¡YAHOI! ¡Por fin he podido sacar un huequeciño para escribir! Aquí os traigo, tras ¿dos meses? el siguiente capítulo de esta mi historia xD.
No puedo decir nada porque no tengo nada que comentar. Mi vida no es apasionante, además, ando atontada por culpa de medicinas varias y no muy católica, que digamos. Así que nada, a disfrutar de la lectura como nenes xD.
Disclaimer: Los juegos del hambre y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Suzanne Collins, yo solo los uso como medio para desestresarme y no caer dormida como estoy a punto de hacer ahora (aunque no sean más que las 16:40 de la tarde).
Chapter 20
POV Katniss
La mañana de la cosecha llega, inexorable, a nuestras vidas. Mis ojos se niegan a abrirse ante la luz matinal que entra a través de la ventana de mi cuarto, esperando que todo esto no sea más que un sueño, una pesadilla, una horrible pesadilla de la que espero poder despertarme en cualquier momento.
Pero los golpes en la puerta de mi habitación y la suave voz de Prim instándome a levantarme no son parte de un sueño. Me pongo boca arriba sobre el colchón, con las sábanas y la colcha enredadas a lo largo de mi cuerpo cuales serpientes. No he podido dormir casi nada en toda la noche. En cuanto Peeta se fue el pánico volvió a instalarse en mí.
Aprieto los dientes con fuerza, haciéndolos rechinar. Oigo unos pasos arrastrarse por el pasillo y sé de quién se trata antes de que la puerta se abra—. Hora de levantarse, preciosa. Empieza el show. —Me siento en la cama, mirando con el ceño fruncido para mi, en estos momentos, ex mentor.
—No estoy de humor, Haymitch. —Él pone los ojos en blanco mientras me incorporo al fin, buscando unos calcetines para ponerme.
—Tú nunca estás de humor, Katniss. —Bufo; tiene razón, como siempre pero, como siempre, me niego a dársela.
—¿Qué haces aquí tan temprano? La cosecha no es hasta después de comer. —Se me pone un nudo en la garganta e instintivamente llevo las manos a mi vientre, arrugando la camisa de Peeta con la que dormí anoche. Haymitch suspira y niega con la cabeza.
—He venido para asegurarme de que no salías corriendo a esconderte bajo la cama. —Frunzo el ceño, molesta.
—¿Qué te hace pensar que…
—Oh, por favor, eres más voluble que una mina en mal estado, y más ahora, no me lo niegues. —Termino de recogerme el pelo en mi acostumbrada trenza.
—¿Te importaría salir? Me gustaría vestirme.
—Esperaba que dijeras eso. —Sonríe con misterio y se da la vuelta, asomándose al pasillo y gritando algo que no llego a entender. En un minuto, mi estilista entra en mi habitación.
—¡Cinna!—Me lanzo a abrazarlo, a estrujarlo por el cuello, feliz de verlo.
—Hola, chica en llamas. Creo que vas a necesitar mi ayuda hoy. —Sonríe mostrándome sus dientes blancos. Intento devolverle el gesto pero no me sale. Hoy no estoy para fingir delante de las cámaras.
Haymitch abandona la habitación, dejándonos a solas—. Oh, Cinna… —La emoción me impide hablar. ¡Lo he echado tanto de menos!—. ¿Qué haces aquí?—pregunto, acordándome de pronto de que, ahora que ya no soy un tributo, él ya no tiene que ocuparse de mí. Tampoco Falvius, Venia y Octavia.
—He venido a ayudarte con mis consejos. Portia está con Peeta en estos momentos.
—Pero…
—No voy a abandonarte, Katniss. Puede que ahora sea el estilista "oficial" de Haymitch, pero también te ayudaré a ti ¿de acuerdo?—Me coge de la mano y yo asiento, apretándosela con fuerza—. Bien, ahora, vamos a buscarte algo ¿dónde está la maleta que te mandé?—Señalo la cama y él se agacha para meter el brazo bajo la misma y arrastrar hacia fuera una enorme maleta negra—. Me lo suponía. No la has abierto.
—No me hacía falta tanta ropa.
—Eres un caso. —En ese preciso momento oigo voces emocionadas y pasos que se acercan. En menos de dos segundos, mi (antiguo) equipo de preparación irrumpe en mi cuarto.
—¡Katniss!—Octavia me abraza, con lágrimas en los ojos—. ¡Esto es indignante! ¡Deberían dejaros ser felices! ¡Después de todo por lo que habéis pasado…
—Octavia—la corta Venia, poniéndose a mi lado. Tras Octavia, Flavius también parece entre emocionado y consternado.
