Epílogo

24 años después, él ejercía el puesto de profesor de Pociones en su antiguo colegio: en Hogwarts. Su vida nunca había sido la misma desde aquella noche y nunca se había podido perdonar lo sucedido. Siempre había creído que era su culpa, y aún en esos días lo seguía pensando.

En ese día, en esa cena, el día 1 de Septiembre de 1991, una nueva horda de alumnos de primero entraba a Hogwarts. Se sentó en su lugar, al lado de ese idiota que le había robado el puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras y escuchó muy aburrido toda la charla que éste le daba.

Pero pronto su atención se posó en una pequeña niña de cabello alborotado color castaño. Según veía, había sido llamada para la selección, pues era la primera de la lista. Pero su nombre no era Emma, sino Hermione. Hermione Granger. Y no había quedado seleccionada para Hufflepuff, sino para Gryffindor. Si que era extraño.

Pero sus sentimientos aparecieron nuevamente: algo en ella le hacía saber que era su Emma. Aunque tuviese otro nombre y fuese a otra casa, seguía siendo su Emma. Esa chica que fue su amiga y con la cual podía ser él mismo cuando quisiera. Como última instancia, para estar seguro de lo que estaba ocurriendo allí, dirigió su mirada al profesor Dumbledore.

El hombre lo miró con sus tiernos ojos celestes tras los anteojos de medialuna y le indicó que esperara hasta que todo pasara.

Cuando la cena acabó y los estudiantes se dirigieron a sus salas comunes, Severus se levantó de su lugar y fue con Dumbledore.

-Profesor Dumbledore, ¿qué está ocurriendo? ¿Por qué está aquí? ¡Yo la vi morir hace más de 20 años! –al menos con su director también podía mostrar sus miedos y su verdadero ser. Todo lo que tenía acumulado hacía años salió en miles de preguntas, a las que Dumbledore respondió con un simple:

-Todos a su tiempo, Severus.


Escapar de Azkaban había sido un tanto difícil. Pero ahora por lo menos estaba seguro de que viviría "libre". Al menos hasta cierto punto. Después de todo, tenía una deuda que saldar con Peter Pettigrew, el traidor asesino que entregó a James y a Lily al Innombrable. Años había estado esperando por su oportunidad y al fin la tenía frente a frente.

Allí estaba: Peter, la mugrosa rata, en manos de un chico, de no más de trece años, con cabello pelirrojo y cara de susto. Entre él y el chico, había otras dos figuras: un chico y una chica. El chico era fácil de distinguir: era Harry, el hijo de su mejor amigo James. Pero la chica le llamó la atención: su cabello era castaño y muy espumoso. Era igual que el de… Pero simplemente era imposible. No podía ser. No había forma.

Entonces el pelirrojo gritó: ¡HARRY, HERMIONE, CORRAN! ¡ES EL GRIM! Fue entonces cuando recordó que no era un humano sino un simple perro negro. Le ladró a Peter y corrió tras él, llevándose consigo al chico a través del hoyo del sauce boxeador. Cuando llegaron a la habitación de la parte alta, se volvió a su demacrada forma humana y se escondió tras la puerta bajo los ojos sorprendidos de aquel extraño chico. Entonces recordó lo sucedido segundos antes: la había llamado Hermione a la chica, no Emma. Pero era tan parecida.

Pronto oyó unos cuantos pasos en las escaleras y entonces esperó. Por la puerta entró la chica junto con Harry. Sin duda era ella. Incluso su aroma hacía que su corazón latiera como nunca antes.

El pelirrojo dijo algo y entonces la puerta se movió y él fue visto por todos los presentes.

-Para matar a Harry, nos tendrá que matar a todos –dijo la chica llamada Hermione, interponiéndose entre él y Harry. Incluso su voz era dulce como la de Emma. Sin duda alguna, ella era Emma, solo que no entendía por qué, en ese momento, era más chica que cuando la conoció.

-No. Solo uno morirá esta noche… –dijo muy seguro mirando a los profundos ojos color miel de la chica. Él se refería a Peter y no entendía por qué razón la chica había mencionado a Harry.

-¡Y vas a ser tú! –gritó Harry, tirándosele encima y apuntándole con la varita.

-¿Vas a asesinarme, Harry? –le preguntó, pero estaba seguro que el muchacho podía hacerlo. No sabía las maldiciones, pero si las supiera, por el odio con que le hablaba, lo mataría en un pestañeo.

Para su suerte, en ese mismo instante llegó Remus. Entró como un héroe, sacándole la varita de las manos a Harry y ayudándolo a levantarse.

-¡No! ¡Yo confié en usted, profesor! –le dijo la chica con pena en su voz. Le recordaba mucho a su Emma. Aquella noche en la que había respirado por última vez y los había salvado a él y a Quéjicus de la muerte sacrificando su propia vida- Y todo este tiempo era su amigo… -nadie habló más que ella, que estaba enfurecida y apenada a la vez, pues siempre había sido muy parecida a Remus en muchos aspectos- ¡Es un hombre lobo! Por eso faltó a clases.

El silencio hizo presencia. Estaba tan cerca e Remus que podía oír su respiración agitada. Los nervios se apoderaron de su cuerpo, dejándolo helado mientras oía el resto de la conversación.

-¿Hace cuánto lo sabes? –la voz de Lupin estaba realmente consternada.

-Desde que Snape nos dejó el ensayo –ese nombre maldito pronunciado por sus labios. Era toda una tortura.

-Vaya, vaya, Hermione. Eres la bruja más brillante de tu edad que he conocido –los nervios iban en aumento y ya no pudo aguantar más.

