Los personajes de OUAT y la historia no me pertenecen
Gracias por los Reviews y por seguir esta historia, me encantan sus comentarios, no saben cuánto y gracias también a los lectores anónimos bueno
Las dejo leer, no olviden dejar su comentario de que les parece esta historia espero disfruten del Fic y disculpen la tardanza, después de este capítulo solo queda lo mucho y recuerden entre más RW más rápido subo capi nuevo ,ya estoy de vacaciones así que me tendrán todos estos días para complacerlas
Emma cerró la segunda maleta de mano, satisfecha de haber hecho el equipaje en solo media hora. No necesitaba demasiado, porque en su casa de Star Island de Miami tenía un guardarropa completo.
—Huir no va a solucionar nada —le dijo su madre desde la puerta.
—Puede que no, pero estoy harta de muchas cosas y necesito un poco de espacio. Tengo que pensar. —Emma se puso la cazadora de cuero con gestos tirantes y se echó el pelo hacia atrás con un coletero de terciopelo negro—. Te llamaré cuando llegue. Cuida de las niñas, y que no se les acerquen los periodistas.
—Muy bien, tesoro —Mary la abrazó—. Sigo pensando que tendrías que hablar con la señora Mills y aclarar las cosas, pero ya tendrás tiempo para eso cuando vuelvas.
Emma sabía que pasaría tiempo antes de volver a hablar con Regina, y solo de pensar en ella le dolía tanto el corazón que creía que no se le curaría nunca.
—Claro, mamá.
Miró a Anton por encima del hombro de su madre cuando el guardaespaldas vino a coger sus maletas. Las levantó como si no pesaran nada.
—Tenemos dos horas.
—Tienen ruedas, chulito —quiso bromear Emma.
—Tengo que mantenerme en forma, ¿sabías? —replicó Anton sin pestañear—. ¿Estás lista?
—Sí. —Emma abrazó a su madre otra vez—. Siento no poder despedirme de las niñas. Las llamaré desde Miami.
—Cuídate, Emma. Ve con ojo.
—Adiós, mamá. No llores. Puedes venir con Abi y Ashley a pasar el fin de semana siempre que quieras, ya lo sabes.
—Sí, lo sé. Es que estoy un poco tonta.
—No, me estás haciendo de madre. —Emma le acarició el hombro—. Adiós.
El trayecto al aeropuerto duró casi una hora, aunque a juzgar por el tráfico podría haber sido peor. Anton había fletado un vuelo chárter para llevarlos a Miami, y los pilotos y la azafata los esperaban para subir al pequeño avión. La cantante había usado aquella compañía para sus vuelos privados en varias ocasiones y le sonaba vagamente el capitán. Le dedicó un educado gesto de cabeza y tomó asiento en el lujoso avión.
Anton se sentó algo más atrás y emma le agradeció mentalmente que le diera algo de espacio. Se había puesto sus gafas de sol más grandes y oscuras para esconderse de todo el mundo y estaba impaciente por refugiarse tras los muros de su casa de Miami. En Star Island vivían muchos famosos y, aunque era una subdivisión pública, las verjas vigiladas reducían la afluencia de curiosos al mínimo. Emma había comprado su casa a una estrella de cine que todavía buscaba la privacidad más que ella y, tras instalar un caro sistema de alarma, pudo sentirse segura.
A Anton le encantaba Miami; era como si al ir allá saliera de su concha. Era un gran cocinero y no le importaba hacer las veces de mayordomo y encargarse de los detalles de la contratación del personal que cuidaba de las propiedades de su jefa. Ella tenía muchas ganas de llegar y se sentía mejor solamente de saber que faltaba poco para estar allí.
Cerró los ojos tras las gafas de sol y, cuando el avión despegó, se adormiló un poco. Pensó en Regina en su estado de duermevela pero, en lugar de darle vueltas a su traición, la veía medio desnuda, con la piel brillante de aceite de baño y burbujas de jabón. Emma se despertó de golpe. ¿Cuándo sería capaz de pensar o soñar con Regina sin que le doliera de aquel modo tan atroz? ¿Pasaría alguna vez? Emma se acurrucó en el asiento y se envolvió con una manta, porque le había entrado frío de repente. Así que aquello era el amor: ¿aquella mezcla extraña de dolor indescriptible y extraño anhelo?
«Es demasiado.»
Le dolía el pecho y le costaba mucho respirar. Intentó centrarse en lo enfadada que estaba, pero por algún motivo la rabia que la había invadido en el estudio y le había hecho tirarlo todo por la ventana la eludía. En lugar de eso, se veía obligada a respirar hondo repetidamente, para no romper a llorar. Se negaba a mostrar signos de lo que para ella era una debilidad, incluso ante extraños.
