Capítulo 20

Faro


Esta novela es mía, los personajes son de la señora Meyer. Mi Fanfic solo está publicado en fanfiction . net, y el uso indebido y sin permiso de éste escrito, es considerado robo intelectual.

¡Gracias por leer!


Cuando despierto, me encuentro solo. La sensación es espantosa porque el hecho de saber que Bella no está cerca me llena de una sensación de vacío.

—¿Bella? — la llamo.

Acto seguido, ella sale del baño enredada en una toalla y secándose el cabello.

—Estoy aquí.

—Joder, me diste un susto.

—¿Por qué?

—No me gusta despertar solo.

Niega ligeramente.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace poco— confieso al ver que me responde con total seriedad e indiferencia.

—Debe ser que hace un poco de frío.

Me muerdo los labios.

—Déjalo ya.

—¿Dejar qué?

—De actuar así, de indiferente. No soy tu enemigo.

—Sé que no, Edward— responde sentándose cerca de la cama con el cabello húmedo—, pero lo que pasó anoche.

—No insistiré.

—Me contaste cosas tan personales que… Me abrí demasiado contigo.

—¿Y te estás arrepintiendo de eso?

—No, al menos hasta que comienzas a insistir en que mi padre anda en malos pasos. Charlie es bueno.

No tan bueno como para ofrecer a su hija como salvación financiera, pienso.

—Sí tú confías en él, estoy bien con eso. Lo que no me parece y jamás me parecerá es esa idea absurda sobre tu…

—No comiences, por favor.

Apuño los ojos y coloco mis dedos sobre el puente de mi nariz. Parece que el mencionarlo, será la pelea de siempre.

—No quiero comenzar a pelear apenas comenzada la mañana. No me interesa ése hombre, me interesa que tú estés bien.

—No entenderé por qué tanto interés, Edward. Estamos bien ahora de la manera en que tú y yo llevamos las cosas. No deberías preocuparte por los asuntos de los demás. Saldré de tu vida en algún momento— comenta mirándome a la cara—. Eres… Un buen amigo— dice acariciando mi mano y yo fijo la vista en esa caricia y después sus ojos—. Por ahora, disfrutemos Italia. Es hermosa.

Asiento, con poco convencimiento y suspiro, tratando de dejar de lado todo.

—No hemos disfrutado como realmente planeamos hacer, ¿Cierto?

—¿Bromeas? —ríe—. Apenas salimos del aeropuerto, no ha habido ningún día que no hayamos tenido sexo.

Bueno, eso es cierto. Ha sido sexo maratónico desde hace una semana atrás y ha sido el mejor que he probado en toda mi vida, debo admitir. Ella parece tan contenta como yo en ese aspecto, pero siempre que comenzamos a hablar de su vida privada, mejor dicho, de su vida amorosa; todo se va a la mierda. Comenzamos a pelear.

Creo que de cierta forma, no he cumplido al cien por ciento con mi parte del trato. Hemos tenido sexo descomunal y convencional desde el inicio pero, ¿Qué pasa con las verdaderas lecciones? La prolongación del acto, del orgasmo, el reconocimiento propio del placer y de la misma pareja en sí. Necesitamos subir de ritmo, nivel, de intimidad.

—Quiero que intentemos algo diferente.

Se muerde los labios y se acerca a mí. Hablar de sexo la pone de buen humor.

—¿Qué cosa?

—Esta noche iremos a cenar a un lindo restaurante— digo tono seductor—, luego… Tal vez rentaremos una embarcación e iremos al mar… Y si aún te apetece, tendremos una buena lección que enseñarle a tu cuerpo. El mío está ansioso por empezar.

—Siempre que haces comentarios de ése tipo, algo dentro de mí se derrite— responde sin quitarme la vista de encima.

—Isabella, desde el momento en que te conocí tuve las más grandes de las fantasías.

—Y… ¿Puedo saber cuál es?

Sonrío de lado, acariciando su mentón.

—Tranquila, nena… Esta noche comenzarán a cumplirse mis deseos… Y tal vez los tuyos también.

—¿Cómo sabes cuáles son?

—Deseas lo mismo que yo— murmuro besando casi la piel de sus mejillas y ella cierra los ojos—. Tienes un alma blanca, pero un pensamiento oscuro. Somos diferentes, pero nos atraemos de una manera casi… Magnética. Eres el ying, yo el yang.

—Haces que el sexo suene poético. ¿Por qué nunca hablamos de él?

