"...And so dear friends
you'll just have to carry on,
the dream is over."
John Lennon
"God"
Genaro Angeliori respiraba tranquilo, pese a tener toda una flota compuesta de los mejores acorazados y destructores de las Naciones Unidas casi tocando a las puertas de la base militar a su cargo. ¿Porqué no hacerlo? Estaba vivo y se sentía muy bien, seguro del suelo en el que pisaba. Lejos ya de aquellos delirantes sueños pertenecientes al ayer, los cuales tan sólo lo protegían de la cruda realidad al evadirla, ahora se encontraba mucho más espabilado, con la mente bien despierta y atenta. Tanto como para darse cuenta de que el presente en el que ahora vivía pintaba mucho mejor. No más temor, no más sufrimiento. Ya no más vivir de rodillas, tan sólo esperando por el ataque final que le quitaría su vida. Ya no más vivir asustado bajo el yugo opresor del poderoso. Ahora el temor era cosa del pasado, enterrado junto con el idealismo infantil y el romanticismo juvenil de la vida en una guerrilla. Ahora él era el poderoso.
Recordaba los días oscuros, cuando la rebelión estaba al mando del ahora occiso Comandante Chuy. ¡El diablo lo tenga a él y a sus estúpidos sueños de tierra y libertad! En ese tiempo infame un solo destructor en las cercanías de la base hubiera significado una catástrofe mayúscula, ya ni hablar de los catorce que ahora tenía pisándole los talones. Pero eso hubiera sido antes. Antes de ÉL.
Reconocía que no sabía la gran cosa acerca de él, que parecía haber salido de la nada de un de repente y que era endemoniadamente aterrador. Pero ¿qué diablos? ¡El tipo sencillamente era grande! El tipo de persona a la que los demás deben seguir sin chistar si saben lo que les conviene. Desde su llegada, tan sólo unos cuantos meses atrás, la victoria, la conquista y la gloria se habían hecho parte habitual de su vida. A lo largo de esos meses había presenciado la caída de ejércitos enteros, la destrucción de ciudades majestuosas y la derrota de sus enemigos más temibles. Él, quien había estado perdido y desarrapado en medio de alguna selva africana, esperando el golpe de gracia en cualquier momento, ahora tenía un asiento en primera fila para asistir al derrumbe del imperio más grande que la historia humana haya conocido. Y todo gracias al profeta que le tendió la mano y lo llevó del sucio barro de la postración hasta el pedestal del triunfo.
Aún así, una parte suya seguía atemorizada de él, sin confiar del todo en su persona. ¿Cómo hacerlo? Eran muchas las ocasiones en que, como aquella, el doctor simplemente aparecía a sus espaldas, susurrando, casi divagando, frases inconexas para entonces usar su voz aguardentosa y girar órdenes a diestra y siniestra.
—Así que de esta manera da comienzo, ¿no? El principio del fin— pronunció el Doctor Hesse con la mirada clavada en el radar que tenía detectada a la flota enemiga —Muy bien, me parece que es hora de darles una pequeña muestra del horror del infierno a esos pobres desgraciados, amigo mío…
—Aún no están al alcance de nuestras armas, Doctor— respondió Genaro algo aturdido por la repentina llegada de su líder al puente de mando. No lo había escuchado ponerse a sus espaldas hasta el momento en que habló —Comenzaremos el ataque en cuanto entren a nuestro radio de alcance, en unos veinte minutos.
—No le estaba hablando a usted, Mariscal Angeliori—le dijo Hesse entonces, sonriendo maliciosamente.
¿Qué quería decir con eso? Un fuerte terremoto, el cual sacudió la isla entera fue la respuesta que obtuvo, seguido de una explosión que lanzó una gran cantidad de escombro al aire. Al mirar por las rendijas de la estación apenas si daba crédito a lo que veía pasar allá afuera. No importaba cuántas veces los viera, nunca podría acostumbrarse a ellos ni a su titánica presencia, la cual lo hacía sentirse como una pulga insignificante. El temor volvió a apoderarse de su corazón el escuchar ese belicoso, desgarrador rugido, detalle del cual tomó nota el Doctor, perspicaz como era su costumbre:
—En este conflicto hay más potencias involucradas de las que puede imaginarse, Mariscal.
Genaro no respondió, ni siquiera cuando Hesse palmeó su hombro amistosamente. Estaba convenciéndose a sí mismo de que aquello era lo correcto, que sólo de esa manera él y toda la humanidad tendrían una esperanza. Quería pensar, con cada fibra de su ser, que estaba del lado de los buenos.
Una intensa luz resplandeció por unos momentos en la costa cercana, para luego concentrarse en un haz que salió disparado hacia el horizonte, paralelo a la superficie del mar, en dirección a la flota de las Naciones Unidas. Así era como daba comienzo la batalla. Y el terror de una guerra cuyas proporciones no podían equipararse a la de ninguna otra.
La palabra caos no bastaría para describir en su totalidad la penosa situación en que la flota se encontraba minutos después, luego de haber recibido varios ataques enemigos en un lapso de tiempo tan corto que ni siquiera le daba la oportunidad de reaccionar.
Los hombres corrían por todos lados, indecisos entre ir a sus puestos de combate o escapar para salvar el pellejo. Por otra parte, las sirenas que aullaban enloquecidas no estaban ayudando mucho para apaciguar el pánico y la confusión en las tropas. Tres acorazados y un igual número de destructores ya habían sido hundidos, pero de todos modos aún no era visible cualquier intento por responder a la agresión.
—¡¿En dónde está ese mocoso imbécil?!— vociferaba el Almirante Leonard a bordo del puente del Centurión, la nave insignia de la flota. Dada su calvicie era posible distinguir a simple vista lo hinchada que estaba la vena sobre su sien, cuando se quitaba su gorra de marino para secarse el sudor que empapaba su frente —¡Quiero que esa chatarra ambulante esté lista para el combate en menos de tres minutos! ¿Entendido?
El puente de mando no era muy diferente a como se encontraban las demás estaciones: presas de un desorden total. Por lo que sus apurados oficiales no hicieron mucho caso a la advertencia. Leonard se percataba cabalmente de la desastrosa situación en la que toda su flota se encontraba, corriendo el riesgo de ser completamente destruida. Lo único que podría impedirlo era el as bajo la manga que llevaban consigo, eso si acaso algún día podrían encontrar a ese bastardo arrogante de Rivera. Lo más probable es que el chiquillo idiota estuviera oculto bajo la cama, mojándose en sus pantalones.
—Cálmese, Almirante— se escuchó entonces la voz del joven piloto por el canal de comunicación —Ya estoy listo...
En aquél momento las compuertas del área de carga que se abrían dieron validez a sus palabras, dando paso a la última esperanza de la flota entera, el Eva Z, el cual pudo ponerse de pie libre de cualquier obstáculo que tuviera encima, en medio de toda aquella destrucción y los gritos de terror que se escuchaban por todas partes. Imponente, como siempre, iluminado por las luces de los incendios, la sola contemplación de aquél gigante de acero alzándose sereno y firme sobre el horror de la devastación transmitía cierta seguridad a todo aquél que lo viera, inclusive a los anonadados oficiales del puente, quienes sólo miraban absortos mientras la plataforma elevaba al coloso hasta la cubierta. Inclusive los gritos de angustia habían cesado. Únicamente se escuchaba el sonido de la poderosa plataforma elevando al titán.
—Retire a la flota, Almirante— pronunció el joven Rivera con firmeza —Yo me encargo de esto...
Una vez que terminó de pronunciar aquellas palabras el Evangelion verde se dirigió entonces a la "Isla del Infierno", dando un gran salto que lo elevó por los aires y que pronto lo hizo dejar atrás a la indefensa flota.
Luego de unos cuantos saltos impulsados por Campo A.T. Zeta ya estaba pisando las costas de la isla. Pese a que su intención había sido atraer el fuego enemigo, durante su trayecto (el cual no había durado siquiera dos minutos) no recibió un solo disparo. Por el contrario, parecía que el atacante deliberadamente lo ignoró para seguir embistiendo a la flota, reventando dos embarcaciones más.
El gigante de acero cayó pesadamente en tierra firme, incorporándose de inmediato para poder inspeccionar el terreno sobre el que se encontraba. Los sensores visuales del robot se posaron en los alrededores, sin encontrar un rastro del arma con el que atacaban a la flota. La isla era relativamente pequeña, con apenas kilómetro y medio en toda su extensión, pero estaba poblada por densas formaciones rocosas que se alzaban como agujas unas sobre otras, formando una gran cantidad de nichos y recovecos en donde podría ser ocultado toda clase de armamento. Por suerte los disparos habían cesado a su llegada, pero aún así le tomaría algo de tiempo sacar a las tropas enemigas de sus escondrijos. No había algo que insinuara la existencia de instalación militar alguna, ni siquiera de cualquier clase de indicio de vida humana.
Mientras usaba todo el equipo del que disponía para la búsqueda, Kai Katsuragi ahora entendía la razón del nombre que se le daba a la isla, al observar el paisaje tan detenidamente como lo estaba haciendo en esos momentos. La vista era desoladora, muy semejante a una escena dantesca. Aquellos parajes eran lúgubres, áridos y hostiles a los sentidos. Las agujas de roca se alzaban hoscas por doquier como si se trataran de un extraño bosque mineral, pero si acaso recordaba a un bosque, sería a uno que estuviera embrujado. La siempre fértil imaginación del joven piloto pronto le hizo ver rostros adoloridos sobre aquellos muros de granito, caras esculpidas en la roca, las cuales parecían estar aullando, víctimas de un dolor indescriptible. Aquello le hacía sentirse incómodo, dándole la sensación de que estaba siendo observado, pero precisamente ese detalle le hizo percatarse de la existencia de numerosas cavernas penetrando en los muros de roca. Probablemente muchas de ellas podrían estar conectadas, cómo lo era propio de aquella clase de formaciones. Seguramente allí es donde el enemigo se estaba ocultando.
—¡Todas las unidades de artillería, listas para repeler al invasor!— ordenó el Mariscal Angeliori. Todos los monitores en el puesto de comando mostraban al Eva Z pasearse a sus anchas por la base. Todavía no encontraba su ubicación exacta, pero eso no duraría mucho tiempo, así que lo mejor era dar el primer golpe mientras tuvieran el elemento sorpresa de su parte —¡Abran fuego a la máxima potencia!
—No habrá necesidad de eso, Mariscal— intervino el Doctor Hesse, alzando su brazo derecho para impedirle el paso; luego aprovechó la confusión de Angeliori para arrebatarle el micrófono en su mano y dirigirse a las tropas: —Todas las unidades, mantengan su posición. Continúen alertas— después de haber dicho esto, como si quisiera responder a una pregunta que aún no le era formulada, dijo a su subordinado: —No podrá hacerle daño al Eva Z con armas convencionales. Lo mejor será que nuestro asociado se encargue de él...
—¡Rivera! ¿Estás ahí?— la voz grave y profunda del Almirante Leonard reverberó por el comunicador de Kai tan súbitamente que por un momento llegó a sobresaltarlo —Ya estás sobre terreno enemigo, ¿cierto? ¡Exijo un reporte completo de la situación! ¿Con qué rayos nos han estado pegando esos bastardos infelices?
—Aún no puedo determinarlo. Esto es una tumba, Almirante— externó el muchacho confianzudamente, haciendo a un lado cualquier clase de protocolo —Sigo inspeccionando los alrededores y aún no hay rastros de actividad humana... pero lo mejor será no confiarse: ustedes ocúpense en salir del alcance del enemigo y déjenme manejar la situación.
Sin dar oportunidad a réplica alguna, cortó de una vez el enlace de comunicación. No podía permitirse distracciones en un momento así. Tanta calma le parecía bastante perturbadora al joven piloto de la Unidad Z. Tal y cómo se lo había descrito a Leonard, los alrededores estaban tan tranquilos como un enorme cementerio. No es que estuviera nervioso o algo por el estilo, simplemente había esperado que a su llegada fuera recibido en medio de fuertes explosiones mientras que toda clase de arsenal le era disparado. Pero lo cierto es que incursionar en el bastión enemigo estaba resultando un autentico día de campo. ¿Decepcionado? Tal vez un poco. ¿Así que el invencible Ejército de la Banda Roja había escapado en cuanto llegó, como un montón de colegialas asustadas?
Le hubiera gustado creerlo. Después de todo, hubiera sido la mejor forma de resolver la batalla, sobre todo porque así lograría evitar hacer aquello que le habían ordenado: una completa carnicería. Pero si es que acaso en verdad los enemigos habían escapado, entonces nadie más tendría que morir. No tendría que matar a nadie. A nadie. Pero Kai ya estaba muy viejo para creer en cuentos de hadas, y presentía que la paz y tranquilidad que le rodeaban no durarían por mucho tiempo.
Casi enseguida los instrumentos detectaron una concentración de cierta clase de energía no identificada en dirección a las tres en punto. Ahí estaba la respuesta que obtenía por hacerse falsas esperanzas.
—Maldición, pero qué estúpidos— masculló el muchacho al ver venir el ataque y prepararse para recibirlo —Mira que creer que iban a poder sorprenderme así... si tuvieran un poquito de cerebro mejor se habrían retirado...
Un rayo de luz incandescente, el cual pronto reconoció como el que había diezmado a la flota, salió escupido de algún punto de una serie de picos montañosos, los más altos de la isla. El joven piloto no pudo determinar bien el origen o naturaleza de aquella ráfaga, pero en cambio tuvo el tiempo necesario para levantar su Campo A.T., alzando su mano derecha para tal efecto. Acababan de pintarlo hace poco y no quería que la pintura de su Eva se rayara por cualquier cosa.
No obstante la pintura sí que se rayó, y bastante, al momento en que Zeta fuera golpeado de lleno por el rayo y empujado violentamente contra el peñasco que estaba a sus espaldas, el cual ahora era tan sólo un montón de partículas de polvo flotando en la humareda que se alzaba contra el cielo de la otrora tranquila noche estrellada.
Desconcertado, el muchacho se puso en pie con dificultad. Había sido lanzado con la suficiente fuerza para hacer polvo una montaña y su cabeza le estaba dando vueltas. ¿Con qué diablos le habían pegado? ¿Y porqué fue que no lo protegió su Campo A.T.? Tal vez se había distraído un poco, o tal vez era que había subestimado a estos imbéciles, pero lo que era seguro es que ya lo habían hecho enojar.
Entonces un rugido a la lejanía le hizo notar que no era el único que estaba enfadado por esos rumbos. Era un sonido desgarrador, nada parecido a cualquier cosa que haya escuchado antes. Parecía una horrenda y desafinada mezcla electrónica entre un coro de personas con cáncer de pulmón y varias garras metálicas raspando contra cientos de pizarrones. Aquél bramido siniestro le provocó al joven un escalofrío que le recorrió toda la columna. Y conforme al paso del tiempo se escuchaba más cercano.
