Disclaimer → SCC le pertenece a CLAMP, y la trama a MaraGaunt. Yo sólo me adjudico la adaptación.


Shaoran Li

Agosto

Luché por controlarme para no saltar encima de ellos, para entrar a la unidad de Sakura. Estaba desesperado por verla despierta y ver sus ojos volviendo a mirarme. Escuchar su voz volviendo a hablarme.

Sentía que podía estar preparado para que esos mismos ojos se pintaran de odio, del odio que merecía, pero el que iba a cambiar tan pronto como pudiera hablarle de mis sentimientos.

Ella podía pegarme, podía lanzarme cosas, podría llamarme cualquier cantidad de guarradas y aún así permanecería frente a ella, soportando estoicamente hasta que se ablandara, aunque tardara años, ella lo valía.

Por Dios que lo hacía.

Tomoyo me miraba como si comprendiera lo que pasaba por mi mente, de pie casi a mi lado pero en una posición que dejaba claro que quería interponerse. Touya aun tenía una de sus manazas en mis hombros evitando que avanzara hacia donde se encontraba ella. Lo miré exasperado y suplicante a la vez. Él dejó caer su mano y controlé nuevamente el infantil impulso de salir corriendo, esto debía pensarse y hacerse con cabeza fría.

Tomoyo asintió lentamente, pero ahora fue mi turno de leerle la expresión del rostro y tal vez un poco de la mente. Ella temía por cómo pudiera reaccionar Sakura al verme y si eso la afectaría. Por lo que podía leer de Touya, él pensaba exactamente lo mismo.

Intenté serenarme a pesar de que sabía que ellos tenían razones de sobra para creer lo peor. Yo mismo lo hacía, pero esto iba mas allá de los sentires y los pensamientos pronósticos de otros, yo simplemente no podía dejar de entrar a verla, aunque fuera solo un vistazo.

No, no sería solo un vistazo y me conocía lo suficientemente bien para afirmarlo. Tenía que hablarle, tenía que escuchar su voz, después de privarme de ella por cinco meses, yo debía…

Respiré profundamente. "Cálmate" pensé para mí mismo.

–Ella estará bien –afirmé a Tomoyo y Touya–. Intentaré… No haré nada para perturbarla.

No parecía que eso les valiera, pero yo no podía esperar más, no podía perder más tiempo, tiempo valioso, tiempo en el que podía hallar mil maneras de decirle que la amaba, que la necesitaba, y que estaba dispuesto a todo por recuperar su amor.

Me di la vuelta y enfilé mis pasos hacia la unidad de Sakura.

Abrí lentamente la puerta, era un vestigio de las miles de visitas anteriores que le había hecho en donde procuraba hacer el menor ruido para dejarla tranquila.

Debía cruzar una pared que hacía las veces de pequeño lavamanos para poder verla directamente, así que di los pasos restantes sintiendo como mi propio corazón volvía a saltar a la vida de manera fuerte y rápida.

Estaba tenuemente iluminado, como siempre, parecía que este tipo de luz daba alguna relajación.

Apreté mis manos en sendos puños cuando una ráfaga de su olor penetro por mi nariz como siempre lo hacía, mientras más me acercaba.

La pared dejo de ser un obstáculo…

Y allí estaba ella, tan pálida y delicada como siempre, con los ojos abiertos mirando hacia el techo de la habitación.

Las grandes lagunas de color verde no tenían el brillo característico que recordaba demasiado bien en mi memoria, de los días en los que habíamos sido felices, porque si lo habíamos sido, así yo no pensara de esa manera en ese entonces, ahora eran solo dos lagunas verdes frías... Sin vida… vacías.

Los ojos permanecían fijos, como si de alguna manera algo absolutamente interesante estuviera pasando en el techo… como si hubiera enloquecido.

Su nombre se me atoró en la garganta y solo pude verla y como había hecho miles de veces, empaparme de su mirada, y sentirme aliviado, profundamente aliviado de que se encontrara en ese estado de salud, viva, con el corazón palpitando.

Di unos pasos más para acercarme más a su olor, a su figura… a su misma esencia.

Lentamente, como si de alguna manera estuviera poseída, los ojos se movieron hacia mí, de pie a los pies de su cama.

Ninguna emoción se entreveía en ellos, era como si se tratara de un cuerpo sin alma… un zombi.

–Sakura… –murmuré.

Apreté el nombre entre mis labios con ansiedad contenida. La fijeza de su mirada era incómoda. Hubiera dado todo lo que tenía por poseer el don de leerle la mente, así podría saber que estaba pensando en esos momentos y si me estaba reconociendo, o si estaba empezando a orientarse, a recordarme… y a odiarme.

Pero no decía nada, solo me miraba así, como si no reconociera a nadie y a nada.

Me acerqué más intentando buscar una reacción más definitoria, algo que me dijera más que el hecho de que estaba despierta, algo que me dijera que podía reconocerme, que me odiaba, que había intentado suicidarse por la pena de perder a nuestros hijos… algo.

Me incliné en la cama y puse mi rostro a centímetros del de ella, muriendo lentamente por besar sus labios y acariciar su rostro, pero refrené mis impulsos primarios mientras volvía a tener su rostro a un palmo de distancia. Tenía sus ojos clavados en los míos.

