Capítulo final. Victoria Carballo me pidió que le dedicase un capítulo así que le dedico el último que queda.
Disclaimer: Shingeki no Kyojin no me pertenece sino a Hajime Isayama, autor de la misma y manipulador de corazones a tiempo parcial.
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Mareado, confuso, con algunas de sus articulaciones dormidas. Apenas podía levantar su cuerpo, como si un enorme peso le cubriese y le obligase a estar recostado en el suelo. ¿Acaso estaba muerto? ¿Era esa la sensación que tenías cuando tu vida llegaba a su fin?
Pero de ser así, quizás era una de las pocas personas que aún podía sentir. Un picor cerca de su nariz provocado por una mota de polvo. Instintivamente intentó apartarlo con la mano. ¿Podía mover su mano? Sus ojos se abrieron con sorpresa. Losas agrietadas y sucias frente a él. No reconocía aquel lugar.
Su hombro se movió para permitirle incorporarse, sintió un horrible latigazo recorrer toda su espalda. Los efectos secundarios de una droga, morfina tal vez. Sus alaridos de dolor no eran escuchados por nadie. ¿Dónde estaba?
Polvo, polvo y más polvo. Tal vez alguna telaraña que parecía destacar en alguna esquina superior amenazando con expandirse. Mobiliario viejo y raído, posiblemente abandonado, y aquel constante y vomitivo olor a suciedad. Su cabeza comenzó a doler horriblemente ante el recuerdo.
La perseguía, andaba tras su pista. Pero... solo podía recordar oscuridad, nada más. Sus músculos comenzaban a desentumecerse, le sorprendió no estar atado. ¿Por qué? Si ella le había traído allí, ¿por qué no le había matado?
- Maldita sea... - resopló mientras intentaba agarrarse a una silla cercana para poder ponerse de pie – Tengo que encontrarla.
Sus piernas flaqueaban ante su escasa fuerza para mantenerse erguido. Se apoyó sobre un mueble cercano e intentó buscar una pista. Pensar como aquellos dos hermanos sería duro, acostumbrados a sonreír siempre sin mostrar ninguna emoción verdadera. Crecieron separados pero desarrollaron la misma personalidad.
Si quería averiguar que pasos había dado aquella mujer debía de intentar pensar como su mejor amigo. Aquel maldito idiota. ¿Qué haría él? No había notas, no había ni un mísero cabello que la delatase. Ni siquiera su aroma, o una huella en aquel suelo lleno de suciedad. Nada, pero sin embargo, su presencia estaba allí.
Elga quería asesinar a su hermano. ¿Realmente? ¿O tal vez solo quería purgar por sus pecados? Llevaba décadas siendo una asesina a cargo de un misterioso grupo, pero cambió. Por primera vez tuvo arrepentimiento hacia sus acciones. ¿Por Erwin? ¿Por él mismo? No.
Había otra persona que había conseguido que su mente se diseminara y le hiciera dudar. Un pequeño feto que ni siquiera había llegado a nacer.
Suspiró con fuerza y se concentró en sus piernas. Necesitaría recuperar toda su movilidad rápidamente si quería llegar hasta dónde se encontraban aquellos dos inconscientes incapaces de verse el uno al otro a pesar de ser como dos superficies reflectantes.
Sus dedos se toparon con un pequeño tenedor. Oxidado y cubierto de polvo acumulado tras el paso inexorable del tiempo. Lo agarró con fuerza y lo clavó con fuerza sobre su muslo izquierdo.
La sangre volvía a fluir continuada sobre sus venas, aquella pequeña y despreciable herida sería suficiente para detener a aquellos dos cabezotas.
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Era una tarde bastante seca. Hacía bastantes días que no llovía, la tierra árida arañaba la suela de su calzado con pesadez, como si intentase desprenderse. Su garganta clamaba por una mísera gota de agua, tan solo algo que calmase aquella sed espantosa.
