N/a: Por fin un poco de acción. Espero que disfrutéis del capítulo.

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21. EL BAÑO DE PREFECTOS

Sirius sabe que no debería de estar allí.

El Baño de Prefectos, como su nombre indica, está reservado a los prefectos del colegio, lo que quiere decir que los demás alumnos –él incluido- no pueden entrar. ¿Pero para qué se hicieron las reglas si no es para romperlas?

Entraron en los baños por primera vez el año pasado. Desde entonces, cuando Sirius se siente cansado, fatigado y con ganas de evitar a todo el mundo, se refugia allí. No es el aroma de los distintos geles y sales lo que le gusta, sino la tranquilidad. El vapor y el silencio. La ducha caliente calma sus nervios y hace que los problemas parezcan disolverse y desaparecer por el sumidero.

Hoy es uno de esos días. Sirius está cansado de dar vueltas a la cabeza, cansado de leer y releer la carta que ha llegado en el correo de la mañana.

No se te ocurra volver a casa por Navidad, Sirius.

Ya no eres parte de esta familia.

Tu actitud nos ha deshonrado para siempre.

Desde hoy tu nombre ha desaparecido del árbol familiar.

Desheredado formalmente, paria, deshonra de la familia, bla, bla, bla. Ni siquiera sabe por qué le duele tanto. Desde que empezó el curso ha intentado olvidarse de ellos, de lo que pasó, de lo que su madre le hizo. Ha intentado centrarse en las clases, en el colegio, en sus enemigos y, sobre todo, en sus amigos. Ha esquivado a Regulus, ha intentado que no le afecte… Pero ahora se da cuenta de que no lo ha conseguido. Todavía no lo ha superado. Por mucho que lo niegue, por mucho que intente escapar y esconderse sigue siendo un Black. Lleva esa maldición bajo la piel y sabe que será así hasta el día que muera.

-Maldita bruja.

Quiere decir un insulto peor, pero no se atreve. Aún le teme demasiado, todavía tiene pesadillas en las que se despierta gritando sin poder respirar, con la garganta oprimida, como cuando ella le dio su última lección.

Casi se arranca la ropa al desnudarse, furioso, enfadado, dolido, dando una patada al sobre que resbala de su bolsillo, y está a punto de dirigirse a la ducha cuando escucha la puerta. Está acostumbrado a esconderse rápido, así que no le cuesta mucho desaparecer de la vista con la rapidez de un rayo. Arriesga una mirada y se relaja de golpe al ver que la persona que acaba de entrar no es otra que Remus. Claro, ahora él es un prefecto y puede usar los baños cuando quiera, no como él, que tiene que ir a escondidas, con miedo a que le descubran.

Está a punto de salir de su escondite y saludarle, pero por alguna razón se queda donde está. Supone que no tiene ganas de dar explicaciones. Ni siquiera a él. Vio la cara de sus amigos cuando la carta llegó a él durante el desayuno. Notó sus miradas de preocupación cuando retiró el plato y se levantó de la mesa con una excusa que no engañó a nadie. Sabe que si le enseña la carta Remus se enfadará y maldecirá en su nombre. Sabe que sufrirá al ver las crueles palabras dirigidas a su amigo y bastantes problemas tiene ya el hombre lobo como para tener que hacerse cargo también de los suyos. Prefiere ahorrarle ese disgusto.

Remus parece nervioso, enfadado con alguien, tal vez consigo mismo. Sirius recuerda entonces que faltan apenas dos días para la luna llena y todo cobra sentido. El hombre lobo se sienta en un banco con los codos sobre las piernas y la cabeza entre las manos. Sirius puede escuchar su suspiro desesperado. Quiere salir, ponerle una mano en el hombro y preguntarle qué le pasa, pero entonces se da cuenta de que está desnudo y, no entiende por qué, pero algo le dice que no es el mejor momento para salir, no cuando el lobo está tan vulnerable.

Después de unos segundos, Remus se pone en pie y empieza a desnudarse. Parece que Sirius no es el único que ha pensado en darse una ducha esa noche. Sirius traga saliva, consciente de que si quería salir y mostrarse acaba de perder su oportunidad. Remus no quiere que nadie le vea desnudo. Ni siquiera sus amigos.

