"Todas las guerras son guerras civiles, porque todos los hombres son iguales"

Fénelon

Magia

Alan Blair estaba acostumbrado a recibir todo tipo de visitantes en su restaurante. Los recibía con gusto, los escuchaba y, pese a los malentendidos que podrían esperarse debido al choque de diferentes culturas, no tenía ningún problema para comprenderlos y entablar una relación con ellos, aunque ésta fuera pasajera.

Hasta que llegó ella.

-O-

Alan había partido de su Bristol natal con apenas ocho años, para dirigirse a Potsdam junto con sus padres, abuelos y una maleta pequeña que contenía sus pocas pero preciadas posesiones: ropa, cuadernos gastados y el vinilo de Abbey Road, envuelto en un folio que se ocupaba de limpiar siempre que una partícula de polvo caía sobre el plástico.

Había crecido en esa ciudad alemana, concretamente, entre las paredes del "Blue Submarine", el acogedor restaurante que su abuelo construyó con esmero y que, al poco tiempo de su inauguración, ya se había convertido en el lugar de encuentro, por excelencia, de la ciudad: gran parte de los habitantes concurrían allí para beber unas cervezas durante los días de verano al atardecer, las parejas se citaban los sábados por la noche y los domingos se llenaban de familias enteras, con niños correteando sobre el piso de madera y risas que se confundían unas con otras, formando una agradable melodía.

Alan había pasado allí innumerables noches probando los postres especiales de su abuela antes de ir a dormir, había recibido la ayuda de su abuelo y algún que otro cliente ocasional para realizar sus tareas de matemáticas, y hasta había coqueteado por primera vez en su vida con una chica en la mesa situada junto al ventanal, una taza rebosante de submarino que lo separaba de la joven y la anticipación picándole en los labios. Todos los recuerdos de su vida estaban asociados a esa gama de olores, colores, rostros y nombres que habían pasado por el Blue Submarine.

Ahora, como dueño legítimo del bar, Alan había tenido la suerte de cruzar palabras y estrecharle la mano a cientos y cientos de personas. Ya no sólo concurrían allí los ciudadanos de Potsdam sino que, gracias al avance del turismo y la tecnología, la localidad se había convertido en una ciudad de paso obligado para turistas venidos de los más remotos rincones del mundo, que deseaban visitar otros lugares o hacer un paraje allí antes de llegar a Berlín.

Alan recordaba especialmente a Mike, ese niño inglés que había sido desterrado de su patria como él y que se había convertido en un gran amigo de sus juegos infantiles y salidas adolescentes, pero que de adulto había vuelto a sus pagos, porque consideraba que ése era su lugar en el mundo. También rememoraba con añoranza a la pareja de australianos que se dedicó a recorrer Alemania de cabo a rabo, por seis meses, como parte de la luna de miel más larga que él había oído jamás.

Hasta que apareció alguien que comenzó a ocupar sus pensamientos más que cualquier otro cliente. Alguien que no era igual de extravagante que los australianos, pero que tenía un estilo particular. Una mujer que con sus polleras multicolores y el tintineo de sus pulseras le recordaba a ese grupo de argentinos hippies que le habían pedido un tereré a su padre, y éste los había mirado incrédulo, sin comprender.

Esa mujer que -se imaginaba- rondaba por las cuatro décadas y venía al Blue Submarine todos, todos los jueves desde hacía un par de meses, le intrigaba sobremanera, más que cualquier otra persona que hubiera atravesado las puertas del lugar. Más que los franceses, el nicaragüense y los españoles gemelos. Más que los argentinos estrafalarios y el chino que no entendía nada de lo que le decía, pero siempre le sonreía.

Y, sin embargo, aún no había sido capaz de intercambiar con ella frases que fueran más allá de "Un café, por favor", o un tímido "Gracias por venir".

¿Por qué le llamaba la atención? Quizá era por el hecho de que ella siempre venía con un bolso lleno a más no poder de papeles y carpetas y bolígrafos. Pese a que, visiblemente, el bolso guardaba muchas cosas, más de una vez a Alan le pareció que ella sacaba decenas de pergaminos y libros que de ninguna manera podrían caber todos ahí dentro. Quizá era por su acento británico; hacía mucho tiempo que no veía a un inglés frecuentar el bar con tanta regularidad como lo hacía ella. O tal vez era porque la encontraba atractiva. La mujer tenía su estilo, pero vestía con sencillez. No se maquillaba demasiado. El pelo negro, un poco desordenado, lo solía llevar atado en una trenza que parecía hecha a las volandas, sin nada de elegancia. Y siempre tenía la nariz metida en algún grueso tomo de una enciclopedia, mientras sus dedos se movían sin parar sobre el papel, escribiendo quién sabe qué cosas. A la vista de la mayoría de los hombres, seguramente esa mujer pasaría desapercibida. Pero Alan no podía quitársela de la cabeza y sospechaba que eso jamás sucedería hasta que no se animara a hablarle.

Así que, después de un tiempo considerable y de desechar la idea a último momento un millón de veces, finalmente, se dirigió con la taza de café en mano y tragando saliva nervioso, como si otra vez tuviera quince años, hacia donde estaba sentada ella.

Colocó el café en la mesa y cuando sacaba los sobres de azúcar del bolsillo de su delantal, le pareció que los individuos de las ilustraciones de uno de los libros abiertos se movían. Por George Harrison, ¿tan nervioso estoy que tengo alucinaciones?

La señora le sonrió, mientras cerraba el libro disimuladamente.

Alan supo que era ahora o nunca.

-¿Sabes? Desde hace un tiempo no puedo evitar preguntarme si estás escribiendo un libro...

-O-

Charity Burbage se fue del Blue Submarine, ese jueves de mayo, más satisfecha de lo normal. Para ella suponía un enorme placer aparecerse, todas las semanas, en la ciudad de Berlín para luego ir a pie hacia la estación de trenes y, desde allí, realizar el viaje rumbo a Potsdam en esa gran invención de los muggles. Sí, no había nada mejor que aquél medio de transporte. Había viajado en avión y en colectivos turísticos, por supuesto, pero no le resultaban tan gratificantes como viajar en tren, porque sólo en él podía caminar por los vagones y observar a los muggles, sólo en él podía tener frente suyo y a sus costados a tantas y tantas personas distintas, con actitudes, aspectos e historias de vida únicas detrás de sus miradas.