-¡Ya, deja de hablar! ¡Vamos a matarlo! –chilló como un niño pequeño en medio de un berrinche.

-¡Espera! –Remus realmente estaba queriendo alargar todo esto lo más posible, pero no sabía lo mucho que estaba él sufriendo con el solo hecho de saber que Peter Pettigrew seguía vivo.

-¡Ya esperé suficiente! ¡12 años para esto! ¡EN AZKABAN! –finalmente pudo mirar a los ojos a su amigo y descargó en él toda la pena que sentía. Finalmente, Remus le entregó la varita y él se preparó para matara al traidor.

-Pero espera un minuto más… Harry tiene que saber por qué.

-Yo sé porque –la voz igualaba la de James como una gota de lluvia. Realmente era idéntico en todo aspecto. Menos los ojos, esas dos esmeraldas brillantes-. ¡Tú traicionaste a mis padres! Por ti están muertos.

-No, Harry, no fue él –intervino Lupin-. Alguien traicionó a tus padres, pero fue alguien a quien yo creí muerto.

-¡¿Quién fue entonces?! –exigió Harry.

-¡Peter Pettigrew! ¡Y está en este cuarto, en este momento! –ahora, Sirius dirigió su vista a la horrorosa rata que se hallaba en manos del pelirrojo- Vamos, vamos Peter. ¡Vamos, aparécete ya!

-¡Expeliarmus! –gritó una voz fría y seca detrás de la puerta. Un momento después, ya no tenía ninguna varita en la mano. Snape entró triunfante por la puerta y observó a los dos merodeadores- La venganza es dulce. Esperaba ser yo quien te atrapara –ahora, Severus pasó a apuntar con su varita a Lupin. De reojo podía ver la figura de Hermione al lado de Potter. Era como estar viéndola a ella y a ese James Potter-. Le dije a Dumbledore que estabas ayudando a un viejo amigo en el castillo y ahora aquí está la prueba.

-Brillante, Snape -¡rayos! Qué extraño se sentía decir ese nombre. Sobretodo sabiendo que estaban los dos en la misma habitación en la que se encontraba la chica a la que habían a emplear tu mente aguda y penetrante y, como siempre, equivocaste la conclusión ¿no? –ambos estaban helados. Junto a ellos estaba la chica a la que habían amado y no podían decirle nada- Ahora, si nos disculpas, Remus y yo tenemos un negocio pendiente que…

-Dame una razón –lo tenía enfrente, apuntándole con la varita en el cuello. Ese Black le había sacado lo que más amaba en la vida. Sin contar que casi lo asesinaba dejándolo desprotegido frente a un hombre lobo que, ahora después de mucho años, había al fin descubierto que era Lupin. Ahora podía hacerlo pagar por todo-, te lo suplico –ahora, la rivalidad volvía. Luego de esa noche no se debían nada el uno al otro y él estaba en su derecho de matarlo-. Puedo matarte. ¿Pero por qué rechazar a los dementores? Ellos están ansiosos por verte. ¿Veo miedo? –la cara de Sirius, se demacró en solo segundos. Quedó tan pálida como la de Severus incluso- Sí –realmente estaba disfrutando esto-. El beso del dementor. Imagina lo que debe ser, dicen que es insoportable de ver, pero yo… me esforzaré. Después de ti.

Luego de eso, lo más inesperado pasó: Harry, el hijo de su mejor amigo James, atacó a Snape para poder saber quién había sido el causante de la muerte de sus padres. Luego de explicarle, Sirius tuvo el honor de señalar a su viejo ex amigo, Pettigrew. Lamentablemente, por poco se les escapaba. De no ser nuevamente por Harry, Peter hubiese tenido una muerte para nada digna a manos de ellos dos.

Salieron entonces todos juntos hacia los alrededores del castillo. Cuando Peter salió del hoyo en la tierra bajo el sauce boxeador, imploró piedad hacia el pelirrojo y la chica, refiriéndose a ella como Emma.

Allí, bajo la adorable noche, Sirius le prometió a Harry que vivirían juntos, como padrino y ahijado. Para su mala suerte, esa misma noche había luna llena. La transformación de Lupin comenzó tan terrible como siempre: sus gritos desgarraban el aire, sus ojos y todo su ser cambiaba y mutaba increíblemente. Él lo tenía en un abrazo, pero llegó el momento en el que el hombre lobo despertó y lo arrojó hacia los arbustos.

Severus se despertó en la vieja cama de la casa de los gritos. Estaba solo. Salió corriendo por el corredor que tantos malos recuerdos guardaba para él y, al salir, al ser Potter lo primero que vio, se le arrojó encima. Un segundo después, unos pasos y un rugido a su espalda lo hicieron voltearse. Frente a sus ojos, nuevamente el hombre lobo lo amenazaba. Era tres veces más horrible y tenebroso que la primera vez que lo había visto. Con todo su cuerpo cubrió como pudo el tesoro de sus sueños. Hermione, tras él, se encontraba aterrorizada, al igual que Potter y Weasley. Un zarpazo de la garra del monstruo lo derribó hacia un costado, quedando a solo centímetros de la chica, protegiéndola, pues se encontraba detrás de él. Se recuperó lo más rápido que pudo, pero ya había hecho aparición en escena un perro negro y salvaje. El Grim, o Sirius Black, defendía a todos los chicos, le gruñía fieramente a la bestia y la atacaba sin piedad. Potter corrió tras él y Severus no pudo detenerlo.