Subiendo mi rostro, deseando demasiado inclinarlo para besarla como realmente quería hacerlo, posé mis labios en su frente, con todo el amor que sentía por ella desbordándose de mi cuerpo, tratando de transmitírselo a ella de manera brutalmente poderosa, pero que solo se concentraba en el gesto que estaba teniendo lugar.

–Sakura… –volví a susurrar mientras la boca se me llenaba del dulce sabor de su nombre–. No sabes… cuánto… cuánto me alivia que estés bien, cuanto necesitaba verte… sentirte –rocé nuevamente su frente con mis labios–, saber que estás viva.

Ella siguió sin moverse, y pensé que tal vez estuviera dormida, con los ojos abiertos…

–Te amo… Te amo… –repetí esas palabras en su cara dispuesto a repetirlas durante el resto de mi vida si era necesario.

Erguí mi estatura sin retirar mis ojos de ella, intentando hacerle saber por medio de esa mirada que esas dos palabras eran tan ciertas como precisas. Más adelante pediría perdón…tanto como le diría que la amaba.

Escuché un movimiento detrás de mí. Se trataba de Tomoyo que se puso a mi lado y soltó un casi imperceptible gemido de angustia al mirar la expresión totalmente confundida y perdida de Sakura…

Sus ojos nos miraron otra vez y siguieron su entorno de manera lenta y detallada, como si no supiera la razón de su estancia aquí.

Cuando terminó cerró los ojos y su pecho comenzó a agitarse con espasmos casi dolorosos, me encogí ante su acción dando por sentado que a su mente habían vuelto los recuerdos que vivió la última vez.

Los sollozos continuaron en aumento como en desesperación. Tomoyo se volvió hacia mi suplicante…

–Ve a llamar al doctor Yukito… –sus ojos también se llenaron de lágrimas aunque no sabía la razón.

Estaba desolado, y mi felicidad se había esfumado un tanto ante esto, aún debía aclarar con el médico cual era la situación de Sakura….

Mientras salía escuché que Tomoyo le decía:

–Sakura, cálmate –en tono maternal ante los desgarradores sollozos de esta.

Cerré la puerta con la misma suavidad con la que la abrí, pero sintiéndome infinitamente peor. Al final todos los miedos de Tomoyo se cumplían.

Touya esperaba en la estancia y supuse que al ver mi cara sacó sus propias conclusiones.

Le encargué mi labor porque, como me había pasado muchas veces antes, no tuve el valor de irme lo bastante lejos así sus reacciones hacia mí fueran de repulsa. Enterré la cabeza en las manos y sentí mis pensamientos fluir con toda la rapidez que podían, haciéndome sentir ligeramente mareado.

Me encontraba demasiado atado de manos, no se me ocurría que hacer para manejar esta situación. Pocas eran las veces que las situaciones se me salían de las manos, pero esto había sobrepasado los límites desde la primera vez que la vi.

Escuché los pasos de Yukito un momento después. Me miró de manera que me pareció algo reprobatoria, pero ¿qué podía saber él de mi perniciosa necesidad y de las ansias que me consumían?

Tomoyo salió de la habitación. Por la expresión de su rostro me pregunté si sería prudente siquiera hablarle. Pero ella se acercó; parecía entender, también esta vez, cada uno de mis pensamientos.

–Se ha tranquilizado en cuanto saliste… pero… no ha mencionado ni media palabra.

–¿Se lo dijiste a Tsukishiro? –le pregunté aclarándome la garganta un segundo.

–Sí, la está revisando. Creo que no tardará en salir a darnos noticias.

Parecía que habíamos retrocedido en el tiempo, en aquel mes en donde todo fue negro y oscuro y la vida de Sakura estaba tan en peligro como al principio, y dependíamos enteramente de lo que Yukito Tsukishiro pudiera encontrar de positivo en la situación de Sakura.

Volví a negar con la cabeza mientras esperaba que el médico saliera pronto.

Solo hasta después de media hora hizo su aparición el doctor Yukito.

–¿Qué paso? –preguntó Tomoyo inmediatamente sin darme tiempo para hablar.

–Físicamente todo parece estar bien, aunque tendremos que hacer algunos estudios complementarios para su cerebro. El caso es que… no pronuncia palabra… se expresa en silencio. Pareciera ser esa, al menos por el momento, la única secuela neurológica a gran escala, pero debemos estudiarla y también consultarla con psiquiatría –su voz pareció alterarse un momento al mencionar esa especialidad, pero se repuso rápidamente–. Ellos también deben valorarla. Es posible que, debido a su intento de suicidio, se encuentre en un estado grave de alteración emocional y pueda atentar contra su vida nuevamente.

–¿Volverá a hablar? –pregunté sin poder evitarlo, aunque eso no me importaría demasiado si en realidad ocurriera.

–De acuerdo a cómo salgan los estudios y su avance, y la valoración con el psiquiatra, podremos identificar si su mudez nace a partir de alguna secuela fisiológica por la hipoxia cerebral o si su trauma se manifiesta de esa manera, quedándose sin habla. En ambos casos, se estudiarán todas las posibilidades para dar solución al problema de la manera en que más la beneficie. Pero debemos tener en cuenta que la mudez puede ser uno de muchos signos de que su respuesta neurológica se haya alterado.

