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El Diario de una Máscara

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19. En las manos equivocadas.

Corría entre arbustos, a más no poder, tratando de esquivar sin éxito las delgadas ramas que dejaban finas marcas en su piel. No le importó. A sus espaldas, el peligro avanzaba sin piedad, cerniéndose en su propia sombra, respirando detrás de su oreja, erizando su piel con una promesa letal.

Sabía que su cazador no estaba muy lejos, por lo que no podía parar ni un segundo, ni siquiera a respirar. Tenía las piernas entumecidas y la nariz empapada de sudor. Lo único que escuchaba era su propio jadeo, sin embargo, todo lo que la rodeaba parecía estar estático, muerto.

La luna iluminaba su camino en la medida de lo posible, pero aquella luz lamentablemente no era suficiente, por lo que en más de una ocasión trastabilló. Cada paso era una constante amenaza de una caída violenta, pero por sobretodo, de perder valiosos segundos que sin lugar a dudas, el enemigo aprovecharía para asesinarla y llevar su cabeza como trofeo. No sería la primera muggle cuyo cráneo termina como objeto de exhibición.

–¡Te atraparé sangre sucia! –escuchó un tono burlón a sus espaldas–. ¡Crucio!

Hermione se agachó y giró instintivamente en treinta grados, sintiendo como el maleficio pasó por encima de su cuero cabelludo. Inhaló a con dificultad y siguió corriendo como si la persiguiera el mismo diablo, sintiendo su pulso desbocado, su corazón martillando su pecho. Maldijo por dentro. No importaba cuánto llevase entrenando ahora que era parte de la "Resistencia", nunca tendría el suficiente estado físico para correr tanto como lo estaba haciendo ahora. Ni siquiera sabía cuántos minutos llevaba en eso ¿Veinte? ¿Treinta?, y lo peor de todo, era que su cazador parecía estar intacto, pues cuando la insultaba su voz no tenía alteración ni denotaba cansancio.

Iba a tal velocidad, que muy encima se percató del acantilado que tenía por frente, por lo que, incapaz de frenar en seco, se dejó caer en el suelo de costado, sintiendo como las piedras presionaban sus piernas. Antes de que pudiera enmendar el camino, una patada llegó a sus costillas, y luego otra se encajó en su espalda, haciéndola rodar lo suficiente para que la gravedad se hiciera de su cuerpo y la arrastrase por el borde. Sus manos magulladas alcanzaron a sostenerse y evitarle una caída de por lo menos 150 metros, pero no resistirían mucho. Hermione supo entonces que esos serían los últimos segundos de su vida.

–Pensé que mis ojos me habían engañado, pero no –dijo el enmascarado, moviendo con severidad su varita–. Es la famosa putilla de Potter. ¿Quién diría que en el día de hoy, la buena fortuna me permitiría llevarle al Señor Oscuro tremendo botín? Lástima para ti que no tengo ganas de llevarte en una pieza. No me puedo resistir a la tentación de ver como te revientas contra el fondo.

Junto con la última sílaba, el mortífago estrelló la suela de su zapato contra la mano izquierda de la castaña, quien emitió un grito ahogado. Nunca había estado tan cercana a la muerte, y hoy, ésta le ofrecía la mano para llevársela consigo. Cerró los ojos esperando el fin, rogando que su corazón fallara y la matara de un ataque antes de estrellarse contra el fondo. Sin embargo, una voz conocida se coló en sus pensamientos. Alcanzó a levantar la mirada justo cuando el cuerpo del enmascarado pasó por encima de su cabeza, empujado por un certero hechizo que, por la espalda, lo elevó y arrojó al acantilado sin que pudiera evitarlo.

Hermione sintió como unas manos gruesas se enroscaban en sus muñecas y la alzaban como un globo con helio, sin dificultad, alejándola del precipicio. De los nervios, sus piernas débiles no la pudieron sostener cuando la depositaron en el suelo, cayendo irremediablemente encima de su salvador. No hizo ademán de levantarse, no había apuro, y, la verdad sea dicha, ya no tenía fuerzas.

–Tardaste –le reprochó en un susurro.

Él le pasó una mano por la nuca, en una leve caricia, costumbre que había adquirido en los últimos años.

