Capítulo 21: La Partida.
EDWARD POV
El escarlata de sus ojos permanecía fijo en mí. Su rostro estaba sereno. Extraño, pensé, generalmente el despertar de un humano como vampiro no suele ser tan... pasivo. Carlisle estaba a mi lado y nos flanqueaban tres hombres más.
Simple precaución, los neófitos suelen ser demasiado agresivos. Sin embargo, este hombre estaba en completa calma. Hasta sus pensamientos encarnaban una laguna vacía y sosegada; constante. Con una sola imagen y nombre repitiéndose periódicamente: Alice, Alice, Alice...
Mi padre posó una de sus manos sobre su hombro. Sus movimientos habían sido pausados, precavidos... innecesarios. Jasper no se inmutó en lo más mínimo. Seguía en completa parálisis, en un estado casi catatónico.
Alice...
–Bienvenido, hijo
Jasper asintió, muestra clara que estaba escuchando, de que entendía todo. En la guarida se había alzado una perenne afonía. Todos esperaban alguna reacción, algún movimiento. Alguna palabra. Nada. Solo silencio. Sentí una punzada en las sienes.
Alice...
–Dejémoslo solo – propuse – lo necesita.
Sabían que podían confiar en mí. Al final de cuentas, yo era el que lo podría llegar a entender mejor gracias a la posibilidad de escudriñar su mente.
Salimos de la habitación en donde se encontraba, me senté en una de las rocas. La luna seguía iluminando al bosque con sus rayos plateados. Suspiré. Su recuerdo arribó otra vez, con mucha más fuerza que antes. ¿Cuánto tiempo pasaría para volver a verla? Decidí no pensar en una respuesta. Era cobarde para el dolor.
Preferí llevar mis pensamientos hacia otra parte: Laurent. Ese maldito había escapado, junto con otro pequeño grupo de hombres, y no teníamos rastro alguno de ellos. Necesitaba encontrarlo. Una bestia como él no podía seguir con vida, no cuando, sabía yo, su principal objetivo era matar a Bella.
Sonreí irónicamente. ¡Quién lo diría! Yo, quien había deseado tanto aniquilarla, ahora daría mi vida por protegerla... Si, definitivamente lo haría. No me cabía duda alguna de ello.
La madrugada cayó envuelta en una profunda desolación. Había en la atmosfera cierta nostalgia, cierta angustia que se iba propagando conforme cada segundo pasaba.
Escuché sus pensamientos venir antes de verlo.
–Toma asiento – indiqué. El rubio accedió – ¿Cómo te sientes?
–Confundido...
–Entiendo – asentí. Parecía que el que pudiera leerle los pensamientos no le asombraba ni incomodaba
–¿Por qué...?
–Tú no querías morir – contesté – no querías morir por ella.
–Alice... – su melancolía era palpable.
Asentí.
–Tal vez no fue lo mejor – me disculpé – actué por impulso. La intensidad de tus pensamientos, de tu amor por ella... me sentí identificado contigo.
Su mente quedó en blanco por un momento. Volví a evocar sus pensamientos: la furia y doliente impotencia de no hacer nada para cambiar el destino. El miedo de perecer y yacer en cenizas, sin volver a verla, sin poder cuidarla. No importaba si ella no lo amaba, si no iban a poder estar juntos jamás, él se iba a conformar con ser su guardián, su protector, el que daría diez mil veces su vida para salvaguardarla de todo peligro, el que viviría para procurar que fuera feliz.
Y los pensamientos de la princesa no habían sido menos escandalosos. El febril deseo de ser la dueña de su dolor, la absoluta resolución de dar hasta su alma con tal de librarlo de la muerte. Toda esa combinación de incondicionalismo, de amor puro y entrañable, había sido como un reflejo de un oscuro mar en el que yo, tiempo atrás, me había sumergido.
