¡HOLAAA! ¿Cómo están? ¡Extrañaba tanto hacer esto! Maldita universidad, maldita tesis (aunque las ame a ambas por igual), me sacan de quicio y me roban todo el tiempo. Bueno, entre otras cosas que han sucedido. Más de alguno comprenderá cuando digo "han sido días de mierda"… y cielos, estoy cansada y con la mente muy obstruida. ¿Se han mirado al espejo y se han visto tan desarmados que sienten pena de sí mismos? xD así estoy. Termino mi carrera este año, así que por eso ando tan desaparecida.
Espero les guste el capítulo, de todo corazón.
En fin, a las aclaraciones de una buena vez:
1- El capítulo era infinitamente más largo y por eso no actualizaba. Hasta que recordé que "quién mucho abarca, poco aprieta" y me dije a mi misma que no tenía por qué hacer capítulos tan largos. Mejor hago capítulos prudentes y así tenemos fic para más tiempo… o yo tengo más tiempo de desarrollar mejor la historia. ¡Como sea! Funciona mejor de ese modo, así que corté el capítulo porque ya me estaba poniendo bélica.
2- Es un capítulo súper pasivo y meloso. Lo tenía pensando así desde el principio cuando planifiqué la historia, pero de todos modos ustedes me hicieron saber que querían ver más sobre nuestra hermosa pareja. ¿Leyeron el título? ¿Ese hermoso título? No es por nada.
3- Este capítulo tiene una sobredosis de Levi y Mikasa. No sé qué me pasó… es el estrés jajaja. En serio, hay mucho amor en este cap, pero ustedes conocen la dinámica: un paliativo antes de… la muerte –adjuntar música de terror–. No, no es cierto. Pero ya saben a qué me refiero: premio y castigo.
Quiero dejar una dedicatoria especial a Karina que estuvo de cumpleañitos y le prometí este update. Karina, dicen que más vale tarde que nunca xD Enjoy ;)
Y ya sin más cháchara, a leer.
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Capítulo 21: Todo lo que significa.
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El bárbaro agotamiento provocaba que mis piernas temblasen, haciéndolas ceder a la extenuación, sin embargo y a pesar de la crítica reducción de mis energías, realicé un último esfuerzo para mantenerme de pie a la espera de algún comentario que esclareciera el panorama actual. Al efusivo reencuentro le sucedió un susto momentáneo, y aunque breve, no parecía tratarse de algún asunto de vana importancia. No obstante, Hange se armó de prodigiosa paciencia para explicarme ―y asegurarme repetidas veces― que el ligero desmayo que había sufrido Levi no había sido nada grave, sino más bien algo similar a un decaimiento; tal vez por la conmoción, tal vez por levantarse tan agitadamente, pero ahora él estaba en perfectas condiciones.
Levi tenía un aspecto extenuado, tal como si hubiese tomado rumbo al norte con nosotros en la misión: pálido, ojeroso, más que antes. Llevaba el cabello un tanto revuelto y más largo desde la última vez que lo había visto, hasta casi cubrirle los ojos. Hange le tenía el rostro tomado con una mano mientras con la otra le abría los párpados para revisarle los ojos. Levi estaba sentado en el borde de su cama. Lo habíamos traído hasta su habitación luego de que sufriese un breve desmayo. Cuando la efusividad del reencuentro nos abandonó a ambos, nos dispusimos a ingresar al castillo y entonces sucedió sin darme tiempo de anticiparlo. No fui capaz de comprender qué estaba pasando, pero sí fui consciente del pánico inmensurable que me atacó en cuanto lo vi desequilibrarse y deslizarse en una caída que fue interrumpida por el agarre de mis brazos.
Pese a las lúdicas especificaciones de Hange, la preocupación anidó en mi pecho, allí donde se encontraba mi corazón martillando fuerte; tanto por el miedo, tanto por la felicidad.
Era difícil dar crédito, o siquiera intentar creer aquello que estaba sucediendo frente a mis ojos, porque incluso cuando yo sabía que arduos días cargarían sobre mis hombros, reservaba la esperanza para golpear mi ánimo de motivación. Pero aun así, era consciente de que la esperanza, muchas veces, resultaba ser más un paliativo intangible, que una verdad reconfortante.
«Esto es una verdad reconfortante», pensé para mí misma, intentando controlar el ritmo de mi respiración que parecía atentar contra mi vida.
―Vaya, Mikasa ―sonrió Hange, sin dejar de analizar los ojos de Levi, presionándole las ojeras para ver el color interior―, ¿ves lo que provocas en este hombre?
Por poco cometo el fatídico error de soltar una risilla ante el comentario, pero logré contenerme cuando me percaté de cómo Levi clavó sus pupilas en la pobre mujer, fulminándola sin recato por haber arremetido contra su orgullo tan despiadadamente. Al ganarse aquella mueca de su parte, Hange le atrapó la mandíbula, afirmando el agarre y dejando sus labios completamente apretujados. Oí a Levi mascullar: «Cállate», con las «a» reemplazadas por «u» constreñidas.
Y hubo en ello algo que acaparó totalmente mi atención: Levi conservaba impertérrita la calidad de su mal humor, y seguía siendo descortés con Hange, no obstante, se mostraba un poco más cercano de lo que recordaba. Incluso se podría afirmar que también estaba siendo un poco más condescendiente, puesto que él jamás hubiese permitido que ella se dirigiese a él de ese modo y él tampoco le habría respondido tan amenamente, casi correspondiendo a sus jugarretas. Había algo nuevo en él, y yo ansiaba el momento en que pudiese averiguar qué. Pero tendría que esperar pacientemente por la oportunidad adecuada en que pudiésemos conversarlo.
Cuando Hange terminó de examinar a Levi, retomó su postura erguida, bosquejando una sonrisa de satisfacción en su rostro y me observó, mientras yo aún me encontraba petrificada a unos pasos tras pasar la puerta de la habitación.
―Muy bien. «Taller de Reparaciones Hange» a su servicio ―expresó con euforia, sosteniéndose la cintura con ambas manos―. Hice todos los arreglos posibles, así que espero que estés satisfecha con tu producto. Cualquier falla, no dudes en notificármela.
Guardé silencio durante unos segundos en los cuales mis ojos estudiaron a la mujer frente a mí.
Una sensación de amarga aflicción embargó mi garganta al darme cuenta de que todo ese tiempo, Hange había estado dando lo mejor de sí para ayudar a Levi y salvarle la vida. Incluso, había comprometido gran parte de su valioso tiempo y dedicación. Y no era que ella no lo hubiese hecho de por sí, ya que Levi era su amigo, pero el punto era que ella, además, había tenido cierto grado de empatía hacia mí en el proceso. Aun cuando mis actitudes habían dejado bastante que desear, empezando por mis inexcusables insolencias.
Tenía… debía decir algo al respecto, mas solo pude concentrarme en el equilibrio que necesitaba para mantenerme de pie.
No dejé de mirarla, como esperando que con ese gesto tan burdo ella pudiese comprender mi gratitud. Luego viré la vista hacia Levi quién nos observaba a ambas con aparente curiosidad.
―Levi ―susurré, haciendo de su nombre en mis labios mi máxima reacción.
―Mikasa ―murmuró Hange, llamando mi atención, dejando en claro que debía informarme algo.
Alcé la vista hacia ella y asentí, dispuesta a concentrarme en sus palabras.
―Levi despertó hace algunos días ya. Se ha recuperado perfectamente bien, aunque es evidente que su estado es inconsistente producto del largo período de inconsciencia que atravesó; pero su estabilidad volverá con el tiempo ―mientras Hange hablaba, su voz me pareció tan relajante que el sueño me atravesó de pies a cabeza―. Aún no hablaremos de las condiciones médicas, dejaremos eso para después, porque está claro que no vas a prestarme mucha atención aunque te lo dijese. Por ahora creo que es justo que te preocupes de ti misma, que comas, tomes un buen baño y si quieres una buena sutura en la pierna, pasa a verme a mi laboratorio cuando quieras.
Era incómodo: tanta benevolencia… un atentado de afecto luego de los desgarros de la miseria. Y la combinación de ambos surtía en mí un efecto confuso, ambivalente… Erwin Smith. Ahora, Hange Zöe. ¿Qué había hecho yo por ellos, como para ser beneficiaria de su altruismo?
Mi corazón palpitó con fuerza, apuñalando mi pecho, obligándome a separar los labios para tragar aire, como si el oxígeno que entraba por mis fosas nasales no fuese suficiente. Mis manos se tambaleaban nerviosas y estaban frías… y dolían.
Levi levantó su rostro para detener sus orbes azules e intensos en mi zonza figura que no se atrevía a avanzar ni un solo paso más dentro del cuarto. Aún desde esa distancia podía leer su mirada: aquellos ojos que hablaban de confusión y ansiedad; él debía sentirse igual que yo.
―Hange ―suspiré―, ¿cómo podría…
―No es necesario, Mikasa ―me sonrió con ternura―. Todo está bien. Es hora de que les dé su espacio. Tú cuidarás bien de Levi. Por cierto, ya comió. ¿Has oído que los enfermos que comen no mueren?
Hange insistía en rebosarme de su amabilidad, técnicamente obviando todo lo que había ocurrido en el pasado y mostrando ante mí toda la humildad de la que era capaz. Ni siquiera hizo uso de su humor pesado para gastarme algunas bromas sobre ello. Hizo caso omiso de todos mis arrebatos contra su persona y gracias a toda su ardua labor ahora me daba este regalo.
Sinceramente, no supe qué decir, porque no hallé palabras que pudiesen enmendarlo. Y ella fue consciente de ello, que yo no podía reaccionar y que poco llegaba a comprender la situación, pero estaba contenta y eso parecía ser suficiente para ella.
―Hange, yo siento mucho… ―fue difícil, pero no imposible―. Lo siento, en verdad.
―Tranquila. Todo está bien ahora ―dijo, acercándose a mí y tomándome de los hombros, murmurando para que solo yo pudiese oírla.
Sin más, Hange abandonó el cuarto canturreando canciones sin sentido con toda naturalidad. La oí cerrar la puerta detrás de sí y su voz dispersarse a medida que se alejaba del lugar.
Me tomó unos segundos espabilar y girar el rostro de vuelta a la escena frente a mí: Levi seguía en su lugar, pestañeando lerdamente y comprobando la movilidad de sus extremidades.
Aunque un poco cautelosa ―tal vez preocupada, y con temor de volver a perturbarlo―, avancé tímidos pasos hasta Levi y me paré frente a él sin quitarle los ojos de encima, manteniendo un semblante silente y escondiendo la emoción, como un ritual de consideración a su estado.
Levi alzó la mirada sin manifestar respuesta, ni siquiera gestual. Mi mano, de forma casi instintiva, se posó en su mejilla, acariciándolo, delineando su rostro las yemas de mis dedos como si intentase comprobar que era real. Mi pulgar sobre sus labios disfrutó de la cálida y suave textura que conocía tan bien.
Un nudo repentino se ciñó en mi garganta, sin embargo, a esas alturas había descartado la idea de seguir llorando. Era suficiente ya.
Por lo tanto, contenté mi (casi imperceptible) felicidad afirmando las caricias sobre la tersa piel de Levi, sin dejar de contemplar sus facciones, sus delicados rasgos, sus particulares y preciosos ojos azules, su abanico de pestañas… Cerré los ojos en cuánto percibí el movimiento de su cabeza siguiendo mi mano, correspondiendo a las caricias aún sin alterar su expresión severa.
Era tan simple; su vida significaba poder respirar… tranquilamente. Y podía ser tan complejo a la vez.
―Debes darte un baño, como Hange dijo ―comentó con voz suave, sin querer importunarme con tal sugerencia.
―Sí ―asentí―. Mierda ―mascullé al sentir la punzada en el muslo.
―¿Necesitas ayuda con eso? ― mientras sostenía mi mano entre las suyas, hizo un gesto con la cabeza para indicar mi pierna que traía rota la tela del pantalón.
―No. Está cicatrizando bien, es solo el dolor ―me miré la pierna―, a veces clava muy fuerte.
―No me molestaría ayudarte ―comentó con firmeza.
―En el campamento… Petra me hizo una buena sutura que funcionará bien. En caso de necesitar otra iré donde Hange, aunque no lo creo necesario ―me encogí de hombros.
La sensación de extrañez en la boca del estómago era ineludible, un síntoma psicosomático efecto de la novedad haciendo estragos en mi mente y el incalculable agotamiento que pesaba sobre mi magullada figura. Además, y sumado a las dolencias anímicas, la frustración había tomado su lugar en el cuadro; la frustración de no haber podido capturar a Kenny Ackerman.
Y aun así, estaba repleta de cuantiosa felicidad y desbordante necesidad de apresar a Levi y fundirme con él en un abrazo que durase eones. Sin embargo, todas aquellas emociones colisionaban entre sí por ser límites opuestos de cada sentimiento. El aturdimiento me hacía permanecer quieta y reaccionando más por instinto que por motivación propia.