Me río.

—Soy mejor practicando que dando la teoría.

—No sé mucha teoría— murmura con tono de niña.

—No sabes mucho de mucho… Pero eres buena en vastas cosas. Cosas que a la gente le toma tiempo llegar.

—¿Cómo cuáles?

Llegar a mi alma¸ murmura el monstruo. Frunzo el ceño y niego.

—Yo… Creo que… Es decir…— balbuceo al verla a la cara y notar como el monstruo la mira fijamente.

Me quedo como un idiota. El animal dentro de mí se queda tranquilo al ver su rostro de ángel. Sonríe y se le forman dos hoyuelos en ambas mejillas, es adorable. La analogía más cercana que puedo tener de la situación es que, hay una animal, una bestia indómita que solo desea el egoísta consumación de su placer y para calmarlo, le hacen escuchar música. Soy el animal, ella es la melodía.

Suspiro, me siento fuera de mí.

—Tú sabes a lo que me refiero.

—La verdad es que no— sonríe apenas—, pero estoy ansiosa por aprender más.

Me hace gracia.

—¿Tú cuando no?

Y nos reímos juntos.


x-x-x

Hay un lugar en Capri, donde se puede nadar con el sol se sumerge en el mar: el Lido del Faro. Una bahía turquesa, terrazas de roca, un restaurante gourmet. Es un espectáculo cada noche: la puesta de sol en el mar.

En la punta extrema de la isla, frente al mar abierto, dominado por el gran faro de Punta Carena. Abajo entre el Mediterráneo y las paredes defensivas construidas por los británicos, se llega al Lido del Faro. Y una vez que está aquí se entiende por qué esto es de acuerdo a muchos el lugar máshermoso en la isla: las rocas blancas y escarpadas crean una pequeña bahía, más alta, casi oculta por el tojo y zonas verdes, se puede ver un antiguo fuerte.

Esa noche, hago una reservación en el restaurante Lido del faro, en punta Carena. El lugar está a veinte minutos de nuestro hotel y aunque podemos ir a un lugar más cercano, lo decido así porque está muy cerca del mar y se acopla perfectamente a mis planes.

—¿Estás lista? — le pregunto a Bella mientras me acomodo los botones de los puños de mi camisa.

He optado por vestir un pantalón gris con saco acorde y camisa azul mate. Me acomodo la corbata y la camisa.

—Estoy lista— dice una voz a mi espalda.

Me giro y no puedo evitar que me arranque una sonrisa.

Lleva un vestido negro liso de manga corta que le cae un poco por los hombros. Es elegante y se ajusta perfectamente a su figura, mientras ondas le caen por la espalda y los brazos.

—Luces bellísima.

—Gracias.

Le doy mi brazo para escoltarla.

—¿Nos vamos?

—Por supuesto— y se cuelga de él.

Salimos del hotel y encontramos a un Maybach Landaule. Este auto, está diseñado como una limusina para que la maneje un chofer. La parte convertible de material blando se abre desde el pilar B para atrás, para que el pasajero en la parte trasera pueda disfrutar el paisaje y el sol, también me gusta porque nos da la suficiente privacidad al separar al chofer de los pasajeros, como los autos antiguos. Apenas salió en el catálogo, me comuniqué para pedir uno en color negro mate.

Aldo, nos abre la puerta mientras Bella le sonríe.

—Hola, Aldo. ¿Cómo le va? —saluda.

—Excelente, signorina.

Yo alzo una ceja porque me siento incómodo. Sé que es un hombre mayor, pero la idea de que sea tan cercano a Bella, no me parece. No quiero sonar pedante ni posesivo, así que me tranquilizo.

—Al restaurante que le indiqué— digo acomodado en el asiento.

—Por supuesto, signor Cullen— responde el chofer y comenzamos a andar.

El trayecto podría ser divertido, si comienzo adentrar a Bella en lo que le espera ésta noche.

—Pensé que quizá te podría gustar lo que tengo para hoy— murmuro en la privacidad de nuestro lado.

Ella sonríe.

—Ni siquiera sé qué haremos hoy.

—Bueno— comento—, me gustaría que por el momento te concentraras en pensar a dónde quieres ir. El clima en bote puede ser muy friolento, quizás debamos cancelar eso.

—Me parece viable.

—Así que, una cena… ¿Y después?

Palmea mi rodilla de forma amistosa.

