevamente a eso de las cuatro de la tarde del día siguiente. Gumball me había dicho desde muy temprano que quería salir a dar la vuelta, así que debía ponerme guapa para caminar. Ya estaba terminando de arreglarme el cabello, dándole los últimos toques.
— ¡Yo voy! —grité para nadie en particular y abrí la puerta.
Marceline estaba parada ahí frente a mí con la misma expresión aburrida que venía usando desde hacía días, la cual contrastaba con mi propia cara de confusión. Gumball no mencionó que estuviésemos esperándola y seguía pensando en si me lo había dicho o no cuando ella alzó una ceja con actitud hastiada.
— ¿Me vas a dejar aquí afuera toda la tarde?
Su tono era apagado y monótono, y observé que sus ojos estaban hundidos y rodeados por sendas ojeras.
—Ah, ya llegaste.
Di un respingo; Gumball estaba a mi lado, tan silencioso y ágil que no lo había escuchado llegar.
—Dijiste que a esta hora.
Pero no se lo dijo a él, sino que me miró directamente.
—Oh, yo me siento algo indispuesto y no podré acompañarles el día de hoy. Pero deberían salir aun así, hace una tarde en-can-ta-do-ra.
Lo miré por el rabillo del ojo y mis labios se curvaron en una sonrisa diplomática que sostuve mientras lo tomé de los hombros bajo la mirada intensa y furibunda de Marceline.
—Sí, sí… Tiene razón. Marcy, ¿por qué no pasas un momento y te refrescas? Yo… eh… Necesito conversar un rato con Gumball.
Y me lo llevé agarrado del cuello de la camisa para hablar a solas con él.
—Bonnie… Bonnie, suelta… ¡eh, suelta ya! —se quejó zafándose de mi agarre y alisándose la ropa. —Esta camisa es…
—Dijiste que íbamos a salir a caminar, y ahora Marceline está aquí y tú alegas estar enfermo, ¿qué demonios pasa aquí?
—Ah, sí. —dijo caminando hacia el espejo más cercano y acomodándose el cabello. —No te veía muy decidida a hablarle por ti misma ayer que te pregunté al respecto, así que tomé tu teléfono y le dije que viniese hoy.
Me quedé muda un par de segundos antes de preguntarle con un chillido:
— ¡¿Hiciste qué?!
Gumball me volteó a ver y puso expresión paciente, como si estuviese a punto de explicarle algo a un niño de cinco años.
—Tomé tu teléfono, busqué el número de Marceline y…
— ¡Entendí eso, Gumball! —dije haciendo mi mejor esfuerzo por no arrancarme el cabello a tirones. — ¡Lo que no entiendo es por qué hiciste semejante cosa!
—Porque te vas en una semana, y no sé qué rollo te traigas con esa. —me tomó de los hombros con firmeza y señaló con la cabeza hacia el vestíbulo, donde Marceline seguramente seguía esperando. —Pero ella no está bien y tú tampoco estás bien, por mucho que quieras negarlo. He visto cómo la miras y puedo decir que esto te está comiendo la cabeza.
Enmudecí por segunda vez en la tarde y abrí la boca sin saber lo que iba a decir, por lo que solté un ruido extraño que poco se asemejaba a alguna palabra.
—Te sugeriría no hacerla esperar mucho. —me sugirió. —No se ve muy contenta.
Me empujó con mucha suavidad hasta hacerme llegar a donde Marcy me esperaba bebiendo un vaso de limonada.
— ¿Nos vamos ya? —pregunté con una de mis tantas sonrisas ensayadas, que me pareció más tiesa y falsa que nunca.
Estaba tecleando algo y yo sólo veía las letras aparecer en la pantalla, pero en realidad no procesaba bien lo que decían y para mí no eran más que pequeñas manchas negras esperando a ser interpretadas; aun así no estaba particularmente preocupada por esto, aunque no pude evitar pasarme la mano por la cara, frotándome un ojo de forma superficial para no arruinarme el maquillaje. Resoplé acomodando mi cara sobre mi mano, en actitud aburrida y luchando por no quedarme dormida. Últimamente tenía que luchar para vencer a todos esos pensamientos a los cuales se les antojaba aparecer justo al arrellanarme entre las sábanas, dispuesta a descansar. Como consecuencia de esto mi energía estaba agotada de manera considerable, sin mencionar lo horrible que debía lucir. Justo me había dado el lujo de cerrar los ojos por unos segundos cuando la puerta de mi oficina se entreabrió y un tímido Pepper se asomó por esta.
Di un pequeño saltito por la sorpresa y no hice nada por ocultar mi molestia… Era muy extraño que Pepper no me avisara antes de entrar, pero no le puse atención a ese detalle.
— ¡Pepper! Espero que no se te haga costumbre eso de entrar sin tocar la puerta, sobre todo después de esto. —tomé un vaso desechable que dejé descartado minutos antes y lo puse en la orilla de mi escritorio para que viese a qué me refería. —Para empezar, no me he despertado, ¿me puedes traer otro café que no sea descafeinado?
—Era un triple expreso, pero no creo que sea muy efectivo considerando que luces como un personaje de Pesadilla en la calle Elm. —me dijo como si estuviese loca y sacudió la cabeza en desaprobación mientras yo tomaba el vaso y lo examinaba, sorprendida. Hablaba en voz baja y no se alejó de la puerta al cerrarla. —Como sea, creo que tienes un problema mayor entre manos. Braco quiere verte.
—Dile que estoy ocupada. —dije mientras seguía observando el vaso con detenimiento.
