Lexa POV
Entendí que Gus me ganase al ajedrez, a las damas, al parchís, a la oca, al Uno, al tres en ralla, al de hundir la flota... Pero nunca, jamás, ni con el cerebro de Einstein, podría entender que un señor de setenta y seis años me ganase al fútbol en el Fifa. ¿Había alguna Play Station en su juventud? ¿tenía una escondida con la que practicaba? Porque sino, no había manera posible de que me fuera ganando 5-1 antes del descanso de la primera parte.
- Hoy no es mi día - me excusé cuando me paró un penalti que había jurado que iba dentro.
Gus rió con regocijo.
- Ni tu día, ni tu mes, ni tu año. Quizás puedas ganarme en otra vida, niña - me chinchó apoyando los pies sobre la mesa. Él estaba tumbado de manera relajada, mientras yo estaba inclinada hacia delante, con los hombros tensos y mordiendo mi lengua con frustración en cada gol fallado y cada otro encajado.
- No te crezcas, viejo - me piqué -. Los planetas deben haberse alineado en mi contra. Estás ganando porque yo estoy perdiendo, no porque realmente seas mejor. Si estuviera concentrada, irías mordiendo el polvo y la hierba del campo.
- ¿Como tú ahora? - preguntó cuando su defensa me marcó un humillante gol que cualquiera habría parado. Tenía asumido que yo no era cualquiera, que era especial, pero no en una mala manera, como ser la única pringada que perdería en un juego donde debería ir ganando. Tenía amigos, como Lincoln y Finn, que nunca consiguieron ganarme un partido, y un anciano que jamás había tocado una consola me iba ganando por goleada.
- Estoy desconcentrada - repetí sonando como una niña pequeña que necesita una excusa que nunca creyó necesaria.
Gus me echó una sonrisa de medio lado, de esas que tienen los ancianos para decirte que ya sabían algo medio siglo antes de que tú lo supusieras.
- ¿Por Clarke? - adivinó, y ni siquiera necesitó respuesta -. ¿Dónde la llevarás a cenar?
- No lo he pensado - mentí, porque llevaba tres días enteros pensándolo y buscando un buen y barato sitio donde llevarla. No era por el dinero, sino porque sería extraño, como si yo no fuera yo y Clarke no fuera Clarke. Yo no era una estirada, y a Clarke le gustaba la comodidad, así que ir al restaurante más caro de la ciudad era un paripé innecesario. Tampoco quería llevarla al Mc Donald's de buenas a primeras; ella también debía ganarse que la llevara a mi lugar de comida preferido.
Gus me miró de nuevo poniendo el juego en pausa, y su ceja levantada me indicó que debía estar sonrojada al ser pillada mintiendo. Ya debería saber que no podía mentirle a alguien que ya debió escuchar todas las mentiras posibles en su vida, y él debía saber que nunca me cansaría de intentarlo.
- Id a "La Romántica" - aconsejó volviendo a jugar y robándome el balón en un ridículo despiste.
- Eso sería incómodo - repliqué -. Es la primera vez que quedamos, y se supone que como amigas con muchos matices. Llevarla a un lugar con la palabra "romántica" sería como una encerrona, y no quiero presionarla con mensajes subliminales tan cutres.
- No es un restaurante presuntuoso, niña, y para una tacaña de manual como tú, es el lugar perfecto: comida basura y precios bajos - paró el juego de nuevo y buscó un papel donde anotar la dirección, sin esperar mi aprobación. Extendió un papel y releí el nombre varias veces, escéptica -. Se llama así porque sales enamorado de la comida. Si no puedes conquistar el corazón de alguien, conquista su estómago. El amor es un sentimiento, la comida una necesidad.