Estudios y más estudios. ¿No se suponía que los médicos lo sabían todo?

¿Para qué más estudios?

Debía controlar mi propia necesidad de más antes de estropearlo todo con mi volátil carácter. Asentí en silencio tan resignado como era posible, pero teniendo grabada a fuego la expresión de Sakura al mirarme por primera vez. Me bañé en el verde bosque de su mirada. Aún a pesar de su carencia de brillo, sus ojos tristes volvieron a atraparme.

–Tienes que tener fe… –susurró Tomoyo mirándome de frente–. Creo que ha pasado lo peor…

Lo peor para ella, pero para mí empezaba. En esos momentos comenzaba mi lucha para rescatar nuestro amor. Debía pegarme de su recuperación y convencerla de mi amor por todos los medios posibles.

Media hora, más tarde pudimos entrar a verla de nuevo. Estaba sedada para evitar agitaciones y ya había sido partícipe de otro examen. Según Yukito. estaría sedada hasta que el psiquiatra pudiera valorarla.

Me senté en la silla que se encontraba en el cabezal, el aspecto de Sakura había mejorado un poco. Tal vez tuviera que ver el hecho de que las enfermeras habían hecho lo suyo para que ella ingiriera algo de comer desde que había despertado, yacía nuevamente dormida, como la Sakura durmiente de mis sueños infantiles, tan real y física que podía tocarla... pero debía abstenerme, aunque el ansia por ella comenzaba a regresar con refuerzos después de nuestros meses de separación.

Me quedé mirándola durante mucho, mucho tiempo, en ocasiones sus párpados de movían rápidamente, como si estuviera soñando con algo, o alguien… Seguramente soñaba con nuestros hijos perdidos… aquellos a los que pensaba repetir la visita por la paz que me traían.

Tomoyo dio media vuelta para retirarse entendiendo que necesitaba estar con ella a solas.

No era algo bueno el hecho de que Sakura no pudiera hablar ya que suponía que ella esperaba descargar todo su dolor gritando y más. Levanté mi mano y la deslicé suavemente por su mejilla sintiendo cosquillas y picor en los dedos como sensación alterna. Toqué su frente y palpé delicadamente cada contorno de su rostro volviendo a llenar mi mente de rezos para que ella se pusiera bien del todo, para que pudiera escucharme y pudiera recuperar su confianza… y su voz.

Salí casi una hora después por respeto a Tomoyo. En el momento en que salí ella se encontraba con Eriol; parecía estar contándole los avances de Sakura.

–Touya llamó hace unos momentos –comentó cuando me vio acercarme. Recordé que después de haber entrado a ver a Sakura, bajo su tutelar mirada, no había vuelto a verlo cerca–. Tuvo que hacer un viaje de urgencia con Mei Ling, pero regresará en unos días.

Asentí sin mayor entusiasmo preguntándome qué habría hecho Sakura si hubiese sido Touya la persona a la que vio acercarse a su cama.

De pronto volvía a la vida mi faceta de celoso pendenciero, pero no tenía derecho a sentirme celoso así estuviera muriendo por dentro.

Tomoyo volvió a la habitación de Sakura y yo esperé que saliera. Eran casi las cinco de la tarde cuando lo hizo.

Era mi turno de quedarme esa noche. Lo eran todas las noches. Momentáneamente, había olvidado mi propio concepto de casa, a la cual acudía solo a bañarme y cambiarme de ropa. Mi hogar ahora estaba al lado de Sakura.

Sentía una sensación de paz infinita cuando entraba a la ahora habitación, perfumada con su esencia, combinada con los medicamentos que tomaba y el aire que circulaba por una ventana enrejada. No me importaba quedarme atado a una silla siempre que pudiera verla.

–¿Sabes? –susurré lentamente dejando mi mirada sobre ella de manera obsesa–. Desde que te fuiste de mi oficina no he dejado de pensar en ti en un solo momento. Hice algo de lo que me arrepiento –podía estar hablando conmigo mismo, ella podía no estar escuchándome pero sentía que podía contarle todo. Tal vez nunca me perdonara a mí, pero sentía que podía al menos justificar mis actos con mis sentimientos–. Encontré el diario que te regalé hace algunos meses… Aquel en donde decías en cada página lo mucho que me amabas –sonreí tristemente al recordar sus hermosas palabras–. Te eché de menos… de una manera compulsiva… me di cuenta de la verdad demasiado tarde… y aquí estamos… tú, tan cerca de la muerte y yo… –no había poder o inteligencia humana que pudiera definirme. Al fin de cuentas me había convertido en un animal, en un cuervo sin alma.

Escuché un ligero toque en la puerta. Volví mi mirada procurando esconder las traicioneras y bienvenidas lágrimas de mis ojos.

Entró una doctora que no reconocí… una muchacha joven y pálida, pelirroja y angelical.

–¿Es usted familiar de la señorita Kinomoto? –preguntó con voz suave.

