Tal y como prometí, estamos en la recta final y ya no voy a hacerlos esperar Un,n que puedo decir? Al parecer la musa se desbloqueó con el capítulo anterior y hay que aprovecharla ahora que quiere cooperar.
Asi que aca va, el siguiente capítulo infame y el penúltimo de este fic que, aunque tarde, debía terminar XD
Debo aclarar desde ahora que Tsuyu no tiene ni el más mínimo conocimiento sobre partos y peligros de los mismos, a excepción de lo que me enseñaron en mis clases de biología y lo que vi en el Discovery Channel (que trauma a cualquiera XD). Para colmo, en todos mis años de escritura no he escrito más que dos partos, y en ambos me había puesto reglas bien específicas que me hizo más fácil escribirlos… Si, me da miedo escribir partos XD
Así que aquí me base más bien en una idea vaga a propósito, aprovechando que es el punto de vista de Lümi y ella sabe menos que yo –y en su situación no se daba cuenta de mucho-. Por lo tanto, me tomé ciertas libertades y no pensé mucho en la lógica U^^ espero no haya quedado tan mal.
Y vayan jalando aire, porque el siguiente capítulo es el final y, como debieron saber desde el inicio, es bien triste T_T
Traigan pañuelos!
P.D.: las primeras líneas de diálogo que leerán son una variación de un flashback de la propia Misao. No logré hallar como iba originalmente la mini conversación, pero es al menos un aproximado XD
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Luz Amatista
Mundo gris
"Caray, Lümi, ¿segura que es solo uno?"
"¡¿Qué insinúa, Maestro?!"
"Nada, nada… ¿entonces dices que Axl vuelve temprano?"
"Si, prometió llevarme a cenar esta noche…"
"Lümi…"
Y ahí, con esa sola llamada, el mundo de Lümi de Aries había dado un vuelco. De pronto Juliana estaba ahí, de pie, mirándola con el rostro totalmente descubierto pese a estar en presencia del Patriarca. Lümi no supo que fue, si la palidez de su mejor amiga o la tensión en su mirada, pero algo dentro de ella se retorció. Y lo supo. Lo supo incluso antes de oír de labios de Juliana el pésame que le destrozó el corazón.
De esos días, Lümi recordaría muy poco. Sentía como si todo el Santuario se hubiera derrumbado sobre ella, como si algún espectro hubiera encajado la mano en su pecho y hubiera arrancado su corazón, dejándola marchita y vacía. Si recordaba haberse sujetado el pecho, dejando caer una de las mantitas que su suegra y ella tan amorosamente habían elegido para el bebé… la que Axl decía que le recordaba su propia infancia… recordaba haber aferrado su vientre en actitud protectora, y un par de brazos que la sujetaban sin lograr del todo ofrecer consuelo. Su visión se había tornado borrosa, y ella que nunca lloraba de pronto se encontró con el rostro lleno de lágrimas.
Recordaba haber gritado hasta quedarse ronca, hasta que su voz se quebró y se quedó sin más lágrimas que llorar.
Los días se mezclaron en su mente en un amasijo doloroso de visitas no deseadas y susurros comprensivos, mientras Lümi se quedaba sentada en su sillón como una estatua, con las manos aferradas aún a su abultado vientre y la mirada fija en la pared, mientras miraba de vez en cuando el reloj y se preguntaba porque Axl tardaba tanto en volver…
Hasta que el nudo en su garganta le recordaba que Axl no iba a volver ese día. No iba a volver nunca.
Ni siquiera le habían permitido mirarlo antes de… Juliana le había dicho que no era buena idea en su estado, y el Patriarca había apoyado su decisión. De modo que Lümi ni siquiera había podido verlo, tocarlo, susurrarle un adiós que aún se sentía irreal y desgarrador. Lo poco que había conseguido oír de conversaciones discretas bastaba para destrozarle lo poco que le quedaba de corazón. La joyería… unos ladrones… puñaladas y sangre… demasiada sangre… y Axl ya no estaba más.
¿Por qué había pasado esto? Axl no le hacía daño a nadie; era, de hecho, el hombre más gentil y amable que Lümi hubiera conocido en su vida. Entonces, ¿Por qué…? ¿Por qué ahora que eran tan felices? ¿Por qué ahora que empezaban su propia familia?... ¿Por qué no había estado ELLA ahí con él? Axl había muerto solo, asustado… ¡¿Por qué no había estado ella ahí?!
Lümi perdió noción de los días. Ya no sabía ni le importaba si era de día, de noche, o si había pasado una semana o un siglo. Juliana y los demás –porque Lümi nunca prestaba mucha atención a los rostros- nunca la dejaban sola y se aseguraban de que comiera, que durmiera, que descansara… aun cuando ella no sentía ni hambre ni sueño. No sentía nada.