—Te queremos, Katniss—dice, en un balbuceo. No puedo más que sentirme conmovida.
—Gracias, chicos. —Los tres me abrazan al mismo tiempo. Por el rabillo del ojo, veo a Cinna con semblante serio y preocupado, transmitiéndome seguridad con su mirada. Quiere decirme que todo estará bien.
Pero no lo está, sé que no lo está.
Fin POV Katniss
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POV Peeta
—Da una vuelta. —Obedezco la orden de Portia, haciendo una mueca cuando pinchazos de dolor me recorren la pierna mala. Me ha estado molestando estos últimos días, por culpa (supongo yo) del frío y la humedad. A veces tomo los analgésicos que me dieron los médicos de El Capitolio, pero procuro no hacerlo para no depender tanto de ellos—. ¡Estás divino!—Me siento en la cama frotándome el muslo, correspondiendo de manera forzada la sonrisa de Portia.
—Gracias. —Ella suspira y se sienta a mi lado.
—Peeta… —Enseguida calla y sé por qué: no sabe qué decirme, nadie sabe qué decirme y por eso casi no he hablado con otras personas, ni siquiera con Katniss. Nos hemos dedicado a estar en compañía del otro, abrazados en silencio. Portia suspira y se levanta, acomodándose una de las tiras del vestido que se le había resbalado por el hombro—. Ya casi es la hora. —Trago saliva, asiento con la cabeza y me levanto. Salgo de mi cuarto y camino hacia la entrada, saliendo fuera de casa.
Veo a Katniss salir en compañía de Cinna. Ella se paraliza en cuánto me ve e, instantáneamente, corre hacia mí. La recibo en mi pecho, acariciándole la espalda con cariño—. Todo va a estar bien, Kat. —Ni yo mismo me creo mis propias palabras, pero no sé qué más decirle.
Nos cogemos de la mano y andamos hasta la plaza central de nuestro distrito. Al contrario de lo que había pensado, casi todo el mundo se encuentra allí, seguramente para despedirnos. Effie también está allí, sobre una tarima, con uno de los bombos de cristal frente a ella.
Bombo que solo contiene dos papeletas con dos nombres: el mío y el de Haymitch.
Effie intenta mantenerse serena cuando los tres vencedores que tiene el Distrito 12 subimos junto a ella, pero se pueden ver las enormes ojeras moradas que tiene bajo los párpados, así como todo su cuerpo tiembla. Sus ojos están llenos de pánico, solo atina a abrazarnos unos segundos con fuerza para después soltarnos y ponerse en su sitio, respirando hondo para intentar calmarse.
—Bienvenidos, bienvenidos—empieza con su típico acento capitolino, aunque no puede evitar que la voz le tiemble al hablar—. Felices Juegos del Hambre, y que la suerte esté siempre de vuestra parte. Ahora, recordemos el por qué de este evento tan importante. —Hace una seña a uno de los operarios que ha traído con ella desde El Capitolio y este enciende la pantalla gigante, comenzando así con las imágenes que el presidente Snow nos obliga a ver año tras año: los Días Oscuros, el Tratado de la Traición, lo que (en teoría) significan los Juegos…
Al fin la pantomima acaba y Effie se vuelve de nuevo hacia la multitud, callada, silenciosa. Nadie se atrevía ni a respirar de más. Nuestra representante se aclara la garganta para llamar la atención, a pesar de que no hace falta, todos están con los ojos más que fijos en nosotros—. Bien, seleccionemos ahora a nuestros campeones. —Con pasos lentos y algo torpes, Effie se sitúa frente al biombo de cristal y mete una de sus enguantadas manos, sacando una de las papeletas y abriéndola con manos temblorosas—. Haymitch Abernathy. —Haymitch hace una mueca de dolor, no se mueve de su sitio, solo se queda allí, sentado e inmóvil como una estatua. ¿Qué debe ser para él el tener que volver a la arena después de tantos años? No quiero ni imaginármelo.
Effie deja el papelito al lado del biombo y vuelve a meter la mano para sacar la última papeleta que queda: la de mi nombre—. Peeta Mellark. —Katniss se tensa e intensifica el agarre en torno a mi mano.
Antes de darnos la vuelta para ingresar todos en el Edificio de Justicia, los habitantes del Distrito 12 nos despiden con nuestro saludo tradicional. Veo a mis padres y a mis hermanos entre la multitud, también a Gale, a Prim y a la señora Everdeen.