Solo faltaban apenas unos minutos y podría descansar unos intanstes, cenarcon sus compañeros, y volver a aquella rutina repetitiva un día más. No queria reconocer que añorase especialmente a nadie, pero su preocupación crecía por momentos. Apenas unas semanas atrás despertó en un hospital tras haber sido víctima de un poderoso sedante. Lo suficientemente fuerte como para dejar inconsciente durante una semana a alguien de su envergadura.
En cuanto su cerebro volvió a estar activo se encargó de informar acerca de lo último que había averiguado tras ser agredido, pero sus palabras no parecieron ser oídas con demasiado interés. El comandante en jefe se encontraba permanentemente reunido y no parecía excesivamente interesado en pensar en que una nueva cadete hubiera abandonado las filas.
Moblit Berner, segundo al mando del escuadrón de investigaciones especiales, un mero título sobre un papel que no le eximía de nunca ser oído. Cada día, mientras vigilaba los sujetos capturados esperaba oír aquella estridente voz ordenándole algo. Tal vez un café, unas muestras que habían dejado analizándose.
- ¡Moooooooooooblit!
O puede que tan solo reclamase su atención para algún tipo de anécdota antigua. O para comentar una disparatada teoría que segundos más tarde resultaba ser cierta y tener sentido.
- ¡Moblit!
En ocasiones, mientras lavaba su cara en aquel viejo balde de agua podía oír su voz. Siempre tan altiva, tan animada, tan sincera y pasional. O incluso si giraba la cabeza podía verla cabalgando con rapidez sin atender a ninguna clase de prudencia, esquivándo los soldados a su paso y...
- ¡Moblit, deprisa! ¡Trae alguna herramienta consistente! - un espejismo que gritaba.
Volvió a parpadear. Más caballos, caras conocidas. ¿Por fin habían vuelto? Comenzó a contar las siluetas. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... Alguien faltaba. ¿Un fracaso? ¿Un éxito? Sin tan siquiera detener su corcel bajó de él y se interpuso entre él y sus pensamientos.
- Necesito que traigas un hacha que sea lo suficientemente robusta como para romper metal. O sino, creo que había un pequeño soldador que solían usar los chicos cuando fabrican la maquinaria. Sea lo que sea lo necesito aquí, ¡ahora mismo! - sus habituales gafas de protección parecían rotas por la zona del cristal, pero no presentaba ninguna herida aparente.
- ¡C-capitana!¡Me alegro enormemente que esté bien! Hace unas semanas, la nueva recluta – sus palabras se ahogaron en sus labios sin llegar a emitirse.
Hanji Zoe se colocó junto a su caballo y ayudó a bajar a una pequeña mujer de cabello largo oscuro y un pequeño pasador recogiéndolo hacia atrás. La misma que le había noqueado tiempo atrás.
- ¡Aléjese de ella! - bramó mientras la apuntaba con una de sus espadas e intentaba separar a su líder de aquella insolente - ¡Es una traidora! ¡Intentaba matarla!
- ¡Cálmate, cálmate! - su pecho rozó la punta de su arma y retrocedió hacia atrás – Ya sabía eso – con gran pesadez le quitó a la chica la capa que llevaba aquel emblema tan característico en su espalda dejando ver sus manos – Ahora Yurie es una invitada, así que te agradecería que me ayudases con esto.
Su mano derecha estaba esposada, pero no siguiendo el protocolo habitual, sino a una sólida y gruesa barra de acero. Mediría alrededor de medio metro con unas pequeñas hendiduras en los extremos antes de unirse a un trozo de piedra al que parecía estar unido como si el metal se hubiera fundido y fusionado con él.
- C-capitana, ¿qué es lo que...?
- Es lo único que conseguí hacer con el poco tiempo que tenía. El metal era demasiado sólido como para romperlo fácilmente intenté reventar la roca de alrededor con algo de pólvora pero me temo que no fue suficiente para quebrarla – su extraña y animada sonrisa le arrebató cualquier posibilidad de contestar – Sería mejor que alimentaseis a los caballos. Están exhaustos de cargar con nosotros sin descansar.