El humo a su alrededor aún no se disipaba del todo, cuando por fin hizo contacto visual con el arma secreta de los rebeldes. Al principio fue la cercanía cada vez mayor del portentoso gruñido y después una serie de truenos lejanos que se sucedían a intervalos de tiempo regulares. No, no eran truenos. Al escuchar más detenidamente pudo deducir que se trataban de pisadas. Un peso pareció oprimirle el pecho, poniéndose tenso hasta las puntas de los pies; Zeta se irguió completamente en ese momento, para que su piloto alcanzara a distinguir una sombra difusa más allá del humo que nublaba su visión, una sombra tosca, masiva, de algo que se movía en su dirección. Algo acechando en las afueras. Y enseguida de eso... unas fauces enormes justo encima de su cara amenazaban con engullir al Evangelion mientras que era derribado con estrépito por los suelos.
De espaldas al piso, confundido y asustado, Kai ni siquiera se había dado cuenta en qué preciso momento fue que aquella enorme mole con patas arremetió en su contra. Ahora la tenía justo encima, lanzándole dentelladas a su cara y cuello con un salvajismo que nunca había visto antes. ¿Pero qué fregados era aquella mierda espantosa? Era algo así como una bestia antediluviana, una especie de criatura prehistórica acorazada de la cabeza a la punta de la cola con varias placas... de algo que se veía como metal... endemoniadamente enorme, quizás de unos doscientos metros de longitud, mínimo, porque pesaba mucho más que cualquier Eva, incluso que Zeta; seguramente que sus ¿seis? patas tenían bastante trabajo en soportar semejante carga. Justamente aquellas patas que ahora tenía encima, con sus garras enroscadas en sus brazos y piernas, sujetándolo fuertemente para mantenerlo inmóvil.
—¿Pero de qué... carajos... se trata todo esto?!— vociferó el chiquillo a los mandos de su robot gigante, forcejeando con la bestia.
Clavó la mirada en el rostro del monstruo, quien no pudo devolverle el gesto al carecer de estos. Únicamente tenía una ranura horizontal corriendo a lo ancho de su cara, la cual parecía un armazón de metal, un casco que se encontraba vacío, pero aún así suspendido delante de todo su voluminoso y acorazado cuerpo. Incluso sus mandíbulas, con las que lo atacaba infructuosamente, daban la apariencia de ser tan sólo una tira metálica colgando, eso sí, bien afilada aunque no lo suficiente para hacer mella en la irrompible armadura del Eva Z.
De cualquier forma, motivado por la desesperación, la paciencia del joven Katsuragi había llegado a su límite. Haciendo un gran esfuerzo zafó su brazo derecho y enseguida conectó un soberbio puñetazo justo en la base de la quijada de aquella criatura, que se derrumbó hacia su costado, liberando al robot.
—¡Ya estuvo bueno!— vociferó el chiquillo al momento de golpearlo, para enseguida incorporarse y tener tiempo de procesar por todo lo que estaba pasando.
Torpe, pesadamente, la bestia hizo lo suyo por su parte. Kai trataba de no prestar atención al movimiento que realizaban sus extremidades inferiores al desplazarse, pues la sola vista de aquello le producía náuseas. Fue en ese intento que notó el extremo de la cola del bicho balanceándose por encima de su cabeza, el cual terminaba en una suerte de mazo con picos. ¡Pero qué conveniente!
¿Máquina ó bestia? ¿Qué era esa cosa frente a él, permaneciendo expectante a sus movimientos, lista para volver a lanzarse al ataque? Tenía un poco de ambos, al examinarla con más cuidado. Un revoltijo de piezas de metal incrustadas en una estructura indudablemente orgánica, eso es lo que parecía ante sus ojos. Una completa aberración, salida de un mal sueño de algún desquiciado.
No es que tuviera problemas con ello. Ya había visto diseños de estructuras bastante originales en todos los ángeles a los que había combatido, por lo que podría decirse estaba acostumbrado a las abominaciones gigantescas de cualquier índole. Lo que le incomodaba de este individuo en particular no era su aspecto y orígenes inciertos sino su naturaleza belicosa, agresividad que resultaba desconcertante para él, muy distinta a la actitud mostrada por cualquier ángel. Por cierto, esa teoría de los rebeldes usando ángeles para su propósito ya podía ser descartada por completo. Todo el instrumental del que disponía en su cabina le decía a gritos al muchacho que la criatura enfrente de él podía ser cualquier cosa que se pudiera imaginar, menos un ángel. Por el contrario, las lecturas que recibía eran completamente opuestas a la de aquellos monstruos.
—¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que está pasando allá afuera?— a pesar de su elegante uniforme negro, plagado de condecoraciones y demás distinciones, la falta de carácter en el Mariscal Angeliori salía a relucir una vez más, mascullando nerviosamente al ver las pantallas de su estación con los ojos abiertos de par en par, mordiéndose las uñas —¿Estamos ganando, verdad?
Genaro era un hombrecillo que normalmente se ganaba a pulso ya fuera la compasión o repulsión de las personas que le rodeaban, dado su lastimero semblante: calvo y macilento, casi un albino lampiño con una apariencia sumamente enfermiza.
—Eso ni siquiera se pregunta, imbécil— respondió molesto el Doctor Hesse, mirándolo despectivamente con el rabillo del ojo mientras volvía a tomar el micrófono para dirigirse a sus tropas —Ahora podemos aniquilar lo que queda de la flota de las Naciones Unidas sin ningún problema. ¡Escuadrón Cruz de Hierro! ¡Prepárense a despegar! ¡Destruyan lo que quede de la flota enemiga!
—¿Qué está diciendo?— musitó el Mariscal —¡Doctor, ese robot vaporizará a nuestros aviones en cuanto los vea! ¡Serán un blanco muy fácil para él!
—Así es, lo serán…— asintió Hesse con esa sonrisa malévola que tenía cada vez que ponía en marcha uno de sus planes —Pero ese mocoso no derribará un solo avión… créame, Mariscal… ni un solo avión…
La desquiciada risa del Doctor reverberó por todo el cuarto, oyéndose hasta a la distancia llevada por el eco de las paredes en ese frío aposento.
Hasta entonces el muchacho había logrado mantener a raya a su misterioso enemigo, planeando hacerlo el tiempo suficiente para determinar a ciencia cierta contra qué se estaba enfrentando. Los dos danzaban en círculos uno frente al otro, esperando por una oportunidad para lanzarse al ataque.
No obstante, para Zeta dicha oportunidad llegaría tarde, al iluminarse una de las grutas más grandes de la isla, tan ancha como para meter un portaaviones, para que de su interior salieran disparados como flechas una media docena de aviones caza del tipo Raptor, en formación de ataque. En un principio el muchacho pensó que irían en su contra, sin embargo todas las naves lo pasaron de largo, ganando altitud. Fue hasta ese momento que su propósito le quedó claro, para que de inmediato su cuerpo se entumeciera, estupefacto.
—Hijos de puta…— maldijo con la vista fija en los aviones que se alejaban.
—¡Rivera!— enseguida volvió a aparecer por el comunicador el rostro contraído del Almirante Leonard, hecho una máscara de furia —¡Nuestros radares detectan una formación de aviones caza procedentes de esa isla dirigiéndose a nuestra posición! ¡Quiero que los incineres ahora mismo! ¿Entendido?
—Pero… pero…— el chiquillo permaneció congelado en su posición, mirando como los aviones se alejaban cada vez más. "En esos aviones hay personas… personas vivas" fue lo que se atoró entonces en su garganta.
—¡¿Qué estás esperando, niño idiota?!— vociferó Leonard al contemplar el gesto indeciso del muchacho, con los ojos inyectados de rabia —¡Nuestra capacidad de defensa quedó reducida a la nada! ¡Esos malditos van a cogernos si no los derribas ahora mismo!
El momento que tanto había temido Kai por fin había llegado. Durante las últimas semanas se había preguntado si sería capaz, llegada la hora, de matar a un ser humano, tal y como se suponía debía hacerlo. Veía en su pantalla la formación de aviones, dispuestos a acabar con la flota, pero en lugar de observar a las máquinas voladoras parecía estar mirando a sus pilotos. Personas de carne y hueso, justo cómo él. ¿Cuáles serían sus nombres? Otro muerto, otro muerto… ¿qué más da? ¿Tendrían a alguien a quien amar? Si está muerto, que lo entierren y ya está… ¿Acaso también serían amados por alguien? Otro muerto, pero no es ni ton ni son… ¿Alguien en casa, esperando por su regreso? De momento se acabó la discusión… Pensaba en las historias que tendrían que contar de sus vidas, historias que él estaba a un pensamiento de cortar abruptamente. ¿Con qué derecho podía decidir algo así, algo que afectaba a otras personas que ni siquiera conocía? Yo no sé, ni quiero, de las razones que dan derecho a matar… pero deben serlo… porque el que muere, no vive más… no vive más…
Aprovechando su tardanza en actuar, el monstruo realizó el primer movimiento, pegando una desenfrenada carrera con tal de volver a embestirlo. Eso bastó para avispar al muchacho, quien a su vez respiraba aliviado al tener que defenderse, pues por el momento se veía liberado de la horrible decisión que debía tomar. Se decidió por terminar su asunto con ese monstruo lo más pronto posible. ¡Que la flota se las ingenie!
—¡Trágate esto, perro del mal!
Los ojos del Evangelion comenzaron a brillar con la intensidad de un sol para que entonces un enorme haz de luz roja saliera disparado de éstos, un caudal de energía calorífica que pronto fue a impactar contra su desprevenido agresor, engulléndolo por completo.
Por un momento todo fue luz, que consumió sin restricciones todo a la redonda. Una vez que amainó y el paisaje volvía a dibujarse, por segunda ocasión desde que la pelea había comenzado el Eva Z rodaba por los suelos, sin siquiera saber cómo había llegado hasta allí.
Un barullo de sensaciones y emociones se arremolinaba en la cabeza del muchacho, antes de que pudiera ver venir ese gran mazo con picos viajando a una velocidad mayor a la del sonido que impactó sobre su cabeza como una bola de demolición, sin hacer nada para evitarlo, sólo volver a besar el suelo. El coletazo fue a impactarse limpio y certero justo en su cráneo, el cual se habría desecho por completo de haber estado construido con cualquier otro material. El choque entre los dos objetos produjo una explosión sónica que se extendió en las cercanías a varios kilómetros.
Kai se sorprendió a sí mismo gritando de dolor. Como nunca antes lo había hecho a bordo de su Eva. Puede que Zeta fuera indestructible, pero eso no menguaba el dolor psicosomático que sentía cada vez que éste era golpeado, dado el elevado porcentaje de sincronía que mantenía con el robot. 500%. Eso significaba cinco veces más que cualquier otro piloto en óptimas condiciones. Lo cual implicaba también cinco veces más dolor.
Postrado como se encontraba, pasó la mano por su cabeza, aturdido, sólo para percatarse que estaba descalabrado y que sangraba tan copiosamente como siempre lo hace uno con cualquier herida en la cabeza. Pronto su propia sangre le estaba dificultando la visión, corriendo por sus párpados y haciéndolos pegajosos al contacto. Ya ni hablar del tremendo dolor que estaba punzando desde su cabeza, corriendo por todos sus nervios.
Y delante de él, el causante de su estado golpeó varias veces el piso con la punta de su cola, burlón, tan sólo para volver a lanzarse a la carga al son de ese rugido estremecedor que perforaba los lastimados oídos del muchacho.
—Mal… maldita sea…— masculló lastimeramente, haciendo un gran esfuerzo por ponerse en pie —¡Vete al diablo!
Juntó sus manos detrás de su costado izquierdo, ladeando todo el cuerpo en esa dirección. Una esfera de luz rojiza empezó a formarse en el espacio vacío entre las palmas de sus manos y conforme las iba separando la esfera crecía más. Apretaba los dientes, como lo hace quien se está esforzando demasiado. Antes que el monstruo pudiera embestirlo otra vez se abalanzó sobre él con los brazos extendidos hacia el frente, lanzando de sus manos una deslumbrante ráfaga carmesí que arrasaba con todo lo que se le pusiera enfrente, hasta que topó con la bestia, a la que empujó por varios centenares de metros hasta que se afianzó con sus seis patas para quedar bien sujetada del piso, resistiendo el embate.
—¡Hijo de perra!— exclamó Rivera fuera de sí, sin dar crédito a lo que veía.
Su ataque más poderoso, aquél que había achicharrado por completo a ese ángel tamaño Juicio Final… ¡Y ese fenómeno de porquería lo estaba aguantado, como si fuera una lluvia pasajera! ¡Pues a ver qué le parece un ciclón! De las manos del titán de acero borboteó aún más energía de la que ya había sido disparada, como si fuera una manguera a la que se le aumentara la presión.
El monstruo pareció sentir el aumento en la agresión, pues se encogió aún más en su concha protectora. No obstante, en un abierto desafío a su contrincante, comenzó a avanzar dificultosamente hacia él, dando pasos lentos pero decididos.
—¡Desgraciado infeliz!— vociferó el chiquillo fuera de sí, haciendo una lucha para concentrarse y darle más enjundia a su ataque —¡¿Porqué no te mueres de una vez?!
Parecía que cada vez le era más fácil a su enemigo avanzar por esa marejada de destrucción, pues a cada momento estaba más cerca de él. Y ni siquiera parecía estar lastimado, más bien podría decirse que todo aquello tan sólo era un inconveniente menor, al verlo avanzar de esa manera.
—Im… ¡Impo…!
El muchacho no pudo terminar de hilvanar su expresión de sorpresa al ver a su oponente pegar un brinco en semejantes condiciones. El fuerte golpe que se llevó cuando pegó de espaldas al piso se lo impidió. Una vez más tenía encima a aquella cosa, bramando amenazadoramente mientras abría su extraño hocico vacío tanto como le era posible, el cual empezó a iluminarse con una luz difusa.
—¡Oh, no!— musitó lastimeramente el chiquillo, abalanzándose sobre sus controles.
Un enorme rayo de luz salió vomitado de las entrañas del monstruo para estrellarse en pleno rostro del Eva Z, al que tenía a bocajarro. La tierra aulló adolorida, escupiendo un montón de pedruscos que salían disparados por los aires, regándose por todas partes. El mundo desapareció por un instante, volviéndose completamente blanco, engullido por aquella luz que todo lo devoraba.