Ser el único testigo de toda esa angustia fue como revivir pasados recuerdos que se negaban a mostrarse límpidamente; pero que me aseguraban tres cosas, de las cuales yo era incapaz de albergar la más mínima duda. Una, yo había amado a una mujer de la misma manera que Jasper, con la misma intensidad, con el mismo impulso de protegerla contra todo lo que pudiera hacerle daño. Segunda, yo también había sido amado por ella que, al igual que la princesa Alice, daba todo por mí. Y, tercera, nosotros también habíamos sido de razas diferentes, lo nuestro también había sido un amor prohibido...
–Gracias – dijo, rompiendo en silencio y mis cavilaciones.
Le miré, su expresión seguía siendo serena. Su rostro estaba inclinado hacia abajo y jugaba, con la punta de sus dedos, la tierra húmeda.
–Pensé que me maldecirías por haberte hecho esto
–No, nunca pensaste esto – discutió – siempre supiste que estabas haciendo lo correcto. Leíste mis pensamientos, me imagino que es como si hubieras encarnado en mi alma, hiciste lo que tú desearías hubieran hecho por ti y nadie, ningún ser vivo, es lo suficientemente valiente como para cambiar una salvación por una condena. Desde un principio supiste que me estabas salvando... Y te lo agradezco, sinceramente.
–No tienes por qué – puse una mano sobre su hombro – Al final de cuentas, te di la inmortalidad, pero te arrebaté la posibilidad de estar a su lado
–Yo no voy a hacerle daño a ninguno de ellos – sentenció, mirándome a los ojos
–Nadie te pedirá que lo hagas – tranquilicé – mi familia, en realidad, jamás ha atacado a la Realeza. He sido yo y un infructífero número de hombres quienes siempre hemos querido revelarnos; pero las cosas han cambiado, Jasper. El ataque al Castillo no fue provocado por mí, si no por el mismo que estuvo a punto de arrebatarte la vida. He regresado con mi gente. Tal vez sea ya muy tarde para remediar todos los errores que cometí en los años pasados... pero haré el intento. Ahora, mi única prioridad es atrapara a Laurent.
–También la mía – asintió
–Tenemos más cosas en común de las que creemos
–Si – acordó – la más importante: ambos estamos enamorados de dos princesas inmortales.
Mi espalda se irguió ante su comentario. Él seguía viéndome fijamente. Sus pensamientos estaban estrictamente cerrados. ¿Cómo era posible...?
–No es necesario ser lector de mentes – aclaró – mientras agonizaba, podía sentir toda tu desesperación por alguien ahí presente. Ahora, puedo reparar tu añoranza, que se combina con la mía como si se tratara de una sola. Me salvaste no por lastima, si no por que te viste reflejado en mí. Ahora lo entiendo. Pero tú no amas a Alice. Amas a su hermana, a la princesa Isabella. Lo sé, lo percibo con tanta fuerza que casi se vuelve tangible para mis manos.
–No debes de emocionarte con el don que te ha sido otorgado – evadí, poniéndome de pie – algunos se vuelven locos. Lo mejor sería que te lleve a casar, has de estar sediento.
Escuché su risa tranquila detrás de mi espalda y sus pasos aproximarse.
–Vamos
–Pareces demasiado resignado –apunté. Se encogió de hombros
–Todo es mejor a lo que me esperaba. Ahora, en realidad podré cuidarla... por siempre.
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ROSE POV
Él dormía. Yo lo contemplaba, sin parpadear, con la mandíbula tensa y los ojos cristalinos. Suspiré, mientras mis dedos se apretaban alrededor del objeto que sostenía de manera cobarde. El aire que llegó a mis pulmones dolió. Mi rostro se crispó ante la molesta sensación, pero no dejaba de verle. Tal vez, inconscientemente, mi alma pedía grabar, muy en el fondo, la gloriosa imagen de su rostro sereno.