Sirius le observa mientras su amigo se saca con cuidado el jersey y lo deja doblado sobre el banco en el que estaba sentado hacía unos instantes. Nada que ver con el lío que son las ropas de Sirius en el suelo. Luego empieza con la camisa, desabrochando los botones de uno en uno, con cuidado, tan despacio que es casi una tortura. Sirius contiene la respiración mientras ve aparecer su piel poco a poco. Remus desliza la camisa por sus hombros hasta quitársela por completo y cuando se gira para dejarla sobre el jersey, Sirius se fija en las cicatrices de su espalda y en el movimiento de sus músculos bajo la piel. Remus está delgado, pero hasta ahora Sirius no se había dado cuenta de lo bien moldeados que están sus músculos. No es raro, claro, teniendo en cuenta el ejercicio que hace cuando está en su forma de lobo. Se sorprende pensando que tiene un cuerpo bonito, incluso con las cicatrices. Merlín, cómo le gustan esas cicatrices. Es que no es capaz de entender por qué su amigo las odia tanto.

Sí, Remus es muy guapo. Sirius se golpea mentalmente por pensarlo, pero no puede evitarlo. No entiende cómo no tiene a todas las niñas del colegio corriendo como locas detrás de él. Sirius nunca ha visto unos ojos de un color tan espectacular. A veces parecen marrones, pero si te fijas bien, puedes ver el verde escondido en los bordes. Y esas pestañas. Hay chicas con menos pestañas que él. Y los labios… bueno, Sirius ni siquiera sabe por qué está pensando en los labios de Remus en este momento. Es absurdo. Porque no es normal pensar en sus labios mientras besa a cualquier chica en cualquier esquina del colegio. Sabe que no es normal imaginar sus manos acariciando su espalda o tirándole suavemente del pelo para alcanzar mejor su boca con un beso. Sirius sabe que no es normal pensar en su amigo de esa manera y eso le asusta un poco. Debería salir de allí. Debería escapar ahora que todavía está a tiempo, antes de tener que arrepentirse de algo…

Pero no puede. Remus ya se ha quitado los zapatos y no tarda mucho en poner su pantalón y su ropa interior también en el banco.

Sirius está conteniendo la respiración. Merlín. Ha visto a otros chicos desnudos. A James, a menudo, a Peter, de vez en cuando. A algunos compañeros en las duchas del gimnasio, e incluso ha atisbado el cuerpo desnudo de Remus en las noches de luna justo después de la transformación, aunque es distinto entonces, y su amigo siempre se apresura a taparse con la capa, hecho un ovillo sobre el suelo.

Pero esto…

Remus camina despacio hacia una de las duchas y Sirius nota cómo su cuerpo se tensa al tiempo que el agua cae sobre el cuerpo cuajado de cicatrices de su amigo. Remus echa la cabeza hacia atrás, dejando que el agua caiga directamente en su cara y es la imagen más hermosa que Sirius ha visto nunca. Sabe que tendrá problemas esa noche para conciliar el sueño con esa imagen grabada en su memoria, pero no le importa. No le importa lo más mínimo. Remus se mueve, dejando que el agua golpee sus hombros doloridos, su nuca… es un movimiento lento y, joder, tan, tan erótico que Sirius no puede evitar encontrar el camino hasta su erección cuando descubre que también Remus está duro bajo la ducha, aunque el licántropo tarda un poco en colocar su mano, morderse los labios y empezar a masturbarse bajo el agua que no deja de caer sobre él.

Sirius tiene que apretar los dientes para no dejar escapar un gemido mientras acelera el ritmo sin apartar su vista de los gestos del licántropo, que tiene ahora la frente y su mano libre sobre los azulejos húmedos de la ducha. Con un último gemido Remus se libera bajo la ducha y es casi instantáneo. Sirius siente las oleadas del orgasmo retorciéndose en su interior antes de mancharse los dedos, con el pulso errático y la respiración entrecortada.

Merlín.

Con las mejillas encendidas, retrocede un par de pasos, apoyando su cuerpo debilitado en la pared que hay a su espalda, incapaz de seguir espiando a su amigo.

Cuando baja la mirada y ve su mano manchada se siente aliviado, pero también asustado y un poco enfadado consigo mismo por sentir lo que siente. Acaba de masturbarse mirando a Remus y es lo más absurdo que ha hecho nunca. Recoge su ropa en silencio y se viste despacio, procurando no hacer ruido mientras Remus sigue bajo la ducha. Sirius lo imagina lavando su pelo y frotando su cuerpo, pero no quiere mirar. Sin saber muy bien cómo sentirse, se escabulle del baño, cerrando la puerta suavemente a su espalda.

Durante un rato ni siquiera se acuerda de la carta, sólo es capaz de pensar en Remus, en su cuerpo rígido bajo el agua y en sus cicatrices. Y no sabe por qué está tan enfadado, pero el nudo en su estómago no le deja concentrarse en nada más el resto del día.