Ese era el mejor consejo que había oído en mi vida. Se lo agradecí dejándome ganar por 7-1. Sí, dejándome ganar, porque mi generosidad no tenía límites y quería darle alegrías a mi viejo amigo. De todas maneras, ya le ganaría otro día. Al menos tuve mi gol del honor, cuando comenzamos 0-1 y le prometí una paliza de campeonato. No vendas la piel del oso antes de cazarlo, me dijo. Esa tarde estuvo llena de consejos de la Edad de Piedra que ya había oído mil veces pero sólo comprendí cuando los necesité.
Salí de su casa y esperé cinco minutos en el rellano de Clarke, comparando felpudos. Habíamos quedado a las nueve y media, y ya eran y veintiocho, pero no pude aguantar más y timbré. Esperé impaciente con las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero, que de repente se sentían pequeños. Las paredes también, y el techo parecía encoger mientras esperaba que Clarke abriera. Cuando la hizo, los nervios aumentaron un segundo antes de desaparecer al ver una media sonrisa que me aceleró el pulso.
- Llegas dos minutos antes - comentó sorprendida.
- Siete, en realidad, pero me aburría aquí sola - sonreí a modo de disculpa. Ella asintió y salió, cerrando su puerta. Decir que iba guapa era innecesario, porque ella siempre iba guapa; ella es guapa. Aun así, mis ojos rebeldes se pasearon por el pantalón negro apretado que parecía haber sido cosido para ser arrancado por mis manos. El jersey granate no enseñaba su escote, pero le resaltaba las curvas de una manera que debería ser ilegal.
- ¿Qué juego tocaba hoy? - preguntó mientras esperábamos el ascensor.
Dudé en si confesar mi nueva derrota, pero lo hice a medias; debía demostrarle a Clarke que podía confiar en mí sin perder mi dignidad de jugadora imbatible.
- Fifa en la Play Station - respondí, y mordí mi labio antes de añadir -: Le he dado una paliza.
- ¡Mentira! - escuché exclamar a Gus indignado tras la puerta.
- ¡Eres una rana muy cotilla, Gustavo! - miré cabreada hacia la mirilla, y escuché su risa satisfecha tras la puerta. Clarke me miraba alzando una ceja, y suspiré rendida -. He perdido. Ha sido bastante humillante.
Me palmeó el hombro con falsa empatía, y quise pensar que era una excusa para tocarme.
- Ya ganarás.
- ¿Lo crees de verdad? - sonreí.
- No, pero pensé que eso te haría sentir mejor que decirte que nunca vencerás a Gustavo - se encogió de hombros entrando en el ascensor.
Mi sonrisa se cambió por un ceño.
- Algún día le ganaré - juré mirando hacia ningún lado, pero visualizando a mi orgullo interior asintiendo con fuerza, y un coro de mapaches aplaudiendo. "Gracias, queridos fans, confiad en mí".
El silencio del ascensor se me hizo largo y tenso porque no podía apartar mi mirada de Clarke, pero debía mantener mis manos atadas, y todo mientras ella se hacía la sueca. Clarke miraba en todas direcciones, nerviosa, mientras yo sólo la miraba a ella por dos razones: era preciosa y quería molestarla un rato.
- ¿Puedes dejar de mirarme? - pidió al fin enfrentando mi mirada.
Sonreí satisfecha desde el otro lado del ascensor.
- ¿Por qué?
- Me pones nerviosa.
- Tú me pones cachonda - repliqué en mi defensa.
- ¡Si no he hecho nada para provocarte! - se quejó.
- Tu simple existencia me provoca - expliqué -, pero no por eso soy egoísta y te pido que te hagas invisible.
Clarke rió incrédula.
- Porque es imposible.
- Porque soy condescendiente - corregí apoyándome en la pared para mirarla mejor -. Tú podrías serlo si me dejaras besarte.
Ella rodó los ojos soltando una pequeña risa que me pareció adorable.
- ¿Qué excusa mala es esa, Lexa?
- Es una solución, no una excusa - puntualicé -. Si te estuviera besando se acabaría el problema: yo no te miraría porque tendría los ojos cerrados y tú calmarías mi deseo.
