¡Y finalmente llegó! ¡El último capítulo de Antarsía! Un final algo "atropellado", por así decirlo, pero este final tiene una razón de ser (aparte de satisfacer a mi retorcida mente, claro está). No voy a negar que costó lo suyo y pensé que sería mucho más corto, pero mi manía de escribir capítulos amplísimos no me abandona ni siquiera al final.
Disculpen que no haya respondido sus reviews o mensajes privados, pero he tenido unas últimas semanas bastante atareadas, así que apenas pude sacar tiempo para poner las ideas en orden para el capítulo final y el epílogo. Por acá le agradezco a todos los que se toman el tiempo para leer y comentar, porque de no ser por ustedes Antarsía no se habría convertido en lo que hoy es, así que ¡gracias!
Y hablando del epílogo, tengo la esperanza de que esté listo para a más tardar el miércoles, para ya cerrar con Antarsía e irme a terminar las otras historias que tengo pendientes. Sin más que decir por el momento, ¡leen y disfruten!
Advertencias: final "accidentado". Spoiler de Saint Seiya en general. ¿Continuación?
.
.
"El hombre que no es sabio vela toda la noche
en tren de meditar sobre todo;
llega el amanecer; su cansancio lo agota.
¿Su miseria es mejor? Sigue tal como era."
Fragmento del Voluspa.
.
.
Escena 21. ¿Nuevo comienzo?
No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado desde el momento en que sus ojos se cerraron y creyó que no volverían a abrirse. Sintió que su consciencia regresaba, que su cuerpo era capaz de percibir nuevamente. Movió los dedos de sus manos con lentitud, percibiendo el pasto debajo de él. Sintió sus cabellos mecerse, mientras, aspirando, sus sentidos se impregnaban con un aroma que se le hacía extrañamente familiar. Quiso abrir los ojos, pero los párpados le pesaban. Sintió entonces que alguien acariciaba su cabello casi con ternura. Y sonrió.
– Madre… – fue lo se escapó de sus labios. Y luego de ello fue como si su consciencia regresara de pronto y lo trajera de vuelta a la realidad. Se incorporó velozmente.
– Has despertado, Cástor.
Kanon se volteó entonces, para encontrarse con la dulce mirada de una mujer. Su mística cabellera de tonos verdes y sus ojos azulados hicieron que el ceño del Dragón Marino se relajara. Se quedó mirando a la misteriosa mujer por unos momentos, antes de que sus pupilas se dilataran, denotando la sorpresa que sentía en ese instante. Por alguna razón estaba seguro de que la conocía y por eso era que la había llamado "madre". Kanon se dio cuenta de que la persona cuya cabeza reposaba en el regazo de la mujer era, nada más y nada menos que su hermano, Saga.
– ¿Cómo es que…? – comenzó.
– No puedo deshacer la maldición que pesa sobre ustedes, – explicó ella – pero este es mi último deseo, antes de dormir nuevamente – Kanon la miró, confundido.
– Ouranos – dijo el guerrero, como si de repente lo iluminara la llama del entendimiento – Gemelos que lucharán por toda la eternidad… Un momento, ¿dormir nuevamente?
– Es el precio que debo pagar para que las futuras generaciones no tengan que sufrir el mismo destino que ustedes – dijo – Yo, Gea, la tierra inmortal, he hecho un trato con Urano y también con mi hijo, Crono. Todo ha sucedido según los designios de nosotros tres – Kanon esbozó una sonrisa nostálgica.
– Así como una vez manipulé a un dios, parece que ha llegado el momento en que a mí, hijo de la inmortal Madre Tierra, se le pague con la misma moneda – Kanon tomó una de las manos de su madre entre las suyas – Pero si soy manipulado por ti, no me importa, madre. Estoy feliz de haberte visto antes de que vuelvas a dormir, puedes disponer de mi vida como mejor te parezca – Gea se mostró ligeramente sorprendida – Puedes tomar mi vida para revivir a Saga, estoy seguro de que esta vez, si yo no estoy, se convertirá en un Patriarca justo y noble que rija al Santuario, junto con Atena.
– No digas tonterías – antes de que Gea pudiera agregar algo más al argumento de su hijo, Saga despertó y se incorporó para encarar a su hermano y a su madre – Mi tiempo en este mundo se ha acabado, no tengo por qué estar aquí. Simplemente fui revivido por los caprichos de Zeus, ya no ha de quedarme mucho tiempo más, ¿cierto? – miró a su madre y ella asintió.
– Pólux, – dijo Kanon, llamando a su hermano mayor por su antiquísimo nombre – después de todo lo que ha pasado, eres tú quien merece vivir, no yo – Saga negó con la cabeza.
– Esto no se trata de merecimientos, Cástor – habló el mayor, usando aquel antiguo nombre él también – Las cosas suceden por una razón. El destino es poderoso y también caprichoso. Tú también eres un hijo de la Madre Tierra y digno representante de la constelación de Géminis. Así que ve y toma el lugar que mereces, hermano.
Kanon no tuvo tiempo de decir nada más, porque en ese momento el cuerpo de Saga terminó de convertirse en polvo y desapareció. Gea extendió una mano y el polvo dorado danzó un momento en su palma, antes de desaparecer por completo. Gea cerró y puño y lo apretó contra su pecho, antes de voltear su mirada hacia el menor de sus hijos, con una sonrisa nostálgica.
– No podría estar más de acuerdo con las palabras de Pólux, querido Cástor – habló entonces la Madre Tierra – Regresa. Redímete y toma el lugar que te corresponde entre los ejércitos de la Tierra. Porque, escucha esto, pronto se desatará una guerra aún peor que está. Recuerda que los Olímpicos se están moviendo constantemente y uno de ellos despertará pronto de su sueño de doscientos años.
– Madre, yo…
– Comprendo que necesites tiempo para asimilar todo lo que ha sucedido, además sé que le guardas un excepcional respeto a Poseidón, pero no tienes que preocuparte por él. Su general, Sorrento, cuidará bien del joven Julián Solo, hasta que Poseidón tenga que actuar de nuevo.
– Eso no es lo que me preocupa. La verdad es que… quisiera simplemente recorrer el mundo, encontrarme de nuevo. No es tan simple regresar con Atena y pedir su perdón, después de todo lo que he hecho. Además, el resto de caballeros no lo aceptarán.
– Confío en que tomarás la decisión más adecuada para ti, hijo – dijo Gea – Ahora, ha llegado el momento de despedirnos.
Gea depositó un beso en la frente de Kanon, quien tomó las manos de su madre entre las suyas una vez más y las besó, con una ternura inusual en él. Gea sonrió y él correspondió el gesto. Los ojos de Gea se fueron cerrando, mientras Kanon la ayudaba a recostarse sobre el pasto. El de Géminis se puso de pie, contemplando la forma en que el cuerpo "humano" de Gea se fusionaba con el verde césped del bosque, hasta que la titánide desapareció por completo.
