La Mamba Negra
A lo largo de su vida había planeado escoger como profesión: Conductor del autobús noctámbulo, inspector de grajeas de todos los sabores, diseñador de snitch, dentista de dragones, probador de escobas voladoras, tatuador mágico, hermano mayor profesional. Esto último lo decidió a sus tres o cuatro añitos con el nacimiento de Lily, porque la pequeña de los Potter le hizo sentir que debía dedicarse a cuidarla y protegerla; no como con el llorón de Albus, al que prefería molestar. Pero su hermanita resulto más dañada que Albus, y aunque no era una quejica llorona y blanda, era un monstruito con piel de oveja y ojos malditamente tiernos, capaces de conseguir que el mundo se postrara a sus pies.
El entusiasmo por cada una de estas profesiones duró menos de lo que se tarda en decir Quidditch, siempre encontraba la parte poco atractivo de dichas profesiones. Cuando estuvo al tanto de las hazañas de sus padres y tíos, pero en especial de su padre, siendo consciente de lo que había significado para la comunidad mágica, el ya no tan pequeño James decidió que sin lugar a dudas seguiría los pasos de su admirable progenitor, y se convertiría en un Auror, un gran Auror, el mejor de todos, justo como su padre.
Por eso había insistido tanto en su receso de navidad en ir a acompañar a Harry Potter al Ministerio de Magia, porque quería estudiar de cerca lo que se necesitaba para convertirse en lo que deseaba, quería ver el ambiente en el que se movía su padre, conocer a las personas que allí trabajaban, en pocas palabras, verlo en acción.
—En serio, James, te conozco y sé que te aburrirás —Fue la respuesta de Harry ante su insistencia durante el desayuno.
—Eso lo dices sólo para que me quede aquí, y eso sí que sería aburrido. —Contestó enfurruñado. Mirando con desinterés los pozos que quedaron en su taza de chocolate.
—No digas eso, que están tus hermanos…—James atajó a Harry con una mueca antes de que continuara.
—Oh, sí claro, con cual prefieres que me quede, con "Estoy leyendo un libro más grande que mi mismo, Albus"—El aludido levantó la cabeza y miró a James con aburrimiento.
—Lo dices como si fuera algo malo —Murmuró, pero James no le prestó atención.
—Claro que también está "Te asesinaré mientras duermes, Lily"—Continuó, ignorando olímpicamente a Albus.
— ¡Papá! —Chilló la pequeña. Harry rodó los ojos por lo melodramático que solía ser su hijo mayor.
—No me veas así, pequeña monstruito —Pinchó James a su hermana.
— ¡James! —Le riñó Ginny
—Lo siento mamá, pero no es mi culpa que tu hija tenga un cerebro retorcido —Lily lo miró con el ceño fruncido, y con una promesa de venganza en sus ojos castaños.
—No te imaginas lo que yo hubiera dado por tener hermanos con quienes jugar —Intervino Harry mientras miraba divertido la escena entre hermanos.
—Pero tenías al tío Dudley, ¿no? —Fue la respuesta de James, y ante la mueca de su padre que parecía un "prefiero meterme un palo de escoba por el…", el chico sonrió, sabiendo que había ganado su debate —Porque yo me divierto con ellos tanto como tú con tu primo.
Como consecuencia padre e hijo se dirigían por red flú al Ministerio, aunque James convenció a Harry de que llegaran al vestíbulo del ministerio, y no directamente a la oficina de éste, como prefería él. El resultado fue que transcurrieron al menos cuarenta minutos para llegar a su destino, pues debían detenerse a saludar a todo el que se interponía en el camino de Harry Potter, y eso era, básicamente, todo el mundo.
— ¿Harry, Harry Potter? Tiempo sin verte, muchacho — ¿Muchacho? Se preguntó James, quien se referiría a su padre como "muchacho" tenía que estar ciego, o muy, pero que muy viejo.