—No, no, Bonnibel… Braco quiere verte y está aquí. —respondió enfatizando la última palabra apuntando hacia el suelo con su dedo índice y eso hizo que volteara de inmediato.
— ¿Qué? — entré en pánico. —Pues… pues ¡no le dejes pasar!
—Oh, ¡pero cómo no se me ocurrió antes! ¡Gracias, Bonnibel, eres tan lista! —replicó él exudando sarcasmo, pero se puso serio de nuevo. —Lleva una hora aquí y no creo que piense marcharse.
Me recosté en mi asiento, esta vez llevándome ambas manos a la cara, derrotada. Habría sido realmente sencillo llamar a seguridad y hacer que se llevaran a Braco por la fuerza pero… se lo debía. Yo lo sabía, y Pepper también lo sabía o de otra forma no me estaría avisando en este momento. Me enderecé de nuevo.
—Dile que me espere unos minutos.
Pepper asintió, se retiró y yo comencé a rebuscar un espejo como si nada más importara. No era como si quisiera causarle una impresión a Braco, pero no quería lucir como el desastre que era, así que para cuando entró seguido de Pepper quien llevaba una tetera y un juego de porcelana para servir el té, lucía como una persona normal y funcional… O casi. La verdad es que no conseguía engañarme ni a mí misma. Braco me miraba con recelo, como si nos acabásemos de conocer, relegando los años de relación que tuvimos.
— ¿Qué tal te ha ido en la semana?
Nada como un poco de conversación insulsa para romper el hielo, pensé. Tomé un traguito de mi té, completamente segura que Pepper estaría por ahí cerca husmeando, pero sin importarme en serio.
—No ha estado mal. —mentí.
Estuvimos hablando del trabajo por unos minutos, de lo que hicimos en días pasados, los planes que cada uno tenía para el fin de semana y pensé que eso sería todo, hasta que él se quedó callado unos minutos y cuando volvió a hablar, su tono era mucho más formal.
—Quiero ser directo. —entrelazó las manos y se recorrió en su asiento. —He venido para arreglar las cosas.
¿Arreglar? No supe qué responder.
—Oh… Vaya. —carraspeé un poco.
—Ese día estaba molesto y me marché sin darte oportunidad de decir algo pero… He pensado en ello y no tiene por qué terminar así.
Alcé la vista, la cual había tenida fija sobre la taza entre mis manos, incrédula. Pensé en sus palabras, pero no quería creer que de verdad dijo eso.
— ¿A qué te refieres?
—Tuviste una aventura, lo entiendo. —él se relamió los labios y de repente parecía más confiado. —Marceline es famosa, atractiva, tiene talento… Ustedes tenían historia y esas cosas son difíciles de olvidar, pero puedo trabajar en ello.
—Uh… ¿Gracias? —dije sin estar muy segura de a dónde iba todo esto.
—Bonnibel, no quiero que esto se pierda por algo así. —dijo poniendo su mano sobre la mesa, muy cerca de la mía. —Podemos dejarlo atrás. Yo puedo dejarlo atrás.
Boqueé varias veces, dando la apariencia de un pescado fuera del agua, esperando que tal vez se me ocurriese qué decir. Me esperaba alguna reclamación, que me exigiese una explicación, e inclusive un insulto en el peor de los casos.
— ¿Por qué harías tal cosa? —fue lo único que pude preguntar.
Él puso cara de confusión. Al parecer esperaba otro tipo de reacción.
—Hay peores cosas que una infidelidad, supongo yo. —dijo a modo de explicación. —No renunciaría a una mujer como tú por…
Y empezó con una interminable sarta de cosas que harían suspirar a más de una persona con sangre roja y caliente corriéndole por las venas. Me decía esto y lo otro, con tal vehemencia que tendría que haberme hecho flaquear y aun así me parecía estar escuchando el zumbido de un panal de avispas, molesto y confuso.
—La cosa es, Braco… —le interrumpí con los ojos cerrados. —Que yo no habría renunciado a ti, ni hoy ni nunca, porque eres un sueño.
—Bonnie, yo…
—No, déjame terminar. —alcé una mano para acallarlo. —Creo que cualquier mujer accedería a vender su alma por estar contigo. Eres guapo, elegante y lo más cercano a un príncipe de cuento que hay en el mundo. Aún ahora vienes y me dices todo eso, y me siento una mierda que no te merece.
—Oye, eso no…
—Es la verdad, y tienes razón en algo. Esto no debe terminar por una nimiedad como una aventura, y ¿sabes qué? No lo hizo.
Braco se relamió los labios y volvió a hablar con gesto nervioso.
—Creo que no te entiendo.
—Creo que sí lo haces. —me quedé callada unos segundos pensando cómo proseguir pero mi boca se adelantó. —Marceline no es un amorío, Braco. Dime, si hace un año te hubiesen dicho que yo estaba teniendo una aventura, ¿lo habrías creído?
Mi pregunta le sorprendió de tal forma que su cara era de total asombro, como si no hubiese visto venir ese cambio abrupto de tema y seguramente así era.
— ¡Pero claro que no! —se rio como si hubiese recordado algo muy gracioso. —Creo que eso demuestra lo estúpido que era hace un año.
—No, eso demuestra cómo pude hacer algo de lo más deleznable por estar con Marceline. —dije empleando un tono cáustico. —Pasé de ser una santurrona intolerante a una lesbiana reprimida y adúltera.
—No sé qué decir. —en su tono había más contrariedad que incertidumbre.