Una lágrima traviesa rodó por la mejilla izquierda de Kanon, quien se apresuró a limpiarla con el dorso de la mano. El viento se agitó con más fuerza, meciendo su largo cabello azul. Y, finalmente, en vez de abandonar la zona más "oscura" de Delfos, Kanon se internó cada vez más en aquel interminable bosque, donde el espíritu de la Madre Tierra podía sentirse por doquier.
– Quizás, algún día, sea digno del perdón de Atena.
.
.
.
Aquello le recordaba un poco al final de la batalla de las Doce Casas. Eso era lo que pasaba por la mente de Atena, mientras recorría el complejo olímpico en busca de aquellos que la habían acompañado hasta allí y habían arriesgado sus vidas por su causa. Dio gracias mentalmente a Gea, por haberle dado la oportunidad de conservar aquellos poderes – que, estaba segura, aún no era digna de poseer – al menos hasta que pudieran regresar a la Tierra.
Mientras pasaba por los sitios donde dioses y caballeros habían combatido, se daba cuenta de la magnitud de aquella guerra concebida por los deseos de los titanes. Atena y los demás descendieron hasta una especie de cueva donde Shiryu y Seiya se habían enfrentado a las amazonas de Ofiuco y del Águila. Sus signos vitales eran escasos, sus vidas peligraban, debido a que el derrumbe provocó que las piedras y demás escombros cayeran sobre ellos.
Marin y Shaina fueron las primeras en reaccionar ya que, gracias al poder que Hera les había brindado, fueron capaces de protegerse del violento cataclismo. Minutos después las siguieron unos confundidos Seiya y Shiryu, que se lamentaban no haber podido ser de más ayuda en la guerra.
– ¿Qué va a pasar ahora? – había preguntado Seiya, mientras el cálido cosmos de Saori se encargaba de sanar sus heridas.
– Las cosas cambiarán radicalmente en cuanto regresemos a la tierra – respondió la diosa – Sin embargo, mientras mantengamos dentro de nosotros el recuerdo de esta "realidad", hay esperanza de que las cosas vuelvan a ser como antes.
Seiya no estaba seguro de comprender las palabras de Atena, pero decidió que aquel no era el mejor momento para preguntar, además, le dolía la cabeza y lo único que deseaba en ese momento era regresar a la Tierra.
– Entonces es verdad que Zeus fue derrotado – comentó Shiryu, en voz baja – Es extraño, algo no se siente bien en todo esto. El hecho de que Hera sea quien suba al trono ahora…
– Mi estúpido nieto te ha enseñado bien, Dragón Shiryu – espetó Chi You, con una risa – Es bueno saber que ese mocoso llorón pudo educar bien a su pupilo.
– ¿Nieto? – repitió el Dragón, confundido – ¡No tenía idea de que mi maestro…!
– Así que nunca te habló de mí, bueno, es comprensible – dijo – Considerando que Dohko es ya un anciano, tendrá la costumbre de olvidar las cosas. De todos modos nunca fuimos muy unidos – bromeó.
– Ah disculpe la pregunta, pero, ¿cuántos años tiene? – Seiya no pudo contenerse. Marin lo miró con gesto severo.
– Bueno, sobre eso…
– ¡Discúlpelo, gran maestro Chi You! – exclamo la amazona del Águila. Chi You agitó una mano, como restándole importancia, pero finalmente no respondió aquella pregunta.
El grupo de Atena continuó su camino hasta el sitio donde se había gestado la batalla entre June y Shun. En ese sitio una estatua de hielo resaltaba hermosamente entre los destrozos de la habitación. Atena se arrodilló y con su cosmos derritió aquel hielo, quizás, equivalente al que podían producir los caballeros de cristal. La diosa puso una mano sobre la frente de June y otra sobre la frente de Shun, así poco a poco ambos fueron recuperando el color natural de su piel, perdido durante el tiempo que permanecieron congelados.
June fue la primera en reaccionar y abrió sus ojos, encontrándose con la cálida mirada de Atena. La amazona del Camaleón se incorporó de golpe y agachó la cabeza.
– ¡Atena, perdóneme por haberme vuelto en su contra! – exclamó la rubia – Por mi debilidad, dejé que mi corazón fuera manipulado y…
Pero June dejó de hablar cuando sintió la mano de la diosa sobre su hombro.
– Levanta la cabeza, June de Camaleón – la rubia, con cierta duda, hizo lo que la diosa le pedía – Regresemos a casa.
Shaina ayudó a June a incorporarse, mientras Ikki tomaba el cuerpo de su aún inconsciente hermano menor. Por un momento el sereno rostro de Shun le recordó a Esmeralda, causando que su corazón se encogiera dolorosamente. Así que sacudiendo la cabeza, intentó alejar aquellos recuerdos de su mente, mientras seguía a la diosa, que iba a la cabeza.
Finalmente Atena y sus guerreros alcanzaron la entrada principal del Olimpo, donde encontraron a un inconsciente Mu, que había intentado retrasar la entrada de Hera y sus seguidores al complejo. Atena usó sus poderes para sanarlo y pronto el de Aries se había incorporado. Sus ojos se posaron entonces en la figura de Shivá y lo reconoció al instante.
– P-Pero si es… el gran Alquimista Dorado – balbuceó – El señor Shivá…
– He visto ya varias generaciones de caballeros dorados de Aries y tú eres, sin duda, uno de los más poderosos – comentó el viejo caballero de Aries ante la sorpresa de Mu – Mu de Aries, no permitas que tu cosmos pierda el esplendor que siempre ha representado a nuestra constelación.
– Ser reconocido por usted es un gran honor – dijo Mu, con voz temblorosa – Le prometo no deshonrar el nombre de los caballeros de Aries.
Hyoga se quedó mirando fijamente la entrada principal y cayó en la cuenta de que Kanon había dejado allí a un inconsciente Hefestos. Pero su cuerpo no se veía por ninguna parte. El caballero del Cisne miró de reojo a su diosa y sin necesidad de que tuviera que preguntar, ella le dijo:
– Hefestos ha de estar ya bajo la custodia de Hera, así como los demás dioses.
– Hermes y Afrodita también han desaparecido – añadió Shaka, pensativo – ¿Estarán acaso en la prisión olímpica?
– Es lo más seguro dadas las circunstancias – respondió Atena.
– ¿Quiere que regrese a comprobarlo? – preguntó el de Virgo. La diosa negó con la cabeza.
– Te necesito para que podamos regresar a la Tierra – dijo – Además, no quiero que nadie más salga lastimado. En este momento, no hay nada más que podamos hacer.
– Entonces, ¿llegó la hora de regresar? – preguntó Aldebarán.
– Esperen un momento – intervino Aioria – ¿Qué pasa con Milo?
– Es cierto, no pudimos encontrar a Milo por ninguna parte – convino Seiya – Además, ¿qué hay de Hilda?
– Odín, Frigg, Hestia, Loki, Alberich, Apolo – enumeró Ikki – ¿qué sucedió con todos ellos?
– También perdimos de visto a los guerreros de Apolo y a los generales marinos de Poseidón – agregó Shaina.