—¿Se… se acabó? ¿Por fin?— preguntó el Mariscal, quitándose el brazo de los ojos, que había protegido del intenso resplandor de la explosión —¿Ya está muerto? ¿Esa chatarra ya está muerta?
—Sí que eres un tipo bastante inseguro, Genaro— observó Hesse, con gesto reposado —¡Ocúpate mejor en contemplar toda la destrucción! Hermosa, ¿no es así? ¡Obsérvala muy bien! ¡De esto es de lo que les hablo! ¡Este es el poder que nos permitirá hacernos del control de este mundo! ¡El verdadero poder para revolucionar al mundo!
En los monitores de observación tan solo se divisaba un enorme cráter humeante, en donde hasta hace poco habían estado combatiendo los titanes. El polvo aún no se asentaba del todo, por lo que la magnitud completa de la devastación aún era difícil de determinar, pero aún así aquellas desoladoras imágenes de un paisaje incinerado eran impactantes.
—Todo ese poder liberado…— musitó el Doctor Hesse —Tengo que admitir que estoy impresionado… ese juguete de hojalata lo resistió todo, y a una distancia tan corta…
—¿De qué está hablando? Ah, ya veo— pronunció Angeliori cuando vio la nube de polvo disiparse y constatar que el Eva Z aún se encontraba en una sola pieza, tirado en medio del cráter, con su enemigo aún acechándolo.
—Nuestro amiguito hizo todo lo que pudo, pero parece que aún es muy joven e inexperto para manejar ciertas cosas— dijo el Doctor, pensativo —Tal vez deberías ayudarle un poco y mostrarle como se hace, Señor de la Guerra…
—¿Señor de…?— repitió su allegado, para entonces horrorizarse de súbito —¡Oh, no! ¡Por todos los santos, no otra vez! ¡Él no, por favor!
—Vigila que todo esté en orden por aquí, Mariscal— repuso Hesse sin hacerle gran caso, dándose la vuelta y enfilándose a la salida —Tengo otros asuntos que atender… Y por favor, trata de no vomitar esta vez, es sumamente repulsivo…
Mientras tanto en la costa más cercana el mar bullía con rabia y se alzaba furioso en un techo de agua que se partía en dos para expulsar de su seno una oscura figura tan grande como una montaña, ansiosa por unirse a la reyerta en tierra.
¿Cuánto tiempo había estado dormido? ¿Acaso unos cuantos minutos, ó días enteros? Kai despertaba de su inconsciencia, sólo para desear haber permanecido desmayado. La desesperación volvió a hacer presa de él al verse rodeado por la oscuridad a donde quiera que volteara.
—¡Oh, por Dios! ¡Estoy ciego! ¡Estoy ciego!— gritó aterrado, revolviéndose en su asiento.
Fue hasta que logró calmarse un poco y dominarse que se percató qué podía divisar sus brazos y piernas, todo su uniforme y el instrumental de la cabina. Eran las imágenes exteriores las que no le llegaban. Seguramente que el sistema de visión se había fastidiado por completo con ese ataque. Apenas si había tenido tiempo de levantar la placa protectora para los ojos, una especie de plancha reforzada de acero que cubría toda la ranura en el casco de Zeta a la altura de sus ojos. ¡Qué bueno que se le había ocurrido instalarla antes de venir aquí! Si no lo hubiera hecho seguramente que para estos momentos su cerebro estaría hecho gelatina. Aunque hubiera deseado haberla hecho con la misma aleación de Zeta, quizás entonces no se habría deshecho tan fácilmente y en estos momentos podría ver a la perfección.
Pero, ¡qué diablos! Estaba vivo, y eso era lo que importaba, y mientras hubiera vida, todo tenía una solución. Pronto se las ingenió para poder captar el mundo exterior. Como pudo se las arregló para poder captar rudimentarias imágenes externas, utilizando otra clase de equipo para guiarse con el que aún contaba, como los sensores caloríficos y sonoros, además de su radar. La definición en la pantalla era pésima, llena de ruido y a blanco y negro, interrumpiendo la señal con intermitencia. Pero era mucho mejor que andar completamente a ciegas.
—¡Sé donde estás, imbécil!— gruñó cuando se ponía en pie, soltando puñetazos en la dirección en la que una enorme mole negra y mal delineada aparecía en pantalla. Sobra decir que para ese entonces la desesperación y el miedo habían hecho presa de él, teniéndolo al borde un ataque de nervios —¡Sé donde estás, no te escondas bastardo! ¡SÉ DONDE ESTÁS!
Hubiera continuado en ese lastimoso estado, tirando golpes a lo tonto que podían ser fácilmente esquivados por su enemigo, completamente enloquecido, de no ser por la intervención de un nuevo elemento que se añadía a la situación. Un sonido ensordecedor que sin lugar a dudas atravesó la pequeña isla de punta a punta. Olvidándose de la rabia guerrera que lo había poseído por tan poco tiempo, Rivera se retorció en su lugar, estremecido, tapándose por instinto los oídos, que por un momento había pensado que le estallarían. ¿Qué había sido eso? ¿Alguna especie de ataque sónico? Al mirar en la dirección en la que el instrumental le estaba informando de un nuevo objeto de enorme tamaño que se aproximaba a su posición, en la pantalla apareció una imagen no muy clara de lo que a Kai le pareció un cerro ambulante. Una criatura que con su corpulencia tapaba la vista de las estrellas en aquella fría madrugada, algo que era mucho más grande que el Eva Z o el monstruo con el que luchaba y que se acercaba a paso lento hasta donde se encontraba. Y dadas las condiciones, lo más probable es que no fuera en términos amistosos.
La transmisión de imagen se interrumpía a cada instante, pero de todos modos el muchacho pudo apreciar seis largas figuras que brotaban del cuerpo principal del recién llegado, serpenteando en el aire. Dicho movimiento, combinado con el de los otros, resultaba sumamente repulsivo para la vista. A pesar de no tener nada en el estómago el piloto tuvo que esforzarse para devolver el amargoso líquido que reptaba por su esófago a su lugar de origen, mientras que conforme los segundos transcurrían podía sentir la tierra bajo sus pies crujir más y más fuerte cada vez que aquella cosa avanzaba hacia él. Apenas si podía creerlo. ¿Uno más? ¿Tenía que enfrentarse a otra de esas cosas? ¡No jodan!
Ni siquiera tenía tiempo para pensar. Una vez más un taladro parecía perforarle los tímpanos, provocando que el chiquillo se encogiera sobre sí mismo, cubriéndose los oídos a la que vez que se revolvía dolorosamente en su asiento. Puede que la tensión a la que estaba siendo sometido desde que todo había comenzado por fin estaba haciendo mella en su sano juicio, pero juraría que estaba escuchando a una muchedumbre de niños gritar aterrados hasta quedarse afónicos, justo a un lado suyo. Un llanto que no solo desgarraba sus oídos, sino también lo más profundo de su alma, postrándolo hasta la indefensión.
Aturdido como estaba ni siquiera le prestó atención a los instrumentos que le advertían de un ataque dirigiéndose hacia su posición. Una enorme trompeta desafinada y oxidada parecía estar tocando una nota alta, lo cual avispó un poco al muchacho, aunque no lo suficiente como para evitar ser aporreado por un rayo que salió escupido de la boca de una de las "serpientes" que vivían en la punta del cerro andante, el cual fue a golpearlo justo en el pecho y lo tiró de espaldas. Su cuerpo se estremeció tal como si hubiera sido golpeado por una fuerte descarga eléctrica, arrancándole otro alarido de dolor. No bien se había repuesto, con una extraña sensación entumiéndole todos sus miembros, cuando la trompeta continuó con su torpe recital y un nuevo rayo volvió a golpear a Zeta, y uno más después de ese. Así se sucedieron uno tras otro sin descanso alguno: el sonido áspero y seco retumbaba por todas partes y entonces una violenta descarga de energía golpeaba inmisericorde al Eva Z, el cual salía volando con cada nuevo ataque, recibiéndolos sin más que pudiera hacer para defenderse. Con poco tiempo de transcurrido, tal enfrentamiento había dejado de ser una pelea y se había convertido en una auténtica masacre.
Y no obstante, a pesar que tan sólo estaba allí tan inerte como un monigote que lo único que hacía era dejarse golpear con saña, el Evangelion permanecía en pie, volviendo a levantarse cada vez que besaba el polvo. A pesar de que sus enemigos lo trataban como a una pelota de ping pong, golpeándolo inmisericordes para pasarlo al otro lado de la cancha, la armadura de Zeta estaba resistiendo todo lo que le mandaran, aunado a la obstinación de su joven piloto que se negaba a darse por vencido, más por orgullo y desesperación que cualquier otra cosa. Eran esas las razones por las que cada vez que el robot era aporreado volvía a ponerse en pie.
—¡¿Eso es todo lo que tienen, malditos?!— vociferó el muchacho dentro de su cabina, preso de la ira —¡Bastardos! ¡Puedo aguantar todo eso y mucho más, cerdos!
Tales frases cada vez eran interrumpidas por una nueva sacudida que lo volvía a derribar.
Aún así, estaba claro que el Eva había perdido toda capacidad de contraataque y que aquella penosa situación tan sólo duraría el tiempo que sus oponentes dispusieran. Y por las lecturas que estaba empezando a recibir en su cabina, mostrándole siete concentraciones de energía dispuestas a su alrededor, listas para ser liberadas, el aturdido piloto supo que ese tiempo había acabado.
—Esto va a doler…— suspiró de manera por demás lamentable, resignándose a su suerte, al ver seis destellos a su izquierda y otro solitario a su derecha.
Un súbito estruendo fue la respuesta que obtuvo entonces, seguido por un estallido que cimbró la tierra y pareció arrancarle el mundo en el que posaba sus pies. El arriba y el abajo se confundieron en una delirante agonía en la que todas las direcciones cambiaban de lugar y se entremezclaban sin un orden lógico. La única constante era el dolor, dolor como nunca antes lo había sentido en su vida, con cada átomo de su cuerpo siendo estrujado, sufrimiento que lo despojaba de toda razón e inclusive de los gritos agónicos que se le conceden a cualquier desahuciado. Hubo un destello final, mucho más grande que los anteriores, tragándose todo a su paso y después de eso…
El silencio… la nada…
—¡Hoy es un hermoso día!— exclamó animosa la Mayor Katsuragi al descender de su vehículo y contemplar el bello azul de un cielo completamente despejado —Ideal para conocer nuevos amigos, ¿no creen?
Por el contrario, sus tres jóvenes acompañantes no compartían el espíritu entusiasta de su oficial superior. Apáticos y malhumorados, Shinji y Asuka bajaron del carro, mientras que Rei hacía gala de su humor habitual, es decir, completamente frío y distante.
Los muchachitos únicamente se limitaron a estirar las piernas y desperezarse, a la vez que revisaban descuidadamente los alrededores del Campo Aéreo al que recién llegaban. Y no es que hubiera mucho para apreciar en ese lugar, salvo un único edificio que parecía una caja de zapatos, y el enorme y vasto espacio abierto que había afuera para que las aeronaves aterrizaran.
—Sangrones— murmuró Misato, despechada por el poco ánimo de los jovencitos.
Simplemente no podía entenderlos. Aquél era un día muy emocionante, como pocos en aquel entonces. No solamente podrían presenciar la llegada a tierras japonesas de la nueva Unidad Especial para el Combate, el Eva Beta, sino que también tendrían la oportunidad de conocer a una nueva compañera piloto. Pero nada de eso parecía importarles la gran cosa. ¡Estos niños de hoy en día!
—¡Yo te dije unas mil veces que no quería venir!— rezongó Asuka al instante —¿Para qué? ¡Ya vi esa estúpida chatarra cuando fui a Nevada y también ya conozco a esa bruja idiota que va a pilotearla! ¡No había razón de que viniera, y aún así me obligaste! ¡Nunca me escuchas, maldición!— decía entre dientes dándole de patadas al piso mientras hacía su berrinche, tan sólo para darse cuenta después de que Misato ya le había dado la espalda y se dirigía a la sala de espera —¡Oye, todavía no acabo! ¡Te estoy hablando, maldita sea!
Era esforzarse en vano. Katsuragi ya iba muy adelante, seguida de cerca por Rei. La única persona que la estaba escuchando en esos momentos era Shinji, quien como casi siempre se había quedado a la zaga. Y cómo aún seguía sintiéndose muy incómoda al estar a solas con él, dado que el recuerdo de aquél beso que se dieron siempre llegaba a acosarla en tales ocasiones, la jovencita alemana no tuvo más remedio que apurar el paso para alcanzarlas. Ikari, como era de esperarse, pronto la siguió y aunque generalmente era bastante despistado hasta él pudo darse cuenta de los esfuerzos que hacía la chiquilla para evitarlo.
"¿Qué tengo que hacer?" le preguntaba mentalmente "¿Qué tengo que hacer para que te fijes en mí? ¿Para que puedas quererme… tal cómo yo te quiero?"
—Además— Asuka continuaba su monólogo, a sabiendas de que su compañero la escuchaba —¿Porqué tenía que venir también Ayanami? Misato bien que sabe que me choca estar en presencia de esa lela de pelo azul.
—Ahora que lo mencionas, parece que últimamente Rei le ha cobrado algo de afecto a Misato— observó Shinji, al mirar a lo lejos a las susodichas —En los últimos días la ha estado acompañando a todas partes…
Efectivamente, tal como ambos lo habían observado, en fechas recientes la cercanía de la chiquilla con Katsuragi se había acrecentado considerablemente, teniendo en cuenta la escasa o nula relación que sostenía con ella anteriormente. Sin embargo ambos ignoraban el angustiante encuentro que sostuvo Rei con Demian Hesse, situación de la que Misato tuvo a bien rescatarla. Así pues, aunado a la gratitud que por ello le tenía, no era de extrañarse que la jovencita se sintiera a salvo en compañía de la Mayor, por lo que procuraba frecuentarla mucho más que antes.
—¡Parece un estúpido patito siguiendo a su mamá!— pronunció Langley en una mezcla de burla y coraje —No sé como Misato la aguanta, pero conociéndola estoy segura que no va a poder durar mucho así…
Justo en ese momento la Mayor detuvo su andar para poder revisar el horario de llegadas, pero al hacerlo tan de súbito sólo consiguió que Rei, quien caminaba a sus espaldas muy de cerca, chocara suavemente con ella. Misato se dio vuelta enseguida, mirando algo confundida a la chiquilla que permanecía callada, mirándola fijamente.
—¡Allí va ella!— dijo Asuka, emocionada —¡Te lo dije! ¡Ahora esto sí se va a poner bueno! ¡Se la va a tragar entera!
Las palabras parecían atorársele a Katsuragi, atropellándose entre ellas en su frenético intento por salir. Mientras tanto, los tres chiquillos permanecían a la expectativa de su reacción.