- Eso lo aumentaría, que te conozco - alzó una ceja. Ese era un gesto muy sexy y ella debía saberlo. Que no me provocaba, decía.
- No estás poniendo de tu parte - chasqueé la lengua -. Tienes razón, pero en mi defensa diré que hoy estás demasiado guapa como para no querer mirarte y besarte todo el rato.
Clarke sonrió con diversión.
- ¿Entre cumplido y cumplido te paras a respirar?
- No puedo respirar si me quitas el aliento - seguí para picarla. Sus mejillas estaban rojas, y ya fuera por vergüenza o cabreo, me gustaban así.
- Para, en serio - pidió apartando la mirada cuando las puertas se abrieron y comenzamos a caminar hacia fuera del edificio -. No me gustan los cumplidos.
- Te los haré hasta que te acostumbres - advertí -. Pero, ¿no te gustan mis cumplidos o en general?
- Los tuyos especialmente - contestó con sinceridad. No supe cómo sentirme al respecto.
Apresuré el paso para ir caminando hacia atrás, como una vez en el bosque de Polis, y poder mirarla a la cara.
- ¿Mis cumplidos y yo te hacemos sentir mariposillas en el estómago, o en otras partes? ¿es por eso que te incomodan, o sólo en público? - sonreí de manera perversa -. Te gustaba cuando en la cama te decía cuánto me fascinan tus pechos. Siguen fascinándome, por cierto. Creo que deberían desafiar la ley de la gravedad y nunca caerse. Sería como derribar un monumento histórico. Bueno, un monumento orgásmico.
Clarke rió sin poder aguantarse. No me importaba sonar como una idiota diciendo la mayor tontería del mundo si ella se reía de una manera tan adorable.
- Sí, financiado y apadrinado por Lexa Woods, la arquitecta de cuerpos especializada en tetas.
- Me has motivado en ese campo, deberías estar orgullosa.
Ella negó con la cabeza.
- Más bien me siento como una creadora de una Frankestein del sexo.
Abrí la boca, indignada.
- No jodas, yo estoy mucho más buena, y de una sola pieza - señalé mi cuerpo palmeando mi trasero.
- ¿El sitio está muy lejos? - cambió de tema tras seguir el movimiento de mi mano en mi trasero. ¡Ja! Las dos tenemos nuestras debilidades, leona.
Negué con la cabeza y comenzamos a andar, por primera vez, al lado de la otra.
- A un par de calles, pero prefería ir caminando y tener tiempo extra -. Ella trató de nuevo de ocultar una sonrisa, y suspiré -. Entiendo que te hice daño y tu orgullo te impide sonreír fácilmente conmigo, pero me gustaría ver esa sonrisa las pocas veces que últimamente consigo hacerla volver.
Clarke me miró a los ojos, y pude ver la duda en ellos. Odiaba su ceño ligeramente fruncido, y sus labios apretados mientras ella pensaba qué respuesta darme. Sabía que si pensaba, la respuesta sería negativa. Ella tuvo buenos sentimientos por mí, pero no pensamientos agradables, al menos en los últimos meses, así que para volver al lado bueno, ella debía únicamente sentir.
Mi dedo índice acarició su ceño hasta que fue quitándolo poco a poco, dejando ver una pequeña sonrisa.
- Está bien - concedió -. Supongo que tantas tonterías deben tener cierta recompensa.
- Es una gran recompensa - especifiqué asintiendo convencida.
Traté de evitar que Clarke leyera el nombre del lugar donde íbamos a cenar, pero su ceja alzada de manera suspicaz me indicó que lo había visto. Ups. Le expliqué que pedí consejo a mi gran y sabio amigo Gus y él me dio esa dirección. Asintió conforme, y vi sus hombros caer con cierto alivio cuando le aseguré que no intentaría meterle mano esa noche. Esa noche. Esperaba que hubiera interpretado correctamente la importancia del determinante.