Las manos de Yurie Bal estaban llenas de heridas y parecían ligeramente quemadas, tal vez por el impacto de la explosión que provocara su capitana. El resto de su cuerpo estaba intacto. La ropa de su líder llena con extraños tiznes negros posiblemente de haberla protegido mientras intentaba sacarla de allí.
Y durante un camino de más de doscientos kilómetros, sus manos seguían unidas a aquella barra metálica. Y a un trozo de pared arrancado con fuerza.
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La sujetó en brazos mientras notaba que sus toses iban acompañadas cada vez más de salpicaduras de sangre. Era la segunda vez que tenía que verla morir. Y esta vez iba acompañada de una dulce sonrisa que llevaba sin ver más de veinte años.
- ¿A qué viene ese cara? Ahora eres libre... - sus manos manchadas de sangre temblaron hasta encontrarse con la de él, que la sujetó firmemente – A mí no me queda nada que hacer aquí. Ahora eres tú quién tiene que decidir.
- ¿¡Decidir el qué!? - enunció con impaciencia. Sus palabras parecían carecer de la clásica fuerza que las caracterizaba.
- Todo...
Y aquellos ojos cristalinos dónde se reflejaba su propia sombra se comenzaron a volver cada vez más y más oscuros. Perdiendo fuerza. Notaba como su cerebro articulaba todas aquellas frases, intentando retenerla. Pero no podía oírlas. No era capaz de gritar. Solo ver su vida apagarse cada vez más y más.
Otra vida perdida. Otra persona importante en su historia que se consumía poco a poco. Ojos azules que solían jugar a la rayuela como otra niña más. Si estuviera en su mano, no dudaría en volver hacia atrás, al día en que reprochó a su hermana por su comportamiento. No permitirle que volviese a casa, ni tomase su lugar. Tan solo si no hubiese sido un niño tan egoísta.
- Erwin. Déjala.
- Nile... ¿Qué haces aquí?
- Ella quería que estuviese aquí – su viejo amigo se puso en pie con aquel cuerpo entre sus brazos – Supongo que para detenerte ahora.
- ¿Detenerme? - mirada vacía, como la que solo mostraba en aquellos últimos años ante él. No su falsa máscara, sino su realidad, la nada – No voy a correr tras el fantasma de mi hermana nunca más. Ya no hay nadie aquí a quién deba proteger.
- Entonces, ¿por qué sigues llevando su cuerpo?
- Tan solo... me niego a abandonarla una vez más – los huesos descompuestos de lo que debería haber sido su familia, no podía dejarla yacer junto a ellos.
- ¿La enterrarás junto al resto de tus soldados?
Otra flor más, de un color distinto al resto, destacando. Sus soldados. Caídos, vencedores, luchadores, marionetas.
Y una alarma llamó su atención. El tañir característico de una campana. Dulce, melodioso. Y siempre acompañado de cientos pérdidas irremplazables. ¿Cuántas almas conseguirían cruzar hoy aquellos muros de piedra?
- Tus aliados han vuelto – finalizó su solitaria voz – Deberías reunirte con ellos.
- Mis aliados – pronunció antes de depositar a su hermana pequeña en los brazos de su amigo – Cuida de ella, Nile.
- Lo haré.
Siguió su figura hasta que se hubo alejado. La luz del día comenzaba a desaparecer. Cargó el cuerpo inerte en su espalda y continuó avanzando en dirección contraria a la de su amigo. Alcanzó una zona amurallada, saludó a uno de los soldados allí apostados que le observó contrariado al cargar con una mujer.
- Señor Hawk, ¿qué es lo que hacía en la ciudad? Es peligroso entrar en Shingashima.
- Quiero que traigais al mejor médico de la capital inmediatamente – ordenó.
- Pero señor, esta mujer ya está...- apuntó uno de los soldados observando su cuerpo lleno de sangre.
- ¡He dicho inmediatamente!
Su grito pareció alertar la prisa en revivir un cadáver irrecuperable. Cuando las figuras de los desconcertados soldados hubieron desaparecido se quitó su chaqueta y comenzó a presionar sobre la herida abierta.
- Ya puedes dejar de fingir.