Su propia casa se volvió una tortura. Cada rincón de su hogar era un recuerdo, una imagen de Axl tan nítida que a veces Lümi sentía deseos de salir corriendo y nunca volver. Cada que cerraba los ojos miraba el rostro dulce y apuesto de Axl, enmarcado en esos largos cabellos azules, con esa sonrisa gentil que la desarmaba y le recordaba la belleza de la vida, con esas manos cálidas y esos brazos fuertes que la cobijaban y la hacían sentir feliz, querida y segura. La Luz Amatista en su pecho parecía fría de pronto, como si la muerte de su esposo se hubiera llevado todo el calor de su vida.
Todo, excepto el del pequeño que crecía dentro de ella, y que con una que otra patada le recordaba que aún quedaba algo de Axl en el mundo. Algo por lo que valía la pena seguir en él.
El mismo Santuario parecía haberse sumido en las sombras tanto como ella. Axl no era un Santo, pero en su corta –tan corta- vida en el Santuario se había ganado no solo el respeto sino el cariño de todos y cada uno de sus habitantes, que lloraron su pérdida como si lo conocieran de toda la vida. Shion incluso había ordenado que se le ofrecieran los honores respectivos como esposo de la Amazona de Aries y, aunque a Lümi no le habían permitido asistir al entierro, la Amazona había sido testigo del afecto que sus compañeros de armas habían sentido por Axl. Ni siquiera había podido ir a ver su tumba. Los médicos del Santuario insistían en que debía intentar relajarse y descansar, por su bien y el del bebé, aunque para ello tuvieran que robarle incluso esos últimos momentos con Axl.
Pensar que la última vez que lo había visto era al despedirse de él esa mañana, hacía ya tantas vidas… Juliana decía que era mejor así, y a juzgar por la rabia en su mirada cada que mencionaba el incidente quizás tenía razón. Pero eso no la hacía sentir mejor. La hacía imaginarse a su Axl tendido en el suelo, ensangrentado… solo… Lümi se cubrió el rostro con ambas manos y se frotó furiosamente los ojos. Y ella que creía que ya no tenía más lágrimas que llorar…
"Ten, te traje un poco de té. Tómalo, te ayudará" dijo Juliana, que colocó una taza humeante y un plato con galletas en la mesita junto al sillón, para luego mirar a Lümi con tristeza. "Lümi…" susurró, sin duda notando las lágrimas en sus mejillas.
"Estoy bien" respondió la amazona, aunque ambas sabían que era una mentira nada convincente. La propia voz de Lümi, apagada y temblorosa, delataba la verdad. Sintió la mano de Juliana sobre su hombro, y dolió reconocer que no era suficiente para sentir la calidez que había perdido.
"No, no lo estás, pero eres una terca. Deberías estar recostada; necesitas descansar" la regañó la amazona de Cáncer, con una voz suave y un tacto que en vez de reconfortarla la sumía más en la desesperación. Se sentía como una muñeca frágil y rota que podía hacerse trizas con la brisa.
"No quiero estar ahí" contestó Lümi secamente. La recámara que compartía con Axl era una de las peores torturas de su casa: repleta de su presencia, sus cosas, su aroma a café impregnado en la camisa a la que Lümi se aferraba para dormir, con la esperanza de sentirlo cerca.
"Te entiendo, pero sabes que necesitas descansar" insistió Juliana, a lo que Lümi respondió con un escalofrío para luego sujetarse el vientre. "¿Segura que te sientes bien?" añadió la amazona de Cáncer, mirándola fijamente.
"Si…" susurró Lümi, de nuevo con ese tono que no engañaba a nadie. Lo cierto es que no podía sentirse peor, estaba agotada y llevaba toda la mañana con una molestia intermitente en la espalda y el vientre. Tensión, supuso ella.
"Lümi, no hagas esto. Sabes que a Axl no le… sabes que no te hace bien" dijo Juliana, sin duda con tacto, pero el daño ya estaba hecho. La sola mención de su nombre hacía que Lümi se sintiera al mismo tiempo desolada y furiosa.
"¡Dije que estoy bien! ¿Es que no pueden dejarme sola cinco minutos?" protestó, levantándose con la poca dignidad que podía conseguir en su avanzado estado. Juliana normalmente se habría quejado, pero esta vez se limitó a levantarse también, precavida.
"No te enojes, Lümi. Nos preocupamos por ti; sabemos lo difícil que debe ser…" dijo Juliana, comprensiva. Pero a estas alturas Lümi ya no podía contener el torrente de emociones que la recorría.
"¡No! ¡No lo saben! ¡No saben lo que es quedarse aquí como una inútil mientras el amor de tu vida muere solo! ¡No sabes lo que es vivir rodeada de su presencia! ¡Sentir que te mueres cada que respiras porque él no está, y nunca va a estar! ¡NO SABES LO QUE ES SENTIRTE VACÍA Y SOLA!" le gritó. Una pequeña parte de ella sabía que estaba siendo injusta, pero no podía evitarlo. Se sentía tan triste, tan perdida… pero en vez de marcharse Juliana se adelantó para abrazarla con fuerza.