Un aullido se oyó en la lejanía del bosque. Un aullido que llamaba al hombre lobo, salvando así la vida de Harry Potter. Sirius ya no tenía fuerzas para caminar. La pelea con Lupin lo había agotado. Su aliento helado se mezclaba con el frío de la noche, que le cortaba la respiración. Sentía todos sus músculos cansados y atrofiados. Le dolía el cuerpo entero. Pero al menos llegó al lago de los terrenos. Allí se arrojó y durmió durante un largo tiempo.

Despertó en una celda. Era de noche y hacía solo unos minutos había estado peleando con su único amigo vivo. Lo sabía porque le dolían todos los huesos, los músculos y las articulaciones. "Está bien" le habló una vocecita en su cabeza "has escapado de peores". Pero ahora no tenía la varita. Aunque tampoco en Azkaban la tenía. Resignado por su suerte, se hecho en un rincón y allí se quedó dormitando. De repente, unos pasos lo sobresaltaron, además de los gritos de una muchacha, que se oían a kilómetros. Miró hacia la puerta y allí, como sombras de la noche, aparecieron "Hermione" y Harry para salvarlo. La chica deshizo la celda con un mínimo hechizo y entonces escaparon en un hipogrifo. "Qué magnífica criatura" se decía a sí mismo una y otra vez conforme el animal batía sus alas al viento. Nuevamente se sentía joven. Sentía que podía hacer todo. Sentía la libertad nuevamente en su cuerpo entero. Y sentía también aquel aroma a jazmines que irradiaba Hermione delante de él. Igual que esa noche, los jazmines reinaban en el aire.

Finalmente aterrizaron en uno de los patios del colegio y allí desmontaron. Tuvo tiempo, antes de irse, de agradecerles a ambos por haberlo salvado.

-Sé que te lo han dicho… -dijo mirando a Harry- pero luces exactamente igual a tu padre –verlo, tenerlo enfrente era como revivir nuevamente el pasado y las miles de travesuras compartidas con James-. Menos los ojos… sacaste los de tu madre.

Luego se volvió hacia la magnífica criatura voladora y la vio a Hermione. La luz de la luna la embellecía particularmente y no pudo evitar hacerle un cumplido.

-De veras eres… la mejor hechicera de tu edad.

Ella le sonrió y solo bastó ese simple gesto para que se deshaga en miles de lágrimas volando por los aires.


Se debían reunir con los demás miembros de la Orden en tan solo unos cuantos minutos. Severus y Dumbledore, en el despacho del último, esperaban tranquilos la llegada de la hora en la que debían presentarse.

-Severus –dijo la apacible voz del anciano profesor. Severus se dio la vuelta y miró esos tiernos ojos celestinos-. Antes de irnos, debes saber una cosa. ¿Recuerdas que hace cuatro años tú me pediste explicación acerca de una alumna? –el corazón de Severus comenzó a dar saltos una y otra vez. Sabía que tenía que ver con Hermione Granger.

-¿Profesor? –preguntó algo confundido y curioso.

-Ahora es tiempo de que lo sepas –los nervios y la expectación se adueñaban de su cuerpo, que se congelaba segundo a segundo. ¿Qué demonios quería decirle Dumbledore ahora?-. Recuerdas bien qué fue lo que ocurrió durante tu quinto año aquí ¿no? –Severus asintió temeroso de lo que podrían llegar a decirle. ¡Cómo no lo iba a recordar! Había conocido a Emma Granger y se había enamorado de ella. Sus músculos se crispaban incontrolablemente y no podía evitar sentir una sensación de náuseas. El silencio ya estaba siendo demasiado, pero él ya sabía muy bien que Dumbledore era así- Todo lo que se desencadenó durante ese año, tiene un hilo estrechamente conectado a lo que pasará hoy –los ojos de Severus mostraban miedo, pero aún así, la semilla de la duda ya estaba dando sus frutos dentro de su ser. En silencio esperó a que el director prosiguiera-. ¿Entiendes a lo que me estoy refiriendo, Severus?

Ésta vez, sus ojos, los ojos de Albus Dumbledore, no mostraban alegría o regocijo, sino tristeza y dolor. Poco a poco, la mente de Severus se fue aclarando, encontrando entonces las uniones del hilo del que hablaba el hombre más grande: Emma y Hermione no eran iguales, eran la misma persona; pero eso ya lo sabía. Súbitamente, su cara se transformó en una mueca de dolor y por sus ojos comenzaron a caer un par de cristales brillantes.

Miró al director intentando encontrar la negativa de su pensamiento, pero no encontró nada más que un tétrico asentimiento con la cabeza. Su llanto se intensificó mucho más e igualó quizás el de la noche en que la había perdido para siempre. Eso significaba que…

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En Grimmauld Place, la vida transcurría tranquila: Molly estaba lavando la vajilla para comer usar durante la cena; Fred y George estaban volando algo por allí; Remus, Tonks, Ojoloco, Arthur y Kingsley dialogaban con caras apenadas; Ginny estaba haciendo las tareas que le había encomendado su madre; y Harry, Ron y Hermione charlaban tranquilamente en alguna de las habitaciones, ya que Harry había llegado hacía unas horas. Sirius estaba contento. Compartía desayuno, almuerzo y cena con Hermione y solo eso le bastaba para iluminar su día.

Técnicamente irradiaba alegría. Repartía sonrisas por todo el lugar y ayudaba en todo lo que podía. Su relación con Kreacher seguía siendo de las peores, por lo que se había llevado varios retos por parte de Hermione.

