La Dama del Invierno.
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Capítulo XXI: La última Tallis.
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Nota: dedicado a con mucho cariño a personitas que me alegraron el día, una de ellas es kim-angel251995 por haberme dado el review 200, por dios! 200! MIL GRACIAS A TODAS Y A TODOS sin su lectura La Dama del Invierno se habría acabado incluso antes de comenzar…ASÍ QUE TAMBIÉN VA DEDICADO A TODOS Y CADA UNO DE LOS QUE ME LEEN, ME HAN LEÍDO EN ALGÚN MOMENTO Y A TODOS LOS QUE SIGUEN MIS HISTORIAS. También a Marisol, mejor conocida en FF como loveinrouge por todos su reviews y por haber hecho el primer POSTER DE LA DAMA, es cual no es por nada pero le quedó GENIAL!,gracias linda pronto estará en el blog que tengo pensado hacer, y todo esto me lleva a decirles que pienso hacer un blog sobre esta historia así que están invitados e invitadas a hacer sus propios photoshot o dibujos o todo lo que se les ocurra para mostrarlos en el blog que en unos meses abriré. Y por ultimo pero no menos importante a Waaleej, Ale, muchas gracias por tu lectura tan entusiasta a varias de mis historias y por los reviews tan lindo que me dejas en algunas de ellas.
Y ahora sí, los dejo con el cap, que lo disfruten.
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Entonces él se giró encarándola y el alma se escapó del cuerpo de Hermione. Porque el ser frente a ella podía ser cualquier persona, podía ser cualquier cosa, pero definitivamente no era el Peter que ella había conocido.
—Hola, Hermione—, la saludó secamente mientras la piel de su rostro se elevaba como si un bicho correteara por debajo de ella. Su voz era vacía y carente de emoción…parecería como si fuesen cientos de voces en una sola, formando un eco frío y perturbador.
Instintivamente ella dio un paso atrás mientras miraba con pena y horror al que una vez fue su amigo—Pero, ¿qué hiciste?, ¿qué te hicieron, Peter?—. Hermione no sabía por qué pero sentía mucha compasión, tristeza…pena por él. Extrañamente, sin darse cuenta, comenzó a llorar, no por ella, por él…era el llanto que se le otorga por última vez a un amigo que se ha ido para siempre.
Pero él no contestaba, solo la contemplaba fijamente, fríamente. El hermoso color miel de sus ojos había desaparecido, ahora eran negros, más profundos y negros que la noche, sus labios estaban secos y partidos. Solo su cabello parecía seguir igual, castaño y largo hasta los hombros.
Hermione reparó en el tatuaje de dos escarabajos negros sobre su pómulo derecho así como en su torso a través de la camisa abierta en donde la piel se elevaba en tres puntos distintos y móviles, igual que ese bulto en su rostro, mismo que correteaba desfigurando sus facciones.
—Contempla tu obra, Granger—, dijo Peter con una voz que no parecía la suya—. Mírala muy bien y grábate cada detalle a la perfección porque será la primera y la última vez que la veas…
—No…—, soltó Hermione en un hilo de voz.
—…ya que he venido a matarte.
Hermione no lo pensó, ni siquiera lo analizó porque no había nada qué analizar. Las palabras de Peter eran contundentes, sin dejar el menor hueco para la duda, ella no sabía cómo y mas importante aún, ella no sabía el por qué había ido a matarla pero sabía, bien sabía que fuera cual fuera el motivo, Peter, o lo poco que quedaba del castaño, iba a matarla.
Sin detenerse ni un segundo hizo lo primero que se le ocurrió: correr. Echó a correr como jamás lo había hecho en su vida. La castaña había olvidado que era una bruja poderosa, que tenía una varita y que podía hacer magia para defenderse, o peor aún, se olvidó que ella era el Equilibrio y que bastaba un solo movimiento de su mano para desintegrar al ser ante ella.
O puede que sí lo recordara solo que no podía ni quería lastimarlo ya que aún guardaba la esperanza que en el fondo de aquella alma, si es que aún había una, todavía existiera el Peter Cold que ella conoció.
A sus espaldas, Peter la miraba correr fijamente, como estudiándola, casi queriendo comprender qué sentido tenía correr si al final de todo cumpliría su cometido. El castaño ladeó el rostro y frunció el ceño mientras contemplaba la espalda de Hermione alejarse. Peter sonrió cruelmente al descubrir lo patético y estúpido que eso era. Después, tomando impulso, Peter corrió tras Hermione a una velocidad impresionante y, cuando estaba a medio camino de la castaña, dio un brinco que lo hizo volar por los aires hasta caer limpiamente frente una Hermione que se detuvo paralizada.