Creo que de alguna manera, en aquel momento, una parte de mí aún temía porque todo eso fuese un sueño.
―Date un baño aquí, prepara la bañera. Iré a buscar ropa limpia a tu cuarto y vuelvo ―dijo Levi, para luego salir de su habitación.
No me dejó ninguna otra opción, ni siquiera pude refutar.
Yo no quería significar una molestia para él ―considerando su reciente estado de salud―, pero él dejó sus palabras en el aire, como una orden, sin esperar respuesta y obligándome a cumplir. Imperantemente invasivo.
Ordené a mis piernas caminar hasta la puerta que dirigía hacia el baño personal de Levi, y una vez allí dentro aspiré con fuerzas, relajándome con el familiar olor de la extrema limpieza. Todo estaba en orden y preparado para poder tomar un baño sin mayores complicaciones.
La sala estaba dispuesta con una bañera bastante grande y sobre esta un sistema de regadera que había desarrollado la Legión hacía tiempo atrás. De esta forma, los baños de los soldados era más expeditos y se perdía menos el tiempo llenando bañeras. Para cuando se requería un baño más profundo se tomaba el tiempo para realizar aquel último paso. Además, Hange, gracias a sus experimentos, había descubierto una forma de calentar cañerías para que el agua que fluyese por ellas se calentase también. Había calderas predispuestas que ayudaban a conseguir ese objetivo.
Así que luego de quedarme pensándolo durante unos segundos y tasando el aspecto de mi cuerpo, decidí que el baño rápido no era un buen aliado. Dejé que la bañera se llenase, mientras comenzaba a desvestirme con cuidado de no provocarme más malestar.
Primero solté la capa, dejándola caer sin mayor contemplación, y ésta soltó un ruido seco al golpearse contra el suelo, levantado el polvo que había sido tierra seca adherida a la tela. Todo mi uniforme estaba hecho añicos, pero sinceramente poco importaba a esas alturas. Incluso mi bufanda estaba tiesa producto de la sangre que había caído sobre ella, tenía varios rasgones y estaba irremediablemente sucia, hasta asemejaba a un paño para trapear. Pronto me ocuparía de ella, lavaría y enmendaría.
Cuando me quité la chaqueta de los hombros sentí un fuerte dolor recorrer toda la extensión de mi espalda y me estremecí, deslizando, por consecuencia, las mangas con mayor cuidado hasta quitármelas por completo. Y di gracias de no haber llevado puestos los arneses, o probablemente el ritual hubiese resultado más tortuoso. Proseguí retirando la camisa, mi sujetador y finalmente el pantalón, con mucho cuidado. Removí la prenda y volví a revisar mi herida: no solo tenía una costra creciendo sobre los hilos de la sutura, sino que tenía diversos hematomas alrededor; estos en diversos tamaños y colores.
Una obra de arte y Kenny era su autor.
Liberé un largo suspiro hastiado al pensar en ello, y corté la corriente del agua.
Luego de comprobar que ésta estuviese a buena temperatura, decidí que era hora de entrar. Me deshice de mis bragas y me hundí en el agua con lentitud y afirmándome en los bordes de la bañera para no dejarme caer con demasiada fuerza. Mis brazos temblaron, reclamando por el esfuerzo de sostener mi peso, obligándome a enroscar los dedos en los bordes de la estructura para compensar mínimamente la quemante sensación.
Solo cuando el agua destensó cada músculo de mi cuerpo, me di cuenta del nivel de cansancio que pesaba sobre mí. Un escalofrío recorrió mi figura, descubriendo a su paso ardores y punzadas dolorosas. Cuando logré sentarme complemente, liberé mis manos, recogí las piernas y las abracé. Mi mentón descansó sobre mis rodillas y decidí que lo mejor era sumirme en la sensación del agua cálida contra mi piel.
El agotamiento logró doblegar mis escasas energías, haciéndome dormitar durante unos segundos, con mi cabeza pendiendo hacia adelante y calmándome con el tenue sonido de mi respiración. Pronto iba a quedarme dormida, así que lo mejor que podía hacer era apresurarme en lavar mi cuerpo para disponerme a descansar. Con suavidad sacudí la cabeza, obligándome a despertar y luego me dediqué a jabonar y frotar mis extremidades y mi torso. También me encargué de lavar mi cabello que se sentía maltratado, áspero al tacto y reseco, de seguro por la tierra. Una vez que me sentí satisfecha con el resultado, comencé a peinar los mechones entre mis dedos mientras observaba las puntas de negro cabello al terminar.
Me encontraba absorta en la caricia de mis dedos cuando sentí la puerta del baño cerrarse a mis espaldas. Con los ojos sellados, sin voltear en ningún momento, me concentré en oír y percibir los sonidos de los movimientos que se expandían dentro de la estancia. Sentí pasos lentos y suaves; el rumor de algo que debió ser tela y como era puesta sobre una de las encimeras; más pasos y finalmente, el ruido de la tela friccionando al ser desprendida de la piel… entonces sonreí con nerviosismo.
No podía provocarme otra cosa sino una infinita sensación de paz, la mano que recorrió con una caricia cálida la extensión de mi cuello, mis omoplatos y parte de mi columna. De pronto volvió a subir, luego a bajar, provocando así un masaje tan placentero que terminaría llevándome al sueño también.
Hubiese querido que fuesen mis manos las que recorriesen su firme espalda, pero sin importar que hubiese sido él quien pasó un mes dormido, era yo quien ahora recibía todas las atenciones… Hubiese querido intentarlo de todos modos, protestar y reclamar mi derecho a consentirlo, pero estaba tan agotada… tanto. Dolía incluso respirar, me tensaba las costillas.
Tenuemente abrí mis ojos, hasta con algo de timidez implícita, y encontré los suyos: intensos, clavados en mi rostro.
Me abandonó para reincorporarse y retirar la ropa restante que le quedaba. Ahí, de pronto, me atacó un repentino arranque de pudor. Pero tan sólo era tema de recordar cuántas veces había visto desnuda aquella estructurada anatomía que una vez más estaba frente a mí, cuántas veces había tocado cada tramo de su piel, cuántas veces había besado, mordido…
Tragué saliva con dificultad y reseguí con la mirada cada paso que avanzó hasta sumergirse en la bañera conmigo. Tomó posición en el extremo contrario y apoyó su espalda contra el borde, descansando los brazos hacia los costados. Entre el vapor vislumbré su figura que lentamente comenzaba a relajarse, manteniendo los ojos cerrados y respirando con quietud.
Quietud.
Paz.
Cosas que yo creía olvidadas.
―Oye ―su voz se volvió un ronroneo adormilado―, ¿cuánto tiempo más vas a hacerme esperar?
Cuando volví la vista hacia él, su cabeza descansaba hacia atrás. Estaba mirando al techo.
―Hm, ¿perdón? ―solté con torpeza.
Por penoso que pareciera, mis cinco sentidos estaban obstruidos.
―El agua va a enfriarse y tú seguirás siendo una estatua.
Me mordí el labio inferior y dudé por unos segundos.
―Levi… yo…
―¿Qué haces allá? ―inquirió, esta vez clavando sus ojos en mí―. Ven aquí. Te necesito ―finalizó, suavizando su expresión.
Eran palabras suficientes para querer aventarme contra él nuevamente, pero aquel sentimiento ambiguo y desconcertante me ataba de manos, coartando cualquier movimiento que hubiese querido realizar. Sin embargo, poco a poco se hizo más legible, y pude responder, tal vez no lo que Levi quería oír, pero sí lo que realmente estaba sucediendo.
Y eso inevitablemente significaría que por fin podría liberar aquellas absurdas amarras.
―No lo entiendes, ¿no es así? ―hablé con suavidad, mientras luchaba con el dolor en mi pecho.
―¿Qué sucede? ―mantuvo su parquedad.
―Pensé que ibas a morir ―suspiré, hundiendo el rostro entre las piernas―. Y ahora estás aquí… tan sólo déjame entender, déjame asumir, déjame terminar de creer que es verdad…
―Podrías creértelo si vienes aquí ―me extendió su mano y me observó.
Contemplé su ofrenda unos instantes y, enfrentándome a la vacilación, con delicadeza extendí mi mano que aún estaba vendada, aquella que tenía el anillo en el anular. Levi la sostuvo, no sin darle una ojeada al brillante objeto que tanto le enorgullecía y luego de su admirarlo, ejerciendo prudente cantidad de fuerza me arrastró para hacerme llegar hasta él.
Decidí apoyarme sobre mis rodillas para facilitar los movimientos y una vez frente a él, me acomodé para sentarme sobre sus muslos, de lado, apoyando el costado de mi cadera contra su regazo, para proteger así mi extremidad herida. Levi cruzó unos de sus brazos por mi espalda y con la mano libre acarició una de mis pantorrillas.
Con nuestros rostros frente a frente, y su aliento golpeando sobre mis labios, mi corazón comenzó a palpitar con fuerza, agitándose… agitándome.
Mis manos se movieron por inercia, tomando su rostro entre éstas, presionando sus mejillas, deslizándome por su cuello y bajando por sus hombros fuertes, sintiendo la tersa piel. Mis yemas se hundieron en su musculatura, palpando la fibra de sus brazos, estrujándolos con fuerza. Posteriormente a su pecho, bajando hasta su cintura, y al llegar a sus muslos mis manos curiosas y hambrientas se detuvieron.
Terminé dándole una mirada inquisitiva, mientras intentaba gobernar la impudicia de mis manos.
―Estoy completo ―dijo, mostrando su rostro altanero y robándome extrañas miradas.
No tardó en adueñarse de que aquello de lo que ya era dueño: sus manos se aventuraron laboriosas por mi piel, me tomaron con determinación, atrayéndome más a él, palpando todo a su paso y haciéndome soltar jadeos a causa de la confusión entre la sensación del dolor y la calma.
―Yo también ―rezongué, un poco incómoda por el contacto tan directo de nuestra anatomía y también por el exceso de presión que aplicó contra mí.
―Perdóname― su voz oscura violentó mis sentidos―, sé que no tienes suficientes fuerzas como para hacer algo al respecto― poco a poco aflojó la firmeza de su agarre, aunque sin soltar sus brazos que estaban cerrados alrededor de mi cintura―. Tan sólo quédate así. Déjame sentirte, déjame sentir que estoy realmente vivo.
«Qué injusto que me digas eso ahora… ahora que estoy tan cansada…»
Llevé mis manos a acariciar su cabello mientras sostenía su mirada, la que podía decirme tantas cosas. Era igual que siempre: lo que no hablaba, lo contaban sus ojos y a través de ellos me parecía que podía comprenderlo todo, incluso en ese momento.
Acariciando todo a su paso, mis brazos escalaron por sus hombros para cerrarse en torno a su cuello. Sentía su respiración golpear contra la humedad sobre mi piel, y aquello provocaba vivas corrientes en mi organismo. Pero más ardía cuando sus suspiros chocaban directo contra mi rostro y nuestras narices rozaban con suavidad…
―Te extrañé ―musitó, rozando sus labios contra mi mejilla.
«Qué injusto, Capitán Levi».
Fue cuando entonces lo que había estado recluido se liberó en sollozos entrecortados, lo que no había llegado a comprender, finalmente se dio a entender solo, y por lo tanto, como efecto secundario despertó mi consciencia, reanimándose por completo, anegándose en sentimientos atosigantes y frustración.
―No me digas eso ―gruñí, apretando los párpados―. ¡Estabas inconsciente! ―golpeé su pecho con mis manos empuñadas―. No sabes cuánto te extrañé yo, no sabes cuánto, no sabes…
Mi frente se apoyó contra la suya a la vez que yo soltaba un respiro ahogado. Él simplemente me observó perplejo y luego volvió a mantenerse serio.
Eso hasta que sus labios rompieron su rectitud cuando giró su cabeza, buscando mi boca entre tanteos sigilosos. Pero mis manos apresaron su rostro deteniéndolo a unos pocos centímetros de mí. No tenía sentido mostrarse orgullosa, pero yo lo era, en muchos aspectos.
Sin embargo, todo rastro de hesitación se disolvió cuando vi a Levi humedecerse los labios. Y ahí estaba mi último límite roto.
Cuando mis labios se amoldaron a los suyos, Levi suspiró, soltando todo su respiro cálido, ahogándome, y por efecto mis brazos lo encerraron, presionándolo contra mí, fundiéndonos en un abrazo intenso lleno de alivio, de sosiego, de pasión y totalmente reconfortante.
De pronto pareció como si todos mis comentarios sobre la fragilidad de mi cuerpo hubiesen pasado al olvido para él, porque de un momento a otro me abrazó con más pujanza, abriendo la boca en medio del beso, llevándome a mí a abrirla por inercia para que finalmente su labio superior friccionase contra mi labio inferior en una caricia dulce, cálida.
