La despertaron algunos golpes en la puerta. Abrió los ojos con cuidado, como si fuera a romperse algo y descubrió que todavía estaba en la posada donde se habían alojado con Sabo hacía tres días. El lugar era bonito y pintoresco, un poco alejado del centro de la ciudad. Podía saber que él no era un hombre que le gustara mucho estar entre la gente, habían visto muchas posadas y hoteles de las mimas características en pleno centro de la ciudad, pero él insistió en que debían alejarse del tumulto y los ruidos.

─ ¿Quién es? ─ preguntó con la voz dormida.

─ Debemos irnos ahora ─ la voz de Sabo parecía apresurada, como si algo estuviera ocurriendo, y algo no muy bueno. Mitty se levantó y olvidando que llevaba sólo una camiseta y sus bragas entreabrió la puerta. El rostro de Sabo era terrible, estaba segura que no había dormido.

─ ¿Sucedió algo? ─ preguntó mientras se refregaba un ojo. Sabo sonrió, su cabello era un completo desastre enrulado.

─ Nada importante, pero tenemos que volver al barco ─ hablaba susurrando. ─ Seguramente tus nakamas lleguen hoy

─ Ya salgo

A los veinte minutos habían desayunado y caminaban hacia el puerto. Las calles aún estaban desiertas y recién comenzaba a amanecer. Sabo no había hecho ningún comentario acerca del motivo por el que se tenían que ir de aquel modo. Y ella no se había atrevido a preguntar. Cuando llegaron al puerto, él se detuvo frente a un banco y se sentó. Mitty se sentó junto a él

─ Quiero que te quedes en la ciudad ─ dijo. ─ Debes saber que nadie tiene que enterarse que estuviste conmigo ─ su voz era severa.

─ Pero ─ Mitty arrugó el entrecejo.

─ Digamos que no soy muy bienvenido en muchos lugares ─ sonrió. ─ Y no quiero que tengas problemas por eso

─ ¿Y qué les diré a mis nakamas? ─ preguntó algo confundida. No tenía intenciones de mentirles.

─ Habla con tu Capitana y explícale lo que sucede ─ dijo. ─ No pretendo que les mientas ─ sonrió sinceramente, luego se puso de pie. ─ Fue un gusto compartir estos días contigo ─ le extendió la mano y ella la tomó. Un sentimiento opresivo se apoderó de su pecho.

─ Gracias ─ le dijo, mirándolo a sus ojos celestes.

─ Estoy seguro que tu Capitana sabrá qué hacer ─ se soltaron. ─ Nos vemos


Ryu no había bajado de la torre vigía más que para comer o ir al baño. No quería cruzarse con nadie y menos con Umi. Sabía que había actuado mal, pero ella no tenía por qué habérselo dejado tan en claro frente a esa desconocida. ¿Por qué no podía reconocer que había algo extraño con el navegante y esa chica? ¿Por qué negarse a saber algo más sobre sus tripulantes? De más estaba decir que era por demás sospechosas todas las actitudes que había tenido Gio, más aún al enterarse por boca de Rabí que sabía utilizar el haki de armadura. Eran pocas las personas que quedaban sabiendo usarlo, e incluso él habiendo recibido entrenamiento, aún no lograba dominarlo para utilizarlo en una batalla.

Hacía algunos minutos había avistado tierra. Y como ya sabían, Ion no era un lugar accesible para cierto tipo de embarcaciones, tal como la de ellos. Deberían dejar el Sea Mystery en el puerto flotante y viajar en lancha hasta la costa. Nada de eso le agradaba a Ryu, por eso había decidido quedarse en el barco cuando sintió que alguien subía a interrumpir su meditación. Abrió un ojo y comprobó que se trataba nada más y nada menos que de Umi. Abrió los dos ojos con sorpresa.

─ ¿Sucedió algo? ─ preguntó con molestia.

─ No ─ Umi se sentó a su lado, admirando el horizonte. El calor que había sentido durante la noche comenzaba a aminorarse con la frescura del nuevo día. Era una mañana despejada. El cielo comenzaba a pintarse de los colores del amanecer. ─ En un momento llegaremos al puerto ─ dijo como si fuese una novedad. Ryu volvió a cerrar los ojos. ─ Mari me dijo que es una ciudad moderna ─ Umi llevó sus manos detrás de su cabeza.

─ Disfrútala ─ soltó después de unos cuantos segundos.

─ No dejan que nadie se quede en el barco ─ Umi parecía estar leyendo sus pensamientos. Y justo decía lo que arruinaría su tranquilidad. No hizo ningún comentario. ─ Todos iremos a la ciudad, dejaremos a Mari y regresaremos por el barco al anochecer ─ fue lo último que dijo antes de bajar.

