La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.
Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.
También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.
Tal y como Isabella, había temido, la impetuosa acusación que hiciera en el baile de los Hardcastle había creado un pequeño pero indiscutible distanciamiento entre ella y su marido. Deseaba disculparse y explicarle que no lo culpaba de nada. No obstante, todos sus esfuerzos por decirle que no se arrepentía de haberse casado con él eran suave pero firmemente rechazados. Edward, que siempre estaba dispuesto a discutir cualquier asunto, se negaba en redondo a debatir aquella cuestión.
De forma involuntaria, lo había herido con la delicada precisión de un bisturí y la reacción de su marido revelaba cierto sentimiento de culpa por haberla separado del mundo de la clase alta al que ella había soñado una vez pertenecer.
Para alivio de Isabella, su relación volvió rápidamente a ser como antes: divertida, estimulante e, incluso, afectuosa. Aun así, a ella le preocupaba saber que las cosas no eran del todo iguales. Había momentos en los que Edward se mostraba un poco retraído con ella, puesto que ahora ambos sabían que tenía poder para herirlo. Parecía que sólo le permitía acercarse hasta cierto límite, y se protegía a sí mismo imponiendo una distancia prudencial entre ellos. De cualquier forma, le prestaba ayuda y apoyo cuando lo necesitaba... y ahí lo demostró la noche en que se presentó un problema que provenía de una dirección inesperada.
Edward había llegado a casa a una hora inusualmente tardía, tras haber pasado todo el día en la fábrica de la Consolidated Locomotive. Pasar un día en aquel lugar equivalía a regresar al Rutledge con la ropa hecha un desastre y un fuerte olor a humo de carbón, a aceite y a metal.
-¿Qué has estado haciendo? -exclamó Isabella, divertida y alarmada a un tiempo por su aspecto.
-Pasear por la fundición -replicó Edward, que se quitó el chaleco y la camisa tan pronto como atravesó la puerta de su dormitorio.
Isabella le dirigió una mirada escéptica.
-Has hecho algo más que «pasear». ¿De qué son esas manchas que tienes en la ropa? Da la impresión de que hubieras tratado de construir la locomotora tú mismo.
-Hubo un momento en el que se necesitó algo de ayuda extra - Su torso, de músculos bien desarrollados, quedó expuesto cuando dejó caer la camisa al suelo. Parecía estar de muy buen humor. Al ser un hombre fundamentalmente físico, Edward disfrutaba ejercitándose, sobre todo cuando encaraba la perspectiva de algún peligro. Con el ceño fruncido, Isabella fue a preparar la bañera en el cuarto de baño adyacente y regresó para descubrir que su marido estaba vestido únicamente con la ropa interior. Tenía un cardenal del tamaño de un puño en la pierna y una marca roja de quemadura en la muñeca que lograron que Isabella exclamara con inquietud:
-¡Estás herido! ¿Qué ha pasado?
Edward pareció momentáneamente perplejo por su preocupación y por la forma en que ella se había acercado a él.
-No es nada -dijo al tiempo que alargaba la mano para atrapar la cintura de su mujer. Ella le apartó las manos y se arrodilló para inspeccionar el moratón de la pierna.
-¿Con qué te has hecho esto? -inquirió mientras rozaba el borde de la magulladura con la punta del dedo.
sido en la fundición, ¿no es así? Edward Masen, ¡quiero que te mantengas alejado de ese lugar! Con todas esas calderas, grúas y cisternas la próxima vez, lo más seguro es que te aplasten, o que acabes hervido, o lleno de agujeros...
- Isabella... -La voz de Edward destilaba buen humor. Se inclinó para cogerla por los codos y la ayudó a ponerse en pie puedo hablar contigo mientras estás arrodillada delante de mí de ese modo. No de forma coherente, al menos. Puedo explicarte exactamente... -Se detuvo un instante, y sus ojos verdes adquirieron un brillo extraño al observar la. Expresión de Isabella -. Estás enfadada, ¿no es cierto?
-¡Cualquier esposa lo estaría si su marido regresara a casa en semejantes condiciones!
Edward colocó la mano detrás de su cuello y le dio un ligero apretón.