Una vez en su destino, se dirigía con pasos tranquilos hacia el restaurante que la cautivaba y, apenas traspasaba las puertas metálicas, el inconfundible aroma a café y el barullo de voces en distintas lenguas la envolvían en una especie de ensueño, renovando sus ganas y energías para continuar con su trabajo. Luego, iba hasta su mesa predilecta y sacaba todo un arsenal de artículos de librería de su bolso. El mueble quedaba cubierto de apuntes, periódicos y archivos, hasta que llegaba el delicioso café, a manos de ese amable hombre que le sonreía de manera especial.

Esa primaveral tarde de jueves, ella habría salido del Blue Submarine igual de contenta que siempre, después de escribir nuevos artículos que publicaría en El Profeta, después de diseñar el cronograma de las próximas clases de los cursos que tenía a cargo, después de saber que estaba haciendo algo arriesgado pero necesario ante esa guerra que se avecinaba despiadadamente. Pero la felicidad fue un poquito mayor que de costumbre, porque esa tarde había charlado con Alan Blair durante dos horas.

Charity había salido con algunos hombres, pero sus vínculos nunca habían durado demasiado. Sus ocasionales parejas no le despertaban la pasión que le provocaba su trabajo. Apenas se había graduado en Hogwarts, había comenzado diversos proyectos como activista pro-muggle, recibiendo muchos silencios e indiferencias por parte de la sociedad en general. También tuvo que soportar los enojos y ruegos de su madre para que dejara de jugar a la suicida, exponiendo ideas peligrosas en tiempos del primer reinado del Innombrable. Hasta que Albus Dumbledore le ofreció el puesto de profesora en la cátedra de Estudios Muggles y Charity sintió, por fin, que todos sus esfuerzos rendían frutos. Desde entonces, había dedicado prácticamente la totalidad de su vida a la educación, a la investigación de la vida muggle y, ahora, desde que se había descubierto el regreso de Voldemort y la vuelta en escena de viejos mortífagos, la bruja estaba decidida a hacer todo lo que estuviera al alcance de su intelecto y sus manos para proteger a los hijos de muggles y a las personas no mágicas.

Le hubiera gustado contarle todo eso a Alan, pero no podía. Un Estatuto del Secreto y los riesgos de una batalla que estaba a la vuelta de la esquina le hicieron morder el labio, contenerse y cuidar sus palabras. Charity sólo le habló de su trabajo como docente y después de unos minutos de charla, se dio cuenta, con sorpresa, que deseaba que él supiera más de ella. Entonces, se animó y lo dijo.

-También soy activista... o defensora, como quieras llamarlo. De los derechos humanos, en general.

No podía decirle más nada que eso, aunque no fuera del todo cierto. Tenía que ser cuidadosa.

A Alan le brillaron los ojos con interés y ella supo que había encontrado a alguien con una pasión similar a la suya.

-O-

-No puedo creer que te sepas cinco idiomas. Me vendrías bien como traductor personal, hay varios textos que me gustaría saber qué dicen...

-No es raro, me crié entre rusos, hispanos, ingleses, alemanes y portugueses. Algo tenía que aprender, ¿no?

-Yo he viajado por muchas partes y no me salgo del inglés. Del británico, para más señas; a veces hasta me cuesta entender a los norteamericanos.

-¡Bah, no seas exagerada! A mí me parece aún más increíble que tú te puedas leer tres enciclopedias gordas, como esas que traes, en un solo día.

-Nunca debes subestimar el poder del intelecto femenino...

-¡Otra vez el discurso feminista! Creo que leeré los antiguos tratados patriarcales sólo para fastidiarte...

-O-

Alan constató la hora en el reloj cucú de madera y comprobó que faltaban diez minutos para la llegada de Charity. Se atusó el pelo con las manos, se acomodó el cuello de la camisa y observó su reflejo en una cucharita reluciente. Podría ser mejor, pensó, pero nada podía hacer contra la naturaleza. Había sido diseñado así y no podía crecer unos centímetros más a esta altura de su vida, ni tampoco la barriguita cervecera desaparecería de un día para el otro. Alan se lamentaba, una vez más, el haberse pegado el gusto nacional por el chop alemán.

Sus divagaciones se esfumaron en cuanto su nueva amiga entraba al local. Lucía despeinada y cansada, cargando el dichoso bolso sobre uno de sus hombros. Lo buscó y, cuando sus miradas se encontraron, le sonrió.

Sin esperar el pedido, Alan se dirigió a su mesa y le tendió un café bien cargado, como sabía que le gustaba a ella.

-Creo que me tomaré diez de esos. Tengo mucho trabajo que hacer...

-No importa. Tienes toda la noche por delante.

-¡Mañana tengo clases! Tengo que estar en el colegio temprano.

-¿Por qué no pides que cambien tus días libres por los viernes? Así no tendrás que preocuparte por regresar temprano a casa...

-Es una escuela, Alan, no un comercio. Los únicos días que no tengo clases son los jueves.

-Tómalo como una idea para el próximo curso. Falta poco para julio...

Cuando las estrellas ya brillaban en el cielo nocturno, Alan notó que Charity seguía allí, pero ya no escribía de forma tan entusiasta como antes. Recargaba su cabeza en una mano y con la otra escribía lentamente, sin la energía que la caracterizaba. A veces, tachaba lo que escribía con furia y, suspirando, volvía a empezar. Después de unos minutos, la situación parecía haberse vuelto más preocupante: arrugaba los papeles, resoplaba, se restregaba los ojos con impaciencia y unas ojeras comenzaban a aparecer. Alan decidió que esa mujer se merecía un descanso. Buscó en la heladera una porción de torta de chocolate -su remedio infalible para levantarles el ánimo a los clientes tristes- y les pasó las órdenes de los pedidos a sus empleados, dispuesto a dedicarle algo de su tiempo a la mujer.

Charity levantó la vista de un libro pequeñito cuando un plato con una generosa porción de pastel se posó sobre sus papeles.

-Creo que deberías parar un poco- le recomendó Alan, mientras se sentaba en la silla de enfrente.

Charity suspiró.

-Tienes razón. Gracias –añadió con una sonrisa- Necesitaba algo más sólido que el café...

