Miró los claros ojos azules que se mantenían fijos sobre los suyos envueltos en una expresión expectante. Sintió la boca seca, tanto como si su saliva se hubiera convertido en arenisca. Cuando quiso pedir agua, la voz no logró emerger de su garganta desgarrada por más que lo intentó, pese a eso el hombre que lo sujetaba gritó algo y Thorin escuchó movimiento a su alrededor seguido de la boca de una cantimplora pegada a sus agrietados labios. Intentó beberla toda de un sorbo desesperado, pero el hombre solo permitió que mojara sus labios con el líquido refrescante que no hizo mucho por quitarle la sed. La cabeza le daba vueltas y no lograba reparar en lo que sucedía, ni quien era aquel que parecía estar prestándole asistencia, ni qué era lo que había sucedido para que él la necesitara. Se sentó recostándose hacia atrás y sintiendo las barras frías besándole la espalda; Thorin no les prestó atención, en lo único que podía pensar era que necesitaba desesperadamente un sorbo de agua. El hombre dijo algo y volvió a acercar la cantimplora, esta vez permitiéndole beber hasta el cansancio. El agua se le corrió por las comisuras de la boca, empapándole las barbas y la camisa hasta los pantalones, pero no le importó, siguió bebiendo hasta que su sed quedó saciada; entonces enterró su rostro entre sus manos e intentó volver en sí ante la horrenda sensación de desmayo. Sintió el roce de unos dedos que tocaron su cabeza y una voz que susurraba palabras ininteligibles, que sorpresivamente le hicieron sentirse mucho mejor. Levantó la vista en dirección a su salvador y le tomó unos segundos enfocarse y reparar quién era el que ahora lo sujetaba de los hombros con firmeza; sin embargo el rostro longevo comenzó a cobrar cierta familiaridad.
- Mago gris… - murmuró intentando levantarse, pero Gandalf lo detuvo advirtiéndole que si no quería volver a desmayarse debía permanecer quieto mientras sus sentidos terminaban de despabilarse, y Thorin no fue capaz de oponer resistencia. Entonces miró a su alrededor. La oscuridad era levemente vencida por las antorchas de los soldados élficos que se mantenían en los alrededores, con sus escudos en mano y espadas en los cintos. Notó que su visión era obstruida por cuatro paredes de gruesas barras de hierro negro y de repente también sintió la caricia fría y pesada del metal rodeando una de sus muñecas. El entumecimiento y los calambres llegaron en seguida. Supo que había estado encadenado, probablemente de espaldas alrededor de ese grueso tronco oscuro que se levantaba en medio de la jaula. También reparó en sus vestimentas, que no eran más que una túnica y pantalones de lana sin teñir. Ropas de prisionero.
Llevó sus ojos hacia Gandalf y notó que lo estaba mirando con atención, como si intentara comprender cosas que aún no se atrevía a preguntar. Entonces llegó el miedo, miedo de continuar haciendo conjeturas por medio de todo eso que sus ojos le mostraban, miedo de escuchar lo que comenzaba a sospechar, miedo de haber cometido un grave error.
- Príncipe Thorin, lamento que nuestro primer encuentro luego de tantos años, sea en tan terribles circunstancias. Me encantaría sentarme a charlar un poco más, pero debemos partir de inmediato, si es que te consideras con las suficientes fuerzas para luchar.
- El Rey…- murmuró, - ¿d-dónde está?... ¿dónde está?– repitió mirando a su alrededor, abrumando, rodeado nada más que de rostros desconocidos. Ha muerto. Me ha abandonado. Me ha traicionado. – Se llevó la mano hacia el bolsillo derecho donde solía llevar aquella piedra de azul intenso, pero lo encontró vacío.
- No tenemos noticias del Rey Thrór, pero Erebor aún resiste la furia del dragón Smaug, así que nuestras esperanzas de que su alteza continúe con vida seguirán cabalgando con nosotros hasta que lleguemos al valle. – Las palabras de Gandalf cayeron en oídos sordos. Thorin paseaba sus ojos por los rostros marmóreos de las hermosas gentes en el campamento, desesperado por encontrarlo.
Por favor… por favor, no me lastimes, no me abandones, que no podré soportarlo.
- Mi príncipe… - Dijo el mago ofreciendo su mano y pidiendo su atención; Thorin la tomó sin más opción y se incorporó. Se quitó la argolla que aún sopesaba en su muñeca y la dejó caer. En cuanto salió de la jaula vio a la Dama de Plata encabezando al ejército de Thranduil y recibiéndolo con una sonrisa enigmática. Thorin jamás la había visto, pero sí que había escuchado infinidad de historias cantadas en honor a su belleza pero por sobre todo a su poder.