Miami la recibió con su clima cálido y húmedo. Anton lo había arreglado para que un servicio de taxis anónimo los recogiera en el Aeropuerto Internacional de Miami, así que Emma pudo escapar de la prensa. Siempre había algunos paparazzi destacados en el aeropuerto, especialmente en una ciudad como Miami, en donde vivía un buen número de famosos. El truco que le había enseñado Anton era no usar limusina cuando quería llegar de incógnito.
El trayecto hasta Star Island transcurrió sin novedades, y Emma lo pasó ensimismada, pensando en el giro que habían dado los acontecimientos aquella mañana. No era capaz de reaccionar, se sentía entumecida. Había llegado al estudio con muchas ganas de empezar a trabajar; incluso tenía la esperanza de que su sesión telefónica con Regina hubiera reavivado su interés por ella.
«Me deseaba. Estaba tan excitada como yo.»
Emma no se engañaba, pues sabía que Regina no estaba preparada para ir en serio con nadie, y menos con alguien que no fuera de su misma acera. Sin embargo, aquello no le había quitado las esperanzas de pasar más tiempo con ella.
—Ya hemos llegado —anunció Anton cuando el taxi enfiló el puente que llevaba a Star Island.
El guardia de la puerta los reconoció a simple vista y los saludó con la cabeza cuando entraron en el complejo. Al llegar a la casa,
Anton abrió la verja con un control remoto y el taxi entró en la estructura blanca de estilo mediterráneo. Emma bajó, aspiró la dulce fragancia de Miami impregnada del olor a agua salada que los rodeaba, sacó una de sus maletas y la llevó rodando hasta la puerta. Pulsó los controles de la alarma con el índice, desbloqueó la puerta y entró. Allí repitió el mismo procedimiento para apagar la alarma.
—Por fin en casa —suspiró Emma, quitándose las sandalias de una patada.
Le encantaba la sensación de los finos azulejos bajo los pies. Fue al dormitorio principal seguida de Anton, que llevaba la segunda maleta, y se puso a deshacer el equipaje de inmediato.
—Anton, por favor, cógete el día libre. Relájate, ve un partido, lo que quieras. Yo haré lo mismo. Bueno, a lo mejor lo del partido no tanto. Te has portado muy bien conmigo en todo esto y te lo agradezco, amigo.
—Lo que necesites, Emma, ya lo sabes. Lo que necesites, cuando lo necesites.
Emma era consciente de que su guardaespaldas hablaba completamente en serio.
—Espero no hacer nunca nada que te haga dejarme —le dijo, con un repentino nudo en la garganta—. No sé qué haría sin ti.
—Oye, pequeña —repuso Anton, pasando por alto el hecho de que solo le sacaba ocho años a Emma—. No te preocupes por eso. Es un privilegio trabajar para ti y que me consideréis un amigo de la familia. Tú, Mary, las niñas, sois mi familia. Me habéis tratado mejor de lo que me han tratado nunca y eso no podrá cambiarlo nadie.
—Gracias, Anton. —Emma rodeó con los brazos al alto y fornido guardaespaldas, al que no había sabido valorar demasiado a menudo a lo largo de los años—. Gracias.
Anton le dio unas palmaditas en la espalda.
—Bueno, voy a aceptar tu oferta. Esta noche hay fútbol americano —sonrió—. ¿Pedimos comida para llevar?
—Ya te digo. Esta noche no cocinas, pero mañana podríamos buscar unos buenos cangrejos de roca, ¿no te parece? —sugirió Emma, aparentando naturalidad.
Al parecer funcionó, porque a Anton se le iluminó la cara.
—Ah, buena idea. Marchando unos cangrejos de roca — concluyó él.
La besó en la frente y se fue. Impaciente por salir a la piscina, Emma se puso un bañador negro, se duchó al lado de la piscina y se tiró al agua. Hizo unos cuantos largos con brazadas enérgicas, como si la persiguiera un demonio acuático. Al final los brazos ya no le aguantaban y a duras penas pudo salir por el borde. Mientras jadeaba, se dio cuenta de que ni siquiera el agotamiento físico era capaz de purgar sus pensamientos sobre Regina. Se echó una toalla por los hombros mientras se convencía de que con el tiempo aprendería a sobrellevarlo, racionalizarlo y apartarlo de su mente, pero por ahora tenía que asumir que tenía el corazón roto.