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-¿Es verdad?

Sirius no levanta la mirada del libro que está leyendo. Está sentado en un sillón en la Sala Común, con los pies sobre una silla. Todo en él indica que no tiene ganas de hablar con nadie. Ni siquiera con él. Pero Remus no se intimida fácilmente.

-¿El qué?

Se sienta a su lado.

-James dice que te quedas en el colegio los días de Navidad.

-¿Y?

-¿Vas a pasar las fiestas aquí? ¿Solo?

-Bueno, no creo que sea buena idea aparecer por casa después de fugarme, ¿no crees?

-También dice que sus padres te han invitado y aun así te quedas.

-No quiero ser una molestia.

-Si te han invitado será porque quieren que vayas.

Sirius suspira.

-Si me han invitado es por compromiso. Y bastante hicieron dejando que me quedara durante las vacaciones. Estos días son para estar en familia.

-Sí, pero...

Sirius cierra el libro con un golpe y lo mira a los ojos.

-¿Por qué no te metes en tus asuntos? -se arrepiente de sus palabras nada más pronunciarlas, pero cuando dice "lo siento" le parece que ya es tarde.

Remus se levanta un poco dolido.

-Tranquilo, ya me iba.

-Remus…

-Da igual, lo pillo. Estás enfadado con el mundo y no te apetece hablar con nadie, prefieres encerrarte en tu pequeña nube de mal humor y apartar a todos de tu lado. Bien. Te veo en la cena.

Sirius le ve abandonar la sala. ¿Por qué siempre tiene que fastidiarlo todo? Remus sólo quería ser amable con él. Pero no sabe por qué está tan enfadado últimamente. Incluso con él. Sobre todo con él. Sabe que en parte es por culpa de lo que pasó en el Baño de Prefectos. O lo que no pasó. Sirius no ha dejado de darle vueltas durante los últimos días y cada vez está más confuso.

Remus es el único que le soporta cuando se pone así, es el único que se acerca a intentar calmarlo. De hecho es el único que logra calmarlo la mayoría de las veces y aun así últimamente no hace más que alejarlo de su lado.

Sirius vuelve a abrir el libro, pero es inútil. Es incapaz de concentrarse y con un grito de fastidio lo lanza al otro lado de la sala, ante la mirada espantada de un grupo de alumnos de primero.

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-Lo siento.

Remus ni siquiera le mira y Sirius hace una mueca antes de sentarse a su lado.

-Lo siento –repite en voz más alta.

-Ya te he oído.

-Soy un imbécil.

-No –dice el chico con tono serio. Todavía sin mirarle-. Sólo eres un poco desagradable. A veces.

Sirius apoya la cabeza en su hombro.

-¿Me perdonas?

-No tengo nada que perdonar, Sirius.

-Ya… ¿pero me perdonas?

Remus suelta un suspiro que parece nacer de la punta de sus pies.

-A veces eres insoportable.

-Lo sé –murmura, con la cabeza escondida en su cuello-. Pero me perdonas.

-Claro.

Claro que te perdono. Siempre.

Sirius sonríe. Un poco. La cabeza todavía en el hombro del licántropo.

-Eres demasiado blando conmigo. Lo sabes, ¿no?

-Y tú demasiado pesado.

-Lo sé.

-Y borde.

-Sólo un poco.

-Y…

-Bueno, ya está bien –protesta incorporándose-. He venido a hacer las paces, no a empezar otra discusión.

-¿Entonces?

-¿Entonces qué?

Remus le mira. Y Sirius se siente incómodo de pronto.

-¿De verdad vas a quedarte aquí solo? ¿No te planteas ir a casa de James?

-Ya te he dicho que no. ¿Por qué insistes tanto?

Remus se encoge de hombros.

-Porque me preocupo por ti.

Sirius le mira a los ojos, pero es incapaz de sostenerle la mirada mucho rato.

-Ya te lo he dicho. No quiero ser un incordio. Y además, tampoco es que tenga muchas ganas de celebraciones. Estaré mejor en el castillo y la familia de James estará mejor sin mí aguándoles la fiesta. Y ahora, ¿podemos bajar a cenar y acabar esta conversación? ¿Por favor?

Remus se pone en pie y sigue a Sirius al Gran Comedor. Mientras bajan las escaleras cambiantes sabe que ha tomado una decisión. Esa misma noche escribirá una carta a sus padres: no piensa dejar a Sirius solo por Navidad.

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N/a: Bueno, parece que va a ser una Navidad interesante... :)