Los personajes de OUAT no me pertenecen
(Adaptación)
Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso
Disculpen los errores
DISFRUTEN DEL CAPITULO
Capitulo Veintiuno
Al día siguiente, cuando Emma llegó al trabajo, se dio cuenta enseguida de que pasaba algo raro. No había ningún jefe en el departamento y algunos empleados estaban recogiendo sus pertenencias con gestos incrédulos.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Emma a Meyra.
—Están echando a la gente — respondió una temerosa Meyra—. Hasta el momento han despedido a cuatro personas. Paul está ahí con los otros directores de finanzas y el jefe de administración.
Emma sintió escalofríos en la columna. ¿Sería por eso por lo que Paul no la había mirado a los ojos?
Empezaba a comprenderlo, ¿o sería otra cosa? No servía de nada especular; sin embargo, ordenó su mesa, buscando los objetos personales y metiéndolos en una bolsa. En el pasado había visto a mucha gente tan afectada por la noticia que olvidaban llevarse cosas de valor.
Cuando estaba recogiendo una colección de avioncitos de metal (recuerdo de sus días de internado, cuando viajaba en avión de Londres a Oriente Medio), llamaron por teléfono a Meyra.
—Me han pedido que vaya a la sala de reuniones principal —anunció Meyra con voz temblorosa. Emma se levantó y la abrazó.
—Adelante, Meyra. No les des la satisfacción de verte llorar.
Meyra asintió, limpiando las lágrimas acumuladas en sus ojos mientras se dirigía a la puerta. La mayoría de los miembros del departamento de finanzas tenían las cabezas gachas, pero aun así la vieron salir. Emma sabía que a continuación le tocaba a ella y, como lo sabía, no soportaba esperar la llamada de teléfono. En realidad, el despido (o como se decía eufemísticamente, la reestructuración) ya no era un estigma, aunque eso poco importaba a quien se veía en una posición tan desafortunada.
A Emma le daba la impresión de que había fallado, de que había cometido errores, aunque en el fondo sabía que no era así. «No pienses eso —se dijo—. Presta atención a lo que te digan; es fácil pasar por alto cosas importantes cuando una está disgustada.»
A los pocos minutos sonó el teléfono.
Emma vio a sus colegas mirando, intentando localizar hacia dónde se dirigían las malas noticias. Tomó aliento y cogió el auricular.
—Emma, ¿podrías venir a la sala de reuniones de los directores? —preguntó Paul con voz neutra.
—Por supuesto —respondió Emma, en tono igualmente neutro. «Que esperen», pensó, mientras se arreglaba.
Tras unos minutos, se levantó y fue hacia la puerta. Como solía ocurrir en aquellas situaciones tan impersonales, el proceso resultó doloroso. Entendía el papel que Paul debía adoptar, pero le molestó que un hombre al que respetaba tanto se mostrase tan formal y casi frío.
A pesar de lo mucho que le apetecía llorar, se contuvo clavándose las uñas en la mano. En contra de su estado de ánimo, reconoció para sí que le habían ofrecido una compensación muy generosa. Sin embargo, no pensaba decírselo y permaneció con gesto inexpresivo todo el tiempo.
Por último, le pidieron que recogiese sus cosas, se despidiese y saliese del edificio lo antes posible. No le impusieron la vergüenza de un acompañante, pero cuando volvió a su mesa se sentía ofendida. Durante cinco años había pasado gran parte de su tiempo en aquel departamento, trabajando concienzudamente para la empresa, y en aquel momento, debido a la fusión con una entidad mayor, ya no la necesitaban. Naturalmente, estaba enfadada y quería marcharse enseguida.
Sin embargo, contaba con un buen número de amigos que, cuando se enteraron de la noticia, acudieron a solidarizarse con ella y a desearle lo mejor. Ésa fue la parte más difícil de sobrellevar y más de una vez hubo de tragarse las lágrimas. Antes de irse, llamó a Regina.
—Hola, Emma, cariño. ¿Te encuentras bien? Pareces muy triste.
La voz de Regina fue un consuelo, y Emma deseó estar con ella en aquellos momentos.
—Llamaba para ver si estabas en casa —dijo con voz apenada—. Me acaban de despedir y necesito tu amor y tus cuidados.
—Ven a casa ahora mismo y tendrás todo lo que necesitas y más. ¿Cómo se atreven a echar a mi amor? Peor para ellos. Ven corriendo; te recogeré en la estación.
Mientras el tren casi desierto emprendía el terapéutico trayecto que salía de Londres y penetraba en el campo, Emma pensaba en lo catastrófico que habría sido que la hubieran despedido unas semanas antes.
Regina y ella nunca se habrían conocido, y ella no habría recibido el consuelo y el apoyo de Regina. Sin duda, su familia no le habría fallado, pero se habría sentido muy sola y el mal se habría agravado. Su fe en Regina tenía fundamento: aunque mantuvo la compostura cuando se reunió con Regina en la estación, al verse en casa y entre los brazos de su amante, toda su ira y frustración se desataron y los sollozos sacudieron su cuerpo. Regina la sostuvo, consolándola y susurrándole cosas al oído, pero dejó que diese rienda suelta a lo que sentía. Cuando Emma se calmó, tenía los ojos hinchados en torno a sus verdes iris, así que Regina la llevó al cuarto de baño y le lavó la cara con delicadeza.
—Sugiero —dijo mientras secaba la cara de Emma con una toalla— que vayamos a tu piso para cerciorarnos de que todo esté en orden y recojamos lo que necesites para esta semana. Luego, puedes quedarte aquí conmigo. Esta semana voy a trabajar mucho en casa, y nos haremos compañía.
—Tengo que pensar en conseguir otro trabajo —repuso Emma sin ganas.
—No. Lo peor que puedes hacer en este momento es buscar trabajo. Estás demasiado afectada y acabarías aceptando un trabajo inferior sólo por conseguir un empleo. ¿Por qué no esperas hasta que regresemos de vacaciones? Estarás recuperada y en mejor disposición de ánimo.
Una sonrisa iluminó el rostro recién lavado y sonrosado de Emma.
—Sabía que dirías las cosas adecuadas. ¿Quién dijo «los argumentos de una boca hermosa son incontestables»?
—Bueno, tú me ayudaste el viernes, cuando volvió el acosador. Sé que juntas podremos superarlo todo — respondió apretando la mano de Emma —. Comamos algo, y luego vamos a tu casa.