–La señora Li –corregí como un autómata, sonando un poco grosero–. Lo siento... –me disculpé. Mi personalidad había cambiado demasiado–. Ella es mi esposa –no pude abstenerme de señalarle. Al menos a los ojos de la ley, ella aún me pertenecía.

La mujer no se inmutó por mi falta de serenidad ni de buenos modales, solamente extendió la mano y estrechó la mía.

–Mi nombre es Kaho Mitzuki. Soy la psiquiatra de este hospital. Su esposa fue pasada a mi lista de consulta. Tengo entendido que tuvo un intento severo de suicidio… –la mirada de la doctora se tornó demasiado suspicaz para mi gusto. Era como si, mágicamente, tuviera el conocimiento de que el intento de suicidio de mi mujer había sido mi real culpa.

Me amedrenté un poco ante la frialdad que adquirieron los que, hasta ese momento, me parecieron angelicales ojos. Tuve la necesidad de justificarme.

–Fue un malentendido –ok, esa era una excusa demasiado patética, pero no conocía lo suficiente a la doctora Mitzuki como para relatarle los pormenores, esos que no se podían poner en las historias clínicas–. Tuvimos unas palabras y…

Pero de repente no pude justificarme, porque en el fondo no había justificación posible. Negué con la cabeza y volví a sentarme. Pero debía ser demasiado obvio que mis sentimientos habían cambiado. Solo bastó con que la doctora Mitzuki presenciara el momento en que deslizaba sobre Sakura la mirada que contenía mi amor, el deseo de protegerla, el deseo por ella, y la tristeza que sentía por su actual situación, para que su mirada volviera a ser la del principio.

–Lo siento mucho –murmuró ella después de un momento.

Se acercó a la cama de Sakura. Pude ver que vestía una bata que ocultaba un cuerpo menudo y bien formado. Levantó los párpados de Sakura para iluminarlos con una luz, valorando sus reflejos oculares. Luego miró la dosis de sedación que estaba siendo aplicada.

En ese momento la puerta volvió a abrirse y por ella entró el doctor Tsukishiro. Se quedó quieto, parado en la estancia mirando con demasiado calor a la doctora Mitzuki.

Vaya, vaya.

–Ah, doctor Tsukishiro –dijo Kaho mirándolo brevemente–, justamente iba a buscarlo. Necesito que disminuya, o retire, la dosis de sedación de la paciente. Vendré en una hora a verla nuevamente y requiero que esté consiente –hablaba muy profesionalmente, tal como Yukito.

Este asintió silenciosamente, ante las frías palabras de la doctora Mitzuki.

Lo que Yukito no vio fue que en el momento en que Mitzuki salió, la mirada de la doctora se enfocó en él mientras caminaba hacia la recepción d

el hospital.

Me sentía un poco incómodo ante ese intercambio de voluntades que parecía, por lo poco que había podido ver, bastante frecuente.

Sonreí un poco al pensar en el amable y práctico doctor Yukito, seducido por la angelical y bastante fría doctora Mitzuki.

Sacudí un poco la cabeza ante mi recién descubierta habilidad observadora. Antes jamás se me hubiera ocurrido pensar en la atracción existente entre dos médicos, y sí en lo atractiva que me parecería la doctora Mitzuki si no estuviera enamorado de Sakura.

Nos quedamos en silencio por espacio de 10 minutos. El médico me miraba regularmente; era como si quisiera decirme algo pero no se atreviera. Me atreví yo a mirarlo a la cara y preguntarle:

–¿Sucede algo?

–Creo que es más que obvio –dijo acercándose a Sakura y comenzando a modificar el goteo que le estaba pasando a una cantidad mínima. Supuse que ese sería el sedante… Se me oprimió dolorosamente el pecho al pensar en que estaría consiente otra vez, pero lo reprimí un poco para no quedar tan en evidencia.

–No comprendo –dije aunque creía saber de qué iba el asunto.

–Sé que no tenemos la suficiente confianza…

–Usted salvó la vida de mi mujer –dije rotundamente sin dejarlo hablar, para aclarar cuán agradecido estaba–. Creo que la confianza se forjó desde que me trató a mí.

Sonrió de lado, se notaba algo deprimido.

–Vio a la doctora que salió hace un momento, ¿verdad? –cuando asentí, él continuó hablando, aunque al mismo tiempo posó su estetoscopio sobre el tórax de Sakura para examinar su corazón y pulmones–. Hemos trabajado en este hospital desde hace aproximadamente tres años… y… estoy perdido por ella… y… ella no lo sabe… –suspiró el doctor, decepcionado.

Me sentí un poco intimidado ante lo que me estaba diciendo, aunque lo había podido ver desde antes.

Como era de esperarse, no era un as con eso del romanticismo, ya que había tenido muy poco tiempo para aprender lo que Sakura pudo haberme enseñado, pero de una cosa estaba seguro ahora. Si pudiera hacer algo para que Sakura Kinomoto escuchara algo de mis labios lo haría sin dudar, por eso el único concejo que pude aportar al doctor Tsukishiro fue:

–¿Por qué no le dice lo que siente? Míreme a mí… mírela a ella –señalé con un gesto de la mano a Sakura–. Mire lo que su silencio, y el mío propio, hicieron con nuestras vidas. Ella me va a odiar toda la vida por el dolor que le causé… nada volverá a ser lo mismo por habernos quedado callados. Nunca volveré a mirarme a un espejo sin sentirme como un monstruo por lo que hice… –tragué en seco ante la continua opresión de mi pecho–. ¿Y qué si el día de mañana la doctora Mitzuki sube a un autobús y este se accidenta? La doctora Mitzuki pensará que su vida pasó sin tener a alguien que la quisiera. Dígaselo, es todo lo que puedo decirle.