No entendía varios aspectos de la chica: le pedía a él que no lo tratara mal a Kreacher, cuando éste se la pasaba el día entero hablando mal de todos, especialmente de Hermione, pero ella lo soportaba. Realmente no la entendía. Pero eso la hacía más atractiva para él. Aún así, le dolía mucho que no pudiera verlo con los ojos con que lo había visto tantas veces durante su quinto año. Ansiaba poder volver a encontrar esa mirada en sus ojos. Esa mirada de amor y ternura incomparables.

-Sirius –la voz de Remus lo llamó, corriendo su atención de las escaleras, por las que seguramente, tarde o temprano, bajaría Hermione con una sonrisa-, tenemos que hablar un momento.

El tono de vos de su amigo lo asustó un poco, o más bien lo puso alerta, pues escondía un deje de dolor, pero sin chistar lo siguió. Se reunió con los demás aurores y no aurores mayores de edad. Todos estaban pálidos, casi irreconocibles.

-Bueno, ¿a qué se deben esas caras? ¿Qué pasa aquí? –esta vez sí que lo estaban asustando. Ninguno de ellos, ni siquiera Tonks, sonreía un segundo. Pronto su sonrisa se desvaneció en el aire también- ¿Qué… pasa? –dijo en un tono realmente temeroso.

-Sirius… -comenzó Remus, pero se notaba el nudo que se le había formado en la garganta- Dumbledore no avisó… Verás, hoy… -pero su voz se quebró, no en llanto, sino en dolor. Y Lupin no pudo seguir más.

-Dumbledore nos avisó una cosa que creíamos… -continuó Ojoloco con su áspera y cruda voz- que tú deberías saber –imperturbable como siempre, ni la más mínima pena en la cara de Remus pudo estremecer los sentimientos de aquel hombre-. Verás… -prosiguió, pero fue interrumpido por Tonks.

-Espera, Moody. Déjame a mí, al menos tengo más tacto para éstas cosas -dijo Nymphadora en un vago intento por ablandar el ambiente.

-¿A qué… cosas… te estás refiriendo? –ahora su voz se había tornado temerosa. Miró a Remus, en busca de una explicación lógica, pero éste no hacía más que y esquivar la vista- Remus… ¿Qué ocurre? –si le darían una explicación de algo, quería que saliera de los labios del único amigo que le quedaba en vida. Tomó su cara y lo obligó a que lo mirara a los ojos- Dime qué rayos pasa.

-Hermione… hoy… ella… el plan… -ninguna de esas palabras tenía sentido, pero el dolor con el que hablaba derrumbaría al hombre con mejor porte. Luego de unas zamarreadas de parte de Sirius, Lupin comenzó una frase con un poco de sentido-. Dumbledore, más bien la Orden, tiene un plan… Consiste… en… alguien que…

-¡Vamos, Lunático! ¡Suelta todo de una vez! Me haces poner nervioso-escupió en una crisis de nervios.

-Enviarán a… alguien… al pasado… A nuestro quinto año –fue entonces cuando todo cuadró.

Era todo muy evidente. La única persona menor de edad a la que reconocía, además de Harry, su ahijado, luego de todos ese tiempo era a Hermione. Casualmente, la chica había estado en su quinto año en Hogwarts de alguna misteriosa manera… Solo en su quinto curso. Aparentemente todo estaba ligado, luego de tantos años…

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La cena estuvo divertida. Si se le puede llamar así a fingir estar tan alegre como siempre. No soportaba la idea de que ese día se tendría que despedir para siempre. Sin siquiera poder decirle todo lo que sentía. Se sentía terrible. ¿No habría ninguna otra solución? ¡Debería haberla! Sí, tendría que haber alguna otra solución, lo sabía. Al menos esa pequeña chispa de esperanza lo volvía a alegrar un poco.

Claro que después de la cena, esa felicidad se le vio arruinada por una cabellera negra y grasienta. No hay que mencionar que Severus tampoco se sentía muy aliviado de su compañía. Desde siempre se habían odiado, pero en esos momentos en los que ambos estaban en la misma habitación que Hermione, los nervios los exasperaban y las chispas salían al rojo vivo de sus ojos. Era algo que simplemente ninguno de los dos podía controlar.

Con Severus también había llegado Dumbledore, que fue bienvenido por todos. Sin su presencia, Sirius y Severus seguro se tiraban uno encima del otro a matarse sin remedio. Dumbledore, como bien los conocía desde hacía años, ablandó el ambiente y luego prosiguió hacia la cocina, donde la reunión de la Orden se llevaría a cabo.

Finalmente, cuando pudieron sacar a Fred y a George de la cocina, comenzaron a hablar.

-¿Qué tal, Quéjicus? –se le acercó peligrosamente Sirius a Severus, con un brillo para nada bueno en los ojos- ¿Saliendo de tu horrorosa existencia para venir a admirar qué tanto nos divertimos aquí en el cuartel general?

-En realidad –agregó Severus-, no estoy aquí más que para acompañar al director. ¿Tú que andas haciendo, Black? ¿Rascándote las pulgas?

-Ha-ha –rió sarcásticamente Sirius ante la mirada de todos los presentes, que estaban tratando de mandar indirectas para que se dejaran en paz-. ¿Te crees gracioso? Yo no soy el que está enfrascado en mil pociones todos los días y sin bañarme. Al menos estoy… aquí –señaló con sus manos la cocina entera, pero sus ojos miraban hacia el techo, donde claramente, en el segundo piso de la casa, estaba descansando Hermione. En cuanto bajó la mirada y posó sus ojos grises en los negros del profesor, observó la ira que se acumulaba en esos ojos de carbón. No pudo evitar sonreír de lado, mostrando su autosuficiencia.