—Yo sí sé qué decir, para variar. Me siento culpable, y horrible y quiero que me perdones, sí, pero por no haber sido sincera desde un inicio. Porque pude habernos ahorrado mucho de este teatro, tanto a ti como a mí, como a Lady y como a…
—Dormí con tu prima.
Me callé poco a poco, como una radio a la que se le están agotando las baterías. No estaba segura de haber escuchado bien, o de que mi cerebro estuviese procesando la información correctamente.
— ¿Disculpa?
—Cuando fui a Alemania. Me encontré a tu prima en una reunión y...
Alzó la mano e hizo el gesto universal para decir "y lo que sigue".
No dije nada; por estúpido que parezca, en mi mente sólo había lugar para una pregunta.
— ¿Cuál de mis primas?
Y por su cara lo adiviné: esa era una pregunta que no me quería responder porque me haría enojar.
¿Saben de esas reglas implícitas que hay en ciertas familias? Sobre todo en esas —como la mía— en que sus miembros se tratan más bien como amigos de un amigo que como personas con lazos de sangre. Una de esas reglas es "no le pongas el mismo nombre a dos primas nacidas en la misma generación".
Mi nombre es Bonnibel en honor a mi abuela materna y esto se ganó sendos murmullos de aprobación en su momento. Todos asentían con una sonrisa discreta y palmadas en los hombros de mis padres. Muy lindo y conmovedor, en realidad, hasta que a uno de mis tíos se le ocurrió llamar a su hija (la cual nació casi un año después de mí) con el mismo nombre. A partir de ese momento todo fue incómodo, o eso percibí yo incluso a mi temprana edad… Y es que, ¿ahora cómo iban a distinguir a una de la otra? ¿Bonnie, 'la chica' y Bonnie 'la grande'?, ¿Bonnie 'la que nació en América' y Bonnie 'la que nació en Alemania'? Además, esto dio pie a una ineludible comparación gradual entre ella yo, que quedó bastante muerta y enterrada en cuanto la adolescencia dio paso a la adultez y por tanto a la madurez, aunque nunca fue un secreto que a "la Bonnibel alemana" le gustó Braco desde que lo vio. Naturalmente él sólo la trataba con cortesía y una barrera natural casi demasiado sutil para ser calificada como "desdén".
O eso creí.
—Por favor, dime que no te acostaste con Bonnibel. —insistí.
Él cerró los ojos con fuerza, como si sintiera dolor y perdí los estribos.
Bueno, perdí los estribos por dentro porque en realidad conservé la compostura y me obligué a sonreír como si la vida se me fuese en ello.
—Dime una cosa… —dije muy despacio, pasando un dedo por el borde de mi taza vacía. —Si te hubiese dicho que lo intentáramos de nuevo, ¿me habrías dicho esto?
Braco abrió la boca y se quedó así hasta que con voz trémula respondió:
—S-sí.
—Me insulta que pienses que en serio me voy a creer eso. No es como si tuvieras nada que salvar ya.
Por dentro estaba gritando pero por fuera me veía como la serenidad misma hecha persona.
—Bueno… Te lo habría dicho con el tiempo. —rectificó. —No considero que…
— ¿Por qué me dices eso de repente?
—Porque empezaste a soltar todas esas cosas acerca de la culpa y de la sinceridad y… —se detuvo a media frase y abrió de golpe los ojos. —Espera, ¿estás celosa?
— ¡¿Es en serio?!
—Eh… ¿Sí?
—No me lo has pedido, pero responderé lo que te pregunté: hace un año la idea de ser infiel me habría parecido vulgar e impensable. —mi tono de voz se elevaba a cada segundo y me daba igual si Pepper estaba con la oreja pegada a la puerta, o si alguien más escuchase. — ¿Y tú, siendo infiel? ¡Eso me habría parecido más ridículo aún! Así que ahora me siento imbécil… No, corrijo: ahora me siento todavía más imbécil porque esto significa que ni tú, ni yo, ni nadie estaba bien, Braco.
Me senté, tenía el rostro acalorado. La verdad es que ni había notado en qué momento me puse de pie y Braco estaba junto a mí en una pose que recordaba a alguien desactivando una bomba.
—Por eso estaba actuando tan raro después de mi viaje. —continuó y yo podría haberle dicho que no quería saber nada al respecto, pero claro que quería. —Ya antes estabas distante y aún más cuando volví… Yo solo podía pensar "mierda, Braco, lo arruinaste por completo", pensando que te diste cuenta y por eso estabas de tan mal humor. La gente comete errores, Bonnibel…
— ¿Y podrías vivir con ese potencial fracaso? Dímelo. —volteé hacia él. —Dime que todo podría volver a estar bien, que podríamos volver a ser la idílica pareja, y te prometo que lo intentaré.
En sus ojos vi la intención de hacerlo. Incluso titubeó y tomó aire para hablar, pero yo lo miraba fijamente y sólo apretó los labios y resopló.
—No puedo hacer eso. No si significa que me voy a pasar la vida viendo cómo a veces te quedas con la mirada perdida, preguntándome si estarás pensando en ella. —tragó saliva. —Entonces… Terminó, ¿verdad?
—Sí. Y ya ni siquiera es porque Marceline esté presente.
—Sí. Ya entiendo.
El silencio reinó por un rato y me serví otra taza de té mientras Braco miraba la suya con aire meditabundo.
—Todavía no puedo creer nada de esto.