—Qué… Qué… ¡QUÉ BONITA ERES!— finalmente exclamó, enternecida en extremo, a la vez que estrujaba a Ayanami en sus brazos ante la impávida vista de sus otros dos subordinados.
—¿Pero qué diablos?— masculló la jovencita alemana, sin dar crédito a lo que estaba viendo, cuando la Mayor Katsuragi depositaba un afectuoso beso en la frente de Rei.
—¡No sabía que pudieras ser tan tierna!— le decía Misato sin soltarla —¡No sabes la alegría que me da! ¿Sabes? Siempre había tenido la ilusión de poder tener a una niña linda y tierna a mi cuidado…
—¡Óyeme! ¡¿Y yo qué soy, tarada?!— replicó Langley en el acto, sin que nadie le prestara mucha atención.
—¿Me podrías hacer un GRAN favor?— le preguntó Misato a Ayanami en tanto la sujetaba de las manos —¿Podrías llamarme "Onee-san"? ¿Sí? ¡Por fa!
Lo de "Onee-san" es un término japonés empleado para referirse a las hermanas mayores, tanto de manera respetuosa como afectiva. Rei, quien interpretó aquél pedido como una orden, no tuvo mayor empacho para responder:
—Muy bien, Misato "Onee-san".
—¡Aaaaaaaay, qué emoción!— estalló de alegría la mujer, abrazando aún más fuerte a la chiquilla en sus brazos, cosa que era bastante cómica por sí sola, dado el enorme contraste entre la emoción desbordante de Katsuragi y el gesto indiferente que parecía ser indeleble en el rostro de la jovencita de pupilas rojas.
—¡Es una lástima que hasta ahora me dé cuenta, pero qué suerte hubiera sido tener a Rei como nuera!— suspiró Misato, apesadumbrada, una vez que la soltó y miraba hacia la pista de afuera con la vista extraviada —Hubiera sido tan feliz… en cambio, a como van las cosas con la de ahorita…— dijo arrastrando las palabras a la vez que volteaba de reojo hacia donde se encontraba Asuka.
—¡¿Qué estás insinuando?!— replicó a su vez la muchacha.
—Ah, vaya...Parece ser que por fin llega el invitado de honor...— dijo Katsuragi cuando veía descender del cielo aquella mole negra y enorme que era el Equipo F, donde transportaban por aire a los Evangelion. Era difícil pensar que aquellas aves, en apariencia torpes y pesadas, pudiesen levantar el vuelo.
—¿Qué están esperando?— instó Katsuragi a los chiquillos —¡Vayamos a recibir a nuestra nueva amiga!
De inmediato se encaminó al área de arribos, seguida por Rei. Mientras tanto Ikari y Asuka lo hacían como si estuvieran cargando un enorme peso en sus pies.
—Viva. Qué emoción— murmuró la joven europea de manera sarcástica.
Shinji tampoco estaba muy entusiasmado con aquella nueva incorporación al equipo. Parte de ello era responsabilidad única de Langley, quien en todo el camino ya lo había predispuesto a que a partir de entonces tendría que aguantar a una marimacha violenta e insensible. "Si crees que yo te maltrato, espérate a que conozcas a Sophia, y después hablamos" le había dicho en el carro, como advirtiéndolo acerca de esta muchacha americana. Además aún si eso no fuera cierto, desde que supo de su nacionalidad sabía que la comunicación sería un gran problema, dado su pobre nivel de inglés. Por lo tanto, no perdía el tiempo haciéndose falsas esperanzas de que podría llevarse bien con esta chica nueva. Sabía que aún antes de conocerla cualquier intento por acercársele sería en vano. Lo mejor sería mantener un perfil bajo, como siempre, y relacionarse con ella sólo lo estrictamente necesario.
La animosa voz que de repente se dejó escuchar en un fluido japonés lo sacó de sus pensamientos:
—¡Mucho gusto! ¡Soy Sophia Neuville, piloto del Eva Beta, reportándose al deber!
Shinji y Asuka miraban perplejos a la muchachita que estaba frente a ellos, ataviada con un coqueto atuendo que consistía en una minifalda estampada que revelaban unas piernas juveniles, largas y muy bien torneadas, además de una blusa rosada que comenzaba un poquito debajo de los hombros y terminaba justo antes de poder ocultar ese ombligo en medio de un vientre plano, que sin duda causaría no pocas envidias entre sus congéneres. Su rostro bien parecido denostaba una gran alegría, impresión que se acentuaba al verla en la pose de saludo militar con la que los saludaba, en evidente tono de chanza.
—Mucho gusto… yo soy la Mayor Misato Katsuragi, de NERV— pronunció entonces Misato, rompiendo el hielo —Y antes que nada, déjame felicitarte: ¡hablas muy bien el japonés, linda! Estaba un poco apurada porque no he practicado mi inglés últimamente, no sabía como le íbamos a hacer para entendernos…
—Sí, yo también estaba algo preocupada al respecto— repuso Sophia empleando el mismo tono desenfadado —Creo que por eso me pasé los últimos tres meses estudiando japonés como loca… hasta tuve que ver un montón de esos animes, parecía toda una nerd…
En ese momento ambas rieron de buena gana, casi de común acuerdo. Estaba visto que no habría problema entre ellas para poder llevarse bien.
Y mientras estaban en eso, la quijada de Langley aún no se despegaba del suelo. Aquello tenía que tratarse de un engaño muy bien elaborado, puesto que la persona que tenía enfrente era completamente distinta a la Sophia Neuville que había conocido en los Estados Unidos. No quedaba ni rastro de la chiquilla hosca y malhumorada con la que casi se había liado a golpes. Ahora su buena presencia se imponía tanto que incluso llegó a sentirse andrajosa junto a ella, al haber venido en unos pants holgados, top y unas sandalias en sus pies. Incluso su cabello, acomodado en una descuidada coleta de caballo, parecía un estropajo en su cabeza en comparación al largo y bien peinado cabello negro lacio de Sophia, que parecía recién lavado por como se miraba y olía. En ese momento la susodicha lo hizo a un lado con su mano, con un gesto juguetón que parecía sacado de un comercial para shampoo.
"¡Maldición!" se lamentaba la joven alemana mentalmente, mordiéndose el labio inferior "¡Hizo eso a propósito! ¡Se está burlando porque me veo como una pordiosera! ¡No puedo creerlo! ¡¿Quién se cree que es esta estúpida, poniéndome en ridículo de esta manera?!"
Por su parte Ikari también lucía sorprendido. La descripción que Asuka le había hecho de su nueva compañera se alejaba por mucho de la realidad, ahora lo sabía. Y es que esa joven tan guapa y voluntariosa no tenía nada que ver con la bruja gruñona que le habían pintado. Estaba bastante impresionado con ella, para qué mentir. Había sido una grata sorpresa descubrir que Asuka lo había engañado una vez más. No obstante, al ver con un poco más de detenimiento los gestos de la recién llegada, como su forma de mirar a las personas, e incluso la manera en la que reía, Shinji notaba cierto aire… siniestro, rodeándola.
Justo en ese momento, cuando tenía la vista clavada en la jovencita, ésta pareció percatarse del hecho pues de inmediato volvió la mirada hasta donde él se encontraba. Sus miradas entonces se encontraron en un feroz choque en el que al muchacho le parecía perderse para siempre en aquellos ojos negros tan fríos. Entonces algo extraño pareció ocurrir en él, pues ella le sonrió de buena gana y al instante sus mejillas se encendieron y su estómago se encogió presa de la ansiedad.
—¿Y a ti que te pasa, eh?— le preguntó Asuka al verlo rojo como un tomate.
—¡No!¡Nada, lo juro!— respondió el chiquillo, de manera por demás incriminante.
—Permítanme hacer las presentaciones— acotó Katsuragi al notar como los muchachos comenzaban a curiosear entre ellos —A Asuka ya la conoces, y ellos dos son Shinji Ikari y Rei Ayanami, pilotos de las Unidades 01 y 00, respectivamente.
—Mucho gusto— dijeron los dos jovencitos, cada cual a su muy particular modo. Es decir, Rei tan expresiva como un robot y Shinji con la vista clavada en el piso, balbuceante.
—De ahora en adelante pelearemos todos juntos, así que traten de llevarse bien, ¿de acuerdo, equipo?— dijo por último Misato, con el subsecuente consentimiento de todos los muchachitos —Muy bien, en ese caso sólo déjenme ocuparme del papeleo que me toca llenar para poder irnos de aquí… ¿qué les parece si mientras tanto ayudan a Sophia a llevar su equipaje al carro? Enseguida estaré con ustedes— les dijo sin dar tiempo a una respuesta, pues ya estaba alejándose para ese entonces.
Rei, que en todo ese tiempo apenas si había pronunciado palabra, pareció captar poderosamente la atención de la joven americana, a quien ahora tenía delante de sí justo a un palmo de distancia. Neuville la miraba detenidamente, examinándola de pies a cabeza con deferencia. Si acaso aquello llegaba a incomodar a Ayanami, no lo demostraba de forma alguna. Únicamente se limitaba a seguir los movimientos de la chiquilla con la vista.
—Vaya— finalmente masculló Sophia, cruzándose de brazos y dibujando una sonrisa confianzuda en su rostro —Finalmente nos conocemos, Rei Ayanami... Así que tú eres mi némesis, ¿eh? Mi reflejo en un espejo corrompido… Polos opuestos que el destino ha puesto uno contra el otro. Pues déjame decirte que no estoy nadita impresionada… Yo no sé qué tanto te ven ó porqué hacen tanto relajo por ti, si eres tan poca cosa…
—Tu rostro…— dijo Rei por su parte, tan calmada como siempre —Te pareces a alguien que conozco…
—¡Un momento!— las interrumpió Langley, interponiéndose entre ellas, dándole la espalda a Ayanami para poder amenazar a Neuville con el índice —¡Por si no te has dado cuenta, ella ya es mi némesis! ¿Quién te crees que eres para nomás llegar y quitarle los rivales a otras personas?
—¿Y tú… quien diablos eres?— le respondió Sophia, indiferente.
—¡¿QUÉ?!— el gran orgullo de Asuka ahora sí que estaba hecho trizas en el suelo al constatar que, por la expresión en el rostro de la muchacha, no la reconocía en lo absoluto —¡No te hagas, bien que sabes quién soy!
La joven morena permaneció impasible frente a ella, sin dar muestras de reacción alguna, lo que desesperaba aún más a Langley.
—Nos conocimos en Nevada... ¿recuerdas? ¿El Área 51?
Seguía sin obtener respuesta de su interlocutora, únicamente aquella mirada indiferente, como si estuviera viendo otra cosa a través de ella.
—¡ASUKA LANGLEY SORYU!— explotó entonces, humillada a más no poder —¡Soy Asuka Langley Soryu, recuérdalo, maldita imbécil!
—No me suena...— respondió Sophia sin más miramientos, habiendo decidido que ya le había dedicado bastante de su atención —Y al fin y al cabo, da lo mismo. ¿Podrías llevar esto por mí? Gracias— le dijo sin darle tiempo de contestar, colocando una pequeña pero bien cargada valija en sus manos para luego pasarla de largo sin más.
Mientras tanto, Shinji debatía consigo mismo. Una más de sus interminables batallas por superar su timidez innata y a atreverse a algo más en lugar de torturarse con el eterno "¿qué hubiera pasado si…?" Así pues, y como parte de su renovada personalidad, Shinji Ikari por fin se atrevía a dar ese paso de más. Haciendo un admirable esfuerzo por que no fuera tan evidente su nerviosismo fue y se plantó justo en frente de Sophia, quien estaba recogiendo su equipaje del piso.
—Déjame ayudarte— dijo con voz trémula, evitando su mirada —Esa valija se ve pesada… y no sería correcto de mi parte si permito que una chica cargue con tanto peso en mi presencia…
La jovencita americana quedó muda en su sitio, de pie frente a él y con la mano izquierda cargando la susodicha maleta, la cual en verdad se veía bastante abultada. En un principio lo observó detenidamente con extrañeza, abriendo y cerrando esos grandes ojos negros que decían mucho y a la vez callaban tanto. Pero luego aquellos ojos oscuros parecieron iluminarse con un gesto cálido, al igual que todo su rostro. Una vez más deslumbraba al chiquillo con una afable y radiante sonrisa que parecía colorear su mundo entero.
—¡Miren nada más lo que tenemos aquí!— exclamó emocionada y divertida al mismo tiempo —¡Un auténtico samurai en pleno siglo XXI! Tenía la ilusión de toparme con uno cuando viniera a Japón, pero nunca creí que se hiciera realidad… En ese caso, sería para mí un gran honor si me haces ese favor, Shinji-san…— dijo en tono muy solemne, haciéndole una reverencia mientras que le pasaba el bulto en cuestión.
—No hay necesidad del "san"— repuso el muchacho un poco apenado, para luego sentir de súbito los estragos de la gravedad, cuando casi se dislocaba el hombro al cargar con la mentada maleta.
—Creo que tal vez debería ayudarte, ¿sabes?— sugirió Neuville al percatarse del incidente —Esa cosa en realidad está muy pesada…
—¡No hay problema!— Ikari disimulaba una sonrisa al decir aquellas palabras, mientras que se lamentaba mentalmente: "¡Diablos! ¿Pero qué carajos lleva aquí? ¿Yunques?" —Es sólo que estaba distraído, no pasa nada…
—Bueno…— masculló su acompañante mientras empezaba a andar, algo apenada pues estaba bien consciente por los apuros que pasaba el chiquillo para llevar sus cosas.
—Además… sería bastante patético…— decía Shinji entre resoplidos, prácticamente arrastrando su carga —…si necesitara la ayuda… de una muchachita… ¡para llevar sus cosas!
—¡Eso no es cierto!— contestó Sophia entre risas, al parecer bastante divertida por el asunto —¡No hay forma en la que pudieras verte patético!
—¿Qué?
—Es decir: ¡mírate! ¡Eres súper lindo! Casi te arrancas los brazos para quedar bien conmigo y todavía haces el esfuerzo por fingir que no pasa nada.
—¿Y eso es bueno?
—¡Es maravilloso! Tanto interés…— suspiró mientras se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja —Es lo mejor que alguien ha hecho por mí en mucho tiempo. Gracias.
—No… no es nada, en serio— Ikari parecía un leño ardiendo, abochornado, con la cara toda roja.
—Me caes muy bien, Shinji Ikari— dijo la muchacha en tono juguetón, sonriéndole —Tengo la impresión que nos vamos a llevar de maravilla, tú y yo…
Shinji permaneció mudo unos instantes, contemplando la visión delante suyo. Toda esa jovialidad, tanta calidez… era la primera vez que una joven lo trataba de esa manera. De cierto modo era algo perturbador. Pero también reconfortante. Toda una nueva experiencia. Que esperaba se volviera a repetir.