Mi cuerpo dolía. No obstante, estando así de ensimismada, todo parecía importar menos.
Era felicidad. Aquella que había olvidado, o más bien abandonado en mis días de infancia.
Y tanta felicidad dolía también, dolía en el pecho en forma de llanto, dolía en el estómago en forma de risas que aún no se encorajaban a salir, dolía en la cabeza de tanto llorar, dolía en el cuerpo por los fuertes abrazos.
Dolía. Pero aquel era el único dolor por el cual valía la pena vivir.
―Es un atentado que te bañes conmigo luego de todo lo que ha pasado ―murmuré contra sus labios, sin dejar de besarlo.
―¿Por qué? ―preguntó, correspondiéndome.
―No me diste tiempo de reaccionar.
Levi se separó de mí, dando besos breves, hasta finalmente retractarse.
Calló unos segundos mientras me observaba con rostro bastante severo como si algo terrible hubiese sucedido.
―Estuve a punto de morir ―dijo con voz oscura, haciendo que por consecuencia yo también tomase una postura más sobria―. Estuve a punto de no volver a verte nunca más, ni tú a mí ―aseveró―. ¿Qué mierda importa el tiempo, cuando puede ser aquí y ahora?
Ciertamente.
―Lo siento ―susurré, acercando mi rostro al suyo y sin poder ocultar la tristeza en mi rostro.
Aquello era suficiente en su defensa. Y de ese modo, aunque bastante anexo, respondí aquello que había cuestionado mientras Hange le hacía su revisión.
El sentimiento macabro de saber que vas a morir es, sin lugar a dudas, estremecedor. Batallan dentro de éste dos sentimientos, ambos tan terribles como el otro. Primero, la resignación; la nefasta realidad de asumir que el momento ha llegado y que detrás quedarán tantas cosas: personas, sueños, momentos, pero aun así, se acepta con valentía. Segundo, y debiese ser la peor, la desesperación; saber que todo lo que se ama queda atrás y el suplicio que significa la pérdida consume, exaspera, pero uno sabe que es demasiado tarde…
Por lo tanto, sobrevivir a ello de seguro era un agente importante en el momento de replantearse toda la vida, la concepción del mundo y de quienes nos rodean: ¿De qué sirve el orgullo o el rencor?
Era probable que Levi lo hubiese hecho; el haberse replanteado su visión de todo cuánto le rodeaba y todos quienes le rodeaban. Eso explicaba sus amenas reacciones hacia Hange, porque incluso Levi era demasiado humano y podía darse cuenta de ello. Es complejo… y simple: todo lo que parece banal toma valor cuando te enfrentas a la muerte.
Luego de cavilar, lentamente mi consciencia comenzó a abandonarme.
Lo noté en el momento en que me hallé recostada sobre la cama, con ropa limpia ―una camiseta ancha y mis pantaloncillos de entrenamiento―, y una manta cubriéndome a medias. Y a pesar de que debí pasar por muchos pasos antes de llegar ahí, apenas podía recordarlos.
Mis ojos se cerraban de forma irrefrenable, como si mis párpados pesaran lo suficiente para no poder mantenerlos abiertos.
Si bien aún era temprano, y debía dirigirme a los comedores del castillo para almorzar, tomé la decisión de dar prioridad a mi descanso hípnico. La comida podía esperar, el sueño no.
Al final, cómoda en el cama, dormitaba momentáneamente para despertar entre ligeros respingos y darme cuenta que las manos de Levi se paseaban por mi cabello. Estaba acostada en posición fetal, acurrucando mis brazos contra mi pecho, y Levi se había recostado a mi lado para acariciarme y de esa forma hacer mi descanso más grato.
―Creo… ―bostecé livianamente antes de seguir― creo que es la primera vez, en un mes, que voy a dormir tranquila.
―¿Dormías tranquila antes? ―preguntó con suavidad Levi, peinando mi cabello.
Respecto a su pregunta: no, nunca había dormido realmente tranquila. Pero cuando decidimos formalizar nuestra relación abandonando toda hesitación, por algún motivo, mis noches se habían vuelto mucho más quietas. Sin embargo, desde la tragedia en la primera misión para dar captura a Kenny, hasta algunos días atrás ―vale decir durante todo el mes― apenas conseguí pegar pestaña y cuando lo hacía era producto de los medicamentos que me suministraban. Naturalmente no hubiese podido conseguirlo.
―Creo que sabes la respuesta ―musité, perdiéndome en sus caricias que incitaban al sueño a venir.
Levi se acercó más a mí, y entre sueños sentí la irradiación de calor provenir de su cuerpo, haciendo que instintivamente me acercase a él, hurgando como un pequeño animal indefenso sobre el pelaje de su madre, hasta apoyar mi mejilla en su pecho sin alejar demasiado mi rostro, para sentir como su aire, en cada respiro, caía sobre mi frente.
Antes de que pudiese dormirme finalmente, Levi habló:
―Sé que no es momento para hablar y que debo dejarte descansar, pero necesito saber algo para poder estar tranquilo ―se apoyó en su codo y se afirmó la cabeza; desde ese ángulo su aire caía sobre todo mi rostro, refrescándome. Asentí con el esfuerzo que me fue posible para darle paso a continuar―. ¿Estuvo muy mal? Kenny te hizo daño, lo sé. Quiero saber si ese daño es reparable o no.
Abrí los ojos con letargo, algo impactada por la pregunta, y los volví a cerrar cuando sentí un fuerte dolor de cabeza. El solo hecho de intentar recordar aquel escenario oscuro y turbio provocaba en mí una sensación repulsiva y tormentosa. Como recordar pesadillas terroríficas cuando eres un niño o caminar por un pasillo oscuro, frío y solitario.
Pero a pesar de la aversión que me provocaba, podía responder con facilidad. Porque no tenía ninguna otra respuesta bajo la manga.
―No lo sé ―encogí un solo hombro, provocándome incomodidad. Mi cuerpo estaba apaleado―. El daño físico es irrelevante, pero admito que dijo cosas que me dolieron más que sus golpes.
Sentí a Levi inquietarse, poniéndose ansioso por la continuación y no tardó en hacérmelo saber.
―¿Cómo qué? ―su voz retomó la hosquedad habitual, dejándome en claro que el tema era grave.
Yo sabía que era aquello a lo que podía temer, aquello que Kenny podría decirme y que Levi odiaría que yo supiese. Debía dejarle en claro que no me importaba.
―Me dijo que… ―un suspiro me interrumpió― que… que tú… habías asesinado… gente.
Cuando terminé de hablar tuve la sensación de haberme desligado de un peso tan grande, que por poco termino más agotada aún. No era que me importase de todos modos; Levi ya no era esa persona que ahora estaba recluida en algún rincón del pasado, y con toda su labor en la Legión durante todos esos años, él de alguna manera había purgado lo que podría decirse sus pecados. Al menos para mí así era.
―Yo… ―intentó excusarse.
―No me importa ―lo detuve en el acto, sin siquiera inmutarme, permaneciendo quieta en mi lugar―. Si alguna vez hiciste algo malo para poder sobrevivir, a mí eso no me importa. Yo asesiné a un hombre cuando tenía nueve años. ¿A quién pretendes darle explicaciones, pánfilo?
Soltó un gruñido amurrado y pude oírle susurrar «mocosa», aunque fuese casi imperceptible. Su comentario me robó una ligera sonrisa, producto de lo tradicional que sonaba esa palabra en sus labios, y germinó en mí unas inmensas ganas de aferrarme a él. No dudé en hacerlo.
―Hubo otras cosas que dijo ―añadí―. De seguro habrá una reunión con el Comandante Erwin y allí tendré que decirles todo lo que sé. Estarás ahí para oírlo… déjame dormir, por favor.
Pude percibir el bufido frustrado que soltó antes de decir:
―Lo siento. Descansa.
Poco a poco, comencé a caer en un profundo sueño. Caí lento, suave, percibiendo por poco el momento en que mi consciencia comenzaba a apagarse; y antes de que me entregase por completo al descanso, sin control de mi mente, simplemente lo liberé:
―Tal vez debimos conocernos hace mucho tiempo.
Sentí a Levi soltar una risilla tenue. De seguro creyó que era un comentario romántico, pero no lo fue.
Era una de las frases de Kenny que más daba vueltas en mi cabeza.
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Los primeros días luego de volver de la misión, el Comandante Erwin Smith se mostró generoso con todos nosotros. No hubo preguntas incómodas, sino mucha comida, horas y horas de sueño, descanso de los entrenamientos y disponibilidad médica para nuestras heridas. Esto porque luego de una misión tan larga se requería un descanso acorde que no solo englobaba la parte física sino la emocional y moral. De este modo, el Comandante aseguraba que todos estuviésemos en nuestro sano juicio cuando asistiésemos a la reunión.
Durante aquellos días, Levi estuvo bajo el cuidado de Hange, quien lo mantenía en permanente estudio y si Levi estornudaba, entonces Hange aparecía para analizarlo por completo. Decía que cada cosa podía resultar ser relevante para comprender su estado de salud. Y respecto a eso, la única información que el Comandante me pidió revelar fue aquella que estuviese ligada al accidente de Levi. Le expliqué que Kenny había hablado de un experimento y que al parecer este no había rendido frutos. Por lo tanto, Levi debía encontrarse fuera de peligro. Mas como nadie confiaba en las palabras de un asesino, Hange insistió con sus intensivos exámenes.
En mi caso los cuidados no fueron menores, y a pesar de las vendas y las capas y capas de pomada que cubrían mi herida, el dolor seguía punzando; disminuía, pero se mantenía en su lugar. La sutura tenía cinco puntos y la herida ya estaba cerrando, los hematomas comenzaban a desaparecer, difuminándose en colores más pálidos y algunos hasta casi imperceptibles.
Cuando me quedaba contemplando la herida, pensaba en que me gustaría que los recuerdos desaparecieran de esa forma.
El resto del escuadrón parecía estar bien. Auruo tenía una sutura en el brazo; Petra magulladuras no menores, pero no graves; Erd traía un parche hacía días en la sien y tenía un ojo hinchado y Gunther tenía un dedo de la mano entablillado. Al menos nadie sufría de gravedad. Excepto Eren, quien se había ganado un golpe en la cabeza con la culata de una escopeta. Ahora sufría de jaquecas repentinas e intensas que lo obligaban a sentarse cuando podían más que él. Hange le había explicado que era por el golpe y que tardaría un tiempo en desaparecer. Infusiones de hierbas le ayudaban a sobrellevar sus dolencias.
Dentro de la Legión todos se hallaban en perfectas condiciones y eso era una inyección de ánimo para quienes volvíamos de la batalla.
Armin me abrazó con desembozo en cuánto me vio aparecer por uno de los pasillos ―repuesta y descansada―, y yo le devolví el abrazo con las mismas ansias.
Nos quedamos así durante varios minutos. Hacía mucho tiempo que no compartíamos un abrazo, una palabra, un momento sencillo para degustar de nuestras conversaciones sobre «todo y nada». Extrañaba a Armin en un sentido emocional, de una forma en que solo nosotros podíamos entenderlo. Nos veíamos a menudo, pero nos conectábamos poco y por ende, lo sentía lejano. Por eso descansé en su figura, rodeando su cintura con mis brazos, mientras los suyos estaban enrollados en mi cabeza.
Mi amigo, mi familia, mi guía: Armin era todo eso y más.
La paz de encontrarnos de ese modo fue inigualable y antes de seguir mi camino hacia la cocina para ayudar en tareas sencillas, le exigí una conversación acompañados de un buen té y un naranjo atardecer. A cambio me regaló una amplia sonrisa y asintió con visible motivación.
Finalmente, al llegar a la cocina me encontré con Sasha.
Me detuve al apenas entrar y apoyé mi figura en el marco de la puerta, cruzando mis brazos frente a mí. Me dediqué a contemplar la delicada manera en que Sasha cortaba las papas cocidas en cubos y se aventaba un trocito a la boca de vez en cuando. Estaba ensimismada en su tarea cuando de pronto alzó la vista y me miró.
Hizo un puchero durante unos segundos y luego se puso de pie para acercarse a mí. Me observaba con grandes ojos llorosos y con las manos nerviosas.
Luego, simplemente suspiró y volvió a sonreír.
―¡Qué bueno! ―se relajó―. Qué bueno que estás bien.
―Ya estoy aquí. Tranquila ―intenté sonar amable.
Sasha asintió, mostrándome una dulce sonrisa. Después hizo una mueca y añadió:
―¿Cuándo vuelves a nuestro cuarto? Llevo sola mucho tiempo ―agachó la mirada.
Me sonrojé con torpeza, puesto que Sasha sabía los motivos por los que casi ni me acercaba a la que debía ser «mi habitación». Y aunque no fui específica en los motivos por los cuales me ausentaba reiteradamente, ella era muy astuta y me había hecho explotar en vergüenza más de una vez al dar con la respuesta ella misma.