Ella pidió una hamburguesa, y yo tres porciones de lasaña. Ella pidió Coca-Cola y yo pedí Pepsi, asegurando que sabía mucho mejor. Eso le pareció una blasfemia, y temí que hundiera mi cara en la lasaña cuando sus cejas se juntaron hasta casi tocarse. Me encogí de hombros.
- Soy una chica especial - me excusé sin sentirlo. Mi madre siempre me dijo que debía estar orgullosa de cómo era, incluso con mi pésimo sentido de la orientación.
Hablamos de su trabajo en el ambulatorio del barrio. Se quejó especialmente de que estaba asignada en la planta de niños pequeños.
- Cuando estudias una carrera, te imaginas terminando en grandes puestos o trabajos importantes, cumpliendo tus sueños - dijo exasperada -. Si estudias Derecho, te imaginas metiendo criminales en la cárcel, no llevando un divorcio común porque el señor se olvidó de bajar la tapa del váter. Si estudias Historia, te imaginas de profesor en un centro importante o de historiador, no en una biblioteca que tarde o temprano acabe cerrando porque la gente utiliza más un móvil que un libro. Y si estudias Medicina, quieres estar en un hospital donde puedas ayudar a salvar vidas, no en una farmacia o en un ambulatorio donde todas las madres entran en pánico con sus hijos, como si una gripe común fuera lo peor del mundo y necesitasen un tratamiento carísimo o un medicamento impronunciable para fiarse de los resultados.
- Sí, supongo que el miedo al fracaso y no cumplir las expectativas de mis sueños hicieron que dejara de estudiar - comprendí. Clarke me miró con curiosidad, y decidí continuar -. Me refiero a que era más fácil decidir plantarme en el punto que yo quisiera que llegar a uno en el que tuviera que aceptar un fracaso. Una retirada a tiempo no es una derrota, ¿no?
Clarke frunce los labios, y sé que no está de acuerdo. Ella y su espíritu de superación admirable y terco...
- Es mejor fracasar en el intento que rendirse, Lexa - replica -. Sobretodo cuando tienes posibilidades. Tu problema no era no tener capacidades, sino preferir no tenerlas para ganar una excusa. Estoy segura de que habrías llegado tan alto como tú hubieras querido si no hubieras abandonado.
Mi mente libre e imaginativa hace un corta y pega y traspasa el contexto de sus palabras de los estudios al tema amoroso.
- Tenía miedo de que mis padres se sintieran decepcionados conmigo al no llegar tan arriba como ellos - expliqué removiendo un trozo de la segunda porción de lasaña, que de repente se sentía muy pesada en mi estómago -. Ya sabes, ellos habían pisoteado a todos los demás abogados del país. ¿Cuántos son esos? Muchos. Y todo lo que unos padres triunfadores quieren es que su hijo sea igual de triunfador. Lo considerarán un fracasado si no llega, como mínimo, a lo mismo que ellos. Preferí plantarme por propia voluntad, echarle valor y decidir en qué punto me quedaría y cuánta distancia nos separaría, a quedarme a un paso de ellos o incluso a su altura, porque entonces sí me sentiría una fracasada. Tan cerca y tan lejos, casi pero no, ya me entiendes. Ellos se enfadaron, pero lo aceptaron con el tiempo. Era mi vida y mi elección.
Clarke estuvo mirando su bebida con la misma intensidad con la que yo había mirado antes mi comida, mientras me perdía en mis pensamientos y recuerdos, y supe que ella se sentía igual. Carraspeé un poco para deshacerme del sentimiento de arrepentimiento que se había instalado en mi garganta al pensar en las miradas decepcionadas de mis padres al ver que su hija hacía cualquier cosa menos estudiar, como ellos siempre pensaron que haría.
Muchas veces me pregunté si el haber seguido estudiando hubiera cambiado, al menos, los dos meses que tardaron en volver a mirarme con casi el mismo orgullo.