—Señor Diggory —Saludó Harry, eso sí que no lo esperaba. Diggory…
Alzó la vista para encontrarse con un hombre bastante mayor, de barba marrón y cabello castaño con mechones plateados, arrugas surcaban sus ojos verdes de parpados caídos, probablemente por el peso de los años, otorgándole así un aspecto de anciano benévolo. El hombre se acercó a él para estrecharle la mano. James vaciló, pero estaba claro que aquel hombre no podía ser familiar de Norris, o al menos no uno cercano, eran tan… diferentes.
—Este es mi hijo mayor, James Sirius —Harry lo instó para que estrechara las manos con el señor Diggory.
—Mucho gusto —Murmuró James, receloso con el hombre, quien por más que estudiaba con la mirada no le parecía relacionado con Norris, en absoluto.
—Te pareces mucho a tu padre, aunque se nota de lejos tu sangre Wesley, James —Le dijo afablemente—. ¿Cómo van los estudios? —Oh, aquí vamos, pensó James. La típica conversación sobre los estudios. ¿Por qué todos los adultos preguntan eso siempre?
—Bien —Soltó lacónicamente. Definitivamente era el tema más aburrido, y por alguna razón, al que a todo el mundo le interesaba.
Tras el crujido característico del ascensor al detenerse, junto con esa sensación de vacío en las tripas, entraron dos ancianas brujas imbuidas en una conversación demasiado interesante, porque no repararon en sus acompañantes. Cuando el aparato retomo su ascenso, James se distrajo observando el estrafalario sombrero puntiagudo de una de las mujeres, que parecía tener un bicho muerto desde hacía décadas.
—Está en tercero —Intervino Harry orgulloso, quien al parecer no sintió que el escueto "bien" de James fuera una respuesta digna.
—La pequeña Moriana está en primero, apenas, y resultó ser una Gryffindor, ¿quién lo diría? —anunció jovialmente. Ante la mención de su pesadilla, James aguzó el oído para prestar atención a lo que consideraba información potencialmente valiosa —. Mi esposa y yo estábamos seguros que iría a Hufflepuff; según Bernhard, estaría en Ravenclaw —negó con la cabeza —. Pero ya ves.
Harry sonrió y le estrechó la mano cuando el ascensor se hubo detenido en su piso. El hombre se despidió con un "hasta luego, Harry" y despeinó con la mano el alborotado cabello rojo de James, quien estaba acostumbrado a que todo el mundo considerara que su destartalada melena estaba hecha para que la desordenaran cada vez más.
Cuando abrió la puerta del despacho, a James le golpeó ese aroma a café, esa bebida que a su padre parecía gustarle tanto, aquel olor le hizo sentirse en casa. Posada sobre el escritorio, una lechuza parda los observaba entrar con la cabeza ligeramente ladeada, James casi podría jurar que el bicho aquel les recriminaba con la mirada, como diciéndoles "llegan tarde". Harry no pareció notarlo porque se acercó de inmediato al animal, tomó la pequeña carta y le dio una tira de algo que seguro sabía asqueroso, porque la lechuza se relamió con gusto al tragar su trofeo.
James sentía curiosidad por saber quién era aquel que se permitía enviar cartas por el ministerio vía lechuza. Creía que el Ministro, su padre, y su tío Percy eran los únicos con ese derecho dado el caos que se desató por culpa de una huelga que habían hecho los elfos domésticos, aunque era una huelga de "trabajo en exceso". Por lo que supo, los elfos habían limpiado a fondo el ministerio, hasta el punto de deshacerse de todos los papelitos que pululaban por el lugar llevando información importante, órdenes y memorandos de un lado a otro. Todo porque Hermione propuso vacaciones.
—Debo ir a la oficina del ministro Shacklebolt —Anunció a su hijo que seguía mirando el lugar por donde la lechuza se había ido.
Como respuesta James hizo su mejor mueca de "¿me vas a dejar aquí solo?"
—Te dije que te ibas a aburrir, pero si quieres puedes regresar a casa…
—No, yo espero, gracias—Dijo mientras tomaba asiento en la cómoda silla de su padre tras el escritorio.
—No hay mucho por aquí con lo que puedas pasar el tiempo —Harry recorrió con la mirada su oficina como esperando que en algún lugar se materializara un juego, o algo.