Las heridas de Emmett estaban casi del todo curadas. Su mejoría había sido pronta, solo quedaban pequeñas contusiones por cicatrizar. Llevé mis manos hacia la venda que tenía enrollada sobre la frente. La acomodé. Aproveché para acariciar su mejilla. Otra vez dolor. En todas las décadas de mi vida había experimentado algo tan similar. El esfuerzo que hacía por no llorar era enorme. Mi actitud era vergonzosa. Y yo que pensaba haberme familiarizado con el sufrimiento. ¡Qué equivocada estaba! El corazón jamás logra asir de la mano a las penas. Emmett me enseñó eso.
Mis manos temblaban, agitando el frasco de cristal que en ellas reposaba. Lo tenía que hacer. No había otra manera. Esto que sentía por él era demasiado fuerte, demasiado peligroso. Amenazaba con ablandar mi alma, con dejar todo mi rencor a un lado, con traicionar la memoria de toda mi familia.
"Puede que ahora no me digas que me quieres, pero lo sientes y no lo puedes controlar"
Qué ciertas habían sido sus palabras. Tal vez, si no las hubiera dicho, no estaría dispuesta a hacer esto. Hubiera podido afirmar que el salvarlo había sido solo un simple desliz, una mera forma de agradecimiento. Hubiera seguido mintiéndome a mi misma diciéndole que lo odiaba mientras lo besaba y dejaba que me encontrara... Pero no. Lo que yo sentía por él estaba declarado, impregnado en mi sangre. Y el único modo de borrarlo era de esta manera.
Destapé el frasco. Por primera vez en varios minutos, dejé de ver a Emmett y presté atención al líquido que se introduciría en nuestras bocas. Estaba temblando, prueba clara que, después de todo, era una maldita cobarde.
–Es necesario – susurré. Luego, decidí por dárselo a él primero. ¡Si, era una basura! Egoísta... carente de valor. Demasiado poco para un hombre como Emmett.
Su sueño era demasiado tranquilo. Traté de actuar de manera rápida, sin detenerme a pensar. Metí una de mis manos para sujetar su espalda y con la otra, acerqué el frasco para que la pócima se vertiera por sus labios, que se apretaron repentinamente. Emmett abrió los ojos, clavándolos en los míos.
–Hagas lo que hagas, aún así me des cientos de pócimas, no dejaré de amarte, Rose – susurró, tomando mi rostro entre sus manos.
Permanecí inmóvil, pasmada... Agradecida. Sus dedos enjuagaron las lágrimas que mojaban mis mejillas.
–¿Por qué? – Preguntó, con voz dolida – ¿Acaso tan malo es amarme que estás dispuesta a sacrificarte? Mira cómo tiemblas – señaló, sin darse cuenta que él se encontraba en la misma situación – ¿en realidad quieres que olvidemos esto?
–No – contesté, soltando el frasco que cayó al suelo – no quiero.
–Al fin, Cielo Santo – musitó, alegremente, mientras su frente se pegaba a la mía y sus manos se hundían en mis cabellos – Dime que me quieres – pidió, con cálido aliento golpeando mis parpados – dímelo, Rosalie. Necesito escucharlo.
–Te quiero – murmuré y, sin esperar más, sus labios se instalaron en los míos intensamente. Mandando, con su humedad, varias de descargas eléctricas que removieron cada punta de mi piel.
Dejé escapar un suspiro. Me besó con más pasión. Sus manos abandonaron mis cabellos y se pasearon con tórrida lentitud por mi cuello hasta llegar a mis brazos y bajar por mi cintura. Temblé. Mi respiración se volvió irregular. Cerré los ojos e hilé mis dedos en sus oscuras hebras cuando sentí sus labios cerca de mi oído.
–Quiero hacerte mía – confesó, con voz gruesa y suave. Me abandoné entre sus brazos, pegando mi cuerpo al suyo, en una silenciosa aceptación a sus palabras. Mi boca buscó la suya.
–¿Qué esperas entonces? – musité, contra sus labios. Él sonrió. Mis dedos comenzaron a pasearse por su pecho y brazos desnudos, delineando cada línea de sus músculos.