—Qué bueno que pienses de esa manera, Sophia— le contestó, casi murmurando —Porque creo que sí voy a necesitar un poquito de ayuda con esto, después de todo…
La risa de ambos recorrió el pasillo entero, llegando hasta los oídos de Rei y Asuka, quienes los observaban desde atrás, con suma suspicacia.
—¡Pero qué muchachote es el que tienes aquí!— pronunció la Mayor Katsuragi a la vez que silbaba impresionada al contemplar al nuevo Eva, acostado boca arriba sobre una enorme plataforma diseñada para su transporte.
Únicamente podía verle las suelas y parte de los pies, pero aún así lucía enorme en comparación a todos ellos, pequeños liliputienses trabajando afanosamente sobre el desmayado Gulliver. ¡Y eso que estaban sobre la pista, a campo abierto! Era de las personas que trabajaban más de cerca con los Evas, y aún así nunca dejaba de asombrarse por el tamaño de aquellas máquinas.
—Usted lo ha dicho, Mayor— contestaba Kenji Takashi mientras le firmaba varios documentos, y a la vez Misato hacía lo suyo con otro legajo de formas que Takashi le había entregado —Vamos a entretenernos otro buen rato con los arreglos para transportarlo hasta la base, pero lo importante es que llegó en perfectas condiciones... tenía mis dudas de si transportarlo por aire era una buena idea, pero por los resultados de nuestra revisión tal parece que me estaba preocupando en balde.
Y es que aquella era la primera vez que el equipo F se utilizaba en un vuelo intercontinental, de ahí los temores de Kenji y algunos otros del personal de mantenimiento. No obstante, después del incidente ocurrido con el Eva 02 los altos mandos de la agencia habían decidido que el transporte aéreo era mucho más seguro y en adelante sería el método convencional para la transportación de los robots gigantes. Aquella primera prueba, la cual fue todo un éxito, demostraba lo acertada que había sido tal decisión.
—¡Muy bien, pues en ese caso lo dejo todo en tus manos!— dijo Katsuragi cuando le estrechaba la mano animosamente, una vez que se había deshecho del bonche de papeles que debían ser firmados —Ustedes encárguense de llevar a Beta a la base y yo llevaré a su piloto.
—De acuerdo, Mayor. Gracias por todo.
Misato se dio la media vuelta para marcharse de aquél lugar, mientras que Takashi se disponía a reanudar sus labores, pero entonces la mujer se detuvo en seco, vacilante. Se le notaba algo nerviosa, algo raro en ella, dado su carácter y así lo notó Kenji cuando le preguntaba, extrañado:
—¿Necesita alguna otra cosa, Mayor?
—No... no es nada importante, pero yo... yo sólo...— trastabillaba al hablar, de espaldas a él, indecisa —Sólo me preguntaba si aún no tenías noticias de Kai...
Takashi se congeló en su sitio con la sola mención de aquél nombre. Pero rápidamente recuperó la compostura, esperando que Katsuragi no hubiera reparado en ello.
—No... lo siento mucho, Mayor, pero aún no he recibido nada nuevo... sólo sé lo que le dije la última vez: que estaban a punto de trabar combate en algún punto del Mediterráneo, pero eso es todo. Comprenderá que ni siquiera a mí me hacen llegar información de relevancia hasta mucho después que haya ocurrido...
—Ya veo— el tono de su voz se había apagado, y aunque sólo le veía las espaldas, Kenji estaba bastante seguro que también su semblante decayó —Bueno, qué se le va a hacer, entonces... siento haberte molestado...
—No tiene por qué preocuparse, Mayor, estoy seguro que él está bien— intentó animarla torpemente mientras ella reanudaba la marcha —Le avisaré en cuanto sepa algo.
—Te lo agradecería mucho...— pronunció casi en un suspiro a la vez que se alejaba más y más sin mirar atrás.
Takashi la observaba alejarse, con el ánimo por los suelos, y no podía dejar de sentirse mal al respecto. No sólo porque nada había podido hacer para tranquilizarla, sino porque le había mentido. En realidad sí tenía noticias del frente. ¿Pero con qué cara iba a decirle que toda la fuerza de ataque había sido diezmada en tan sólo unos cuantos minutos y que había muy pocos sobrevivientes? Y lo que era peor: no había rastro alguno del Eva Z ni de Kai. Llevaban tres días desaparecidos y pese a la búsqueda aún no se encontraban indicios de su paradero. ¿Cómo decirle todo eso a la persona que lo quería como a un hijo? Definitivamente ese no era su trabajo. Si lo peor había pasado, algún oficialillo de poca monta de las Naciones Unidas se encargaría de darle la noticia y entonces ya no sería asunto suyo. Sí, definitivamente, lo mejor sería esperar y quedarse con la boca callada. Una pena por el pobre Kai, tan joven. Pero la vida sigue, y siempre había que verle el lado bueno a todo. Tal vez su amigo había dejado este mundo, pero él se encargaría de honrar su memoria al asumir su puesto como Director Supervisor Encargado de la División de Naciones Unidas en NERV. Con el aumento en el sueldo que dicha posición conllevaba, por supuesto. Después de todo, estaba recién casado y todos esos gastos no se estaban pagando solos.
—Kenji...
Sus ensoñaciones de un futuro venidero y prometedor fueron interrumpidas por su propia esposa, quien se le acercaba pálida como una hoja de papel, con su teléfono celular en mano.
—¿Qué sucede?— sólo esperaba que no fuera alguna otra estupidez por las que Sakura tan a menudo se preocupaba. Amaba a esa mujer como a nadie en el mundo, pero a veces podía ser desesperante. Como la vez que había llorado toda la noche porque su estúpido perro había escapado. En realidad él mismo lo había sacrificado a escondidas, puesto que se rehusaba a tener una fuente de suciedad y foco de infecciones en su casa, pero tal vez lo habría considerado mejor de saber como reaccionaría su mujer ante tal nimiedad. Pero en fin, así era ella, siempre angustiándose por pequeñeces.
—Acaban de llamar desde la base en Nevada— decía ella, con la voz quebrándosele y unas lágrimas asomándose por sus ojos vidriosos —El Director Miller... ha muerto...
—¿Cómo dices?— aquello sí que había tomado por sorpresa a su marido.
Miller... ¡muerto! Justo ahora que el Eva Beta llegaba a Japón. ¿Quién iba a responderle si es que acaso presentaba algún defecto que aún no habían detectado?
—Dicen que fue suicidio— continuó Sakura, intentando contener su llanto a como diera lugar. Sabía cuanto incomodaban aquellas efusivas demostraciones de sentimientos al buen Kenji —Se arrojó desde la ventana de su departamento...
La mujer rompía entonces a llorar como una niña desconsolada mientras que su esposo permanecía perplejo en su lugar. Definitivamente aquello sí que era todo un suceso.
Sumido en las sombras, tal y como se encontraba el lugar, su propia vivienda se convertía en un lugar completamente desconocido para Robert Miller, quien en esos momentos la recorría a tientas con gran desesperación, buscando todo aquello que fuera importante para él y que le pudiera servir para poder escapar de ese lugar y esconderse en un agujero por el resto de sus días. Mientras tanto, las cosas en su escritorio seguían cayendo al piso, tiradas por él mismo en su ansiedad.
Tenía ya su portafolio repleto con cuentas y valores personales, ahora lo único que le hacía falta eran las estúpidas llaves de su auto para poder poner pies en polvorosa. ¡Pero las condenadas llaves no estaban por ningún lado! Seguramente que si prendía las luces las hallaría fácilmente, pero no quería correr el riesgo de dar a conocer su presencia en ese sitio. Debía desaparecer sin dejar rastro, dejar de existir si es que acaso quería seguir con vida. Su desesperación crecía con cada segundo que pasaba sin encontrar las malditas llaves. Ya había tanteado todos los cajones y superficie de su escritorio y ahora buscaba por los anaqueles y luego seguiría con el piso. No se daría por vencido hasta hallar esas estúpidas llaves. Al igual que ellos no se darían por vencidos para encontrarlo y borrarlo de la existencia. Lo sabía muy bien, no se detendrían ante nada. Ya habían matado a Kai, y ahora él era el siguiente. Pero qué estúpido había sido... ¡Qué estúpido! ¿En qué estaba pensando cuando hizo tratos con aquella gente? Ahora ni todo el dinero del mundo valía tanto como su propia vida. Kai no había tenido oportunidad contra ellos, ni siquiera a bordo del invencible Eva Z, que para esos momentos ya sería tan sólo chatarra oxidándose a la intemperie. Pero él sabía a lo que se enfrentaba, él no estaba desprevenido como ese pobre niño imbécil, y además disponía de una cuantiosa fortuna para comprarse una nueva identidad y ocultarse de ellos hasta el fin del mundo. Aquello tenía que salir bien. ¡Todo tenía que salir bien, maldita sea! Tan sólo tenía que encontrar las llaves del carro y todos sus problemas terminarían...
—¿Buscabas esto, Bob?
El tintineo de sus llaves fue entonces lo único que se escuchó en aquél oscuro despacho. Miller estaba derrumbado en el piso alfombrado, sin habla, mientras veía la poca luz del exterior reflejarse en las llaves de su auto, las cuales eran sostenidas en lo alto por una enorme figura que parecía ser una con las sombras. El sudor emanaba copiosamente por cada poro de su cuerpo, sus ojos se perdían en la inmensidad de la oscuridad, desorbitados, en tanto que su lengua completamente seca, era incapaz de articular palabra alguna.
—¡Mira este tiradero! Parece que llevas mucha prisa, pequeño Bobby... ¿planeabas ir a algún lado?— Demian avanzó un paso hacia adelante, permitiéndole verlo mejor —Lo siento, pero no puedo dejarte ir a ningún lugar...
La voz cavernosa de Hesse aún retumbaba en sus oídos cuando Miller suplicaba lastimosamente a sus pies.
—No... ¡Por favor, no lo hagas!— decía entre gimoteos, mientras que de forma estúpida se arrastraba por el piso intentando alejarse de él —¡No es justo! ¡Hice todo lo que me pidieron! ¡Teníamos un trato! ¡Teníamos un trato, Demian!
—Y el trato fue cumplido al pie de la letra, mi querido Bobby... Hiciste lo que te dijimos, y nosotros te dimos tu dinero. Así de fácil. No recuerdo haberte dicho algo acerca de que no te mataría. Creí que eso ya lo sabías.
El pesado calzado de aquél gigante resonaba encerrado en aquellas cuatro paredes, siguiendo a Miller en su patético intento de escape, interponiéndose entre él y la puerta.
—¡No lo sabía! ¡Juro que no lo sabía! ¡Diablos! ¿Cómo iba a saberlo? ¿Qué importancia podría tener mi vida para ustedes?
—Eres un completo idiota, los dos lo sabemos, pero tampoco trates de fingir ignorancia en este asunto, imbécil. Una vez que los... ajustes... en el Eva Beta se manifiesten completamente, las personas en todas partes empezarán a hacerse preguntas. Sabes como es la gente de chismosa. Pero no habrá problema con ello... siempre y cuando tú no estés por ahí para dirigirlos hasta nosotros...
—¡No diré nada, lo prometo! ¡Desapareceré por completo y ya nunca nadie volverá a saber de mí! ¡Lo juro! ¡Tienes mi palabra, Demian, mi palabra!
—La palabra de un Judas Iscariote, que vendería hasta su propia madre si le llegaran al precio. Me perdonarás si es que no la valoro tanto como tú. Ahora dime, pedazo de mierda— decía mientras metía la mano dentro de la cartuchera en su cinturón, sacando una de sus dos automáticas de níquel .45, la cual iluminó fugazmente el cuarto con un brillo siniestro al reflejar el resplandor de una luna mortecina, asomándose por la ventana —¿Has bailado con el Diablo bajo la luz de la luna?
Los gritos de Miller se perdieron en la soledad y en la oscuridad de aquella noche, mientras la boca del arma apuntaba directamente a su frente.
—Sí, ya sé que no tiene sentido— a Hesse parecía no importarle gran cosa los histéricos berridos de niña de Robert, los cuales casi apagaban por completo su propia voz —Pero se me ha hecho como una tradición, ¿sabes? Ya no puedo liquidar a nadie a quemarropa sin decirlo, es tan melodramático. Y en realidad me gusta mucho esa película, para qué mentir.
—¡No, Demian, por favor, no lo hagas! ¡No quiero morir!— despojándose de la poca dignidad que le quedaba, Miller se arrojó a sus pies —¡NO QUIERO MORIR, TEN PIEDAD!
—¡Vaya marica de mierda que resultaste ser!— profirió Hesse, furioso, para entonces arrojarlo de espaldas de un fuerte puntapié en pleno rostro, el cual se llevó varias piezas de dentadura consigo —¡Lo menos que hubieras podido hacer era aceptar tu destino y morir con algo de estoicismo ante lo inevitable!
—¡NOOOO!— aullaba la víctima, sangrando profusamente del rostro, justo donde había sido pateado, mientras el cañón con el que le apuntaban se hacía más y más grande, casi hasta devorarlo —¡POR EL AMOR DE DIOS, DEMIAN, NO ME MATES!
Justo antes de jalar el gatillo algo pareció activarse en Hesse, como una especie de mecanismo de resorte que lo inmovilizó por algunos instantes. Los segundos pasaron y a Robert le dio curiosidad por saber por qué razón su cabeza no había estallado, así que abrió los ojos, para encontrarse todavía encañonado pero con su verdugo inmóvil como una estatua. La penumbra cubría gran parte de sus facciones por lo que no podía precisar qué le estaba pasando.
—¿Acaso... dijiste... "por el amor de..."?
Finalmente la blanca dentadura de Demian se asomó en esa sonrisa macabra tan característica en él. Un estremecimiento reptó desde la base de su estómago para escapar por su garganta en forma de una estruendosa carcajada que fue subiendo su intensidad hasta rebasar el límite de demencial. Continuó así por un buen rato, deambulando estremecido por el súbito ataque de risa. Había ocasiones en las que parecía que se estaba ahogando, pero luego de reposar por un momento continuaba riéndose a carcajadas. Aquello, en lugar de tranquilizar al apabullado Director Miller, por el contrario lo atemorizaba todavía más.
—¡Vaya, qué ocurrencias las tuyas!— susurró Hesse una vez que terminó, mientras recuperaba el aliento —Supongo que tengo que agradecértelo, hacía mucho tiempo que no me divertía tanto... sólo por eso estoy dispuesto a concederte un pequeño favor, payaso...