El doctor Tsukishiro me miraba fijamente como si estuviera sopesando cada palabra que pronunciaba. Luego sonrió otra vez, solo que esa sonrisa estaba plagada de emoción. Asintiendo y tragando el salió de la habitación sin decirme nada más.

Me sentí brevemente como el buen samaritano. Si mi nueva observación era correcta y la doctora Mitzuki correspondía a los sentimientos del doctor Tsukishiro, acaba de cerrar el círculo de un idilio no consumado.

Que sensación de bienestar podía llegar a producir esa simple acción.

"¿Ves?" pensé para mí mismo. "Aún puedes ser bueno".

Salí de la habitación pero no vi a Tomoyo cerca, así que supuse que estaría tomando algo con Eriol. Mis pasos volvieron a llevarme inequívocamente al sitio que había erigido como templo de desahogo y donde podía sentirme un poco en paz consigo mismo.

El mismo Cristo volvió a darme la bienvenida, me recibía en silencio, con los brazos abiertos, como si de verdad me considerara un hijo más, aunque estaba lejos de ser un hijo ejemplar.

Me puse de rodillas y bendije mi cuerpo para empezar a orar devocionalmente. Recé con tanto fervor como siempre desde que había descubierto esta nueva modalidad de alcanzar algo de paz. Después comenzaba a pedir. Como siempre. Como no tenía derecho a hacerlo.

"Señor. Debo agradecer todo lo que has hecho hasta ahora por Sakura, no por mí, por ella. Y agradezco ínfimamente que la hayas seleccionado para seguir viviendo. Te pido, ahora que se que interviniste por ella, que no la dejes caer, no la dejes sufrir, ha tenido bastante con todo lo que le ha pasado. Por favor. Que no tenga nada en su cuerpo ni en su mente que pueda perjudicarla."

Cerré los ojos y seguí orando por ello. Mi madre estaría contenta. Decidí que el día que visitara nuevamente a mis hijos iría a verlos a ellos, a mis padres.

Como hacía mucho tiempo no lo hacía.

Volví a perder la noción del tiempo como ocurría a menudo, así que para cuando me levanté de la silla era casi de noche. Realicé a Yue una llamada de rigor en donde me volvió a comunicar que todo marchaba bien. Por este espacio de tiempo invité a Yue a que viviera en la mansión con su adorada hija. Confiaba en Yamazaki y en Chiharu, pero por encima de todo confiaba ciegamente en Yue.

Me puse de pie dando gracias silenciosamente por ser recibido. Caminé hacia la salida y enfilé, como costumbre, hacia el piso donde se encontraba Sakura.

En el momento en que iba pasando por el estar de las enfermeras escuché brevemente que la figura masculina que se inclinaba allí estaba indagando por la habitación de Sakura Kinomoto. Completamente intrigado y sin poder verlo directamente seguí derecho esperando no ser reconocido y me escondí en la pared opuesta asomándome brevemente para mirar.

Me quede de piedra cuando reconocí la cara del periodista. El mismo hombre que había tratado de violar a Sakura en el orfanato. Akio Terada. Ojeroso, pálido y con ojos de rata. Indagando por ella como lo haría un familiar.

Una ira corrosiva, como jamás había sido presa de mí, recorrió cada centímetro de mi cuerpo, exigiendo que matara a ese maldito de una vez, para que dejara en paz a mi mujer.

Lo seguí lentamente mientras caminaba, con ese aire despreocupado de delincuente hacia la habitación de Sakura, la que había señalado la enfermera. No entendía que hacía ese hombre ahí, pero planeaba averiguarlo y torturarlo, a la vez lenta y dolorosamente. Parecía que la estancia en la cárcel no había hecho nada por aplacarla al malnacido.

Vi que la puerta se cerró y me adelanté antes de que nadie me viera por el pasillo. Empujé el picaporte pero estaba cerrado con seguro, maldita sea.

Corrí hasta donde la enfermera y le dije que un delincuente acababa de colarse en la unidad de Sakura Kinomoto. Ella activó la alarma silenciosa de código azul y llamó inmediatamente a los de seguridad. Camine rápidamente hacia la puerta sin esperar a los de seguridad y la aporreé con tanta fuerza que se rompió a la primera. No me importaba pasar por encima de las estúpidas reglas lo único que me importaba era lograr que de una vez por todas Akio Terada dejara de rondar a Sakura Kinomoto.

Para siempre. Muerto.

En el momento en que entré como un bólido lo primero que vi fue a Akio, con una almohada en la mano y casi subido encima de la cama sobre ella.

Ella tenía la mirada perdida y parpadeaba sin comprender nada, aunque el horror que súbitamente tiñó su cara al mirar lentamente la cara de Akio, me dio lo que necesitaba. Sus manos temblorososas subieron a ocultar su rostro, mientras se agitaba silenciosamente.

