Regreso a casa

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Isabella estaba en un carruaje de alquiler delante de Belford House, con varias bolsas pequeñas de viaje a los pies. Le resultaba difícil pensar, y aún más bajar del vehículo. Había decidido ir a hablar con su madre por última vez antes de marcharse de Londres. Estaba consumida por la angustia, porque no se había despedido de Edward, pero le habría resultado demasiado difícil después de la noche que habían compartido. Era obvio que era una cobarde.

Cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas, aunque tenía ganas de llorar por los dos. Aquella mañana, se había despedido de ella de muy buen humor, le había dicho que la vería antes de la cena sin saber que para entonces ella ya estaría en mar abierto. Lo había visto marcharse desde la ventana con el corazón destrozado, mientras deseaba con todas sus fuerzas llamarlo para que regresara. Había tenido que recordarse a sí misma una y otra vez que los caminos de ambos volverían a cruzarse tarde o temprano en la isla, pero sabía que eso no iba a suponer ninguna diferencia. No pensaba ser su amante ni aunque él quisiera, porque no resolvería nada, y no pensaba aceptarlo como esposo sólo porque él se sintiera obligado a proponerle matrimonio. Respiró hondo, se secó los ojos, y bajó del carruaje.

El cochero escupió una bola de tabaco al suelo. Isabella se acercó a la casa, llamó a la puerta, e intentó hacer acopio de toda su compostura; poco después, estaba en el vestíbulo, preparándose para aquel último encuentro con su madre. Le resultaba muy extraño pensar en la palabra «madre» sin sentir ningún afecto, pero lo que no podía obviar era que Renée Belford era su madre biológica, y que tenía dos hijos que eran sus hermanastros. Quería hablar con ella una última vez antes de marcharse de Londres para siempre.

Renée llegó al vestíbulo a toda prisa, y muy sonriente.

—¡Isabella! Has cambiado de opinión, ¿verdad? Me alegro de que hayas venido —se detuvo, y se mostró sorprendida—. ¿Dónde están tus cosas?, ¿no has venido a quedarte a vivir conmigo?

—No, he venido a despedirme. Ya te dije que voy a regresar a casa —Isabella se dio cuenta de que en parte tenía la esperanza de que aquella mujer le diera alguna pequeña muestra de afecto, a pesar de la conversación anterior que habían tenido.

—¡No puedo creerlo! ¿Vas a renunciar a la vida que tienes aquí, en la ciudad, para irte a vivir a una isla infestada de piratas?

—Ya te dije que pienso abrir una tienda. Seguiré siendo una dama, y con el tiempo seré una comerciante con un barco propio.

—¡Estás loca, y eres una desagradecida! Te he ofrecido un hogar de verdad, pero decides irte en busca de aventuras. Eres igual que tu padre.

—No me has ofrecido nada —le dijo, muy tensa—. Lo único que quería de ti era algo de afecto sincero, pero en tus ojos sólo he visto codicia y maquinaciones. He venido con la esperanza de que tu actitud en el baile hubiera sido un error, pero no lo fue, ¿verdad?

—Estoy enfadada contigo porque estás echando a perder tu futuro. Si ves maquinaciones en mis ojos, es porque quiero lo mejor para ti. Eres… —se detuvo en seco, y bajó la voz—. Eres mi hija a pesar del pasado, y quiero que tengas un futuro brillante.

Isabella no creyó ni una sola de sus palabras.

—¿Por qué te importo tan poco?, ¿quién de las dos tiene la culpa?

—Claro que me importas, te lo dije en el baile.

—Lo que te importa es el dinero que pueda aportarte. A pesar de que ahora soy una dama, sigo sin merecerme tu afecto. ¿Es porque soy ilegítima?, ¿acaso tengo que pagar por tus pecados? A lo mejor lo que ves al mirarme es la hija de un pirata. He hecho todo lo que he podido por cambiar, pero no basta, ¿verdad?

—No, no basta, pero yo podría ayudarte a convertirte en una gran dama de verdad. Sigo decidida a lograr que te cases con de Masen, llegarás a ser una de las reinas de la alta sociedad.

—Y tú reinarás a mi lado, mientras las dos vivimos rodeadas de lujos gracias a la fortuna de Edward, ¿verdad? —Isabella se sintió asqueada.

—¿Por qué no? —le dijo su madre con entusiasmo.

