Una tenue luz brillaba como una débil lamparilla en el fondo de una insondable oscuridad. Anakin Skywalker abrió los ojos, sobresaltado. Miró sorprendido a su alrededor. Un paisaje aparecía ante él, extrañamente difuminado por una claridad casi mística. Era un valle hermosísimo, poblado de espeso bosque. En uno de los cortantes taludes, una cascada se precipitaba al vacío. Parpadeó incrédulo y bajó la mirada. Sus pies se apoyaban en una hierba de un verdor esmeralda, una alfombra perfecta y suave adornada con miríadas de gotitas de rocío, cual diamantes refulgentes. Anduvo un cauteloso paso y alzó de nuevo la cabeza. Había un lago a apenas un par de metros de distancia. Se acercó sin ser consciente. Todo era extrañamente familiar, aunque no terminaba de comprender dónde se encontraba. Se inclinó en la orilla del lago… y ahogó un grito.

La imagen de un hombre joven, extraordinariamente apuesto, le devolvió la mirada. Aquello… no era real. ¡No podía ser real! Llevó una mano automáticamente a su cabeza y sintió el tacto del cabello ondulado y suave. Miró su mano, atónito. Era de carne y hueso, firme y fuerte. Tocó el resto de su cara. Su piel también era firme y suave. Se inclinó de nuevo y contempló el reflejo, olvidándose de respirar. Era su antigua cara. Casi se había olvidado de cómo era… después de veinticuatro largos años. Pero ahora sí que la recordaba. La frente ancha, despejada. Las cejas, del mismo tono rubio oscuro que el cabello, enmarcaban aquellos ojos de un azul tan puro como el cielo sobre su cabeza. La nariz recta y perfectamente cincelada y bajo ella, los labios, separados ahora en una expresión de puro asombro. Por último, el mentón, con el hoyuelo. Su piel aparecía igual de bronceada que cuando vivía en Tatooine, sin rastro de aquella palidez mortal tras dos décadas oculto por la máscara. Era tan… Tragó saliva, al comprobar el extraordinario parecido con Luke.

-¿Qué… qué es esto?- murmuró con un hilo de voz. Su voz, sin la distorsión del codificador, le hizo sobresaltarse de nuevo. Su mente era un caos. Llamó a la Fuerza, tratando de calmarse. Ésta le rodeó, materializándose en un infinito halo luminoso. Parpadeó perplejo. Jamás había "visto" a la Fuerza, pero sin duda, allí estaba. El intenso halo le atravesó, haciendo brillar su piel por un momento.

- ¿Es…Estoy muerto?- volvió a hablar, mirando al vacío.

- No, Ani… Todavía no.

Esta vez, sintió que el corazón se le paraba. Se volvió justo para ver…

- P… Pad…

No pudo terminar. A apenas unos pocos metros de distancia, la bellísima imagen de Padmé le sonrió, haciendo que aquella irreal luz que rodeaba todo brillara más aún. Anakin cayó al suelo, de rodillas, mientras sus ojos se inundaban de lágrimas. Ella se acercó. Era tan hermosa que hacía daño mirarla, y a la vez, no podía dejar de hacerlo. Anakin rompió a llorar sin emitir un solo sonido. Las lágrimas manaron a raudales de sus ojos como la catarata que se abría tras ellos. El hermoso rostro de Padmé dibujó una sonrisa triste.

- No llores, Ani… - le consoló como si sólo tuviera nueve años, los mismos que cuando la conoció.- No debes llorar. Todo ha terminado. Sabía que lo conseguirías.

Anakin levantó la cabeza. Su mirada se encontró directamente con aquellos preciosos ojos de chocolate derretido. Luchó por ponerse en pie y, finalmente, pudo encontrar las fuerzas para hacerlo. Padmé sonrió más abiertamente, alzando la cabeza para seguir mirándole desde su pequeña estatura. Estaban a apenas medio metro de distancia. Anakin ardía en deseos de abrazarla y besarla hasta morir, pero… ¿Cómo podía siquiera atreverse a pensar en hacerlo? La última vez que la había visto… había utilizado la Fuerza contra ella para estrechar su garganta. Ella pareció adivinar sus pensamientos y alzó su mano derecha para posarla con suavidad sobre el pecho de él, a la altura del corazón. Él creyó morir al sentir el tacto de la mano, justo donde antes había estado el infame respirador.

- En el fondo… siempre lo he sabido.- susurró ella con voz inaudible. Acto seguido, lo abrazó, refugiándose en su pecho. Anakin permaneció como una estatua. Sabía que aquello no era real. Lo sabía. Padmé… había muerto hacía veinticuatro años. Ésa debía ser una de las penitencias que debía cumplir por todos sus crímenes. Verla y sentirla y saber que aquello no era real. Saber que todo era producto de su moribunda mente. Pero no pudo soportarlo más y la abrazó con todas sus fuerzas, aferrándose a ella, sintiendo todas las deliciosas curvas de su exquisito cuerpo. Padmé le devolvió el abrazo con el mismo ímpetu y, durante varios segundos permanecieron atrapados uno en el otro. Anakin se inclinó hasta descansar su cabeza en el hueco de su cuello. Padmé sonrió ante el familiar gesto y, con una mano, sujetó cariñosamente su cara para separarlo un segundo antes de fundirse en un tierno beso con él. Después, ambos se miraron, cada uno descansando su frente en la del otro.