—Entonces... ¿quieres decir...?— musitó Miller, esperanzado, poniéndose en pie como movido por un resorte.
—Calma, bufón, tranquiliza tus caballos— repuso Demian por su parte —He decidido que voy a permitirte salir de aquí... Ahora, como yo lo veo, sólo hay dos maneras en las que puedas salir de este lugar... una de ellas es a través de esta puerta...
Cuando Demian señaló a la puerta que estaba a sus espaldas una sonrisa iluminó el amoratado rostro de Robert. Pero Hesse aún no había terminado de hablar.
—Pasando sobre mí, claro...— continuó, sonriendo con sorna al observar como volvía a palidecer el rostro de su víctima —Ó bien, la otra salida está justo a tus espaldas... así que dejaré que decidas por donde es que quieres salir...
Robert, desesperanzado, miró detrás suyo, justo a la ventana por la que se podía ver la oscura noche salpicada de unas cuantas estrellas cuya luz parecía estar apagada, agónica, justo como la de la luna que parecía estarse riendo de él, burlándose de su destino.
Para el joven Shinji Ikari esa era una noche muy grata. El clima estaba algo húmedo, pero el cielo estaba completamente despejado, lo que le permitía ver las estrellas desde la ventana de su balcón. No recordaba cuándo había sido la última vez que se había quedado como imbécil solamente mirando a la nada, lleno de ilusiones como el muchachito embobado que era. Tal vez sería porque nunca en su vida lo había hecho. ¿Así que de ahí era donde provenían todos esos estúpidos gestos, esos sentimientos acaramelados que veía en las historias de la televisión? De una sonrisa cálida que te regalara una muchacha bonita. ¿Quién lo hubiera pensado? Bueno, quizás estaba adelantando conclusiones. Después de todo, la espléndida tarde que gastó con Sophia quizás no era para armar tanto alboroto. Todas esas miradas y sonrisas, el tono con el que hablaban… bien no podían significar la gran cosa para ella… era una posibilidad, puesto que ella provenía de una cultura muy diferente a la suya. Mucho más abierta, más expresiva. Había escuchado decir que en América era costumbre que las muchachas saludaran con un beso. No lo había creído completamente, hasta que su nueva compañera lo despidió con uno en la mejilla, luego de haberla ayudado a instalarse en su departamento.
Así que no había porqué ponerse de esta manera, todo cursi y con la cabeza en las nubes, imaginando cosas que jamás serían. Seguramente que todo debería tratarse de un malentendido. Sólo esperaba no volver a quedar como un reverendo idiota, como tantas otras veces. No había manera en que una chica a la que acabara de conocer estuviera interesada en él… por lo menos no de esa forma. Y mucho menos una jovencita tan guapa como lo era Sophia. Bueno, aunque a fuerza de ser sinceros, no era TAN bonita. Por lo menos no a los niveles a los que ya, orgullosamente pero sin reconocerlo del todo, estaba acostumbrado. No era ni la mitad de sexy que Misato ni tenía ese esplendor que sólo una mujer completamente desarrollada y atractiva como la Mayor Katsuragi podía tener. Ni tampoco tenía ese toque misterioso, exótico, pero a la vez tentador que era el principal atractivo de Rei, ni sus formas tan suaves. Y Asuka… qué decir de Asuka. Ella era la perfección encarnada. Definitivamente Asuka era la mejor de todas, su sueño hecho realidad. No tenía competencia. Pero aún así, había algo en Sophia. Pese a no ser tan llamativa como las otras mujeres en su vida, tenía algo que lo hacía temblar. Algo que lo ponía a soñar, que lo hacía suspirar como un imbécil al contemplar el cielo estrellado en aquella noche mágica. ¿Qué es lo que sería?
Su celular timbró en la oscuridad, sacándolo de sus pensamientos. Tardó un poco en contestarlo, pero cuando lo hizo se percató que había recibido un mensaje de texto. Por sí solo eso ya era bastante extraño, pero lo era más el que aún antes de leer el número del remitente sabía de quién era. Sophia.
"¡Buenas noches Shin-chan! ^_^ Está haciendo un poco de frío, así que mejor abrígate bien cuando te duermas, no quiero que te resfríes. ^_- ¿O.K.? Te veré mañana. ¡Dulces sueños!"
Desde que Misato le había dado el celular jamás había recibido uno de esos mensajes, y al no estar tan acostumbrado a ese tipo de comunicación, que era tan popular entre los chicos de su edad, tuvo algunas dificultades para responder por el mismo medio:
"Gracias por el consejo. Tú también tápate y trata de descansar todo lo que puedas. Mañana será un día muy ocupado, sé lo que te digo. ¡Buenas noches!"
Ikari presionó entonces la tecla para enviar el mensaje, que tardó bastante en componer. Al hacerlo se sorprendió a sí mismo sonriendo, emocionado. Volvió de nuevo su mirada hacia la ventana, hacia las estrellas que parecían titilar con un nuevo brillo mucho más colorido. Sí. Definitivamente, Sophia tenía algo… un no se qué, que qué se yo…
¿Cómo describir la sensación de paz que transmitía ese lugar? ¿En qué palabras expresar la tranquila e inerme belleza de aquellos pacíficos parajes? ¿Acaso ojos humanos alguna vez podrían apreciar tal majestuosidad, tal escenario salido de los sueños más puros e inocentes? Al divisar semejante paisaje costaba trabajo creer que en el mundo existiera el mal, el odio o cualquier otra clase de fuerza negativa. Allí sólo existía la paz, la paz y un silencio acogedor, abrumador.
Silencio que abruptamente fue interrumpido por el sonido de un motor en marcha, el cual ocasionó la rápida desbandada de un pequeño banco de peces que hasta entonces nadaban distraídos. Sin prestarles demasiada importancia, el pequeño submarino de exploración seguía su curso, profanando con su marcha aquél reino de armonía. Guiaba a la vez que alumbraba su camino con una potente luz delantera que le permitía desvelar los secretos que el mar decidía ocultar a la vista de los mortales.
—Tenemos la confirmación del objetivo, a tres mil metros de profundidad. Permanece en absoluto reposo. Cambio.
Unos cuantos metros más adelante la luz rebotaba con un objeto metálico de gran tamaño. En comparación, el submarino se veía como una especie de luciérnaga acuática, nadando curiosa a su alrededor. No obstante, el Eva Z permanecía yaciendo boca arriba en el lecho marino, en medio de un gigantesco surco que sin duda había sido ocasionado cuando cayó en ese lugar. Nada parecía interrumpir su reposo, permaneciendo en una calma placentera. El gigante de acero dormía a sus anchas en las profundidades marinas, sin imaginarse siquiera los casi cuatro días que las fuerzas de Naciones Unidas habían gastado en encontrar su paradero, en un punto perdido del Mediterráneo, a más de trescientos kilómetros de su última posición conocida.
La tibia caricia que le hacía el sol al atardecer se sentía muy bien. Una refrescante, pero suave brisa mecía su canosa y rala cabellera, y junto al vaivén de su cómoda mecedora lo invitaba a tomar una deliciosa y prolongada siesta vespertina, lo cual hubiera conseguido casi de inmediato de no ser por la interrupción de un balón de fútbol americano que era arrojado a sus pies. Aturdido, dirigió su vista al piso, donde la pelota de forma ovalada aún seguía sacudiéndose. Luego volvió su mirada más allá del pórtico donde se encontraba, hacia el extenso y bien cuidado jardín donde un par de niños, de no más de de diez años, le hacían señas a lo lejos:
—¡Abuelo! ¡Abuelito!— le decían, agitando los brazos —¡Pásanos el balón! ¡Manda un pase profundo!
El General Lorenz sonrió complacido para luego recoger el balón sin levantarse de su asiento y con su brazo derecho lanzarlo hasta donde estaban los infantes. Uno de ellos, el que atrapó emocionado la pelota, rodó por el césped fresco.
—¡Abuelito! ¡Qué buen brazo tienes!— se admiraba el chiquillo pecoso y de cabello rubio, gratamente sorprendido.
El viejo se reclinó de nuevo sobre la mecedora, disfrutando de aquella tarde de ensueño en su rancho a las afueras Monterrey, en el estado americano de Nuevo León. Una elegante y bien equipada mansión se levantaba en medio de un terreno fértil de más de veinticinco hectáreas cuadradas en las que el presidente de los Estados Unidos disponía de varios lujos para su descanso y recreación. Entre ellos un lago privado y una amplia zona para la caza de ciervos.
—Por favor, Demian, deja de esconderte a mis espaldas y mejor sal a respirar este aire tan fresco— pronunció el anciano sin moverse de su posición, respirando profundo —¡Siente eso! ¡No hay nada igual!
—Sólo me estaba sirviendo una copa del brandy que tienes en la cava, Mister Lorenz— repuso Hesse de pie a su lado, sacudiendo ligeramente la copa que sostenía frente a sus ojos para entonces darle un sorbo —Es el mejor que he probado en mi vida… ¿cómo supiste que estaba aquí?
—Dejé de escuchar los trinos de los pájaros desde hace rato. Parece que tu presencia física afecta de diversas formas a las criaturas de este mundo.
—El asunto con Miller ya está resuelto…
—Eso es lo que escuché… muy bien hecho, Doctor…
—¿Y ya han encontrado a Zeta?
—Así parece… ese pobre niño idiota permaneció desmayado en el fondo del Mediterráneo por cuatro días… tal parece que nuestros muchachos lo maltrataron un poco más de la cuenta… supe que transfirieron el mando de la misión al Almirante Merkatz. Es mucho más listo que ese estúpido de Leonard, y además está fuera de nuestra influencia. Es probable que te dé algunos problemas.
—Me las arreglaré…
—Hay algo que te molesta, ¿verdad, socio? Deberías relajarte un poco más, siempre estás tan tenso. Es por que no puedes dejar de pensar en el trabajo. ¡Relájate! Observa bien este sitio— indicó Keel, señalando con la mano los verdes y tupidos parajes que se extendían ante ellos —Todo este lugar fue creado para el descanso. Trata de disfrutarlo mientras dure tu estadía aquí…
—¿Es cierto que para construirlo hiciste desalojar a todo un pueblo?— preguntó Demian, sonriendo en gesto cómplice.
—¿Porqué crees que me siento a mis anchas en este sitio?— respondió Lorenz, complacido, recargándose aún más sobre su asiento —Todo el rencor que este lugar inspira y guarda. Hmmm…. casi puedo saborearlo… Dejé en pie las casas de algunos de esos desdichados. Las uso como establos y corrales para los animales. Te imaginarás que ello enardece mucho más el descontento en las personas.
—Tal vez muchos de ellos quieran desquitarse… quizás con tus mismos nietos…
El viejo rió de buena gana.
—Son un par de mocosos malcriados y egoístas. Justo como sus padres. No podría estar más orgulloso de ellos. Me enteré que el otro día el pequeño Billy le arrancó un mechón de cabello a su nana, todo por no quitarle la pulpa a su jugo de naranja… estos niños…
—Son unos pequeños monstruos— asintió Hesse —¡Todos lo son!— gritó enfurecido, rompiendo la copa en su mano cuando la empuñó violentamente. Ahora la sangre caía gota a gota de su puño —¡Estoy harto de todos estos bichos! ¡Cómo quisiera borrar de una vez por todas a esta mal llamada Humanidad!
—Calma, compañero, calma— instó Lorenz, sin poner demasiada atención al exabrupto de su acompañante —Todo a su debido tiempo. El plan va como debe ser. Si apresuramos las cosas puede que al final fracasemos.
El alto sujeto barbado permaneció en silencio, tranquilizándose en medio de fuertes resoplidos. Se había alterado más de la cuenta.
—Este tipo de escenas aún te incomodan, ¿no es así?— observó el General —Deberías darte una oportunidad. De experimentarlo en carne propia, esto de la familia. Consíguete una señora de muy buen ver, y escucha bien que te digo una señora, toda una mujer, no esas muchachitas a las que eres tan aficionado. Tengan un par de hijos, en una casa con un bonito jardín en algún suburbio. Podrías conseguir un perro y hacer parrilladas e invitar a los vecinos. Deja de torturarte con lo que no pudo ser.
—¡Silencio! ¡No necesito de alguien a mi lado! ¡De nadie! La familia es una necesidad de los débiles seres humanos, que necesitan unos de otros para sobrevivir. ¡Son patéticos! Seres como nosotros no requerimos de esas idioteces. ¡Detesto la bondad y quiero destruir todo lo que es bueno y puro en este mundo! ¡Ése es mi propósito en la vida!
—¿Sabes? De vez en cuando yo también me acuerdo de Yui— repuso el viejo tranquilamente, haciéndose oídos sordos —¡Qué mujer! Nunca me hubiera imaginado que SEELE iría a tener un miembro tan joven. Nuestro séptimo ojo, el más hermoso de todos. ¡Y qué tetas de la zorra! Pero estoy seguro que no fue por eso que te fijaste en ella. No, no fue por eso. Te lo digo yo, camarada, eso del amor no es para gente como nosotros. Mucho esfuerzo, demasiadas complicaciones. Mucho sufrimiento. Por tu bien, y el de tu misión, es hora de que empieces a aceptar los hechos, tal como una vez aceptaste lo que eres. Ella prefirió a Gendo que a ti. Así de sencillo. Necesitas…
—Lo que necesito— interrumpió Demian, mirando al atardecer con los ojos inyectados de ira —Lo que necesito es matar de una vez por todas a ese estúpido muchacho Rivera. No tolero más su existencia en este mundo— dijo, acariciando con su mano ensangrentada su cicatriz en la mejilla izquierda —Quiero hacerlo pedazos, profanar sus patéticos ideales, humillarlo y quebrantar su espíritu hasta el punto en que me ruegue para que ponga fin a su miseria… ¡Eso es lo que de veras necesito!
—¿Así que por eso viniste a verme? Es raro que pidas mi consentimiento para hacer cualquier cosa… normalmente haces lo que te venga en gana…
—Quería estar seguro que no interfería con nuestros planes… no estaba seguro si querías darle algún uso en un futuro.
—Kyle Rivera es tan sólo una mota de polvo por demás insignificante en lo que a mí concierne— repuso Lorenz serenamente —El comité lo quiere vivo, pero si no logra sobrevivir al enfrentarte considero entonces que no es digno de la atención de SEELE y que su utilidad terminó… así de sencillo…
—De acuerdo… así es también como lo veo yo.