—Lo sé, yo… Braco, te juro que lo de esa llamada… No tendrías que haberte enterado de esa manera y siento como si me hubiesen arrebatado la obligación de decirte, pero no me sentí aliviada, ni mucho menos.
—Sí, definitivamente eso no hizo más que empeorar la situación.
El resto de la plática siguió más o menos la misma línea. No había nada más que añadir, al menos no de momento y nos pusimos en pie después de una extensa conversación que nos dejó pensativos a ambos.
—Bonnie, espero que de ahora en adelante sepas lo que harás.
Me reí. Me pareció jocoso, de hecho.
—No, la verdad es que no tengo idea. —me encogí de hombros. —Y creo que por primera vez en la vida no me importa.
También creo que por primera vez disfruté que alguien me mirase con extrañeza.
Marceline caminaba muy despacio, mirando hacia el suelo y haciéndolo crujir con cada paso que daba. No sé por qué, pero me daba la impresión de que disfrutaba ese sonido.
—Bueno, ¿ya me vas a decir qué te sucede?
Soltó un gruñido y me miró.
—Ya te dije, no me pasa nada.
—Pues a mí sí me va a pasar algo si no me lo dices de una buena vez.
Ella por fin se dignó a mirarme, con el ceño fruncido y los labios tan apretados que casi ni se distinguían. Se puso a recoger piedritas del suelo, se acomodó a la orilla del lago por el que pasábamos y comenzó a arrojarlas para que rebotaran en el agua.
—Marceline, por favor. —le dije con un dejo de súplica involuntario.
—Uh… Bien. —dejó caer las piedras que tenía en las manos y se sacudió en las perneras de su pantalón. —De todas formas te lo iba a decir, sólo que no sabía cómo sacar el tema.
Asentí, instándole a continuar, pero pasó tanto tiempo en silencio y mirando hacia el lago que me sentí en la necesidad de decir algo.
—Si no te sientes cómoda…
—No, está bien. —volteó de repente y se acercó tanto a mí que retrocedí involuntariamente, pero es que en momentos así no podía sino obviar la diferencia de estatura entre ella y yo. —Quiero saber… ¿qué va a pasar entre nosotras?
El tono vulnerable en su voz era un contraste demasiado chocante con lo imponente que lucía, con sus ojos de un verde intenso similar al de los árboles a nuestro alrededor y sus puños cerrados, uno a cada costado de sí misma.
— ¿Qué? ¿A qué viene esa pregunta?
Yo no quería responder. Si bien yo le había acorralado, y si bien mi mente procesó perfectamente su pregunta y por qué la hacía, me hubiese retractado ahí, en ese instante.
—Tú sabes por qué lo pregunto. —se inquietó y volvió a tomar más piedras, y las aventaba hacia el agua, esta vez con más violencia. —Lo que quiero es que me respondas con sinceridad porque…
—No sé qué se supone que deba decirte. —la imité, tratando de hacer rebotar piedras en el agua también y fallando, por supuesto. — ¿Quieres que te diga la verdad y quede como una villana? ¿O que te diga lo que quieres escuchar?
Lo dije con una voz mucho más gélida de lo que habría deseado, pero ¿acaso había otra forma de hacer esto?
—Creo que ya dijiste lo que piensas.
Esta vez ya no miraba hacia la superficie del lago, sino al cielo, donde el crepúsculo se hacía presente. Estaba tan quieta como una estatua, pero su respiración era profunda y ruidosa.
—Lo siento. —fue lo único que pude articular.
—No te creo. —dijo volviéndose hacia mí de nuevo. —Dime una cosa, ¿te vas a limitar a marcharte así como así, después de haberme hecho puré el cerebro y ya? ¿Te vas a olvidar de esto como si fuese una lección muy aburrida?
—Yo nunca olvido una lección…
—Sí, me queda claro. Eres 'la chica de al lado', con sus calificaciones perfectas y demás.
Marceline no gritaba, no lloraba, no hacía nada que me hiciese sentir mal e irónicamente esto me hacía sentir peor.
—No soy perfecta, Marceline. Nunca he insinuado serlo… —tomé aire, preparándome para lo que iba a decir. —… y si lo fuese no habría estado contigo.
Hice una pausa dramática esperando que esto acentuara el efecto de mis palabras en ella, y tan pronto lo hice quise retractarme, porque la expresión de Marceline era la más devastadora que le hubiese visto a alguien en la vida.
—Así que me estás diciendo que todo esto fue un error que te alejó de tu tan anhelada perfección, ¿no?
—Bueno, dicen que las chicas experimentan en la universidad y al menos contigo ya he cubierto esa parte.
Tan pronto pronuncié la última sílaba, un dolor agudo me atravesó la cara y me llevé una mano a esta. Marcy me abofeteó y la mejilla que había recibido el impacto escocía como si me hubiese puesto algo caliente en ella.
Y en ese momento se quebró. Comenzó a llorar en silencio, pero con tanta fuerza que la bofetada de unos segundos antes se sintió como una caricia.
—Lo siento. Eso fue malvado. —dije en voz baja, aun frotándome la mejilla pero decidida a mantener mi decisión. —Si hay algo que pueda hacer…
— ¿Eso fue? —me preguntó con voz entrecortada. — ¿Uno de tus experimentos?
— ¿Acaso yo no fui un experimento tuyo? —inquirí a mi vez, dejando que el cinismo se apoderara de mí… una vez más. — ¿Me vas a decir que me veías en serio, y no como la santurrona a la que querías corromper sólo para sentirte superior?