En aquel momento, Isabella sintió que perdía el sueño de la madre idealizada que su padre le había inculcado; la pérdida, sumada a la angustia que sentía porque iba a alejarse de Edward, le resultó insoportable. Se quitó con manos temblorosas los pendientes de perlas que Edward le había regalado, y se los dio a Renée. Jamás renunciaría al collar, que era el primer regalo que él le había dado.

—Ten, véndelos. A lo mejor te ayuda en algo. En cuanto obtenga mis primeros beneficios, te enviaré algo, todo lo que pueda. Con un poco de suerte, servirá para que tus hijos y tú salgáis adelante —apenas podía creerse lo que estaba ofreciéndole, pero estaba siendo sincera. Renée Belford no se preocupaba ni lo más mínimo por ella, pero era su madre, y tenía problemas; además, sus dos hijos eran su hermanastro y su hermanastra.

—¿Cómo puedes hacer algo así? ¡Estoy ofreciéndotelo todo, Isabella!

No estaba ofreciéndole nada.

—Adiós… madre —sin más, se fue de allí.

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Edward no había dejado de sonreír desde que había dejado a Isabella en la cama, y como la tarde ya estaba bastante avanzada, empezaba a dolerle un poco el rostro. Pero por fin entendía realmente lo que era el amor… era un cúmulo enorme de alegría y felicidad. Le costaba creer que en el pasado se hubiera creído inmune a aquella emoción, y que hubiera afirmado que se trataba de una dolencia.

En cuanto entró en Esme House, su mirada se desvió hacia la escalera. Tenía en el bolsillo de la chaqueta el anillo de compromiso que había comprado. Había ensayado un montón de proposiciones diferentes, pero todas ellas le parecían deficientes y absurdas. Quería expresar con claridad lo profundos que eran sus sentimientos, por si no se lo había dejado suficientemente claro a Isabella la noche anterior.

Seguía deseándola con toda su alma. La noche anterior habían hecho el amor de cien formas distintas, y estaba deseando poseerla de nuevo. Esperaba que ella hubiera entendido lo que estaba expresando cuando la besaba, la acariciaba y la abrazaba. Era posible que le costara un poco expresar su amor con palabras, pero después de lo de la noche anterior, Isabella debía de saber lo mucho que la amaba.

Estaba a punto de subir las escaleras corriendo, pero vaciló a ver que su padre entraba en el vestíbulo y lo miraba con una expresión inescrutable. Se tensó de inmediato, y se sintió como si tuviera catorce años en vez de veintiocho. Soltó la barandilla, y se volvió hacia él.

—Antes de que empieces a regañarme, deberías saber que mis intenciones son honorables —se sacó del bolsillo la cajita azul de terciopelo, y la abrió. El diamante de ocho quilates brilló bajo la luz.

El conde sonrió, y le dijo:

—Estaba convencido de que pensabas casarte con ella, Edward. Me lo dejaste claro el día de mi llegada, creo recordar que dijiste que te casarías con ella si la deshonrabas.

—Cuando hablamos del tema, no creía que llegaría a suceder.

El conde enarcó una ceja, como si no le creyera, y comentó:

—Es un anillo precioso, y quedará perfecto en Isabella. Felicidades —le dio una palmadita en el hombro—. Me alegro mucho por los dos.

Edward se relajó por fin, y le preguntó:

—¿No vas a regañarme por ser tan impaciente?

—No. Los de Masen somos hombres viriles, y no hay quien nos pare cuando nos enamoramos.

Al ver su mirada perdida, Edward supo que estaba pensando en su esposa.

—¿Puedo decir una cosa? —añadió el conde, cuando regresó al presente.

Edward estaba cada vez más impaciente, y se había vuelto ya hacia las escaleras. Miró de nuevo a su padre, y le dijo:

—Por supuesto.

—Estoy muy orgulloso de ti. Si he sido más duro contigo y menos tolerante con tu comportamiento, no es porque te quisiera menos que a Jasper o a Emmett, y tampoco porque a causa de tu temeridad mi esposa y yo pasáramos muchas noches en vela. El hecho es que era plenamente consciente de que eres mi hijo menor.

Las palabras de su padre habían conseguido centrar su atención. Edward lo miró desconcertado, ya que no sabía adónde quería llegar a parar con aquello. Aunque era cierto que de niño le habían tratado de forma diferente a sus hermanos, la dureza de su padre estaba justificada, porque había sido un diablillo.