– Apolo logró escapar del Olimpo – respondió Atena – y estoy segura de que Poseidón y sus guerreros también. Puedo sentir cómo sus cosmos se van alejando de este lugar. Hilda aún tenía una misión que cumplir, es por eso que ella, Odín, Frigg y Loki no regresarán con nosotros. En cuanto a Alberich, él hace tiempo que regresó al Asgard. Y la señora Hestia… no debemos preocuparnos por ella.
– Milo está a salvo, ¿no es así, señorita Atena? – dijo Shaka, a lo que la diosa asintió con la cabeza.
– Reúnanse todos, por favor – los guerreros se colocaron alrededor de Atena y Shaka, quienes elevaron su cosmos hasta que todos quedaron envueltos por un gigantesco resplandor dorado – Ahora, volvamos a casa.
Los guerreros podían sentir cómo el cosmos de su diosa y del caballero de Virgo los envolvía, como si de una burbuja se tratara. Pronto se les hizo imposible mantener los ojos abiertos. Se entregaron a la inconsciencia, cuando la voz de Atena dijo, de forma suave:
– Procuren guardar todas estas memorias en sus corazones, porque serán la clave para restaurar el orden del cosmos.
.
.
.
Apolo abrió los ojos y se encontró a sí mismo recostado contra una de las pocas columnas que se mantenían de pie en aquellas ruinas. Entornó la mirada y se dio cuenta de que conocía el lugar donde estaba. Se trataba de uno de los templos más famosos que se habían construido en su honor, aquel que se encontraba en Delfos. Se incorporó y se dio cuenta de que su túnica había sido remplazada por ropas "civiles". Llevaba unos pantalones azules y una camisa blanca de mangas largas, sus pies además iban calzados con unos zapatos negros.
Contempló las ruinas del templo con cierta nostalgia, mientras el viento le acariciaba el rostro y meneaba su cabello. Supo entonces que Poseidón tenía razón y que en verdad había extrañado la Tierra. Aquel sitio tenía un aura completamente diferente al del Olimpo, un aura que lo llenaba de paz. Se colocó las manos en los bolsillos del pantalón al tiempo que una voz a sus espaldas le decía:
– Qué nostalgia, ¿no lo cree, señor Apolo?
El dios se volteó y se encontró con la figura de Asclepio, que estaba recostado contra una columna de piedra. Notó que él también llevaba ropas civiles.
– Supongo que permaneceré una larga temporada en la tierra – comentó, dirigiendo su vista al cielo, que empezaba a nublarse – No será fácil que Hera y Zeus se den cuenta de los errores que han cometido.
– Así que al final esta guerra pretendía darles una lección de humildad – dijo Asclepio, cruzándose de brazos – Qué caprichosos son aquellos que estuvieron antes de nosotros – Apolo permaneció en silencio unos instantes, antes de decir:
– ¿Dónde está Anio?
– Ha perdido la memoria. En este momento estará llegando a nuestra tierra natal.
– Francia es un lugar agradable, ¿por qué no te tomas unas vacaciones? – Asclepio negó con la cabeza.
– Mi deber es…
– La guerra ha terminado y hay algunas cosas que necesito hacer antes de que el caos se desate nuevamente. De momento, te pido, no, más bien, te ordeno que regreses a tu tierra natal. Sabrás cuando sea el momento para regresar a Grecia.
Asclepio rió, sabiendo que no había forma de contradecir aquella orden. Se acercó hasta donde estaba Apolo y arrodillándose le dedicó una reverencia.
– Cuídese mucho, señor Apolo.
– Tú también.
.
.
.
Julián Solo se despertaba, por tercera vez aquella noche. Tenía la frente empapada con un sudor frío. El joven heredero se sentó en la cama, llevándose las manos al rostro, haciendo un esfuerzo por recordar aquel sueño que llevaba ya tres días paseando por su cabeza. Lo único que llegaba a su mente cuando intentaba recordar era su imagen en el océano, enfrente de un hombre que lucía exactamente como él, pero portaba una imponente armadura dorara y un tridente que hablaba de su – seguramente – privilegiada posición.
Pero, ¿qué tenía que ver él, el heredero de la familia Solo, con ese misterioso personaje? ¿Por qué lo único que podía recordar después de eso no era más que un simple resplandor? No estaba seguro de si esos sueños trataban de decirle algo, o si, en cambio, no se trataba más que de eso, un sueño.
Julián suspiró, mientras estiraba el brazo para alcanzar el reloj despertador que reposaba sobre su mesa de noche. El aparato marcaba las cuatro de la mañana, así que aún tenía tres horas antes de que Sorrento llegara e iniciaran su viaje por las zonas más pobres de Grecia, proveyendo ayuda por medio de la fundación que él mismo había creado luego del "misterioso" tsunami que inundó las costas de la tierra. El joven volvió a recostarse sobre la suave almohada y cerró los ojos, tratando de dormir. Pero pasaron treinta minutos y él era incapaz de conciliar el sueño, así que decidió levantarse. Caminó hasta la ventana y miró su reflejo en el cristal.
– ¿Pero qué…?
Julián se separó súbitamente de la ventana, cuando por un instante se vio a sí mismo, vistiendo aquella armadura dorada y sentado en un imponente trono. Sacudió la cabeza y, abriendo las ventanas, dejó que el frío aire de la madrugada acariciara su rostro. Decidió que, ya que no sería capaz de dormir, se daría un baño. Apenas había abierto las puertas del baño que estaba dentro de su habitación cuando escuchó una voz dentro de su cabeza, que le decía:
– No vayas a olvidar todo lo que sucedió ese día en el Olimpo, porque tú eres yo y yo soy tú, así que nos necesitamos para devolver el orden a este mundo.
.
.
.
Isla de Milos.
En la zona más apartada de la isla, justo en la costa, dejando que el agua del mar acariciara sus pies y el viento meciera sus cabellos, se encontraban Hestia y sus adorados hijos. Hestia suspiró profundamente y miró hacia el amplio mar que se extendía más allá de sus ojos. Aún no podía creer todo lo que estaba sucediendo. Y entonces no pudo evitar que el recuerdo de la reciente batalla asaltara sus pensamientos.
Flashback
Kardia y Milo llegaron para interponerse entre Regulus y Hestia. La diosa no esperaba que sus hijos, en vez de arremeter contra ella con sus poderes, simplemente la abrazaran. No pudo más que dejar caer la lanza y forcejear para liberarse de un agarre que en realidad no deseaba rechazar. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, eran sus hijos, su mayor tesoro y el recuerdo de su primer y único amor.
Sintió que el cosmos de los protegidos por la constelación de Escorpio se extendía por todo su cuerpo, llevándose la oscuridad, la "venda" que cubría sus ojos y no le permitía mirar la realidad con claridad. Entonces lentamente levantó los brazos y abrazó a sus hijos, mientras unas gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. Palabras de perdón salían atropelladamente de su boca.
– Me alegra que no hayamos tenido que pelear contra ti, madre – dijo Kardia, mientras él y Milo se separaban de la diosa.
– A mí me alegra no haber muerto, – añadió Milo – porque aún tenemos mucho de qué hablar, ¿cierto, madre? – Milo le guiñó un ojo y ella supo de inmediato a qué se refería.