Me empujó delicadamente para que mi espalda cayera sobre la cama y sus labios comenzaron una húmeda peregrinación hacia mi cuello y la entrada de mis pechos. Comenzó a deshacer el amarre de los listones de mi vestido, el cual se deslizó hacia abajo para dejar mi piel desnuda frente a sus ojos oscurecidos. Un ligero rubor se asomó a mis mejillas. Nuestros pechos subían y bajaban, agitados. No era la primera vez que yo me mostraba de esta manera frente a un hombre. Tampoco era la primera vez que él miraba a una mujer sin ropa. Pero si era la primera vez que ambos estábamos entregando más que nuestros cuerpos.
–Eres preciosa – susurró, volviéndome a besar, mientras sus manos acariciaban mi cintura, mis pechos, mis piernas...
Un gemido se escapó de mi garganta al momento en que sus labios comenzaban a acariciar mis senos, endureciendo, con la humedad de su lengua, mis pezones. Me miró a los ojos, con un brillo travieso y esbozando una sonrisa juguetona.
–Esto no se ve a quedar así, querido – advertí, dirigiendo mi mano más debajo de su abdomen, capturando su masculinidad.
Él gruñó. Sonreí, complacida. Nuestras bocas se volvieron a unir, con desesperación.
Sus brazos me elevaron de la cama, mis piernas se enrollaron en su cintura y ambos gemimos ante el primer contacto entre nuestras intimidades. Nuestra sangre hervía. Las agitadas respiraciones de ambos inundaron la pequeña cabaña. Nuestros cuerpos buscaron la manera de estar completamente unidos mientras él comenzaba a adentrarse en mí. La punta de mis senos acariciaba su duro y sudado pecho. Nuestros besos sosegaban los violentos jadeos que comenzamos a expulsar conforme la velocidad de nuestras caderas aumentaba. Mis uñas se enterraron en su espalda, sus dedos apretaron mis muslos. Me encontré musitando su nombre conforme las tórridas vibraciones, creadas por su penetración, sacudían mi cuerpo. La llama aumentó. Mis piernas se tensaron a su alrededor, sus brazos me apretaron hasta lo imposible contra él. La llama explotó. Sendos gemidos salieron de nuestras bocas. Quedamos inmóviles por un momento, esperando a que los últimos espasmos dejaran de erizar nuestras pieles.
Besó dulcemente mi hombro y después me dejó caer en la cama, con delicadeza. Se acostó a un lado y me atrajo hacia su pecho. Suspiré, mientras sentía que sus labios acariciaban mis alborotados cabellos. La punta de mis dedos seguía recalcando las líneas de su abdomen.
–Prométeme que jamás volverás a pensar en una locura – pidió – prométeme que jamás intentarás olvidarme o hacer que yo te olvide
–¿Y qué me darás tu a cambio? – pregunté, alzando la mirada para ver su rostro. Sonrió.
–Yo solo te puedo ofrecer mi vida, mi amor eterno. ¿Basta con eso?
–Si – asentí, con una sonrisa – Con eso es suficiente.
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ALICE POV
–Alice, no puedes irte – suplicó James, coreando a mi padre y madre, mientras la cena llegaba a su final
–Dijiste que después de la cacería podía hacerlo – recordé – ¿Ahora que excusa pondrás para retenerme?
Todos me miraron con ojos dilatados, sorprendidos de mi actitud tan violenta. Bajé el rostro, avergonzada. Mis manos se empuñaron debajo del mantel. Empleé toda mi fuerza de voluntad para no echarme a llorar frente a toda mi familia.
–Por favor – supliqué – les pido que me comprendan. Mi lugar no esta aquí... al menos, no por ahora
–Te mantienes encerrada en tu habitación días y noches enteras – habló mi madre por primera vez – vienes al comedor, sin tocar alimento alguno de tu plato, ¿Y lo primero que nos dices es que te vas?