–Solo un poco, no llores, ¿ya? –respondió, con una sonrisa traviesa–. Además, lo tenías completamente bajo control, ¿no? Solo le estabas dando un poco de ventaja.

Ella inhaló como si hace horas no hubiera recibido aire en sus pulmones, y exhaló como si estuviera tratando de exorcizarse, hasta que se calmó. Él no la apresuró, pero, sabiendo que no se encontraban en un lugar seguro, se incorporó lentamente con ella encima, levantándola entre sus brazos para largarse de ahí. Hermione no protestó. Sus energías habían quedado 2 kilómetros atrás y, además, tenía la suficiente confianza para demostrar debilidad en ese instante.

Cerró nuevamente los ojos.

En cinco años, Ron y ella habían pasado por varias etapas. De estar peleados a muerte por culpa de su relación con Theodore Nott, a ser completamente inseparables. De intentar tener "algo más" por un año completo, a decidir no arruinar su amistad ya que, a pesar del inmenso cariño que se profesaban, sus personalidades eran muy opuestas para ser pareja, por lo que habían decidido dejarlo solo como amigos... aunque en ocasiones eso se fuera por la borda.

No iba a negar que esos deslices de vez en cuando complicaban las cosas entre ambos, pero tampoco se iban a privar de aquellos momentos fugaces donde la adrenalina los envolvía y, empujados por la incertidumbre de si iban a sobrevivir otro día, deseaban sentirse vivos quizás por última vez. Los dos habían cambiado mucho. Ambos lo habían hecho por distintas razones. No solo la guerra los había hecho madurar, sino también las circunstancias personales de cada uno.

Hermione reorganizó sus pensamientos y su corazón luego de que este fuera destrozado por Draco Malfoy a causa de sus propios actos. Aún recordaba aquel día en que Ron la encontró llorando a mares, incapaz de pronunciar palabra. Ese día, él fue lo suficientemente comprensivo como para no preguntarle qué le había ocurrido. Es más, nunca tocó el tema, lo cual ella agradecía hasta el día de hoy, pues no era capaz de contarle las barbaridades que había hecho.

Por su parte, Ron había cambiado por motivos más profundos. Al estallar la nueva guerra mágica, el primer lugar en ser atacado fue el Ministerio de Magia, siendo una de las tantas víctimas de aquel episodio su padre Arthur, precisamente por ser conocido por su afición por los objetos muggle.

Ambos habían pasado de ser compañeros de aventura del "elegido", a ser un equipo extraordinario de rastreo y apresamiento de mortífagos, convirtiéndose en destacados miembros de la Resistencia, aunque los dos tenían motivos ocultos. Ron, aunque no lo demostrara abiertamente, tenía una horrenda sed de venganza por el asesinato de su padre, por lo que se encargaría de encerrar a cada puto mortífago que se le atravesara, eliminándolos con gusto en caso de ser necesario, como lo había hecho hace unos instantes.

Por su parte, Hermione tenía dos razones. Conscientemente, su sentido de justicia y su origen muggle la compelían a luchar por lo que consideraba correcto. Pero a nivel inconsciente, también había otro motivo. Y es que en cada misión, sin pretenderlo, buscaba los ojos grises de Draco Malfoy en cada máscara. ¿Qué haría si los encontrara? ¿Sería capaz de encerrarlo? ¿Sería capaz de matarlo? No tenía la menor idea, y aún así, los buscaba en cada pelea, en cada misión.

Desde el último encuentro que tuvo con el rubio en la Sala de los Menesteres, no había vuelto a saber de él. Ni siquiera Dumbledore tenía conocimiento alguno sobre su paradero, ya que, al no ser capaz de rescatar a su madre después de tanto tiempo, al parecer el Slytherin había decidido que no le quedaba más remedio que unirse completamente al lado oscuro y en serio. Tampoco supo más de Theodore ni de Parkinson, por lo que cabían dos posibilidades. Los tres se encontraban enfundados de negro en algún rincón del planeta sembrando miseria o, sencillamente, habían muerto en esas dichosas pruebas, dejando un cadáver con tatuajes sin sentido. De solo pensar en cualquiera de las posibilidades, a Hermione se le estrujaba el estómago, y no solo por Draco, sino por los tres.

Ron la cargó en sus brazos hasta el traslador que lo había llevado hasta allá, y recién la soltó al llegar a la guarida de la Resistencia.