- ¿Cómo lo has sabido? - su voz entre susurros sin levantar sus párpados.
- Eres demasiado dura como para caer solo por una herida asi – la sangre no paraba de fluir sin detenerse, desesperación. Perlas de sudor cubrían su frente – Y no puedes morir sin cumplir tu promesa.
- ¿Qué promesa?
- Tienes que casarte conmigo.
- …..
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Como carbón y agua salada se desvanecía la noche. Un día más. Uno menos para su final. Otro solamente. Horas, segundos, nada más. El devenir del tiempo acelerado, imparable, inconsciente, audaz.
- Ya no hay más estrellas. Debemos volver con los demás – alisó sus pequeños bucles rubios y los recogió tras su oreja
- Nanaba, ¿cuál es tu desición final? - le detuvo mientras contemplaba las últimas luces en el cielo antes de amanecer.
- Ya se lo dije hace tiempo capitán. Hasta que no acabe mi misión, no puedo pensar en nada más que en mi deber.
- Eso es muy duro. Podrías ser más sensible al rechazarme.
- L-lo siento capitán...Y-yo sólo...
- No importa – dejó su cabeza descansar junto a su hombro – Me conformo con poder levantarme así contigo como hoy de vez en cuando.
- Por supuesto capit...- sonrió – digo...Mike...
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Cogió el siguiente papel y lo rellenó igual que los anteriores. Meros papeles de bajas y entradas al equipo. Era una de las partes más aburridas y tediosas de su trabajo, pero igualmente necesaria. Cientos de soldados inconscientes que pugnaban por entrar al campo de batalla.
Honor, gloria, ser un héroe. A veces no podía evitar contener la risa ante aquellos comentarios tan exagerados y tan contradictorios. Para una mitad de la población eran héroes, para la otra, unos patéticos suicidas. Pocos sabían todo lo que se escondía bajo aquel grupo.
Bajo la firme y permanentemente calmada mirada de su impasible comandante.
La última lámina de papel abandonó el montón junto al resto garabateada y sin sentido. Se desplomó sobre su mesa y dejó descansar su vista durante unos instantes.
- Si tienes ganas de dormir vete a la cama.
- No puedo, Rivaille. Tengo que asegurarme que Moblit ha salido de una vez ya de allí – se desesperezó y se levantó de su asiento – Lleva allí más de una semana vigilándola. Ayer le dije que no era necesario que siguiese allí, que le necesitaba arriba. Espero que me haya hecho caso. Hoy no he podido acercarme a mi escuadrón.
- ¿Quién ha estado controlando a tu escuadrón hoy?
- Le dije a Nifa que necesitaba que fueran a conseguir abastecimiento y material, que por la tarde Moblit se reuniría con ellos. Pero ese cabezota...
- ¿Por qué está tan obsesionado con Yurie? Se que eres lo bastante fuerte como para no necesitar que nadie te defienda. Y dudo que en su estado pueda aún intentar atacarte – la habitual sobreprotección del joven cadete era algo que siempre le desconcertaba.
- Moblit solo intenta ser correcto y hacer su trabajo. Aunque creo que...
- ¿Qué?
- Nada, olvídalo.
Las escaleras hacia aquel sótano siempre eran las mismas. Los mismos escalones, la misma distancia, la misma humedad lacerante. Nada variaba. A veces, ni siquiera necesitaba encender el candil. Conocía aquel camino de memoria.
Descendió sola para encontrarse a su subordinado dormido junto a las rejas de la prisión.
- Tus inferiores son todos unos inútiles – comentó con sarcasmo – Hace una hora que se quedó dormido. Aunque debo decir que es todo un record, no le he visto dormir nada en la última semana.
- Es tu compañero después de todo, deberías de ser más amable con él – colocó una manta sobre el chico dormido y se sentó en el frio suelo de piedra frente a la chica.
- No es nada mío. Yo no pertenezco a tu escuadrón, nunca lo hice.
- Yo decido quién entra y quién sale de mi equipo – su voz sonó seria, determinante – Y no recuerdo haber dicho nunca que estuvieses expulsada de él.