La lancha era grande, podía llevar a trescientas personas al mismo tiempo. Ryu no pudo evitar tener que viajar junto con todos, ya que la embarcación estaba repleta. Estarían por media hora cruzando los arrecifes y Umi vociferaba a cada momento que le gustaría verlos de cerca. Marisol le indicó que había unas excursiones que se contrataban en la costa para bucear en los arrecifes y eso sería lo que haría ni bien recuperaran a Mitty. Gio hablaba de algo sin importancia con Sora mientras Rabí se comía las uñas, sin poder aguantar más. Había sufrido muchísimo esa separación con su hermana, y parecía un niño pequeño. Ryu chasqueó la lengua. No tenía caso ponerse a pensar en eso, porque después de todo, su tripulación estaba formada por unos cuantos críos que se las daban de grandes horizontes, cuando en realidad estaban muertos de miedo. Cuando quiso acordarse, tenía la vista fija en Umi, que reía por alguna cosa que no deseaba saber. ¿Por qué ella había reaccionado así con él? Si él era el único en esa tripulación que podía pensar claramente como un adulto. Eso descontando a Gio, por supuesto, porque no pertenecía a su tripulación.

El Capitán de la lancha anunció por altoparlante que en cinco minutos estarían desembarcando en la costa de Ion. También comentó algo acerca de las atracciones turísticas, que no le interesaban para nada. Después de la experiencia en Mattre, lo único que quería Ryu era encontrar una isla desierta, donde ni siquiera hubiese animales. Por su mente pasaban imágenes de lo sucedido, y le venía un mal sabor a la boca. Aquella mujer extraña, el espadachín que lo retó, Buggy el Payaso, su encuentro con Umi, el motivo por el que la Marina los comenzó a perseguir, y otras tantas cosas que no tenían respuesta.

Al descender descubrieron que Mitty los estaba esperando en el puerto. Rabí corrió a su encuentro como si su vida dependiera del abrazo que le dio a su hermana. Y ella lo recibió con cariño. Umi también corrió y los abrazó a ambos.

─ ¡¿Dónde estuviste?! ¡¿Cómo viniste hasta acá?! ¡¿Cuándo llegaste?! ¡Te extrañé! ─ los gritos de Rabí hacían que la gente que estaba en el muelle volteara a verlos con el rostro lleno de preguntas, o gracia, o ambas cosas. Ryu se mantuvo alejado mientras que Sora y Gio se acercaron para saludar a Mitty.

─ Llegué hace unos días y estoy bien ─ sonreía. ─ No te preocupes tanto ─ palmeó la espalda de su hermano y se separaron. ─ Y también los extrañé

─ ¡¿Cómo que los?! ¡¿A todos?! ¡¿Y qué hay de mí?! ─ protestaba mientras lloraba a mares.

─ Ya basta Rabí, estás avergonzándome

─ ¿Ya podemos ir a ver los arrecifes? ─ fue lo siguiente que se oyó de parte de Umi. Todos voltearon a verla y ella hacía un puchero. Gio abrió los ojos con sorpresa, pero no dijo nada. Luego cruzó miradas con Marisol, que había permanecido en silencio después de desembarcar.

─ ¡Es una ciudad increíble! ─ Mitty parecía muy entusiasmada con el reencuentro.

─ ¡Vamos! ─ Umi comenzaba a entusiasmarse cada vez más, muy a pesar de Ryu y los demás. Marisol aprovechó para meterse en la conversación.

─ Me quedaré por aquí y conseguiré un pasaje para el regreso ─ dijo e hizo una pequeña reverencia. ─ Muchas gracias Umi

─ No tienes por qué agradecer, serás bienvenida siempre que quieras viajar con nosotros ─ todos sonrieron menos Ryu, que sólo quería ir a algún bar o un hotel a dormir. Toda la semana se la había pasado vigilando de cerca a esa mujer y quería que se fuera de una vez por todas. Mitty arrugó el ceño, pero no hizo preguntas.


Se separaron para recorrer la ciudad. Marisol se quedó en el puerto. Umi junto a Sora fue a averiguar por las excursiones a los arrecifes. Mitty y un muy emocionado Rabí se dirigieron al centro comercial de la ciudad. Ryu y Gio se despidieron y se fue cada uno por su lado, a buscar un lugar para poder descansar y beber, y el otro una biblioteca para consultar algunas cosas sobre el siguiente paso que darían, hacia Isla Victoria, o al menos eso era lo que les había dicho a sus compañeros.

Por el contrario de lo que había dicho, Marisol se dedicó a hallar el sitio protegido de la jefa en Ion, un antiguo santuario en una de las playas más alejadas de la ciudad. Allí estaban algunos vagabundos que la ignoraron completamente. Después de dar varias vueltas dentro del templo halló la entrada.