–¿Por qué se demoraron tanto? ¿Están bien? –preguntó de inmediato una sombra conocida, que poco a poco dejo entrever su dueño–. ¡Ya estaba por mandar un escuadrón en su búsqueda!

–Tranquilo, Harry –contestó Ron, suspirando antes de continuar–. Tuvimos un pequeño percance, nada grave.

–¿Nada grave? –retrucó él–. ¡Llevan nueve horas sin dar señales de vida! Tuvimos que realizar la reunión operativa sin ustedes. Moody escupía furia.

El pelinegro estaba ceñudo, pues su preocupación había mutado en enojo. Por una parte, entre más sobre protector se comportaba con sus amigos, que eran prácticamente las personas que le importaban en el mundo, ellos más se ponían en situaciones de peligro. Por otro lado, al estallar la guerra automáticamente había quedado de líder de la Resistencia, quitándole el sueño y alejándolo inevitablemente de ellos, ya que como era cara visible y símbolo, poco tiempo tenían para compartir entre los tres. Es más, una parte del corazón de Harry Potter estaba resentido, pues veía como sus compañeros de la vida habían formado grupo aparte, dejándolo de lado cuando siempre habían sido un equipo.

–Fue mi culpa, Harry –confesó Hermione–. Después te explico qué pasó y aprovecho de disculparme con Moody. Pero ahora no, estoy molida, necesito descansar.

Harry iba a replicar, pero un sutil movimiento de cabeza de Ron lo evitó, así que el primero se limitó a asentir. Hermione susurró un "gracias" y se dirigió a las escaleras que estaban a su izquierda, subiéndolas a paso cansino. Ron la siguió detrás y, a la pasada, palmeó la espada de su amigo, dándole a entender que todo estaba bien, que no había de qué preocuparse. Hermione llegó a duras penas hasta su habitación, sin darse cuenta que al entrar, también había entrado Ron, el que cerró la puerta.

De pronto, Hermione sintió como los brazos de Ron se posaban rodeando su cintura, desde la espalda, y como el mentón del muchacho se apoyaba en su hombro derecho. Suspiró. Si bien recordaba que en los brazos de Theodore y Draco había sentido millones explosiones hormonales en su oportunidad, en los brazos de Ron se sentía increíblemente segura. Quizás era porque la contextura de él, en los últimos años, se había ensanchado al trabajar sus músculos con dedicación. Quizás era porque, después de 5 años, había olvidado qué sintió en aquella época. O quizás, voluntariamente decidió olvidar para tranquilidad mental.

–Hola –le musitó él al oído.

–Hola –respondió ella, reprimiendo una cansada sonrisa–. Tanto tiempo.

Él se incorporó y, lentamente, le dio la vuelta para quedar frente a frente, apoyando con delicadeza su frente contra la de ella.

–¿Por qué no seguiste el plan, Hermione? ¿Por qué te fuiste a meter a otro lado sin avisarme? –inquirió, dulce y a la vez duro.

Ella no respondió de inmediato, pero él esperó paciente.

–No lo sé. De un momento a otro te perdí el rastro y, al siguiente, me encontré corriendo por mi vida. No fue mi intención alejarme. De hecho, gracias por llegar a tiempo.

Él negó con la cabeza y tomó el rostro de la muchacha con ambas manos, para que enfocara la vista en sus ojos.

–Sabes que siempre iré cuando me necesites, Hermione. Pero tienes que ayudarme a cuidarte. ¿Tienes idea del miedo que tuve al verte a punto de caer por aquel precipicio? ¿Sabes cuánto me destruiría que te pasara algo? ¿Acaso tienes la más mínima idea de lo que significas para mí?

Hermione sintió como se ruborizaba. Aunque haya pasado tanto tiempo de por medio, aún no se acostumbraba a esas declaraciones de afecto del pelirrojo. Él, que antes tenía la inteligencia emocional del porte de una cucharita de té, ahora hablaba sin tapujos de sus sentimientos, pues después de la muerte de Arthur, no quería cometer los mismos errores del pasado. Si él, su padre, estuviera vivo, Ron se encargaría todos los días de decirle cuánto lo quería y admiraba. Pero ya no estaba. Y Ron no quería llorar más muertos. No quería perder tiempo.