—Está bien, papá, ni que fuera un niñito que debe andar todo el tiempo con jueguitos para entretenerse ¿sabes? He madurado —Harry sólo rió como si no terminara de creerse aquello.
—Oye, no te rías, que hablo en serio. —Dijo James entre divertido y ofendido. —Ve a tu reunión, yo espero.
—No hagas nada raro ¿vale? —James rodó los ojos.
—Podría hacer volar toda la oficina si quisiera —Observó apreciativamente el lugar como evaluando sus posibilidades —. Pero estoy de vacaciones, papá. Así que ya puedes irte —Le azuzó con un gesto de la mano.
Harry finalmente salió con rumbo a la oficina del ministro de magia, dejando a James ahí solo.
Sobre las copas de los arboles del Bosque Prohibido se podía ver el cielo gris que anunciaba a gritos una tormenta esa misma tarde, muy probablemente de esas tormentas de nieve que caen sin compasión en invierno, haciendo crujir la madera tanto de los árboles afuera, como la de los cimientos de su pequeña casita. A pesar de las nefastas predicciones climáticas, sentía que el cielo le sonreía.
Desde la partida de Fang la directora McGonagall insistió en que consiguiera un nuevo perro que le hiciera compañía, pero Hagrid no se sentía capaz de traicionar a su fiel amigo tras haber sucedido tan poco tiempo después de su muerte. Una muerte trágica que le había dejado un mal sabor de boca. Para ser sincero sentía un poco de rencor hacia los centauros, a pesar de haber comprendido que no fue su culpa, no del todo. Fang simplemente estaba nervioso, inusualmente nervioso, y las cosas simplemente sucedieron.
Había tenido miedo de conseguir un nuevo compañero, porque no quería volver a repetir aquello, definitivamente no se sentía capaz, pero ahora, en sus brazos un pequeño amigo había llegado a él, a pesar de llevar tan poco tiempo cuidándolo le había agarrado un cariño enorme. Lo mejor era que esta vez no tenía que preocuparse porque se lo hubieran dado a cambio de información, como lo sucedido con Norberta, ya que en ese momento el no tenía nada que ocultar, afortunadamente.
— ¿Pero qué…? ¡Hagrid! —Rugió la directora entre atemorizada y furiosa. Pero firme, no dio un solo paso atrás en el interior de la cabaña.
—Está bien —Acarició la cabeza de la criatura con cariño —. No es peligroso —Aseguró ante la mirada cuidadosa de McGonagall.
— ¡Por Merlín, Hagrid! pero si es enorme.
— ¿Enorme? —No comprendía aquello. La mujer negó con la cabeza.
—Lo siento, Hagrid, este es un colegio y no puedo permitir a una criatura como esta correr libremente.
—Pero…
— ¿Y si ataca a algún estudiante?
—Eso es imposible —Saltó al instante para defenderlo —. Es una criatura guardiana, jamás atacarán a quienes protege. Mucho menos a niños.
—Es casi como meter un Nundu en Hogwarts, Hagrid —La voz de la mujer se suavizó, aunque seguía firme —. Los padres de familia no lo permitirán, y no los culpo.
—Bueno… —Se removió las manos nerviosamente —. Es de la familia de los Nundus —Al ver la cara tensa de la directora se apresuró a aclarar con voz áspera por los nervios —. Pero un pariente muy, muy lejano. Morfeo está lejos de ser un Nundu. Los Nundus son más grandes y viven en África. Le aseguro que no hace daño, confíe en mí.
Los ojos amarillos de la criatura brillaban con avidez, pero no parecían especialmente agresivos.
—Voy a probar algo —Dijo finalmente la mujer.
Ante la mirada atónita del hombretón, se transformo en una gata gris atigrada con marcas oscuras alrededor de los ojos. El enorme Morfeo, que bien podía aplastarla de un zarpazo, se acercó a la pequeña gata con calma. Aunque McGonagall lucía bastante tensa y tenía la cola esponjada, pareció relajarse al percibir la tranquilidad de la criatura, permitiéndose acercar su hocico al del enorme gato negro, el cuál empezó a ronronear y Hagrid vio, con consuelo, cómo McGonagall hacía lo mismo.