- Príncipe Thorin – exclamó haciendo una reverencia – Ya no tienes más enemigos aquí. Los Elfos de Lórien e Imladris hemos venido a tu auxilio, en nombre de la amistad que perdura entre nuestras razas y que no permitiremos que se mancille por estos actos viles que no representan el respeto y los deseos de paz de nuestros pueblos para con los hijos de Aulë.
Thorin no fue capaz de contestar. Sus ojos volvieron a inmiscuirse en su entorno, reparando que todos los soldados pertenecían a Thranduil, aunque resultaron desconocidos para él; sin embargo, justo detrás de Lady Galadriel, Thorin vio a un caballero que era parte de la Guardia Real del rey, y que reconoció por la distintiva capa bordada con hilos de oro que le colgaba de unos pines esmaltados en forma de hojas. El Elfo de cabellos de plata estaba encadenado de las manos y había sido despojado de su escudo, espada y yelmo, claramente en representación de rendición. Thorin miró hacia atrás, y por primera vez se enfrentó a la jaula que se elevaba al centro del campamento, negra y fría con sus gruesos brazos de hierro de los que aún seguiría prisionero si no fuera por el mago gris y los elfos del bosque dorado.
Me engañó.
- Aún a sabiendas de que acabas de volver al mundo de los vivos – continuó Lady Galadriel – mucho me temo que no podemos perder más tiempo aquí. Debemos marchar hacia Erebor de inmediato. He visto la muerte de dos reyes en estaba batalla, y si no arribamos pronto al valle, la voluntad de las huestes que aún resisten acabará por menguarse y la ruina inminente caerá sobre tu reino, príncipe Thorin, y entonces ya no habrá nada que podamos hacer.
El Enano dio un paso al frente y miró a la Dama Blanca a los ojos, sin temores de desafiarla; entonces con voz firme, demandó saber - ¿Por qué fui hecho prisionero y quién es el responsable?
Contestadme ahora, o no os distinguiré de entre mis enemigos.
La llamarada lamió sutilmente el rostro de Thranduil, pero quien recibió el beso de fuego fue uno de los arqueros élficos que se interpuso entre su rey y el ataque del dragón. De inmediato su cuerpo se envolvió en feroces llamas escarlatas. En cuanto los alaridos desesperados cesaron, el caballero no era más que un montón de humeante carne negra al rojo vivo yaciendo sobre las piedras ardientes del valle.
- ¡PROTEJAN AL REY! – gritó uno de los comandantes y una barrera de cuerpos envueltos en armaduras se formaron en fila delante de Thranduil, como un escudo de acero, carne y huesos. El Rey Elfo seguía tendido sobre su espalda víctima de los maleficios del dragón que continuaba susurrándole palabras horrorosas al oído, palabras llenas de furia y maldiciones. No obstante, Thranduil no había parado de comandar ataques aún presa del más puro sentimiento de horror; su boca atiborrada de dolorosas llagas y úlceras continuó gritando órdenes mientras sentía como la mirada endemoniada del dragón lo quemaba más que el mismo fuego. Las flechas se disparaban contra las alas que ya estaban parcialmente en llamas y el dragón luchaba por mantenerse en el aire, necesidad que cada vez se le resultaba más difícil de conservar.
Thranduil sentía que llevaban siglos batallando contra la bestia; pensó que a lo mejor pasarían toda la eternidad en aquel infierno impregnado de fuego y dolor, condenados a la tortura y el sufrimiento sin fin. No sabía a ciencia cierta cuánto daño había recibido. Sentía como si su cuerpo entero estuviera en llamas, aunque se obligaba a creer que no era tanto así, porque todavía estaba con vida. Lo que sí sabía era que uno de sus ojos no funcionaba más, y que su cara ya no era la misma. Las huellas que el fuego estaba dejando plasmadas sobre su carne podían ser cubiertas bajo velos mágicos de piel tersa y hermosa, pero las que estaban quedando impregnadas sobre su corazón no sanarían nunca y él tendría que cargarlas hasta el final de los tiempos, a menos que la noche de sus largos días llegara por fin con la ruina de Erebor, en aquel valle que no era su hogar.
Intentó levantarse, primero sosteniéndose de sus manos y rodillas, sintiendo como si tuviera que cargar con la misma montaña sobre sus espaldas. En cuanto se liberó de sus manos y comenzó a ponerse de pie, el dragón, decidido a mantener sometida a su presa primordial, lanzó un grito que estuvo a punto de destrozar los tímpanos del rey - ¡ABAJO! ¡ABAJO! ¡ABAJO! – y Thranduil volvió a caer.
En ese momento, un sonido de cuerno retumbó sobre el valle y el tiempo pareció detenerse en aquellos momentos en que las notas se deslizaban por el aire. Todos llevaron su mirada hacia el oeste y de nuevo el cuerno volvió a entonar su melodía.