– Hay tanto de qué hablar pero tan poco tiempo – miró fijamente a Kardia. Estaba claro que a Kardia no le quedaba demasiado tiempo con aquella "vida falsa" que le había otorgado Zeus.
– Entonces, ¿qué te parece si empezamos? – opinó Kardia, recostándose contra una columna cercana.
– ¿No te preocupa lo que pueda pasarle a los demás? – preguntó Milo, con un leve tono de indignación – Incluso Atena…
– Todos ellos lograrán abandonar este lugar a salvo – contestó su hermano al instante. Milo arqueó una ceja – Esta estúpida guerra se ha terminado. Hera ha logrado su objetivo o, más bien, debería decir que Crono se ha salido con la suya esta vez – rió – Es un bastardo. Me encantaría encontrarlo en el otro mundo y enfrentarme a él. Eso sí haría arder mi corazón. Quizás vaya tras él cuando regrese al Inframundo.
– Kardia, – dijo Hestia, frunciendo levemente el ceño – no seas tan imprudente.
– Lo sé, lo sé – replicó con desenfado – Aunque es una lástima que no haya caído al Tártaro, el mismísimo lugar donde está encerrado Crono – pero dejó de hablar cuando se encontró con el gesto enfadado de Milo y la mirada de reproche de su madre – Ya, me cayo. Mejor empieza a contarnos esa interesante historia, gran Hestia.
– Vámonos entonces – extendió ambas manos para tomar las manos de sus hijos.
– ¿Irnos, adónde? – preguntó Milo, curioso, tomando la mano que su madre le tendía. Hestia sonrió con un dejo de nostalgia antes de contestar.
– Al lugar donde nuestra historia comenzó.
Flashback End
– Finalmente estamos en el lugar donde todo dio inicio – dijo Hestia, apartándose el cabello del rostro para voltearse y mirar a sus hijos – Déjenme contarles entonces la historia acerca de cómo la virgen protectora del Fuego Sagrado se enamoró.
Flashback
Hestia.
La simple mención de su nombre hacía que la gente levantara la mirada al cielo y sonriera, como honrando a la benevolente virgen guerrera. Muchos templos se habían erigido para honrar a la primogénita de los titanes, aquella que era símbolo de la calidez de los hogares, la llamada "arquitecta" de los dioses. Milos era en ese entonces el epicentro del culto a Hestia.
Y, como diosa imparcial que era, luego de la división del mundo entre sus hermanos menores Zeus, Hades y Poseidón, Hestia había dedicado su tiempo a la protección del fuego sagrado heredado de sus antepasados. Sin embargo, ella no se desentendía de las necesidades de las gentes que oraban y pedían su auxilio. Dos veces al año, la diosa descendía de su palacio en el Olimpo para aparecer en el templo principal de la isla de Milos, donde era venerada y se ofrecían sacrificios en su nombre.
Hombres, mujeres y niños, ninguno dejaba escapar la oportunidad de contemplar la figura de la hermosa y amable Hestia. Y es que con sólo rozar con la yema de sus dedos la impecable túnica de la diosa, bastaba para poner una sonrisa en el rostro de incluso el ser más desdichado.
Hestia regresaba al Olimpo ascendiendo hasta la cima del monte Profitis Elias, la montaña más alta de Milos. Aquel día en particular la luna brillaba esplendorosamente, adornada por las estrellas que bordeaban el manto negro que extendía Nix por aquella tierra. La diosa continuó su ascenso y, justo antes de alcanzar la cima, se dio cuenta de que había alguien más allí. Aquella persona, que estaba recostada en el suelo, mirando al cielo, se incorporó rápidamente y levantó la mirada.
Se trataba de un joven de largo cabello azulino, algo desordenado. Notó que sus ojos eran de un color tan puro y cristalino, que Hestia no supo describirlo en ese momento. Vio que aquellos ojos se abrían y la miraban con un dejo de admiración. Ella continuó avanzando, mientras él agachaba la cabeza, presentándole sus respetos.
– ¡Mi señora, Hestia! – exclamó el muchacho, emocionado.
– No esperaba encontrar a nadie aquí – dijo Hestia, con voz suave, haciendo un gesto con la mano, indicándole que se levantara. Ella se vio tentada a sentarse al lado del joven y así lo hizo – Te he visto antes en el templo, ¿cómo te llamas?
El aludido tragó saliva. Estaba nervioso. Jamás esperó que una diosa se dirigiera a él directamente, de forma tan cordial. De modo que todo lo que cuentan de ella es cierto, pensó para sí. Hestia mantenía sus azulados ojos fijos en él, esperando pacientemente una respuesta.
– Ga-Galileo – balbuceó el por fin.
– Un nombre bastante inusual – dijo Hestia – Me gusta – añadió, haciendo que el joven se sonrojara – Galileo, entonces eres el hijo del arquitecto Vincenzo.
– Es un honor saber que usted conoce a mi familia – dijo Galileo, sintiéndose más tranquilo en ese momento.
– Vincenzo era un buen hombre, estoy segura de que su camino a los Elíseos fue agradable. Sí, te he visto antes varias veces en el templo; – repitió ella, mirándolo fijamente – también en las casas de los ciudadanos. Galileo, la gente habla mucho de ti. Eres un gran médico, además de un astrónomo talentoso – el muchacho apartó bruscamente la mirada, con las mejillas encendidas – He escuchado a Hermes hablar bien de ti.
– E-Es un honor, en verdad.
En ese momento, Hestia se puso de pie y caminó hasta el borde de la montaña. Galileo escuchó el relinchar de un corcel, al tiempo que las nubes se separaban para dar paso a un carruaje de oro, halado por un caballo blanco. El carruaje era conducido por una mujer de cabello rojizo y brillantes ojos negros. La recién llegada detuvo el transporte enfrente de la diosa e inclinó la cabeza. Sus ojos se posaron en Galileo, antes de mirar nuevamente a Hestia.
– Mi señora Hestia, es hora de regresar. Su hermano, el honorable Zeus, está preocupado por usted.
– Zeus siempre ha sido muy sobreprotector, – dijo Hestia – pero en verdad agradezco que se preocupe tanto por mí – la diosa subió al carruaje, ayudada por la otra mujer – Gracias por venir a recogerme, Eritia – miró a Galileo – Ha sido agradable hablar contigo, Galileo.
– ¡A-Al contrario, el honor ha sido mío, honorable Hestia!
Eritia puso en marcha el carruaje, que comenzó a alejarse a gran velocidad. Hestia y Galileo se miraron fijamente mientras se iban separando. El joven salió de su ensimismamiento para preguntarle, con voz potente:
– ¿Nos volveremos a ver?
Eritia miró de reojo a su señora, mientras una discreta sonrisa se dibujaba en sus labios. Hestia le dijo adiós al hombre con un gesto de la mano, antes de asentir con la cabeza, sintiendo cómo sus mejillas ardían de pronto. Finalmente se volteó y tomó asiento. La noche era fresca, pero el calor en sus mejillas no desaparecía, y esto no pasó desapercibido para Eritia.