Esto la tomó desprevenida. Se secó las lágrimas, sollozando y cuando se recompuso me sostuvo la mirada con un ímpetu que sólo le había visto al cantar.
—Pues al menos soy sincera conmigo misma, y contigo, al decir que ya no es igual. —tragó saliva. —Te quiero, Bonnibel. Te amo, lo que sea, yo sólo sé que si tuviese que reprobar de nuevo para repetir todo esto, lo haría sin más.
— ¿Y qué esperas que te diga? —estaba perdiendo la paciencia con las palabras y con cada gesto de Marceline, porque yo sólo quería decirle lo que sentía, lo cual era mucho… pero no había lugar para ese tipo de sentimientos hacia ella. — ¿Quieres que te diga que sí, que quiero estar contigo aunque vayamos a estar cada una al extremo de la otra, separadas por no sé cuántos kilómetros y persiguiendo sueños imposiblemente dispares?
—Si tú me dijeras…
—Pero no voy a decirlo. Entiéndelo. —Genial. Ahora yo tenía ganas de llorar. —Tal vez lo habría hecho por Richard, o incluso por ese zopenco de Wolff, pero no por una chica. No voy a complicarme la vida ganándome el rechazo de la sociedad.
—A mí no me importaría. —murmuró ella.
—No puedo. —admití.
Esa fue la admisión más difícil que hice en mi vida. Todas mis actitudes, mis negativas, se resumían en esas dos cortas palabras.
—Y tampoco lo quieres intentar. —murmuró en voz tan bajita que otro poco más y no la escucho.
—No.
Ya casi anochecía, tanto en el paisaje como en nuestros ánimos. Quería huir corriendo de allí y también abrazar a Marceline y permitirme soñar con ella aunque fuese por unos segundos, ambas cosas a la vez.
— ¿Tan siquiera me quieres? —me preguntó al final, con la voz resignada de quien ya ha asumido la derrota. No le respondí. —Esto ha sido una total y completa pérdida de tiempo, ¿verdad?
No. Si lo fuese no estaría sintiéndome tan mal.
—Te dije que no debías gustarme. Somos dos personas tan dispares como nuestras metas en la vida y nuestra forma de ver el mundo.
—Y mucho menos debías quererme, ¿cierto?
—Sí.
Torció la boca y por un momento hasta pareció que sonreía, pero en realidad era que se estaba mordiendo los labios con tanta fuerza que temí que se lastimara. Justo iba a decirle algo cuando comenzó a caminar a punto de trote hacia donde dejó estacionado su auto, pero cuando ya se había alejado varios metros se detuvo de sopetón, como si se le hubiese olvidado algo y regresó junto a mí, mirando al suelo. Entonces me tomó de la muñeca con violencia y comenzó a arrastrarme hacia la misma dirección que llevaba antes.
— ¡Oye! —traté de zafarme de su agarre, pero ella era mucho más fuerte que yo. — ¡Marceline, me lastimas!
Me soltó pero no por mi reclamo, sino porque ya estaba abriendo la puerta del copiloto de su vehículo.
—Entra.
—No voy a entrar a…
—Entra. —repitió metiéndome a la fuerza y me resistí. — ¿Recuerdas que hace rato dijiste "si hay algo que pueda hacer por ti"? Esto es lo que puedes hacer.
Me congelé en mi sitio, temblando. Me sentía como si estuviese bajo la mirada de un animal salvaje. Marceline hizo un gesto de invitación mientras me sonreía con amargura y me senté; ella cerró la puerta y rodeó para subir.
Para estar tan exaltada, Marceline manejaba muy bien. Apagó el estéreo en cuanto puso en marcha el motor y me atreví a preguntarle con timidez:
— ¿A dónde vamos?
—Te llevo a tu casa. —dijo con simpleza. —Lamento si esperabas que te llevara a algún lugar solitario para matarte.
—No tenías que hacerlo.
—Sí, sí tenía que. —dio la vuelta en una calle. Su voz era neutral. —Yo te traje y es mi obligación llevarte de vuelta.
—Creo que dadas las circunstancias puedes quedar eximida de…
—También quiero mirar tu estúpida cara por última vez.
No supe qué responder a eso. Ella se estacionó justo frente a la verja de mi casa y en ningún momento apartó las manos del volante.
—Sabía cómo iba a terminar esto y quise tomar el riesgo, aun así.
—Yo tampoco debí dejar que esto avanzara más de lo que debía.
— ¿Bonnie?
Volteé. Esperaba ver a Marcy examinándome con sus lobunos ojos expresivos en los que me habría perdido, pero ella no dejaba de ver al frente, con las manos apretando el volante tan fuerte que sus nudillos estaban blancos como el papel.
— ¿Sí? —hablé para hacerle saber que escuchaba.
—Gracias por ayudarme a aprobar. Espero que por lo menos te hayas divertido.
No añadió nada más. Yo iba a decir quién sabe qué, pero ella me cortó en cuanto escuchó que inhalé para hablar.
—Es mejor que te vayas ya. A menos que quieras retractarte y ser sincera.
Quería discutirle, aunque ¿para qué? Así que sólo me desabroché el cinturón de seguridad. Tardé varios segundos más en salir, porque buscaba en mi mente algo qué decir, sin éxito alguno. No había nada apropiado que pudiese aportar. Al final terminé bajándome del vehículo en silencio, volteando a cada momento para mirar hacia atrás y notando que Marceline no arrancaba, y no lo hizo sino hasta pasado un buen rato, ya cuando yo estaba dentro de mi casa. La observé por segundos, hasta que la vi irse por fin.