-Estás reaccionando de una manera algo exagerada ante un moratón y una pequeña quemadura, ¿no te parece?
Isabella frunció el ceño.
-Primero dime lo que ha ocurrido y después decidiré cómo debo reaccionar.
-Había cuatro hombres tratando de sacar una plancha de metal de un horno con unas tenazas de mango largo. Tenían que llevarla hasta un bastidor donde podrían enrollarla y comprimirla. La plancha de metal resultó ser algo más pesada de lo que esperaban y, cuando se hizo evidente que estaban a punto de dejar caer esa maldita cosa, cogí otro par de tenazas y fui a ayudar.
-¿Por qué no lo hizo alguno de los trabajadores de la fundición?
-Porque dio la casualidad de que era yo quien se encontraba más cerca del horno. -Edward se encogió de hombros en un esfuerzo por restar importancia al episodio-. Me hice el moratón al golpearme la rodilla contra el bastidor antes de que consiguiéramos dejar la plancha... Y la quemadura, cuando las tenazas de alguien me rozaron el brazo. Pero no es nada. Yo me curo rápido.
-Vaya, ¿y eso es todo? -preguntó Isabella -. ¿No has hecho otra cosa que levantar cientos de kilos de hierro al rojo vivo en mangas de camisa?.. Soy una estúpida por preocuparme.
Edward inclinó la cabeza hasta que sus labios rozaron la mejilla de su esposa.
-No tienes que preocuparte por mí.
-Pues alguien debe hacerlo. - Isabella era consciente de la fuerza y la solidez de ese cuerpo, tan cerca del suyo. Ese esqueleto de huesos grandes estaba cargado de fuerza y elegancia masculina. Sin embargo, Edward no era invulnerable, ni tampoco indestructible. No era más que un hombre y a Isabella le resultó bastante alarmante darse cuenta de lo importante que era su seguridad para ella. Se apartó de él y fue a revisar el agua del baño al tiempo que decía por encima del hombro-: Hueles como un tren.
-Con una chimenea enorme -replicó él, que le pisaba los talones.
Isabella resopló con sorna.
-Si estás tratando de hacerte el gracioso, no te molestes. Estoy furiosa contigo.
-¿Por qué? -murmuró Edward, que la atrapó desde atrás-. ¿Porque estoy herido? Créeme, todas tus partes favoritas se encuentran en plena forma. -La besó en un lado del cuello.
Isabella tensó la espalda para resistirse al abrazo.
-Me importa un comino si saltas de cabeza a un tanque de hierro fundido; si eres tan estúpido como para ir a la fundición y no llevar la ropa apropiada...
-Sopa del infierno. - Edward acarició con la nariz los delicados mechones de la nuca mientras una de sus manos ascendía para encontrar un pecho.
-¿Qué? -inquirió Isabella, preguntándose si su marido se había limitado a soltar un nuevo juramento.
-Sopa del infierno... Así es como llaman al hierro fundido -Sus dedos rodearon el molde reforzado del pecho, elevado y rígido de forma artificial gracias al armazón del corsé-. ¡Por Dios Santo! ¿Qué llevas debajo de este vestido?
-Mi nuevo corsé modelado al vapor. Esa ropa interior de moda, importada desde Nueva York, había sido intensamente almidonada y comprimida sobre una superficie de metal, lo que le confería más rigidez a la estructura que la del corsé convencional.
-No me gusta. No puedo sentir tus pechos.
-Se supone que no debes hacerlo -dijo Isabella con fingida paciencia; puso los ojos en blanco cuando él alzó las manos hasta su pecho para apretar con el fin de comprobado-. Edward..., el baño...
-¿Quién fue el idiota que inventó los corsés en primer lugar? -preguntó con un gruñido mientras se apartaba de ella.
-Un inglés, por supuesto.
-No podía ser otro. -La siguió cuando ella se dirigió a cerrar los grifos de la bañera.
-Mi modista me ha dicho que los corsés solían ser túnicas que se vestían como símbolo de servidumbre.
-¿Y por qué estás tan dispuesta a ponerte un símbolo de servidumbre?
-Porque todas las demás lo hacen y, si no lo hiciera, mi cintura resultaría, en comparación, como la de una vaca.