Ninguno sabe si volveremos, al menos si lo haremos con vida. Y eso es lo que, en el fondo, me aterra.
Fin POV Peeta
POV Katniss
Ya está, la sentencia ya es oficial: Peeta y Haymitch tienen que volver a la arena: uno después de 25 años, el otro tras apenas un año. Y yo no puedo deshacer el nudo que tengo en la garganta y que me impide hablar.
Tengo que ir con ellos, no es negociable el quedarme en casa a pesar de que Effie, Cinna, Portia y todos los demás suplicaron al presidente Snow que no me obligara a ir, por mi estado. Pero él fue implacable en su decisión: tengo que ir a El Capitolio sí o sí. No hay de otra.
Nos adentramos en el Edificio de Justicia, todos juntos, pero esta vez no hay tiempo para despedidas, no nos lo permiten. Madge es la única que viene corriendo por el vestíbulo de la que es su casa a abrazarnos a Peeta y a mí, con fuerza y con lágrimas en los ojos—. Si pudiera, con gusto me cambiaría por ti—me susurra al oído; aprieto los dientes y le devuelvo el abrazo.
—Cuida de Prim y de mi madre.
—Lo haré.
—Y también de Gale. —Veo como un sutil sonrojo adorna sus mejillas y no puedo evitar que mis labios se estiren para formar una leve sonrisa. Me llevó un tiempo, pero al fin entendí el por qué Madge era tan reacia a acercarse a Gale: vergüenza. A ella le gusta Gale.
—¡Todo saldrá bien, Katniss!. —Es lo último que me grita mientras los agentes de la paz nos escoltan hasta el tren que nos llevará al corazón de Panem. Peeta está sosteniendo fuertemente mi mano, Haymitch tiene cara de funeral, Effie no para de alisarse el vestido, buscando arrugas imaginarias, Cinna está serio y callado y Portia anda más recta que el palo de una escoba, con todo el cuerpo en tensión.
Cuando entramos en el compartimento principal, las voces de los equipos de preparación rompen ese pesado silencio que nos rodeaba. Pero no creo que sea capaz de fingir, no hoy, no en este momento. Murmuro una disculpa, me suelto de la mano de Peeta y me dirijo hacia el compartimento que me han asignado. Solo quiero estar sola.
Fin POV Katniss
POV Peeta
La veo escapar hacia el pasillo y suspiro. Me paso una mano por el pelo, no sabiendo muy bien qué hacer. Sobre las mesas hay toda una serie de exquisiteces y manjares propias de los mejores chefs de El Capitolio, pero ahora mismo tengo el estómago cerrado como si fuera un puño y dudo mucho que pueda siquiera llegar a tragar ni un pedacito diminuto de nada de lo que allí hay.
Mientras Cinna, Portia y Effie se suman a la animada charla de mi equipo de preparación y el de Katniss, Haymitch y yo nos quedamos de pie en medio de la estancia. Veo como las manos le tiemblan y las aprieta convirtiéndolas en puños que lleva luego a los bolsillos de su (sorprendentemente) pulcra y sin arrugas chaqueta blanca. Murmura una serie de maldiciones entre dientes que prefiero ignorar y se dirige hacia un mueble sobre el que hay varios frascos de cristal con líquidos de colores parecidos: marrón, amarillo y alguno transparente.
—Haymitch… —advierto al adivinar lo que probablemente contengan esos recipientes. Él se encoge de hombros antes de coger un vaso, echarle hielo, y vaciar casi la mitad de uno de esos frascos en el mismo. Suspiro de nuevo.
—No te preocupes, chico. Eso es solo por hoy, para olvidar. Mañana prometo estar más sobrio que un bebé. —Termino por asentir. Sé que será así, Haymitch nunca nos ha fallado, al menos no a Katniss. No le guardo rencor por eso, hizo su elección en su momento y sé que fue la correcta: no podía salvarnos a los dos, tuvo que escoger y escogió a Katniss, escogió a una chica cuya familia dependía de ella para sobrevivir. Así que lo entiendo y, en el fondo, yo le había pedido que así lo hiciera.
Effie se acerca a nosotros con pasos cortos. Lleva una bolsa de papel que, a juzgar por sus jadeos, pesa bastante. Finalmente se para frente a mí y me tiende la bolsa. La cojo—. ¿Qué es?—pregunto, curioso. Ella abre su abanico y empieza a darse aire.
—Son cintas de vídeo.
—¿Cintas de vídeo?