-Yo al menos la veo todos los días –agregó Severus, siendo ésta la chispa que encendió la carga de dinamita que se le estaba formando a Sirius en el alma.

Sin miedo, Sirius estuvo a punto de echársele encima a Severus para matarlo a palizas. La satisfacción de Severus ahora estaba por las nubes. Hacerlo enojar a Black ya era difícil, con lo bien que atacaba luego él, pero cuando se enojaba, se enojaba. Por suerte, todos allí habían estado lo bastante cerca como pararlos a tiempo, antes de que comenzara la verdadera pelea. Refunfuñando, Sirius se sentó en una de las sillas de las sala, tranquilizándose, mientras que Severus se quedaba parao en un rincón sonriendo imperceptiblemente de lado.

-¿No les da vergüenza? –preguntó Molly hecha una furia mirando consecutivamente a Sirius y a Severus- ¡Pelearse luego de tantos años como niños pequeños! Mejor voy a llamar a los chicos. Creo… que es tiempo de que… lo sepan –instintivamente, ambos reaccionaron tratando de impedir que Molly saliera por la puerta, pero una mirada severa de Dumbledore los calló en seguida.

Mientras los tres chicos bajaban por la escalera, todos los presentes tomaban asiento en las sillas alrededor de la mesa. Cuando Harry, Ron y Hermione llegaron y se sentaron en las sillas que tenían más cerca, los corazones de Sirius y Severus comenzaron a latir con más fuerza todavía. Sus respiraciones se agitaban y por poco no respiraban. Su sola presencia los desconcertaba.

-Bueno, chicos –les sonrió el viejo director a los tres jóvenes mientras rompía el hielo que había en ese ambiente-. Primero, me alegro de verlos de vuelta.

Pero ninguna palabra de las que decía Dumbledore o los muchachos les importaba. Lo único que los encandilaba era el brillo y la vida que irradiaba Hermione en ese momento. Pero entonces estalló la discusión entre Ron (que no quería que Hermione vaya sola a la misión) y Hermione (que tenía buenos argumentos para defender que ya era grande para cuidase por ella misma).

Los dos hombres enamorados no pudieron evitar observar los ojos de Ron. El pelirrojo, en lugar de tener rabia o ira en los ojos, tenía miedo. Un brillo inconfundible lo inundaba, y si alguien sabía cómo se sentía perder a la persona que más amaba, esos eran Sirius y Severus. Aún así, la forma que tenía Ron de protegerla era bastante mala. Ellos sin duda irían en secreto al mismo tiempo o encontrarían la forma de volver en el tiempo sin que nadie lo supiera. Ellos sí serían valientes y se arriesgarían por su amor. Pero ellos ya lo habían hecho, y en esos momentos no era lo mejor que podían hacer.

Un CRACK inconfundible sorprendió a todos los presentes, que miraron atentos donde Kreacher había aparecido. Incluso Sirius se había asustado un poco con su aparición.

-¡Kreacher! –dijo asombrado y un poco exaltado- ¿Qué estás haciendo aquí?

-Kreacher lo siente mucho, amo Black –dijo el elfo, inclinándose y murmurando insultos a todos y cada uno de los que estaban presentes, pero concentrándose en Hermione- pero debía informarle que los asquerosos niños Weasley han estado revisando toda la casa en busca de un escondite para volar algo –dijo con su voz arrastrada y seca, mientras se dibujaba una sonrisa maliciosa en su rostro.

-¡Oh, Kreacher! –dijo bastante disgustado- ¡No andes espiando a los demás! No importa lo que hagan los muchachos –pero esta vez, cuando se puso a pensar en los miles de insultos que había dicho a Hermione en toda su estadía en su casa, no pudo evitar reprocharle con una voz bastante enojada- ¡Y no te atrevas a murmurar nada en contra de Hermione Granger! –por poco se paraba de su silla e insultaba él mismo al elfo, pero sabía muy bien que a Hermione le disgustaba, por lo que se contuvo como pudo y continuó escuchando.

Esas palabras habían estado de más, lo sabía, pero no se había podido contener. Y para su pesar, toda la sala estaba metida en su sorpresiva reacción contra Kreacher. Lo había retado mil y un veces a Kreacher por insultar a todos, pero nunca había reaccionado de esa forma a favor de Hermione.

"¿Pero qué diablos está haciendo el idiota de Black?" pensaba Severus mientras observaba de a momentos el rostro conmocionado de su Hermione.

Nuevamente, Dumbledore volvió a hablar, aclarando la fuga de su prima de Azkaban. Nuevamente, la pelea entre Ron y Hermione estalló, pero fue parada justo a tiempo por Harry, que los retuvo muy bien. Entonces, Sirius comenzó a hablar.

-Bellatrix es mi prima –las caras de asombro de los tres Gryffindors realmente causaban gracia-. Es hermana de Narcissa Malfoy y, por lo tanto, cuñada de Lucius Malfoy y tía de Draco Malfoy. Nuestro trato como primos es casi nulo. Nunca nos llevamos bien.

Quería poder decir muchas otras cosas de su detestable prima, pero la voz tranquila de Remus a su lado lo hizo callar para ahora darle la palabra a él.