Suspiré. Si tan solo pudiera explicarles todo lo que pasaba. Pero, ¿Cómo decirles la verdad? "Mamá, papá, en el ataque que recibió el castillo, Jasper, un guerrero al que ustedes solo recordaron los primeros tres días y dieron por muerto, fue mordido por un vampiro; pero antes de que eso pasara, yo me había enamorado de él. Ahora sé que es un enemigo, pero no por eso puedo odiarlo. No quiero traicionar a mi raza yendo en su búsqueda. Así que, prefiero irme, si bien no para olvidarlo, ya que eso es imposible, mínimo para que su recuerde no pegue de manera tan despiadada a mi corazón"
Imposible. Irreal... El saber que tenía que lidiar, al igual que Bella, sola con mi dolor, me partía el alma, me estrujaba el pecho.
–Alice, ¿por qué lloras? –se alarmó James.
Busqué rápidamente mi pañuelo y me enjuague las traicioneras lágrimas.
–Sé que no es plausible esta actitud mía – me excuse – pero les pido, encarecidamente, comprendan y confíen que es por mi propio bien.
–Has estado tan extraña desde que nos atacaron – murmuró mi hermano, con rostro sombrío, culpable – ¿Es que acaso pasó algo que te haya lastimado tanto que no puedas ni contarlo?
Si... Exacto. Silencio de mi parte. Silencio por parte de todos.
–Eres mi hermana más pequeña y te amo – dijo al fin James – por mi no hay problema alguno en que te marches, si eso promete aliviar las heridas que surcan tu alma.
–James... – susurró mi padre, pero él interrumpió, negando resignadamente con la cabeza
–No se puede curar a un ave si, al tenerla entre sus manos, se niega a mantener sus alas quietas. ¿Para cuándo quieres que se aliste el carruaje?
–Para mañana en la mañana. En cuanto el sol de su primer destello en el cielo...
–Alice – interrumpió Bella – ¿Te molestaría que fuera yo quien te acompañara?
–¡¿Tú también, Isabella?! – exclamó mi madre, con voz ahogada. La castaña bajó la mirada. Al igual que yo, odiaba hacer sufrir a nuestra familia de esta manera. Sobre todo en estos momentos, que Emmett seguía sin aparecer. Pero comprendía, aunque sabía nada de su historia, que también para ella esto era necesario.
La tomé de las manos y le sonreí afectivamente
–De ninguna manera. Bien sabes que siempre me serás una buena compañía
Ambas dirigimos nuestra mirada hacia James, quien no podía ocultar la creciente tristeza en sus atractivas y serenas facciones.
–Ya lo he dicho – suspiró – yo solo anhelo su felicidad.
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BELLA POV
Caminé hacia la ventana después de empacar el último vestido. Mi mirada se perdió en el oscuro horizonte de frondosos arboles y pinos, bañados bajo la luz plateada de la luna. Una lágrima se escurrió por mi mejilla.
Perdóname...
No me gustaba romper promesas, por eso evitaba hacerlas.
–¿Bella?
–Adelante, Alice
–El carruaje ya está listo – informó – Una de las doncellas ya viene en camino para recoger tu equipaje
Me limité a asentir, sin dejar de ver hacia el horizonte.
–Bella – mi hermana me tomó de las manos – ¿Estás segura que quieres ir conmigo? No pareces demasiado convencida
–Tú tampoco – apunté, al ver su rostro triste
–Es lo mejor – susurró, más para ella que para mí
–Si – acordé – lo mejor...
Un toque de nudillos llamó a la puerta
–Bella – era Jacob – ¿Estás despierta? ¿Me permites hablar contigo un momento?
Salí inmediatamente. Alice me siguió y, después, nos dejó solos.
–Jacob, deberías de estar descansando – recordé – tus lesiones aún no sanan...
–Me importa un bledo mis lesiones – interceptó, con voz gruesa y mirada furiosa – Me han dicho que te vas... ¿Es eso cierto?