—Ya que estás de ese modo, tal vez quieras hacerme un pequeño favor— indicó Lorenz, observando a sus nietos perderse entre los frondosos árboles en medio de sus juegos infantiles —Necesito una buena excusa para anular todas las libertades civiles del montón de indios descalzos que viven en este gran y hermoso país… hemos capturado a uno de sus lidercillos, de esos que se dedican a gritar en las plazas públicas y a arengar a la gente… estoy seguro que conoces a muchas personas de este tipo, allá con tu gente… en fin, lo único que nos hace falta es imputarle un cargo lo suficientemente grande para justificar la medida que ya te he mencionado. ¿Qué podría ser tan terrible, tan espantoso que despertara la indignación nacional y lograran unir al Congreso y a los ciudadanos con derecho a voto de mi lado? ¿Tú lo sabes?
—Entiendo— respondió Hesse, sonriendo sardónicamente mientras empezaba a andar a la arboleda en la que jugaban los niños —Me servirá para quitarme toda la frustración que traigo encima. Gracias por el detalle.
El General lo miraba atentamente hasta que se perdió entre los árboles. Por unos momentos todo siguió en calma, hasta que se escuchó un disparo lejano, seguido por un grito ahogado. Una detonación más puso fin al chillido, para que entonces regresara la tranquilidad en el rancho del Presidente Keel Lorenz.
—Parece que ahora sí podré tomar mi siesta sin interrupciones— se dijo a sí mismo, recostándose cómodamente en el respaldo de la mecedora.
A los pocos minutos ya dormía profundamente.
—¿Desobedeciste ó no las órdenes de un oficial superior? ¡Contesta!
El tono con el que le hablaba el Almirante Merkatz demandaba que se le respondiera de inmediato, lo que Kai hizo, aunque experimentando algunas dificultades:
—Yo… yo no lo llamaría desobedecer… es sólo que no tuve tiempo… todo era tan confuso. Tenía esa cosa encima de mí, mordiéndome… yo no podía simplemente…
Un certero puñetazo en la base del estómago lo hizo callar, cortando de tajo sus balbuceos. El chiquillo se dobló sobre sí mismo y se derrumbó sobre el piso, vomitando y sin aliento.
Merkatz, de facciones hoscas y rubicundas, permaneció en pie delante de él, alisándose el bigote. Después dio algunos pasos en rededor suyo.
—Tenías tus órdenes, y según la grabación dispusiste de bastante tiempo para llevarlas a cabo. Cuatro minutos y quince segundos para ser exactos. Y aún así no lo hiciste. ¿Por qué? ¡Respóndeme cuando te pregunte algo, chiquillo imbécil!
Un puntapié se alojó artero en las costillas del muchacho, cuya fuerza lo hizo rodar sobre su propio eje.
—¡Porqué no podía!— Rivera gritó como pudo, postrado y adolorido —¡No pude hacerlo, cerdo sanguinario! ¡No pude matar a todas esas personas! ¿Está bien? Pero no espero que alguien como usted lo entienda…— remató cuando luego de varios intentos pudo ponerse en pie. Por si no fuera poco la fractura que tenía en el cráneo y varias contusiones más por todo su cuerpo, ahora tenía que ser usado como balón por un pelmazo frustrado. No necesitaba eso, no después de todo por lo que había pasado en los últimos días.
—¿Pero qué cosas dices?— repuso el Almirante, fingiendo incredulidad —Bueno, supongo que tienes razón. No pudiste matar a esas personas. Pero en cambio sí que pudiste asesinar a más de un millar de tropas de las Naciones Unidas, ¿no?
Un nudo se formó en la garganta del chiquillo. Cabizbajo, ya no pudo responder con ningún otro tipo de insolencia. Se había pasado de listo, lo reconocía.
—¡Lo mejor de nuestras fuerzas armadas!— continuó vociferando Merkatz, recorriendo ansioso toda la tienda de campaña en la que estaba instalado su puesto de mando —¡Nuestras mejores naves! ¡Destruidas! ¡Nuestros mejores oficiales! ¡Muertos por montones! ¡La mejor flota que jamás se haya armado! ¡Hecha pedazos por un solo escuadrón de cazas! ¿Y todo por qué? ¿POR QUÉ? ¡Porque un mocoso imbécil no pudo aceptar la responsabilidad que su puesto le confiere y dejó que todo se lo llevara el diablo! ¡Por eso mismo! El arma definitiva… ¡sí cómo no! Esos monstruos la masticaron y escupieron como a un pedazo de chicle… No estoy ni siquiera un poco impresionado. Nadie en el Alto Mando lo estamos.
El militar, largo como un poste y de corto cabello cano peinado hacia un lado, se sentó detrás de su escritorio intentando calmarse, ó por lo menos reflejar una actitud mucho más serena.
—Ahora es parte de la Armada, Teniente— acotó de un modo mucho más moderado —Y aquí todos debemos obedecer órdenes. ¿Queda claro? Aquí todo se reduce a ellos, o a nosotros, así de sencillo. Y yo no pienso dejarme matar por culpa de su moral absurda e infantil. Sé que puede ser algo difícil siendo tan joven, pero reconozcámoslo, usted es muy diferente a cualquier persona de su edad, es por eso que está aquí. Así que más le vale madurar, por su propio bien, y rápido. ¿Entendido?
El muchacho apenas si podía mantenerse en pie, mucho menos responderle. Únicamente meneó la cabeza. Luego escupió algo de sangre.
—Me alegra que por fin nos entendamos— contestó Merkatz, satisfecho, tomando entre sus manos varios documentos —En fin, hay un nuevo mando en esta misión y por lo tanto una nueva estrategia. Atacar el punto donde el enemigo tiene concentradas la mayoría de sus fuerzas fue algo bastante estúpido, y eso lo había dicho desde antes. Es por eso que ahora en lugar de ocuparnos de la vanguardia, fuertemente armada y mejor preparada, nos concentraremos en deshacer su retaguardia, frágil y descuidada— dijo señalando varios puntos en un mapa de la zona que había extendido a lo largo del mueble —Aquellos lugares donde podremos cortar sus líneas de comunicación y dejarlos sin recursos y a la deriva en su maldita islita. Una vez que terminen las reparaciones en el armatoste Z lo usaremos para tomar estos puntos, dejándole la limpieza a la infantería, que irá justo detrás de él. Fácil y rápido, ¿no? Es todo, Teniente, puede retirarse. Le haré llegar los detalles de toda la misión junto con sus órdenes específicas más tarde.
—Pero— repuso Kai, haciendo caso omiso a la prudencia y el sentido común, quienes le aconsejaban callarse e irse de allí lo antes posible, mientras pudiera hacerlo sobre sus dos piernas —Según parece, y por lo que recuerdo, ninguno de estos puntos son blancos militares, señor…
El Almirante Merkatz lo miró fijamente, con sumo desprecio.
—Es una lástima que no puedas ver las cosas desde nuestro punto de vista ni se pueda razonar contigo, muchacho. De hecho, no nos sirves en absoluto. Puede que aún no entiendas la posición en la que estás, o tal vez no quieras entenderla, pero haz de darte cuenta que nos perteneces, tú, fenómeno de la naturaleza. Y si hasta ahora te hemos dejado disfrutar una vida más o menos normal al lado de esa perra japonesa es por el afecto que el señor Secretario le tenía a tu padre, pero también por que esperábamos sacarte provecho en una ocasión como ésta. Pero hasta ahora has demostrado que no tienes utilidad alguna para nosotros. Eres más una molestia, una carga, que una ayuda. Y será mejor que me creas cuando te digo que si esto sigue así llegará el punto en que nos hartemos de ti y te mandemos a ese laboratorio en donde debiste estar desde un principio. Puede que si abrimos esa cabezota tuya y encontramos lo que te hace funcionar por fin puedas hacer algo de provecho, monstruo. Hay mucha gente que quiere hacerlo, ¿sabes? ¡Así que mejor te largas de mi vista ahora que puedes, bastardo malnacido! ¡Lárgate de aquí y cumple con tus órdenes, chiquillo imbécil, ó prepárate para las consecuencias! ¡Largo, largo, largo!
Y así lo hizo, saliendo de la tienda como si fuera un animal lastimado y perseguido. Sin importar la dirección, lo único que quería era escapar de ese sitio tan rápido como pudiera. A donde quiera que fuera, miradas rencorosas y de recelo lo acompañaban. Murmurando a sus espaldas. Señalándolo. Juzgándolo. Todos en ese lugar, sin excepción, lo odiaban a muerte. ¿Y porqué no hacerlo? Era un asesino. Un asqueroso traidor. Debía morir.
—Allí va él…
—Tan campante, el muy bastardo, después de todo lo que pasó…
—Bueno, por lo menos ahora sí tenemos un montón de cadáveres para enterrar…
—Es cierto, en eso sí pudiste ayudar, ¿no, muchacho?
—Shhh… te puede oír…
—¿Y qué?
—No me importa qué tan listo sea, cómo quisiera enseñarle una lección a ese mugroso…
—Te lo digo yo, no me fío de ese chiquillo…
—No es más que una mariquita a la que le tiemblan las piernas a la hora de la acción…
—Esos pobres infelices no tuvieron oportunidad, ¿cierto?
—Y seguimos nosotros, creélo, amigo…
—Ese mocoso hará que nos maten a todos…
—¿Acaso no sabían que es el sobrino de ese hijo de puta del Comandante Chuy?
—¡Desgraciado! Seguramente está trabajando en secreto para esos malditos…
—Pequeño traidor…
—Deberían ensartarlo por el culo en el asta más grande que pudieran encontrar…
—Tal vez así aprendería algo acerca del patriotismo…
—¡Traidor!
—¡Bastardo!
—¡Fenómeno!
—¡Monstruo!
Cómo pudo, llegó hasta su tienda privada, donde se refugió en su catre, escondiéndose en su frazada. Y en sus recuerdos. Extrañaba el sitio de donde venía. Allí todo era tan simple, era tan sólo cuestión de los buenos contra los malos. Negro y blanco, así de sencillo, y escoger un bando no resultaba una elección tan difícil. No había esos tonos grises tan complicados que lo único que lograban era confundirlo hasta dejarlo en la inoperancia. Kaji. Kensuke. Toji. Shinji. Kenji. Shigeru. Asuka. Rei… incluso Ritsuko… los extrañaba a todos. Extrañaba la vida que llevaba con ellos, que ahora le parecía tan ajena. Y Misato. Oh, Dios, Misato. Cuando ese maldito te llamó de esa manera, cuando amenazó con quitarte de mi lado, no pude hacer nada. No pude hacer nada, tan asustado como estaba. Soy un cobarde. Un maldito y jodido cobarde. No pude moverme. Perdóname. Por favor, perdóname. Dios, perdóname por lo que voy a hacer. Perdón a todos aquellos a los que voy a lastimar. Una vez más. Perdón. No tengo otra alternativa, lo siento. Perdón. Son ustedes o yo. Perdón. No puedo salvarlos, ya no, no a todos. Perdón. Perdón. Perdón…
La vida nunca había sido fácil para Ruth. Desde que era pequeña se las había tenido que ingeniar para poder sobrevivir en un mundo globalizado tan inhóspito e indiferente con los de su clase, es decir, aquellos que no tenían el privilegio de poseer un capital considerable. Pero tampoco era que se quejara. En todas las etapas de su vida se las había arreglado para competir en la despiadada carrera por la supervivencia del más apto.
Así, pese a las condiciones adversas en las que el destino la había colocado, Ruth siempre encontraba la manera de seguir adelante, sin importar lo doloroso de las circunstancias. Huérfana a temprana edad, tuvo que trabajar desde muy pequeña como sirvienta en las casas de los ricos. Cuando creció y los hombres comenzaron a fijarse en ella encontró en su propio cuerpo un modo efectivo para hacer dinero, suficiente para lograr sus metas personales y hacerse de un mejor nivel de vida. Luego de algunos años, los cuales también estuvieron llenos de desventuras, sacrificio y mucho esfuerzo, por fin pudo graduarse de la escuela de enfermería. Y hela aquí, a sus veintisiete años, toda una profesionista, con una vida digna que había decidido avocar a lo que mejor sabía hacer. Ayudar a sus semejantes.
El último par de años había resultado ser extremadamente difícil. Con la invasión y posterior conquista del país por parte del Ejército de la Banda Roja los heridos llegaban por montones al hospital. Día a día había tenido que toparse de frente con el abominable rostro de la muerte, cosechando almas al por mayor. Dicha situación resultaba devastadora en su ánimo, y en muchas ocasiones puso a prueba su temple. Pero las cosas en Damasco habían cambiado radicalmente, y en definitiva había sido para bien. Con la derrota definitiva de las Naciones Unidas sus habitantes por fin podían disfrutar de la ansiada paz y llevar un ritmo de vida más o menos normal. Puede que el Ejército de la Banda Roja fuera voraz y sanguinario en sus avances, y si bien era cierto que distaban mucho de ser una organización democrática, garante de las libertades individuales y los derechos humanos, por lo menos dejaban vivir a las personas en paz, siempre y cuando no causaron mucho alboroto.
Era así que ahora Ruth podía dedicarse sin problemas a lo suyo, esto es, a ayudar a su gente a sanar. Con sus cuidados y sonrisa amable procuraba siempre que sus pacientes se recuperaran lo antes posible. Ella, que había tenido que atravesar por tantas penalidades en su vida, al contrario de haberse amargado encontró gran satisfacción en poder dar a las personas que le rodeaban la ayuda de la que nunca dispuso. La vida seguía siendo difícil, pero hacía tiempo que descubrió que ésta puede hacerse mucho más llevadera con una actitud positiva, mirando siempre de frente a los desafíos que el mañana le deparaba. Palabras de aliento, un hombro sobre el cuál llorar, un oído para escuchar, una sonrisa cálida que infundiera esperanza. Incluso el gesto más sencillo podía ser utilizado en su empeño por ayudar a su prójimo. Algunos de sus pacientes la llamaban cariñosamente "Candy" por su carácter tan dulce, que tanta alegría había traído a bastantes personas.
—Candy— murmuró el anciano Ahmed, suplicante, postrado en una de las camillas junto a la ventana —Tengo sed… ¿podrías darme un vaso con agua?
—¡Por supuesto!— asintió de inmediato la entusiasta enfermera, apurándose a ir por una jarra llena —Y por ser para usted hasta le pondré esta linda pajilla, ¿qué le parece?
Se trataba de un popote de plástico rígido, deformado en espirales, tan solicitados por los niños y abandonados por ellos mismos al poco rato. Una baratija sin ningún valor práctico, pero que en el detalle conllevaba un gran gesto de simpatía.
—Qué dulce, Candy… muchas gracias…— pronunció el viejo con los ojos vidriosos, mientras se llevaba la pajilla a sus labios secos y comenzaba a beber.
—¡Tome con ganas! Recuerde que entre más líquidos tome, más rápido se aliviará.