-El asunto es que Bellatrix tortura y mata sin piedad, y es el deber de la Orden proteger a l mundo mágico de sus futuros ataques, ya que el Ministerio no se quiere hacer cargo. Nuestro plan es… -pero la voz se le cortó. Sirius, sin embargo, al conocer durante tanto tiempo a su amigo, sabía muy bien que no podía hablar por el temor de que él y Quéjicus hablaran- el plan… es…

Ya no podía aguantar la presión. Necesitaba hablarle al menos una vez. Necesitaba poder mirar fijamente a esos ojos color miel por una última vez. No le importaba encontrar odio en ellos, le importaba tener su recuerdo. No quería volver a perderse en la locura del olvido de su voz, su cabello, sus ojos, sus labios… Ya no podía aguantarse y soltó la maldita misión que le iban a asignar a la pobre chica.

-Asesinarla –su voz, para su desgracia, salió más fría de lo que esperaba. Sintió cómo había repudiado a la mortífaga en una sola palabra por todo lo que le había quitado y sintió como todos se daban cuenta.

-¡¿Quieren que yo sola mate a Bellatrix?! –preguntó asustadísima la joven bruja.

-¡¿Pretenden que Hermione vaya sola a una muerte segura?! –inquirió Ron con angustia en sus ojos celestes. Y entonces lo supieron. Severus y Sirius no dudaron un momento que el pelirrojo la amaba también.

-Claro que no estará sola –les reprochó Sirius con el tono de voz más cómico que pudo lograr-. ¿Cómo quieren que dejemos a una dama sola ante tal situación? ¿Acaso nadie recuerda que tanto yo como Remus fuimos a Hogwarts durante la estadía de Bellatrix?

Intentó ser lo más amable posible, buscando esos ojos marrones que lo enloquecían. Pero lo único que encontró fue la mirada iracunda de Severus Snape.

-También estaré yo, Black. No se olvide de eso –intervino cortante mientras observaba los ojos grises de su enemigo-. Por lo tanto –agregó luego para mirar directamente a los ojos brillantes de Hermione, evitando sonreírle a toda costa-, es obvio que tendrá que viajar en el tiempo.

Todos esperaron impacientes la respuesta de la chica: estaba tan congelada en su lugar pensando y meditando la misión que se le planteaba. Sus amigos a su lado le rogaban que no fuese, sola al menos, pero ella estaba muy sumida en sus pensamientos. Pero Sirius y Severus lo único que querían hacer era recordarla: imaginarla respondiendo con los colores de Hufflepuff, teniendo ese favoritismo inexplicable por Slytheryn, mirándolos, hablando con ellos, queriéndolos. Pero de eso hacía ya mucho tiempo. Sabían bien que no volverían a vivir esos sentimientos que tanto dolor les habían causado y allí, frente a ellos, se encontraba la razón. El solo pensar que no la volverían a ver nunca más en la vida los enloquecía. Luego de ella, no hubo ninguna otra mujer para ambos.

-Está bien: iré –dijo la chica, haciendo que ambos se despertaran de su ensoñación. Ahora todo lo que temían se cumpliría, una vez más, para sus desgracias. Ambos cerraron los ojos, dolidos por esas tres palabras que acababan de escuchar y sin más, los jóvenes se fueron a la cama.

-¡Dumbledore, debe haber otra forma! –dijo Molly adelantándosele a Sirius, que estaba a punto de saltar en busca de alguna explicación- ¡No puedes enviarla así sin más a la muerte! ¡Es solo una niña!

-Lo lamento, Molly –contestó el profesor con una pena inigualable en sus ojos-. Pero el destino así lo quiere.

El viejo director observó con calma los ojos de Severus y Sirius, pero ninguno de los dos quería mirarlo. Ambos sentían que habían sido traicionados por el mago en el que todos confiaban; el mejor mago del mundo revelándoles que todo esto era solo un plan más para llegar al verdadero objetivo: Voldemort. Pero ni siquiera era un plan: solo la enviarían al pasado a sufrir los últimos años de su vida. Era cruel, despiadado, horrorosamente impredecible, pero era lo correcto. O más bien, era lo que se había dictado hacía más de 20 años atrás.

Era inevitable.

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Durante los días siguientes nadie rió un momento. Todo se sumía en una triste y nebulosa depresión colectiva. Ni siquiera los chistes de los gemelos podían levantar el ánimo por más de cinco segundos. Ya las sonrisas no existían en el rostro de Canuto, así como la expresión altanera en el rostro de Snape. Poco a poco, el día acordado se acercaba y la tristeza se agrandaba cada vez más en los corazones del león y la serpiente.

De pronto, el día había llegado. Severus, esa noche, al igual que las anteriores, no había podido pegar el ojo. Si bien la estadía en Grimmauld Place no era para nada de su agrado, la razón era completamente diferente. La única razón era Hermione. Anhelaba poder decirle lo mucho que la había querido y lo mucho que la había estado esperando. Sin embargo, ella no lo vería así en años, lo sabía bien. Solo tenía ojos para ese Weasley, que desde que se le avisó la misión y desde que aceptó, no había parado de rogarle por poco de rodillas que se quedara y no se fuera. Él hubiese hecho lo mismo, no lo negaba, pero le molestaba demasiado que alguien la tratara como a una niñita indefensa que necesita protección.

De la misma forma pensaba Sirius: siempre que lo veía a Ron detrás de Hermione, acosándola por poco, le daba asco. Pero, siendo el padrino de Harry y siendo Ron su mejor amigo, no podía permitirse pensar así, por lo que solo miraba hacia otro lado o sonreía inadvertidamente mirando el suelo. La extrañaba. Tenerla cerca era increíblemente agradable. Había olvidado lo que se sentía. Por momentos, cuando la veía, recordaba a aquella chica que lloró por él, culpándose por lo que le había pasado. Ansiaba poder decirle algo, lo que fuera, pero era imposible. Después de todo, ella solo lo veía como el padrino de su mejor amigo.