―Hoy volveré al cuarto. ¿Está mi cama hecha? ―gruñí, aunque bromeando, para fastidiarla.
―¡Qué cruel! Siquiera dime que me extrañabas.
Paré en seco y enarqué una ceja ante sus palabras sensibleras. Nunca llegaría a comprender por qué Sasha seguía esperando por esas actitudes emocionales de mi parte, si sabía de antemano que yo no solía abrir mi corazón a diestra y siniestra. Las palabras suelen volverse vacías cuando hay oscuridad, pero las acciones perduran.
Me adentré en la estancia, amarrando un delantal a mi cintura y dejé a Sasha berrinchando sola.
No tardó en acercarse a mí para ayudarme, y al final terminamos cocinando la cena juntas, agregando entrega y cariño en cada condimento y hierba que era arrojada en el caldero para dar sabor.
Esperé que de esa forma pudiese entenderlo: compartir mi tiempo con ella debía ser una señal suficiente. Era la forma que tenía de decirle que la había extrañado, y lanzarle cáscaras de papas a modo de juego debía bastar.
Al cabo de unos días, cuando el tiempo que había transcurrido pareció ser prudente y adecuado, el Comandante Erwin formalizó una reunión en una de las oficinas del castillo para, al fin, tratar los asuntos pendientes que quedaron en el tintero luego de la última misión. Citó al Escuadrón de Operaciones Especiales, a Hange junto a Moblit, a Levi, a mí. La reunión se llevó a cabo un día luego del almuerzo, cuando todos estábamos estables, con el estómago lleno, y preparados para conversar sobre temas difíciles.
En la estancia se había dispuesto una mesa grande para que todos cupiésemos sin problemas: en la cabecera estaba el Comandante Erwin, a su lado derecho Levi, al izquierdo Hange. Al lado de Hange estaba yo, al lado de Levi todo su escuadrón, y en nuestra fila a mi lado, Moblit.
Erwin leía el papeleo en su manos con atención y detenimiento, pero luego de un buen rato intentando dilucidar la información pareció hastiado, hasta irritado y bajó las manos de golpe ―azotando la mesa y haciéndonos espabilar― para comenzar a hablar lo que era verdaderamente importante.
―Los centinelas de Kenny están en prisión ―comentó con agresividad contenida―. No han querido decir ni una sola palabra. La información que poseemos hasta ahora se encuentra en este testimonio escrito por Mikasa Ackerman.
Un par de días antes de la reunión, el Comandante Erwin me había solicitado escribir todo lo que recordase de mi encuentro con Kenny Ackerman, por ilógico que fuese, no importaba si tenía que ver con su absurdo humor sarcástico y picante, no importaba si era un insulto o algo de vital relevancia; todo debía estar explicitado en mi reporte y con dicho material de respaldo podríamos discutir el tema.
Las hojas rotaron por la mesa, dándoles minutos a los demás de poder leer lo que allí decía y cuando todos estuvieron listos, volvieron a las manos de Smith.
―Vaya. Es como leer literatura ―comentó Hange, quien tenía las manos entrelazadas frente a su boca.
―Me pidieron que fuese explícita. Siento mucho si quedó un poco literario ―hablé con inseguridad, sintiéndome atacada con aquel alcance.
―No es eso, Mikasa ―se corrigió―. Lo que te dijo Kenny parece sacado de una novela, es surreal.
Levi había tomado las hojas de nuevo y las releía sin dar crédito a lo que estaba viendo. Pasaba las hojas una y otra vez entre sus manos y al parecer no hallaba las respuestas que estaba buscando.
De todas formas, todos ahí parecían confundidos, desacostumbrados a respaldarse en la teoría y habituados a trabajar sustentados por bases empíricas.
―«¿Crees en el destino?», sinceramente es lo que más me llama la atención. ¿Qué tiene que ver el destino en todo esto? ―habló Erwin, más de una forma retórica que esperando respuesta.
―Kenny le dijo a Mikasa que ella y Levi debieron conocerse mucho antes. Puede estar ligado ―clamó Hange, apuntando la hoja que ahora sostenía Erwin, como si hubiese dado en el blanco.
El resto de los participantes estaba atónito. Apenas podían reaccionar abriendo los ojos más de lo normal y mirando al resto con expresiones fraternas, como apoyándose en su desconocimiento.
―¿Le parece lógico eso, Ackerman? ―Erwin se dirigió a mí―. ¿Conocía usted al Capitán Levi de algún otro lugar?
―Imposible ―encogí los hombros―. Lo he pensado y la verdad es que no recuerdo haber conocido al Capitán antes. Ni siquiera tengo noción de las cosas que Kenny dijo. Conoció a mis padres, mis padres conocieron a ―hice una pausa mirando a Levi, como si esperase su aprobación― la madre del Capitán.
―Mi madre murió cuando yo tenía nueve años ―comentó de pronto Levi, con voz grave, tensando el ambiente―. Si tus padres la conocieron, entonces ellos eran muy jóvenes cuando eso sucedió.
―Cuando mis padres se conocieron, tal vez ―bajé la voz―. Cuando huyeron hacia las montañas.
Clavé mis ojos en Levi, con el ceño fruncido ante el descubrimiento que acababa de hacer. Él me devolvió la mirada, un poco desconcertado y enarcando ambas cejas con sorpresa. Claro que él no podría entenderlo, pero yo sí, porque Kenny me lo había dicho: él también visitó las montañas cuando los Ackerman escapaban.
―Entonces, ¿podría haber una relación entre todas estas cosas? Kenny podría tener la razón ―sentenció Erwin.
Petra alzó la mano con sigilo para poder hablar, haciendo que todos volteasen a mirarla. Claramente no esperaban que fuese ella quien tuviese algo que decir.
―Creo que todas estas cosas están vinculadas al poder despertado de los Ackerman. Kenny lo menciona a menudo y si tan interesado está en sus lazos familiares es probable que el asunto tome forma por ese camino.
Volteé a mirar a Petra y asentí ante sus palabras. Ella me entregó una ligera sonrisa. Levi nos miró a ambas sin entender nada.
―Claro ―dijo Erwin, rascándose la frente―. Levi, ¿tú has sentido este poder del que habla Kenny?
Levi mantuvo la mirada fija sobre la mesa, permaneció de brazos cruzados y se tomó su tiempo para responder. Erwin frunció sus espesas cejas, ansioso por la respuesta, porque no había tiempo que perder, y Levi parecía no querer romper el silencio. De pronto cerró sus ojos, como si rememorase vivencias pasadas, buscando allí lo que se le estaba pidiendo.
Finalmente habló:
―Sí.
Y eso fue todo.
Erwin asintió, mirando hacia las hojas nuevamente, y sin dirigirse hacia mí del todo, dejó la pregunta en el aire.
―¿Y usted, Mikasa Ackerman?
Yo no demoré tanto.
―Sí, señor.
Hubo un momento de silencio en la estancia; uno que dio paso a la meditación y a la distención de la atmósfera funesta que nos cubría.
Los soldados de la Legión estaban facultados para enfrentarse a la adversidad. Nos preparaban constantemente para afrontar las peores condiciones, a pensar negativamente: «no hay buenos escenarios, solo peligro y muerte». De esta forma nunca caíamos en la ingenuidad de confiar en los breves momentos de paz, sino que nos manteníamos en constante alerta y listos para combatir contra lo que fuese.
También teníamos capacidad de resolución estratégica para gestionar misiones, para resguardar la seguridad de los muros, para administrar operativos de caza contra titanes.
Pero estaba segura que ningún punto del reglamento de la sección de deberes versaba sobre capacidad de resolución de problemas familiares o personales. Y es por eso que la situación comenzaba a tornarse incómoda, y no sólo para Levi y para mí, sino para todos los demás quienes no lograban comprender a qué venía todo esto.
Estábamos acostumbrados a discutir sobre titanes. Ahora todo se enfocaba en las estupideces de Kenny Ackerman.
―Según la información proporcionada por la soldado Ackerman, Kenny se encuentra sin municiones y sin hombres. Esta vez se encuentra en gran desventaja ―mencionó el Comandante.
―¿Insistiremos en su captura? ―murmuró Gunther, sin esforzarse en ocultar su molestia.
―Hange hizo un estudio que podría resultar comprometedor. El que estemos preocupados por este sujeto va más allá de su familiaridad con la soldado Ackerman y el Capitán Levi.
―Así es ―Hange estaba demasiado seria―. El hecho de que Levi sobreviviese fue un milagro. Si aquello que Kenny le inyectó hubiese sido veneno, ni yo, ni todas las fórmulas químicas existentes le hubiesen salvado ―se dirigió a él―. Kenny sabía que Levi no iba a morir producto de su experimento. Su intención nunca fue matarlo. Kenny intentaba probar algo…
―¿Algo como qué? ―irrumpió Erd de repente, con genuina curiosidad
―Si Levi se transformaba en un titán ―dijo.
Y de pronto pareció que hubiese anunciado la muerte de alguien, porque todos en la mesa volteamos a verla con terror, sobre todo Levi quién enervó su figura como un lobo dispuesto a saltar para atacar.
―Hange ―dijo Erwin con pesadez―. Aún no lo sabemos. Ni siquiera sabemos de dónde provienen los titanes.
―Es una suposición ―alzó sus manos en el aire―. No estoy aseverándolo, pero quiero averiguarlo. Por eso es importante que atrapemos a Kenny. ¿Está bien, Gunther?
El aludido, aun con expresión escéptica, asintió sin más remedio.
―Bien. Como pueden notar será difícil llegar a una resolución con tan poco material ―Erwin llamó la atención, alineando las hojas sobre la mesa―. Propongo que sigamos intentando con sus hombres; sino ceden ante la amenaza, podría ser que cedan ante algún incentivo. Respecto a ustedes, Ackerman uno y dos, manténganse a salvo. Encarezco sumo cuidado con respecto a las salidas a la ciudad y por supuesto, dentro del castillo tendremos el compromiso de brindarles la protección que necesitan.
―No necesitamos niñeras, Erwin ―gruñó Levi.
―No me refiero a eso ―retó a Levi―. No queremos que nadie salga herido, o correr el riesgo de que los capturen… menos ahora. Kenny está desarmado, y aunque es tan fuerte como ustedes, también es increíblemente muy astuto.
Levi contempló a Erwin con el rostro contrariado y finalmente bufó, aceptando las reglas.
―Tendremos que programar una misión a futuro, pero primero deberemos recolectar información sobre Kenny, extorsionar a sus hombres y tratar de dar con alguno de sus paraderos ―añadió Hange―. Debiese ser todo por ahora.
―Pueden retirarse y continuar con sus labores ―comentó Erwin, mirando a las hojas nuevamente con cansancio―. Ackerman, necesito que usted se quede.
Sin más opción obedecí y, en mi lugar, me quedé a ver como todos los demás se ponían de pie para retirarse. Todos excepto Levi quien permaneció en su lugar.
―Cuando dije Ackerman me refería a Mikasa ―Erwin lo observó con detenimiento.
―¿Qué problema hay con que me quede? ―refutó.
―Ninguno realmente, pero no necesito que estés aquí. Por favor, si necesitas a la soldado Ackerman espérala a las afueras de la oficina.
No recordaba hasta entonces haber visto a Levi expeler tanta indignación de su semblante. Abandonó la oficina técnicamente a regañadientes, fulminando a Erwin con la mirada y alejándose con el orgullo dolido.
Una vez que Levi se retiró, pasaron muchos minutos antes de que el Comandante Erwin tomase la iniciativa de decirme algo. Parecía atareado y absorto en lo suyo: apartó las hojas hacia un rincón y tomó otras que estaban en blanco y comenzó a escribir sobre ellas, manipulando la pluma con gracia y prisa.
A simple vista no parecía ni remotamente interesado en dirigirme la palabra, por lo que al cabo de unos minutos, cuando la espera llegó a ser demasiada, decidí terminar yo con el mutismo. Comenzaba a impacientarme.
―¿Es un tema muy serio?
―¿Hm? ―enarcó una ceja y me observó mostrándose desentendido.
―Como para expulsar al Capitán de la oficina ―averigüé.
―Ah. Para nada ―sacudió una mano en el aire, restándole importancia―. A veces me gusta fastidiarlo.
No pude evitar sonreír, reprimiendo la carcajada que cosquilleó en mi boca. Estaba infinitamente agradecida por el privilegio que me había otorgado Erwin de poder oírle hablar así, con soltura. Además, me gustaba ver la faceta más allá del uniforme y sus cejas intimidantes y autoritarias; aquella faceta en la que él no era más que un gran amigo de Levi, y como tal se tomaba la libertad de gastarle bromas.
Estaba mirando las magulladuras de mis manos cuando el Comandante terminó con el silencio y se aclaró la garganta para hablar.