–Si... – bajé el rostro, huyendo de sus intensas pupilas
–¿Y por qué no me habías dicho absolutamente nada?
–No sabía que tenía que darte explicaciones – contesté, indignada por la forma en que me estaba hablando.
Él resopló y se llevó los dedos hacia el puente de su nariz. Después, como si eso no hubiera sido suficiente para tranquilizarse, su puño golpeó endeblemente la pared.
–¿Te vas por mi? ¿Es por todo lo que te he dicho...?
–No, Jacob – interrumpí – no es por ese motivo por el cual he decidido irme
–¿Entonces?
Apreté los labios y negué con la cabeza, diciéndole silenciosamente que no podía contestarle. Él tomó mi rostro entre sus cálidas manos y, sin aviso previo, su boca se unió a la mía. El choque de sus labios erizó mi piel. Intenté alejarme, pero sus dedos se apretaron en mis brazos, advirtiéndome, con su fuerza, que no me soltarían. Cerré los ojos, esperando a que rescindiera de su actitud. Mi espalda se arqueó ante su intensidad. Sensaciones distintas penetraron mis sentidos. El nuevo sabor que se fusionó con mi saliva era maravilloso, pero no suficiente. No lograba evacuarme de la realidad, no lograba estremecerme de pies a cabeza, tampoco amenazaba con detener mi corazón...
El licántropo no podía hacerme olvidar al vampiro.
–Lo siento, soy un idiota – admitió, susurrando, cuando al fin me abandonó –Pero necesitaba hacerlo. No soy bueno para estas cosas, ¿Sabes? Supongo que decir que te quiero es una excusa muy pobre, pero no hallo otro juego de palabras más sincero que ese para justificar lo que acabo de hacer. Discúlpame...
–Jacob...
–Ve a donde tengas que ir – interrumpió, con amarga suavidad – no soy quién para detenerte... Sé que, al final de todo, volveré a verte.
–Tengo entendido que partirás a tu reino en unos días más – recordé. El moreno asintió
–Hemos buscado al Rey Emmett hasta debajo de las piedras y, desgraciadamente, no le hemos encontrado. Los vampiros también se han refugiado, han sufrido demasiadas bajas, dudamos mucho ataquen por el momento. Volveré en cuanto reciba la carta de tu hermano pidiendo nuestro apoyo – aseguró – Espero verte para entonces.
–No quiero hacer más promesas – musité.
Él sonrió
–No te las estoy pidiendo, Bella. No pienses que no estoy consciente de nuestra condición. Tú eres una princesa, yo soy un licántropo. Aunque lo desee, no podemos estar juntos por leyes naturales... y lo entiendo. No soy un ser resignado, pero tampoco soy un imbécil. Por primera vez seré alguien conformista. Me conformo con que sepas que te quiero y que siempre estaré ahí, para ayudarte en todo lo que me sea posible.
–Gracias...
–Buena suerte – deseó, acercándose para besarme, brevemente, por segunda vez.
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Estaba perdida en el inmenso paisaje que pasaba al lado, en el bosque verde al que tanto me dolía dejar conforme las ruedas de la carroza avanzaban sobre el sendero rocoso. Las cristalinas gotas de lluvia se resbalaban por la ventana. Alice y yo viajábamos en completo silencio, con la mirada enganchada hacia afuera. Estaba casi segura en quién se estaba despidiendo. Aunque no me lo dijera, había podido notar la angustia por aquel joven guerrero que había sido mordido por Edward. Una angustia muy similar a la mía, igual de fuerte, igual de muda.