Fue como si eso desatara algo dentro de mí, como si mi cuerpo lo tomara como una señal y fui corriendo hacia el sanitario de mi habitación. Habría sido mucho más fácil y rápido meterme a un baño cualquiera, pero no quería correr el riesgo de que alguien me viese, porque tendría que explicar lo que pasaba. En cuanto llegué di un portazo fuerte y me abalancé sobre el inodoro, vaciando todo el contenido de mi estómago en este con una sonora arcada, el cabello cayéndome en cascadas a cada lado de la cara. Cuando terminé (o cuando creí que lo había hecho) me apoyé en el inodoro y lloré. Una que otra arcada ocasional me interrumpía, dificultándome la respiración y por un momento me quise reír pensando en lo horrenda que lucía, de seguro. Tal vez Marceline debería haberme visto para terminar con ese enamoramiento de una vez, pero recordé aquella ocasión en que me llevó a su casa cuando estaba calada hasta los huesos… aunque esa vez poco se comparaba a esta.
— ¿Bonnie? —unos golpes secos me hicieron reaccionar con un respingo. —Oye, ¿estás bien? Juraría que estás vomitando.
Gustav volvió a golpear la puerta, esta vez más fuerte.
—Estoy bien. —dije con voz estremecida.
—Anda ya, Bonnie, abre la puerta. Me estás asustando.
Tomé un poco de papel sanitario, tratando de limpiarme para lucir medianamente decente aunque, ¿qué caso tenía? Era un caso perdido. Ni siquiera tenía que mirarme al espejo para saber lo desastrosa que era mi apariencia, y aun así alargué la mano —aún de rodillas —para girar el pomo de la puerta.
La mirada de horror y preocupación de Gumball me lo dijo todo. Mi hermano se agachó junto a mí, apartándome el cabello de la cara con el cariño característico que siempre me había profesado desde la infancia y se dedicó a terminar de limpiarme la cara. Alzó una ceja y me preguntó con cautela:
— ¿Estás embarazada?
— ¡¿Qué?! ¡No! —respondí de inmediato… ¿Embarazada? ¿De dónde rayos sacó eso?
—Ay, gracias a Glob. —suspiró de alivio llevándose una mano al pecho, en uno de sus característicos gestos melodramáticos. —Vi vómito y lágrimas, y mi mente pensó lo peor.
Lo miré con recelo, con las cejas tan contraídas que mi dolor de cabeza se acentuó.
—Tú sí que sabes arruinar un momento dramático, Gumball.
—Es que no me gusta verte llorar. —dijo frotándose la parte posterior de la cabeza. —Estás hecha un desastre… ¿Quieres hablar de ello?
—No.
—Bien. —estaba incómodo y lo noté. Sé que por dentro moría por preguntarme al respecto, pero se contuvo. —Vamos, te ayudaré a lavarte el cabello.
Nos pusimos en pie, no pude evitar abrazarlo con toda mi fuerza y él me correspondió sin dudar.
Me tomó once años, pero al fin lo admití y mi corazón palpitaba al pensar en esto: estaba enamorada de Marceline. Yo sé que después de todo lo acontecido esta revelación suena tan innecesaria como decir que el agua moja, pero es menester decirlo, porque es tan liberador que podría gritarlo. Estuve enamorada de ella a los diecisiete, casi dieciocho años, y volvía a estarlo ahora. No era como si hubiese durado once años enamorada, pero un pequeño vestigio de ese sentimiento siempre permaneció ahí, latente, totalmente ignorante de que volvería a crepitar con más fuerza que antes, ahora ya con el realismo y sobriedad de la adultez, mas conservando ese algo que me provocaba rememorar aquellos lejanos días de la adolescencia, que el día de ayer me parecieron tan foráneos que hasta se sentían como ocurrencias de otra vida, o tal vez cosas que nunca sucedieron.
Pero en el proceso herí a más de uno e hice partícipe de mis mentiras a otros. Reflexionaba acerca de esto cuando la puerta de la casa se entreabrió ligeramente y distinguí uno de los ojos de Jake mirándome un segundo antes de asomar medio cuerpo y echar un vistazo furtivo a cada lado, tan paranoico como sólo él podía estarlo en esa situación…
—Bien… Yo me voy ya. Le he dicho a Lady que el entrenador me llamó para algo súper urgente. Pero por favor, traten de no matarse ahí dentro, ¿sí?
—Jake, de verdad muchas gracias, y le convenceré de que esto fue completamente mi idea y que te obligué a ayudarme.
—Eso ayudaría. —parecía impaciente por irse. —Uhm… Una cosa más.
— ¿Qué pasa?
Bajó la voz y tuve que acercarme más a él.
—Lady ha estado muy rara todos estos días… Y no es sólo por lo que pasó entre ustedes, es por algo más, estoy seguro.
Esto captó mi atención.
—No estoy segura de que vaya a perdonarme, pero…
—Claro que lo hará. —afirmó. —No sé si hoy, o cuando, pero lo hará porque le hace falta su mejor amiga.
Me habría echado a llorar ahí pero sólo asentí. Jake me puso una de sus enormes manos en el hombro y me sonrió antes de marcharse. Yo tomé aire y entré, cerrando la puerta tras de mí.
Lady estaba en la cocina; la escuché rebuscar en la alacena y maldecir en coreano porque al parecer no encontraba lo que buscaba. Me paré en el umbral y ella me vio. Sus ojos se abrieron como platos por un segundo pero apretó los labios, molesta.