—Ya se nos ocurrirá qué hacer— y me guiñe un ojo.


x.x.x.

Cuando llegamos a Lido del faro, lo primero que me doy cuenta, es que estamos muy cerca de la costa. El faro ilumina parte de la rocosa montaña y el restaurante luce tan fresco y costero que me da una sensación de comodidad. Tiene cielos hechos de palma con pilares de maderas. Un número considerable de mesas hacia el fondo, donde hay manteles blancos y centros de mesas de vidrio con agua color verde jade y un ramo de gardenias en la punta del florero. Luce elegante. Le indico al hombre en puesto, que hay una reserva de Anthony Masen. Inmediatamente nos hacen pasar y nos dan un puesto cerca de la pared, de donde cuelgan cuadros al óleo y material de granito. Es buen lugar, ya que el clima frío no es molestia alguna.

—Bienvenidos a Lido del faro— se presenta un mesero—, mi nombre es Hernán. Aquí tienen las cartas de los menús.

—Gracias— decimos en unísono Bella y yo.

—Cuando estén listos para ordenar, me pueden llamar.

Bella alza una ceja sonriente.

—Es agradable encontrar servicio que hable tu propio idioma.

Yo asiento.

—Me gusta que te sientas cómoda.

—Pues que considerado al tenerlo en cuenta. La vista es preciosa, Edward. Seguro que no pasó desapercibido para ti.

—¿Cómo podría ignorar esto? Llegamos a buena hora— celebro—, en una hora y media estará atardeciendo y podremos ver la puesta de sol.

—Vaya— pone las manos bajo su barbilla—. Que romántico.

—No soy romántico — le aclaro—, pero puedo ser detallista. ¿Crees que solo soy cuentas y contratos? No, Isabella. También soy humano, y soy un hombre. Puedo entender lo que las chicas quieren.

—Crees saber— me taja.

—¿A qué te refieres?

—Bueno— titubea moviendo un tenedor de manera ausente—, no creo que podrías darme un ejemplo.

Yo alzo una ceja.

—Creo que sé lo que quieren exactamente. Conozco muchas.

—¿Y podrías afirmar con base en tus experiencias, qué es lo que quiero yo?

La miro a los ojos fijamente y dentro de ellos, veo un brillo que sacude mi alma. ¿Qué es lo que quiere Isabella Swan? ¿De qué? ¿De la vida? ¿De su familia? ¿De un hombre en especial?

—Eso no es justo.

—Anda, dime— mueve las manos hacia enfrente en forma de negación—. Te invito a que me digas lo primero que pensaste de mí y después, lo que piensas ahora.

—No creo que eso sea posible, eres una dama, yo hasta cierto punto un caballero. No me permitiría hablar de ti.

—Entonces, eso quiere decir que pensabas algo malo de mí. Los caballeros solo se guardan la intimidad y las malas cosas que piensas de las mujeres. En todo caso, si fuese algo bueno, ya me lo habrías dicho, ¿No?

—Eres inteligente aun con los temas más banales, Isabella. Me sorprendes, una vez más.

—Mis sospechas son ciertas— murmura ladeando la cabeza.

Parpadeo y suspiro.

—Ordenemos primero, después resolveré tus dudas.

—¿Es una promesa?

—Yo no hago promesas que no puedo cumplir.

Se muerde los labios y se queda pensativa. ¿Por qué se toma tan literal lo que le digo? ¿Acaso hice algo que prometí no hacer? Después de un rato de silencio y el ruido mental de sus pensamientos, asiente. Muevo la mano, mandando a llamar al mesero y comenzamos nuestra orden.

Al cabo de unos diez minutos, hay una botella de Château Vieux Poirier, 2011. Es aromático, olor a fruta fresca. Al gusto es suave, maduro y lleno de fruta, con un tipo de uva Malbec, Merlot. Muy recomendado para acompañar carnes rojas y quesos semicurados.

Degustamos una copa mientras nuestra orden llega.

—Ahora me dirás…

—Pensé que ya lo habías olvidado.

Se cruza de brazos sutilmente.

—Parte de mi encanto es tener excelente memoria, Edward. No puedes hacer que me olvide de esto si me interesa demasiado.

Niego levemente pensando si después de todo, me olvidará cuando todo acabe. ¿Qué mierdas estoy pensando? Desvío la mirada hacia los demás comensales y suspiro.

—¿Por dónde quieres que empiece?

—Porque me digas que pensabas de mí.