– Parece que el oráculo del señor Apolo ha acertado una vez más, mi señora – Hestia parpadeó, confundida – Él parece ser "aquel que hará que la mirada de la señora del fuego se transforme".
Hestia meditó las palabras de Eritia por un momento. Estaba claro que había algo especial en Galileo. Ella normalmente no era capaz de conversar tan abiertamente con nadie, a excepción, quizás, de su sobrino Hermes. Tenía una timidez natural que la había llevado a rechazar las propuestas de muchos dioses que deseaban desposarla. Se dio cuenta de que su corazón palpitaba con fuerza y que quería volver a verlo. Lanzó un suspiro, mientras cerraba los ojos dejando que el viento escuchara su petición.
– Quiero volver a verlo.
Galileo entretanto no se sentía muy diferente. Básicamente se había enamorado de la sonrisa de Hestia. De aquellos ojos en los cuales podía reflejarse. De su nobleza. Suspiró como un "tonto enamorado" y se llevó las manos al rostro, en gesto desesperado al darse cuenta de lo que le estaba pasando.
– No puedo negarlo – se dijo – Tanto años de estudio de las relaciones humanos, años de análisis y formulación de teorías. He confirmado los síntomas y no hay duda de ello. Este fenómeno es lo que se conoce como "amor a primera vista". Ah, pero lucí como un tonto, tengo una especie de "fama" que me precede y no pude decir una frase coherente siquiera. ¡Definitivamente tengo que volver a verla! – continuó Galileo con su monólogo – Pero qué cosas estoy pensando – se llevó las manos al cabello y lo haló – ella es una diosa y yo… yo un simple mortal.
Pero Galileo no tuvo demasiado tiempo para pensar en ello después de ese día. Una plaga se extendió sobre la isla y él era el único médico capacitado en varios kilómetros a la redonda, sumado a esto, astrónomos de otras islas y territorios griegos iban a verlo y pedían su consejo.
Habían pasado dos meses desde aquella vez en que se encontró con Hestia. No la había podido apartar de sus pensamientos, pero la distancia hacía que se diera cuenta de la cruel realidad. Ella era una Olímpica, tenía sus obligaciones, al igual que él debía salir adelante incluso con aquella enfermedad que padecían todos los hombres de su familia – enfermedad que había matado a su padre – y para la cual aún no se encontraba cura.
Aquella noche estaba especialmente fría, pero tenía que observar a Saturno que aquel día brillaría con todo su esplendor. Ascendió tosiendo hasta la cima del Profitis Elias. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, su vista estaba borrosa, pero eso no le impediría hacer su trabajo. Sacudió la cabeza, que también empezaba a dolerle y entornó la mirada. Pero en ese momento sintió que todo le daba vueltas y se derrumbó.
Aunque, extrañamente sintió que aterrizaba sobre "algo" suave y cómodo. Con dificultad abrió los ojos y se encontró con una mirada que se le hacía conocida. Se incorporó de golpe y murmuró disculpas algo difíciles de comprender. Hestia sonrió y él se sintió nuevamente con energía. Sintió una de las suaves manos de la diosa sobre su mejilla y se sonrojó. Pero aquello se sentía tan cálido que no pudo evitar que sus ojos se cerraran, se sentía relajado.
– ¿La Enfermedad del Héroe?
Galileo abrió los ojos y la miró, sorprendido. "Enfermedad del Héroe" era un término que se había popularizado en Grecia y que a menudo se utilizaba para describir un conjunto de síntomas como los que el joven presentaba: tos con sangre, altas fiebres, desmayos repentinos, pérdida de visión. Nadie estaba seguro aún qué la causaba o cómo combatirla, por lo que se volvía mortal. Sin embargo, de alguna manera no era contagiosa.
– Esta enfermedad me arrebató a mi padre – explicó – y mi abuelo antes de él también la padeció. He visto algunos casos también en Chipre e incluso en Atenas, pero aún no he dado con la causa, mucho menos con la cura, ¡es tan frustrante!
Hestia le dedicó una mirada empática al tiempo que lo atraía cerca de ella, de forma que la cabeza de Galileo quedó recostada en el pecho de la diosa. El joven se sonrojó violentamente, pero fue incapaz de moverse. Se sentía tan a gusto que cerró los ojos y se entregó al sueño que lo invadía. Hestia acarició sus cabellos azules con ternura.
Al día siguiente, cuando Galileo despertó se dio cuenta de que estaba recostado en su cama. Se incorporó y se dio cuenta de que aquella mañana se sentía especialmente bien. No le dolía el cuerpo, lo que acostumbraba a pasar siempre que se despertaba al alba. Trató de recordar lo que había sucedido la noche anterior y volvió a sonrojarse. Sacudió la cabeza y decidió que ya era tiempo de empezar con su trabajo. Después de todo, los enfermos no se curarían por arte de magia.
Pasaron algunos días y Hestia volvió a aparecerse en la cima del monte. Galileo, como ya era costumbre, la esperaba allí. Hablaron de todo y a la vez de nada. Historia, astronomía, medicina, geografía. Los temas de conversación jamás se acababan, pero Galileo le temía a sus sentimientos. Es que, ¿cómo se le había ocurrido enamorarse de una diosa?
El último día que la vio, no pudo contenerse y todos aquellos sentimientos que había guardado en su interior se desbordaron:
– Te amo. Sé que está mal, pero no puedo callármelo más, Hestia. Te amo como jamás pensé amar a nadie.
Y grande fue su sorpresa cuando escuchó la respuesta de labios de su amada:
– Yo me siento de la misma manera, pero…
Galileo la tomó de las manos y juntaron sus frentes, mirándose directamente a los ojos.
– Sé que aún no soy digno de ti, pero espera un poco más, por favor – continuó – Estoy cerca de descubrir la cura para esta maldita enfermedad, entonces, cuando los eruditos de toda Grecia me reconozcan podré robar un beso de tus virginales labios.
– Galileo, tienes que descansar, no empeores más tu condición – él negó con la cabeza.
– Estoy cerca de lograrlo, por favor espera un poco más.
– Las cosas se han complicado en el Olimpo – añadió ella – No podré regresar por un tiempo. Hera ha intentado derrocar a nuestro hermano Zeus y eso podría repercutir en la seguridad de la Tierra, es por eso que…
– Nos encontraremos aquí, cuando la luna vuelva a brillar con su máximo esplendor.
Aquel día sellaron esa promesa, no con un beso, sino con una mirada tan intensa como el mismo sol.
Se separaron, sí. Pero se separaron para no volver a verse jamás.
Increíblemente, tres años habían pasado. Aquella era la noche en la que la luna brillaba con su máximo esplendor. Hestia llegó en su carruaje hasta el lugar prometido. Pero lo que encontró allí la dejó helada. En la cima del monte Profitis Elias había una tumba cubierta de flores. Hestia se arrodilló para retirar algunos restos de tierra que cubrían el nombre que estaba grabado en la piedra. Tuvo que restregarse los ojos para estar segura de que no estaba soñando.
– No puede ser…
"Galileo". Ese era el nombre que estaba grabado en aquella tumba. Hestia no podía creer lo que estaba pasando. Cayó de rodillas al suelo, intentando contener las lágrimas que amenazaban con nublar su vista.