Emma se puso de pie. Las piernas le temblaban de vuelta a la casa y recordó lo que le había dicho Jim Frederick en el estreno.
Kathryn y ella vivían al otro lado de Star Island y, si no lo recordaba mal, aquella era su residencia permanente. Seguramente Jim está ocupada promocionando la última película de Maddox, pero a lo mejor kathryn estaba por allí.
Se dio otra ducha rápida y se puso unos pantalones cortos y una camiseta. Entonces se asomó a la sala de estar para decirle a Anton adónde iba. Aunque él se ofreció a acompañarla, ella declinó el ofrecimiento. Por el camino, solo se encontró con dos paseadores de perros. A decir verdad, Star Island se veía desierta a última hora de la tarde. La casa de Jim y Kathryn estaba rodeada de un muro parecido al de Emma, con una verja de hierro forjado en la entrada. Llamó al timbre y al poco oyó la tranquilizadora voz de Kathryn por el interfono.
—¿Emma? Adelante.
Emma levantó la cabeza, localizó la cámara de seguridad y saludó.
—Gracias. Perdona por presentarme sin avisar.
—No te preocupes.
Se abrió una porción de la verja y Emma se encaminó hacia la espectacular casa estilo art-decó de color melocotón, rodeada de palmeras. Jim y Kathryn la esperaban en la puerta, la última con el brazo sobre los hombros de la primera. Al contemplar su felicidad Emma sintió una súbita punzada de envidia y pestañeó para contener las lágrimas que se le agolpaban en los ojos.
—Ah, cariño, ven aquí. —Jim abrió los brazos y estrechó a Emma con fuerza contra su pecho. Emma hundió el rostro en su pelo y sintió que había acudido al lugar adecuado—. Kat, ¿vamos a la terraza de la parte de atrás? —sugirió, sin soltar a Emma—. Y tú, Emma, nos lo vas a contar todo y entre las tres seguro que se nos ocurre alguna solución.
—No lo creo, pero necesitaba veros. No sabía qué más hacer.
En la parte trasera, una mosquitera floridana protegía media terraza de los insectos. Fue allí donde Emma se sentó con Jim en un sofá de mimbre, mientras Kathryn iba a por bebidas frías de la nevera que había en la cocina exterior de acero inoxidable. Cuando volvió dejó las botellas en la mesita de café.
—¿Zumo de naranja, refrescos, agua?
—Zumo de naranja, gracias. —Emma aceptó un vaso y bebió con avidez—. Qué calor hace hoy, ¿verdad?
—Pues sí —coincidió Jim, sirviéndose agua con hielo—. Ahora cuéntanos lo que ha pasado. Hemos visto las portadas de la prensa del corazón, por supuesto, y estábamos preocupadas.
—Ha sido duro. No tanto por los periodistas. Bueno, eso nunca es agradable, seguro que a vosotras también os han acosado lo suyo.
—La verdad es que sí —admitió Jim—. ¿Y Regina cómo se lo está tomando?
—Ella... hemos...
Pero Emma no pudo continuar. Dio un sorbo al zumo pero se le fue por el otro lado y empezó a toser.
—Ay, vaya. —Jim le acarició la espalda—. Tranquila, tranquila. Respira.
Al final Emma dejó de toser y pudo dar otro sorbo sin atragantarse.
—Lo siento. Es que he tenido un mal día y...
De repente se sintió abrumada por todo lo que había sucedido y se echó a llorar. Jim la abrazó con ternura.
—Pobrecita. Eso es, desahógate. Tú desahógate.
Kathryn se sentó al otro lado de Emma y las abrazó a las dos. Permanecieron así hasta que dejó de llorar.
—Ya está. ¿Mejor?
—Mejor —musitó Emma, que aceptó un pañuelo de papel y se sonó la nariz.
Ya más calmada, les explicó a Jim y Kat lo que había pasado.
—Y entonces he venido aquí —concluyó en voz queda—. Es que tenía que marcharme. Seguramente me demandarán por incumplimiento de contrato, pero ya me preocuparé por eso cuando toque. Ahora no podía quedarme allí.
—Menudo trauma —afirmó Jim, agitando una mano en el aire—. Terrible.
—¿Has hablado con Regina?
—No —se estremeció Emma—. No desde el domingo por la noche —se le sonrojaron las mejillas. Por nuestra conversación entendí que podría haber esperanza para nosotras, pero está claro que me equivoqué.
—Tendrás que hablar con ella tarde o temprano. A lo mejor todavía puedes arreglar las cosas —opinó Kat, dándole un tirón cariñoso del pelo—. Sería muy tonta si te dejara escapar.