-Vanidad, tu nombre es mujer -recitó, al tiempo que dejaba caer sus calzones sobre el suelo de baldosas.
-Y supongo que los hombres llevan corbata porque son increíblemente cómodas, ¿no? -preguntó Isabella con dulzura, sin dejar de observar cómo su marido se metía en la bañera.
-Llevo corbata porque, si no lo hiciera, la gente creería que soy aún más incivilizado de lo que ya soy.
Descendiendo con cautela, ya que la bañera no había sido diseñada para un hombre de su tamaño, Edward dejó escapar un siseo de agrado cuando el agua caliente le rozó la cintura. Isabella se colocó a su lado y pasó los dedos por su abundante cabello mientras murmuraba:
-No saben ni la mitad. Espera..., no metas el brazo en el agua. Te ayudaré a bañarte.
Mientras lo enjabonaba, Isabella hizo un placentero inventario del enorme y bien ejercitado cuerpo de su marido. Sus manos se deslizaban muy despacio sobre los duros músculos, en algunos lugares abultados y marcados y en otros, suaves y sólidos. Sensual como era, Isabella no se esforzó por ocultar el placer que le proporcionaba y la contempló de forma perezosa a través de los párpados entornados. Se le aceleró la respiración, si bien todavía era bastante regular, y sus músculos se volvieron como el acero debido a las caricias de las yemas de los dedos de Isabella.
El silencio de la habitación alicatada sólo se veía roto por el ruido del agua y el sonido de sus respiraciones. De forma distraída Isabella metió los dedos entre el vello enjabonado de su pecho mientras recordaba la sensación que éste causaba sobre sus senos cuando el cuerpo de su marido se movía sobre el suyo.
-Edward -susurró.
Él alzó los párpados y sus ojos verdes se clavaron en ella. Una de esas grandes manos se deslizó sobre la de ella para apretada contra los duros contornos de su pecho.
-¿Sí?
-Si alguna vez te ocurriera algo, yo... -Hizo una pausa al escuchar el sonido de una vigorosa llamada a la puerta de la suite. Su ensoñación se hizo pedazos debido al impertinente ruido-. Me pregunto quién podrá ser...
La interrupción provocó que una expresión de contrariedad apareciera en el semblante de Edward.
-¿Has pedido algo?
Isabella negó con la cabeza y estiró la mano en busca de una toalla para secarse las manos.
-No hagas caso.
Ella sonrió con amargura cuando los golpes se volvieron más insistentes.
- No creo que nuestro visitante se rinda con tanta facilidad. Supongo que tendré que ir a ver quién es.
Salió del cuarto de baño y cerró la puerta con cuidado para permitir que Edward se lavara en la intimidad. Caminó a grandes pasos hasta la puerta de la suite y la abrió.
-¡Seth! -El placer que sentía se desvaneció al instante al ver la expresión de su hermano. Su rostro adolescente estaba pálido, con la mirada perdida y la boca apretada en una fina línea. No llevaba sombrero ni chaqueta y su cabello estaba completamente despeinado.
-Seth, ¿pasa algo malo? -preguntó mientras lo invitaba a pasar.
-Podría decirse que sí. Al ver el pánico apenas oculto en su mirada, Isabella lo observó con creciente preocupación.
-Dime qué ocurre.
Seth se pasó una mano por el pelo, lo que sólo consiguió que los abundantes mechones de cabello castaño dorado se quedaran de punta.
-La cuestión es que... -Se detuvo un momento con expresión confundida, como si no pudiera creer lo que estaba a punto de decir.
-¿Cuál es la cuestión? -quiso saber Isabella -La cuestión es que... nuestra madre acaba de apuñalar a alguien.
La joven contempló a su hermano con perplejidad. Poco a poco, un ceño fruncido se instauró en sus rasgos.
-Seth -dijo con seriedad-, es la broma de peor gusto que jamás has...
-¡No es una broma! ¡Maldición, ojalá lo fuera!
Isabella no hizo esfuerzo alguno por ocultar su escepticismo.
-¿Y a quién se supone que ha apuñalado?
-A lord James. Uno de los viejos amigos de papá, ¿lo recuerdas?
