Esta historia no me pertenece es solo una adaptación.

Los personajes mencionados en esta historia pertenecen a DC Comics y Warner.


Capítulo 20: Habitaciones Separadas.

Felicity se dijo, mientras entraba en el vestíbulo del teatro al lado de Oliver, que no era para tanto.

Helena, como protagonista en el escenario, no suponía amenaza alguna. Y si por casualidad se reunían con ella y otros invitados selectos entre bastidores, después de la representación, la presencia de éstos contribuirla a disminuir la tensión. Aunque estaba por ver si Helena sería el encanto personificado y realizarla una representación digna de un premio fingiendo amistad con la esposa de uno de sus antiguos amantes.

Daba igual. No había ningún motivo para concederle importancia… pero le importaba. Y Felicity era reacia a analizar por qué.

Se distrajo mezclándose con los demás asistentes e intercambiando cumplidos sociales. Era consciente de la proximidad de Oliver, de su calor sensual bajo el traje de corte impecable, de su sexualidad al acecho. Tenía la capacidad de afectarla como ningún otro hombre lo habla hecho ni lo haría. ¿Eran las feromonas? ¿Se trataba de una química sexual básica, o de algo mucho más profundo?

Tenía que haber una razón para que dos personas se sintieran atraídas olvidándose de las demás porque nadie más despertaba el elevado grado de magia sensual que compartían.

Sonó el timbre para que todo el mundo buscara sus butacas reservadas. Felicity agradeció la oscuridad, la aparición de la orquesta y la subida del telón para la primera escena.

La maestría de Shakespeare, la prosa, los sonetos eran una delicia. A Felicity, la representación le pareció una forma agradable de pasar la velada. Se daba cuenta de que, para los aficionados a Shakespeare, era una forma de analizar si el trabajo de los actores era bueno, comparado con el de los grandes actores en los mejores escenarios del mundo.

¿Era eso lo que tenía fascinado a Oliver? Por desgracia, no lo sabía. No habían tenido tiempo ni oportunidad de hablar de esas cosas.

Tenía que reconocer que Helena sobresalía en su papel protagonista. Era admirable su capacidad para convenirse en el personaje, ya que, en el escenario, era tan convincente que nadie, ni siquiera su peor enemigo, le encontraría defectos.

¿Era su capacidad de actuar lo que llamaba la atención de Oliver? ¿O su fascinación se extendía a la capacidad de representar cualquier papel que un hombre le pidiese en privado, de la casta virgen a la coqueta, de la inocente a la prostituta?

Era evidente que Helena disfrutaba representando su papel. Hasta el punto de que, cuando se dirigía al público, parecía centrar su atención en Oliver. ¿Era un truco dramático para su personaje?, ¿O un interno deliberado de parecer que sólo actuaba para Oliver?

Aunque Felicity se decía que no le importaba, no era así. La destrozaba pensar que Helena pudiera haber sido una de sus amantes. Y no sólo la actriz, sino cualquier otra mujer.

«Déjalo ya», se dijo. Reflexionar sobre el pasado no servía para nada ni cambiaba nada. «Concéntrate en la representación», se repitió.

«Eso se dice pronto cuando la presencia de la actriz principal te trastorna», se burló de sí misma.

«Pues supéralo».

Respiró aliviada cuando cayó el telón al final del primer acto y cruzó la mirada con la de Oliver

—Helena borda el papel —afirmó Felicity.

—Pareces sorprendida.

—Es un cumplido sincero —dijo mientras le lanzaba una mirada de reproche.

—¿Sobre su talento?

—En el escenario —especificó Felicity, y vislumbró la burla en los ojos de Oliver.

—Desde luego.

Felicity sabía que la habla entendido perfectamente. ¿Se daba cuenta también de la frecuencia con la que tenia que luchar con sus emociones?, ¿de cómo el pasado competía constantemente con el presente?, ¿de cómo, en la oscuridad de la noche, la línea divisoria entre el amor y el odio era cada vez más difusa?

No quería perder el control, pero cada día, cada noche, le resultaba más difícil mantener las distancias.

Tener buenas relaciones sexuales no era amor. Y no podía permitirse amarlo.

El telón volvió a alzarse para el segundo acto. La hora y media siguientes fueron fascinantes, y casi se sintió decepcionada cuando cayó el telón después del último acto. Los actores tuvieron que salir dos veces a saludar debido a los aplausos del público. Después tuvo lugar un éxodo generalizado.