—En serio —Emma meneó la cabeza—. Regina es incapaz de querer a alguien. No, esa no es la palabra adecuada: no se atreve a querer a alguien. No sé por qué, no me lo ha dicho, pero está muy claro.
—Eso debería decirte algo —le dijo Kat, cogiéndola de la barbilla—. Has dicho que habéis tenido relaciones... íntimas más de una vez. Ella sabe que es la primera mujer con la que has estado y podría haberse mantenido alejada de ti tras el primer encuentro. Ya sabes, mantener la distancia y reducir el contacto al mínimo. Pero no ha podido, ¿verdad?
—Kat tiene razón —coincidió Jim, que mantenía el brazo alrededor de los hombros de la cantante—. Para una mujer como Regina, orgullosa, severa y con una carga de trabajo tremenda, el hecho de que no pueda disimular que se siente vulnerable contigo y de que te mirara como lo hacía en la azotea del restaurante significa que lo que quiera que haya entre vosotras, y eso solo lo sabéis las dos, es algo fuerte.
—Más fuerte que yo —susurró Emma—. Algunas personas pueden creer que es solo lujuria o una obsesión física, pero no es verdad, Jim —explicó Emma, que se quitó las sandalias, subió los pies al sofá y se abrazó las rodillas—. Tienes razón, no quiere desearme. Tiene miedo. Creo que hasta es posible que me tenga rencor por evocarle esas sensaciones.
—Y aun así le importas.
—No lo bastante para mantener su promesa. No lo bastante para informarme de su decisión en persona. Dejó que me lo dijera David Boyd y no entiendo por qué. Es que no puedo.
—Cielo —musitó Jim, abrazando a Emma con más fuerza —. Te ayudaremos a solucionarlo. Al menos ahora estás aquí. Vale, Star Island es un sitio público y tenemos nuestra ración de turistas y paparazzi, pero la verja de la entrada desanima a muchos. De momento la prensa está... Espera —se interrumpió Jim, con el ceño fruncido—. Espera un momento.
—Ha tenido una idea —informó Kat, guiñándole un ojo a Emma. Esta no pudo evitar reírse—. Ha entrado en modo Maddox.
—Muy graciosa —refunfuñó Jim, que arrugó la nariz de un modo poco característico—. Oíd, se me ha ocurrido algo. Los periodistas se han vuelto locos con esas fotografías, en el Cinturón Bíblico están que trinan y las madres de adolescentes piradas y la prensa rosa están todavía peor. Pero esto es lo que se me ha ocurrido. Kathryn, si yo estuviera en el lugar de Emma, acosada por la prensa, e insistiera en escribir un manuscrito sobre mi vida, todos los aspectos de mi vida, hasta los detalles más personales, ¿tú qué harías?
—Yo te pediría que aplazaras la idea hasta que las cosas se calmaran... Oh.
Emma se las quedó mirando.
—¿Qué?
—Piénsalo. Tus canciones. Son como una confesión, profundamente personales y sinceras. Kat levantó tres dedos —. Súmale el carácter de Regina: protectora, profesional...
Emma intentó seguir el hilo de sus pensamientos.
—¿Quieres decir que creyó que, si compartía mis canciones con los fans, el lío con la prensa sería todavía peor?
—Y con el resto del mundo. Ya no tendrías intimidad, porque las hordas de la prensa del corazón estarían al acecho. Al menos es el razonamiento que creo que puede haber hecho Regina. Le pega más a su personalidad, por lo que la conozco. —Jim le acarició la mejilla a Emma—. Es una posibilidad.
—¿Entonces por qué no me lo dijo?
—Tiene miedo, ¿recuerdas? —apuntó Kathryn en voz baja—. Si no me equivoco, Regina no confía en sí misma cuando está contigo. Ha perdido los papeles en más de una ocasión, algo inaudito en una Mills.
A Emma se le aceleró el corazón en el pecho. ¿Qué querían decir todas aquellas especulaciones? ¿Le quedaba alguna posibilidad si hablaba con Regina? ¿Acaso Regina bajaría la guardia lo suficiente como para escucharla?
«Y lo más importante, ¿me atreveré a hablar con ella?»
Emma no podía procesar tantas cosas a la vez, pero se sentía mejor al sentarse con amigas como Jim y Kat. Agotada, cerró los ojos.
—Lo siento —murmuró.
—No lo sientas. Tú relájate. No pasa nada —la tranquilizó Kathryn.
Emma no pudo resistirse a la llamada del sueño, se acurrucó entre Jim y Kat y cayó dormida