De pronto, la sangre desapareció del rostro de Isabella y una expresión de horror vino a sustituida.
-Sí -se escuchó susurrar a sí misma-. Lo recuerdo.
-Al parecer, el hombre fue a casa esta noche mientras yo estaba fuera con mis amigos, pero regresé a casa temprano y, cuando atravesé el umbral vi la sangre en el suelo de la entrada.
Isabella sacudió la cabeza ligeramente mientras trataba de asimilar el significado de esas palabras.
-Seguí el rastro hasta el salón -continuó Seth-, donde la doncella de la cocina estaba en medio de un ataque de histeria, y el criado trataba de limpiar un charco de sangre de la alfombra mientras mamá permanecía inmóvil como una estatua, sin decir una palabra. Había unas tijeras ensangrentadas sobre la mesa..., esas que usa para la costura. Por lo que pude entender a los sirvientes, James entró en el salón con mamá, se les oyó discutir a voces y después James salió tambaleándose con las manos apretadas contra el pecho.
La mente de Isabella comenzó a trajinar al doble de su velocidad habitual y sus ideas volaron de forma enloquecida. René y ella siempre le habían ocultado la verdad a Seth, quien había estado en la escuela en todas las ocasiones que James había hecho una visita. Por lo que Isabella sabía, su hermano no tenía conocimiento alguno de que James iba a su casa. Se sentiría destrozado si comprendiera que parte del dinero que pagaba las cuentas del colegio se había obtenido a cambio de... No, no debía descubrirlo. Ya inventaría alguna explicación. Más tarde. En aquel momento, lo más importante era proteger a René.
-¿Dónde se encuentra James ahora? - preguntó la joven- ¿Es muy grave su herida?
-No tengo la menor idea. Al parecer, se encaminó a la puerta trasera, donde lo aguardaba su carruaje, y lo ayudaron su propio lacayo y su cochero. -Seth sacudió la cabeza con frenesí-. No sé dónde lo apuñaló mamá, ni cuántas veces; ni siquiera por qué. Ella no lo dijo... Se limitó a mirarme como si no pudiera recordar ni su propio nombre.
-¿Dónde está ella ahora? No me digas que la has dejado sola en casa...
-Le dije al criado que no la perdiera de vista ni un segundo, y que no la dejara... -Seth guardó silencio y dirigió una mirada precavida por encima del hombro de Isabella -. Hola señor Masen. Siento mucho interrumpir su velada, pero he venido porque...
-Sí, lo he oído. Tu voz se escuchaba también en la habitación de al lado-. Edward se quedó allí de pie mientras se introducía con calma los faldones de la camisa en los pantalones, pero su mirada, alerta no se apartó ni un instante de Seth.
Al darse la vuelta, Isabella se quedó helada al ver a su marido. Había ocasiones en las que no recordaba lo intimidante que podía resultar Edward, pero, en ese instante, con esos ojos inmisericordes y esa falta total de expresión, parecía tan duro como un asesino a sueldo.
-¿Por qué fue James a la casa a semejantes horas? -se preguntó Seth en voz alta, con una expresión de intensa preocupación en su rostro adolescente-. ¿Y por qué diablos lo recibió mamá? ¿Qué la habrá provocado hasta un punto semejante? Debe de haberla molestado de algún modo. Seguro que ha dicho algo acerca de papá... O puede que incluso le haya hecho una proposición deshonesta, ese asqueroso bastardo.
Durante el tenso silencio que siguió a las inocentes especulaciones de Seth, Isabella abrió la boca para decir algo, pero Edward negó levemente con la cabeza para silenciarla. Volvió su atención a Seth y dijo con voz fría y baja:
-Seth, corre hasta los establos que hay detrás del hotel y ordena que enganchen los caballos a mi carruaje. Y diles que ensillen mi caballo. Después de eso, ve a casa para recoger la alfombra y las ropas manchadas de sangre y llévalas a la fábrica de locomotoras: el primer edificio del complejo. Menciona mi nombre y el capataz no te hará preguntas. Allí hay un horno...
-Sí -dijo Seth, que comprendió de inmediato-. Lo quemaré todo.