Gio la siguió de cerca. Tenía la impresión de que ella iría a hablar con la jefa y no se sorprendió cuando Marisol no fue a las oficinas del puerto, sino a una playa alejada. Él sabía que no era necesario que se reportara nuevamente, ya que su última conversación con el representante de la jefa había sido clara. Pero, lo que más le causaba curiosidad era aquella inclusión de Marisol en su viaje a Ion. ¿Por qué la Marina los había perseguido de aquella espectacular forma? Usualmente perseguían personas buscadas o con una gran recompensa, y a pesar de que Sora tenía precio, no era algo para alarmarse. ¿Sería que Marisol tenía recompensa? Se ocultó detrás de un montículo de piedras cuando la vio pasar de regreso. Traía un rostro lleno de preocupación. ¿Podría ser que le hubiesen ordenado hacer algo diferente que volver a su lugar? La siguió por unos cuantos metros, hasta que ella se detuvo en seco y volteó, sorprendiéndolo.

─ Deja de seguirme ─ dijo, mirándolo a los ojos. ─ ¿Qué quieres saber? ¿Si hablé con la jefa? ¿O qué tengo que ver con la Marina? Mejor deberías preguntarte por qué tu nakama se empeñó en que viniéramos a Ion ─ esa chica tenía la particularidad de dejarlo sin palabras.

─ Digamos que quiero saber todo eso ─ contestó, caminando hacia ella.

─ No te diré nada ─ volteó y volvió a caminar por la arena húmeda de la playa. Él se adelantó trotando hasta quedar junto a Marisol.

─ ¿Volverás a Mattre? ─ preguntó después de unos cuantos segundos de silencio.

─ No te diré nada ─ repitió.


Water 7

La galería de arte era inmensa. La gente entraba y salía, ataviados de diferentes formas, muy interesados en las pinturas y esculturas que estaban en exposición ese fin de semana, tal y como Sanji había leído en el periódico. Su especial interés en aquello no dejaba de sorprender a Vivi, no porque él quisiera ir a ver unas obras de arte, sino porque parecía estar viendo otra cosa.

─ Son bonitas obras ─ dijo después de unos cuantos minutos de caminar por el lugar sin detenerse a ver nada. No quería ser tan directa, pero no comprendía el verdadero motivo por el que estaban allí.

─ Si ─ dijo él sin ponerse a pensar en lo que decía.

─ Lo que no comprendo es cómo puedes saber que son bonitas si ni siquiera estas mirándolas ─ fue irónica, y él se detuvo a verla. Vivi sonreía. ─ No digas nada si no quieres ─ agregó. ─ ¿Quieres que me vaya?

─ No ─su respuesta fue inmediata. ─ Quisiera confirmar algo, por eso vine hasta aquí

Cuando volteó, chocó el hombro de un hombre que pasaba junto a ellos. No pudo verlo bien porque llevaba una capa con capucha que cubría todo su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. ─ Lo siento ─ dijo Sanji y el hombre hizo una pequeña reverencia aceptando sus disculpas, y continuó su camino.

El hombre encapuchado apuró el paso al ver una mujer con un vestido muy elegante, peinado alto y zapatos de tacón. Ella reaccionó extraño al verlo y salió raudamente en dirección al primer piso. Las escaleras se le hicieron interminables. Entró en la primera habitación que encontró. Era un despacho vacío, que sólo contaba con un escritorio, tres sillones y una ventana que estaba cerrada. Desde allí se podían ver los jardines internos de la galería de arte. Las cortinas eran gruesas y azules. El piso de parquet y del techo pendían dos lámparas enormes, que permanecían apagadas. Cuando volteó, estaba el hombre de la capa detrás de ella. Las piernas le temblaban.

─ Quizá sea algo extraño mi vestuario ─ le dijo. Su voz se le hacía tan familiar que el corazón parecía salirse de su pecho. Se sentó en el sillón de cuero, dejando que su peso cayera lentamente, como si se estuviese derritiendo. ─ Pero no deberías asustarte de tu hermano ─ se quitó la capucha. Sonreía.

─ Es ─ ella balbuceaba, no podía entender.

─ Shh ─ dijo él. Dio unos pasos hacia delante, hasta quedar frente a la mujer. Se agachó y corrió un mechón de cabello que se había desprendido de su peinado. Lo colocó detrás de la oreja. ─ Soy yo ─ dijo.

─ Daisuke, yo ─ las lágrimas comenzaban a correr su maquillaje.

─ No digas nada ─ pidió.


Una de las pinturas llamó la atención de Sanji. Era una escena común, pero muy significativa. Un edificio, un parque, una mujer y una niña. Sonrió y se acercó a la pintura. Pasó sus dedos sobre la mujer y su rostro se ensombreció. Vivi se aferró a su brazo, pero decidió no decir nada. El murmullo era tenue y había una música suave de fondo.

