La primera reacción de ambas, como si se hubieran puesto de acuerdo, fue una tan absurda y primitiva como ir a aporrear la puerta mientras gritaban a su hijo que les abriera. Obviamente Henry no hizo caso a sus gritos y siguió parado al otro lado de la puerta, deseando que hicieran las paces y así se olvidara una posible represalia hacia su persona. Se quedó todo el tiempo en silencio, no quería decir algo que centrara todavía más su atención en él mismo y no en hablar entre ellas. Sin embargo, pasado un rato de gritos de amenazas y cuando le pareció que se habían calmado, se alejó de la puerta y bajó al salón a ver una película. No pensaba quedarse todo el tiempo que tardaran en hablar allí parado, eso era muy aburrido y se había olvidado la videoconsola portátil en su habitación.
Emma fue la primera en alejarse de la puerta, conocía bastante bien a su hijo y sobre todo, a su tozudez y sabía que nada de lo que dijeran le iba hacer cambiar de opinión. Así que, resoplando con frustración se dirigió hasta la cama de Henry donde se dejó caer con pesadez. Solo había algo peor que estar encerrada en una habitación con Regina: estar encerrada en una habitación con Regina sin haber cenado. Por suerte, mientras Regina seguía aporreando intermitentemente la puerta diciendo únicamente el nombre de su hijo en tono amenazante, ella se encontró la maravillosa sopa que su hijo, el fingidor de enfermedades, no se había tomado. Se incorporó en la cama, la cogió con cuidado y a la primera cucharada se le escapó un gemido de placer que fue rápidamente captado por Regina, que se dio la vuelta y se quedó anonadada viendo como a esa maldita rubia le importaba más la comida que su situación de encierro forzado. Pero Emma seguía inmersa en la sopa, sin ser consciente de dura mirada de Regina puesta en ella. Tenía que reconocer que Regina podía tener todos los defectos del mundo, pero cocinar cocinaba como Dios. No fue hasta minutos después, que Emma levantó la mirada y descubrió los ojos oscuros de rabia de Regina puestos en ella. Y otra vez más tenía que reconocer que Regina podía tener todos los defectos del mundo, pero la cabrona era guapa a rabiar, y cuando se enfadaba mucho más. Y supuso que quizás se quedó mirándola demasiado tiempo, cuando una de las cejas de Regina se elevó y en sus ojos además de rabia se leía interrogación.
-¿Qué pasa? Tenía hambre – soltó de pronto para evitar que Regina saliera con una pregunta y/o comentario hiriente sobre el por qué se había quedado mirándola como una gilipollas. Claro que ella misma había pillado a Regina mirándola así, bueno, cambiando el gilipollas por rabiosa.
-Pasa que estamos aquí por tu culpa y tú te preocupas más por comer que por sacarnos – soltó con enfado sin controlar su tono de voz.
-¿Por mi culpa? Perdona querida pero aquí la bruja eres tú, yo no tengo el poder de desdoblarme, transformarme en niño y encerrarnos aquí – dijo con indignación.
-Si no le hubieras contado a Henry lo nuestro no estaría pasando nada de esto. Igual hasta estás compinchada con él – reprochó.
-Sí, claro. No tengo nada mejor que hacer que encerrarme en una habitación con miss simpatía. De hecho es mi plan ideal para un viernes noche – resopló con malestar.
-¿Es que acaso tenías planes? – preguntó con una indiferencia agresiva fingida.
-¿Te interesa? – contestó con media sonrisa. Regina puso los ojos en blanco.
-Por supuesto, tengo que apuntarlo todo en mi diario de seguimiento de tu vida. Ese que tengo guardado en una habitación empapelada con fotos tuyas y corazoncitos con muchos "R y E 4ever" – dijo con evidente sarcasmo.
-Entonces no te gustará saber que sí tenía planes… y muy buenos, por cierto – mintió.
-¿Y es guapa ese plan? – siguió con el mismo tono de indiferencia agresiva, odiándose a sí misma por continuar con aquella absurda conversación, y mucho peor, por soltar esa pregunta fuera de lugar.
-Claro, tengo muy buen gusto… casi siempre – le dirigió una mirada significativa al pronunciar esas últimas palabras.
-Se ve que el gusto te falló cuando decidiste darle a la zoofilia – y hasta ella misma se sorprendió al decir esas palabras. ¿A qué coño venía sacar ahora a la loba? Estaba claro que ese era el día de soltar comentarios que no venían a cuento y que podrían fácilmente confundirse con unos celos que ella, estaba claro, no sentía.
-Bueno, la gerontofilia tampoco me fue muy bien – dijo mirándola con intención.
-¿Me estás llamando vieja? – preguntó con incredulidad elevando una ceja.
-Es que técnicamente lo eres, ¿no? Si no fuera por la maldición, ahora mismo podrías ser mi abuela… de hecho más o menos lo eres. Por lo menos Ruby es ligeramente más joven – argumentó aguantándose las ganas de reír. Dios, cómo había echado de menos picar a Regina. Tanto, que por un momento había llegado a olvidar todo lo que había propiciado que ahora estuvieran ahí encerradas. Y no podía, no debía olvidarlo.
-Y más experimentada también, cuando era alcaldesa me llegaron varias propuestas para abrir un burdel con su nombre. Medio pueblo se quedó devastado cuando la rechacé.
Muy a su pesar, Emma sonrió, aunque por suerte pudo reprimir la carcajada que realmente tenía ganas de soltar. Regina era lo peor y ella también, porque a pesar de eso le encantaba.