-...
Silencio sepulcral tan solo interrumpido por el leve susurro de una conversación. Dos cadetes que discutían lejos de allí. Pasividad, armonía, ¿cuánto podía durar?
Las hojas de los árboles comenzaban a caer lentamente por efecto de la gravedad hasta depositarse suavemente sobre el suelo. Acumulándose. Como grandes montañas dónde los niños jugaban a esconderse. Sin miedos. Ajenos a todo lo que les rodeaba.
- Ya os conté todo lo que sé. ¿Por qué sigo aquí? ¿Vais a torturarme? ¿A usarme de moneda de cambio? ¿A intentar lavarme el cerebro?
- Ah, bueno. Hemos pensado en todas esas opciones. Y no te voy a mentir, si es necesario entrarás en ese rol. Pero por ahora eres mi rehén. Al igual que él – el hombre que dormitaba a su espalda – o el resto de mi equipo. O incluso yo misma tendré que tomar todos esos roles alguna vez.
- ¿Y deseas tener a una asesina resguardandote la espalda? Absurdo.
- Los pistones estaban rotos, y el motor no funcionaba adecuadamente. Así que por mucho que lo golpeases no iba a funcionar. ¿Fue duro verdad? Ver morir a aquel compañero sin poder hacer nada y fingir que su vida no te importaba.
- No se de qué me hablas.
- Tras tu primera expedición Moblit detectó un ruido raro en tu equipo. Estaba estropeado. Moblit se dio cuenta de ello y me lo dijo, ambos lo desmontamos aquella noche. Fue curioso, recuerdo que decías que habrías puesto tu vida en peligro de intentar salvarlo, pero, a pesar de estar roto, el motor presentaba muescas. Como si alguien hubiese intentado hacerlo funcionar desesperadamente.
- Calla...
- ¿Y el capitán Grotes? Mike y Nanaba encontraron su cadáver en mitad del bosque. Tenía toda la cara quemada y marcas en sus brazos. Parecía que le habían inyectado un fuerte medicamento para mantener sus neuronas lo suficientemente activas como para aguantar la tortura a la que lo sometisteis. Pero...
- Calla, calla...
- Tenía un tiro en el pecho, se había producido antes de la tortura. ¿Te apiadaste de él?
- Calla, ¡Cállate!
- Moblit no tenía ni una contusión cuando lo encontraron. Tan solo estaba inconsciente debido a un potente somnífero. Y me extraña que Auruo siendo tan solo un mero pretexto para atraernos tan solo tuviese un brazo roto. ¿Acaso queríais mantenerlo intacto?
- ¡He dicho que te calles!
- Y Petra...
- ¡Para por favor! - golpeó los barrotes con impotencia – Todo aquello... Fueron simples errores... Solo …... errores...
- No lo fueron – corrigió secamente – Tú sabes cuales fueron tus errores.
- Si siempre supiste de mis intenciones, ¿Cómo...?
- ¿Cómo fue tan fácil llegar hasta mí? - esa pregunta era divertida, demasiado divertida. Su cabeza se inclinó hacia delante en un ligero cabeceo – Todo estaba planeado. Eso era lo que queríamos.
- Os vi transmitiendoos un código gestual. Mi transcripción fue correcta. El sargento y tú...
- Pura fachada. Él y yo hablamos con la mirada, ¿sabes?
- ¿Acaso vas a soltarme una estupidez como que la fuerza de vuestro amor os permite descifraros mutuamente? ¿Qué el tiempo en que os conocéis basta para poder traducir una frase con tan solo estar en la misma habitación?
- Algo parecido sí. Pero eso no es demostrable científicamente, a eso se le llama instinto. Y solo con instinto no puedo desarrollar estrategias. Dime Yurie – sus manos acariciaron el frío metal de la verja que las separaba - ¿Conoces el código morse?
- ¿Código morse? - su cuerpo cayó sin fuerza chocando contra la dura piedra del suelo. Sentía que sus piernas temblaban – ¿Os mandábais mensajes con simples parpadeos?