—No le voy a mentir, no parece agresivo en absoluto —Dijo, una vez hubo regresado a su forma humana.
—Pero no puedo permitir que vague por el castillo. —Explicó, antes de que Hagrid pudiera celebrar victoria —. Debe ser usted el responsable, y solo puede rondar por los terrenos del castillo si va en su compañía, está de más mencionar que no puede entrar en el castillo. Si llego a verlo sin supervisión, me temo que no tendré más remedio que sacarlo. Muy a mi pesar.
—No la defraudaré, y Morfeo tampoco —El enorme Jaguar lamió los dedos de Hagrid en un gesto cariñoso.
Como dos horas habían pasado ya desde que James se había quedo solo en la oficina de su padre, tal vez exageraba un poco y eran cinco minutos, pero como al chico no se le daba bien eso de la paciencia, el paso del tiempo le resultaba eterno y agobiante.
Después de la tercera vuelta que daba a la oficina inspeccionando todos y cada uno de los detalles, y de haber intentado alimentar a Aragog, la lechuza de su padre, quien lo reconoció perfectamente y por lo tanto lo recibió con picotazos agresivos, negándose en rotundo a recibir una sola cosa que le ofreciera el hijo de su amo. James no la culpa, él no se había comportado muy bien con el animal.
James regresó nuevamente al asiento, tomo su mochila y revolvió en el interior, hasta sentir la suave textura de la muy familiar capa de invisibilidad. La llevaba encima casi siempre, aunque no planeara hacer nada extraño con ella, como una especie de costumbre, en su opinión lo mejor era estar siempre preparado, porque en el momento menos pensado se podía dar una oportunidad perfecta. Nunca se sabe.
Sopesó las posibilidades, los pros y contras de hacer algo con ella en ese momento; pero no se le ocurría el qué. Además, le había prometido a su padre portarse bien, y quedarse quietecito como un buen chico. Resopló y se recostó nuevamente contra el espaldar de la silla. Alargó el brazo para tomar la pluma con la que había estado jugueteando, pero se percató del cajón del escritorio que no había visto.
No estaba seguro de si podía o no abrir los cajones sin que saltara algún encantamiento alarma, o algo. Pero después de varios minutos que en realidad fueron cinco segundos de vacilación, se decidió por abrir el dichoso cajón y mirar de una vez lo que sea que su padre tuviera guardado en ese lugar.
La primera impresión fue de la más absoluta decepción. Solo había unas cuantas carpetas, una especie de libro de cuero marrón junto a algo de desorden como pergaminos arrugados, sujetadores metálicos, unos cuantos Knuts, plumas rotas y tinteros a medio gastar. Después de aventurarse en el fondo de aquel compartimiento, palpo algo con las manos que le resulto vagamente familiar al tacto.
Era una caja de ranas de chocolate. No era lo que esperaba y menos viniendo del Jefe de la oficina de Aurores, pero el sabia lo mucho que le gustaban a su padre esos dulces, porque a él, a Albus y a Lily también les gustaba "es en lo único en lo que estaremos de acuerdo", así que sin el más mínimo sentimiento de culpa por robar "El tesoro de Harry Potter" abrió el empaque, preparado para atrapar a la escurridiza rana cuando esta saltara veloz de su caja. Pero nada salió de allí.
Después de la segunda decepción abrió la caja para encontrarse con algo que a sus ojos era un verdadero tesoro. Mejor aún que una simple rana de chocolate.
Vació la cajita sobre la mesa, y allí estaba, la tomo entre sus manos con cuidado y la observo con reverencia. El trabajo de un maestro, tal vez fuera algo hecho por los duendes, porque era la primera vez que veía semejante obra, y eso que no era un experto.
Plasmado en aquel medallón una inscripción en latín en una letra pulcra perfectamente grabada sobre la superficie brillante de oro, en el centro un dragón en alto relieve que giraba sobre si mismo batiendo las alas y rugiendo silenciosamente, rodeado por una cucarda. Orden de Merlín primera clase, eso era ese objeto tan exclusivo, lo sabía porque su tío Ron ya se lo había mostrado de pasada, en una fotografía, pero jamás había tenido la oportunidad de verlo en persona, de tocarlo, y su padre jamás había querido mostrarles aquello, aparentemente se avergonzaba, cosa que James no terminaba de comprender.