- Mi madre trabaja en el hospital mas importante de la ciudad - dijo Clarke de repente. Asentí, porque recordaba que me lo dijo una vez en el acantilado -. De pequeña, cuando la veía volver con una sonrisa cansada pero satisfecha después de estar operando seis horas a una persona para salvar su vida, me sentía tan orgullosa como se puede sentir una hija de su madre. Era como una heroína sin poderes, y yo quería ser igual - su sonrisa ante el recuerdo fue decayendo, y quise agarrar su mano -. Una noche, cuando yo ya había decidido hacer la misma carrera, ella volvió llorando porque no pudo salvar a un niño de ocho años que sufrió un accidente de coche. Su madre vivió, y ella quiso ir personalmente a disculparse con ella por no poder salvar a su hijo. La madre se puso furiosa, y la insultó mientras lloraba y mi madre lloraba con ella. Cuando vino a casa, me estuvo abrazando media hora y me suplicó que no estudiara lo mismo. Me dijo que, aunque la elegía pensando en las vidas que salvaría, al final sólo recordaría las que no pude salvar. Me dijo que no quería pensar que una madre furiosa me culparía por no haber podido salvar a su hijo como si yo tuviera la culpa, que un trabajo donde la gente muere en tus manos no es el adecuado para las buenas personas.
- ¿Entonces por qué estudiaste lo mismo? - pregunté confusa y un poco dolida; no quería imaginar a Clarke perdiendo la vida de alguien en sus manos y una familia rabiosa echándole la culpa, haciéndola sentir fatal, todavía peor de como ella se sentiría.
Clarke suspiró de manera nostálgica, y me pregunté si se arrepentía de haber decidido estudiar algo que, al final, vio que no era su carrera idealizada.
- Cuando vi a mi madre tan destrozada quise hacerle saber que, aun no pudiendo salvar a un niño de entre cientos de pacientes a lo largo de su carrera, yo continuaba sintiéndome orgullosa de ella. Me siento orgullosa de mi madre y de lo que ella hace, y es mi ejemplo a seguir porque la admiro. Sigue siendo mi heroína. No podemos salvar a todos, pero podemos intentarlo. Ella lo intentó, y yo quería intentarlo. No quería que el miedo al fracaso cambiara una decisión importante.
La miré fijamente, comprendiendo lo distintas y parecidas que éramos a la vez. Había cosas de su vida que no conocía, ni ella de la mía, y aun así sabía que ella era la adecuada para mí, y yo lo era para ella.
Pero quería conocerla. Le pregunté sobre su relación con Raven, y me contó la anécdota del martillazo en la cabeza. Yo le conté la del precipicio con detalle. Eso nos llevó a hablar de Costia. Me mostré abierta a responder cualquier tipo de pregunta, para que viera que era sincera y no recelaba de ningún sentimiento que Costia me hubiera provocado en el pasado. Lo que sentí en el pasado, se quedó en el pasado, y deseaba que Clarke lo comprendiera. Ella me habló de Niylah y Bellamy, y también de Wells. Fue una conversación donde realmente hablamos de lo positivo, como si guardásemos lo malo por contar para la próxima vez. Porque habría próxima vez.
Cuando terminamos el postre eran casi las once, y la gente comenzaba a abandonar el restaurante no presuntuoso de Gus, así que Clarke pidió la cuenta.
Sentí mi mandíbula caer con mi alma al ver el papel con la cifra al final.
- Clarke - la llamé al recuperar la compostura, y su expresión fue cautelosa al ver que no bromeaba y estaba preocupada -, ¿tienes, no sé, cuarenta y dos euros a mano? Creo que no me llega el dinero.
Clarke entrecerró los ojos.
- ¿Estás de broma?
- No, esta vez no - me apresuré a decir -. Tengo quince en la cartera, y me parece que no es suficiente. Maldito Gus y su concepto de "barato".
- Anda, déjame ver. Cuanto más ricos más tacaños... - rosmó quitándome la cuenta y observándola. Me incliné mejor para ver sus ojos abrirse de par en par -. Dios mío - exclamó en un susurro para luego mirarme cabreada con el ceño arrugado -, ¿cómo se te ocurre pedir el postre más caro?