Me hubiera gustado tomarle de las manos y decirle "Todo estará bien. Lo superaremos" ¿Comprendería el plural de mis palabras? Tal vez si. Tal vez tampoco ella necesitaba explicaciones para saber que mi situación y la suya eran casi las mismas. Pero, ¿Cómo dar consuelo cuando tu misma te estás enterrada en tu propia lápida de aflicción y confusión, cuando, a cada momento, te asaltan borrosas imágenes de un pasado inconcluso, de un amor al que no logras recordar, pero tienes la certeza de que sí existió; de que ha revivido en cuanto te sumerges en sus pupilas doradas?... ¿Cómo, si tienes miedo hasta de lo que piensas, cuando no sabes distinguir entre el pasado y el presente, entre lo verdadero y lo falso, entre aquel joven desconocido, el licántropo o el vampiro que, en un principio, te quería matar y después te salva hasta el grado de arriesgar su propia vida por ello?
Respuestas era lo que tanto buscaba y nunca hallaba. Mejor dejar las cosas así. Mejor huir ahora, que probablemente es tiempo, de lo que promete envolverte en gruesas mantas de desolación.
Cerré los ojos. Inspiré. Disfruté del amargo sabor del adiós...
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Habían pasado demasiados días, interminables noches, desde que él y ella se habían despedido con la promesa de verse una vez más. Sus pies hundían la frágil hierba mientras se adentraba en el prado de manera inconscientemente sigilosa, sin provocar ni el más mínimo ruido. La luna parecía tener como misión seguirle e iluminarle. Sus cabellos cobrizos se agitaban con el viento húmedo que soplaba, acariciando su pálido rostro. El dorado de sus ojos no podía ocultar la decepción de no encontrarla.
Tomó asiento sobre la misma piedra en la que acostumbraba pasar todos los días, esperándola. Suspiró con melancolía. Luego, cerró los ojos. Dejó que la lluvia le empapara, mientras los confusos recuerdos le alcanzaban.
Edward...
¿Quién era ella? ¿Cuál era su nombre? ¿En dónde la había conocido? ¿En dónde la había perdido? Se esforzaba tanto por encontrar una respuesta y comprobó que en su pasado habían demasiados huecos oscuros que solo se llenaban con la presencia de la princesa a la que, noche tras noche, esperaba.
–Isabella – musitó, con anhelo.
Debía admitirlo. Debía gritarlo. La extrañaba con locura, con enfermiza ansiedad. La necesitaba. Su ausencia laceraba más que el ardor provocado por la abstinencia de alimento. Estaba seguro de poder pasar semanas enteras sin ingerir sangre, pero sin ella... ¿Viviría otro día más? El tener muerto el corazón, desgraciadamente, no significaba dejar de sufrir. El ser un vampiro tenía grandes desventajas en este presente. El ser la única especie inmortal incapaz de dormir supuso, por primera vez, una terrible maldición. Aunque, ¿Quién le aseguraba el no añorarla también en sueños?
Hundió el rostro entre sus pálida y pétreas manos. Esta lejanía comenzaba a convertirse en un ardiente calvario. ¿En qué momento había pasado? ¿En qué instante se había sembrado el nombre de Isabella tan profundamente entre sus entrañas? No lo recordaba. Hasta esas dudas estaban carentes de nitidez
–Podríamos ir al Castillo – se sobresaltó al escuchar la voz justo detrás de él. No necesitó girar el rostro para ver de quién se trataba
–No te escuché llegar
–No escuchas nada desde hace días
–Tú eres el menos indicado para juzgarme
Jasper calló. Apretó los labios. Edward sonrió de manera irónicamente triunfante.
–Al menos tú tienes la esperanza de que vendrá.
–Al menos tú tienes la certeza de que te ama
–Ya no lo sé – reconoció el rubio vampiro, con suma tristeza – Han pasado demasiadas cosas. Los sentimientos cambian
–Así es – asintió Edward – el mismo miedo tengo yo. Esperar también cuesta – agregó, con un suspiro – El tiempo es un jugador desalmado, prolonga sus noches cuando anhelas que éstas sean más cortas.
–Quiero verla, de lejos, no importa...
