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El muro
Kate acarició la mejilla de Rick, se aseguró de que no tenía miedo a su cercanía y, solo entonces, juntó sus labios en un beso delicado, suave, cálido y lento. Muy lento.
Por un momento el cuerpo de él hizo un tic involuntario, un movimiento de tensión que invadió todo su cuerpo, segundos después inspiró con fuerza por la nariz y soltó todo el aire sobre la cara de ella. Y la tensión de sus hombros disminuyó. Eso fue todo lo que ella necesitó para, sin parar de besarlo, empezar a dar pequeños pasos hacia la salida.
Para su sorpresa el escritor la siguió sin separarse.
Después de ese beso, vino otro, y otro más. Uno por cada pocos pasos. Incluso llegó un momento en el que Rick puso las manos temblorosas sobre su cintura y movió los labios levemente. Fue de forma sutil, casi imperceptible. Pero los movió. Entonces las tornas cambiaron y la de la respiración entrecortada y el corazón en los oídos fue ella. Y perdió la cuenta de los besos, de los minutos o los pasos que debía dar hacia la salida. Quería salvarlo. Quería sacarlo de allí. Estar con él, abrazarlo hasta que su ansiedad pasara. Maldita sea, lo quería.
Y no supo cómo controlar esos sentimientos.
Se acercó más a él para presionar con más desenfreno sus labios. Le gustaba su aroma, era una mezcla suave a jabón con un ligero toque a colonia de niños o polvos de talco. No lo supo distinguir pero le gustaba. Lo acarició con su mano derecha pasando los dedos por la barba incipiente, siguió subiendo la mano hasta llegar a la cicatriz de la ceja izquierda de él; una pequeña línea con puntos de una de sus muchas peleas en las que se vio implicado por culpa de Sloan. Se separó para besar esa cicatriz, luego la mejilla y lo miró.
―No te voy a dejar nunca.
Fue una declaración ronca sacada de lo más profundo de ella misma. Una profundidad que Rick debió notar, pues sus ojos azules se volvieron un tono más oscuro.
Después, con la misma suavidad que en el primer beso, juntó los labios con los de él mostrándole todo lo que sentía. De hecho, no perdió oportunidad de hacerlo; lo besó una y otra vez incluso cuando llegaron al Crow Victoria y Esposito les abrió la puerta trasera.
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La sala de descanso fue un buen lugar para refugiarse de todas las sensaciones locas que Kate tenía en el pecho. Eran una mezcla apoteósica de mariposas y taquicardia que no podía controlar, ni siquiera suavizando su respiración en bocanadas de aire lentas lograba apaciguar su pulso.
Caminó hacia la mesa y puso sus manos sobre ella, recargando parte del peso de su cuerpo. Podía parecer un cliché, pero las piernas le temblaban. Y todo por la sensación maravillosa que aún tenía en los labios.
De repente la puerta de la sala se abrió dejando entrar a Esposito y Ryan.
―Madre mía la que se ha liado en ese bar ―susurró Esposito en cuanto Ryan cerró la puerta―. Juro que pensé que nos mataban, todos nos veían mientras lo sacabas a besos de allí. Es un milagro que no nos reconocieran.
― ¿Qué pasó allí dentro? ―dijo Ryan en un tono más suave que el de Esposito, pero con el mismo temblor de labios que tenía siempre que se encontraba nervioso.
―Al escritor le dio un ataque de pánico cuando reconoció al jefe de la banda―el hispano se acercó al sofá de la sala para dejarse caer sobre él, sentándose como si hubiera hecho un maratón de siete horas―. Por eso hemos llamado a una ambulancia al llegar aquí, para asegurarnos de que está bien. Ese escritor tiene demasiadas cosas encima y ha llegado un momento en el que ha estallado. Y dios si lo hizo en un mal momento.
―Los ataques de pánico no se controlan ―ofreció Ryan.
―Bueno, al menos pudimos sacarlo de allí aunque fuera a besos ―bufó Esposito.
Ryan, el único que estaba de pie sin sostenerse en nada, la miró en silencio. Kate pudo sentir los ojos de su compañero sobre ella a pesar de estar ensimismada en observar la ventana, esa que, gracias a las cortinas plegadas, dejaba ver el corrillo de policías frente al despacho del capitán.