Aunque supuse que la lentitud de sus movimientos era efecto de la sedación, no me iba a quedar parado para averiguarlo. Sin mediar más y antes de que el celador pudiera llegar y detenerme me abalance sobre él, el culpable de toda mi desgracia, el culpable de que hiriera de la manera en que lo hice a Sakura. Él había destruido todo lo que quería y consideraba mío, con mi inestimable ayuda, ahora era tiempo de vengarme como en la cárcel seguramente no hicieron.

–¡Aparta tus manos de ella, cabrón! –rugí antes de lanzarme hacia él y tomarlo de la camisa, botarlo contra el piso al mismo tiempo que descargaba toda la fuerza de mi puño en su mandíbula de rata.

Aulló como un perro pero no podía importarme menos. Al fin y al cabo, Terada era mucho más animal que yo, y solo quería cobrar venganza por no haber podido tomar el cuerpo de mi esposa. Supuse que sería el único que no había podido tomar y por eso estaba obsesionado, el muy puerco.

Lo levanté de la camisa otra vez para estrellarlo contra el lavamanos de la pared nuevamente, haciendo que se le rompiera la nariz.

Yo había violado a Sakura, sí, pero yo la amaba. Este lo hacía por el simple hecho del miedo que inspiraba en las mujeres a las que violaba; su perfil desde el orfanato había sido el de un perturbado mental.

Volví a lanzarle un puñetazo mientras él empezaba a lloriquear como una niña. Cuando estuvo en el piso comencé a patearlo sin piedad mientras cobraba por cada golpe las lágrimas que le había hecho derramar a ella, por su culpa, por mi culpa, pero yo podía seguir pagando, al lado de ella. Este animal ni siquiera quedaría de una pieza, cuando acabara con él terminaría respirando por una pajilla.

–¡DETÉNGASE, MALDITO, SOY AMIGO DE SAKURA! –rugió el muy miserable, sin haberme reconocido.

–Sé quién eres, pedazo de mierda inservible –lancé otra patada que casi me hizo trastabillar–. Eres el maldito que viola muchachas, eres quien destruyó mi matrimonio por no haber podido violar a mi mujer. Eres el piojo más sucio y vil que una vez pisó la tierra, y voy a acabar contigo… por el simple placer de ver cómo te retuerces como un mariquita.

Parecía que hablar como un hombre de la calle canalizaba mi ira un poco, pero nada podía detenerme de querer acabar con este malnacido sin más reservas. De repente un par de brazos se aferraron a mí y muy a mi pesar fueron lo suficientemente fuertes para apartarme.

–Suéltame –gruñí a quien fuera que me tuviera sujeto–, tengo que acabar con esta mierda… –dije escupiendo hacia la figura de Akio que parecía estar riendo un poco al mismo tiempo que se toqueteaba la nariz que había comenzado a inflamarse.

–Está loco –dijo mirando a todos en la habitación y luego a mí desde el piso–. Solo me equivoqué de habitación…

–Mientes, maldito pedazo de mierda , ya lo sé todo, periodista de pacotilla. Tú… tú tuviste la culpa de todo.

Hice el mayor esfuerzo que pude para soltarme pero debía darle crédito a los brazos que me sostenían.

Se escucharon unos pasos a tropel y entró la policía apuntándonos con armas. Terada levantó los brazos lanzando a gritos que era inocente.

–¡Miente! –dije desde la cárcel que suponían los brazos de Yukito, como me di cuenta tiempo después–. Intentaba matarla… –señalé la cama en donde Sakura no se encontraba. En esos momentos se hallaba en los brazos de Eriol que la había tomado para protegerla. Parecía hallarse confusa, y no retiraba sus ojos de mí a pesar de tener la cabeza apoyada en el hombro de Eriol.

Grité a todo pulmón todo lo que sabía de ese perro y de su cómplice Yoshiyuki Terada, el que supuse que se encontraría con él y hacía las averiguaciones para enterarse de los paraderos de Sakura.

El policía me dijo que me llevaría a la comisaria a declarar y yo le dije que tenía todas las pruebas y que tenía que llamar a mi abogado para corroborar la situación.

Cuando me esposaron me sentí como un criminal, pero sabía que no debía haber hecho esto…dentro la habitación de Sakura, enferma.

Cuando me volví hacia ella para llevarme su imagen en la memoria, vi que ella susurraba algo a Eriol y que este volvía a mirarme completamente extrañado. Ardía en deseos de preguntarle que pasaba pero el policía ya estaba llevándome tras de Akio, quien gritaba que necesitaba atención médica inmediata.

–Te será provista en la estación de policía –murmuró uno de ellos.

Seguía gimiendo y diciendo que él no había hecho nada, pero algo me decía que esta vez no iba a escaparse tan fácilmente.

Me metieron en una patrulla. A una estación de policía. Nunca había provocado estropicios y nunca había visitado una, pero soportaría cualquier cosa con tal de defender a Sakura.

Cuando llegamos a la comisaria fui enjaulado como un canario en una celda que olía a mierda y estaba más sucia que un vertedero.