–No podemos acercarnos al Castillo, sería arriesgar a nuestra familia
–Lo sé – reconoció Jasper, inclinando el rostro hacia abajo
Edward suspiró. Sus ojos dorados contemplaron el cielo. El amanecer estaba cerca. Ella ya no vendría... Al menos no esa noche.
–¿Te has alimentado? – Preguntó, poniéndose de pie, obteniendo una negación como respuesta – vamos, los ciervos están tomando agua en el río
Jasper se concentró para captar el sonido de las lenguas sumergiéndose en la líquida superficie. También logró percibir las patas hundiéndose y raspando la tierra húmeda... y, por último, el olor de su sangre.
Gruñó, la boca se le hizo agua, los ojos se le oscurecieron. Edward se agazapó, él le siguió. Comenzaron a correr, penetrando en el bosque. Ambos jóvenes como ángeles salvajes esquivando ramas y raíces con excelente precisión. Detuvieron su marcha cuando estuvieron cerca de sus indefensas presas. Sus movimientos se tornaron felinos, sensuales, ligeros. Escucharlos era imposible. Sus sedientas pupilas brillaban entre la oscuridad de las ramas. Se lanzaron hacia los mortales mamíferos de un solo y grácil salto. Sus fuertes y pálidas manos se aferraban, instintivamente, a la masa cálida y convulsionada que se debatía, inútilmente, entre ellas. Sus colmillos traspasaron la capa de piel y grasa, con suma facilidad, hasta llegar a su objetivo. La sangre entró a borbotones por su garganta, entibiando, con su espesa y dulce esencia, hasta la punta de sus dedos. Se asomó un ligero rubor a sus mejillas. El dorado volvió a cubrir sus ojos (en Edward, con un matiz más cristalino. La sutil diferencia entre un Sangre Pura y un Creado). No habían terminado de saciarse cuando Edward pudo percibir una maraña confusa de pensamientos
"La madrugada es demasiado fría. Me pregunto si las princesas irán bien abrigadas"
"Mi hija... espero se recupere pronto del resfriado"
"Es comprensible que deseen irse. Todo lo que ha pasado últimamente es totalmente desagradable"
"¿Era mi imaginación o la princesa Alice estaba llorando?"
"¡Hoy en la noche le diré que la amo!"
"El Castillo quedará solo sin ellas..."
–¡No! – jadeó el vampiro, soltando a su presa medio muerta, con la mirada dilatada del terror
–Edwar, ¿Qué sucede? – se alarmó Jasper al percibir toda su angustia.
Entonces, cuando todo había quedado en silencio y el sabor de la sangre no le aturdía el resto de sus sentidos, escuchó. El sonido de las ruedas deslizándose en el camino rocoso, a unos cuantos kilómetros de ahí. No necesitó más explicaciones. Sabía que solo una cosa relacionada con ello podía pasmar tanto a Edward. Lo sabía. Así como también tenía seguro de que en ese carruaje no solamente iba la princesa Isabella.
Un escalofrío recorrió la espalda de Edward y le hizo reaccionar
–No podemos dejar que se vayan – soltó, mientras sus pies se impulsaban hacia delante, encabezando una frenética carrera, la cual Jasper secundo.
Ah T_T. Otro capítulo demasiado largo ¿no? Espero lo hayan disfrutado (el capítulo ¬¬) ¿Qué les ha parecido? ¿Me dejan su opinión? *-* Mi neuronita merece ser revivida por sus criticas, ¿no creen? XD
Aprovecho para informarles que mis clases ya iniciaron (Adiós vacaciones T_T. Hola estúpida universidad ¬¬) Así que, lo más probable, es que tarde más en actualizar.(Ademàs, me cortaron el internet T_T)
Lectores (estrangulando a Anju): ¡¿Maaás!?
Anju (Con el rostro morado): Lo siento T_T
Pero prometo que haré lo posible por no hacerlos esperan tanto ^^
Lectores: ¬¬Púdrete
T_T. Ok, ok. Me voy. Cuídense y un saludo ^^.
Atte
AnjuDark