Edward asintió con brevedad y el muchacho corrió hacia la puerta sin decir otra palabra. Cuando Seth abandonó la suite, Isabella se giró hacia su marido.
-Edward, yo... quiero ir con mi madre...
-Puedes irte con Seth.
-No sé qué hacer con lord James...
-Lo encontraré -dijo Edward con gravedad-. Tan sólo reza para que la herida sea superficial. Si muere, será endiabladamente difícil tapar todo este lío.
Isabella asintió con la cabeza y se mordió el labio antes de decir:
-Creí que por fin nos habíamos librado de James. Ni se me ocurrió pensar que se atrevería a visitar a mi madre de nuevo después de que me casara contigo. Al parecer, no hay nada que lo detenga.
Él la agarró por los hombros y dijo con una suavidad casi escalofriante:
- Yo lo detendré. Puedes quedarte tranquila a ese respecto.
Isabella lo observó con el entrecejo fruncido por la preocupación. -¿Qué planeas hacer al...?
-Hablaremos más tarde. Ahora, ve a coger tu capa.
-Si Edward-susurró mientras se dirigía al armario.
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Cuando Isabella y Seth llegaron a casa de su madre, encontraron a ésta sentada en las escaleras, con un vaso de licor apretado entre las manos. Parecía pequeña, casi una niña, y a Isabella se le encogió el corazón al contemplar la cabeza gacha de su madre.
-Mamá-murmuró al tiempo que se sentaba en el escalón junto a ella.
Colocó un brazo alrededor de la espalda encorvada de la mujer. Entretanto, Seth asumió una actitud metódica mientras ordenaba al criado que lo ayudara a enrollar la alfombra del salón y a trasladarla hasta el carruaje que lo esperaba en la puerta. A pesar de la preocupación que la embargaba, Isabella no pudo evitar darse cuenta de que el muchacho estaba llevando la situación extraordinariamente bien para un chico de catorce años.
René alzó la cabeza y miró a Isabella con expresión agobiada.
-Lo siento tanto...
-No, no lo...
-Justo cuando creía que todo estaba bien por fin, James vino aquí... Dijo que quería seguir visitándome y que, si yo no estaba de acuerdo, le contaría a todo el mundo el arreglo que manteníamos. Dijo que nos arruinaría a todos y me convertiría en una figura de escarnio público. Lloré y supliqué y él se echó a reír... Entonces, cuando me puso las manos encima, sentí que algo cedía en mi interior. Vi las tijeras cerca y no pude evitar cogerlas y... traté de matarlo. Espero haberlo conseguido. No me importa lo que me ocurra a partir de ahora...
-Calla, mamá -susurró Isabella, que colocó un brazo alrededor de sus hombros-. Nadie va a culparte por lo que has hecho; lord James era un monstruo y...
-¿Era? -preguntó René sin el más mínimo arrepentimiento-. ¿Eso significa que ha muerto?
-No lo sé. Pero todo saldrá bien, sin importar lo que... Seth y yo estamos aquí, y el señor Masen no permitirá que te ocurra, nada malo.
-Mamá-dijo Seth, que sujetaba uno de los extremos de la alfombra enrollada que el criado y él transportaban hacia la salida trasera de la casa-, ¿sabes donde están las tijeras? pregunta fue realizada de una manera tan casual que uno creería que las necesitaba para cortar el cordel de un paquete.
-Las tiene la doncella de la cocina, creo -replicó René-. Estaba tratando de limpiarlas.
-De acuerdo, se las pediré a ella. -Mientras avanzaban por el vestíbulo, Seth dijo por encima del hombro-: Echa un vistazo a tu ropa, ¿de acuerdo? Hay que deshacerse de cualquier cosa que tenga una mancha de sangre.
-Sí, querido.
Escuchándolos a los dos, Isabella no pudo evitar preguntarse cómo era posible que su familia y ella tuvieran una conversación tan normal de jueves por la noche acerca de cómo deshacerse de las evidencias de un crimen. Y pensar que ella se había sentido superior a la familia de Simón... Dio un respingo al recordar aquello.