Charity atacó la torta con velocidad y Alan aprovechó para echarle un vistazo al lío de cosas que había sobre la superficie de la mesa. Debajo de una carpeta que se titulaba "Documentación de Derechos Humanos M.", asomaba un libro sobre la legislación jurídica de Escocia. Frunció el seño con curiosidad y lo tomó. Charity lo miró con atención.

-¿Escocia? ¿Estas haciendo una campaña o algo para los escoceses?

-Mmm...Sí- respondió ella, tosiendo un poco por tragar bruscamente.

-Cuéntame. ¿De qué se trata?

Charity revolvió los papeles, al parecer, un poco incómoda.

-Estoy haciendo artículos para concientizar sobre la importancia de la tolerancia y el respeto, y la condición de igualdad entre todos los ma...digo, hombres.

-¿Estabas por decir machos?- le preguntó en tono burlón; ella rió- Parece interesante.

-Sí...-Charity tenía la mirada perdida, lejos de él. Parecía estar meditando algo.

Alan estaba ojeando las páginas del libro que tenía a mano cuando Charity lo sobresaltó tomándolo del brazo repentinamente.

-Necesito tu ayuda- le pidió, ansiosa- ¿Qué hecho histórico, importante, elegirías para argumentar sobre...este...sobre las consecuencias de la discriminación por...por origen?

-¿Qué tipo de origen?

-Emm...ya sabes, la sangre de ciertas comunidades...sus antepasados, la cuestión de los linajes...

-¿Estás trabajando con aborígenes? ¿Reclamos para que se respeten sus derechos y no queden fuera del sistema laboral? –Charity lo miró un poco dudosa, pero asintió inmediatamente- La otra vez vi en el noticiero que una tribu del Reino Unido, no recuerdo su nombre, estaba haciendo protestas callejeras en las ciudades más importantes...Al parecer una joven indígena fue despedida de un supermercado porque se defendió de su jefe, que le decía india estúpida. Deberían lincharlo al tipo...

Charity se inclinó hacia él, respondiéndole con énfasis.

-¡Exacto! Tengo que buscar datos verídicos para alertar a la gente del peligro que puede sufrir la sociedad si nos dejamos arrastrar por esa clase de prejuicios...el peligro que correrá la armonía entre las comunidades si más personas piensan como ese tipo.

-Bueno, es fácil. Existen un montón de antecedentes. Busca sobre las masacres que soportaron muchos pueblos nativos. Tribus enteras han desaparecido...

Pero Charity no estaba convencida.

-Mmm...No es eso. No es...suficiente. Hay que buscar algo que vaya más allá de la situación concreta de un pueblo determinado. Algo que conmocione a la gente, algo grandeque les llegue, que les muestre la magnitud de ese tipo de discriminación. Algo que ejemplifique los desastres que nos esperan a partir de...de un simple "tú eres inferior que yo, porque..."

-¡Ya lo tengo! ¿Cómo no nos dimos cuenta? ¡Por Dios, si esto es Alemania! ¡Habla sobre el Holocausto!

A Charity Burbage se le iluminaron los ojos y unas arruguitas se formaron alrededor de su sonrisa.

-O-

-¿Sabes, Blair? Creo que me llevaría bien con tu hija. Si le gusta la historia...

-Me gustaría que la conocieras. Podrías contarle muchas cosas que seguramente le encantaría oír.

-Se me acaba de ocurrir una idea. ¿Por qué no me acompañan el próximo jueves a Berlín, y visitamos el museo del Holocausto? No lo conozco, sólo leí sobre él.

-Me temo que no podrá ser ese día. Sólo veo a Verónika los fines de semana...Vive en Frankfurt, con su madre.

-¡Oh! No lo sabía... ¿No se divorciaron en buenos términos?

-No.

-¿Y... y no has estado saliendo con alguien últimamente?

-No.

Por su manera escueta en responder, Charity supo que a Alan no le gustaba hablar de esas cosas. Pero le llamó más la atención lo apagado que parecía después de su última pregunta.

Comprobó que la soledad era un mal común para cualquier habitante del universo, sin importar la sangre ni un estúpido linaje.

-O-

Se estima que murieron a causa del exterminio a manos del Tercer Reich más de seis millones de judíos. La cifra total, que ronda alrededor de los 11 o 12 millones de víctimas del Holocausto, se completa con las muertes de gitanos, prisioneros de guerra soviéticos, polacos e individuos calificados de 'asociales' de varias nacionalidades (presos políticos, homosexuales, discapacitados físicos o psíquicos, etc.).

Las fotos explícitas de los campos de concentración y los carteles con información sobre uno de los genocidios masivos más sanguinarios de la historia mundial, le provocaban una puntada dolorosa en el centro del pecho. Charity Burbage se sentía intimidada y diminuta ante el testimonio histórico de la masacre.

Sus pasos se volvieron pesados cuando decidió retomar el recorrido por el museo. Hasta que llegó a la tabla de clasificación del mundo, elaborada por los nazis.

-Raza aria, superior al resto de las razas y destinada a dominar el mundo (y los arios que no estuvieran de acuerdo deberían ser eliminados);

-Resto de las razas, consideradas inferiores y destinadas a ser dominadas (y aquellos de esas razas que se resistieran deberían ser eliminados);

-«Impuros» (gitanos, homosexuales, enfermos, discapacitados, dementes, etc.), destinados a ser exterminados;

-Judíos, considerados la antítesis de la raza aria y encarnación del mal, destinados a la exterminación masiva y sistemática.

Charity salió corriendo del concurrido pasillo y llegó a uno de los baños justo a tiempo. Las arcadas la hicieron temblar y no se calmó hasta mucho después, cuando todavía le flaqueaban las rodillas.

Entendió, con una claridad meridiana, que la maldad no tenía un nombre propio, ni una cara o un color específico. Podía esconderse detrás de un bigote, una varita mágica o un tanque de guerra, pero siempre, siempre, estaría entre los hombres.