―Quiero felicitarla por su desempeño en la última misión ―comentó con voz tranquila.
―¿Comandante?
―Usted reaccionó bien, supo llevar la misión cuando su superior se vio obstruido ante el escenario. Y aunque al final se dejó llevar por sus emociones, durante gran parte de la misión fue guía y respaldo del resto del equipo. Petra me comentó lo que usted hizo por ella.
Abrí la boca para decirle que no era necesario felicitarme, que tan sólo había cumplido con mi deber, pero en cambio, la torpeza me coartó las palabras en la boca. Simplemente me dediqué a asentir mientras el Comandante Erwin hablaba, mostrándome totalmente conmovida por su gratificación.
―Crecer es duro, Ackerman. Pero saldrá viva de este proceso, confío en usted ―me sonrió animosamente.
―Gracias por su confianza, Comandante ―respiré para relajar mi postura―. No sé cómo agradecer todo el apoyo que usted y la Mayor Hange me han brindado ―confesé abiertamente.
―Es mi compromiso con cada soldado, y también el de Hange. Le dije que yo no iba a dejarla sola. Y gracias a usted por eso, por su confianza y por seguir mi consejo.
―No podría no haber confiado en usted ―encogí los hombros.
―Gracias ―me sonrió.
―A usted ―insistí.
No solo serían las palabras las que se devolverían a favor de él. Eran más bien una parte de mi deuda, porque el resto sería compensado por medio de mi entrega y compromiso con la Legión. Si alguna vez había dudado de seguir la causa contra los titanes, ahora no habría nada que poner en tela de juicio. Seguiría adelante luchando contra todo contratiempo y no olvidaría las cálidas palabras que el Comandante había sacado desde el fondo de su estoicismo para bríndamelas a mí.
Cuando salí de la oficina me sentí extraña. No de una mala manera, por el contrario, mi corazón palpitaba vigoroso y me sentía tranquila. Había hecho las cosas bien y podía asegurar que hacía tiempo que no experimentaba esa sensación: la seguridad de hacer lo correcto. Usualmente solía cegarme y me dejaba llevar por mis propias ideas, actuaba por impulso sobre todo cuando Eren estaba en peligro, o incluso Armin. Y asimismo, usualmente fallaba en demasía.
Sin embargo, ahora era consciente de que un poder sobrenatural corría por mis venas y estaba aprendiendo cómo controlarlo sin dejar que se me fuese de las manos. Entonces, todo estaría bien.
Recorrí el pasillo que me llevaba a las escaleras de camino al primer piso, y miré por los ventanales hacia las afueras del castillo. Estaba atardeciendo y el día parecía fresco. Aun vestía ropa de civil y por lo tanto, una simple camisa de media manga y un faldón largo era todo lo que estaba ocupando. Consideré en conseguirme un suéter para después.
Cuando me dispuse a bajar la escalera, divisé una figura sentada en los escalones. Mas no le presté atención, no hasta que su voz oscura me hizo detenerme a mitad de mi paseo. En cuánto le oí, giré sin dudarlo un segundo.
―Tanta prisa llevas.
―Levi, no creí que fueses a esperarme ―el cabello se me vino al rostro y lo arreglé con mis dedos.
―¿Qué fue lo que te dijo Erwin? ―preguntó sin siquiera pensar en mis palabras.
Quise responderle, hasta que recordé la broma de Erwin de querer fastidiarlo y me reservé los comentarios al respecto, sólo para atormentarlo un poco más.
―Nada especial ―dije con prudencia.
Bufó incrédulo, y luego se refregó el rostro con las manos.
―De todos modos, no es de mi incumbencia ―y eso dejó en claro su irritación.
―No, no lo es ―no me doblegué en ningún momento.
Por un momento, se quedó callado. Y resultó ser incómodo por la forma en que me miraba, por la forma en que respiraba y sumado al silencio, aquello me provocaba inquietud.
Pudo notarlo y finalmente preguntó:
―¿Estás ocupada ahora?
―No, ¿por qué?
―Necesito que me acompañes a mi oficina. Tenemos que conversar.
Levi parecía estar molesto por algo en específico. Lo deduje a juzgar por su curiosa actitud, la que no era aquella que acostumbraba a ver. Él era así, siempre: serio y silente, quieto, gruñón. Sin embargo en aquel momento pude percibir que su aura era bastante diferente de todo eso. Parecía más bien frustrado, sobrecargado.
Y no lo culpaba. No podía exigir que respondiese de buena forma siendo que había estado inconsciente durante un mes, y luego había despertado para enterarse de que aquella línea uniforme a la que llamaba «vida» se había llenado de altibajos y obstrucciones, de verdades jamás conocidas, de una realidad que jamás esperó.
Era complicado.
Lo seguí para evitar una probable discusión. Sabía que podía enfadarse conmigo, sobre todo en aquel estado suyo y prefería asistir a su oficina y ahorrarme un dolor de cabeza.
Levi caminaba en completo silencio conmigo a sus espaldas. No volteó ni siquiera para asegurarse de que iba tras él. Me causaba curiosidad.
Durante aquellos días, él había estado en constante observación y tratamiento, y yo también había hecho rendir mis días de descanso. Escasamente habíamos conseguido interactuar, y él ahora tenía esta actitud conmigo. Lo justifiqué con el tema de Kenny Ackerman, pero me estaba doliendo un poco más de lo que esperaba.
Al llegar, me hizo pasar a la oficina y entró después de mí.
Caí en la cuenta de que no se trataba de una simple conversación cuando sentí el cerrojo de la puerta.
Mi espina dorsal fue testigo del hielo que, despiadado, descendió a través de ésta, y a la par diversos pensamientos cruzaron sus caminos, chocando en mi mente. No tenía que sentirme nerviosa, pero de pronto me resultó una tarea imposible de manejar.
Justo como había pensado, hacía tiempo, desde que había llegado de la misión, que no… teníamos un encuentro cercano, excepto para decirnos algunas cosas. Medianamente había sido mi culpa; Kenny Ackerman seguía dando vueltas en mi cabeza y solía desconcentrarme muy a menudo. Sumado a los cuidados médicos suyos y míos, espacio era lo último que nos sobraba.
Pero ahora no existía nada más. Nada más excepto su oficina, él y yo en un incómodo silencio al menos para mí.
―¿Qué íbamos a conversar? ―mi voz tembló, carente de control y carraspeé para pasar desapercibida.
No comprendía el nerviosismo, si tan sólo era Levi...
O quizás ese fuese el asunto: él podía hacerme temblar de esa forma.
Avanzó hacia mí, caminando con desbordante confianza, la suficiente para hacerme sentir que me encogía ante un depredador salvaje dispuesto a atacarme. Y no se alejaba mucho de la realidad.
―Conversar… ―replicó, enarcando una ceja.
Comprendí, aunque tarde, los verdaderos motivos de arrastrarme hasta su oficina y como efecto secundario la expectación se solidificó en mi estómago formando un nudo tenso. Abrí la boca para poder decir algo, pero me contuve de inmediato.
No era que yo no lo hubiese esperado, pero su oficina… nunca habíamos usado su oficina con otros fines. Se sentía diferente…
« ¿Será que hay una parte de mí que aún debe despertar?».
No tuve más tiempo para debatirlo, cuando Levi tomó mi rostro con un apasionado exceso de fuerza y me atrajo hacia sí, para luego, producto del arrebato de su cuerpo, empujarme, haciéndome retroceder para terminar con la espalda estampada a la pared.
Eso era todo, algo tan simple que desató un incendio en mi interior.
―¿Qué pasa si tocan la puerta? ―murmuré con la respiración entrecortada, y sin poder creer que aquel sonido tenue y cándido fuese de mi propiedad.
―Podrán romperse las manos tocando… no voy a abrir la puerta, aunque el cielo vaya a caerse ―siseó, rozando sus labios con los míos.
―Bien.
Y esa fue la respuesta correcta.
Mis brazos escalaron hasta sus hombros y mis manos encontraron su nuca, mientras las suyas abrían un camino por mis costillas, haciendo que la fricción de la tela de mi camisa me provocase escalofríos. Entreabrió la boca y pareció meditar, a escasos centímetros de mi rostro para luego clavar su mirada en la mía y terminar con la ligera distancia. Sus cálidos labios presionaron contra los míos sin apuro, y progresivamente, se amoldaron a la perfección, con sutiles movimientos que hacían a Levi abrir la boca para soltar su aliento sobre el mío. Entonces, con cuidado y repartiendo señales a todo mi organismo, deslizó su lengua, provocando que casi por necesidad mis labios se cerrasen alrededor de ésta. Levi exhaló con fuerza, por poco vaciando sus pulmones y su aire golpeó contra mis fosas nasales, aturdiéndome; cómo amaba eso.
Mis manos siguieron afirmándose en su cuello, y equilibré mi mente para disfrutar de la sensación de su boca y la tersa y tibia piel bajo las yemas de mis dedos. Junto con eso, todas las otras sensaciones: su olor, su sabor, su calor…
Era envolvente… el fervor, la sensación agónica de mi cuerpo exigiendo más… no podía detenerme.
«Aunque el cielo vaya a caerse»…
Ansiosa, me aventuré a otra zonas de su cuerpo, escabullendo mis manos por debajo de su suéter, palpando la carne allí donde se sentía más caliente, rodeando su cintura, tocando su espalda hacia arriba, hacia abajo y llevando mis dedos desinhibidos a apretar la parte superior de sus muslos a la altura de la cadera hasta encontrarme con sus glúteos firmes, que eran un deleite para mis manos.
Sentí a Levi soltar un jadeo, para luego apretarse contra mí con creciente necesidad.
―Yo debería hacer eso ―aguantó un gemido cuando sintió mis manos devuelta, por debajo de su suéter y dirigiéndose a sus pectorales.
―Eres mío ―de pronto mi voz había recuperado su control ―, por lo tanto, cada parte de ti. Déjame tocarte, déjame sentirte, déjame desarmarte…
Mis palabras murieron en su boca demandante. Luego me deshice de su prenda superior, aventándola a un rincón cualquiera de la oficina, sin contemplación, como si haberla llevado puesta hubiese sido un atentado a su perfecta figura.
No fue hasta que mis poros entraron en contacto con los suyos, que me di cuenta cuánto lo necesitaba. Mi organismo clamaba a gritos por él.
Y quería todo de él y de su cuerpo. No negarme nada y aventurarme a cruzar los límites que mi anterior inexperiencia habían impuesto sobre mí…
Porque los hubieron, durante diversos encuentros y cada vez que Levi quería llevar la relación a nuevos planos. Primero un rodillazo, luego una patada, las cosquillas, risas sin sentido y otras cosas además eran el resultado que obtenía de mí tras sus intentos de probar cosas nuevas.
Por eso ahora, no le negaría nada.
Logré girarlo, hasta dejarlo a él esta vez contra la pared. Descansé mis manos sobre su pecho y mi frente contra la suya. Al presionar mi cuerpo contra el suyo, sus manos me tomaron con fuerza de mis nalgas para exigir más presión y entonces pude sentir su despertar entre nosotros.
Mis ojos vacilaron sobre su rostro, contemplándole con verdadero interés: Levi respiraba intentando controlar su agitación, sus mejillas habían tomado color, sus labios húmedos estaban entreabiertos y su eterna expresión apática se había disuelto.
―Estaría bien… si yo… ―musité, sin dejar de mirarlo, mientras la palma de mi mano descendía a su región sur con cuidado, rozando intencional y esporádicamente su abdomen.
Succioné su labio inferior a la vez que con ambas manos me deshacía del cinturón y del primer botón de su pantalón, lo suficiente para dejarlo holgado de sus caderas y así escabullir mi mano hacia el interior. Lo sentí asentir con pujanza, entremedio de los besos.
En un quedo intercambio de miradas, comprendí que tenía la total aprobación de Levi para hacer lo que se me diese la gana. No parecía discrepar en lo más mínimo e incluso, podía descifrar la expresión suplicante dibujada en su cara.
Atenta a cada cambio de expresión ―con temor de estropearlo―, dejé que la palma de mi mano se encontrase con la suave y caliente textura de su carne, recorriendo la extensión con sumo cuidado y sin llegar a apretarlo demasiado. No había que ser un experto para comprender cuán delicada era esa zona.
Y no era que no hubiésemos hecho el amor antes, pero mi falta de experiencia provocaba que nuestros encuentros fuesen limitados en ciertos aspectos. Mis miedos, incluso irracionales en ciertas ocasiones, me obstruían, limitando los pasos que daba con él. Y tocarlo de forma tan íntima, estimularlo de esta forma era algo nuevo que estaba intentando hacer.
Y aun me daba miedo.
Por ello, mis pupilas no se despegaron de su rostro para obtener una señal de que estaba haciendo las cosas bien. Me daba pánico fracasar en ese aspecto y ese era el motivo por el cual Levi siempre tomaba la iniciativa. Y ahora yo quería devolverle el favor, y además demostrarle por medio de todo mi cuerpo, cuánto ardía mi amor por él, en mi interior.