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Dos horas más tarde, René se había terminado su bebida y estaba acurrucada a salvo en su cama; Edward y Seth habían llegado a la casa casi a la par. Conversaron por un momento en el vestíbulo. Cuando Isabella bajó las escaleras, se detuvo a medio paso al ver a Edward envolver a su hermano en un rápido abrazo y alborotarle el cabello, ya de por sí despeinado. Aquel gesto paternal pareció tranquilizar enormemente a Seth y en su rostro se dibujó una sonrisa cansada. Isabella se quedó helada al verlos a los dos.
Era sorprendente que su hermano aceptase a Edward con tanta facilidad cuando ella había esperado que se rebelara ante la autoridad de su marido. Le produjo una sensación extraña presenciar el vínculo que se había formado al instante entre ellos, sobre todo sabiendo que no era fácil ganarse la confianza de Seth. Hasta ese momento, no se le había ocurrido el alivio que debía suponer para su hermano tener a alguien fuerte en quien apoyarse, alguien que pudiera solucionar problemas que él era demasiado joven para manejar. La luz amarillenta de la lámpara de la entrada se reflejó sobre los rojizos cabellos de Edward y resplandeció sobre sus pómulos cuando la miró.
Deshaciéndose del perplejo nudo de emociones que la embargaba, Isabella descendió el resto de los escalones y preguntó:
-¿Encontraste a James? Y, si así es...
-Sí, lo encontré. -Estiró un brazo para coger la capa que colgaba de la barandilla y la colocó sobre los hombros de su esposa-. Ven, te contaré todo de camino a casa.
Isabella se giró hacia su hermano.
-Seth, ¿te las apañarás si nos vamos?
-Tengo la situación bien controlada -replicó el chico, lleno de confianza masculina.
Los ojos de Simón reflejaron una chispa de diversión mientras colocaba una mano en la cintura de Isabella.
- Vámonos -murmuró.
Una vez que estuvieron en el carruaje, Isabella acribilló a su marido a preguntas hasta que él le puso una mano sobre los labios.
-Te lo contaré si eres capaz de guardar silencio durante un par de minutos -dijo.
Ella asintió bajo su mano y Edward sonrió, inclinándose hacia adelante para reemplazar la mano con la boca. Después de ese beso robado, volvió a reclinarse en su asiento y su expresión se tornó seria.
-Encontré a James en su casa, donde lo estaba atendido el médico de su familia. Y menos mal que aparecí en aquel momento, porque ya habían llamado al alguacil y esperaban su llegada
-¿Cómo conseguiste que los sirvientes te dejaran pasar?
-Me las apañé para entrar en la casa y exigí que me llevaran ante James de inmediato. Había mucha confusión en la residencia y nadie se atrevió a rechazarme. Uno de los criados me indicó el camino hasta el dormitorio de arriba, donde el doctor estaba cosiendo la herida de James. -Un humor siniestro tiñó su expresión-. Por supuesto, podría haber encontrado la habitación gracias a los aullidos y los gritos de ese cabrón.
-Bien-dijo Isabella con vehemente satisfacción-. Todos los dolores que esté sufriendo lord James ni de lejos serán suficientes, en mi opinión. ¿Qué tal estaba y qué dijo cuando apareciste en la habitación?
Una de las comisuras de Simón se retorció a causa del desagrado.
-Tenía una herida en el hombro..., bastante pequeña. Y es mejor no repetir la mayor parte de las cosas que dijo. Después de permitirle despotricar durante unos minutos, le pedí al médico que esperase en la habitación de al lado mientras yo mantenía una charla privada con James. Le dije que sentía mucho lo de su malestar intestinal..., comentario que lo confundió hasta que le expliqué que le convendría mucho más describir la dolencia a sus amigos como un dolor estomacal en lugar de referirse a ella como una puñalada.
-¿Y si no lo hace? -le preguntó Isabella con una sonrisa desfallecida.
-Le dejé claro que lo cortaría en rodajas como si fuera un jamón de Yorkshire. Y que, si alguna vez escuchaba el más leve rumor que ensuciara la reputación de tu madre o de vuestra familia, le echaría las culpas a él, tras lo cual, no quedarían pedazos suficientes para hacer un entierro decente. Cuando terminé de hablar, James estaba demasiado aterrorizado como para respirar. Créeme, jamás se acercará de nuevo a tu madre. En lo que se refiere al doctor, lo compensé por su visita y lo convencí de que borrara todo el episodio de su mente. Me habría marchado en ese momento, pero tenía que esperar al alguacil.