-O-

Mientras saboreaba el café caliente, sus ojos recorrían velozmente la esquina inferior de una de las páginas de El Profeta, donde en un pequeño recuadro compuesto de tres oraciones se notificaba de la muerte misteriosa de una familia muggle. Buscó la misma noticia, pero en un periódico londinense no mágico y comprobó, efectivamente, que se le dedicaba más espacio al extraño crimen. La policía no encontraba sospechosos del caso, ni podía explicarse cómo diablos habían fallecido todos prácticamente al mismo tiempo, sin que los cadáveres hubieran sufrido algún tipo de agresión o atentado. En la morgue decían que habían fenecido de muerte natural, pero les parecía demasiada casualidad que cuatro personas murieran por lo mismo en exacto tiempo, y con un estado de salud perfectamente normal. Charity frunció los labios con disgusto y siguió leyendo. El padre de la mujer asesinada había sido internado por un colapso nervioso. Las manos comenzaron a temblarle. Los niños eran mellizos y tenían cuatro años. Podía sentir cómo se iban humedeciendo sus ojos. Y en El Profeta, tres líneas bastaban para anunciar que una familia había dejado este mundo. Las lágrimas cayeron, finalmente, sobre el papel de prensa. Miró alrededor esperando encontrar la mirada de Alan clavada en ella, pero estaba ocupado atendiendo a una docena de clientes en la barra. Por primera vez en su vida, le importaba verse vulnerable ante un hombre. Soltó una risa amarga y, cuidando que nadie se diera cuenta, hizo desaparecer a golpe de varita los últimos diez pergaminos que había escrito. Recordó las palabras de su madre y se decidió.

-¡Hija! Piensa en esto: ¿Vale la pena poner en riesgo tu vida? ¿No estás cruzando un límite? ¿Llegarás a algo con esto?

Esta vez, como antes, no sabía si lograría algo, por muy pequeño que fuese. Pero estaba igual de dispuesta a volver a cruzar la línea de fuego.

Desenrolló un nuevo pergamino y las palabras salieron solas, más certeras y duras que las anteriores.

-Sí, madre. Estoy dispuesta a arriesgarme por cosas que valen la pena.

-O-

-¡Esto es espectacular!

Alan sonrió, una vez más, ante el entusiasmo desmedido de Charity por la licuadora. Desde que había entrado a la cocina con ella, la mujer no había dejado de admirar cada electrodoméstico y utensilio gastronómico. Primero, había metido la cabeza en la enorme heladera por un buen rato, husmeando todo lo que allí había y recalcando especialmente uno de los inventos más ingeniosos de los hombres: el freezer. Se puede conservar cualquier cosa en él, hombre, le había dicho. Y después se la pasó abriendo cajones y alacenas, maravillándose por la cantidad de frutos secos que almacenaba el restaurante, y deleitándose con la atractiva vista que ofrecían los diversos pasteles. Su amigo se hubiera sorprendido de su actitud si no fuera porque ya estaba acostumbrado a la apreciación de Charity por las cosas simples y los pequeños detalles. De hecho, ese rasgo característico era una de las cosas que más le gustaban de ella.

-El hombre es muy inteligente, para crear todas estas cosas...Ya sabes, ahora nadie le da importancia a algo tan común como lo es el teléfono, por ejemplo, pero en su momento significó un cambio radical que revolucionó a los medios de comunicación tradicionales...Y todas estas cosas son...mágicas.

Alan le pasó un tazón lleno de helado de frutilla.

-Alan, ¿Crees en la magia?

El aludido la miró con sorpresa por la pregunta que le hacía, así de repente y sin venir a cuento. Estaba a punto de responder sin pensar, pero se detuvo a contemplar a la mujer que tenía enfrente, que saboreaba con ganas el helado y unas gotitas del mismo manchaban las comisuras de su boca. Pensó en la risa cristalina de Charity cada vez que él decía alguna estupidez, pensó en la cantidad de personas que había conocido en su vida (todos de distintas edades, todos con estilos de vida y creencias diferentes), pensó en las postales esporádicas que recibía de antiguos clientes y, entonces, cambió de opinión.

-Sí. Creo en la magia...de las personas.

-O-

Estaba caminando por el Callejón Diagon y sucedió de golpe. Un hombre alto, con capucha, la empujó con fuerza contra la pared de uno de los comercios. Era jueves, temprano en la mañana, y ese sitio ya no tenía el resplandor de sus mejores épocas. Las calles estaban prácticamente desiertas. Antes de que pudiera reaccionar, el agresor le habló en un susurro. Cuida lo que escribes, Burbage, le escupió. Y no pudo responderle porque la figura desapareció con un ¡plop! Ya se había ido y no sabía quién demonios era el sujeto, pero se quedó pegada a la pared de piedra, respirando entrecortadamente.

Media hora después, cuando ya estaba en su apartamento, el corazón le seguía latiendo con susto.

-O-

Alan no estaba preparado para verla así, aquel sombrío jueves de junio.

Charity Burbage apareció por las puertas metálicas a la misma hora de siempre, pero con la cara desencajada y mirándole con súplica.

Cuando llegó hasta ella, Charity se desplomó sobre él y lo abrazó con fuerza, sin poder evitar llorar. Alarmado, Alan dejó a cargo de sus empleados la atención del bar, y se llevó a la mujer lejos de allí, a un lugar dónde él siempre se dirigía cuando necesitaba relajarse.

Así que ahí estaban, ahora, los dos abrazados, sentados en un banco de piedra, en la plazoleta del barrio dónde vivían sus padres.

Tuvieron que pasar varios minutos para que ella, entre hipidos y sollozos, le contara que el director de su colegio había muerto. Fue asesinado, estoy segura, afirmaba en una mezcla de pena y bronca.

-Pero, ¿cómo lo sabes?

-Él era un gran defensor de...de muchas minorías. Estaba metido en muchas causas. Y se ganó enemigos por ello. Enemigos peligrosos.

-Es terrible, Char. Pero seguramente investigarán el caso en profundidad y encontrarán a los culpables.

Ella no le respondió, sólo se apretó más a él.

-Era un gran hombre, Dumbledore. Siempre me apoyó en mis proyectos. ¿Sabes qué me dijo cuando terminó mi primer entrevista laboral?

-¿Qué?

-"El mundo necesita más jóvenes como tú. Enseña, Charity, abre mentes. Ése será el comienzo para todo lo demás"

Alan deslizó su pulgar distraídamente por la mejilla de ella. Charity cerró los ojos por la caricia.