Nos observábamos mutuamente, y la calma que a Levi tanto trabajo le había costado mantener, se quebrantó en el momento en que su mandíbula cayó para dejar escapar un tímido gemido. Entonces lo supe: lo estaba haciendo bien. Por lo tanto, fortalecida de confianza, seguí haciéndolo lo mejor que pude, aumentando un poco la presión y la velocidad, pero siempre manteniendo aquel margen de sutileza.
Levi escondió su rostro en mi cuello, haciéndome reclinar mi cabeza en su dirección para sentir su mejilla febril y los jadeos que iba soltando, cada vez con menos pudor.
―¿Te gusta? ―pregunté en un susurro contra su piel sudada.
Oh.
Me di cuenta rápido.
« ¿Cuándo fue que yo me convertí en la perversa? ».
No podía decirlo con exactitud, quizás allí mismo, en el preciso instante en que decidí asumir el control de la situación. Pero, ¿qué importaba? No recordaba haberme sentido tan bien antes.
Levi no respondió verbalmente a la pregunta, simplemente asintió, lo supe porque pude sentir el movimiento de su cabeza contra mi cuello.
Mi cordura estaba desapareciendo, volviéndose aire liviano hasta que dejó de existir.
Mi boca recorrió su abdomen, soltando besos que hacían contraer sus músculos. Cuando mis rodillas tocaron el suelo, recargué mi peso, sentándome y sostuve a Levi con mis manos a ambos lados de su cadera para proseguir con mi cometido. Y en ese ámbito era mucho más inexperta, pero instinto era todo lo que necesitaba para seguir adelante. Cuando mi boca consintió con tímidos besos y chupetones su cálida extensión, lo sentí gruñir y desequilibrarse, hasta resbalarse con la espalda pegada a la pared. Agradecí mis reflejos cuando mis manos se afirmaron a su cintura para no permitirle caer.
―Hey ―jadeó, entregándome una mirada sugestiva―, ¿Cuándo pasó esto?
Me reincorporé, parándome frente a él y lo contemplé mostrándome desafiante.
Sus manos se dirigieron hacia mis caderas y soltaron las amarras de mi falda, haciendo que ésta se deslizase hasta caer al suelo.
―¿Alguna queja o sugerencia? ―me mantuve erguida frente a él.
―No ―sonrió de medio lado ―demasiadas felicitaciones.
Me atrajo hacia sí y mi aliento vibró en sus labios. Sus manos hambrientas amasaron mis muslos, mis nalgas, mi cintura, mientras me volteaba hasta aprisionarme de nuevo contra la pared. Amaba con ardor el calor húmedo que me invadía cuando su lengua rozaba con la mía y nuestros labios friccionaban. Mis manos se enredaron en su cabello, desordenándolo y atrayéndolo, si se podía más, hacia mí.
Las palmadas en mis muslos dejaron implícito un mensaje bastante claro. Levi se reclinó un poco hacia delante y entonces de un impulso me alzó y mis piernas se enrollaron en su cintura. El movimiento fue tan brusco que mi espalda, pero peor aún mi cabeza terminó golpeándose contra la pared.
Ouch.
La ansiedad creció en mi pecho, cuando sentí su mano arrancar sin piedad mis bragas. Tomó un borde y haló con tanta fuerza, que oí la prenda rajarse y ser lanzada lejos.
―Levi ―me quejé, obstruida por la expectación.
Pero ya era tarde para detenerse.
La corriente que recorrió mi espalda cuando lo sentí entrar en mí fue tan fuerte que turbó mi consciencia durante unos segundos. Y Levi pudo notarlo. Lo sé porque prosiguió realizando un vaivén lento para no llevarme al límite tan pronto. Su sensual contorneo resultaba tan placentero como relajante, inhibiendo por completo el áspero roce de la pared contra mi espalda.
Levi tenía el control, afirmando sus manos en mis muslos y mirándome sin ocultar la lascivia en sus orbes azules.
«Déjame gritar…»
Pero su boca sellaba mis gritos.
«Ni siquiera puedo hablar…»
Porque no hilaba las ideas.
«Mi cuerpo es una tormenta»
Salvaje, relampagueante.
«Mi mente es un nudo».
Un nudo de todas las cosas ambivalentes que Levi me hacía sentir.
Llevé mis manos a palpar su rostro y acaricié sus labios con mi pulgar, para luego deslizarlo dentro de su boca. Sus dientes atraparon mi dedo y su lengua lo acarició con cuidado. Todo lo que hacía, cada gesto, cada movimiento, iban a terminar haciéndome explotar. Cerré un brazo alrededor de sus hombros y mi mano libre acarició su rostro, mientras me encargaba de adueñarme de su boca.
Sus empujes se volvieron más firmes y veloces, construyendo una sensación demasiado intensa dentro de mí. No quise dejar de besarlo, primero por necesidad, segundo porque su boca amortiguaba los gemidos que se me hacía imposible reprimir.
Había algo que siempre podía percibir de los encuentros que tenía con Levi. Había algo en su interior que siempre quería salir a flote. Muchas veces podía verse en el campo de batalla, cuando luchaba contra titanes, uno podía decir que era algo que tenía que ver con sus talentos. Pero yo, que conocía más allá de lo que se podía ver, había comprendido que no tenía que ver con ello. Era más bien algo mucho más íntimo y personal. Era algo que radicaba totalmente con sus pasiones escondidas, con sus dolores, con sus defectos, con todo aquello que lo hacía ser lo que era: humano, antes que cualquier otra cosa.
Y aquello era desesperación, una tan fuerte que salía expedida de él sin reservas, pero que él, de seguro con arduo trabajo, había conseguido transformar en fuerza. Visiblemente no podía percibirse con tanta facilidad y es por esto que tal vez el común de las personas pudiesen confundirlo con su talento extraordinario, en cambio, yo, con el poder de unirme a él de esta forma, en una conexión espiritual tan intensa, con su energía directamente dentro de mí, podía sentirlo, podía sentir su desesperación y técnicamente era como si él quisiese descargarla toda.
Era perfecto, porque yo no era débil. Era fuerte y entonces, lo comprendía. Entendía demasiado bien, y era la persona idónea para enfrentar su desesperación.
La misma que lo llevó a cargarme hasta su escritorio y dejarme allí de espaldas, mientras su boca me devolvía el favor que yo le había hecho antes. Para ese entonces, mi mente ya no estaba cuerda. Mis manos se sacudían intentando afirmarse de algo, pero sólo había conseguido tirar al piso todos los objetos que estaban allí.
Había cierta energía también en medio de todo el tema de la desesperación. Cada vez que nuestros cuerpos se tocaban o que nos conectábamos de esta forma, algo despertaba en nuestro interior, una fuerza salvaje que daba arranque y no volvía atrás. Tal como el poder despertado… y aunque la idea me pareció ridícula, no pude evitar la risilla mental y la pregunta que apareció sin tapujos: ¿Será que quizás este poder tiene otras facetas ocultas?
La sensibilidad de mi cuerpo en aquel momento equiparaba a la sensación de la fiebre, y comencé a dudar de cuánto tiempo más podría soportarlo. En eso pensaba, cuando Levi se inclinó sobre mí y acercó su rostro para besarme.
Lo más probable era que parte del poder despertado se inmiscuyera en medio de nuestros encuentros, porque no recuerdo haber usado tanta fuerza, al menos no consciente, pero algo chispeó en mi mente cuando sentí el sabor metálico en la lengua. Cuando Levi se retrajo para verme, pude notar que sus labios estaban rojos, entintados en sangre, como si pintura para labios se hubiese desparramado en su boca.
Reconocí entonces el pequeño corte cerca de una de sus comisuras, en el labio inferior.
―¡Lo siento! ―jadeé, sosteniendo su cara entre mis manos y acariciándole las mejillas con los pulgares.
―Da igual ―siguió empujando contra mi cadera―. Hiéreme, puedo soportarlo.
Su voz… sus palabras… todo era un agente apremiante de mis sentidos. Aún más su aroma exquisito, entremezcla de su perfume y su sudor, me llevaban a perderme en un paraíso de sensaciones.
No podía soportarlo más. Me abracé con fuerza a él, y sentí el clímax descender por cada fibra de mi cuerpo en cuanto aspiré su aroma con fuerza, tal como un estimulante…
«Quemas, ardes en mis venas…»
Sentí sus besos húmedos en mi abdomen y el momento en que su aliento vibró contra mi piel.
―Sabes que no termina aquí ―percibí la malicia en aquel enunciado.
―Dame un segundo ―siseé.
―Uno ―dijo, y me tomó en brazos para cargarme hasta el sillón.
Levi me situó de espaldas a él y con suavidad me empujó hacia adelante, haciendo que me recostase con mi estómago directo sobre el ancho y mullido reposabrazos. En esa posición, mi cadera quedaba levantada y por completo a su disposición, mientras yo me apoyaba sobre mis antebrazos.
Mentiría si dijese que no me cohibí terriblemente en ese momento, estando tan expuesta a su mirada. Pero mis temores mermaron en cuanto sentí su calor contra mí: el roce de sus piernas en las mías y la intromisión casi tortuosa, a medida que me tomaba de la cadera y empujaba con suavidad.
Eso durante los primeros segundos, porque no tardó en tomarme con fuerza y violenta rapidez. Pensé que luego de haber acabado, la sensación que me atacaba se dispersaría por completo, pero esta vez persistió, amenazando con sobrevenir y esta vez para hacerme retorcer.
Sentí como mis piernas comenzaban a perder fortaleza y agradecí que el sillón fuese mi sostén. Pero más allá de eso, comprendí la decisión que había tomado Levi: el reposabrazos presionaba contra mi estómago, provocando una sensación mucho más intensa. Poco a poco sucumbí al placer y mi rostro cayó sobre el asiento del sillón, el cual decidí morder para no terminar gritando. Mis piernas temblaron sin que yo tuviese control sobre ellas.
Las manos de Levi se encargaron de masajear mi espalda, enterrando la yema de sus dedos por el camino que marcaba mi columna, provocándome intensas corrientes. Luego, sus manos ascendieron por mi espalda, hasta mi cuello y hasta mi cabeza. Ambas manos enredaron sus dedos en mi cabello y halaron, aplicando la fuerza justa para tornar esas corrientes en verdaderas pulsaciones ardientes y para hacer que me incorporase para que él apoyase su estómago contra mi zona lumbar.
Sus dedos rozando contra mi cuero cabelludo y el tirón firme de su mano, su otro brazo sosteniendo mi cintura cada vez que se apretaba contra mí… no existía nada que pudiese compararse a eso.
Sentí su mejilla hervir contra la piel de mis hombros y el aire caliente salir de su boca. Sin resistirme más, arqueé la espalda para inclinar la cabeza hacía atrás y girarme de tal manera en que pudiese ver sus expresiones.
―Déjame verte ―pedí.
Con mis labios pegados a su mandíbula y mis ojos clavados en su expresión, me deleité con el momento en que me estrujó con fuerza y sus párpados se cerraron, apretándose y su boca se abrió en busca de oxígeno. Esa expresión, tan genuina… sentía que valía la pena vivir para verlo llegar al cielo cuantas veces quisiera.
El atardecer tiñó de naranjo las inmediaciones y el interior del castillo, a su vez dejando la ya escasa luz del sol entrar por las ventanas en forma de rayos blanquecinos por los que podían vislumbrarse las partículas dispersas en el aire. También había brisa, fresca brisa que hacía ondear los cortinajes de los ventanales con suavidad, cepillando el suelo limpio, ventilando cada rincón para llenarlo del aroma de los abetos.
La paz era latente, tan densa que provocaba somnolencia.
Sobre todo a mí, porque paz era sinónimo de las yemas de los dedos de Levi trazando caminos por mi espalda. Recorría el mismo tramo, una y otra vez, siguiendo el camino de mi columna, como si su mano jugase en un resbalín para niños.
Levi estaba sentado en su escritorio, apoyado contra el respaldar de su sillón. Yo estaba sentada en su muslo derecho, apoyando mis codos sobre el escritorio, y con los ojos cerrados concentrada en la caricia de sus dedos en mi espalda, mientras mis propias yemas acariciaban la textura de los informes que estaban regados por la superficie, olvidados donde se dejan las cosas que pasan a segundo plano.
Levi al menos había alcanzado a vestirse, y el cabello revuelto. Por mi parte, simplemente me quedé con la camisa abierta. Me vestiría cuando tuviese que salir de allí camino a mi cuarto a buscar un par de bragas que no estuviesen rotas…
Solté un gruñido al recordar ese detalle.
Al abrir los ojos, leí el informe frente a mí. Era una petición para que Levi diese una charla a los nuevos reclutas que estaban siendo entrenados, y de esa forma conseguir motivarlos para que ingresasen a la Legión y así ganar más efectivos.