Todo aquel día fue un martirio para ambos. Ya sea el verla tan decidida o verla ya tan grande los devastaba. Tenían la necesidad de protegerla.

Toda la tarde ensimismados en sus mundos. Tratando de salvarla en sus sueños. Tratando de que todo lo que había sido vuelva en el tiempo. Pero ya no podían hacer nada.

Finalmente, la noche había llegado, y con ella la nueva reunión de la Orden. Hacía horas que no se los veía al trío dorado. Siempre andaban juntos para todos lados, pero durante aquella tarde no habían aparecido sino para desayunar y almorzar. Luego de eso, los ojos verdes, la cabellera castaña y los colores fuego del cabello de Ron no habían sido vistos. Y la cena se acercaba.

-Voy a buscarla –dijo Dumbledore alegremente una vez que todos se habían reunido. El viejo abandonó la habitación y subió las escaleras, ignorando los gritos del cuadro de la madre de Sirius.

Ahora sus corazones lloraban inconsolablemente. Rogaban a Merlín que Dumbledore no pudiera encontrarla, pero sabían que era en vano. Tarde o temprano Hermione se asomaría y sería su fin. No querían perderla tan rápido, como la última vez.

El silencio incómodo se sostenía en el aire, aburriendo a todos los presentes. Las miradas chocaban contra Severus, pero él (ya tan acostumbrado) no les prestaba atención. Le gustaba en cierta forma ser el "odiado". Era como una actitud que adoraba: amaba ser frío, distante, cortante, seco, serio y por poco malvado. Esa actitud, lo recordaba bien, la había adoptado luego de aquel invierno, donde prometió no volver a mostrar nunca jamás sus sentimientos.

Por otra parte, Sirius no había cambiado mucho. Seguía siendo el mismo galán rompecorazones de siempre, pero nunca había vuelto a amar. Su corazón lo poseía una muchacha ya que, aunque muy lejana en sentimientos, lo acompañaba y reía con él cuando se mandaba algunos chistes. La extrañaría mucho más ahora que sabría que no volvería a verla jamás.

Pronto regresó Dumbledore. Solo.

-¿Y Hermione? –preguntó Remus.

-Oh, estaba hablando con sus amigos. Me pareció que debe pasar un poco más de tiempo con ellos, ¿no lo creen? –observó profundamente a Sirius y a Severus, que tenían miedo en sus rostros.

Luego de eso, la reunión se disolvió para después de la cena. Todos se fueron a sus respectivas habitaciones o a hacer algo y no volvieron a la cocina de Grimmauld Place hasta la cena, que transcurrió aburrida y llena de tensión. Todos estaban demasiados nerviosos y no podían comer, por poco. Cuando la comida desapareció de todos los platos, los jóvenes huyeron despavoridos a las habitaciones.

-¡Ginny, querida! –llamó Molly luego de una hora a su hija. La chica bajó corriendo las escaleras y escuchó atentamente a su madre- ¿Puedes llamar a Hermione para que baje?

La chica asintió de forma triste y subió nuevamente las escaleras. Sirius, Molly, Dumbledore, Remus, Tonks y Ojoloco esperaban la llegada de Severus.

-¿Justo ahora tiene que venir Quéjicus a tardar tanto? –preguntaba Sirius nervioso caminando a zancadas por la habitación de un lado a otro.

-Qué raro Sirius –exclamó Remus-. ¿Te preocupa Snape?

-¡Claro que no! –miró furioso a su amigo, que tenía una expresión extraña en su rostro. Era una expresión que jamás en su vida había visto. ¿Qué era?- ¿A qué viene eso, Remus?

-No viene por nada –dijo Remus tranquilamente, haciendo que Sirius se sentara en una silla-. Solo era una pregunta –pero los ojos de Sirius miraban molestos a Lupin, por lo que agregó-. Me había acordado de cómo lo odiabas en la escuela y me pareció raro, nada más.

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Salió de su habitación y comenzó a bajar las escaleras. Al menos le habían dado una habitación decente: la de Regulus. Lo había conocido, si no se equivocaba. Era un buen chico, serio como él. Hasta le había llegado a caer bien. De Slytheryn, por supuesto.

Severus estaba en el segundo piso de la casa, justo debajo de la habitación que compartían Ron y Harry. Casualmente, había bajado un par de escalones cuando escuchó unas voces que provenían de aquel lugar. Se quedó quieto, tratando de no hacer ningún ruido para escuchar mejor, pero era imposible. Hubiese querido poder subir y espiar qué diablos decían de no ser porque la pelirroja Weasley estaba subiendo.

Se quedó parado en su lugar y esperó a ver qué ocurría: la chica entró en la habitación seguida de sus hermanos gemelos. Luego de eso, Hermione salió y comenzó a bajar las escaleras. Todo en ella brillaba aquella noche para los ojos de Severus. Parecía como si fuese aquella noche que había quedado tan lejana y, sin embargo, tan presente para él y Sirius.

La chica estaba absorta en sus pensamientos: bajaba la escalera sin mirarla siquiera y no se había dado cuenta de su presencia. Quiso advertirle de que la elegante alfombra que cubría la escalera estaba doblada y que caería, pero fue tarde. Cuando se quiso dar cuenta, Hermione rodaba escaleras abajo hacia donde él se encontraba. No pensó un segundo. Decididamente, esperó a que el momento llegara y frenó su caída.