"No estás sola, Lümi. Todos estamos contigo" susurró Juliana, y fue como si algo finalmente se rompiera dentro de ella. La Amazona de Aries se dejó llevar, y acabó llorando como no creía poder en brazos de su amiga por lo que pareció una eternidad.
Hasta que el dolor volvió a atravesarle el cuerpo, esta vez con más intensidad, obligándola a contener un suave jadeo.
"¿Lümi?" preguntó Juliana, sin duda sintiendo el estremecimiento de la amazona. Lümi entonces se percató al fin de lo que pasaba, y se aferró a Juliana cuando otra pequeña oleada hizo que se le doblaran las rodillas. "¡Lümi!"
"Duele… creo que…" susurró la joven, aterrada, mientras se esforzaba por mantener la compostura. Oyó que Juliana soltaba una maldición, y luego un torrente de algo cálido deslizándose entre sus piernas…
Casi desde el principio, Lümi fue consciente de que algo no estaba del todo bien. Perdió noción de donde estaba, apenas consciente entre dolores de que Juliana la guiaba hasta algún punto, o de que su Maestro aparecía de quien sabe dónde y la sostenía. Era obvio que había roto fuente, y de pronto el dolor y la frecuencia de las contracciones le había tomado por sorpresa, a tal punto que apenas y conseguía caminar, y en los breves respiros entre el dolor estaba demasiado asustada para pensar en otra cosa que no fuera Axl. Si tan solo él estuviera ahí…
De la nada, estaban en un hospital, y un grupo de extraños la había alejado de Juliana y el Patriarca.
Poco le importó que la oyeran gritar. Lümi aferraba con fuerza las frías sábanas de la cama de hospital deseando que Axl estuviera con ella, sosteniendo su mano y diciéndole que todo estaría bien, que no debía tener miedo… pero dolía mucho, demasiado en su opinión, y la reconfortante y firme presencia de su esposo ya no estaba ahí para darle seguridad. ¿Era normal que doliera tanto? ¿Era normal que el médico tardara tanto?
La contracción le dio un respiro, y Lümi se puso una mano en el vientre en actitud protectora, agotada y pálida. Algo iba mal, lo sabía, lo sentía, pero el médico que permanecía de pie en la puerta del cuarto no parecía ni un poco preocupado… la agonía regresó con fuerza, tanta que la joven se removió en la cama y gimió de dolor, preguntándose vagamente porque no le ofrecían al menos algo para tolerarlo.
No importaba. Ella no era una frágil mujer, era Lümi de Aries, Amazona Dorada; había experimentado dolores peores y no iba a dejarse asustar por éste. Su hijo la necesitaba ahora, y si debía darle toda la fuerza que había en ella, se la daría. Por Axl. Por Mu.
Sintió que pasaba una eternidad en aquella habitación blanca y fría, retorciéndose y gimiendo de dolor bajo la mirada extrañamente calmada del médico que la atendía. ¿Cómo es que no notaba que algo estaba mal? Lümi no lo entendía, pero tampoco tenía mucho espacio para pensar; lo único que ocupaba su mente era el dolor continuo de las contracciones, el vacío de la ausencia de Axl en el momento más importante de su vida, y la presencia del pequeño dentro de ella.
En algún punto el médico finalmente le instruyó pujar, y si Lümi había pensado que lo anterior era difícil era porque no había llegado a este punto. La amazona sintió más de una vez que se quedaba sin aire y sin voz, que se partía en dos con cada esfuerzo sobrehumano, empleando las pocas fuerzas que le quedaban en la tarea que tenía ante sí. La habitación daba vueltas, y Lümi pronto fue consciente de un calor sofocante, como si su piel estuviese en llamas… pero el dolor no le daba descanso, y el médico continuaba instruyéndola con voz monótona y hasta despectiva, casi como si fuera ajeno al sufrimiento de la joven.
Hasta que, tras varias horas, Lümi soltó un gemido de dolor y exhaló el aire que contuviera para luego dejarse caer en la cama, exhausta y dolorida, mientras cerca de ella escuchaba el llanto de la nueva vida que acababa de traer al mundo.
Debía sentirse feliz, y lo estaba, pero se sentía tan mareada que apenas y lograba distinguir las luces de la habitación. El llanto de su bebé sonaba distante y hueco, como si lo escuchara al otro extremo de un túnel oscuro… todo dolía de la cintura para abajo, y era vagamente consciente de un desagradable aroma metálico que ella, como guerrera, conocía muy bien. El aroma de la muerte.
"No… Mu…" susurró apenas sin voz, temblando y ardiendo, sin saber siquiera si era un niño o una niña. Era el último nombre que Axl había pronunciado, y fue por tanto el primero en el que Lümi pensó. Su niño… solo quería a su niño… lo escuchaba llorar, pero no podía moverse… apenas podía mantenerse despierta… oía voces difuminadas, furiosas, indignadas…
"…-sta… ¡ya basta!... ¡¿Qué hace?!" gritaba alguien. Hubo un golpe, un empujón tal vez, y Lümi intentaba mirar lo que pasaba… pero pronto, a su pesar, sintió que la rodeaba la oscuridad.