Hombres. – supo de inmediato. Aquello significaba que los Señores y Reyes del Oeste reunidos aquella lejana tarde en la morada de Elrond habían aceptado sus propuestas. La certeza le brindó la suficiente energía para ponerse de pie y echar a correr con todas las fuerzas que le restaban hacia el interior de la montaña, mientras los soldados miraban esperanzados el descenso del ejército hacia el campo de batalla y el dragón Smaug se debatía en los aires rabioso por la nueva contrariedad que se le sumaba a sus deseos de conquista.
Thranduil tomó un arco de entre los montones de cadáveres junto al carcaj medio vacío y se lanzó en la búsqueda del legítimo Rey de los Enanos refugiado en el corazón de su montaña.
Mientras tanto, Legolas vio como los caballeros del príncipe Imrahil de Dol Amroth se formaban sobre el valle, con los arcos cargados apuntando hacia el cielo o socorriendo a los heridos, tanto para atender sus heridas como para darles la caricia misericordiosa del acero y acabar con el sufrimiento. Smaug se había enloquecido y ahora se precipitaba contra sus enemigos con sus gigantescas fauces afiladas cerrándose en todo cuanto encontrara por su camino. Había comenzado a tocar tierra y eso era tanto mortal como conveniente para los guerreros, puesto que significaba mayores oportunidades para herirle de gravedad, aunque al mismo tiempo los ataques de la bestia resultaban más dañinos sobre tierra, donde se movía con la rapidez de una enorme serpiente de fuego, devorando y aplastando a su paso.
Legolas arrojó su carcaj vacío y se inclinó tras un montículo que bien pudo haber sido de roca o de cuerpos incinerados en sus armaduras; aunque a él no le importó, mientras resultara ser refugio suficiente contra el fuego. Lo siguiente que debía hacer era embarcarse en la búsqueda de las flechas élficas esparcidas por todo el valle, mientras las alas del dragón siguieran funcionando y no hubiera manera de luchar con la espada.
No había tenido otra opción más que deshacerse de su armadura, que había comenzado a pulverizar sus ropas hasta causarle dolorosas úlceras por el contacto del acero ardiente contra su piel desnuda. Había intentado acercarse a su padre, que dirigía a los arqueros al noroeste del valle, pero le resultó imposible avanzar sin poner en riesgo su vida. Cada vez que veía un mar de flechas resplandecientes dispararse desde aquella dirección, su corazón se obligaba a creer que su rey se encontraba bien. Thranduil ya había sobrevivido a la furia de un dragón antes, y esta vez no sería la excepción.
Se incorporó y corrió hacia un carcaj parcialmente quemado casi lleno de flechas, aunque en su mayoría inservibles; las seleccionó y tomó las que todavía pudieran ser utilizadas. Entonces, con sus ojos élficos, Legolas se guió por el campo de batalla recolectando, mientras el dragón se centraba más en sus nuevos enemigos que estaban presentándole buena batalla. No obstante, no supo en qué momento, el enloquecido monstruo lanzó una gigantesca llamarada y los largos brazos de fuego se dispararon en todas las direcciones, algunos logrando alcanzarle y ardiendo en su rostro solo por unos segundos, los suficientes que le tomó al Enano interponerse entre el Elfo y el fuego con un enorme escudo que soltó al instante en que las llamas se expandieron por el suelo, aunque más a razón de que no fue capaz de soportar las quemaduras que el acero al rojo vivo causó en su mano.
Thorin… Pensó, mientras la figura negra se aproximaba hacia él flexionando los dedos de la mano quemada. Se inclinó sobre Legolas y le vertió con suavidad un hilillo de agua sobre el rostro, para aliviarle el escozor de la piel.
Thorin…
Sintió la frescura del líquido aliviando la quemadura de su rostro y cuello; cuando el Enano le ofreció su mano, Legolas la aceptó para incorporándose y luego agacharse junto a él tras otro montículo oscuro.
No. No es él. – reparó mirando aquel rostro desconocido iluminado por la luz roja del fuego.
- Tienes suerte, señor Elfo – comentó el Enano – la quemadura no es sino una insignificancia.
- Todo gracias a tu auxilio oportuno. – contestó agradecido – No quedaría nada de mí si no hubieras interferido.
- Es todo sobre honor, señor Elfo, y también sobre deber. No obstante, he de advertirte que a lo mejor la próxima vez no tengas tanta suerte; no es sensato apartar los ojos del enemigo en medio del campo de batalla.
- Fue un descuido de mi parte. Mi carcaj está vacío, y me he visto en el menester de buscar las flechas esparcidas por el campo.
El Enano lo miró detrás de sus pobladas cejas castañas con el ceño fruncido, juzgándole, y luego de una breve pausa, exclamó – ¿Qué tan hábil os consideráis con el arco?