—No te entiendo.

—He sido más duro contigo porque, como eras mi hijo menor, necesitabas tener más carácter, más fuerza, y más ambición para sobrevivir en este mundo. Teniendo en cuenta el hombre que tengo ante mí, me parece que acerté con la estrategia.

Edward se sonrojó con orgullo, ya que su padre solía ser parco en elogios.

—Sé que muchas veces tuviste que contener las ganas de azotarme. Soy padre, y Anthony es muy travieso. Entiendo por qué tuviste que ser más duro conmigo que con mis hermanos.

—Has construido un reino a partir del agua y la arena, y es obvio que tu sentido del honor es tan fuerte como el de tus hermanos. Se ve a las claras no sólo en la forma en que tratas a tus hijos, sino en el hecho de que rescataras a una damisela en peligro y la tomaras bajo tu tutela. Estoy muy satisfecho con el hombre en que te has convertido.

—Gracias, papá —le dijo Edward, sonriente.

El conde le devolvió la sonrisa.

—Venga, tu damisela te espera.

Edward sintió que se le aceleraba el corazón.

—Sí, es cierto. Hay algo que tengo que hacer, espero no quedar como un tonto.

—Isabella nunca pensará que eres tonto, hijo. Le brillan los ojos cuando te mira.

Edward se volvió hacia la escalera, pero en ese momento se le acercó un criado con un sobre.

—Capitán…

—Tengo prisa —le dijo con impaciencia.

—Señor, la señorita Swan me ordenó que os entregara esto a las cuatro en punto.

Edward lo miró sorprendido, y empezó a tener un mal presentimiento.

—¿Dónde está la señorita Swan? —tomó el sobre, y se dio cuenta de que estaba dirigido a él en el puño y letra de Isabella. Empezó a formársele un nudo en el estómago.

—Se marchó poco después del mediodía —le dijo el criado.

Edward abrió el sobre sin contemplaciones, y sacó la carta que había dentro.

Querido Edward,

Para cuando recibas esta carta, estaré navegando de camino a casa. Espero que entiendas que tengo que regresar a las islas, y que me dejes marchar. Estoy en deuda contigo, y no tengo palabras para expresar lo mucho que te agradezco todo lo que has hecho. No te olvidaré jamás, y echaré mucho de menos nuestra amistad y a tus hijos, y también a tu maravillosa familia. Pero debo buscar mi propio camino en el mundo, rezo para que lo entiendas.

Si te parece bien, me gustaría poder ir a visitarte cuando regreses a Windsong, porque espero que podamos conservar nuestra amistad. Hasta entonces, me despido deseándote lo mejor, y también a tus hijos y a tu familia.

Afectuosamente, Isabella.

Edward se quedó mirando la carta mientras intentaba asimilar lo que acababa de leer.

—¿Qué pasa, Edward? —le preguntó su padre con preocupación.

Volvió a leer la carta palabra a palabra, y cuando terminó, sólo era consciente de que Isabella lo había abandonado. Alzó la mirada a duras penas.

—¿Se trata de Isabella? —el conde posó una mano en su hombro.

Lo había abandonado. Se había ido a pesar de que habían hecho el amor durante todo el día y toda la noche, a pesar de que él le había demostrado con su cuerpo lo que era incapaz de expresar con palabras. Por fin estaba profundamente, irrevocablemente enamorado, y la mujer a la que adoraba le había rechazado.

Ella le hablaba de amistad y afecto en la carta, mientras él llevaba un anillo de compromiso en el bolsillo.

—¿Me dejas que la lea?

Le dio la carta a su padre, mientras luchaba por entender lo que estaba pasando.

¿Isabella quería que fueran amigos?

Empezó a temblar de pies a cabeza. Era la mujer a la que amaba, la mujer con la que iba a casarse… ¿y estaba navegando sin él por el océano Atlántico?

Lo asaltaron imágenes sangrientas y terribles de piratas abordando barcos mercantes. Fue hacia la puerta con paso decidido. No acababa de entender lo que Isabella pensaba o deseaba, pero en ese momento, le daba igual. Lo único que tenía claro era que sólo iba a ir a las Indias Occidentales si él la acompañaba. No iba a permitir que corriera peligro.

¿Acaso había dejado de amarlo?

—¡Edward, no te tomes lo que pone aquí de forma literal! —exclamó el conde.