-Lo siento mucho, amiga. ¿Ya lo han velado?- ella asintió- Me gustaría haberte acompañado.

Se quedaron en silencio por unos minutos, cada uno inmerso en sus propios pensamientos.

-Oye, nunca me dijiste el nombre de tu colegio. Ni en donde está. Asumo que es en Londres, ¿verdad?

-No. Está en Escocia. En un...pueblo. Se llama Hog-Hogwarts.

-Buscaré en Internet reseñas de Dumbledore; me gustaría saber de él. Debe ser un tipo conocido por lo que tú dices, seguramente han escrito cosas de él.

Charity se sobresaltó un poco y comenzó hablar atropelladamente.

-¡No! No creo que encuentras mucho de él...Hogwarts es una escuela rural, no creo que figure en muchos sitios, ya sabes, esa clase de colegios no reciben mucha atención ni del gobierno ni de la gente en general. Sólo unos pocos saben que existe.

-O-

Something in the way she moves, attracts me like no other lover...

Charity cantaba alegremente mientras preparaba su cena, con las melodías de los Beatles inundando su apartamento, ubicado en la periferia de Londres. Unas papas se cortaban solas sobre la mesada de la cocina y revolvía la salsa mágicamente, sin moverse de su silla. Pero, en ese momento, descubrió que no había nada tan mágico como la música. La caja del vinilo que Alan le había prestado hacía un tiempo reposaba sobre el sillón de la sala, y ella recordó que la primera vez que había visto a esos cuatro tipos chiflados y melenudos, cruzando una calle a grandes zancadas, no pensó que encontraría en ellos un antídoto para sus días deprimentes. Definitivamente, Alan y su música le habían ayudado a salir adelante después de la muerte de Dumbledore.

Estaba perdida en sus cavilaciones cuando oyó un golpe atronador en la puerta de calle. Tomó su varita y se dirigió con rapidez hacia la puerta, pero cuando la abrió no había nadie. Escudriñó los alrededores asustada, esperando encontrar algo o alguien, pero no vislumbró nada. Hasta que miró al piso y vio un papel amarillento y la parte inferior de su puerta abollada y ennegrecida. Lo tomó con cuidado y leyó: ¿Te gustaría terminar igual que los sangre sucia? Procura no contaminar más tu pureza, porque no tendremos piedad con los traidores.

Charity Burbage quemó el pergamino sin necesidad de usar su varita, perdiendo el control y haciendo magia accidental como cuando tenía nueve años. Apagó el gramófono y se apareció en el centro de la ciudad.

Había tomado una decisión.

-O-

El jefe de redacción de El Profeta terminó de leer el artículo y la miró con cautela, ajustándose las gafas sobre el puente de su nariz.

-¿Está segura de esto, señorita Burbage? ¿Está dispuesta a publicarlo?

-Si quiere publicarlo, estaré muy satisfecha.

-No podemos evitar que aparezca su apellido, Charity. Dada la situación actual, no puedo comprometer a los demás miembros del periódico, ni permitir que ellos caigan en la misma bolsa por si hay...ya sabe, represalias.

-Lo entiendo perfectamente, señor. Quiero que se sepa quién escribió esto, no es mi intención que se acuse a cualquiera. Que sepan a qué blanco hay que darle, ¿verdad?- le contestó riendo sarcásticamente, mientras su jefe se acomodaba, un poco avergonzado, en su butaca.

-O-

Era el segundo jueves de julio y el local se encontraba extrañamente calmo, sin el ajetreo habitual, cuando Charity irrumpió en el Blue Submarine despeinada y un poco agitada.

-Tengo algo para ti- fue su saludo para Alan. Él tomó la caja que le tendía, con sorpresa. Tras romper el envoltorio de regalo, encontró un celular pequeño, no muy moderno.

-Yo tengo otro- le anunció, antes de que dijera nada- Así podremos comunicarnos.

-Charity, te lo agradezco, pero sabes que no me gustan los celulares. Ya me has escuchado despotricar contra estos aparatos millones de veces. Y te puedes comunicar conmigo siempre que quieras, para eso está éste teléfono –añadió dándole unas palmaditas a un teléfono fijo que estaba sobre el mostrador.

Ella negó con vehemencia.

-No seas tonto, Alan. Si estás en la calle, no tengo forma de hablar contigo.

-¿Y para qué querrías hablar conmigo cuando no esté en el bar? Si siempre vienes en horario de trabajo- añadió suspicazmente.

Charity resopló, alterada.

-Están pasando muchas cosas, Alan. Hay inseguridad por todas partes. ¿Qué haría si hay una emergencia o...?

Entonces, él comprendió.

-¿Estás metida en algo peligroso? ¿Una misión, o algo de eso, riesgoso?

-¡Oh, no me cambies de tema! ¿Por qué no aceptas el dichoso celular? ¿Eres un cavernícola o qué? ¡Estamos en el siglo veinte!

-No te hagas la muchachita moderna, que tú escribes en pergaminos, ¡pergaminos! ¿Eres del mil quinientos que no puedes usar un block de hojas como la gente normal?

Charity lo fulminó con la mirada y salió de allí como había entrado. Más histérica que nunca.

-O-

Se revolvía entre las mantas, inquieta. Giró la cabeza hacia el reloj y vio que eran las once de la noche. Hacía dos horas que intentaba dormirse, pero no podía lograrlo. Su primera discusión con Alan seguía resonando en su cabeza y no podía creer cómo se había enloquecido con él.

Lo cierto era que estaba nerviosa desde que esa nota de trazos desprolijos había aparecido en su puerta. Tenía miedo, pero Alan no lo sabía y tampoco podía decírselo. Quería que él tuviera un celular para comunicarse con ella sin riesgo de que los mortífagos le siguieran el rastro. Eran tan soberbios, todos ellos. Charity llevaba años leyendo y estudiando sobre las disputas relacionadas con la pureza de sangre, y sabía qué pensaban las mentes retorcidas de los mortífagos. Ellos desdeñaban a tal punto a los muggles, que no consideraban necesario conocer a sus enemigos, porque éstos nunca serían capaces de defenderse si se proponían atacarlos. Por lo tanto, no sabrían como funcionaría un simple celular, y así Charity podría mantener contacto con Alan sin exponerlo en un riesgo a él.