-¿Y qué le dijiste al alguacil?
-Le dije que había habido un error y que no se le necesitaba, después de todo. Y, por las molestias, lo invité a tomarse tantas rondas de cerveza como quisiera en la taberna Brown Bear cuando acabara el turno.
-¡Gracias a Dios! -Más aliviada de lo que podía expresar con palabras, Isabella se acurrucó junto a él y suspiró sobre su hombro-. ¿Qué pasa con Seth? ¿Qué le diremos?
-No es necesario que sepa la verdad; sólo conseguiría que se sintiera herido y confuso. En lo que a mí respecta, René reaccionó de forma exagerada ante los avances de James y perdió los nervios por un momento. -Edward acarició su barbilla con la punta. del pulgar-. Quiero sugerirte una cosa, y quiero que la medites seriamente.
Preguntándose si su «sugerencia» iba a ser una orden encubierta, Isabella lo miró con suspicacia.
-¿Sí?
-Creo que lo mejor sería que René pusiera algo de distancia entre Londres (y James) y ella hasta que las cosas se calmen.
-¿Cuánta distancia? ¿Y adónde debería ir?
-Puede unirse a la gira que van a hacer mi madre y mi hermana por el continente. Se marchan dentro de unos días...
-Ésa es la peor idea que he oído jamás -exclamó Isabella -. En primer lugar, quiero que esté cerca, donde Seth y yo podamos cuidada. En segundo, puedo garantizarte que tu madre y tu hermana no se mostrarán muy complacidas...
- Enviaremos también a Seth con ellas. Tiene tiempo suficiente antes de que comience el nuevo curso y será un escolta excelente para las tres.
-Pobre Seth... - Isabella trató de imaginárselo escoltando al trío de mujeres a lo largo y ancho de Europa-. No le desearía una tarea semejante ni a mi peor enemigo.
Edward sonrió.
-Lo más probable es que aprenda un montón sobre las mujeres.
-Y nada agradable, por cierto -replicó ella-. ¿Por qué crees que es necesario sacar a mi madre de Londres? ¿Lord James supone todavía algún tipo de peligro?
-No -murmuró mientras le alzaba la cara con suavidad-. Ya te he dicho que jamás se atreverá a acercarse a René de nuevo. Sin embargo, si resulta que hay algún problema con James preferiría solucionado mientras ella no está. Además, Seth ha dicho que no parece ella misma. Es comprensible dadas las circunstancias. Unas cuantas semanas de viaje harán que se sienta mejor.
Cuando Isabella consideró la idea, tuvo que admitir que tenía cierto sentido. Hacía mucho tiempo que René no se tomaba unas vacaciones. Y si Seth iba con ella; tal vez pudiese tolerar la compañía de las Masen. En cuanto a la opinión de René... parecía. Demasiado afectada como para tomar ninguna decisión. Era más que probable que accediera a cualquier plan que le propusieran sus hijos.
-Edward -dijo muy despacio-, ¿me estás preguntando mi opinión o me estás contando lo que has decidido?
La mirada de Edward barrió su rostro para hacer una evaluación rápida.
-¿Cuál de las dos opciones tiene más probabilidades de que te muestres de acuerdo? -Se echó a reír al ver la respuesta en su expresión-. Muy bien, te lo estoy preguntando.
Isabella sonrió con ironía y volvió a acurrucarse en el hueco de su hombro.
-En ese caso, si Seth está de acuerdo... yo también.
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Holis, acá estoy cada vez más cerca del final… no tengo mucho que decir, la situación de mi país me tiene muy bajoneada mmm de igual manera espero que les guste el capitulo… ¿review? Ya se va a acabar
… Veré si subo el primer capítulo de la nueva adaptación hoy mismo, también será de época y se llamara *Siete años para pecar*.
Gracias por Leer, por las alertas, los favoritos y sus asombrosos reviews de veras me hacen muy feliz.
XoXo