- ¡Era el que mejor pinta tenía! - me defendí.
- ¡Pero si no traen foto! ¿Sabes la pinta por el nombre? - se burló sin creerme.
Resoplé.
- Bueno, era el único que sabía pronunciar, ¿vale? - confesé quitándole de nuevo la cuenta.
- ¿Y ahora qué? - preguntó en voz baja.
Observé el lugar detalladamente. Había una pareja en la esquina, un grupo de adolescentes en otra mesa, una familia en otra y una mujer en la más cercana a nosotras.
- Vale, creo que si tú distraes a la señora de la peluca, podré robarle el bolso - murmuré mirando los movimientos lentos de la señora -. Sí. Le cojo el bolso, algo de dinero de la cartera, lo devuelvo, pago y nos vamos, ¡es perfecto! - miré entusiasmada a Clarke, y ella me estaba matando con la mirada -. ¿Qué?
- ¿Quién crees que somos para ir robando por ahí? - siseó.
Vaya espíritu aventurero.
- Agente cero cero culo, con licencia para mangar - me señalé y luego a ella -, y Agente cero cero tetas, con licencia para distraer y ser la cómplice de la buenorra.
- ¡Yo no soy cómplice de nadie, idiota! - me golpeó por debajo de la mesa.
- ¡Ay, agresiva! - me quejé en voz baja -. ¿Prefieres Agente nalga nalga siete y Agente teta teta ocho? - reí - ¿lo pillas? El ocho es por...
- ¡Ya sé por qué es el ocho! - se llevó las manos a la cara, frustrada.
- Vale, no más bromas sobre culos, tetas y agentes - acaricié su hombro para tranquilizarla -. Lo prometo, leona.
- Gracias - contestó con sarcasmo.
- De nada - sonreí -. Además, acabo de tener otra idea genial, apta para espíritus cobardes como tú.
Arrastré a Clarke hasta el baño asegurándole que no era para tener sexo con ella. Al menos, no en ese momento. Una vez dentro, atranqué la puerta y observé hacia las paredes.
Como esperaba, en una de ellas había una pequeña ventana que se podía abrir fácilmente si subía a Clarke a mis hombros.
- Vale, el plan es este: te subo a mis hombros, abres la ventana, y sales, y de ahí puedes elegir entre conseguir el dinero en menos de media hora o dejarme aquí - expliqué mirándola a los ojos -. No te estoy cediendo una tabla en el océano pero tiene su punto. Cuento con que vuelvas a por mí.
Clarke me golpeó en el hombro.
- No te voy a dejar aquí tirada y no voy a salir por la ventana como si fuera una ladrona.
- O Papá Noel, si eso te consuela - sugerí.
- ¡Papá Noel utiliza la chimenea!
- ¿Y si no hay chimenea? - insistí.
- Mira, no vamos a entrar en un debate sobre los pasadizos secretos de Papá Noel.
- Claro, porque sabes que lo pierdes - me burlé.
- ¡Porque Papá Noel ni siquiera existe!
- Qué poco crees en la magia de la Navidad, Clarke - la miré abatida.
Ella rodó los ojos, cansada.
- ¡Oh, por Dios! Tú vas a creer en la magia de ver cosas que no existen cuando te dé un guantazo! - se exasperó haciéndome retroceder hasta la pared. Sexy y agresiva, esa era mi leona.
Alcé las manos.
- Vaya, no recordaba que te fuera ese rollo - reí -. Me gusta. Podemos probarlo cuando salgamos de esta.
- Nada de fugarse - me detuvo cuando iba a colocar las manos para subirla a mis hombros -. Vamos a salir ahí y explicaremos, civilizadamente, que no tenemos dinero suficiente para pagar.
Y así lo hicimos. La policía no tardó ni diez minutos en venir mientras yo trataba de tranquilizar a Clarke, que se lamentaba como si en vez de una morosa fuese una delincuente peligrosa que saldría en las noticias. Quiso golpearme de nuevo cuando hice la broma de taparme con la capucha al salir del coche por si había alguien de televisión grabando, y un policía tuvo que separarnos.