Me vi separado de mis objetos personales por los policías para que no se extraviara. Al perro lo pusieron en otra.

Vagué por la celda poniéndome cada vez más nervioso y ansioso por saber que había pasado con Sakura.

Pasaron más de tres horas sin que pudiera hacer la llamada a la que sabía que tenía derecho. Grité e hice bulla pero solo me gané las miradas reprobatorias de los policías y los abucheos de los que se encontraban en la siguiente celda.

A las casi cuatro de la madrugada escuché que alguien abría la reja.

–Li… –dijo la voz oscura del guardia–. Está libre.

Parpadeé un poco cuando me iluminó con una linterna y lo seguí después de salir de la celda.

–¿Dónde esta… el hombre que entró conmigo?

–Está en una celda de alta seguridad. Ha sido denunciado en más de 7 estados por homicidio y violación en serie.

Ojalá fuera condenado a cadena perpetua. Eso sería menos que suficiente.

Fui conducido a la entrada de la comisaria a que me devolvieran mis cosas cuando vi que Yue se encontraba ahí. Me dirigió una mirada de divertida reprobación mientras señalaba que tenía en su poder mis cosas y me llamaba para que fuera a su lado para salir de ahí.

–¿Cómo supiste? –le pregunté simplemente. Él me dirigió una mirada socarrona.

–El señor Hiragizawa me llamó al móvil. Se metió usted en un buen lío.

–¿Sabes de quién se trata? –hice un gesto con la cabeza hacia la comisaria.

–Sí, reconocí la cara en el informe que le envié. Agregué esa información con la que aportó el departamento de policía de Kyoto, Nara y Osaka. Parece que ha estado haciendo de las suyas allí y no habían podido capturarlo.

Eso me dio un poco de alivio, pero no el que quería.

–¿Te dijo Eriol cómo se encontraba Sakura?

–Todo parece indicar que bien, no se alteró porque está algo confusa todavía.

–Debo ir inmediatamente –dije bajando las escaleras y dejándolo atrás.

–Con todo el respeto que merece, señor, creo que debería ir a la casa a arreglarse un poco, asearse…cualquiera que lo viera, y no solo la señorita Kinomoto, creería que es usted un… indigente –tosió ocultando una risa irónica.

Solo me bastó con una mirada rápida sobre mí mismo para saber que tenía razón. Suspiré exasperado ya que no me importaba en lo más mínimo, quería regresar al hospital ya.

Yue condujo el auto de vuelta a la mansión. Cuando entramos Chiharu nos recibió mirándome de reojo, a ella también se le escapó una risita y supe que Yue la había hecho participe de todo.

Todos en contra mía. Genial.

Subí las escaleras de dos en dos hasta llegar a mi habitación. Allí saqué del armario la ropa que usaría y me metí rápidamente a la ducha sin importarme si el agua se calentó de prisa.

Salí, me medio sequé y bajé rápidamente.

–He, he, he, –dijo Chiharu cortándome el paso cuando estaba a punto de saltar los dos últimos escalones de la escalera principal, casi saltándole encima. No entendía por qué demonios estaba despierta a estas horas–. Siento mucho tener que hacer esto pero si no come usted algo haré que Yamazaki cierre todas las entradas de esta casa para que usted no pueda salir.

–No te comportes como mi madre –le susurré mirándola receloso. El comentario pareció dolerle un poco, pero ni por eso se amilanó:

–Ya quisiera haber podido tener hijos, y si así hubiera sido, si fuera como usted, lo tendría con la rienda más corta que la de un poni. Desafortunadamente, a veces las cosas no son como queremos, y aun a riesgo de que me eche usted de esta casa como perro, no dejaré que siga alimentándose como lo hace.

Su comentario, aunque no quería admitirlo, me recordó un poco a mi madre y a Sakura. Ambas habían intentado cuidar de mí y yo no había querido que lo hicieran, y aun así la sensación era bastante cómoda. Volviendo a mirarla de manera exasperada ralenticé finalmente mis pasos y me dirigí al comedor, donde estaba sentado Yue. Volvió a reír y me senté a la cabecera de esa mesa que solo recordaba haber compartido con Sakura.

En el momento en que íbamos por lo que en una cena normal, y no esta hora, hubiera significado el postre, sonó el teléfono.

Chiharu me lo acercó.

–¿Hola? –dije.

–¿Shaoran? –escuché la voz de Tomoyo al otro lado del teléfono–. Creí que estabas en prisión.

–Mi abogado pagó una fianza, no era yo quien debía estar en prisión.

–Qué bien –dijo ella suspirando–. Creí que debías saber que… Sakura acaba de terminar sesión con la psiquiatra, finalmente pudo valorarla.

–¿Qué le dijo? –pregunté súbitamente ansioso.

–No… es fácil decirte esto, pero la doctora Mitzuki dice que Sakura necesita ser hospitalizada en una clínica de reposo.

Me quedé callado por unos momentos, sin saber que decir luego solo pude preguntarle.

–¿Por qué?

–Dice que… se encuentra en un alto riesgo de autoagresión… y cree que los niños aún están vivos.

Se me retorcieron las entrañas ante la mención de ese hecho.

–¿Perdió la memoria? –pregunté, ya que era la única justificación que se me ocurría para ello.