Suspiró, cansada. No se tranquilizaría hasta verlo y disculparse. Era viernes, pero el ciclo lectivo ya había terminado.

Cuando giró sobre sus talones, el destino que estaba pensando era Potsdam, y no Berlín. No podía darse el lujo de que la vieran caminando y la siguieran hasta el Blue Submarine.

-O-

Alan estaba peleándose con la caja registradora, que se había tildado otra vez, cuando un susurro femenino le llegó desde el otro lado del mostrador.

-Vengo en son de paz. Prometo no gritar ni hacer el ridículo delante de todos los clientes.

Levantó la cabeza y vio a Charity con las manos hacia arriba, en un gesto de derrota. El nudo de tensión que tenía desde que había discutido con ella, por fin, desapareció.

-Lamento haberte gritado así, Alan. Lo siento.

-Perdóname tú también. No te respondí muy bien...

-Olvídalo. Te invito un café, para calmar los ánimos. ¿Te parece bien?

Le guiñó un ojo, juguetona, y eso fue todo lo que Alan necesitó para ceder. Y para animarse a invitarla a subir a su departamento.

-Aquí hay mucho alboroto, ¿por qué no vamos arriba? Necesito desconectarme de este caos.

Charity asintió, un poco ruborizada, y subieron las escaleras que estaban detrás de la bodega.

El apartamento era pequeño, pero acogedor. No había mucho mobiliario, sólo lo justo y necesario para una persona que vivía sola. Alan se perdió en la cocina, preparando el café.

Unos segundos antes de que regresara, a Charity se le ocurrió una idea. Se asomó a la ventana y la abrió. Las hojas del árbol crecido, que había sido plantado por el abuelo de Alan al lado del restaurante, estaban al alcance de su mano para tomarlas y hacer lo que quisiera con ellas. Estiró el brazo, arrancó una y apuntó su varita. Trató de hacer rápidamente la transformación.

-Añadí un poco de leche al café, para romper con la costumbre...

Charity se volteó hacia él y lo miró sonriente.

-Gracias. Mira...traje algo para ti- y le tendió una pluma, una pluma que parecía ser de un ave. Era hermosa, de color marrón con manchas blancas que la salpicaban irregularmente. Era suave al tacto y la punta estaba afilada, como si se pudiera ¿escribir? con ella.

-No eres el único anticuado. Tienes razón, no puedo hacerme la chica moderna; a mi también me gustan estas cosas.

Alan se la quedó mirando, girando la pluma entre sus dedos.

-¿No estabas esperando que te trajera una birome súper actual, verdad?

Hablaba con una sonrisa traviesa y él se percató de que era la primera vez que venía en un horario distinto, sin cargar con su bolso de trabajo. Venía solamente para verlo a él.

Dejó la pluma sobre la mesita ratona y la acercó hacia sí, con las manos en su cintura. El instante previo a que sus labios se hundieran en la boca de Charity, Alan pensó en lo tonto que había sido todo este tiempo al creer que no podría volver a enamorarse, después de tantos años.

-O-

Se despertó con una sonrisa grabada en su cara. Había pasado uno de los mejores fines de semana de su vida. Mientras se cepillaba los dientes, recordó la ropa tirada en el piso, las sábanas arrugadas, unas manos masculinas sobre su cuerpo, el olor a piel, la prisa, la necesidad y la rapidez con que se movían, como si fueran dos jóvenes y no un par de viejos los que hacían el amor. Suspiró soñadoramente y la imagen que le devolvía el espejo parecía rejuvenecida.

Dos horas después, estaba preparando el almuerzo cuando lo oyó. Las ventanas de la sala del living estallaron con estruendo y pudo sentir el ruido de pedacitos de vidrio rodando por el suelo. Numerosas pisadas se comenzaron a oír. Charity tomó su varita y giró sobre sí misma, sin poder desaparecer. Olvidó que había instalado un hechizo sobre el perímetro de su apartamento, que impendía aparecerse. Era para evitar visitas indeseadas, pero ahora ella no podía escapar. Subió las escaleras de su habitación, que la llevaban al altillo. Se encerró con un fermaportus y trató de pensar, sabiendo que le quedaban pocos segundos. No podía desaparecerse, porque el hechizo anti-aparición tardaba unos minutos en desactivarse. No podría defenderse de los invasores; por el sonido de sus pasos, dedujo que eran varios.

No tenía escapatoria.

-¿Por qué no dejas de jugar a las escondidas y das la cara, Burbage?

Las risas maliciosas de los hombres se escuchaban cerca de la escalera. No tardarían en encontrarla.

Y ahí fue cuando una por una, lentamente, las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos, resbalaron por sus mejillas y murieron en sus labios apretados fuertemente, porque tenía ganas de gritar de la impotencia, pero no iba hacerlo.

Empezaron a forcejear contra la puerta y ella pensó que sus últimos meses no habían estado del todo mal, después de todo. Se había enamorado, cuando creía firmemente que el tren había pasado para ella y estaba parada en la estación de la vida, sola. Pero un hombre había aparecido y le había dado lo que tardó en conseguir cuarenta y cinco años.

Lástima que la felicidad fuera tan efímera.

Cuando la puerta explotó y cuatro figuras encapuchadas con máscaras inexpresivas irrumpieron en el cuarto, Charity Burbage todavía recordaba las manos de Alan entrelazadas con las suyas.

-O-

Charity no atravesó las puertas del Blue Submarine la noche del lunes, como lo había prometido. La cena especialmente preparada se enfriaba en la mesa y Alan tuvo que pedirle a uno de los meseros que le explicara el funcionamiento básico de su celular, pero Charity no atendía sus llamadas.

No apareció el martes ni el miércoles, tampoco. Para cuando llegó la tarde del jueves, Alan se acercó a la entrada de su restaurante, esperándola. Estuvo allí por horas, pero la figura de Charity no asomó por el horizonte.

¿Qué había hecho mal? Ella no parecía enojada la última vez que se vieron. Se habían despedido con una serie de besos lánguidos y lentos, prometiéndose muchos más para el día siguiente.

Después de descartar la idea de que ella no querría saber más nada de él, a Alan se le ocurrió la terrible posibilidad de que en realidad le hubiera pasado algo. Un escalofrío lo recorrió, entonces, tratando de evitar que su imaginación fuera demasiado lejos hacia posibilidades alarmantes. Se despeinó, nervioso como hacía mucho no lo estaba, pensando en qué hacer al respecto.