Al entrar a comisaría el estado del escritor había llamado mucho la atención. Kate se separó de él al pisar la doce y Rick volvió con su ataque de pánico acentuado. Le tomo una gran fuerza de voluntad ―y una mirada de advertencia de Esposito―, el no volver a abrazarse a él y besarlo, pero dejó que Ryan y Esposito lo guiaran hacia la planta de homicidios.
Afortunadamente Montgomery cedió su despacho para que los paramédicos lo atendieran allí.
Pero aun así el lugar del capitán ―un hombre intimidante cuando se lo proponía―, no achicó al corrillo de cotillas que se formó. Un corrillo cada vez más grande. Los policías se fueron acercando sin ningún tipo de pudor, hablaban entre ellos y miraban a través de las ventanas del despacho. Centrada en tener una mejor visión de lo que ocurría, Kate pudo ver al primer inspector que estuvo a cargo del escritor. Simons. El hombre escuchó algo que le estaba diciendo otro compañero, apretó la mandíbula y miró hacia la sala de descanso.
Los huesos de Kate se tensaron.
―Ryan, Espo, ¿habéis dicho a alguien lo de los besos? ―gimió al ver al inspector Simons acercarse a la sala de descanso.
―Por supuesto que no ―respondió el hispano.
― ¿Entonces por qué Simons viene hacía aquí como si fuera a despellejar a alguien?
Nada más decir eso, y sin pedir permiso, Simons abrió la puerta y caminó hacia Kate. Cuando estaba lo suficiente cerca, y sin importar el hecho de que ella estuviera sosteniéndose con ayuda de la mesa, la agarró del cuello de la blusa y la levantó para ponerla a escasos centímetros de su mandíbula apretada.
Ryan y Esposito avanzaron hacia ellos, pero no llegaron a tiempo para evitar que Kate recibiera el primer puñetazo.
La cara de Kate se giró ante el contacto y sintió que todo le daba vueltas. Con los ojos fuertemente cerrados por el dolor ardiente de la barbilla, dio unos pasos de vuelta a la mesa y se apoyó en ella.
Cuando consiguió abrir los ojos, Ryan y Esposito estaban luchando por inmovilizar al inspector.
― ¡¿Se puede saber qué coño te ha picado?! ―gritó Esposito empujándolo él solo contra la pared.
― ¡¿A mí?! ¡Pregúntale a tu jefa! ¿Qué coño hacía el escritor en un local lleno de mafiosos? Él es un buen hombre, me cabreé con él por ver algo que yo no conseguí ver, fui egoísta y lo eché del equipo, pero él no dudó en quedarse aquí e investigar cuando mis hombres y yo estuvimos en peligro. Pensé que erais diferentes a los demás detectives, que vosotros sí que os preocupabais por Rick. ¡Pero también lo exponéis a ser carne de cañón!
―Nosotros no expusimos a nadie ―habló Ryan―. No sabíamos que ese sitio era territorio de una banda. Nosotros cuidamos de Rick.
Simons dejó de forcejear con Esposito para mirar a Ryan y decir:
―Si tanto cuidáis de él, ¿entonces por qué está pidiendo un cambio de equipo?
Kate se sintió aún más mareada.
― ¿Que Rick qué?
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A veces el miedo nos hace construir un escudo invisible para defendernos. Rick sabía qué era sentir miedo, tenía muchos en realidad. Volver a ver a sufrir por una mujer era uno de ellos. Enamorarse y darse cuenta de que esa persona nunca podría quererlo de la misma forma porque él era, en palabras de sus ex, un auténtico fracaso de hombre, era otra. Estaba cansado y dolorido de intentar relaciones en las que él, y solo él, fuera el único con los dos pies dentro. No podía volver a ver a sus hijos llorar porque su propia madre o la nueva novia de papá no les hacían caso. Así que en su afán de no sufrir más había construido algo más que un escudo; levantó un sólido muro anti-relaciones, una fuerte barrera llena de miedos e inseguridades que sus ex esposas le habían regalado gratuitamente.
O como Martha lo llamaba: su muro de las lamentaciones.
El mismo muro que había alejado a Kate.
Llevaba dos semanas sin verla, para ser más exactos, desde que había pedido a Roy con presencia de los paramédicos no volver al equipo de ella. Eso eran catorce días trabajando con un nuevo equipo, esquivándola en comisaría, rechazando sus llamadas e, incluso, haciendo ver que no estaba en casa cuando ella se pasaba casi cada día para hablar con él.