—Aquí es cuando comienzas a gritar, Hermione.
Tomándola del cuello con una sola mano, Peter la elevó hasta que los pies de Hermione dejaron de tocar el piso. Se estaba ahogando, sentía como sus globos oculares parecían querer salírsele de las cuencas, mientras que los poderosos y fuertes dedos de Peter se cerraban en torno a su garganta impidiendo el paso del aire a sus pulmones.
Hermione comenzó a gimotear, abría y cerraba la boca inútilmente, tratando de capturar un poco de aire, mientras que su rostro comenzaba a tomar un enfermizo tono morado.
—Peter…por favor…Peter…—sus pies se agitaban furiosamente y estiraba las manos hasta el rostro del castaño tratando de rasguñarlo, de provocarle algún tipo de dolor que lo hiciera soltarla, pero era inútil, Peter no parecía sentir.
Fue entonces que Hermione recordó que era una bruja. Tanteando desesperara entre las telas de su túnica, buscaba su varita. Cuando sus dedos se cerraron en torno a ella, el oxigeno era tan poco en su cerebro que ya casi comenzaba a sentir como perdía el conocimiento, no se creía capaz de realizar ni un tipo de hechizo, algún tipo de magia, así que hizo lo primero que se le ocurrió: tomando firmemente la varita la enterró con todas sus fuerzas en la mejilla izquierda de Peter atravesándole la carne.
Con horror vio como de inmediato la piel se ponía negra hasta transformarse en decenas de escarabajos negros que hicieron caer la varita y se reordenaron reconstruyendo así la cara de Peter.
El castaño bajó el rostro mas no la mirada, le sonrió siniestramente antes de arrogar a Hermione contra una roca. El crack que hicieron sus costillas al romperse quedó amortiguado por grito que Hermione profesó.
La castaña se debatía entre la realidad dolorosa que imperaba y la inconciencia a la que el sufrimiento la arrastraba. El solo respirar implicaba un dolor insoportable y el aliento no parecía ser suficiente, la costilla fracturada le había perforado un pulmón. Y justo cuando creyó que ya no podía más, una par de manos se cerraron en torno a su tórax elevándola del suelo.
Hermione se mordió los labios evitando liberar el alarido de dolor que reverberaba en cada rincón de su cuerpo. Peter con saña enterraba los dedos en el justo lugar en que sus costillas estaban rotas, hundiendo aún más la punta de una de ellas en su pulmón derecho.
Su cabeza cayó pesadamente hacia delante mientras el pecho se movía trabajosamente en el afán por conseguir oxigeno.
Fue entonces que el puño de Peter se enterró en su abdomen haciéndola escupir sangre y, dada la magnitud del impacto, su cuerpo salió disparado varios metros. Ella cayó aparatosamente, con la pierna en un ángulo imposible y la muñeca completamente volteada.
La castaña abrió los ojos trabajosamente. El mundo a su alrededor se había tornado rojo a causa de la sangre que la cubría, su respiración era entrecortada y el corazón parecía sacar fuerzas de lugares desconocidos para seguir latiendo.
Ya no mas, se dijo, ya no, por favor. Que Peter hiciera lo que quisiera, pero que acabara con el dolor que era sobrevivir. Tumbada entre las pequeñas piedras que bordeaban el lago, Hermione logró enfocar las aguas cristalinas de éste, los árboles que se extendían más allá, las montañas pequeñas a causa de la distancia…y a Draco…su rostro se apareció ante ella a modo de recuerdos. De la primera vez que la besó en las orillas de ese mismo lago, de cuando la rescató de sus aguas, de cuando hicieron el amor por primera vez…todo a su alrededor era Draco, sus ojos, sus labios, su sonrisa retorcida…su aroma, y Hermione se dijo que era un buen modo de morir…pensándolo.
De pronto un par de zapatos negros se interpusieron en su deteriorado campo visual. Sintió como la giraban hasta quedar boca arriba usando la punta del pie. Ahora se encontró con el cielo azul y el rostro descompuesto por la maldad de Peter recortado contra él. Estaba sonriendo, sádicamente, enfermizamente. Hermione cerró los ojos, no quería ser eso lo último que mirara si iba a morir en los instantes siguientes, prefería pensar en Draco, en Ronald, en Harry, en su abuela Charlotte.