Afortunadamente, a pesar del pánico, algo hizo clic en su cabeza.

-O-

Encendió la pantalla de su computadora y pulsó las teclas del aparato con impaciencia. Se le secó la boca al ver que Mike le había respondido.

¡Alan! Es una alegría saber que por fin te dejas de resistir a la tecnología...Pero lamento que sea por éste motivo. Estuve buscando, amigo, pero no encontré absolutamente nada. Tengo un conocido que trabaja en el Ministerio de Educación de Escocia y estuvo haciendo indagaciones. Tiene acceso a la base de datos de todos los colegios del país, pero no figura ninguna institución con el nombre de "Hogwarts", ni algo que se le parezca remotamente. Por mi parte, he estado investigando en el registro civil de identidad y...no encontré a ninguna persona identificada como Charity Burbage. ¿No te mencionó algún otro nombre? ¿Le has visto algún documento o cédula? No es que quiera hacerte desconfiar, pero necesitamos saber estas cosas porque cabe la posibilidad de que Charity haya estado implicada en algún asunto... emm...complicado; por lo que a lo mejor recurrió a otra identidad que no es su verdadera, pero aún...

El correo electrónico se extendía varias líneas más, pero Alan no podía seguir leyendo. La visión se le volvió borrosa y el teclado de la computadora quedó estrellado contra la pared.

Alan temblaba sin poder evitarlo, rodeado de cables y teclas esparcidas por el suelo.

-O-

Había retrasado el momento, creándose excusas para no tener que acercarse allí. A ese mundo y a esas personas por las que ella había perdido su propia vida. Pero la guerra había terminado y ahora que sabía lo que había sucedido con ella, gracias al testimonio de mortífagos 'arrepentidos', la cicatriz abierta en su corazón se estaba, de alguna forma, curando.

A Charity le hubiera gustado que el único hombre que amó en su vida supiera la verdad. O al menos, una parte de ella. La parte importante, dolorosa y certera. Por eso estaba allí, arrastrando sus pies por las calles adoquinadas de esa ciudad germana, con ayuda de su bastón.

Podría haber tomado el autobús noctámbulo, pero ya estaba vieja para soportar una travesía en ese colectivo que viajaba a velocidad de vértigo. O tal vez lo hizo por el deseo de recorrer el camino que hacía su hija, todos los jueves, cuando el sol aún se veía en el cielo y ella miraba a las personas, apreciando sus diferencias pero sabiendo, más que nadie, que eran todas iguales. Igualmente valiosas, igualmente importantes, hubiera dicho ella.

Suspiró con nostalgia cuando vio el cartel a lo lejos. Allí estaba el Blue Submarine y ella iba a llegar hasta él.

-O-

El trece de noviembre de 1999, apareció por las puertas del Blue Submarine una mujer que Alan no había visto en su vida, pero que le recordaba a alguien. Estaba escribiendo en su libro contable, cuando la anciana ingresó al local y se le quedó mirando fijamente, hasta que él levantó la mirada hacia ella. La mujer era menuda y tenía el cabello lacio y cano, que le llegaba hasta la cintura. Estaba vestida de una forma completamente extraña: vestía una pollera roja de lana, unas medias rayadas, lo que parecían ser unas pantuflas y una campera de cuero. Si se esforzaba por lucir la peor combinación posible, lo había logrado. Alan trataba de encontrar en su mente el recuerdo de la imagen de esa ancianita, pero no sabía quién era y tampoco por qué le resultaba, al mismo tiempo, una vieja conocida.

La señora se acercó hacia la barra y lo saludó.

-Es un gusto conocerte, Alan Blair.

-O-

Le impresionó ver el estado en el que se encontraba ese hombre. Verdaderamente, ella no se esperaba que él siguiera sufriendo así, después de tanto tiempo, por ella. Porque era obvio que esa persona no estaba bien. Ese señor de ojos alicaídos, ropa remendada y de una barba de varios días mal afeitada, no se parecía al hombre vivaz y alegre del que Charity tanto le había hablado. Parecía la sombra vaga de alguien que en otro tiempo había sido feliz.

Le costó empezar hablar. No sabía cómo explicarle lo que había sucedido, qué detalles omitir, si debía contarle toda la verdad...No conocía a ese hombre lo suficiente como para predecir su reacción en el caso de que le informara sobre la verdadera identidad de Charity. No sabía si contarle, con lujo de detalles, todo lo que había pasado su hija, le ayudaría a elaborar su duelo o lo hundiría aún más, en ese pozo de depresión en el que parecía estar sumergido.

Pensó en su hija y en lo que ella le hubiera dicho a ese hombre si tuviera la oportunidad de hacerlo. Y entonces supo que cuando las personas perdían a un ser querido, lo importante era su vínculo y no lo demás. Que en toda guerra, en toda lucha, en toda pérdida, los resultados eran los mismos, sin importar las circunstancias particulares. Porque, después de todo, sólo quedaba dolor y un vacío que nadie ni nada podría volver a llenar.

Alan escuchó sorprendido, al principio, dudando por momentos, hasta que las piezas desordenadas comenzaron a unirse y fue descubriendo el destino de la mujer que había amado. La señora Burbage le contó que su hija siempre había sido así, una especie de justiciera que quería cambiar el mundo, empezando por los desfavorecidos. Podía recordar como si fuera ayer a esa jovencita embravecida ante todo acto que consideraba injusto; podía recordar con precisión la mirada triste que cubría sus ojos cuando veía sufrir a gente inocente, que no podía hacer nada por defenderse. Esa pasión le había traído enormes gratificaciones a su vida, pero también había sufrido por ella. Había sufrido al ver que sus esfuerzos no eran suficientes, a veces, para lograr lo que ella consideraba justo. Le dijo que siempre había estado dispuesta a poner en riesgo su vida por las cosas que merecían la pena. Y así fue.

-Ella...ella murió por defender lo que creía. Y aunque me duela en el alma, no puedo imaginarme otro modo de que muriera feliz.