Todo porque, en aquellos besos, cuando ella acarició su cicatriz y lo miró, Rick se dio cuenta de que ella podía atravesar el muro con mucha facilidad.
Así que por mucho que su madre y su padre le reprocharan su actitud con Kate, por mucho que insistieran en que haber pedido un cambio de equipo era una mala idea. Rick sabía, bueno, su instinto le avisaba de que era lo mejor. Estaba decidido, pasaría lo que le quedaba de contrato alejado de ella en comisaría y cuando el contrato terminara no la volvería a ver.
Además, ella no se merecía una persona rota con más problemas que cosas buenas. ¿Verdad?
Rick bajó las escaleras notando el peso del cansancio a cada escalón que bajaba. Al llegar a la planta baja, el ruido del desayuno haciéndose y las voces de sus hijos le dieron la poca fuerza que necesitaba para caminar hacia la mesa café, se agachó, besó la cabeza de sus hijos mayores y sonrió.
Aunque fue una sonrisa que no le llegó a los ojos.
― ¿Qué estáis haciendo? ―les preguntó.
Alexis, Mathew y Emery estaban sentados en el suelo, frente a la pequeña mesa café de al lado del sofá. Parecían completamente atentos a algo que estaba haciendo Alexander con unos trozos de cartón de la caja de cereales.
―El abuelo nos está enseñando a hacer unas portadas ―explicó Alexis.
― ¿Portadas? ―Rick miró a su padre pero este no mostraba ningún tipo de expresión. De hecho, sabía que Alexander no iba a pronunciar palabra, no hacia él. Porque desde que empezó con eso de ignorar a la detective su padre le había aplicado la ley del silencio. Así que volvió a centrarse en mirar a sus hijos―. ¿Por qué queréis hacer portadas.
―Para el libro de Kate ―dijo Mathew como si fuera obvio―. El abuelo nos está ayudando a terminarlo.
El libro de Kate, ese que habían empezado a hacer con dibujos de todos los niños para ella. Rick cerró los ojos con una repentina quemazón en ellos. Sus hijos no sabían de su decisión de apartarse de la detective, ellos pensaban que ella seguía "cuidando a su papá", como ellos decían. Y Rick no tenía corazón para informarles de que no la volverían a ver.
―Papá, el abuelo dice que terminaremos el libro pronto. ¿Podremos dárselo a Kate? ―preguntó Alexis.
Rick abrió los ojos para mirar a su hija. Los ojos ilusionados de ella hicieron conjunto con los de sus hermanos. Con una gran bocanada de aire, asintió con la cabeza.
―Veré lo que puedo hacer ―susurró.
Alexis dio palmas con sus manos, luego las extendió hasta su abuelo para pedirle un trozo de cartón. Rick sintió un gran nudo en la garganta. Nunca había visto a los tres niños tan concentrados y contentos como cuando hacían algo para Kate. Pero en el fondo no era de extrañar. Ella fue la única mujer que se preocupó por ellos, les compró ropa, les hizo un pastel y se desvivía de corazón por cada cosa que los niños le hacían. Si había una sonrisa más grande que la que sus hijos tenían al dibujar para ella, era la de Kate recibiendo dichos dibujos como si fueran un tesoro.
Adoraba esa sonrisa.
Rick volvió a cerrar los ojos con un escozor en ellos cada vez más intenso. Al abrirlos se disculpó y caminó hacia la cocina en un intento de escapar, de conseguir algo de espacio para reponerse.
Pero fue una mala idea porque su madre dejó de cocinar, lo miró de arriba abajo y dijo:
―Camisa arrugada, pelo despeinado y una barba descuidada de dos semanas ―lo señaló con la cuchara de madera―. Cuando seguías a Kate eras más cuidadoso con tu aspecto.
― ¿Qué insinúas madre?
―Nada, solo recalco lo obvio.
Rick se frotó los ojos con su mano derecha. Se encontraba cansado, con ganas de encerrarse en una habitación y llorar hasta caer dormido; no necesitaba obviedades.
― ¿Hoy vuelves a coger el metro para ir a comisaría?
―Sí ―susurró él sin saber qué más decir.