—Así es. Son los Juegos en los que ganaron todos los vencedores contra los que os vais a enfrentar Haymitch y tú la próxima semana. Él ya los conoce a todos, pero tú no y me pareció buena idea que los… estudiaras. También van ahí los dos Vasallajes que se han celebrado hasta el momento, y la cosecha de este año. Aunque, realmente, no hay mucho que contar. —Me mira fijamente a los ojos al tiempo que yo aprieto la bolsa contra mí.
—Gracias, Effie. —Effie sonríe, al fin una sonrisa que podría considerarse verdadera.
—Sé que no puedo hacer mucho pero… —Niego con la cabeza.
—Esto es más que suficiente. —Ella vuelve a sonreír para acto seguido dar vuelta y regresar con Cinna, Portia y los demás. Miro de reojo para Haymitch, cuyo cuerpo parece haberse convertido en una estatua. En sus ojos grises hay algo que nunca había visto antes hasta ahora: miedo.
El que Haymitch tenga miedo me hacer sentir más inseguro y vulnerable de lo que esperaba. Si él se siente así con respecto a los demás vencedores… ¿cómo se supone, entonces, que debo sentirme yo? Abro la boca, para decirle algo, pero él me interrumpe antes de que pueda hacerlo—. Olvida todo lo que sabes sobre los Juegos, Peeta. Estudia esos vídeos. —Luego, da media vuelta y se va por la misma puerta a través de la cual, minutos antes, había desaparecido Katniss.
Dejándome igual de confuso y asustado que antes.
Fin POV Peeta
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POV Katniss
Es bien entrada la noche cuando oigo un ruido y alguien entra en mi compartimento. Sé de quién se trata en cuánto un cuerpo cálido se tumba a mi espalda y me abraza de forma gentil, posando sus manos sobre mi abultada barriga de embarazada—. ¿Estás despierta?—susurra su voz en mi oreja. Suspiro y me giro, quedando nariz con nariz con él.
—No podría dormir ni aunque me drogaran. —Peeta hace un amago de sonrisa pero enseguida la borra. No está el horno para bollos.
—Te eché de menos en la comida, y en la merienda, y en la cena—enumera, pegando su frente contra la mía.
—Quería estar sola. —Él asiente y no dice nada más. Luego se acerca a mi rostro; sus labios rozan los míos con delicadeza y ternura. Yo abro la boca y profundizo el beso, atrayéndolo hacia mí, posando mis manos tras su nuca.
Tras unos minutos nos separamos, jadeantes, por falta de aire. Peeta se mete en la cama conmigo y nos arropa a los dos. Besa mi frente, mis mejillas, mi nariz, mi cuello, mis labios, mis hombros… Sus manos recorren cada centímetro de mi piel, explorando con cuidado, con cariño, con amor. Sus labios no tardan en hacer el mismo recorro. Cierro los ojos y disfruto del suave y a la vez áspero tacto. Las manos de Peeta son grandes y cálidas, y me transmiten la seguridad que necesito ahora mismo para no derrumbarme y ponerme a llorar como niña pequeña.
Finalmente él termina su pequeño examen, brindándome un pequeño beso en el ombligo, ahora echado hacia fuera por culpa de mi incipiente vientre redondeado—. ¿Duele mucho?—me pregunta, preocupado, cuando el bebé me patea justo donde su padre tiene puestas las manos. Yo niego.
—No, no duele. Es, más bien, molesto. Es fuerte. —Peeta asiente, acomodándose de nuevo a mi espalda y abrazándome contra él—. Prométeme que volverás—le digo, al cabo de un buen rato en silencio.
—Haré todo lo posible, pre-
—¡Eso no me vale!—Me incorporo, quedando sentada en la cama y mirándolo con mis ojos chispeantes de furia—. ¡No me vale que lo intentes! ¡No me vale que harás todo lo posible! ¡No me vale un "no depende de mí"! ¡Tienes que volver, Mellark! ¡¿Estamos?!—Ahora Peeta me mira, sorprendido por mi repentino arranque de ira. Respiro, tratando de calmarme. Mamá me ha dicho infinidad de veces que no me altere ni me estrese, que no es bueno ni para mí ni para el bebé.
—Estamos, chica en llamas. —Su tranquila sonrisa de siempre hace que me sienta mucho mejor. Pero yo tengo razón, sé que la tengo. Peeta tiene que volver sí o sí. Tiene que hacerlo.
Luego, volvemos a tumbarnos, y esta vez soy yo la que comienza a acariciarlo: desde las puntas de sus rizos rubios hasta los tobillos. Quiero memorizarlo, quiero poder recordar su tacto cuando él esté allí abajo, en la arena, sufriendo lo indecible mientras yo estoy en una confortable habitación de El Capitolio comiéndome las uñas de preocupación y ansiedad.