—Perdóname—, logró susurrar Hermione. Era el perdón que jamás le podría decir a esa mujer que lo sacrificó todo, que dejó todo para que su hija viviera, para que el mundo mágico tuviera una oportunidad. Que concibió a una Tallis para que acabara con la maldad, pero que dicha Tallis ahora se deba por vencida, quizá demasiado pronto.
Peter sonrió enseñando los dientes.
—Descuida, te prometo que dolerá.
Y alzándola una vez mas como si de una muñeca de trapo se tratase, Peter acercó el rostro de Hermione hasta el suyo, la besó furiosamente en los labios antes de abrir su propia boca de donde cientos de escarabajos comenzaron a salir invadiendo el cuerpo de Hermione.
—¡Sectumsempra!—, gritó de pronto una voz que obligó a Peter a girarse dejando caer a Hermione al suelo, mismo que comenzó a retorcerse y convulsionar entre gritos desesperados.
Ronald Weasley estaba de pie ante Peter, con los ojos encendidos en rabia, la varita firme entre sus dedos y luciendo mas amenazador y peligroso que nunca. Con su pecho subiendo y bajando a causa de la furia, sus facciones tensas en un rictus de odio y los ojos hirviendo en coraje.
En el cuerpo de Peter surgieron decenas de cortes profundos de los cuales brotaban escarabajos que escurrían por su piel para luego volver a cerrar las heridas.
Pero Ron no se detuvo, alzando de nuevo su varita hasta el chico gritó—: ¡Everte Statil!
Esta vez Peter salió disparado por los aires en donde dio una voltereta hasta caer de pie casi con elegancia ante Ron.
El pelirrojo luchaba por no perder los estribos. Sentía la furia corromper su cuerpo hasta el punto de nublarle los sentidos, echó un vistazo rápido a Hermione que se retorcía en el suelo mientras su cuerpo era surcado por cientos de escarabajos negros. El dolor de la chica lo golpeó duramente hasta casi dejarlo mareado. Ron agitó la cabeza de un lado a otro, si quería salvar a Hermione primero debía de deshacerse de Peter Cold. Y mientras Ron deseaba que Harry llegara pronto y dejaba caer la varita al suelo, se lanzó corriendo contra Peter mientras largaba un rugido de furia.
El castaño frente a él hizo lo mismo, solo que de su voz salió un alarido que caló los tímpanos e hizo volar a los pájaros de los árboles.
Cuando sus cuerpos colisionaron, una honda poderosa se extendió por todos los terrenos del castillo.
Ron cerró la mano fuertemente en un puño que se estrelló contra la mandíbula de Peter, para luego recibir él mismo un golpe en el estómago que le sacó el aire. Retrocediendo un par de pasos, el pelirrojo respiró agitadamente para volver a lanzarse contra Peter que ya lo estaba esperando con un nuevo golpe que le hizo crujir la quijada. Ron no se quedó atrás y le devolvió el golpe en el costado derecho.
Pero nada parecía servir, nada parecía dañar a Peter Cold, la ceja de Ron ya estaba partida escurriendo sangre por su rostro, su pómulo izquierdo estaba rojo e hinchado mientras que el dolor en el abdomen le impedía moverse con la misma rapidez.
Y sin embargo no se detenía, seguía lanzándose contra Peter, golpeándolo con todas las fuerzas de las que era capaz.
Logrando tomarlo por el brazo hasta torcérselo, Ron pudo tenerlo inmovilizado lo suficiente para estrellar su puño una y otra vez en la cara de Peter. Bufaba y gruñía con cada golpe que daba, sus nudillos sangraban y la sangre en su rostro le imposibilitaba la visión, respiraba agitada y entrecortadamente. De un momento a otro Peter logró zafarse y, tomando a Ron desprevenido, lo sujetó por los hombros para comenzar a golpearlo con la rodilla en el estómago.
Ron comenzó a escupir sangre de la boca a cada golpe recibido, se sentía mareado y la visión se nublaba, luego sintió como si su rostro fuera impactado contra una roca que lo mandó al suelo casi inconciente, ahí Peter comenzó a patearlo sin descanso, mirando satisfecho como la sangre cubría cada facción del rostro de Ron, como su cuerpo se retorcía en un vano intento de contener los golpes.