─ Ayumi ─ soltó Sanji en un susurro. ─ Es mi hija ─ continuó. Hablaba como si al hacerlo algo dentro de él se rompiera en mil pedazos. Vivi abrió los ojos con sorpresa. ─ Quisiera poder abrazarla ─ no pudo seguir porque un nudo se había formado en su garganta.

─ Estoy segura de que lo harás ─ dijo al fin Vivi, notando que Sanji no podía continuar. Lo arrastró hasta un banco y se sentaron.

Cuando levantó la vista, volvió a ver al hombre encapuchado. Un escalofrío recorrió su espalda cuando se encontró con la silueta de una mujer atrás de él. Una bonita mujer con un rostro que jamás podría olvidar. Se levantó dejando a Vivi con las palabras en la boca y caminó con pasos ligeros hacia ella. La abrazó de improviso, con tanta fuerza que pensó que la partiría. Y las lágrimas cayeron sin querer. Ella olía a flores. Sintió sus manos forcejeando y luego un agarre que lo obligó a separarse. Lo siguiente que vio fue un par de ojos color miel, que lo acechaban, como una fiera a su presa.

"Wherever you go
Whatever you do
I will be right here waiting for you..."


Isla Victoria

─ ¿No será mucho? ─ Israel se miraba en el espejo mientras tres sastres arreglaban su traje blanco. Giorgio lo miraba cruzado de brazos, con una enorme y sarcástica sonrisa. ─ No entiendo de qué te estás riendo ─ el de cabello gris parecía cada vez más cabreado. ─ Es tu boda, no la mía ─ continuaba con sus protestas mientras uno de los sastres le levantaba ambos brazos hasta dejárselos perpendiculares al cuerpo. ─ ¿Piensas seguir burlándote más tiempo?

─ Serás el padrino de mi boda, así que debes verte bien ─ Giorgio apenas si podía aguantar la risa. ─ Además, el blanco te sienta bien ─ largó una carcajada que hizo que una vena se hinchara en la frente de Israel.

Las puertas del salón se abrieron y tres guardias armados entraron. Presentaron armas y el mismo Rey Victorio entró, ataviado como de costumbre, con una chaqueta roja, con bordados en hilo de oro, pantalones negros y una gruesa capa de piel y terciopelo rojo. Colgaba de su cintura una espada y en sus pies llevaba zapatos negros relucientes. La corona de oro en su cabeza era grande, con rubíes. El rostro del Rey Victorio era blanco y arrugado, sus ojos tan celestes como el océano y su cabello canoso estaba bien peinado hacia el lado derecho. Su semblante estaba serio y al verlo entrar, Giorgio enmudeció y se puso firme. Israel continuaba con la misma actitud y los tres sastres se tiraron al suelo, reverenciándolo exageradamente.

─ Retírense ─ ordenó el Rey con una voz grave y fuerte. Los sastres y los guardias obedecieron inmediatamente, mientras Israel no hizo ningún caso. ─ Tú también ─ agregó cuando notó que el joven no tenía intensiones de salir de la habitación.

─ No saldré de aquí vestido de esta forma ─ lo miraba sin miramientos. ─ Además, tío, no creo que tengamos secretos entre nosotros ─ sonrió con ironía y el Rey cambió su expresión esbozando una ligera sonrisa. Giorgio estaba tenso, como si supiese que algo estaba sucediendo.

─ Está bien, puedes quedarte ─ dijo. ─ Pero quítate eso, pareces una niña ─ bromeó e Israel arrugó su ceño. Luego volteó a ver a Giorgio que levantó las manos, en señal de defensa.

─ A mi me gusta cómo te queda ─se excusó.

─ Maldito mentiroso, te voy a ─ cuando iba a abalanzarse contra su amigo, el Rey dio un paso hacia el frente.

─ Basta ─ ordenó y ambos callaron. ─ Vine hasta aquí para hacerte una pregunta, y espero no me mientas como la última vez ─ Giorgio había comenzado a transpirar.

─ Te escucho, padre ─ esperaba ansioso la pregunta, pero temía al mismo tiempo.

─ ¿Dónde está la bussola? ─ preguntó sin dejar de mirarlo a los ojos. Tenían los mismos ojos, pequeños y profundos. Giorgio tardó unos segundos en responder. Israel permanecía en silencio.

─ Pensé que la tenías tu ─ contestó al fin.

─ ¿Quieres decir que no sabes dónde está? ─ volvió a preguntar. Giorgio negó con miedo. ─ Dilo claramente

─ No, no lo sé

─ Giovanni ─ el Rey apretó los dientes.


Hola! Espero les haya gustado el capi ^^

Robin-chan, no te preocupes, que muy pronto comenzarán los enriedos románticos. Y también se sabrá un poco más de Syra y Sanji. Besos, Mary