Tampoco podía quejarse. El equipo al que había sido asignado era el de Simons. El hombre lo había aceptado de buen agrado y no lo metían en problemas. Pero no se acercaban a recogerlo ni a llevarlo como hacía Kate, que incluso se preocupaba por acercarlo una vez a la semana a la farmacia más cercana para comprar los medicamentos de Mathew.
Rick se puso al lado de su madre y la ayudó a cortar unos trozos de pan duro que guardaban para hacer tostadas. Durante un buen rato, ninguno de los dos dijo nada, solo trabajaron en hacer el desayuno y parte de la comida del medio día.
Hasta que ella decidió hablar.
― ¿Sabes? Cuándo ibas con Kate me sentía más tranquila. Esa chica te cuidaba por encima de ella misma.
―Lo sé ―la voz de él surgió ronca.
― ¿Haces esto por algo que te dijo Gina? ―su voz era tranquila pero con un eje de rencor bien disimulado. Su madre y su recién editora no se llevaron nunca bien, era un hecho.
―Gina no quiere que la deje de seguir, según ella, tiene más gancho seguir a la heroína de Nueva York que a un inspector común.
Su madre suspiró con un pequeño insulto al aire. Se tomó su tiempo para digerir la noticia y luego lo miró de reojo.
― ¿Pasó algo con Kate? ¿Te hizo algo?
Me besó, pensó Rick, pero esa no era una respuesta conveniente para decir a su madre, porque estaba seguro de que le dejaría de hablar o, peor aún, le daría un sermón de lo inútil que era su muro anti-relaciones afirmando el buen partido que era Kate.
Rick sintió un sudor frío salir de su nuca. Si bien había contado a sus padres el incidente del bar con su ataque de pánico, omitió los besos de Kate o el hecho de que se sintió más seguro y calmado con estos. Bueno, sintió muchas cosas que no pensaba decir en voz alta.
―Kate no me hizo nada ―soltó al fin con toda la normalidad que pudo reunir en su voz. Aunque se tocó el pelo en un gesto de nervios que su madre supo leer.
― ¿Seguro?
―Sí.
A pesar de que era evidente que estaba mintiendo, la ex actriz continuó echando cosas a la olla son meterse más en el tema. Y eso era mucho peor que sufrir un interrogatorio extenso de su madre, porque necesitaba hablar, necesitaba desahogarse.
―Padre no me habla.
―Él cree que estás cometiendo un error ―Martha bajó la intensidad del fuego, lo miró y volvió a centrarse en la olla para remover su contenido con la cuchara de palo―. Y no es el único, ya lo sabes.
Rick asintió mientras cortaba la última loncha de pan.
―También es el encargado de echar a Kate cada vez que viene a verte ―hizo una pausa para coger una cuchara limpia y coger un poco de lo que estaba haciendo en esa olla. Sopló hacia la salsa rojiza y le dio un sorbo. Luego hizo una mueca haciendo que sus arrugas se pronunciaran más―. No sabe tan mal ―tarareó antes de continuar removiendo la salsa―. Esa muchacha tiene el cielo ganado. Viene cada día sobre las ocho o nueve de la noche para hablar contigo, y aunque tú mandas a tu padre para que la eche, ella no desiste. De hecho, tu padre dice que solo se va cuando él le asegura que los niños y tú estáis bien. Incluso tienen un pacto.
― ¿Un pacto? ¿Qué clase de pacto?
―Si los niños o tú necesitáis algo, ya sean medicamentos, ropa o cualquier cosa, tu padre se lo dirá a ella. Y créeme que cumplirá su palabra.
Rick dejó el cuchillo sobre el mármol para apoyarse sobre la nevera. De repente se sentía demasiado inestable como para seguir con esa conversación.
Había puesto distancia entre ellos, la esquivó y la echaba de su casa pero ella seguía preocupándose por él y por los niños.
¿Por qué haces esto Kate, por qué no me ignoras como hicieron ellas?
Martha se colocó frente a él, suspiró y negó con la cabeza antes de decir:
― ¿Y si hablas con ella? ¿No crees que merece una explicación?
Los músculos de Rick se tensaron. Estar delante de Kate no era una buena idea.
―Bueno ―continuó su madre―, quieras o no tendrás que hablar. Los niños quieren entregarle el libro mañana.
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