- No encontrarás ningún otro mejor que yo. – contestó Legolas con seguridad, guardando las flechas que había recolectado dentro del carcaj y colgándoselo al hombro.
- Si lo que te atreves a proclamar es verdad, entonces tal vez podamos aprovechar la oportunidad. – dijo el Enano casi para sí mismo, - Sígueme, rápido. – Tomó otro escudo abollado de entre los escombros y Legolas lo imitó, luego comenzaron a correr hacia la montaña.
- ¿A dónde vamos? – gritó Legolas, siguiendo de cerca al Enano.
- A la torre vigía más alta de Erebor. – contestó sin aminorar la marcha y apuntando con el dedo uno de los peñascos más altos que se elevaban desde la base de la montaña; entonces Legolas apresuró el paso y le alcanzó hasta correr a su lado - ¿Cómo he de llamarte si no me has dicho tu nombre?
- Gimli. – contestó el Enano – Gimli hijo de Glóin. ¿Cuál será el nombre del mejor arquero de la Tierra Media que corre a mi lado?
- Legolas – dijo sin poder evitar hacer una rápida reverencia – hijo de|
- Thranduil – le acompañó el Enano, soltando luego un bufido – Oh, perdonará mis groseros modales mi Señor, no le hubiera reconocido en este infierno de lodo y fuego ni aunque mi vida dependiera de ello.
Corrieron hasta una pequeña entrada picada burdamente sobre la misma piedra negra y a la que Legolas tuvo que inclinarse para poder acceder aunque no sin dificultad. Dentro no había luz, pero el ritmo de los escalones era constante, así que aún sin ojos para ver donde pisaban, los guerreros mantuvieron el ritmo acelerado recorriendo la larguísima escalinata hacia la punta del risco.
- Tengo que advertirle, mi Señor – dijo el Enano jadeando con cada paso – la empresa que nos apremia necesita ser llevaba a cabo por el más diestro de los arqueros. Lo que encontraréis allá arriba no será nada que hayáis visto antes.
- ¿Acaso dudas de mi habilidad, Gimli? – preguntó Legolas, escuchando como el eco de su voz retumbaba dentro de la larga y estrecha estructura de piedra. El Enano no contestó más que con otro bufido, seguido de murmullos sarcásticos que pretendían ser inaudibles, pero que Legolas pudo escuchar perfectamente: "El hijo de un Rey autoproclamándose el mejor guerrero de la Tierra Media, ¡Já! Como si no he escuchado eso antes…" – Legolas ignoró tales asunciones y continuaron con el ascenso en medio de la negrura absoluta.
A un kilómetro del valle, el ejército de Lórien e Imladris hizo una parada obligatoria, al encontrase con un campamento improvisado atiborrado de miles de heridos, y montañas de muertos apilados a punto de ser convertidos en gigantescas piras. Los soldados moribundos continuaban llegando, buscando la oportunidad de poder tenderse sobre el mismo suelo de piedra donde no esperaban más que té para el sueño para aliviar el mortífero cansancio y el dolor.
Los ojos de Thorin se envolvieron en lágrimas, aún cuando él quiso evitarlas a toda costa. Era un príncipe, no tenía permitido llorar, pero sentía que había llegado al mismo infierno al ver que su pueblo no hace mucho poderoso y floreciente ahora se había convertido en un montón de cadáveres y cenizas. Se limpió la vergüenza de los ojos y se apeó del pony. Un caballero al que Thorin reconoció como del ejército de Imrahil se aproximó hacia la Dama Blanca.
- Erebor está destruido. – le informó –Thráin se ha proclamado Rey de los Enanos.
- ¿Thrór ha muerto? – inquirió Galadriel.
- Ha huido – contestó el caballero con repugnancia, como si exclamar aquellas palabras le supieran a su propia deshonra – Los Enanos dicen que se ha escondido en las profundidades de la montaña.
Tras la revelación, Thorin volvió a subirse al pony y lo espoleó de inmediato con todas sus fuerzas. Escuchó a sus espaldas los gritos de Galadriel y Gandalf, además de órdenes dichas a los jinetes para que lo detuvieran, pero el príncipe de Erebor conocía mejor que nadie aquellos caminos, y no habría nada que pudiera detenerlo, no hasta tomar el resguardo de la sangre de su sangre, hasta que enmendara el error que había cometido.
Me traicionaste. Confié en tu palabra aún cuando mi corazón me decía lo contrario. Matarás a mi familia y tomarás Erebor como tuyo, eso fue lo que siempre quisiste… pero primero tendrás que pasar sobre mi cadáver, si antes yo no he pisoteado el tuyo.
NOTA: Si el fic te gustó, déjame saberlo! me ayuda a continuar, especialmente ahora que tan solo quedan tres o cuatro capítulos más :)