Cuando la muchacha se disponía a responder, el sonido de un fuerte bombazo interrumpió la conversación. Ambos miraron en dirección a la puerta, alertados, sin embargo, antes de que pudiera hacer algo al respecto, Ron se adelantó y se apresuró a salir por ella. "Espérame acá, Hermione" le dijo preocupado, con un tono que mezclaba una orden con una súplica. Ella, con la palabra en la boca, caminó hasta el marco de la puerta y se quedó allí, inmóvil, mirando desde el segundo piso como una manta de humo subía hasta el techo, escuchando gritos y lamentos.

Sin poder cumplir con los deseos de Ron, Hermione se aventuró entre el humo, siguiendo por el oído los gritos de una mujer joven que rogaba auxilio. Los gritos eran tan desesperados que no era capaz de reconocerlos. ¿Quién era? ¿Luna? ¿Ginny? ¿Padma? La consternación comenzó a atacarla sin piedad, pues no podía encontrar a la dueña de aquella voz. Solo sentía como gente corría alrededor de ella y como se tropezaba con cuerpos inertes sin vida. Por segunda vez en el día tuvo miedo, pero esta vez no por ella, sino por el resto. La guarida jamás había sido atacada porque, hasta entonces, había permanecido oculta del enemigo. Pero ahora era un campo de guerra en el cual, muchos civiles estaban involucrados. Muchos refugiados que jamás se habían enfrentado al ejército de mortífagos. Muchos pequeños indefensos.

Justo cuando creía haber encontrado a quien gritaba por ayuda, sintió un golpe seco en la nuca. Se detuvo de inmediato y, atontada, tocó el lugar con la mano izquierda. Un líquido caliente mojaba su pelo, y Hermione supo en ese instante que estaba palpando su propia sangre. Antes de que pudiera reaccionar, una sombra negra apareció por delante de ella y cubrió su cabeza con una bolsa de tela marrón, proporcionándole a continuación un rodillazo en la boca del estómago que la dejó sin respiración.

Hermione sintió como su atacante la levantaba y colocaba por encima de su hombro, odiándose porque no era capaz de oponer resistencia. Su cabeza estaba sangrando, no era capaz de respirar y, poco a poco, se estaba yendo a negro. "No… no caigas… lucha… suéltate" se ordenó mentalmente, no obstante ello, su cuerpo no se había recuperado de su encuentro con el mortífago de hace una hora y, al parecer, con el ataque de recién le habían roto el cráneo.

–Ron… –alcanzó a murmurar en un último respiro, antes de perder completamente la consciencia.

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Todo le daba vueltas vertiginosamente. Absolutamente todo. Sentía el cuerpo acalambrado, pero no tardó en comprender por qué. Al tratar de moverse, notó que estaba amarrada a una silla, con las manos por detrás del respaldo y los tobillos atados al extremo inferior de las patas de la misma. Si no hubiera estado tan mareada, su posición la habría colmado de vergüenza.

A medida que iba recuperando la compostura, trató de liberarse, pero fue inútil. Su cuerpo no respondía y el amarre, entre más trataba de soltarlo, más se apretaba contra su piel. Gimió por dentro, mientras su cabeza rememoraba por qué estaba allá. El ataque, la voz que pedía auxilio, el golpe, su secuestro. ¿Qué habría pasado con el resto? ¿Ron y Harry estarían bien? Esperaba que sí. De todo corazón lo esperaba.

De pronto, un chaparrón de agua congelada se estrelló contra su cuerpo, arrancándole un grito de sorpresa. La capucha que llevaba en la cabeza se le pegó a la cara y, por más que trató de evitarlo, no hacía más que temblar de frío. Sentía angustia, desesperación y pánico. Rogaba que si era el momento de morir, la mataran de un tirón. Sabía que dadas las circunstancias era mucho pedir, pero aún así, si existía una divinidad, ojala se compadeciera de ella, después de todo, no creía ser una mala persona.

–¿Despertaste, sangre sucia? –le preguntó una voz socarronamente–. ¿O necesitas un segundo baño?

–Por más que la mojes, la inmundicia de su sangre no se limpiará –contestó otro, quitándole con violencia la capucha, sacando cabello a la pasada y un quejido–. ¿Y? ¿Vas a rogar, impura?

Ella levantó el mentón y lo miró desafiante. Si iba a morir, moriría con dignidad.