—Hola. —saludé tímidamente.
—Estúpido Jake. —dijo ella cerrando la alacena de golpe.
—No lo culpes a él, esto…
—No trates de convencerme de que lo obligaste a ayudarte, porque no soy estúpida y no me lo creería ni por un segundo. —me cortó. Yo estaba muy dócil y no me atreví a tratar de contradecirle. —Vamos al supermercado. Quiero cocinar algo para él y no tengo nada de lo que necesito.
Caminó y yo la seguí como una mansa oveja.
Lady traía un carrito de compras y ni siquiera prestaba atención a lo que echaba dentro de este, sino que tomaba cosas al azar, a veces examinándolas y otras sólo añadiéndolas a sus compras sin más. Su expresión era furibunda y ansiosa; yo ni siquiera sabía por dónde empezar.
— ¿No me vas a decir nada? —preguntó mientras tomaba tres cajas de harina para panqueques.
—Estoy pensando qué debería decir primero. —admití.
—Podrías empezar pidiendo perdón por portarte como una reverenda perra con todos a tu alrededor.
—También por ser tan ridícula. —añadí.
—Ah, sí, mucho más por eso. —dijo en tono aprobatorio. — ¿Significa que por fin has sacado la cabeza de tu trasero?
—Creo que ya.
— ¿Y bien?
—Terminé con Braco.
La sorpresa hizo que Lady chocara el carrito contra el de otra persona, que se quejó enseguida.
—Oh, Glob, ¡lo siento! —dijo varias veces bajo la mirada enfadosa de la señora. Se volteó hacia mí y comenzó a murmurar. — ¡Joder! ¿Es en serio? ¿Y me lo dices aquí, en el supermercado?
—Tú fuiste la que quiso venir. —le recordé.
—Mierda, tienes razón. —comenzó a caminar más despacio. —Pero, ¿esto significa que vas en serio con Abadeer? ¿Por qué no me lo dijiste antes? Bueno, sí, te retiré la palabra y eso, pero podrías habérselo dicho a Grumosa y ella…
—No se lo he dicho a nadie aún. —la interrumpí. —Bueno, a Marceline se lo dije ya, por supuesto.
— ¿Cómo pasó?
—Fue horrible, Lady. —le dije llevándome las manos a la cara. —Toda la semana me la pasé hecha un desastre mental, y justo cuando reúno el valor para terminar todo, Braco se enteró por alguien más. Ahora parece como si me hubiesen obligado a decir la verdad, pero en serio yo iba a hacerlo.
—Bonnie, ¿qué esperabas? Estabas siéndole infiel a tu novio rico y famoso, con tu amiguita de la secundaria todavía más rica y famosa que él. —sonreí al notar que me llamó 'Bonnie'. — ¿Cuánto tiempo esperabas que pasara para que se enterara?
—Lo sé. A decir verdad creo que esa relación ya sólo estaba vigente con tiempo prestado. Volvió a buscarme hace unos días.
—Te preguntaría qué le das a la gente para que siempre regrese por más sin importar las tonterías que hagas, pero prefiero no traumarme.
—Le he dicho que se terminó definitivamente, claro. —continué.
—Vaya… Esto va en serio, entonces. —dijo con sorpresa. — ¿Y qué hay de Abadeer?
Tomé como una buena señal el hecho de que me estuviese preguntando, así que decidí sincerarme.
—Bueno… Estuve con ella ayer y, pues…
Titubeé y Lady me miraba con expectación casi devota.
— ¿Y? —me apremió. — ¿Qué pasa?
—Lady… Yo le he pedido tiempo. —froté las sudorosas palmas de mis manos.
—Y eso está bien, ¿no? Me alegra que no seas una de esas personas que salta a una relación justo después de terminar otra y… ¿Qué pasa? —preguntó al ver mi expresión contrariada.
—No sé si pueda hacerlo. —confesé.
Mi amiga siguió avanzando, con pasos pequeñitos y la vista al frente, sopesando mis palabras.
— ¿No sabes si podrás hacer qué cosa?
—No me refiero a estar con ella, o exponerme a que eventualmente la gente sepa que la quiero, aunque tampoco es que vayas a verme en una marcha del orgullo gay próximamente. —suspiré con pesar. —Sino que no sé si podré amarla de la misma forma en que ella me ama a mí.
—No sabes si podrás amarla de la misma forma en que ella te ama a ti… —repitió muy despacio.
—Sí, eso fue lo que dije, ¿por qué lo repites de esa forma?
Volvió a mirarme con verdadera irritación plasmada en su rostro.
—Dime, ¿te golpeaste la cabeza? Porque esa es la estupidez más grande que te he escuchado decir en la vida. —estaba tan exasperada que se detuvo y dejó el carrito en medio del pasillo, cruzándose de brazos. —Pero claro que no vas a amarla de la misma forma que ella a ti.
— ¿Qué? —esa no era la respuesta que me esperaba.
—No puedes amarla de la misma manera porque no eres ella, Bonnibel. —me explicó. —Y viceversa. Dos personas no pueden amar igual simplemente porque son distintas. Hasta me siento extraña teniendo que explicarte esto.
—Supongo que… Tienes razón. —asentí, todavía no muy convencida.
—A ver. —me habló con el tono que alguien emplea para explicarle algo a un niño. — ¿Amabas a Braco?
—Por muy cínico que suene viniendo de mí, sí.
— ¿Y él te amaba?
—Eso creo.