De solo pensar que su padre guarde semejante objeto tan raro y especial en una simplona caja vacía de ranas de chocolate le hizo soltar una carcajada, era de lo más curioso sin duda, muy propio de él. "La espera definitivamente había valido la pena". Con sumo cuidado puso nuevamente el medallón en la escueta cajita y se dispuso a ponerla nuevamente en su lugar. Al pasar la vista por el cajón decidió tomar el libro, tal vez se sorprendiera y encontrara algo interesante.
Sí se sorprendió, pero no por lo interesante que fuera, en absoluto. La palabra que usaría James para describir aquello era vergonzoso "¡Horror!". Un álbum de fotos familiares, en especial fotos suyas, de Albus, y de Lily de lo más vergonzosas. Se hubiera reído de sus hermanos de no ser por esa en las que sale desnudo con tres años corriendo hasta esconderse debajo de la cama ¡Oh Merlín! ¿Qué clase de loco maniático tenia por padre?
Se preguntó si le habría mostrado semejante "joya" a alguno de sus colegas. James esperaba que no, porque no se sentía capaz de ver a la cara a los miembros del cuerpo de Aurores sabiendo que le habían visto sus vergüenzas. Si no hubiera sido por su madre quien le quitaba siempre la varita cuando pasaba las vacaciones en casa, habría prendido fuego a ese libro del infierno, y a la mierda la prohibición de hacer magia fuera de Hogwarts.
—¿Qué opinas, Aragog?, ¿Todos los Aurores tendrán este tipo de fetiches, o mi papá sera el único rarito? —Preguntó en voz alta, más para sí mismo que para su interlocutor, el cual parecía más interesado en acicalar sus plumas.
Tal vez no era cosa de los Aurores únicamente, quizás para pertenecer al ministerio de magia estar chiflado era un requisito, como aseguraba su tío George. Barajó la posibilidad. Por unos momentos pensó en todos los posibles hijos de las personas con las que se habían topado de camino a la oficina, escondiendo en las páginas de libros aparentemente inofensivos el lado más vergonzoso de sus familias.
Inmediatamente se acordó del señor Diggory, uno de los tantos que habían saludado esa mañana, y una idea maquiavélica se formó en su mente. ¿Y si él tenía algo parecido en su despacho? Se relamió de gusto al imaginarse con unas cuantas fotos vergonzosas de Norris en su poder, sin duda conseguiría su venganza. Nunca había estado más feliz por haberle intercambiado la capa invisible a Albus, después de todo, el mapa solo tiene sentido si estas en Hogwarts.
Golpeó a la puerta del despacho de su jefe, allí una placa dorada rezaba el nombre del hombre más importante del Mundo Mágico Británico.
—Pase —Se escuchó desde dentro. Harry entró sin titubeos.
El elegante despacho lucía mucho más grande desde el interior, pero para Harry eso ya no era motivo de sorpresa dados sus más de treinta años viviendo entre magos. Ese tipo de sorpresas propias de alguien que venía de ser educado por muggles habían quedado en el pasado.
Cuando Harry se percató del desorden, algo impropio del pulcro Kingsley, éste pareció darse cuenta, y en un tono avergonzado le hizo saber a su Jefe de Aurores el motivo de tantos pergaminos y carpetas desperdigados por todos lados, con anotaciones a los costados en una letra pulcra, que Harry supo identificar como la de Percy Wesley.
—Necesito encontrar un reemplazo decente para mi secretario, y no es tarea fácil te diré.
Al parecer, su cuñado estaba ayudando al ministro de magia a encontrar un remplazo, y conociéndolo como lo conocía, sabía perfectamente que hurgaría en los expedientes de su posible sustituto, hasta encontrar el más mínimo fallo.
—Percy es bastante diligente, ¿por qué lo envió a Sudamérica?