– Ninguno de nosotros puede creerlo aún – dijo una voz a sus espaldas. Hestia se volteó para encontrarse con uno de los ancianos historiadores del pueblo – Aún así, aunque su enfermedad lo estaba matando, Galileo descubrió la cura para la Enfermedad del Héroe, justo antes de morir en su lecho dijo que estaba seguro de que habría alguien que se sentiría muy orgullosa de él al darse cuenta. Dejó esto – el anciano le tendió un pergamino algo gastado, atado con una cinta roja – Gran Hestia, él habría querido que usted lo tuviera.
Hestia, olvidándose completamente de su condición divina se abrazó al anciano y lloró, dejando salir finalmente toda su tristeza.
Flashback End
Cuando Hestia terminó de contar su historia, algunas lágrimas traviesas rodaron por sus mejillas. Entretanto Milo y Kardia estaban atónitos.
– Así que resulta que el casanova no era nuestro padre, sino nuestra madre – bromeó Milo, intentando aligerar la atmósfera.
– Qué estupideces dices, Milo – replicó Kardia – Aun así, madre, hay algo que no me queda del todo claro…
– Cuando me enteré de la muerte de Galileo, regresé al Olimpo e intenté que las cosas volvieran a la normalidad. Claro que fue muy difícil, más aún cuando me di cuenta de que Hera acababa de tener una hija, Hebe. Mi sueño siempre fue ser madre, pero mi juramento de mantenerme virgen era mi prioridad – explicó – Mi madre, la gran Rea, dándose cuenta de mi dilema, me concedió la bendición finalmente, pero a mi padre Crono no le agradó, es por eso que me separó de ustedes y de esa forma terminaron naciendo en épocas distintas, por la maldición que él puso sobre nosotros.
– No esperaba que tu pasado fuera tan triste, madre – comentó Milo, sin saber muy bien qué más decir.
– Llevo el recuerdo de Galileo siempre en mi corazón. Crono, quizás sin quererlo, me dio la oportunidad de encontrarme con ustedes nuevamente, y eso me ha hecho infinitamente feliz. Ahora seré capaz de soportar la soledad de mi palacio.
– No estás sola, mamá – dijo Kardia – Jamás lo estarás, eso te lo prometo. Siempre estaremos aquí – llevó su mano al pecho, del lado del corazón de Hestia.
– A veces dices cosas agradables, Kardia – bromeó Milo, colocando la mano sobre la de su hermano. Hestia los imitó y sonrió.
– Cállate, Milo. Aunque, pensándolo bien, no te contengas, después de todo, esta será la última vez que nos veamos, hasta que mueras claro está.
Milo se dio cuenta de que el cuerpo de Kardia iba desapareciendo. Kardia depositó un beso en la mejilla de su madre y le desordenó el cabello a su hermano.
– Hay una última cosa que me gustaría saber antes de marcharme – dijo Kardia. Hestia lo miró atentamente – Sobre nuestros nombres, recuerdo que alguien me dijo que había un significado tras ellos.
– "En la isla de Milo dejé mi corazón" – y a ninguno de los dos le hizo falta otra explicación.
– No vayas a morir patéticamente, Milo – dijo Kardia, antes de desaparecer por completo. Madre e hijo se quedaron unos momentos en silencio.
– Parece que es hora de regresar, ¿no? – Hestia asintió – ¿Vas a estar bien?
– El poder del Fuego Sagrado ha regresado a mi interior; Hera no me querrá como su enemiga. Tú mismo llevas en tu interior una parte de ese poder, estoy segura de que le darás un buen uso.
– No te fallaré, lo prometo.
.
.
.
Odín y Frigg se arrodillaron ante Hilda, con la cabeza completamente agachada, sin atreverse a mirarla a los ojos. Y es que literalmente le debían la vida. Porque instantes antes había yacido juntos sobre el ensangrentado suelo de mármol: Frigg recostada en el pecho de Odín. Odín con un agujero inmenso en el pecho, de la misma forma en que Frigg tenía una desagradable herida en el abdomen. Odín sujetaba con firmeza la mano de su esposa, luego de la cruel batalla que les había tocado librar.
Hasta que apareció la brillante luz creadora de Asgard, para traer la vida de vuelta a sus maltrechos cuerpos.
Flashback
Odín se había prometido a sí mismo que no usaría ningún arma para detener a su esposa. Así que cuando la batalla empezó, el dios dejó que Frigg blandiera su espada libremente, esquivando las estocadas y cortes mortales. Sin embargo, su cuerpo ya exhibía varias heridas menores y una cortada bastante grave en la pierna izquierda. Notó que Frigg comenzaba a desesperarse y atacaba de forma más desesperada, más torpe.
– ¡Vete, por favor! – gritó Frigg y Odín se dio cuenta entonces de que por las mejillas de la diosa rodaban lágrimas de sangre.
– Me iré, sí, pero tú vendrás conmigo, esposa.
Frigg levantó la espada de fuego por encima de su cabeza y se abalanzó sobre su marido. Odín abrió los brazos y cerró los ojos, como diciéndole que estaba preparado para morir por su espada. Frigg lo miró, horrorizada, pero ya era demasiado tarde. La espada de fuego había atravesado limpiamente el pecho de Odín, del lado del corazón. La diosa sintió que unos brazos se enredaban alrededor de su cuerpo y la sujetaban con una fuerza que poco a poco iba mermando, un agarre que se iba debilitando con cada gota de sangre que perdía.
Los ojos de Frigg recuperaron el brillo perdido desde el momento en que Zeus la manipuló y sus brazos se asieron al cuerpo casi moribundo de su esposo.
– ¡Odín! – gritó ella – ¡Odín, no me dejes! ¡No te separes de mí otra vez!
– Lo siento… Frigg – dijo entrecortadamente, mientras escupía sangre por la boca – No pude cumplir mi promesa de salvarte.
Odín rompió el abrazo y agarró la muñeca de Frigg. La diosa se dio cuenta al instante de lo que el otro pretendía y negó frenéticamente con la cabeza. Odín sonrió antes de sacar la espada de su pecho, al tiempo que su corazón se quemaba con las abrasadoras llamas. Frigg gritó, para luego dejar salir un leve quejido de dolor. Su abdomen acababa de ser atravesado por el brazo de su esposo. Y, contrario a lo que se pensaría, la diosa sonrió y volvió a unirse en un abrazo con él.
– Soy un maldito egoísta… así que… te llevaré conmigo… mi amada Frigg…
– Promete que… no volveremos a… separarnos…
Las fuerzas abandonaron por completo al dios y su cuerpo cayó pesadamente sobre el frío suelo. Frigg cayó recostada en su pecho, con sus manos unidas y una sonrisa dibujada en sus rostros. En ese preciso momento, Hilda ingresó al templo y en cuanto se encontró con aquella escena sus ojos se abrieron como platos. Se llevó las manos a la boca, conteniendo un grito de asombro. Corrió y se arrodilló al lado de los dioses, se dio cuenta al instante de que habían perdido la vida.