—Es incómodo… ¿No lo es para ti?

—Hemos hecho un montón de cosas. ¿Hablas con personas reales te incomoda?

La verdad sí.

—No.

—¿Y bien?

—Ya que insistes, te diré. Recién llegada la noticia de tu llegada a la empresa, te imaginé como toda una mujer plástica, a la que se padre le daba empleo para mantenerla alejada de su tarjeta de crédito… Cosa por cierto, ¿Qué has hecho con la que te di?

—Está guardada— dice con un sonrojo.

—¿Cuántas bragas te he reventado?

—Lo que va hasta ahora, todas. Ahora uso unas mías.

—Mañana irás por más… Pero irás conmigo.

Pone los ojos en blanco.

—Eres un exagerado.

—Permíteme tener el honor de ver lo que voy a reventar cuando te coja.

—¿Cuál es el punto sino será sorpresa? — pregunta divertida.

—Buen punto. Está bien, solo te acompañaré. Luego iremos a la ciudad a turistear y después volveremos.

—No vas a dejarme sola, ¿Verdad?

—¿Por qué lo preguntas? ¿Es que acaso piensas huir con alguien?

Ella se ríe pero yo no la sigo, mi pregunta es totalmente seria. Al darse cuenta se detiene y Hernán llega con nuestros platillos.

—Aquí tienen, si se les ofrece algo más. No duden en llamarme.

—Gracias — dice Bella y yo sigo mirándola fijamente con seriedad. Me sostiene la mirada y suspira—. ¿Por qué me miras así? No era en serio tu pregunta, ¿Verdad?

—Hablo completamente en serio.

—Dios, ahí vas de nuevo.

—Vamos a ir juntos, quieras o no. Dentro del tiempo que hemos acordado, eres mía. Mía nada más— espeto.

—Nadie dijo lo contrario, Edward. Cielos—tira la servilleta de tela sobre la mesa—, pareciera que estás celoso.

Inhalo violentamente, pero ella no lo nota.

—¿Te parecería raro?

—Absurdo— responde—. Bien dijiste que somos amigos. ¿Acaso celas mi amistad?

—No me tientes Isabella. No ahora que tienes ese jodido vestido que quiero arrancarte con los dientes.

Bella contrae las piernas y suspira a medio jadeo.

—Para.

—¿Qué?

—Para de seducirme… No aquí, Edward…

—¿Por qué? La última vez que lo hicimos en un restaurante te gustó— alzo una ceja y me remojo los labios.

—Eres diabólico, Edward Cullen. Primero me celas, después me seduces… Me volverás loca. Ya lo haces.

—¿Por qué no te rindes a la pasión?

—Eres injusto, usas el sexo como arma contra mí…

—Uso lo que tengo a mi alcance para que te dejes llevar, Isabella.

—No aquí, no ahora— suplica y eso me excita hasta la locura.

—¿Por qué no? — digo acariciando su pierna y ella respinga de placer cuando uno de mis dedos comienza a tocar su muslo interno.

Se muerde la boca suavemente mientras cierra los ojos y después gimotea. Luego me mira a la cara con gesto nervioso y suspira.

—En primera, porque amo este vestido. En segunda, porque son el último par de bragas que tengo intactos y en tercera, porque si te digo que sí, no saldremos de ese baño ahora. Y yo quiero ver el atardecer.

Alejo lentamente mi mano y ella suspira con alivio.

—Me debes al menos tres orgasmos.

—¿Tres? — inquiere atónita.

—Tuyos, Isabella… Ahora, come. Te daré la puesta de sol que tanto deseas, pero después, serás solo mía.

Ella tiembla ante la expectación de mis palabras.

—No sé cómo haces eso, Edward.

—¿Hacer qué? — inquiero cortando mi comida.

—Me desarmas por completo. Coges incluso con esas palabras que te sacas casualmente del bolsillo. Yo… No sé.

Me quedo mirándola fijamente. Es lo mismo que siento yo, pero no se lo digo.

—Con respecto a tu pregunta anterior, no creo que seas nada de lo que alguna vez juzgué de ti.

Se muerde los labios y después prueba de su copa.

—¿Y ahora?

—Eres… Lista, inteligente, divertida y muy educada. Creo que si pudieses, llevarías a cargo una corporación multinacional. Sabes lo que quieres y eres honesta…

—No soy honesta— me interrumpe agachando la mirada.