—Por eso mismo, Harry. Necesito a alguien que ayude con el trámite necesario para poder negociar los tratados de comercio, aunque debo admitir que la propuesta de Hermione de facilitar intercambios en Hogwarts ha sido de gran ayuda para mejorar nuestras relaciones internacionales.
—Las propuestas de Hermione siempre son muy buenas—Harry detuvo su mirada en un enorme búho casi blanco que lo miraba con altivez.
—Ese es Phobos, lo compré para ayudar a Rufino, el pobre ya está bastante viejo, y como ministro tengo muchas cartas por enviar.
Hubo una pausa por un momento. Al final fue Kingsley quien rompió el silencio.
— ¿Qué has sabido de el caso de Rosier? –Preguntó sin perder el tiempo justo cuando Harry se hubo sentado enfrente de su escritorio inusualmente desordenado.
—Hemos encontrado un fragmento de madera en la mansión Rosier. Se trata de una astilla que puede pertenecer a una escoba.
—Eso no dice mucho, pero supongo que no habrías venido si no se tratase de algo realmente importante.
—Es verdad —Hizo una pausa —algunos de mis hombres han estado investigando, al parecer el fabricante de estas escobas no es lo que se dice, común.
Silencio.
— ¿De qué fabricante hablamos?
—La Mamba Negra.
—Pues nunca lo había escuchado.
—Ni yo, pero según sé, se trata de una empresa en Sudáfrica relativamente joven. Apenas lleva cinco años en el mercado.
—No recuerdo haber escuchado de importaciones de escobas desde África —Posó una mano en su barbilla — y menos desde tan al sur.
—No las hay, todo lo que producen es para consumo interno, quien quiera que haya comprado esa escoba, la trajo directamente de allá. No es mucho pero es una pista.
— ¿Piensas que se trata de una red internacional? —El tono de voz del ministro sonó alarmado —. Magos cuya huella mágica no está registrada. Tengo que admitir que eso es algo que no se ve todos los días.
—Todavía no quiero sacar conclusiones. Creo que primero tengo que investigar más a fondo esa empresa, y a sus clientes. —Kingsley hizo un gesto afirmativo con la cabeza—. En especial a sus clientes.
—Por favor mantenme informado, Harry.
—Lo haré, no se preocupe.
APARTADO DE LOS DESCUIDOS: Sindicato de musas XD
Ya sé que me demoré mucho en publicar, y el capítulo no es especialmente interesante, ni mucho menos largo (los hay más largos), pero déjenme decir en mi defensa que he tenido problemas con mi musa, la maldita me hizo huelga que disque pidiendo pago por las horas extras y armó sindicato y tal. Yo como soy tan comprensiva la maté, la arrojé por un caño, me conseguí otra y continué con mi vida :)
Ya tengo la estructura del fic hasta el final finalísimo, solo que a veces no sé cómo plasmarlo, en este caso tenía varias ideas pero no me gustaba ninguna, ni como quedaban ni nada. Sin mencionar que me metí a varios retos, estoy con esas responsabilidades de la vida muggle, y también me dio por hacer ilustraciones de los personajes tanto OC como los otros y estoy en eso XD.
1. Oh el gatito de Hagrid. En mi canon los Jaguares son criaturas con características mágicas (por así decirlo) que no permanecen ocultas, y por lo tanto son conocidas por los muggles, así como sucede con las lechuzas.
2. ¿Mencioné que me gustan las ironías? Bien, a continuación la ironía de este fic número 2355642765495698: Ron y Hermione le regalaron la lechuza a Harry, y él muy agradecido como es, decidió ponerle Aragog en homenaje/burla al miedo de su amigo XD
3. ¿Recuerdan a la familia Von Zaubergeige, de la que dije que hablaría?, pues bien, en mi fic llamado "El Violin Mágico" narro el origen de ellos. Eso sí, no tiene información que les pueda resultar especialmente reveladora para esta historia. Y sí, me estoy haciendo publicidad de la forma más descarada (guiño-guiño)
4. Quiero agradecer a mi Beta Luna Lunatica, porque sí, ahora vengo reload con Beta y todo, ¡JA!