- Mientras tú estabas ocupada mirando nuestras manos sí.
De nuevo la subestimaba. Hanji Zoe, capitana del 4th escuadrón, tercera al mando, lider del equipo de investigaciones especiales. Una de las mayores estrategas que nunca podría conocer. Y sin embargo, su extraño comportamiento parecía tan contradictorio... ¿Acaso fingía para parecer vulnerable?
- Aquellos dos chicos...
- Queríamos ir solos. Atraeros.
- Una emboscada.
- Sí, pero nos obligaron a llevar escolta – aunque irónicamente ellos eran los guardaespaldas – El plan seguiría siendo el mismo, así que necesitábamos elegir sabiamente.
- ¿Por qué ellos? Son osados, maleducados, arrogantes, pasionales. ¿Por ello?
- Ah, no, no. A ellos los eligió Rivaille. Los de mi escuadrón no eran aptos, y Erd y Gunther tampoco. Y había otros cadetes que no conocíamos lo suficientemente bien. Rivialle optó finalmente por ellos dos, por ser ruidosos.
- ¿Ruidosos? ¿Por esa tontería?
- Verás, no cubrimos ni una de nuestras huellas. Ni tan siquiera nos esmeramos en guarecernos ante la noche. Os esperábamos. Ellos solo eran un aliciente para llamar más vuestra atención. Y de haber seguido nuestro plan todo esto habría sido muy distinto.
- Los hombres que mandaron a secuestrarte. Se confundieron y huyeron asustados antes de que vosotros pudieseis plantarles cara...
- …...
- ¿Y por qué me cuentas esto? ¿Acaso crees que podrás confiar en mí? Puedo clavar un puñal en tu espalda cuando te des la vuelta – intentó que su voz sonase fiera entre el eco que reverberaba.
- Verás Yurie – se quitó sus gafas y se acarició el puente de la nariz – Hace tiempo que trabajo para alguien a quién le da igual si muero o no. ¿Qué más da si es al revés?
- …...
- Pero, si tan segura estás de poder asestarme un golpe, te reto a ello – se acarició las rodillas mientras se incorporaba – Aunque la última persona que intentó tumbarme terminó una temporada en el hospital.
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La sábana de color ocre apenas ocultaba su cuerpo. Como si estuviese envuelta en ella. Como otras veces se había hecho. La tierra comenzó a tapar poco a poco aquel pequeño cuerpo. Tierra, tierra, tierra. Partículas de ceniza que se expandirían con el tiempo. Sedimentos. Y algún día, parte del compost que rodeaba aquella zona.
Solo podía observarlo de lejos. La impotencia le dominaba. Frente a aquella improvisada tumba en mitad del bosque, donde nadie iría nunca. El muchacho se sento frente al montículo de tierra y escarbó a su alrededor con un dedo. Como si intentase comprender algo de que había pasado.
Una pequeña y valerosa mujer que había pertenecido a un bando inadecuado. Tal vez si tan solo la hubiese podido recuperar antes. Si la hubiese conocido en otras circunstancias. Sus puños se clavaron sobre la tierra removida. Notó una mano reconfortante en su hombro.
Tres figuras más a su alrededor. Una compañera caída. Pero no otra más.
- Asesinato – susurró – Justo enfrente de nuestras narices.
- …... - no era necesario decir nada. Sabía que en esa clase de momentos era suficiente con su mera presencia.
Las hojas no habían terminado de caer, aún perezosas aferradas a su contacto con las frías ramas invernales. Pero sin llegar a desprenderse. Seis semanas. Tan solo seis semanas mientras todo volvía a la normalidad. Mientras su rutina les liberaba de responsabilidades. Del permanente estado vigía.
Se habían confiado demasiado. Relegar su vigilancia a un soldado inferior, inexperto, desentrenado. Fue el primero en morir, un corte en la carótida. Rápido, limpio. La escena era tan repugnante que daban ganas de vomitar.