–¿Qué pasa? ¿Te amputé la lengua y lo olvidé? –espetó el segundo mortífago, mientras se acercaba y se sentaba en una de las rodillas de la castaña–. Si no lo hice, quizás sea una buena idea… –agregó, apretando sus mejillas hasta que le abrió la boca.

El otro mortífago rió. Al parecer, solo estaban calentando motores.

–No. Está ahí. No la amputé –continuó el bastardo–. Creo que ya que está ahí, es mejor utilizarla, ¿No crees?

Ambos enmascarados intercambiaron miradas cómplices.

¡Crucio! –gritó el primero, dándole de lleno en el pecho a la muchacha.

Hermione nunca se había escuchado gritar así. Jamás. Se retorcía por completo salvo por una pierna, donde aún se sentaba uno de sus torturadores. El dolor era intenso, laceraba su piel como un centenar de dagas, y sentía que sus ojos iban a explotar. Algo dentro de su cabeza se quebró y, en un segundo, pidió morir. El mortífago que la maldecía paró, y el otro, sentado en su rodilla, la abofeteó.

–Hey, no te hemos dado permiso para que pierdas el conocimiento –gruñó, golpeándola nuevamente–. Despierta, sangre sucia. Si quedas inconsciente, no es divertido.

–¿Qué no es divertido? –preguntó una tercera voz, una que sonó muy lejos para Hermione–. ¿Qué están haciendo?

El mortífago que estaba en la rodilla de Hermione se levantó abruptamente, alejándose de ella como si tuviera una enfermedad contagiosa. Si bien Hermione trató de enfocar la vista al recién llegado, veía todo borroso, y, la verdad sea dicha, tampoco estaba en sus cabales como para que le importase mucho. Es decir, ¿otro más que se une a la fiesta y a la tortura? No gracias.

–Hice dos preguntas –reiteró el hombre, con tono duro–. Qué es lo divertido y qué están haciendo.

Uno de los mortífagos retrocedió ante su voz autoritaria, mientras que el otro se plantó firme.

–Jugando con una de tus zorras –contestó con desdén–. Bueno, una de tus ex zorras, cuando te daba por mezclarte con la baja estofa.

Hermione tragó espeso sin entender a lo que se refería el sujeto. Estaba demasiado aturdida como para reflexionar sobre lo dicho.

–Mira tú. Jugando –repitió el recién llegado, sarcásticamente, caminando lentamente hasta enfrentar a su interlocutor–. ¿Y quién mierda te dio permiso para jugar con las mercancías del Señor Tenebroso? ¡Y más encima matarla!

¿Matarla? Repitió Hermione en su cabeza.

–¡¿De qué carajo hablas?! ¡¿No ves que está viva?! –exclamó el otro mortífago, en una arranque de valentía.

El tercer hombre se dio vuelta y la miró de arriba abajo a través de la máscara. Hermione hipaba de dolor y aún sentía los huesos astillados, pero sin duda respiraba. Aún lo hacía. Era evidente.

El hombre se volvió nuevamente enfrentando a los otros dos mortifagos y se encogió de hombros, con las palmas hacia arriba.

–No sé –dijo–. Yo la veo bien muerta –agregó–. No sé cómo se va a tomar el Señor Oscuro su imprudencia. Y ahora lamentablemente me toca castigarlos.

–¿Pero de qué mier…?

No alcanzó a decir nada más. Dos rayos verdes velozmente atravesaron la habitación, incrustándose de lleno en los rostros de los mortífagos, quienes cayeron hacia atrás, estirados como una tabla, con los ojos ausentes de vida.

–Putos –escupió el asesino, girándose hasta la prisionera–. ¿Y ahora qué haré contigo? –se preguntó en voz alta.

Hermione percibió como el sujeto se acercaba y agachaba hasta su altura, levantando su barbilla para que pudiera enfrentarlo. Entonces, su aroma le fue familiar, y sintió como su corazón se desbocaba. No era posible, y no lo habría creído, hasta que lo escuchó hablar nuevamente.

–Siempre supe que tarde o temprano volverías a mi lado, Hermione, y tal como te lo prometí en aquella oportunidad, ya no tendrás la versión bonita de mí. Ahora estarás bajo mis reglas –le susurró significativamente–. Y te encantará estarlo –finalizó con una promesa.

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