Anakin quería decirle tantas cosas que su caótica mente era incapaz de procesarlas. Tampoco ayudaba nada la extraordinaria belleza de su rostro y de su alma. Siempre había sido un ángel. Su ángel.

- Te quiero.

Sí, de todo lo que necesitaba decirle, sólo pudieron materializarse esas dos palabras. Padmé le sonrió.

- Lo sé.

Él respiró tembloroso.

- ¿Seguro que no estoy muerto? Sé que… esto no es real.

Ella se separó ligeramente, sin dejar de contemplarlo. Alzó una ceja divertida.

- ¿No es real que me quieres?

Anakin parpadeó.

- Yo… no… no es eso lo que…

Ella se echó a reír. Su risa sonaba como música celestial. Siempre le había gustado tomarle el pelo. Anakin no pudo evitar contagiarse de su sonrisa. Padmé meneó la cabeza, pero después recobró la seriedad.

- Esto, es muy real. Siempre he vivido en tu interior. Y siempre te he amado. Eso nada lo pudo ni podrá cambiar. Y no, no estás muerto, Anakin. No ha llegado tu momento todavía.

- ¿Cómo que no? ¿Cuánto más tiene que sufrir un hombre para descansar al fin?

- Te necesitan, Ani… - ella le sonrió con un deje de tristeza.- Aún no puedes… irte.

Él la miró. De pronto, unas risas infantiles rompieron el silencio. Entre ellas, se elevó un grito.

- ¡Papá!

Anakin se separó de Padmé. Sus ojos se desorbitaron. Un pequeño Luke de no más de cinco años se precipitó hacia él con los brazos abiertos, corriendo todo lo que daban de sí sus pequeñas piernas. Anakin se quedó paralizado. No, no podía ser cierto. No fue capaz de reaccionar… hasta que vio que el pequeño tropezaba en su alocada carrera. Anakin dio tres rápidas zancadas y lo atrapó antes de que cayera al suelo. Luke rió feliz y se abrazó a su cuello como una lapa. Anakin creyó morir de felicidad al sentir aquella inconfundible aura de Fuerza brillando contra él. Tan pura e infinitamente luminosa como siempre. Mantuvo un momento el abrazo, pero luego se separó un instante. Necesitaba ver a su hijo. Lo miró como si nunca lo hubiese visto antes… y así era. Jamás había conocido a Luke de niño. El chiquillo se rió y le devolvió esa mirada azul cristalina. Parecía un pequeño ángel, con el cabello dorado, la naricilla respingona y el diminuto hoyuelo en la barbilla. Un dolor se abrió paso como un puñal al pensar que había perdido la infancia de su hijo. El niño pareció notarlo y dejó de reír.

- Estás triste, papá…

No era una pregunta. Anakin tragó saliva.

- No, Luke, claro que no… Es sólo que…- le costó demasiado encontrar las palabras, igual que le había ocurrido antes con su madre.- Te quiero, hijo mío. Nunca olvides que te quiero más que a mi vida.

- Eso ya lo sabemos, papá.- otra vocecita sonó con un deje de diversión y de reprimenda.

Anakin miró hacia abajo de nuevo y quedó paralizado por tercera vez. Una Leia de cinco años le miraba sonriente, con los brazos cruzados, meneando la cabeza. Luke miró a su hermana y rió divertido. Anakin se agachó, posando a Luke en el suelo. Leia se acercó sonriente y se puso de puntillas para rodear el cuello de Anakin, como había hecho su hermano gemelo. Anakin la contempló. Era realmente la versión de Padmé en miniatura. Leia arrugó su pequeño entrecejo.

- ¿Por qué me miras así?

Anakin tragó saliva. Sus ojos fueron de Luke a Leia. Los dos gemelos le miraban con curiosidad. Se repuso con rapidez y volvió su atención a su hija.

- Es que cada vez estás más hermosa, mi princesa. Eres igual que tu madre.

Leia miró hacia su madre y sonrió. Después se volvió hacia Anakin y le dio un beso en la mejilla.

- Mamá tiene razón. Eres muy raro.

Padmé intentó evitar una risita, pero le costó bastante. Anakin miró sorprendido a la madre y a la hija.

- Oye, eso no es verdad.- Luke se plantó delante de su hermana.

- Eso lo dices porque tú eres igual de raro que él.- se burló Leia.

Luke frunció el ceño y Leia le sacó la lengua, divertida. Después echó a correr hacia el prado. Su hermano automáticamente echó a correr tras ella.

- ¡Ya verás cuando te coja!

- ¡Como si pudieras hacerlo!

Anakin vio cómo sus hijos se perdían en la distancia entre un coro de risas. Padmé apoyó una mano en su brazo.

- Por eso debes regresar, Ani…

Anakin sintió que el corazón se le desgarraba al ver a sus hijos desaparecer. El paisaje parecía difuminarse con ellos. Miró a su esposa. Su imagen también se estaba diluyendo.

- ¡No! ¡Padmé!

- Debes regresar…

Finalmente, todo quedó sumido en una intensa luz que fue apagándose poco a poco…