Se dio cuenta de lo que acababa de hacer. ¡Qué imbécil! Se había quedado mirándola como un idiota. Lo primero que se le ocurrió fue comenzar a caminar hacia la cocina, seguido maravillosamente por Hermione. Le había salido bien la improvisación al menos, mejor de lo que esperaba. Aún así, no dejó de reprocharse lo que acababa de hacer. Estaba muy nervioso y seguro la chica lo había notado.

Llegaron a la cocina. Cuando entraron y vieron los rostros de todos los presentes, Severus no pudo evitar lanzarle una sonrisita de suficiencia a Sirius, que hervía de la furia. Increíblemente no se mataron a palizas. Por más que quisieran, debían conservar la calma, pues lo que menos querían era demostrar lo que verdaderamente eran frente a Hermione.

Luego de eso, todos pasaron a enseñarles nuevos hechizos y a entrenarla como nunca nadie había sido entrenado. Todos los miembros de la orden dándole clase hasta entrada la noche sobre pociones curativas, defensas, hechizos, contra hechizos, etc. Todas cosas que Sirius y Severus no entendían con qué fin se las enseñaban. Si Dumbledore sabía bien cómo terminaría todo, ¿por qué se preocupaban? Después de todo, el destino no puede cambiar.

Cerca de las tres de la mañana, la chica estuvo libre para volver a su habitación y dormir unas horas. Antes de que Sirius y Severus pudieran ir a descansar, Dumbledore les habló.

-Saben muy bien que el pasado y el presente no se pueden modificar, ¿verdad? –los ojos celestinos del profesor tras los anteojos de media luna se posaron en los grises del león y en los negro de la serpiente. Ambos asintieron lentamente para luego retirarse a descansar.

A la mañana siguiente, los adultos habían acordado levantarse temprano. Nuevamente, la cocina era el centro de reunión de todos. Severus y Sirius, por su parte, no habían cambiado sus formas de pensar del otro en ningún momento: ambos le echaban la culpa al otro de la pérdida de su amada, siempre había sido así. Las chispas volaban de un lado a otro de sus miradas, nada fuera de lo común, pero realmente impactaba lo poco que podían decirse con las miradas y sin ninguna palabra. Tonks y Dumbledore, que fueron los siguientes en llegar luego de ellos y Lupin, intentaron calmar la situación y prevenir que ambos salten a matar al otro. Por suerte, la llegada de Hermione calmó el ambiente. En seguida se separaron y comenzaron a actuar sus respectivas personalidades.

Hermione desayunó y luego se prepararon para partir. Salieron de Grimmauld Place y esperaron el autobús noctámbulo justo en frente del edificio. Por el rabillo del ojo, tanto Sirius como Severus, pudieron observar que en una de las ventanas de la vieja casa un chico saludaba a Hermione. Estaba triste y ella lo miraba con tristeza también. Sabían muy bien qué les ocurría y comprendieron de inmediato la situación. Se compararon con Ron, compararon sus sentimientos: entendían por qué razón la amaba, ella era perfecta. Entonces llegó el autobús noctámbulo.

Una vez en el callejón Diagon, se ocultaron en una de las callejuelas que quedaba enfrente de Flourish y Blotts. Entonces Remus le dio el giratiempo a Hermione. A este momento se resumía toda su existencia.

Tanto Sirius como Severus, en ese momento perdían una parte del corazón y del alma. Poco a poco, durante todos esos años, había visto crecer a esa niñita, hasta verla convertida en una mujer extraordinaria. Todo se resumía a ese momento. Nuevamente, recordaron aquella vez en el Callejón Diagon, cuando pasó interrumpiendo su pelea. Ella deslumbraba ese día, como lo hacía en ese momento. La observaban fijamente, sin poder quitarle los ojos de encima. Ahora era el final. Se despedían de ella para siempre en la vida. Ahora ya no volverían a verla como hacía un tiempo. Ahora ella ya no podía volver. Ese momento era la despedida.

-Suerte –dejó escapar Severus, pues su corazón lo venció una vez más. Los ojos de la chica se clavaron en los suyos por última vez mientras veía cómo desparecía de su tiempo.

-Volveremos a Grimmauld Place –informó Dumbledore-. Ustedes dos… quédense aquí unos momentos –observó tiernamente a Sirius y Severus-: cuando estén listos para revelarles la verdad a los jóvenes, vuelvan.

Así, Sirius y Severus se quedaron solos en el lugar donde minutos antes había estado Hermione. Simplemente miraban donde había estado ella parada, pues aún se olía un tenue aroma a jazmines en el aire.

-¿Te arrepientes de algo en todos estos años? –le preguntó Sirius a Severus.

-Sí –dijo éste, observando los grises ojos de su enemigo que lo miraban confundido-: de haberle negado los puntos que se merecía. ¿Conservas la luna?

-Claro que sí, Quéjicus.

-Ahora entiendo el significado: ella era nuestro sol y nosotros su luna.

-Siempre nos había visto solo una de las caras: la cara oculta nunca nadie más la había visto -terminó Canuto.

Sirius sonrió melancólico, mientras que Severus observaba el cielo. Ambos estaban muy confundidos. Sin poder evitarlo, segundos antes de desaparecer de ese lugar, dejaron escapar un par de lágrimas que no se preocuparon en secar.

Ese mismo año, Sirius fue asesinado por Bellatrix y se reencontró con Hermione y James.

Luego de dos años, Severus fue asesinado y pudo volver a ver una vez más a Hermione.

Fin