—Helena ha invitado a unos cuantos amigos a reunirse con ella entre bastidores.

Negarse era imposible. Además, Felicity no iba a darle la satisfacción de no aparecer.

«Es hora de sonreír», se dijo, agradecida por la mucha práctica que tenía en el arte de aparentar.

Había encargados de seguridad que dejaban pasar a los invitados, pero no a quienes trataban de colarse. Cooper estaba al fondo. Su expresión ocultaba la fría inmovilidad de sus ojos grises. Parecía un depredador, esperando, observando… ¿el qué?

Se elogió a la actriz y se le entregaron ramos de flores. Felicity pensó que se lo merecía. Hubo besos, sonrisas y risas, incluyendo el saludo de Oliver, para el cual Helena volvió la cabeza de modo que los labios de él rozaran los suyos, movimiento que, en opinión de Felecity, no había sido inocente, al observar el brillo de satisfacción en los ojos femeninos. La punzada de los celos la pilló totalmente desprevenida. Si experimentaba tanta angustia era porque Oliver le importaba. Reconocerlo le causó un dolor insoportable, porque el amor unilateral no era tal.

La actriz se retiró para cambiarse. Los encargados de la seguridad comenzaron a dispersar a la gente e invitaron discretamente a unas cuantas personas a acompañar a Helena y a parte de los actores a cenar.

—¿Vamos?—pregunta Oliver.

—¿Por qué no? —no era una respuesta sensata. Si a Felicity le hubiera preocupado su equilibrio emocional o se hubiera guiado por el sentido común, se habría negado tajantemente.

En el selecto restaurante corría el champán en abundancia, los camareros pasaban bandejas con comida, había música de fondo y se hallaban presentes diversos artistas de la ciudad. Helena hizo una entrada triunfal, exquisitamente vestida, peinada y maquillada. A pesar de la presencia de otros actores, ella era la estrella. Reclamaba la atención de los hombres con aires de diva, sonrisas coquetas y caídas de pestañas. Y sobre todo de uno en concreto; Oliver Queen. Felicity se daba cuenta de que se trataba de un juego que divertía a Helena. Era indudable que, para la actriz, la nueva esposa de Oliver constituía un desafío. Ya había intentado algunas escaramuzas. ¿Estaría preparando la siguiente?

Felicity no tuvo que esperar mucho para adivinarlo. Después, reflexionó sobre si no habría ella misma precipitado las cosas al ir al servicio. Había cola, como siempre. Esperó su turno y luego se dirigió a los lavabos para lavarse las manos.

—Estaba empezando a creer que no te separarías nunca de Oliver.

Una rápida mirada al espejo le reveló la presencia de Helena. Su susurro seductor le repugnó.

—Quizá sea él quien no se separe de mí.

—No te engañes, querida.

—¿Lo dices por algo? —lo mejor era ir al grano.

—Oliver es… —hizo una pausa deliberada— muy importante para mí.

—¿Crees que es recíproco?

—Es un animal sexual —afirmó mientras se miraba las uñas—. No creo que seas…

—¿Suficiente para él? ¿Y estás deseando llenar el hueco?

—De inmediato.

—¿No tiene nada que decir tu marido al respecto?

—Tenemos un trato. Cooper es gay. ¿Es que no lo sabías? Claro, como trabajabas de nueve a cinco y luego servía mesas por las noches durante ¿cuánto tiempo? ¿Tres años?. La venganza de Oliver debe de ser muy dulce, teniendo en cuenta que planeó la caída de tu padre y luego se dedicó a observar cómo te hundías cada vez más en la pobreza. Es la justicia poética la que ha hecho que hayas dejado de lado tu orgullo y le postres a sus pies.

Las suposiciones eran algo peligroso. ¿No había sido culpable Felicity de lo mismo para luego descubrir que había juzgado mal a Oliver? Había ocasiones en que el silencio era oro y lo más eficaz era retirarse con dignidad. Por desgracia, aquélla no era una de ellas.

—Tal vez me postro bien —irguió la barbilla y le relampagueó la mirada—. Pero ¿por qué se ha casado conmigo cuando habría bastado con que fuera su amante?

—Oliver desea un heredero.