—Y Abadeer también te ama, tanto que aceptó ser la tercera en discordia entre tú y él, arriesgándose a terminar mal. Pero eso no significa que Braco no te haya querido, ¿o eso crees?
Me quedé en silencio, reflexionando.
—No, claro que no. —respondí, ahora teniéndolo un poco más claro. —Creo que entiendo lo que quieres decir.
—Abadeer podría estar con cualquier persona en el mundo, pero eligió estar contigo aún si corría el riesgo de que le rompieses el corazón. —ahora su voz era más suave. —Eso es mucho, pero tú quieres estar con ella a sabiendas de que podría significar un rechazo por parte de aquellos que te conocen e incluso de quien no sabe nada de ti.
Estuvimos calladas, ella examinándome para ver si ya había captado y yo mirando tímidamente al suelo.
—Me hacías falta.
—Y tú también me hacías falta, aún con tu falta de inteligencia emocional. —volvió a empujar levemente el carrito de compras y llegamos a otro pasillo. —La verdad es que hay algo de lo que quería hablarte.
— ¿Qué pasa? —pregunté preocupada y ella se mordisqueó el labio.
—Estoy embarazada.
— ¿Qué…? ¡Lady! ¡Eso es…! Es bueno, ¿no? —entonces mi mirada fue de ella al carrito rebosante de artículos. —Oh, por Glob… Jake no lo sabe, ¿cierto?
—Estaba pensando que si lo harto de comida se lo tomará mejor. —se encogió de hombros.
—Se lo to… —sacudí la cabeza. — ¿Por qué habría de tomárselo mal?
—No lo sé. —resopló. —Jake estuvo casado antes, no tuvo hijos y de repente se divorcian, Monique va y tiene un hijo con alguien más…
— ¿Quieres decir que nunca han hablado del tema?
—Sabes que me gusta evadir los tópicos incómodos. —frunció el ceño. —Espera, hace un momento yo te reprendía a ti, ¿y ahora es al revés?
—Es increíble lo rápido que cambian las cosas, ¿no? —me contestó con un gruñido. — ¿Y qué piensas tú?
— ¿La verdad? —alzó una ceja y sonrió de lado. —Me emociona.
—Bueno, pues eso es lo que importa. Jake es genial y todo, pero si no se lo toma bien sabes que te apoyaré en todo.
—No me gustan las mujeres.
— ¡Eso no es lo que…!
— ¡Relájate, estoy bromeando! Deberías ver tu cara. —ella continuó riéndose. —Sigo enojada contigo pero por otro lado pienso que de nada me sirve tu orientación sexual si no puedo usarla para tomarte el pelo de vez en cuando.
—Bien, me parece justo. —acordé, aliviada de que Lady estuviese dispuesta a tomarse el asunto con tanta ligereza.
— ¿Sabes qué me molesta? Que de verdad hayas creído que iba a mirarte con asco o decepción o yo qué sé. —de repente se veía triste. —Porque si antes de graduarnos nos hubiesen dicho que tú ibas a enamorarte de una mujer, o que yo iba a esperar el hijo de un hombre con el que no estoy casada, ¿te lo hubieses creído?
—Me habría vuelto loca.
—Exacto. Y míranos ahora. —soltó una risita. — ¿Estás decepcionada de mí?
—Ni un poco.
—Ni yo de ti. —compartimos una sonrisa. —Creo que ya tengo todo lo que necesito… ¿Tú no necesitas nada? Podemos ir a la sección de ropa para que compres camisas de franela a juego para ti y Marceline.
— ¿Así es como va a ser de ahora en adelante? ¿Harás ese tipo de chiste a la menor provocación?
—También te haré cargar mis compras al auto.
— ¿No tienen empleados que hacen eso? —Lady entornó los ojos con enfado. —Está bien, lo haré.
Volví a casa y ahí estaba Marceline sentada en un sillón tocando unos acordes con su guitarra. No nos veíamos siempre, pero para mí no era sorpresa encontrármela ahí después de días de ausencia.
—Hey. —me sonrió, alzando la vista en cuanto me escuchó llegar y bajando la guitarra.
— ¿Inspirada? —pregunté observando el cuaderno frente a ella.
—Ahora sí. —su sonrisa se pronunció al tiempo que me sentaba a horcajadas en su regazo. —Parece que tuviste un buen día.
—Lo fue. —dije dándole un beso en los labios, recordando la conversación que tuve con Lady. Ahora veía todo mucho más claro.
—Eso me gusta.
Nos besamos despacio y puse mi mano sobre su mejilla, acariciándola.
—Te amo. —le dije al separarme levemente. —La verdad es que ni siquiera sé si me crees cuando te digo esto, pero siento que debo decirlo y…
—Oye, tranquila. —dijo jugando con mi cabello. —Te creo, aún si solo lo dices, porque antes ni siquiera hablabas de tus sentimientos hacia mí.
—Me aterraba la idea.
—Lo sé, y por eso te creo. Creo que la mayoría de la gente estaría exigiendo una prueba más contundente, como que murieses congelada por salvarme durante el hundimiento del Titanic, o algo así, pero yo no necesito nada más que a ti diciéndome lo que sientes.
Volví a besarla y hundí mis manos en su espesa cabellera, disfrutando la sensación.
— ¿Crees que estaríamos juntas si hubiese actuado distinto hace años?
—No… Estoy casi segura de que no.
—Yo también. Es extraño.
Nos miramos en silencio, yo con mi mano aún acariciando su cara.
— ¿Quieres escuchar algo de lo que compuse?
—Pensé que nunca me lo ibas a preguntar.