– No, aún no es el momento para que regresen al Asgard, grandes señores.
Así, colocando sus manos sobre las de los dioses comenzó a enviar su cálido e intenso cosmos a los cuerpos inertes. Un resplandor de plata los envolvió y poco a poco Frigg y Odín fueron abriendo los ojos.
Flashback End
– Ustedes son los dioses que rigen nuestro mundo nórdico, – pronunció Hilda, sintiéndose de pronto avergonzada al ver a aquellos grandes dioses arrodillados ante ella – no deben inclinarse ante mí, grandes señores – les hizo una seña para que se levantaran – Por favor.
Odín y Frigg se incorporaron entonces. Aún tenían los ropajes empapados de la sangre que no se había secado, pero la vitalidad había regresado a ellos. Hilda fue quien se colocó de rodillas, y dijo:
– Desde el principio de los tiempos, el gran Odín y la generosa señora Frigg han velado por la supervivencia de la tierra congelada de Asgard. De no ser por ustedes, honorable señores, nuestra tierra jamás habría sobrevivido. Les debemos mucho, por favor no lo olviden.
– Mi gran señora… – empezó Frigg.
– Aunque en el pasado fuera llamara "luz creadora", "principio del mundo", en este momento soy Hilda de Polaris, sacerdotisa y representante del dios Odín en la tierra de Asgard.
Frigg se arrodilló enfrente de Hilda y colocó sus manos sobre los hombros de la sacerdotisa. La mujer levantó la vista y se encontró con la amplia sonrisa de la diosa. Sonrió también y se puso de pie junto con Frigg, que tomó sus manos.
– No hay representante más digna de mi honorable esposo Odín que tú, bondadosa Hilda de Polaris.
– Te debemos mucho, sacerdotisa Hilda – añadió Odín, acariciando la cabeza de Hilda – A ti y también a Atena. Las palabras no serían suficientes para expresar nuestra gratitud, así que prometo que a partir de ahora la luz del sol brillará sobre nuestra amada tierra.
La sonrisa de Hilda se ensanchó, al tiempo que unas pequeñas lágrimas se agolpaban en sus ojos. La luz del sol brillaría también sobre Asgard. Fler se pondría tan contenta; todo el pueblo se alegraría tanto.
– Entonces, creo que ha llegado el momento de volver a casa – dijo Frigg.
– Aún queda algo más que debemos hacer antes de marcharnos, ¿no es cierto, señorita Hilda? – la aludida asintió.
– Tenemos que sellar la puerta que une el Olimpo con el Helheim.
– Seguro que Loki ya está ahí – comentó Frigg – Puede ser un dios cruel, pero jamás sería capaz de abandonar a Hela y Ran a su suerte.
Odín asintió, dándole la razón su esposa. Así, Frigg, Odín e Hilda emprendieron su camino hacia la prisión subterránea del Olimpo, aquella que se conectaba directamente con los dominios de la diosa Hela.
Y, como lo había predicho Frigg, Loki ya se encontraba ahí. Vieron a Loki salir empapado del agua, con el cuerpo de una inconsciente Ran, quien tenía una herida bastante desagradable en su cuello. Vieron también a Hela, con el cabello, anteriormente brillante y sedoso, siendo remplazado por ramas de árbol. Estaba sentada en el suelo, con un gesto de evidente fastidio en su rostro. Loki colocó a Ran al lado de Hela y se sentó también, aspirando profundamente.
– Ah, ¡ustedes son unas diosas muy problemáticas! – replicaba – Ya estoy viejo para estar haciéndome el héroe, Hela.
– ¡No fue mi culpa! – exclamó la diosa – ¡El maldito de Zeus me engañó! ¡Nos engañó! ¡Y no cumplió su promesa!
– Bueno, quizá puedas ver una última vez a ese caballero de Atena, antes de que la entrada sea sellada – Hela miró a su padre, con gesto confundido y este señaló hacia atrás, donde aparecían tres invitados inesperados – ¿Crees que puedas darle un par de minutos a esta tonta enamorada, señora creadora?
– Le agradecería que me llamara por mi nombre, señor Loki – contestó Hilda – Hilda estaría bien. Y supongo que no debería haber ningún problema, ya que necesitamos desplegar nuestro cosmos por completo y eso tomará tiempo.
– También necesitaremos tu ayuda, Loki – le dijo Odín.
– Como diga, mi señor Odín – respondió Loki, haciendo una reverencia que a Odín le parecía más bien burlona – Vamos, no te enfades, hermano. ¿Por qué no mejor comenzamos?
Hilda asintió y extendió los brazos hacia adelante, gesto que fue imitado por Frigg, Odín y Loki. El cosmos de los cuatro comenzó a canalizarse en los brazos, brotando en forma de haces de luz hacia el frente, mientras le daban la espalda a las puertas de los dominios de Hela.
– Date prisa, Hela – la apremió Loki.
– No deberías tener problemas para trasportarte hasta el Santuario; – dijo Hilda – ahora que Zeus está cautivo su barrera se ha desvanecido y con Hera concentrada en sus propios asuntos, nadie se percatará de lo que estamos haciendo.
– Eres bastante útil, Hilda de Polaris – comentó Hela, con una sonrisa burlona idéntica a la de su padre.
– Sólo un pequeño detalle, – añadió Hilda – no esperes una bienvenida cordial en el Santuario de Atena, mucho menos por parte de Milo de Escorpio.
– Vale la pena correr el riesgo – dijo Hela finalmente, antes de desaparecer.
.
.
.
En sus sueños, Milo sentía que unas suaves manos recorrían su torso desnudo, mientras él se removía incómodo entre las sábanas. De repente sintió su cuerpo arder y el sudor resbalar por su frente. Abrió los ojos e intentó incorporarse, pero su frente se estrelló con una frente ajena. Sus ojos por poco se salen de sus órbitas en cuanto se encontró con los juguetones ojos de Hela, quien había recuperado su hermosa apariencia.
Milo gritó y se echó hacia atrás, chocando la espalda con el respaldo de la cama. Hela se acercó nuevamente a él, gateando. La diosa colocó ambas manos en el rostro del caballero, mientras se sentaba sobre su firme abdomen.
– ¡¿Quién rayos eres tú?! – exclamó Milo, colocando las manos en los hombros de Hela, para apartarla.
– Qué cruel eres, no me recuerdas – respondió, haciendo un puchero – Bueno, no importa, de todos modos sólo venía a despedirme de ti, ya que no nos veremos en un tiempo – Milo seguía confundido y notó que su fiebre estaba empeorando, tanto que su vista comenzaba a nublarse – Pero no creas que he renunciado a ti, Milo, – y lo besó en los labios – después de todo, eres el único que ha hecho latir este podrido corazón mío.
Milo se encontraba casi al borde de la inconsciencia, cuando sintió una cálida mano que acariciaba su frente, logrando así que la fiebre cediera y el caballero cayera profundamente dormido.
– De momento sellaré este poder, hasta el momento en que necesites utilizarlo nuevamente para proteger a la tierra.
Y es que una madre siempre estará ahí para sus hijos, sin importar lo que suceda.
.
.
.