—¿Como parte del trato? Te equivocas, Helena.

Tenía que salir de allí. Durante un instante, creyó que Helena iba a golpearla, pero se dio la vuelta y se marchó. Felicity necesitó unos segundos para recuperarse ames de volver a la fiesta. Le resultó difícil vencer la tentación de llamar a un taxi para que la llevara a casa. Pero hacerlo era escurrir el bulto, y no iba a volver a elegir la salida fácil.

—¿Estás bien?

No sabía si reír o llorar al oír el sonido familiar de la voz del hombre al que pertenecía.

—Perfectamente.

—Tranquila y serena —puso un dedo en el hueco debajo de su garganta.

—Creo que te odio.

—¿Sólo lo crees?

—No juegues conmigo —lágrimas de ira le nublaban la vista y trató de contenerlas. No podía desmoronarse en aquel momento ni en aquel lugar. Ni nunca.

—Vamos a casa.

Felicity no abrió la boca durante el trayecto en coche. Al llegar, subió directamente a la habitación. Necesitaba estar sola. Y dormir sola, en otra cama, en otro dormitorio. Decidió que lo haría. Fue al cuarto de baño, se desnudó, se desmaquilló, se cepilló el pelo y se puso una bata. Cuando salió, Oliver estaba desvistiéndose. No lo miró y se dirigió a la puerta.

—¿Adónde vas?

—A cualquier habitación que no sea ésta —dijo sin detenerse.

—Si no quieres sexo, estás en tu derecho. Pero compartimos la habitación y la cama.

—¡Qué más quisieras!

—Ha sido Helena. Cuando has ido al servicio —quería tomarla en sus brazos y besarla hasta dejarla sin sentido. Pero eso no solucionaría nada.

—Brillante deducción.

Oliver imaginaba lo que había sucedido, motivo por el que la había ido a buscar cuando su ausencia se prolongó en exceso. Felicity se volvió y lo miró con expresión tensa.

—Iba a marcharme y a tomar un taxi. Pero esta casa es tan inaccesible como una fortaleza, y no tengo llave —inspiró profundamente—. Con Helena puedo arreglármelas.

—Es una diva temperamental y con talento. Tengo intereses económicos en la compañía de teatro que la ha contratado.

—Así que, en tu propio interés, debes ser amable.

—Tenemos una relación profesional. Eso es todo.

—Quizá debieras decírselo.

—Ya lo he hecho. Claramente y antes de que firmase el primer contrato conmigo.

—Pues parece que Helena no tiene una noción clara de los límites —lo miró burlona—. La próxima vez me dirás que es una ninfómana delirante que te considera un plato apetecible entre dos relaciones.

—Eso responde bastante bien a la realidad.

—¡Qué dura es la vida! —se dio la vuelta y abrió la puerta.

—Tienes que dormir aquí.

—No.

—¿Quieres pelea?

—No te puedo ganar desde el punto de vista físico —lo cual no le impediría intentarlo.

Oliver la dejó ir. Se cansaría antes que él y, cuando se durmiera, la traería de vuelta.

Fue a buscarla a primera hora de la madrugada. Ella no había intentado esconderse, pues había elegido una habitación dos más allá de la suya. Dormía con una placidez absoluta, por lo que estuvo a punto de dejarla allí. Pero la quería tener a su lado, donde pudiera ponerle una mano posesiva en la cintura o el muslo y hundir sus labios en la dulzura de su cabello. Si tenía cuidado, Felicity no se enteraría. Y si se despertaba, ya se encargaría él de solucionarlo.

Felicity estaba dentro de un sueño en el que todo era bueno, tan bueno que no quería abandonarlo. Pero se introdujo en él una sombra que la distrajo, y murmuró una protesta al tiempo que se negaba a volver a la realidad. La sostenían unos brazos fuertes, y sintió el latido de un corazón cerca de la mejilla. Unos segundos después se produjo un cambio de postura y, completamente despierta, reconoció dónde se hallaba y con quién.

—No juegas limpio—lo golpeó con el puño.

—Duérmete.

—Me has arruinado el sueño.

—Te puedo proporcionar otro —la atrajo hacia si y le colocó la cabeza sobre su pecho.

—Eso es chantaje emocional.

—Duérmete, querida.

Por increíble que pareciera, se durmió. Al despertar, Oliver se había marchado a la ciudad.