Ya se había divertido lo suficiente, ya había dejado que el pelirrojo creyera que podía ganar, era ahora de acabar con él como lo estaba haciendo con su amiga. Tomando el brazo izquierdo de Ron mientras ponía un pie en el pecho de pelirrojo, echó un último vistazo al cuerpo convulsionante de Hermione, Peter se permitió sorprenderse un poco ante la resistencia que la chica estaba demostrando ya que cualquiera en su lugar ya estaría muerta, antes de regresar hasta Ron y, haciendo palanca con la pierna, comenzar a tirar del brazo del pelirrojo.
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Pansy se paseaba como una histérica a las puertas del vestíbulo de Hogwarts, Theo estaba detrás de ella recargado contra un pilar con la mirada fija en su amiga.
El semblante de la pelinegra reflejaba su preocupación y miedos internos, su piel estaba pálida, sus ojos vidriosos a causa del llanto que se impedía derramar y los labios en cualquier comento comenzarían a derramar sangre de la manera compulsiva en que se los mordía.
—Ni lo pienses, Pansy—, soltó Theo al ver como su amiga se dirigía hacia la salida—, no saldrás de aquí.
Pansy lo miró por primera vez, con algo muy parecido al odio—. ¿Y desde cuándo haces caso de lo que dice Ron?
—No le estoy haciendo caso a tu novio, lo hago porque no voy a dejar que arriesgues el culo allá afuera, no sé qué es lo que está pasando exactamente pero no soy tan imbécil como para no darme cuanta que sea lo que sea, es peligroso y por ningún motivo dejaré que te acerques a ello.
El labio inferior de Pansy tembló y una lágrima escapó por su rostro—. Es Ron, Ron quien está allá afuera, me necesita, Theo…
Él apenas pudo ser lo suficientemente rápido para tomar a su amiga por los hombros evitando que su cuerpo colapsara contra el suelo—. Pansy, Pansy—, dijo mientras la abrazaba contra su pecho.
El delgado cuerpo de la pelinegra comenzó a vibrar presa del llanto, sus manos se cerraban en puño contra la camisa negra de Theo y sus lágrimas comenzaban a humedecerle la piel.
—No puedo…Theo, no puedo…
—Estará bien, Weasley estará bien…
Pansy, en la oscuridad de sus ojos cerrados, sintió el grito antes de escucharlo—. No, no lo está.
En ese justo instante, el bramido de la garganta de Ron desgarrandose de sufrimiento, retumbó por todos lados.
Sin pensarlo mucho, Pansy alzó la rodilla golpeando la entrepierna de Theo y salió corriendo con rumbo al lago del lado este.
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El costado izquierdo le dolía y respiraba incorrectamente por la nariz. Sus pies se movían rápidamente pero parecía como si cada tramo recorrido fuera mayor que el anterior.
Ginny corría detrás de él. No la miraba, pero podía escuchar su respiración acelerada. Ya en otro momento Harry se detendría a asegurarse que ella estuviera bien, ya en otro momento se sentarían a hablar y, si era necesario, la consolaría. Pero no ahora, ahora lo único que podía importarle era llegar ante Hermione.
El tobillo punzaba de donde Zabini la había tomado, sus cabellos estaban despeinados y sentía todo un lado de la cara latir de dolor. Sus ropas aún estaban algo desacomodadas y como podía se las ingeniaba para mantener cerrada la blusa que el moreno de Slytherin le habíaroto. Mientras corría detrás de Harry, Ginny se obligaba a no recordar, a no sentir aquellas manos recorriéndola, hundiéndose en su cuerpo, no quería sentir el frío y asqueroso aliento contra su piel.
Era mejor correr como lo hacía ahora, con Harry a unos metros por delante, sin saber exactamente el destino pero con una corazonada que le decía que no era nada bueno. Él había mencionado a Hermione y por algún motivo ella pensó en su hermano Ron.
De pronto un bramido de dolor cortó el aire y tanto ella como Harry se detuvieron en seco.
—Ron—, susurró la pelirroja invadida por el miedo.
Ese había sido su hermano.
Harry frente a ella estaba paralizado. El alarido de su amigo le había calado la piel haciéndolo temblar.
—Harry, Harry—, una pequeña mano se cerró en torno a su antebrazo, como ido se giró mirando el semblante descompuesto de Ginny—Ron…—, dijo ella, y esa sola palabra bastó para reaccionar y, tomando a la chica por la muñeca, ambos echaron a correr lo más rápido que su piernas les permitían.