Luego fue ella. Irónicamente no la mataron, tan solo se desangró hasta que el alba rozó aquella vieja y oscura celda. Su lengua arrancada. Sus manos habían dejado de existir. Y sus ojos habian sido quemados con aceite hirviendo. Vivió lo suficiente como para experimentar la sensación de ser ciega y no poder gritar pidiendo ayuda.
Callada para siempre. Nunca más podría hablar.
Las cuatro figuras se movilizaron, se giraron hacia su superior e hicieron aquel teatral saludo que comenzaba a aburrirle. Les devolvió el gesto y continuaron con su rutina. Cuando su presencia dejo de ser constante, dejó que su alma se desvaneciera.
Su cuerpo encontró rápidamente lugar entre aquellas briznas de hierba. Lágrimas de rabia saliendo de sus ojos.
- ¡Maldita sea!
- Hanji, cálmate – alcanzó a decir mientras se sentaba junto a ella sujetándole las manos para que dejase de arrancar aquellos tallos salvajes – Esto pasa todo los días. No es la primera vez que entierras a uno de tus aliados.
- ¿¡Sabes cuántos años tenía Yurie!?¡17! ¡Era una niña! ¡Una niña en un mundo que no le correspondía! - su cabeza se inclinó hasta rozar la hierba seca – ¿¡Acaso no sentirías la misma rabia si encontrases el cadáver de Petra mutilado sin explicación alguna!? ¡Se supone que los adultos somos nosotros!¡Nosotros debemos cuidar de ellos! ¡No al revés!
- ...
Nunca debería haber estado relacionada con esto. Podría haber vivido el resto de su vida como una adolescente normal. Vivir, viajar, enamorarse.
- Hanji...
- Una vez más estoy cerca de la verdad y una vez más se escapa. ¿Cuántas veces tendrá que sucederme esto más? ¿A cuántos amigos más deberé de ver sufrir antes de que todo esto acabe?
- …...
- Rivaille, prométeme algo – sus rodillas manchadas de tizne verdoso y ennegrecido – Si alguna vez algún imbécil vuelve a interponerse en mi camino y quitarme todas mis esperanzas de las manos, prométeme que le romperás la nariz.
- Prometido.
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Olor antiséptico. Antinatural. Solo blanco, al igual que el viejo matiz blanquecino de aquella vieja tiza que trazaba preciosa cuadrículas sobre las que una niña jugaba. Y ella, sentada en aquella cama, como los últimos meses.
- Has adelgazado. La última vez que vine hace meses habías ganado peso – sus dedos encontraron el de ella acariciándolo suavemente.
- Esas no son las palabras más indicadas para alabar a una mujer – aquella vieja bata de hospital apenas cubría su cuerpo. Probablemente aquella horrible marca en su pecho nunca desaparecería - ¿Qué es ese papel?
- Tu nueva identidad. Creo que te pega.
Un nombre. Otro más, nunca sería el suyo. Nunca lo había sido.
- Necesitaré... Necesitaré otro más.
- No puedo huir contigo ahora. El ejército me necesita. Sigo siendo el comandante de la policía militar. Y no puedo dejar que tu hermano siga solo sin nadie que le de un puñetazo de vez en cuando.
- ¿Erwin sabe...?
- Creo que lo intuye, pero creo que está conforme con saber que está a salvo. Entonces, ¿para quién es el otro documento que necesitas?
Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron. Una enfermera con una cofia blanca y un uniforme a juego entró con una toalla y una sábana en sus brazos.
- Creo que es hora de intentarlo otra vez, señorita Geist – le tendió el pequeño paquete en sus brazos – Tal vez ahora si quiera tomar el pecho.
- Gracias – bajó su vestido hasta descubrir su pecho, el pequeño infante posó sus labios sobre la zona rosada intentando morderla – Creo que irá bien, ¿te importa dejarme con ella?
- En absoluto señorita – se inclinó con cortesía y desapareció por la puerta que había entrado.
Solo le tomó unos segundos comprender aquella escena. ¿Seis?¿Tal vez siete meses sin ir a verla? Sabía que había sido mucho tiempo, pero mientras estuviese en peligro era necesario extremar las precauciones. ¿Podría ser posible que aquella pequeña vida sonrojada fuese fruto de sus entrañas?