Él ni siquiera le oyó, porque empezaba a asimilar la realidad.

—Consígueme ahora mismo un carruaje, un caballo, lo que sea —le espetó a uno de los criados.

Mientras se paseaba de un lado a otro y esperaba con impaciencia en los escalones de la entrada, su incredulidad fue en aumento. Multitud de mujeres habrían dado lo que fuera con tal de que las mirara siquiera, pero Isabella lo había abandonado.

¿Cómo había sido capaz de hacer algo así?

Sintió una punzada de dolor tan desgarradora, que se detuvo de golpe. Le habían herido con espadas y cuchillos, había recibido balazos, pero nunca había sentido un dolor tan grande, un dolor que iba más allá de lo físico.

¿No estaba enamorada de él semanas atrás, cuando se había ido a Holanda?

Empezó a enfurecerse, y masculló una imprecación. ¿Amistad?, ¿acaso se había vuelto loca? No quería una amiga, sino una esposa… quería que lo amara.

—Señor —un criado se acercó corriendo por el camino de entrada con un caballo.

Edward agarró las riendas y montó de inmediato. Si no había zarpado ya, podría detenerla sin problemas. Mientras galopaba por la calle y estaba a punto de provocar la colisión de dos carruajes, empezó a darse cuenta de que era poco probable que Isabella se hubiera marchado ya. Él iba a los muelles y a las oficinas de embarque a diario para encargarse de sus negocios, y estaba casi seguro de que no estaba previsto que ninguna embarcación zarpara ese día hacia las islas, aunque dos barcos habían zarpado el día anterior. Hizo que su caballo acelerara el paso aún más, y maldijo para sus adentros cuando se desviaron hacia el bordillo.

No estaba seguro al cien por cien del calendario de salidas, y era consciente de que aquella tarde a partir de las tres la marea había sido favorable para que los barcos pudieran zarpar.

Masculló una imprecación. Si Isabella se había ido ya, la perseguiría a bordo del Dama de la Justicia. Su exasperante mujer no iba a salirse con la suya, aquello no iba a acabar así; de hecho, no iba a acabar, y punto.

Era un de Masen. Isabella le pertenecía, le pertenecería siempre, así que iba a perseguirla hasta que la encontrara y volvería a conquistarla. Lo había amado una vez, y estaba decidido a conseguir que volviera a hacerlo.

Sin embargo, cuando llegó a los muelles se dio cuenta de que pasaba algo raro, y estaba a medio camino de las oficinas de embarque que usaba su compañía cuando se dio cuenta de qué se trataba. Hizo que el caballo se detuviera, se volvió de golpe, y miró con incredulidad el amarradero donde debería estar el Dama de la Justicia, donde estaba anclado el día y la noche anteriores.

Permaneció inmóvil durante un instante, mientras el corazón le latía acelerado y la sangre empezaba a hervirle en las venas.

El mundo entero se detuvo a su alrededor, y lo envolvió la calma que solía preceder a una batalla. Cuando habló, lo hizo en voz tan baja, que nadie lo oyó.

—¿Dónde demonios está mi barco?

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Diez días después, Isabella estaba sentada en el escritorio del camarote de Edward, leyendo un libro fascinante sobre la vida de Alejandro Magno. Estaba decidida a no ceder ante el dolor ni los remordimientos, y la única forma de hacerlo era distrayéndose leyendo. Por primera vez en su vida, evitaba subir a cubierta. Cada vez que veía a Paul o a algún otro oficial en el alcázar, se acordaba de Edward, y recordaba con claridad todos y cada uno de los momentos que habían compartido al timón, bajo las estrellas… eran algunos de los momentos más felices de toda su vida. Si se permitía pensar en eso, no podría evitar recordar también la temporada que había pasado en Esme House, las cenas familiares en las que Edward la contemplaba con deseo desde el otro extremo de la mesa, la tarde en que habían bailado el vals, y la noche agridulce del baile de los Carrington. No podía evitar revivir una y otra vez el último día que habían pasado juntos, la pasión y la ternura con la que habían hecho el amor.

Cuando el dolor conseguía abrirse paso hasta la superficie, era como una ola que no podía detener, así que era mejor no pensar ni dormir. Por eso había leído unos doce libros a lo largo de aquellos diez días.