—Que estemos aquí no prueba lo contrario. Uno de tus defectos, cariño. Das mucho por los demás. Me encantaría que la gente viese los sacrificios que haces por los demás. Estamos aquí a causa de tu… Bueno. Sabes quién— comento sin lograr omitir mi molestia.

—Qué ironía— se ríe—, le fui infiel para que él estuviese contento conmigo.

—No me gusta esa palabra. Eres integra, Isabella. Después de todo lo que piensas de ti y de lo malo que crees haber hecho, no eres más que una chica que busca el bienestar de los demás, por encima del propio. Y eso, hasta cierto punto me molesta.

—¿Por qué?

—Nadie hará lo mismo por ti, porque tiene el mismo corazón que tú.

Se queda boquiabierta y me mira fijamente. El monstruo la mira embelesado.

—¿Ni siquiera tú que ahora lo sabes?

—¿Yo? ¿Esperas eso de mí?

—Espero mucho de las personas, si no te has dado cuenta.

—Otro gran error— le tajo y tomo su mano por encima del mantel. Sus ojos chispeantes por la caricia me lo dicen todo: está sorprendida—, pero eso no va conmigo, Bella. Yo no te fallaría y ten por seguro, que haría eso y más por verte bien. Feliz.

—¿Por qué lo harías?

—No lo sé— respondo con seguridad—, pero no dudaría en hacerlo. No si es por ti.

Se aleja de mi mano y niega mientras ríe.

—¿Lo dices siempre? A esas chicas que quieren una noche contigo…

Su pregunta me sorprende.

—¿Qué te hace pensar que es así?

—Eres Edward Cullen. Eres un mujeriego, me lo has dicho miles de veces, escondidas las palabras pero ahí están.

Su prejuicio me hiere.

—¿Y qué tal si te dijera que lo que hago es por vez primera y honestamente?

Me sostiene la mirada.

—¿En serio quieres que te diga?

—Claro.

—Diría que te estás enamorando de mí, Edward. Pero, ¿Qué posibilidad tiene la alumna de ser el igual al maestro? No debes jugar con fuego.

Las palabras se atascan en mi garganta y soy incapaz de continuar. ¿Jaque Mate? ¿Qué diablos pasa conmigo, por mi cabeza? Se supone que debo ser capaz de llevar esto sin ningún tipo de lazo, pero no quiero continuar esta conversación. Me entretengo bebiendo de mi copa y gracias a todo lo santo, la música comienza a sonar, rompiendo la tensión, esperando no mal interpretar mi silencio. Al fondo se escucha O sole mío. Bella interrumpe y salva la conversación.

—Esa canción es tan típica italiana— susurra—, ¿No crees?

Nos miramos fugazmente a los ojos y después, ambos, al mismo tiempo evitamos el contacto visual.

—Sí— respondo tocando nerviosamente mi nuca—, está muy acorde.

—Sería… Interesante escuchar algo más rítmico.

—¿Cómo…? ¿Cómo para bailar?

—Sí— exclama con nerviosismo.

Trato de relajarme y recobrar la compostura.

—¿Sabes bailar?

—Me sé defender un poco.

—Ya lo veremos— me sonrío.

Comenzamos a comer y luego de todo, nos acoplamos a un cómodo silencio.


x.x.x.x

Cuando pago la cuenta, le pido un favor al mesero y éste accede dándome una pequeña cajita en blanco con dos cubiertos desechables, Bella no se inmuta.

Faltan como diez minutos para que el sol se oponga y cuando Aldo se acerca, le indico que estamos bien y que nos espere en el auto. Este asiente, pero Bella se sorprende.

—¿No nos íbamos ya?

—¿Y perdernos la puesta de sol que tanto esperaste ver? — la tomo de la mano suavemente—. Ven, quiero mostrarte algo.

Se muerde los labios y me sigue sin rechistar.

Caminamos hasta una parte rocosa, cerca del acantilado del mar. Ahí, hay un montículo de piedras blancas. Le limpio una para que se siente frente al sol y me siento a su lado. Frente a nosotros hay una hermosa vista color aqua y un naranja con un azul fusionados. Sus ojos brillan encantados.

—Que hermoso. Nunca había visto algo así de hermoso e increíble en toda mi vida.

La miro a la cara, fijamente sin pestañear. Un sordo suspira se escapa de entre mis labios.

—Ni yo— respondo ido, delineando, devorando cada línea de su rostro, de su piel.

—Me hace sentir en el cielo. Creo que en cualquier momento veré un ángel salir de entre las nubes.