Tomé un carboncillo y escribí con suavidad un «no». Luego reí y lo quité con una goma de borrar que estaba sobre la mesa.
―No lo borres ―oí a Levi susurrar. El aletargamiento tampoco le había abandonado.
―¿Por qué? ―me giré un poco para verlo.
―Porque iba a denegarlo de todos modos ―parecía que iba a quedarse dormido en cualquier momento, tenía sus ojos cerrados.
―Creo que debería ser yo quien tenga sueño. Sobre todo con ese masaje en mi espalda ―ataqué.
―La suavidad de tu piel también es relajante ―comentó y me hizo sonrojar violentamente.
Volteé el rostro hacia adelante y opté por leer el resto de los informes.
―¿Te has sentido bien como para que te atosiguen con tanto trabajo? ―cambié el tema.
―Sí, ya estoy bien ―dijo con simpleza.
―¿Y qué más? ―insistí, mirándole por sobre mi hombro.
Abrió los ojos despacio y los fijó en mi rostro, mostrando curiosidad.
―¿A qué te refieres con «qué más»?
Me enderecé y me cerré la camisa. Quise ir por mi falda, pero el brazo de Levi en mi cintura no me dejó ir. Froté mis manos y las observé.
¿Cómo empezar?
Desde que había vuelto con nosotros había tantas cosas que quería decirle, tantas cosas que no quería que se perdieran en el tiempo. Él mismo ahora pensaba que no se debe postergar aquello que queramos confesarle a un ser querido, porque no sabremos cuando lo perderemos. Si había algo que decir, había que hacerlo sin dudar, y no esperar a tener remordimientos cuando las personas ya no estén.
Pero nosotros no solíamos entendernos con muchas palabras, aunque hablábamos mucho, pero no de cosas tan emocionales.
Volteé a verlo nuevamente y me observaba ya, aun esperando la respuesta.
«Que importa el tiempo cuando puede ser aquí y ahora»
―Levi ―me esclarecí la garganta. Emuló una eme y asintió dándome paso a seguir ―no somos muy habladores, ¿no? Ni tú ni yo. Pero vamos a tener que aprender a serlo. Estamos juntos ahora… la confianza es importante. No quiero decir que debes decírmelo todo; tienes derecho a conservar tu intimidad, así como yo también. Pero hay cosas que debemos comunicarnos ―hice una pausa―. Ese es el punto: comunicación. Y esto porque no quiero sentir que te pierdo de nuevo, ni quiero que tú me pierdas, pero si algún día nos pasa algo sería bueno irse sin secretos.
Al terminar de decírselo, enarcó ambas cejas y suavizó su expresión por completo. Apretujó los labios y frunció el ceño para luego quitarme la mirada, mas en ningún momento dejó de tocarme la espalda. Parecía sorprendido ante mis palabras, también confundido. Sé que no se lo esperaba, pero era hora de aclarar las cosas.
―Ya no me siento agotado. Ya no me dan mareos de la nada. Ya no…
Me acomodé en su regazo, volteando todo mi cuerpo hacia él y lo abracé, provocando que por consecuencia cortarse las palabras.
―Hay algo que quiero decirte.
―Hazlo ―susurró, correspondiendo al abrazo.
Hundió su rostro en mi pecho y mi mentón se apoyó sobre su cabeza.
―Te amo ―lo sentí tensarse debajo de mí―. Te amo demasiado. ¿Quieres saber por qué?
Simplemente asintió y esperó.
―Porque siempre confiaste en mí ―confesé antes de dar pie a la sarta de sentimientos que ya no tenían cabida en mi pecho, que debían salir a como diese lugar, aunque me atorase con las palabras―. ¿No es así? Aun cuando no éramos ni remotamente cercanos mantenías esa convicción. Me observabas, hiciste un seguimiento de mis actitudes, me analizabas y aún sin conocerme totalmente siempre creíste que yo era capaz de hacer todo lo que me propusiese. Y no porque yo era fuerte, no tenía que ver con ser la mujer que valía por cien soldados, sino porque era yo, simplemente yo y yo tenía capacidades más allá de mi fuerza física. Tú las viste, tú confiaste en ellas siempre.
―Me gustaba eso de ti ―irrumpió en mi discurso―. Acaparaste mi atención desde el primer momento que te vi. Primeramente fue algo tan natural y biológico como sentirme atraído por tu imagen: tu rostro, tu cuerpo, todo. Luego, tal y como dices, vino mi análisis, el hecho de permanecer siempre al tanto de tus movimientos y tus comentarios; todo lo que me diese un indicio de tu forma de pensar, de sentir, de mirar el mundo. Y en cada paso que daba en pos de conocerte mejor, terminaba cayendo más… para mí eras fascinante. Lo eres aún. Y por sobre todas las cosas siempre quise que estuvieses bien… no quería que te hiciesen daño y por eso me acerqué a ti.
―Me alegra que lo hicieses. No sabes cuánto me alegra ―respondí sin dejar de abrazarlo, ni él a mí―. Fue en el momento indicado y, perdón por mencionarlo, pero fue justo cuando el trato de Eren pesaba demasiado; era el trato que podía soportar una hermana sobreprotectora, no así una enamorada. Pero yo estaba confundida, creyendo que porque Eren había salvado mi vida teníamos técnicamente un compromiso irrompible. Por supuesto que no. Eren tenía todo el derecho de hacer su vida como quisiese, y yo mantendría mi promesa; la promesa que le hice a Carla Jaeger: proteger a Eren sin importar qué. Entonces, cuando lo comprendí, tú apareciste en mi vida para decirme «no seas estúpida, Ackerman» ―reí cansinamente―. Al principio fue inesperado, porque aunque había pasado suficiente tiempo luego del juicio de Eren, aún tenía guardados ciertos rencores, y seguía manteniendo la franja de hostilidad entre nosotros. Pero cuando decidí abandonar mi inmadurez y sentarme a conocerte más, a darte el espacio que te merecías por confiar en mí, sentí miedo… porque me gustaste mucho más de lo que esperaba. Eras como un vino… al primer sorbo te parece ardiente y desagradable, pero la estela de su sabor es incomparable y atrayente. Creí que te odiaba, luego creí que no me simpatizabas. Después que quizás podríamos llevarnos bien … que podríamos ser amigos… que me gustaba pasar tiempo contigo, que el negro te sienta muy bien, que tu presencia es relajante, que no entendía como pude llegar a odiarte, que amo el sabor que tiene tu boca cuando bebes té… finalmente acepté que no podía vivir sin ti.
»Levi, conocerte es darse cuenta que nada es como parece. Te han nombrado tirano tantas veces, y eres sin lugar a dudas el tirano más humano y dulce que conozco. Te muestras sincero cuando tus soldados se ven despojados de toda esperanza. Y a mí me salvaste antes de que me hundiese en mi pequeño barco solitario… eras todo lo que quería encontrar, todo lo quiero, todo lo que necesito.
»Me hiciste crecer en diversos aspectos de mi vida. Si pudiese resumir todo lo que significa para mí, diría que eres un catalizador: me das el impulso para seguir adelante. Y no solo eso, nunca buscas llevarte ningún crédito por eso, no importa que tanta participación tomes en mis decisiones. Haces que todo se vea como de mi total autoría. Sumado a eso tengo que resistir que me cuides, que me enseñes, que me quieras incondicionalmente, que me apoyes, que seas mi pilar cuando siento que flaqueo… ¿cómo no amarte? ¿Podrías entender todo lo que significa? Porque ya se me agotaron las palabras… te amo. Y es todo lo que puedo decir; lo único que debes saber. Ahora y siempre.
―Gracias ―murmuró, abrazándome con fuerza.
―Pero no se supone que debas darme las gracias. Yo estoy agradeciéndote…
―No. Gracias por decírmelo. Es importante ―pausó―, mucho.
Me retraje para tomar su rostro entre mis manos y ver su expresión, pero no me lo permitió. Escondió su cabeza en mi pecho y se quedó allí, quieto, respirando pausadamente.
Supuse que estaba emocionado, y por ende, no iba a mostrarme esa parte de su debilidad. Después de todo, seguía siendo orgulloso como un gato altanero y no estaba acostumbrado a esas cosas. De seguro ni siquiera tenía idea sobre cómo reaccionar. Me enterneció de sobremanera el hecho de saber que él aún podía conmoverse de esa forma y me aguanté las ganas de sacudirlo y gritarle que lo amaba, de nuevo.
Yo tampoco estaba acostumbrada a esas cosas, pero juntos podríamos hacerlo. Manifestar nuestras inquietudes de frente, después de todo, ¿qué teníamos que perder? Él no tenía que avergonzarse de nada frente a mí, ni yo frente a él. Es más, él debía ser la última persona con la que debía sentir pudor.
Segundos después, levantó la barbilla para mirarme. Estaba serio, con la mandíbula tensa pero con sus ojos mostrando verdadero interés. Brillaban y entendí por su expresión que planeaba decirme algo.
―Iba en serio lo de «no te quiero hasta que el tiempo diga, yo te quiero a mi lado para toda la vida».
―Así es: «no te mueras nunca, no te vayas nunca; si llegaste, ahora no me dejes».
―A todo esto ―frunció el ceño―, cuando volví a mi cuarto encontré mi carta arrugada, dentro de un libro que estaba leyendo… y marcando la página incorrecta.
Pensé durante unos segundos, buscando en mis recuerdos y di con el punto exacto en que eso había sucedido.
―Fue durante el mes en que no sabía nada de ti. Yo…
―Lo sé. Lo supuse ―encogió los hombros―. Retomando el tema… ¿así que para toda la vida? ¿Segura?
Me alarmó la manera en que quiso confirmar esa duda. Mi estómago se apretó producto de la expectación y observé a Levi con semblante atento.
―Sí ―asentí, y la voz me falló.
Guardó silencio durante los minutos siguientes y aquello me molestó de sobremanera. ¿Por qué no decía nada?
―¿Vas a pedirme matrimonio? ―enarqué una ceja con petulancia, tomando el asunto con sarcasmo y así ver si conseguía algo.
―Ya lo hice ―respondió sin inmutarse―. ¿Acaso no hay un anillo en tu mano?
Giré para mirar mi mano y luego la alcé en el aire.
―Dijiste que no era de compromiso, Levi ―increpé atónita.
―¿Por qué me crees? ―negó con la cabeza―. ¿Quieres otro anillo? Estaba pensando en uno más grueso con piedras violetas…
―¡No! Deja de comprar cosas tan imperdonablemente caras ―bufé―. Éste está bien. Me gusta.
―¿Eso es un «sí, acepto»?
Titubeé confundida por su juego.
―Deja de aturdirme ―gruñí.
―¿Sí o no? ―gruñó él.
―¿Sabes? Tienes un talento nulo para pedir matrimonio ―colgué mis brazos alrededor de su cuello, apoyándome de costado contra su cuerpo.
―¿Ah, sí?
―Sí.
―Justo lo que quería oír.
Lo fulminé con la mirada al verlo insistir en su manipulación a mi desconcierto. De pronto, aquel aura oscura que lo había rodeado antes de venir al a oficina había desaparecido por completo.
―Dame tiempo para pensar ―musité, esta vez tomándome el asunto con seriedad.
―Dirás que sí tarde o temprano.
Enarqué una ceja con petulancia.
―Bueno, quiero mi tiempo de dignidad en que podré fingir que te hago esperar ―alejé mi rostro de él de un solo golpe y ahogué mi enojo frunciendo mis labios.
Soltó una risilla desganada y luego añadió:
―Por cierto, hay algo que requiere respuesta inmediata. Revisa el informe debajo del que leíste recién.
¿Qué podía ser tan trascendental, sobre todo siendo parte del molesto papeleo rutinario? Con ceñida expresión acaté la orden, rebuscando en los papeles y alzando frente a mis ojos aquel que había sido mencionado con anterioridad y se lo acerqué esperando que lo tomase.
Levi me entregó su impávida mirada, evidenciando de esta forma la seriedad del asunto.
―Léelo ―indicó con un tono más reservado―, en voz alta.
Enarqué una ceja ante su comportamiento extraño y con la hoja entre mis manos comencé a leer:
«Por medio de la presente, la Legión de Reconocimiento tiene el gusto de notificar a la soldado Mikasa Ackerman que, por su enorme desempeño en la última misión, su entrega y compromiso con su labor y sumado a su formidable potencial, se ha hecho acreedora a un ascenso de puesto, integrándose ahora al Escuadrón de Operaciones Especiales, a partir del primero de marzo del año en curso.
Es pertinente informarle que su salario mensual tendrá un incremento del 10% en los primeros seis meses, y un 15% al cumplirse dicho plazo.
Junto con este aviso, la Legión de Reconocimiento tiene el agrado de felicitar a Mikasa Ackerman por su compromiso, responsabilidad y esfuerzo que han rendido frutos. Estamos seguros que su convicción y sed de justicia se desempeñarán de igual manera dentro del Escuadrón de Operaciones Especiales.