Suspiró por enésima vez, mientras permanecía oculto en la penumbra. Se podían escuchar jadeos y suspiros, respiraciones agitadas y en general se percibía un ambiente caldeado de sexo. Vigilar a Dionisio era su misión, pero aquello lo irritaba de sobremanera, ¿por qué rayos tenía que seguirlo hasta cuando estaba en sus momentos de intimidad con sus amantes? ¿Tanto le temía Hera? Era la reina del Olimpo, por todos los cielos, ¿por qué temerle a un dios de "segunda categoría" como él?
Y bien, ¿quién era este "espía"? Pues nada más y nada menos que Heracles, hijo de Zeus y Alcmena. Tenía el porte de un dios, con su cabello castaño claro ondulado y sus penetrantes ojos verdes, que había heredado de su madre. Pero, a pesar de ser un semidiós, un hijo de Zeus, en ese momento no era más que la marioneta de Hera.
Por el simple hecho de haberse atrevido a nacer de la unión de Zeus y una mujer que no fuera la diosa Hera, se había ganado el rencor eterno de la reina de los dioses. Hera lo odiaba profundamente, le había causado penurias durante toda su vida, lo había sometido a las pruebas más crueles e incluso le había quitado la dicha de volverse a enamorar. Ya moribundo, a las puertas del Inframundo, se encontró con la causante de todas sus desdichas.
– Sírveme. Sírveme y te libraré de todas tus desdichas – había dicho Hera – Te devolveré todo aquello que te arrebaté. Tu poder, a tu familia, te convertiré en un Olímpico. Es una buena oferta, ¿no te parece?
En ese momento su desesperación era tal que aceptó aquella petición – que rayaba en orden – casi sin pensarlo. Ansiaba ver a su amada Mégera y a sus hijos. Y estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Claro que en ese momento, cuando escuchaba cómo Dionisio alcanzaba el clímax, no estaba tan seguro de querer hacerlo. Era humillante, y se preguntaba ¿cuánto más planeaba humillarlo Hera?
– Quizás lo mejor sería no haber nacido – se dijo – ¡Bah! ¡Qué tonterías estoy pensando! Desde que Hera me sacó del Inframundo supe que estaba destinado sólo a servirla, aun cuando no tenga garantía de que ella vaya a cumplir su promesa.
Heracles detuvo su monólogo entonces, para ocultarse tras unos árboles, al ver cómo Dionisio salía de la humilde cabaña de su amante, arreglándose la túnica. Vio que el dios miraba a ambos lados, nervioso, antes de alejarse de aquel humilde poblado en las afueras de Trípoli.
– ¿Adónde te diriges ahora, Dionisio? – se preguntaba Heracles.
Heracles lo siguió de cerca, cuando se dio cuenta de que conocía aquel camino. Estaba seguro de cuál era el sitio al que se estaba dirigiendo el dios. La pregunta era, ¿qué negocios podría tener el dios con el ente que se ocultaba en ese sitio? Vio entonces que Dionisio, miraba hacia atrás y hacia ambos lados, para cerciorarse de que estaba solo. El dios del vino entró en la caverna. Heracles permaneció escondido detrás de unas piedras de gran tamaño.
– ¿Qué se supone que haga ahora?
– Sigue a Dionisio – escuchó la voz de Hera, hablando directamente a su cosmos – No lo pierdas de vista.
– Así que me estás vigilando. Qué poco confías en mí, Hera.
Heracles se internó en la caverna y avanzó cautelosamente, cuidando que sus sandalias hicieran el mínimo ruido y que no se dejara escuchar su agitada respiración. Rezó también para que el sonido de su acelerado corazón fuera amortiguado por las gotas que golpeteaban en las rocas. Estaba muy oscuro, pero él tenía buena vista, así que pudo avanzar con relativa facilidad.
Finalmente vio luz al final del camino y decidió apurar el paso, cuidando igualmente el ser lo más silencioso posible. Estaba cerca del lugar al que había ido Dionisio, de eso estaba seguro. Pronto divisó la figura del dios del vino, que, afortunadamente, le daba la espalda. Sintió entonces un abrumador cosmos que lo hizo caer de rodillas al suelo. No había duda de quién se trataba y Heracles rogaba que no se hubieran percatado de su presencia.
– Tendré que acercarme más si es que quiero escuchar lo que dice.
Pero no había dado dos pasos siquiera cuando Dionisio apareció justo enfrente suyo, con una enigmática sonrisa dibujada en sus labios. Heracles tragó saliva y quiso retroceder, pero estaba paralizado.
– Justo iba a llamarte para que te unieras a la conversación – Dionisio le hizo una seña para que lo siguiera – Hay alguien que quiero presentarte.
El semidiós se debatía entre escapar de allí y llevar las noticias a Hera, o acatar la petición de Dionisio. Finalmente optó por lo segundo. Dionisio se detuvo al pie de lo que parecía ser un acantilado. Heracles miró hacia abajo, pero no encontró más que oscuridad.
– ¡Ja! Mira nada más, si es Heracles – dijo una profunda voz masculina que retumbó en toda la caverna – Así que ahora Hera ha enviado a un niño como espía.
Heracles supo al instante quién era el ser que acababa de hablar y abrió los ojos desmesuradamente. ¿Acaso esta vez sí conocería la muerte? Siempre dijo que no tenía miedo a la muerte, pero ansiaba tanto volver a ver a Mégera que deseaba conservar su insignificante vida un poco más.
– No te preocupes, Hera no tiene forma de saber que estás aquí – dijo Dionisio, causando que el hombre se sobresaltara – Este lugar está protegido por el poder del titán Crono y su esposa, Rea. Es inalcanzable.
– ¿Trabajas para Hera, cuando ella ha hecho de tu vida un suplicio? – esta vez se escuchó una firme voz femenina que no podía pertenecer a nadie más que Rea.
– Hera me ha prometido…
– ¿En verdad crees que mi arrogante hijita mantendrá esa promesa? – le preguntó Crono. Heracles no respondió aunque conocía de sobra la respuesta – Únete a nosotros, Heracles, y cumpliremos tu deseo.
El aludido se mantuvo en silencio, como meditando las palabras del titán. No sentía que pudiera confiar en un ente tan engañoso como Crono. Entonces, vio cómo una especie de tentáculo se aferraba a su tobillo y lo arrastraba hasta el fondo del abismo. Cerró los ojos, como esperando la muerte. Pero su "aterrizaje" fue suave. Una brillante luz se presentó ante él, tomando la forma de la mujer que amaba.
– Mégera – balbuceó. Mégera tenía una larga cabellera castaña y unos hermosos ojos violáceos – ¡Mégera! – gritó e intentó abrazarla, pero su figura se desvaneció.
– Esta es la entrada al Tártaro que, como bien has de saber, es parte de los dominios de Hades – explicó Rea – Mégera se encuentra en los Campos Asfódelos, fácilmente alcanzables por nosotros desde aquí.
– ¿Qué dices, Heracles? – insistió Dionisio.
– ¿Qué tengo que hacer? – preguntó, resignado.
– ¿Has escuchado el término "agente doble"?