Como le dolían los ojos y la espalda, se detuvo por un segundo, pero de inmediato apareció en su mente la sonrisa de Edward, su rostro sonriente y sus brillantes ojos verdes llenos de calidez. Inhaló con fuerza, se puso de pie de golpe, y empezó a pasearse de un lado a otro mientras intentaba pensar en otra cosa. Lo único que consiguió fue imaginárselo mirándola con deseo, y sintió frío y calor a la vez. En cuanto pensaba en él, no podía evitar desearlo con desesperación, y la angustia que sentía por haberlo perdido era abrumadora.

Se preguntaba una y otra vez cómo había reaccionado, lo que había pensado y sentido al darse cuenta de que ella se había marchado. Sin duda se había puesto furioso al descubrir que se había llevado el Dama de la Justicia, pero seguro que también se había sentido herido, porque a pesar de todo, habían sido buenos amigos. Lo había traicionado al marcharse, y también al llevarse su fragata después de todo lo que había hecho por ella. Sabía que él vería así la situación, en blanco y negro, sin pararse a pensar en los tonos intermedios de gris.

Se preguntó si seguiría considerándola una amiga. Sabía que sería incapaz de contener las ganas de ir a visitarlo a Windsong, pero se quedaría destrozada si él se negaba a recibirla. Quizás sería lo mejor que podría suceder, pero era incapaz de imaginarse una vida en la que Edward no estuviera presente de una u otra forma.

Al oír que llamaban a la puerta, fue a abrir de inmediato.

—El capitán desea hablar con vos, señorita Swan —le dijo un marinero.

Isabella tragó con dificultad al imaginarse a Edward al timón, vestido con su camisa de lino, el chaleco árabe, los pantalones blancos, y las botas altas; sin embargo, cuando salió a cubierta, era Jacob quien la esperaba. El hombre no había puesto en duda la carta que ella había falsificado, aunque había comentado que era extraño recibir instrucciones escritas cuando su capitán estaba en tierra. Cuando ella se había apresurado a alegar que Edward estaba atareado con sus hijos, Jacob había aceptado la explicación sin más y habían zarpado poco después de las tres de la tarde.

Al verla acercarse al alcázar, Jacob le entregó el timón al guardiamarina Quil y bajó a recibirla con expresión tensa.

—Buenas tardes, señorita Swan.

—Buenas tardes —inhaló el aire fresco, pero ni el aroma del mar logró animarla—. ¿Qué sucede?

—Nos están dando caza.

Isabella se tensó de inmediato, ya que conocía a la perfección la terminología que usaban los marineros. Jacob podría haber dicho que estaban persiguiéndolos, pero las connotaciones no habrían sido las mismas.

—¿De quién se trata? —le preguntó, mientras sentía que se le aceleraba el corazón.

—No lo sé. Los han divisado al amanecer, pero al mediodía ha quedado claro que se trata de una cacería. Sea quien sea, es rápido y está ganándonos terreno con facilidad. Calculo que nos habrá alcanzado en una hora a lo sumo.

Isabella estaba convencida de que se trataba de Edward, y sintió una oleada de emoción que no tardó en dar paso a una profunda inquietud. Si era él, seguro que a aquellas alturas la detestaba. Al mirar hacia atrás pudo notar su presencia y su poder, a pesar de que el barco que los seguía aún estaba a bastante distancia. Edward estaba dando caza a su propio barco… aunque si estaba hecho una furia, era posible que fuera ella la presa que tenía en mente. No, eso era imposible, porque de ser así, querría decir que la amistad que los unía había terminado.

—Ningún pirata se atrevería a atacarnos, a menos que esté loco o que le hayan pagado por hacerlo. Parece una goleta. Le he echado un buen vistazo con el catalejo, y he contado unos quince cañones. No podemos ganar en velocidad a una embarcación tan ligera, pero podemos destrozarla con facilidad.

—Me parece que sé de quién se trata —susurró Isabella. A pesar del tupido vestido que llevaba, estaba temblando. Fijó la mirada en el horizonte, y su miedo se acrecentó cuando le pareció sentir de forma tangible la furia de Edward.

—¿En serio? —Jacob la miró sorprendido.

Hizo acopio de valor, y le dijo:

—Falsifiqué las órdenes del capitán, no os ordenó que me llevarais a casa. Fui yo quien escribió la carta, y falsifiqué su firma —se humedeció los labios mientras Jacob la miraba con incredulidad—. Edward no tenía ni idea de lo que pensaba hacer.