Supuse que se había mareado en el coche y de ahí su antipatía, porque hasta el conductor se rió de mi gracia natural.
Nos tomaron los datos mientras Clarke se seguía lamentando.
- Fichada como una delincuente, yo te mato.
- Ha sido divertido - dije entrando en la celda. Pasaríamos la noche en la celda común hasta que nos dejasen hacer una llamada al día siguiente. Raven o Costia vendrían a pagar lo que debíamos y nos iríamos tan tranquilas a casa.
- Ni lo intentes - amenazó cuando intenté contar un chiste.
Ella se arrinconó en la esquina del banco, así que me puse a hablar con el yonki que había en otra pared. Terminamos haciendo buenas migas a pesar de ser de diferentes equipos de fútbol. Clarke acabó entrando en el debate también, y la tensión se fue diluyendo hasta desaparecer. Ella terminó quedándose dormida sobre mi hombro mientras el yonki, Jasper, le cantaba una nana. La tapé con mi chaqueta e intenté dormir abrazándola para no tener frío. Unos cedían tablas y yo cedía chaquetas. Toma esa, Di Caprio.
Cuando imaginaba pasar otra noche al lado de Clarke, lo último que me imaginaba es que sería estando detenidas en una fría celda compartida con un amable y futbolísticamente ignorante yonki, tras una deliciosa y cara cena.
A la mañana siguiente, Raven fue quien vino con el dinero y una sonrisa malvada a buscarnos. Clarke se empeñaba en hacerse la enfadada, pero entre Raven y yo conseguimos hacerla reír. Tenía cierto miedo a que ella estuviera realmente enfadada por tal desastre.
- Ahora que todo ha pasado, reconozco que ha sido mínimamente divertido - admitió cuando salimos de comisaría.
- Definitivamente - coincidió Raven riendo a carcajadas -. No sabes cómo me reí cuando me llamaste esta mañana y me lo explicaste todo. Me estaba duchando y continuaba riéndome.
- Entraste a comisaría riéndote; nos despertaste con tu risa de loca - dije masajeando mi cuello -. Nos saludaste riéndote. Pagaste riéndote. Por Dios, estabas hablando con el policía y seguías riéndote.
- Creo que nunca dejaré de reírme - continuó, incluso cuando estaba cogiendo el coche. Nos ofreció acercarnos a nuestras casas, pero declinamos la oferta. Ambas necesitábamos tomar el aire y estirar las piernas tras una noche como aquella.
Íbamos caminando lentamente, y yo no podía dejar de mirar de reojo a Clarke con nerviosismo. Ella iba abrazada a sí misma, sumida en sus pensamientos, o quizás en el sueño que debía tener después de dormir en una mala postura. Incluso apoyada en mí, una celda no era el mejor lugar de descanso del mundo.
- Realmente lo siento, Clarke - me disculpé haciendo que se detuviera.
- Da igual, Lexa - se encogió suspirando.
- No, te debo una - insistí.
- Después de cómo ha salido esta vez, creo que desconfío de cualquier plan tuyo - terminó bromeando con una pequeña sonrisa.
- Me prometí que no haría esto la primera vez que saliéramos, pero supongo que te lo debo - confesé muy seria.
Clarke pareció ponerse algo nerviosa, cambiando el peso de una pierna a otra.
- ¿El qué?
- Voy a llevarte al Mc Donald's.
Sus ojos azules pestañearon confusos, y pude ver un sonrisa dulce asomarse cuando me vio aguantar la respiración mientras esperaba su respuesta.
- Vale - aceptó comenzando a caminar sin esperarme, y puedo jurar que era para evitar que la viera sonreír divertida cuando mis hombros cayeron aliviados.
Desayunar en el Mc Donald's con Clarke fue todavía mejor de lo que pudo ser cenar con ella allí.