-Ten cuidado majestad, cualquiera podría pensar que estás celosa. De hecho, cualquiera podría decir que sientes algo por mí y eres tan jodidamente cobarde que te niegas a aceptarlo – dijo mirándola directamente a los ojos, intentado leer cualquier reacción oculta a sus palabras. Pero no vio nada, y eso no hacía más que frustrarla y que se enfadara con Regina por ser como un cierre al vacío, y con ella misma por seguir teniendo esperanzas. Las esperanzas típicas de la protagonista idiota de una novela rosa.
-Cualquiera también podría decir que la hierba es morada, pero sigue siendo verde. ¿Qué se le va a hacer? – dijo con falsa resignación. Emma negó con la cabeza y sonrió con ironía.
-Es verdad, se me olvidaba que para sentir algo por alguien hay que tener sentimientos, y ya sabemos que tú eres una frígida emocional – endureció su tono de voz, sin dejar de mirarla.
-Igual que sabemos que tú eres una niñata inmadura y cabezota incapaz de aceptar un rechazo – elevó la voz lo justo para sonara con más dureza que la de Emma, no pensaba dejar que la superara ni en eso.
-Será mejor que no hablemos de inmadurez aquí. No soy yo la de la fobia al compromiso que engaña a los demás y a ella misma, fingiendo que no siente nada por una persona por la que, claramente, se le cae la baba.
-¿Qué a mí qué? – se rió con una risa escandalosamente falsa – ¿Cómo puedes ser tan creída?
-Si a decir la verdad se le llama ser creída, entonces sí, lo soy. Y por mucho que lo niegues, no hará menos verdad el hecho de que te mueres por mí – relajó el tono de voz y Regina no supo si le enfadó más esa certeza en sus palabras, la sonrisa ladeada que puso al terminar de hablar o que en su interior, una voz a la que antes acallaba con mucha facilidad, ahora no dejaba de darle la razón a Emma. Y la intentó acallar, con todas sus fuerzas intentó que esa maldita voz interna dejara de repetir lo que hacía tiempo sabía y no dejaba de negarse para protegerse. ¿Pero de qué tenía que protegerse? ¿Acaso Emma era una amenaza?
-Esto es absurdo – dijo en voz baja, negando con la cabeza, como si hablara consigo misma – ¿Quieres saber la verdad? – preguntó para sorpresa de la rubia que no esperaba esa salida.
Emma se la quedó mirando con el ceño fruncido, esperando que empezara a hablar. Y tenía que reconocer que estaba cagada de miedo, que Regina le dijera por fin "la verdad" le aterraba. Aunque sus palabras de antes dijeran lo contrario, no tenía para nada tanta certeza en los sentimientos de Regina hacia ella. De hecho, había dicho todo eso con la esperanza de provocarla y que estallara, y ahora que parecía que lo iba a hacer, le asustaba. Regina tomó aire para empezar a hablar y ella se quedó paralizada.
-Estoy harta de este tema. Estoy harta de mentirte y estoy hasta de mentirme a mí misma. ¿Quieres saber si me gustas? Sí. ¿Estoy enamorada de ti? Pues no lo sé, pero podría ser. ¿Me dolió que me dejaras? Sí, estuve tan jodida que casi vuelo mi puto sótano y por no hacerlo empecé a tirar cosas y me he quedado casi sin figuritas horteras de decoración. ¿Me pongo celosa de Ruby? Sí, mucho – lo dijo de carrerilla, queriéndolo sacar rápido de su cuerpo para no arrepentirse. Tenía que reconocer que decir la verdad de una vez por todas era bastante liberador, ni siquiera sabía por qué había salido en ese momento, pero no se arrepentía. Estaba harta de comerse la cabeza, de engañarse a sí misma y negar lo evidente. Miró a Emma y lo que vio hizo que se le formara un nudo en el estómago, sus ojos brillaban de esperanza.
-Esto no cambia nada – siguió hablando con rapidez, sacando a Emma de su trance en el que digería todo lo dicho por Regina – Tú y yo… no cambia nada. Tienes razón, soy una frígida emocional, una cobarde con fobia al compromiso… Es así, no sé por qué, pero es así. No puedo tener una relación "seria" contigo y no es porque tenga ningún trauma, ni nadie me haya hecho tanto daño que no crea en el amor. Es que… no estoy preparada para entregarme al completo a nadie, no quiero entregarme a nadie. Me agobia todo lo que siento, lo que sientes, lo que sé que en el fondo esperas de mí… me agobia y no puedo dártelo. Mereces algo mejor.
Se quedaron mirando un rato en silencio, cada una perdida en sus propios pensamientos. Ni siquiera fueron conscientes del tiempo que pasaba, ni del ambiente raro que se había creado entre ellas que se miraban sin verse.
-Me voy del pueblo – soltó Emma de repente, para sorpresa de Regina.
-¿Cómo? – preguntó para asegurarse de que había oído bien. La sola frase le revolvió todo el cuerpo.
-Tienes razón, merezco algo mejor. Pero no me voy por ti – aclaró al ver que Regina iba a decir algo – Bueno, en parte sí, pero me voy por mí. Necesito libertad, no tener que rendirle cuentas a nadie, dejar de preocuparme por los demás y hacerlo únicamente por mí… necesito volver a ser yo misma, encontrarme.
-¿Y Henry? – preguntó con un nudo en la garganta.
-Henry… espero que me entienda – le sonrió con mezcla de miedo y tristeza, aún no sabía cómo darle la noticia a su hijo.
-Lo hará – le devolvió un intento de sonrisa mientras la habitación se llenaba nuevamente de un incómodo silencio.
Y, en ese momento, un "¿y yo?" se quedó atascado en la garganta de Regina mientras comprendía que aquella locura llegaba a su fin.