No sé cuánto tiempo pasa exactamente hasta que nos quedamos dormidos, solo que, cuando la luz de la mañana penetra con fuerza en el compartimento, Effie ya está golpeando la puerta con fuerza, demandando que nos levantemos. Peeta me besa antes de salir hacia su propio compartimento.
Mientras, Cinna entra y me ayuda a vestirme. Hago una mueca al verme dentro de un vestido pre-mamá (según sé) rosa chicle. El vestido es de un material parecido a la gasa o a la seda. Las mangas son largas y la falda irregular permite total movilidad a mis piernas. En contraste con esta pieza de ropa, Cinna me calza unos zapatos tipo bota parecido a los que suelo usar en casa, solo que estos son planos del todo y con cordones. Como adorno me pone el sinsajo de oro macizo que el año pasado me regalara Madge en estas mismas fechas y, a juego, me acerca la cajita donde está mi anillo de compromiso.
Juego con ella antes de decidirme a abrirla. El ave naranja que es su adorno refulge con destellos naranja a la luz del sol—. Tienes que ponértelo, Katniss.
—Lo sé—digo en un gruñido. Solo me lo he puesto en muy contadas ocasiones desde que me llegó a casa. Me siento rara llevando algo tan ostentoso en un dedo. Decido ponérmelo de una vez (el postergar el momento no va a impedir que tenga que usarlo) y, con ayuda de Cinna, salgo fuera. Peeta toma el relevo frente a la puerta de salida del tren.
—¿Estás bien?
—Más o menos—contesto. Él asiente y no dice nada más, pero el agarre que mantiene en torno a mi cintura se endurece.
—¿Preparados? ¡Os van a adorar!—Effie se pone delante de nosotros con su vestido verde lima y unos tacones imposibles y abre las puertas. Al instante toda una multitud enardecida nos recibe. Por doquier corean nuestros nombres y hay sinsajos y fotos nuestras por todas partes.
A duras penas conseguimos evadir a la gente, desesperada por conseguir un apretón en la mano, un beso o incluso un simple "Hola".
Justo cuando estamos a punto de meternos en nuestro coche siento un escalofrío recorrerme la espina dorsal, como si alguien estuviera observándome fijamente. Ruedo los ojos con disimulo y los veo: varios pares de ojos están fijos en nosotros, algunos con curiosidad, otros con escepticismo, otros como con complicidad y otros con ira desmedida.
Trago saliva y me meto rápidamente en el coche, respirando con dificultad—. ¿Katniss?—Oigo vagamente la voz de Peeta, pero mi mente sigue anclada en ese montón de ojos clavados en Peeta y en mí.
Son los otros vencedores, antiguos y futuros asesinos a los que Peeta tendrá que enfrentarse para poder salir vivo, para poder conmigo.
Y, tras verlos, el pánico me invade una vez más. No estoy segura de que pueda contra todos, no Peeta. Sé que Haymitch no vacilará a la hora de cortar alguna que otra garganta, pero Peeta no es un asesino, nunca lo ha sido.
De pronto, a mi lado, Haymitch me aprieta el muslo y yo lo miro. Él está sonriendo, cínico, y se acerca para susurrarme lo peor que podría decirme en estos momentos—. Te toca a ti salvarlo, preciosa. —Cierro los ojos, con fuerza, y aprieto los puños;
Ya lo sé, sé que ahora me toca a mí salvarlo, me toca a mí ser quién proteja y salve a Peeta. Esta vez he venido como mentora, no como jugadora. Depende de mí el que mi chico del pan viva o muera.
Y todo el mundo sabe lo bien que se me da hacer amigos.
Fin POV Katniss
Fin capítulo 20
Bueno ¿qué? ¿Os ha gustado? ¿Os animáis a dejarme un review relleno de pastelillos de nata? Un hojaldre de jamón y queso también me vale xD. Recordad que un review equivale a una sonrisa y que, si pasáis cuales lectores fantasmas, sería como si me manosearais una teta para luego salir corriendo. Sí, estoy a favor de la campaña "Con voz y voto". No creo que escribir dos palabrejas cueste tanto, gente del ciberespacio. Sé que da pereza, mucha, darle clic al ratón. Tienes que mover la mano, el dedo... Uf, mucho trabajo, pero pensad en lo felices que nos ponemos los autores y autoras xD.
¡Nos leemos!
¡Ja ne!
bruxi.