—¡Que Dios se apiade de nosotros! Va a pasarme por la quilla… ¡tenéis suerte de ser una mujer!

Isabella volvió a humedecerse los labios. Tenía miedo de verdad, porque había mucho en juego. ¿Había destruido los lazos de afecto que la unían a Edward?

—¡Dios bendito! —Jacob empalideció al acabar de asimilar la situación—. Claro que está dándonos caza, ¡le robasteis el barco! —Sus mejillas se riñeron de rojo de golpe—. ¡Le robasteis su mejor embarcación!

Isabella no apartó la mirada de la goleta, que estaba cada vez más cerca. Jacob había calculado mal, en cuestión de media hora Edward estaría abordando el Dama de la Justicia y estarían cara a cara.

—Lo tomé prestado.

—No creo que él piense lo mismo —Jacob se volvió, y ordenó que se bajara el sobrejuanete.

Isabella se dio cuenta de que, desde el punto de vista del capitán de una embarcación, había cruzado una fina línea. Quizás había cometido un error irreparable. Su miedo se intensificó, ya que su padre habría matado a cualquiera, ya fuera hombre o mujer, que se hubiera atrevido a hacer algo así. Edward nunca le pondría la mano encima, pero seguro que estaría tan enfurecido como cualquier otro comandante en su lugar.

Dios, ¿había destruido el vínculo que los unía?

—Será mejor que esperéis bajo cubierta —le dijo Jacob con brusquedad, antes de dar más órdenes a sus hombres—. Hacedle señas a la goleta. Cuando sepamos con certeza que se trata del capitán, le daremos permiso para que suba a bordo —la fulminó con la mirada, y subió al alcázar.

Isabella fue a toda prisa al camarote de Edward. Tenía la respiración agitada, y estaba temblorosa. Estuvo a punto de cerrar la puerta con llave, pero se dio cuenta de que sería un gesto inútil. Edward había ido en busca de su barco, y ella no pensaba intentar eludir su responsabilidad. Empezó a sudar, y se dio cuenta de que no quería defenderse ni intentar explicarse; lo único que deseaba era abrazarlo, y que todo volviera a ser como antes.

Pero había llegado demasiado lejos, y tenía que mantenerse firme. No podía ser la amante de Edward, y tampoco quería casarse con él porque se sintiera obligado. Soltó una risita histérica. Edward no estaría pensando en obligaciones, sino en castigarla y en recuperar su barco.

Oyó el golpeteo de las velas contra los mástiles, y el sonido de las olas contra el casco. La velocidad de la fragata se había reducido a un par de nudos. Se dijo que tenía que capear la tormenta que se avecinaba y reparar la amistad que la unía a Edward, pero sabía que lo que estaba por llegar era un verdadero huracán.

Pasara lo que pasase, jamás dejaría de amarlo.

Al oír que los garfios de metal se enganchaban en la madera del barco, se mordió el labio. Tenía la ropa interior empapada de sudor. Se secó la cara, y se dijo que tenía que salvar su amistad con Edward por muy furioso que estuviera.

Oyó que una barca golpeaba contra el casco de la embarcación, y que los hombres lanzaban una escalerilla de cuerda.

Corrió hacia una de las portillas, y la abrió de par en par. Necesitaba más aire.

Cuando la puerta del camarote se abrió con tanta fuerza que se salió de los goznes, gritó sobresaltada. Respiró hondo al ver a Edward, que a pesar de estar tenso y claramente furioso, mantenía un control férreo. Quería decirle lo mucho que sentía lo que había hecho, pero se había quedado enmudecida.

Él la miró con un brillo salvaje en los ojos, y le dijo con firmeza:

—Hay dos cosas que quiero decirte, Isabella.

Ella asintió, y sintió que el alma se le caía a los pies. Estaba convencida de que la odiaba.

—Vas a volver a casa conmigo, y vamos a casarnos —sin añadir nada más, salió del camarote hecho una furia.


Bueno finalmente si se ha escapado... pero la ha encontrado... me encanta cuando se pone así de machote en plan... te vas a casar conmigo y no hay nada más que hablar...jejejeje... en fin esta historia casi llega a su final snif..snif..:( un cap. más y el epílogo... el prox cap. es pasión pura... no se lo pierdan... un besote y nos leemos mañana.