- Lo supe cuando fui a enfrentarme a Erwin. Náuseas. Y él también lo sabía. Evitaba golpearme en el estómago – sus finos labios comenzaron a absorber la sustancia caliente de su seno – Pero el trauma de mis heridas le ha causado secuelas. Tiene el cerebro dañado y no podrá hablar correctamente. Nada que salga de mi cuerpo puede ser hermoso.
- A mí me parece perfecta – sus pequeños y casi inexistentes bucles dorados comenzaban a coronar su pequeña cabeza – Quiero tener más como este.
- Nile, hace nueve meses no fuiste la única persona con la que mantuve relaciones. Este siempre ha sido mi trabajo, cumplir mi deber sea a costa de lo que sea. Ni siquiera estoy segura de que puedas ser el padre.
- Yo creo que tiene mis ojos – su brazo se alojó detrás de ella, de manera reconfortante.
Una pequeña figura, que se movía lentamente y miraba con desconocimiento. Luchar, ¿para qué? Tal vez aquello fuese lo único por lo que merecía la pena llorar.
Un papel lacrado con inscripciones en el anverso y un nombre nuevo y desconocido.
Mary Hawk
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Tan solo cinco años más tarde volvieron a experimentar una vez más aquella sensación constante de pérdida. Otra batalla, otro comienzo. Los mismos enemigos. Las mismas dudas. El mismo desconcierto.
Sus pies cruzaron con firmeza aquellas puertas de roble que otras veces había atravesado. De nuevo un ataque, esta vez distinto. Muy distinto. Algo en su interior le decía que las cosas iban a cambiar. El principio de una nueva era. Se ajustó sus gafas sobre el puente de su nariz y cruzó sus brazos frente al mayor actor que jamás conocería.
¿Cuál sería la obra a representar esta vez?
- Hanji, necesito que os movilicéis de inmediato. Ha surgido un ataque en el distrito Trost. Al parecer han avistado a varios excéntricos aquí. Os quiero inmediatamente allí.
Más batallas, más sangre, adrenalina corriendo por su cuerpo.
- Entendido, señor – su puño en su corazón, su mano contraria en su espalda.
La casualidad querría que encontrase algo que nunca pensaba que llegaría a experimentar. La esperanza, por primera vez en su vida, un chico de tan solo quince años representaría toda esperanza para la humanidad. Paredes que oprimían sus barreras mentales. El cambio. La revolución.
Sus cables corrían raudos y veloces. Tejados bajos sus pies. Soldados muertos. Putrefacción. El aire ondeando su cabello recogido en cortos mechones.
Sus ojos apenas alcanzaban a comprender algo de aquel espectáculo barbárico. Un chico, sin haber terminado de desarrollarse. La luz que alumbraba un túnel. Un adolescente con la propiedad de convertirse en uno de ellos.
¿Sería otra treta más o realmente podría comenzar a confiar en algo más que puras deducciones?
- Dime Rivaille, ¿crees que es posible que sea real? Un chico que puede transformarse en titán. Tal vez no sea el único, tal vez los humanos normales también podamos llegar a hacerlo - sus capas ondeaban aquel fino y plateado bordado a través del viento.
- No lo sé – el espacio que había entre ellos era solo suficiente para que su piel se rozase. Lazos invisibles que les unirían para siempre – Pero solo conozco a una mujer lo suficientemente idiota como para querer averiguarlo.
- Deberías tratar mejor a esa mujer, ¿sabes?
- No puedo, esa idiota se ha llevado toda mi cordura mental.
- Nunca estuviste cuerdo tampoco.
- Ni tú tampoco.
- Tal vez solo sea una anormal que intenta seguir adelante.
- No, somos dos.
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The end
Fic terminado, agradezco a todos los que lo han seguido de principio a fin. Especialmente a aquellos que nunca han dejad de apoyarme (Laia va por tí, y también por Annie y Yurie aguantando ser la mala, jaja). Un saludo a todos y gracias por leer.