—¡Bebe mucho, Ahmed!— sugirió otro de los pacientes en esa sala, el que estaba acomodado en el pasillo frente a él —Así podrás irte de aquí pronto y podremos tener a Candy para nosotros solos…
Todos en la sala rieron por la ocurrencia, incluso Ruth, pese a que el rubor ya se asomaba a sus mejillas. Cualquier enfermo en el Hospital Civil de Damasco podía considerarse bendecido si es que ella era su enfermera. El tipo de atención y de cuidados que prodigaba, así como el ambiente alegre que propiciaba su sola presencia, era una gran ayuda en la recuperación de aquellas personas. Y en ocasiones conocerla era una experiencia única en la vida. Era de esas personas que dejan huella en los demás.
Se tomó unos minutos para contemplar el atardecer por la ventana. Los rayos solares ya llegaban oblicuos, por lo que su toque era gentil, agradable al tacto. Atardeceres en Damasco. Eran de los más hermosos en el mundo, sin ninguna duda, pensaba ella, que había recorrido medio mundo, así que su opinión en algo debía contar. El puerto, aún a la lejanía, se veía bastante activo. Era uno de los principales abastecedores de suministros para las tropas de la Banda Roja en el frente. Al ver el reloj en su muñeca notó que faltaban unas cuantas horas para que su turno terminara, por lo que debía apurarse para llevar los medicamentos al ala pediátrica y después empezar a llevarle la cena a los pacientes bajo su cuidado. Y hablando de eso, aún no había decidido qué cenar para esta noche… tal vez una sopa estaría bien… lo decidiría en el camino a casa.
Un ligero temblor que sacudió la ventana delante de ella la sacó de sus pensamientos. ¿Terremoto? No. A lo lejos se escuchaba una serie de detonaciones. Aguzó la mirada, lo suficiente para deducir que las baterías de defensa a las afueras de la ciudad estaban disparando contra algo. Lo que vio a continuación la hizo petrificarse en su sitio. Una especie de demonio en armadura verde, mucho más alto que el edificio más grande de la ciudad, se irguió en el horizonte, sacando fuego de sus ojos. El cielo se tornó del color de la sangre y gruesas columnas de humo se levantaban desde el puerto, trayendo consigo el olor de la muerte y la devastación. Aquél monstruo destructor rugía enfurecido, enseñando sus dientes afilados como de tiburón y a la vez esparciendo su voz asesina por toda la ciudad, sembrando el pánico entre sus habitantes.
El diablo volvió a la carga con sus ojos flamígeros, despachando a una tercia de helicópteros de ataque que osaron ponerse en su camino. Los restos carbonizados caían a tierra al tiempo que el gigante se adentraba a la ciudad, habiendo vencido toda clase de resistencia.
Otro haz de luz roja salió disparado de los ojos del monstruo y entonces toda la zona industrial de la ciudad se volvió cenizas, consumida en un mar de explosiones incandescentes. Un rayo más se encargó de pulverizar la avenida principal. Ruth permanecía perpleja, horrorizada por el siniestro espectáculo de muerte y destrucción del que era testigo. El miedo la mantenía inmóvil y si es que no había gritado aterrada es por que el habla le había sido arrebatada por el temor. Quería convencerse con cada fibra de su ser que aquello no era real, tenía que tratarse de alguna clase de pesadilla, un mal sueño del que pronto despertaría. Uno de esos diabólicos rayos la trajo a la realidad, al momento de incinerar la mezquita que estaba cercana al hospital. Y cuando se percató que el monstruo destructor volvía su atención hacia donde estaba, Ruth supo exactamente que hacer. Moviéndose con la misma rapidez que la vorágine con la que la ráfaga destructiva avanzaba a sus espaldas, fue a cubrir con su cuerpo al paciente que tenía más cerca, el señor Ahmed.
Esfuerzo e intención muy loables, pero a fin de cuentas inútil. El anciano y todos los demás pacientes en la sala, así como ella misma y todo el hospital habían sido desintegrados en el acto. Ahora sólo quedaban cenizas flotando dispersas en el aire, donde antes había existido la vida. Donde antes había existido el sueño de una vida mejor.
Los incendios por toda la ciudad le daban a aquella noche un inusual brillo siniestro. Dicha situación ayudaba sobremanera a las tropas de infantería en su labor de asegurar el control de la ciudad. Cosa que ya de por sí era bastante sencilla desde un principio. Dado el gran impacto psicológico del ataque inicial cualquier intento de resistencia había sido sofocado para ese entonces. Damasco volvía a caer bajo el control de las Naciones Unidas, ya era un hecho irrefutable.
Y por alguna extraña razón, Kai Rivera no se sentía ni tantito orgulloso al respecto. Sus manos no dejaban de temblar, por lo que tuvo que pasar varias dificultades para una labor tan sencilla como encender un cigarrillo. ¿Porqué diantres tenía que seguir allí? No conformes con haberlo obligado a hacerles el trabajo sucio, ahora también lo obligaban a quedarse en el sitio de la matanza y contemplar de frente el horror de la destrucción que había provocado. La ciudad estaba en ruinas, la mitad de sus habitantes muertos o bajo los escombros. Y ese olor… ¡Dios, qué olor! El aire llevaba consigo la pestilencia de la carne achicharrada. Podía sentir como esa peste se le impregnaba en cada poro de su cuerpo. Jamás en toda su vida se había sentido tan sucio. ¿Porqué tardaban tanto en recogerlo?
Una piedra fue a pegarle, certera, justo en la nuca. El muchacho se encogió del dolor y el cigarro en su boca cayó cuando aulló adolorido. Al volver la mirada hacia atrás se encontró con un prisionero en harapos que un par de soldados llevaban a punta de pistola. El hombre, cubierto de hollín y sudor, con la ropa raída, vociferaba y agitaba vehemente su brazo.
—¡Tú! ¡Monstruo asesino! ¿Regodeándote en el fruto de tu labor? ¡Maldito seas! Toda la gente que estaba en esas escuelas y hospitales… ¿cuál era su culpa? ¡Dímelo! ¿Porqué tenían que morir? ¿Eh? Te crees muy poderoso, junto con tu diablo mecánico… ¡Pero Dios es el más grande, recuérdalo bien! ¡Dios vengará a toda esa gente inocente! ¡Dios te castigará por tus pecados! ¡A ti y a todos los de tu calaña! ¡Recuérdalo!
El joven piloto no entendió una sola palabra que soltó aquél hombre desesperado, sin embargo sus ademanes y el tono de su voz fueron bastante explícitos. Aquél encuentro no duró demasiado pues los soldados que lo custodiaban lo obligaron a seguir con su camino, pero sin duda que no le habían impedido lanzarle aquella pedrada. El vendaje que ceñía su cabeza volvía a mancharse con el rojo de su sangre, mientras que filas de uniformados pasaban indiferentes a su lado.
—¡Qué puntería la de ese cabeza de toalla!
—Debimos haberle dado un premio… después de todo, le atinó al blanco…
—Ojalá hubiera podido darle con algo más que una piedra…
—¡Oye, esa no es una mala idea!
—Vaya atascadero, ¿eh?
—Dios, qué peste…
—Mira eso… ¿es el pie de alguien?
—Quiero vomitar…
—Yo no volveré a ir a una parrillada en toda mi vida, te lo juro…
—¿Quién va a limpiar todo esto?
—El niño genio no, eso es seguro.
—Maldito desgraciado, sólo míralo…
—Da miedo la calma con la que se toma el asunto, ¿no?
—Bastardo sanguinario…
—Todas esas personas quedaron como carne asada…
—Esto es de esas cosas que te dejan marcado de por vida, amigo…
—Mejor no hacerlo enojar… podríamos quedar igual que todos estos infelices…
—¡Oh, no! ¡Está volteando para acá!
—¡Shhh! Haz como si no te importara.
—¡Asesino!
—¡Bastardo!
—¡Fenómeno!
—¡Monstruo!
¡Cuánto quería largarse de una vez por todas de ese condenado lugar! Lo más triste de todo ese asunto es que comenzaba a entender cómo pensaban los sociópatas. Cuando quiso sacar otro cigarro para reponer el que había perdido encontró que aquella tarea le resultaba aún más difícil que la vez anterior. Sus dedos parecían moverse con voluntad propia, lo que le impedía asir su cigarrillo para llevárselo a la boca. El tabaco cayó al piso sin que pudiera hacer algo para impedirlo. Tan sólo eso bastó para colmar su paciencia y dar rienda suelta a la desesperación que sentía. Estrujó en su puño la cajetilla completa y la arrojó con saña al piso. Él mismo hubiera querido echarse al suelo y llorar desconsolado. Pero no podía. Simplemente las lágrimas no asomaban a su rostro. Únicamente tenía una extraña sensación de vacío oprimiéndole el pecho.
Despertó mucho más temprano de lo usual. Observó el techo de su habitación por algunos instantes, confundida, aún tendida sobre la cama. Después, un rápido vistazo por la ventana confirmó que aún era muy pronto para levantarse. Por la poca luz que había afuera seguramente que acababa de amanecer. Se sentó sobre la cama para luego abrazar sus rodillas, sin quitarse aún las sábanas de encima. Rei Ayanami era sencillamente una jovencita bastante peculiar, y no solo por su aspecto físico. Era su carácter lo que la hacía tan especial. Incluso cuando estaba sobresaltada, como en aquellos momentos, se las arreglaba para que sus gestos no demostraran su estado de ánimo, aún cuando no había persona alguna a su alrededor que pudiera verla. En realidad no es que se las arreglara, sino que así era su naturaleza. Siempre tranquila, siempre alejada. Siempre sumida en el enigma que resultaban sus pensamientos.
Recargó la cabeza sobre las piernas, pensativa. Sabía que le sería imposible volver a dormirse. Todo por aquellos sueños. Los había estado teniendo desde hace algunos días. No eran seguidos, pero sí recurrentes, constantes. Todos tenían que ver con visiones irreales de muerte y destrucción. Amenazas ocultas en la oscuridad se conjugaban con los restos calcinados de Zeta, dejados a la intemperie en un paisaje árido y desolado. Figuras cornadas se alzaban imponentes sobre ellos, victoriosas. Y Kai... Pero no les había querido dar importancia, tan segura como estaba de que se trataba de su subconsciente queriéndola hacer pasar un mal rato.
Hasta ahora. En esos momentos, con una inusitada angustia sobre su corazón, tenía la certeza que Kai estaba sufriendo en aquellos momentos. Jamás había estado tan segura de algo en su vida como lo estaba ahora de ese presentimiento salido de quién sabe donde que le había puesto un final abrupto a su sueño. ¿Pero qué podía hacer al respecto? Eso era lo que más la incomodaba, lo impotente que se sentía estando sentada sobre aquella cama, a medio mundo de distancia de donde pudiera ser de alguna ayuda. Y además, ¿en realidad quería serlo? Su relación con ese muchacho había terminado... ¿por qué tenía que importarle en lo más mínimo su bienestar? ¿Cualquier cosa que pudiera pasarle? Pero entonces... ¿por qué razón se había estado despertando de esa manera casi toda la semana, cuando lo veía morir en sus sueños? Simplemente no podía entender la confusa madeja de emociones contradictorias que bullían en su interior.
—Qué contrariedad… ¡qué contrariedad!— murmuraba desesperado el Mariscal Angeliori mientras caminaba en círculos a las vez que estrujaba sus manos —¡Y precisamente tengo que ser yo quien se lo diga! ¿Ahora qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?
Pese a ser el segundo al mando de las fuerzas rebeldes y estar a cargo de esa impresionante base militar construida de la nada en una isla volcánica, Genaro Angeliori distaba mucho de ser un hombre duro y osado. Precisamente por ello es que el Doctor no tenía empacho en relegarle las responsabilidades menores que tenía a su cargo, bien conciente de que esa parte de su carácter le impediría hacerse ambiciones que pudieran darle ideas extrañas después, como traicionarlo o hacer cosas a sus espaldas. Más que su segundo al mando, el Mariscal resultaba ser su mandadero, su lacayo personal. Y así es como tenía que ser.
—¿Qué sucede, Genaro?— preguntó Hesse, aproximándose por sus espaldas, como era su costumbre —¿Ahora qué es lo que está perturbando esa calva cabecita tuya?
—¡Doctor, casi me mata del susto!— exclamó una vez que el corazón le volvió al pecho —Pero aún así me alegro que esté aquí… estamos en medio de una crisis…
—¿Crisis, dices?— inquirió Demian, tomando asiento a la cabecera de la enorme mesa que usaban para el concejo de guerra.
—¡Damasco, El Cairo y Trípoli han caído, Doctor!— escupió Angeliori sin disimular el temor en su voz —En estos momentos sabemos que las tropas de las Naciones Unidas avanzan hacia Tunez… ¡creo que pretenden cortar nuestras líneas de abastecimiento en la franja sur del Mediterráneo! ¡Quedaremos varados en esta isla!
—Parece que el tal Merkatz ya ha hecho su jugada… debo reconocerle que no pierde el tiempo, aunque sus acciones resultaron ser bastante predecibles…
—¿Predecibles? De qué está hablando? Si ya sabía que esto pasaría, ¿por qué no hizo nada para evitarlo? ¡Ese robot arrasó con todo!
—Cuide su lengua, Mariscal— advirtió entonces el Doctor Hesse en un tono muy severo, fustigándolo con la mirada —El miedo lo está haciendo cuestionarme…
—Disculpe usted— apenas si pudo musitar su acompañante, tan pálido que parecía que se podía ver a través de él —No sé que me pasó…
—Las preciosas líneas de abastecimiento por las que tanto te preocupas, mi atolondrado Genaro, me tienen sin ningún cuidado— reveló Hesse, hundiéndose en su asiento en una pose reflexiva —Después de todo, no tenía contemplado irrumpir en el continente europeo con nuestras tropas, así que no necesitaremos más recursos que los que tenemos aquí…
—¿Quiere decir… que pretende utilizar para la invasión… a… ELLOS?
—En efecto… serán los Jinetes del Apocalipsis quienes cabalguen sobre toda Europa... sin embargo, no puedo dejar pasar la oportunidad que se me presenta… la ocasión es perfecta para deshacernos de una vez por todas de ese estorbo del Eva Z. Después de todo, no podemos pasar por alto la destrucción de todas esas ciudades indefensas, ¿no te parece?
—¡Es muy arriesgado! Recuerde que a pesar de que lo atacaron entre dos, esa cosa aún sigue en pie… todos esos rumores eran ciertos… ¡es indestructible!
—Admito que la concha de Zeta es muy dura— dijo entonces, esbozando esa sonrisa suya tan macabra, que congelaba la médula —Pero también he aprendido que su interior es blando… muy blando… y es precisamente ahí donde pienso atacar…