–No exactamente –dijo Tomoyo. Al parecer ella había estado presente en toda la valoración de la psiquiatra, y esta se había dado precisamente cuando yo no podía estar cerca–. Dice que se encuentra en la etapa de negación, de su diagnostico y del trauma que supuso la pérdida de los bebes. Dice que no sabe cuánto más pueda durar, y que por eso necesita reposo y tranquilidad, para asegurar que no… lo tome tan mal… como la primera vez. El resto de los exámenes de su cerebro salieron bien. Todo parece indicar, como dijo el doctor Tsukishiro, que el hecho de que no hable se trata de algo psicológico.

Su cerebro y toda ella se encontraban bien, al menos físicamente se encontraba bien.

Respecto a lo primero saqué la ligera conclusión que lo que Tomoyo quería decir era que no querían que intentara matarse nuevamente y esta vez sí lo lograra.

Ahora si no pude hablar, Tomoyo entendió y me dijo que me contaría el resto de la información, que no era tan importante, en cuanto llegara a la clínica. Dijo que la doctora Mitzuki quería hablar conmigo.

Había comido pero querría no haberlo hecho. No sabía cuáles eran las posibilidades de calidad de vida para Sakura, cuando finalmente aceptara que se había quedado sin nuestros hijos. Me di cuenta tardíamente que no le pregunte a Tomoyo si ella… me había mencionado. Me llené de ansiedad otra vez y dejé el plato del postre, Chiharu podría perdonarme que dejara ese final.

–Volveré al hospital –informé a Yue, quien me miró interrogante–. Luego te pondré al tanto.

–Claro, señor –dijo asintiendo.

–Hasta pronto –me despedí de él y su hija y corrí hasta el auto estacionado en el antejardín de la casa.

Conduje como un loco, afortunadamente sin encontrarme con nadie de tránsito. Estacioné de la misma manera en el hospital y casi volé hasta el piso siguiendo mi trayecto matinal.

Vi que Tomoyo, como siempre, se encontraba en la sala de espera de visitantes.

–Hola –saludé apenas llegué–. ¿Qué paso?

–Nada nuevo, aparte de lo que dije –señaló las bolsas que tenía a un lado de su cuerpo–. Espero que no te moleste.

–¿Qué es eso? –dije sin comprender.

–Es ropa de bebé, la que adquirimos con Sakura. La doctora dice que es bueno para ella verla, para que así pueda… asimilarlo. Dice que tenemos que llevarle la idea…

Parecía como si estuviera hablando de una pasada mental, una loca.

Pero yo sabía que era muy probable, ahora que Tomoyo lo mencionara, que el dolor, la traición y todo lo que le había hecho hubiera contribuido a que Sakura perdiera la razón.

Con un nudo en la garganta metí una de mis manos en la bolsa y saqué lo primero que toqué, un pequeño, diminuto pijama de lana de color rosa.

Era impresionante darse cuenta de cuan pequeños éramos cuando nacíamos, cuan imposible parecía que en algún momento de nuestra vida fuéramos capaces de caber en algo tan pequeño como ese pijama que sostenía entre mis manos.

Lo apreté inconscientemente contra mi pecho sintiendo un dolor muy agudo, por los cuatro, por Sakura, los bebés y yo; por la oportunidad que habíamos tenido de ser una familiar y la manera en que la habíamos perdido. Luego de ese ligero ensueño me volví hacia Tomoyo y le pregunté lo que más me moría por saber.

–¿Ha… ella ha… mencionado mi nombre? –no parecía lógico que hubiera preguntado por mi teniendo en cuenta el tiempo en el que parecían haberse detenido sus recuerdos... cuando sabía que iba a tener dos hijos.

Tomoyo me miró con ojos tristes, luego negó con la cabeza.

Quise entrar, pero caí, repentinamente, en cuenta de que no sabía que haría Sakura si me viera. No debía forzarla. Y no lo haría, por más que lo deseara. Primero debía hablar con la psiquiatra, ella seguramente me ayudaría a abordar a Sakura de la mejor manera posible….

Eso esperaba.


He tardado un poco más de lo esperado, pero no ha sido culpa mía, ¿vale? Con esto de la crisis, mi familia lo está pasando fatal, y he tenido que echar una mano en los negocios de mis padres. Vuelvo cada día súper tarde a casa, y no hay ganas de nada.

Además, he tenido varios problemas porque he localizado varios plagios en FF, pero me han ignorado. En el peor de los casos, he sido insultada. Me siento algo más que frustrada, me siento ofendida. Ofendida porque la gente roba trabajos de otras personas, y aún así, no recapacitan. Estoy indignada, pero como hacer caso a las provocaciones tampoco sirve, no hay otra forma de canalizar el enfado. No he tenido ganas de sentarme frente a un ordenador, ¿OK? He estado por ahí con mis amigas los fines de semana, esperando que la vida real me calmara un poco.

Perdón, Iveth, que no he contestado pese a que me dejastes tu correo. No estaba de humor, pero he tratado de dar una respuesta corta a vuestros reviews.

Sin más, espero subir otro capi antes de irme de campamento. El fic tiene 30 y pico capítulos.

Saludos =)

lady Evelyne