Yo creo que ya está aquí el ángel, piensa el monstruo mientras intenta tocar apenas, mechones de su largo cabello, ése que cae por su espalda y el viento se burla de él, por ser él quien la toca y no el monstruo.

Cuando se gira, desvío la vista y parpadeo, haciéndome el occiso.

—¿No crees que la vista es bellísima?

—Arrebatadora, diría yo— contesto riendo como un adolescente en su primera cita.

Se da cuenta del paquete blanco y se muerde el dedo índice, juguetona.

—¿Qué es eso?

—Ah, lo había olvidado. Pensé que… Siempre pides postres… Podría escoger uno… Para… Los dos…— sonrío enseñándole los cubiertos.

—¡Oh! ¿Comer los dos? Suena a cita de adolescentes… ¿Tratas de sorprenderme?

Tal vez.

—Solo es un pequeño detalle— digo como quien no quiere la cosa.

—Pues me ha gustado— responde tomando el paquete y lo abre al par de eso grandes ojos cafés—, ¿Pastel de chocolate?

—Tu favorito, siempre lo pides con una bola de nieve de vainilla encima.

—No sé qué decir.

—Que deberíamos comenzar a comerlo antes de que se derrita.

—Bien pensado— sonríe.

Comenzamos a partir la rebanada y ambos degustamos. Dos pequeños hoyuelos se forman en sus mejillas y yo no puedo evitar reír. Todo es tan perfecto, dentro de mi fuerza de mando. Saco el celular y comienzo a tomarle fotos sin pensarlo.

—¿Qué haces?

—Memorias de éste día.

Se ríe y me planta un beso profundo y dulce. Me quedo sin aliento. Coloca ambos brazos por encima de mis hombros y yo la alzo del suelo. Nos entregamos chocando nuestras lenguas con profundidad y al despegarme de su boca, cierro los ojos apoyando la frente contra la suya.

—Sabes dulce.

—Es por el pastel— me recuerda sin despegarse.

No, eres tú, pienso.

No la dejo tocar el suelo, hasta que recuerdo su confesión. La tarde muere lentamente hasta que nos quedamos a oscuras. La luz del faro y del cielo es nuestra única guía.

—Es el momento, ¿No crees?

—¿De qué?

—De demostrarme que tan buena eres… ¿Bailando?

—Te lo podría demostrar si al menos hubiera una pista— dice y la coloco suavemente en el suelo.

—¿Crees que eso es impedimento?

Busco entre mis aplicaciones y reproduzco una canción aleatoria.

La voz de un hombre en un tono mezcla de Jazz y Blues, suena lentamente. La tomo de la mano y ella me sonríe. Ya reconozco la pieza, es These arms of mine, ¿Por qué precisamente esta canción? Nos balanceamos lentamente en el pasto. Apenas veo su rostro y ella el mío. Me aferro a su cintura y me pierdo en el tacto de su piel. Bella se recarga en mi cuerpo y su calor me invade, es como parte del mío. Lo que me falta cada vez que me alejo de casa, su calor, su tacto. Me hace sentir yo mismo. ¿Y si estoy perdiendo la cabeza de la manera en que me prometí jamás hacerlo? ¿Y si ella realmente tiene razón? Tiemblo por dentro, no puedo permitirme esto. Apenas y nos conocemos. No puede haberse metido tan profundamente a mi alma, como para ver al monstruo, enfrentarse a él y dormir a su lado por las noches.

Quizás me falta ser más distante con ella, pero no puedo luchar contra el instinto sobreprotector que me nace cuando está cerca de mí. Parece la única luz enceguecedora de mi mundo, el faro de ésta isla, mi isla personal.

Me hace sentir incómodo. Mi mente rechaza cualquier señal de afecto, por más mínimo que éste sea. Pero mi cuerpo, mi cuerpo reclama esta mujer. Quiero que sea mía y temo que, el tiempo que nos resta en éste paraíso alejado del mundo, no sea suficiente.


¿Creen que alguien se esté confundiendo? Un capítulo dulce (porque ya me hacía falta ver tierno a éste hombre tan inquietante) xD

Gracias por la espera, ¿Ya 20 capís escritos? :O ¡Santo Dios! ¡Qué emoción! De verdad que estoy feliz.

Gracias por leerme y todos sus reviews, espero de corazón haber ganado su estima y su aprecio.

¿Alguna teoría de lo que pasará?