-O-

Alan Blair lo sabía; lo supo durante todos esos meses de búsqueda sin sentido y de la incertidumbre latiendo en su piel; pero siempre quedaba un resquicio de esperanza en la duda, en el no saber certero. Ahora, después de que esa mujer le arrojara esas palabras, los gramos de esperanza habían desaparecido, estallaron de un soplo, y la realidad lo golpeó con fuerza.

Nunca sabrá durante cuánto tiempo permaneció llorando sobre el mostrador, tapándose la cara con los brazos, acompañado por el silencio comprensivo de la mujer y sintiendo sus manos acariciarle la espalda. La señora Burbage no había dicho nada más y él, de algún modo, sabía que no lo haría. Charity tampoco le había hablado en profundidad, alguna vez, sobre sus proyectos y las causas en las que estaba metida. Estoy haciendo lo que debo hacer, le decía ella, y a él no le interesaba saber ahora los detalles escabrosos de su muerte, ni los motivos específicos de la misma. Porque todas esas cosas no le devolverían a su Charity.

-Hijo, ¿crees en la magia?

Esa pregunta lo sacudió como un déjà vu y pudo mirarla, por fin, a los ojos.

Un año atrás hubiera dicho que sí, pero ahora no sabía qué responder. La anciana respondió a su silencio.

-A veces, buscamos respuestas a preguntas que nos marcan durante toda la vida, y no las encontramos. Tal vez...tal vez deberíamos dejar de esperar hallarlas frente a nuestros ojos e ir un poco más allá. Tal vez, las cosas suceden porque así deben ser; tal vez, hay cosas que no tienen explicación ni necesitan tenerla. Tal vez...tendríamos que mirar la vida con otros ojos.

La señora Burbage se puso de pie y apretó suavemente su mano.

-Cuando menos te lo esperes, y del modo más impredecible, lo comprenderás. En algún punto, todos, todos lo hacemos.

La anciana salió del lugar arrastrando los pies y lo dejó pensativo.

Esa noche, cuando se recostó en su cama, recordó y puede que tal vez –sólo tal vez- hubiera comenzado a entender.

-O-

-¿Sabes? Estaba seguro que no iba a volver a pasar por esto. Digo, esto que siento aquí. Voy a parecer el hombre más cursi del universo, pero tengo que decirlo: ¡por las barbas de Lennon, estoy enamorado!

Charity estalló en carcajadas genuinas y lo tomó de la mano.

-Nunca dejes de creer en la magia de estas cosas, Alan. Es lo único que perdura siempre, hasta más allá de la vida y la muerte.


N/A: ¡Hola gente! Perdón por la tardanza en publicar, me demoré muchos días, cierto, cierto. Pero no tuve mucho tiempo y además, cuando eso sucede, la inspiración se acorta un poco, je. Me hubiera gustado venir con un puñado de viñetas sobre los personajes más queridos, cumpliendo algunas de sus peticiones, pero sinceramente no me salía nada más que éste capítulo. Les cuento que hace tiempo que lo vengo escribiendo, lo dejé, lo retomé un montón de veces, y por culpa de él no podía concentrarme en otras viñetas. Tengo en mente ideas para otros personajes, pero no terminaban de cuajar porque imaginarme la vida de Charity Burbage me estaba carcomiendo el cerebro! No me iba a dejar tranquila hasta que pudiera plasmarla en palabras...Espero que no los haya aburrido (seguramente, es la viñeta más larga que escribí; así que si llegaron hasta el final ¡felicitaciones! ya pueden leer cualquier cosa xD) y que les haya interesado un poquito la vida de la pobre Charity y el muggle de Alan. Por si no lo recuerdan, les comento que Charity Burbage aparece en las Reliquias de la Muerte y es asesinada a manos de Voldemort, quién dice que ella estuvo escribiendo a favor de los muggles y apoyando la mezcla entre las sangres, para lograr la desaparición de la sangre pura. Sabemos muy poco de ella, pero desde el momento en que leí esos pasajes Charity me pareció uno de los personajes más valientes de los libros. Al principio, tenía pensado escribir un drabble nomás, que hablara sobre la relación de Charity con un muggle y cómo después ella desaparecía sin él saber por qué. Pero después, otras ideas fueron apareciendo en mi cabeza, y empecé a convencerme que un drabble así no tendría sentido; que si quería que la historia gustara aunque sea un poquito, había que conocer más a los personajes para llegar a comprenderlos y quererlos. Por eso terminé escribiendo sobre la discriminación (sea del tipo que sea), la tolerancia, el daño que puede llegar hacer el hombre, la delgada línea entre el mundo mágico y el muggle, la defensa de lo que uno cree, la magia de las simples cosas, la complejidad de algunos sentimientos y otras cosas más.

Tomé los datos sobre el Holocausto de fuentes fiables y según eldiccionario. org, Charity era activista en las causas referidas a los hijos de muggles y demás, así que eso no me lo inventé. La información de la clasificación hecha por los nazis es real, por supuesto, pero no estoy segura si la tabla aparece en el museo del Holocausto de Berlín, pero sí se que está en el museo de Washington, porque JK Rowling fue allí y comparó esos hechos con HP; fue ella, precisamente, la que me dio la idea para ese fragmento de la viñeta. Por otra parte, separé los distintos instantes de la viñeta con "líneas" para no confundir los momentos que se sucedían y para alternar el punto de vista de los protagonistas. La canción de los Beatles es "Something" y todas las referencias beatlemaníacas se las debo a Cata (incluso, también, ella me dio inconcientemente la idea de comparar la guerra mágica con el nazismo, cuando la otra vez hablamos de ello). Por cierto, que el submarino sea azul y no amarillo es porque el primero es mi color preferido, y no porque esté confundida con el nombre de la canción; aclaro por si las moscas xD

Hechas las aclaraciones, les prometo que las próximas viñetas serán sobre los personajes pedidos! Tengo algunas ideas revoloteando por mi cabeza (entre ellas, un Harry/Ginny que me pediste tú, Sara-Lily-Potter =D ) y, además, seguramente los capítulos mejorarán en cuanto a redacción porque volvió a la carga mi gran Beta-Reader Catalina Rhr.

Gracias, gracias, graaaacias por sus comentarios , chicos. Esta viñeta va para todos ustedes y ojalá les guste. Les mando un beso enoorme!

Ahora, me gustaría saber su opinión =)