Atentamente,
Darius Zackly, Comandante en Jefe de las Tres Divisiones Militares.
Erwin Smith, Comandante de la Legión de Reconocimiento.
Levi Ackerman, Capitán del Equipo de Operaciones Especiales».
¿Qué podía decir? ¿Había algo que decir, en primer lugar? Probablemente mundanas cláusulas genéricas: muchas gracias, no me lo esperaba, qué sorpresa. Sin embargo, yo solo pude dejar el papel sobre el escritorio y observar a Levi con grandes ojos de espanto y desconcierto.
―Te debía tu regalo de cumpleaños ―señaló Levi―. Supuse que si compraba algo ibas a recriminármelo luego, así que creí que algo intangible sería más significativo. Erwin me lo había propuesto y no sabía si llevar a cabo la tramitación o no; no sabía cómo ibas a reaccionar. Pensé luego en tu regalo y en cómo podría hacerte feliz: estar cerca de tu hermano adoptivo debía ser una buena idea. Con esto no me refiero a que te quiero sobre él todo el tiempo, pero si has aprendido a controlar tu sentimentalismo (como dice Erwin), creo que es una buena idea.
―Más allá de eso: proteger a Eren… y estar contigo, y trabajar con el Equipo de Operaciones Especiales ―musité―. Son tres ofrecimientos demasiado ambiciosos, ¿cómo podría aceptar?
―Lo estuve pensando mucho tiempo. No se te ocurra negarte ―bufó casi angustiado.
―¿Puedo pensarlo siquiera? ¿O está tramitado ya?
Me mordí el labio inferior, inquieta.
―Creo que mientras no tenga tu firma, no se formaliza.
Fue un exabrupto informativo. Muchas cosas comenzaban a cambiar, pero podía hacerles frente. La sorpresa era una reacción evidente e inevitable, humana por lo demás. No obstante, la repentina información ante tan magnificentes propuestas avasalló mi mente sin piedad.
Había cosas qué considerar antes de cantar victoria.
―Necesito pensar.
―No lo pienses mucho.
―No lo haré ―dije. Luego solté un largo suspiro―. Estoy feliz y confundida, e irritada… Siempre es así cuando se trata de ti.
―No es mi culpa ―se defendió.
―Claro que lo es. Tú hiciste que me enamorase de ti: hazte responsable.
―Eso intento… y tú menosprecias mis regalos.
―En lo absoluto, Capitán ―besé sus labios― estoy feliz. Solo es cosa de tiempo.
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.*.
.
Hacía mucho que no me encaminaba por las ruidosas calles del centro de la ciudad. No había tenido ni el tiempo ni el ánimo de hacerlo, y cuando eso sucedía, al volver siempre me parecía que las cosas habían cambiado en diversos aspectos, desde el diseño hasta la ubicación de ciertos lugares. Claramente eso no sucedía; los edificios no tienen pies. Lo que pasaba realmente era que perdía la costumbre que tenía de ver las cosas con frecuencia y recordar al pie de la letra su posición.
Aquel día en que había decidido terminar con mi enclaustro, había sido a causa de los dolores en mi pierna que no parecían cesar con nada. Hange había sugerido entonces que consiguiese un par de hierbas medicinales y un barro especial que aunque lento, sí tendría éxito al subsanar mi dolor, ya que había terminado probando todo lo que había en los suministros de la Legión y ningún medicamento surtía realmente efecto alguno.
Incluso debía adecuar mis vestimentas, ya que los pantalones muy ceñidos resultaban ser un suplicio. Como se nos había otorgado período de descanso, preferí vestir faldones, tal como ese día. Faldón, camisa, botines cortos y mi bufanda ya reparada.
Sasha se sumó a mi paseo durante ese día. Aunque prefería ocuparme de mis asuntos sola, le di la oportunidad de acompañarme si no fastidiaba. Y no lo hizo.
Lo curioso fue el verdadero motivo de su interés en seguirme a la ciudad. No había indicio alguno que me hubiese hecho prever lo que sucedería. Era inesperado, pero fue un gesto cálido y amable.
―Para Mikasa, de Armin y Sasha ―leí lentamente, con grandes ojos de sorpresa, sosteniendo el paquete que Sasha me había extendido.
―Es por tu ascenso al Escuadrón de Operaciones Especiales ―dijo con voz de niña pequeña emocionada en Navidad.
―Aún no… ―pausé, entorpecida por la conmoción― ni siquiera he agendado la reunión con el Comandante para formalizar la situación. La propuesta está expuesta a ser rechazada.
―¿Dirás que no? ―pude ver la decepción en su mirada, mientras ella resguardaba sus manos bajo su pecho.
―Lo estoy pensando. Pero aceptaré el regalo de todas formas. Diremos que es por la última misión.
―Algo así también ―rio Sasha.
Caminamos en dirección a una plazuela con bancas de madera, gratas bancas para sentarse a abrir un obsequio. Sobre todo por la cantidad de árboles rodeándola, dándole un toque de intimidad y silencio, aislándola de la humanidad, que aunque escasa, a veces se volvía desquiciante.
Cuando conseguimos tomar asiento y nos sentimos cómodas con la ubicación escogida, comencé a desmenuzar el papel de a poco para dar con el contenido del paquete que reposaba sobre mis muslos.
Mientras tanto reparé en un detalle que antes no había notado.
El tiempo lejos de mi círculo habitual de compañeros había propiciado al desconocimiento de muchas cosas. Y a pesar de que yo no era una persona que riese todo el tiempo ―es más, nunca lo hacía de no ser extremadamente necesario―, quise aplicar mi humor torcido con Sasha, para jugar con su mente un momento y obtener respuestas sobre aquel único detalle que desequilibraba en todo aquello.
―¿Por qué Armin y Sasha? ―murmuré, sin dejar de mantener mi atención sobre el regalo.
Sasha alzó ambas cejas y me miró confundida.
―Ambos lo escogimos ―me contó con simpleza.
―Pero… ¿por qué no «un guion, Armin; otro guion, Sasha»? ―inquirí con seriedad para inquietarla, y lo conseguí―. Armin y Sasha es algo íntimo, ¿no crees?
Sasha comenzó a titubear nerviosa, jugando con los dedos de sus manos y quitándome la mirada fugazmente.
Recordé aquella conversación que había tenido con Armin, en mi habitación, hacía mucho tiempo ya. Armin era un excelente amigo, y no sólo con sus cercanos. En general, era una excelente persona y yo quería para él la mejor mujer del mundo, alguien con un corazón sincero que le hiciese sentir bien y fortaleciese aquella confianza suya que a veces se veía entorpecida.
Entonces pensé:
«¿Y si en todo este tiempo que no les he visto de pronto comenzaron a llevarse demasiado bien?»
«Sasha tiene mi aprobación».
―Mi amigo es una excelente persona ―comenté orgullosa y algo ruda―. Deberías considerarlo.
―¡Armin es solo mi amigo! ―chilló, dejándose en evidencia―. Él solo quiere ser mi amigo.
―Yo pensaba lo mismo de Levi ―encogí los hombros, casi terminando de descubrir aquello que venía dentro del papel.
―Ustedes son diferentes ―de pronto me pareció que Sasha estaba muy triste.
Alcé el rostro para verla y sus manos estaban empuñadas sobre sus muslos.
―¿Paso algo? ―pregunté en seco.
Sasha no quiso responder.
―Creí haberte dicho que éramos amigas, y tú ya bastantes cosas me has arrancado de mi zona de privacidad. Así que habla.
Silencio.
―¿Tienes vergüenza? ―intenté ser más agresiva, y valiéndome de mi propia experiencia avancé a hacerle una pregunta directa y cruda―. ¿Armin intentó besarte y salió mal? ¿Estás confundida ahora?
Al parecer di en el blanco, porque la rosada piel de Sasha se tornó de un escarlata violento, sus ojos parecían querer explotar y su boca se abrió en su máxima capacidad.
―Bien. No hay problema. Tendré que conversar con mi amigo ―mantuve mi seriedad y abrí la caja contenedora de mi regalo.
―¡No! ―se aferró de mi brazo, interrumpiéndome―. No le digas nada.
―¿Entonces, me lo dirás tú?
―¿Desde cuando eres tan insistente y tienes tan buen humor? ―me reclamó.
―Estoy esperando.
Hizo un puchero a la vez que fruncía el ceño.
―Armin es un gran chico, lo sé. Pero yo soy muy torpe. Nos volvimos cercanos desde que me prestó sus guantes en un frío día. Comenzamos a hacer tareas juntos más seguido, a salir juntos más seguido, a vernos más seguido, y descubrimos que se sentía bien estar cerca del otro. Sólo eso. Y compramos este regalo para ti hace unos días…
―Claro, claro.
―¡Es todo! ―terminó la oración de golpe
―Habrá un momento para solucionarlo ―asentí más para mí misma.
―¿Qué cosa? ―gruñó.
―Todo va a estar bien.
―¡Mikasa!
Desvié mi atención de ella al descubrir finalmente el contenido dentro de la caja rectangular que anteriormente estuvo cubierta por papel.
Mi regalo de felicitaciones era una daga. Una con un diseño bastante femenino, ya que el mango era fino con incrustaciones plateadas en forma de luna y piedras azules. El hueco para la mano era muy cómodo haciendo que la daga fuese fácil de manipular.
―Combina con tu anillo ―dijo Sasha, al verme absorta, contemplando la belleza del objeto.
Asentí mirando la daga. Debía ser costosa.
―Muchas gracias. Deberás dárselas a Armin de mi parte.
Sasha soltó un gruñido hastiado ante mis insistentes bromas.
De vuelta, caminamos hacia al emporio de las frutas para que Sasha comprase algunas cosas extras para su estómago.
Preferí esperarla a las afueras de la tienda, puesto que había muchas personas intentando conseguir algo de comida. Se aglomeraban dando empujones, y aquello solía suceder cuando mercancía nueva llegaba a la ciudad. Nadie quería perderse la oportunidad de conseguir nuevas provisiones, por lo que los ciudadanos terminaban peleándose por los productos. Además la comida escaseaba, así que era menester conseguir alimento antes que todos los demás o antes de que no quedase nada en las reservas.
Por mientras esperaba a Sasha, me dediqué a mirar los canastos con la comida siendo expuesta a las personas. Pequeños carteles con los precios me daban referencia si el día de mañana necesitaba comprar algo. Algunas cosas habían incrementado sus precios.
Pensé que si aceptaba la oferta del Equipo de Operaciones Especiales no tendría problemas para costear tales cosas.
En eso estaba dispersa mi mente, mientras me paseaba a las afueras de la tienda, cuando de pronto una fría y escuálida mano me sostuvo de la muñeca con fuerza, haciéndome espabilar en el acto y voltear.
Detrás de mí, un viejo decrépito y de haraposas vestiduras me contemplaba sonriente.
Puso en mi mano un objeto y sin más, dijo:
―Hasta pronto, moza Ackerman ―y escapó, escabulléndose entre la gente, sin darme tiempo de reaccionar, de gritar llamándole o arrebatarme contra él.
Aquello que había dejado en mis manos era un papel, doblado en múltiples partes.
Los primeros segundos me quedé viéndolo con total impacto.
Luego lo desdoblé con ansiedad, aun nerviosa y expectante por lo que acababa de suceder. Al terminar de abrirlo reparé en que se trataba de una nota…
Mi respiración se cortó en el preciso momento en que la leí:
Te espero en el bosque, mañana. 7 en punto, ni más ni menos.
Es vital que asistas.
Kenny.
.
.
.
No sé qué decirles. Mañana tengo que simular una tesis y uff, eso acapara mi mente ahora jajaja.
Respecto a la escena de la oficina, les juro que nunca me había aventurado a escribir algo no tan implícito, sino más bien un poquito más explícito. Espero les haya gustado y no recaiga lo burdo.
Si el capítulo está cortito y flojo, perdonen, pero les di mis motivos más arriba.
Sólo diré que el capítulo 22 se viene bueeeeeeno.
Quiero mandar sinceros agradecimientos a quienes dejaron review en el cap anterior: verito aimer, Koisuruadict, Guest (ponte nombre :*) Shely E, Grethell Roman, sorarukiatakeno,Renesmee123, Nikkei-Chan, Karlin-Zeldi, Bianca, tentencita22, Milagros Aguero, Ara-Meth, KarinaAltamirano (feliz cumple xD), Guntherlina, CharlieMontgomery, Iniesta14, Isidora, Beruni zankio! (Beruani wujajaja ctm me cagué de la risa y vale por la buena onda, eres un amor ;u;).
Gracias por su comprensión y apoyo, y todos sus elogios. Significan todo para mí u.u
Me voy corriendo, D: ¡nos estamos leyendo!
¡Y trataré de no desaparecerme tanto!
Matt.