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La piel comenzaba a desgarrarse, uno a uno los tendones de su brazo cedieron como lo hacen las finas y tensas cuerdas de un viejo piano, los ligamentos se destrozaron, dejando de mantener unidos hueso con hueso, la carne del músculo se desprendía y sus vasos sanguíneos se reventaron dejando salir el liquido vital.
De la manera más dolorosa y atroz Peter Cold le estaba arrancando el brazo y él no podía hacer nada más que gritar de dolor y sentir como la vida se le escapaba poco a poco, segundo a segundo.
Solo sus gritos se escuchaban, tan poderosos, tan lastimeros, que hacían presión contra sus tímpanos, embotando su cerebro…solo sus gritos…y la risa demencial de Peter Cold.
En medio de todo el dolor, Ron giró apenas la cabeza y obligó a sus ojos a enfocar el cuerpo de su amiga unos metros más allá. Su cuerpo seguía retorciéndose pero no con la misma fuerza que hacía unos minutos, prueba contundente que estaba perdiendo la batalla.
—Mione…—, soltó en un bajo y moribundo susurro. Le había fallado, había faltado a su promesa…a sus promesas. Le dijo que estaría ahí para protegerla, que daría su vida misma con tal de que estuviera a salvo…mientras que a ella—Pansy…—le prometió que jamás la dejaría sola, jamás abandonarla. Ron cerró los ojos y suspiró un Lo Siento.
Sabía que moriría, que ambos los harían, ahí, en ese mismo lugar, en ese mismo instante. Volviendo a posar su mirada en su amiga, en su hermana; Ron se resignó, al menos morirían juntos…y quizá, ella en el más allá podría perdonarlo, quizá ambas podrían hacerlo.
— ¡Depulso!
— ¡Reducto!
— ¡Impedimenta!
Tres poderosas y furiosas voces cortaron el aire, tres rayos de luz salieron disparados de las varitas de Pansy, Ginny y Harry para ir a chocar contra el desprevenido cuerpo de Peter Cold. En su sorpresa, en chico no pudo protegerse y salió disparado hasta estrellar su cuerpo contra las rocas; al instante, él se desintegró en miles de escarabajos negros que se expandieron dando un zumbido estridente para luego comenzar a juntarse poco a poco, hasta formar una figura humana que se transformó de nuevo en Peter.
Los tres recién llegados los miraron con odio y desprecio.
—Es demasiado tarde—, se burló Peter.
—No, no lo es, ¡Crucio!—, bramó Pansy. Pero la maldición Imperdonable jamás llegó hasta el castaño. Un hoyo negro se materializó en medio del lugar, Peter sonrió cruelmente antes de ser absorbido por la oscuridad. El rayo chocó contra las piedras haciéndolas volar en mil pedazos.
Sin esperar ni un segundo más, Pansy, junto con Ginny, se dirigió hasta el cuerpo de Ron que temblaba incontrolablemente a causa de los litros de sangre perdidos, sudaba y su corazón estaba taquicárdico.
Cada una se hincó junto al pelirrojo; Pansy comenzó a llorar en silencio. Las manos le temblaban cuando las acercó al cuerpo de su novio.
—Ron…, oh Ron…—decía Pansy tocando la mejilla del pelirrojo.
Del otro lado, Ginny tomaba entre sus manos la de su hermano mientras se obligaba a no llorar—. Ronnie…Ronnie, hermano…—se llevó los nudillos manchados en sangre del él y los besó dulcemente—…nunca has hecho caso cuando te hablo, pero por favor…por favor…solo por esta vez…
—Pa…Pansy—. Temblando de pies a cabeza, luchaba por enfocar a la mujer ante él.
Ella lo miraba con los ojos muy abiertos reflejando su dolor interno, recorrió cada centímetro del cuerpo de Ron hasta que sus ojos se posaron en el brazo izquierdo del chico.
—Diffindo—, dijo por lo bajo apuntando con la varita a la tela de la camisa que se desgarró ante el hechizo. Cuando el brazo casi por completo desmembrado de Ron quedó a la vista, Pansy se mordió la lengua para no gritar presa del llanto, frente a ella, Ginny gimió quedamente—. Estarás bien…lo juro, estarás bien…—. Sus manos blancas y de finos dedos trataban de contener imposiblemente la pérdida de sangre, pero era inútil—. Ron, por favor, quédate conmigo, me lo prometiste…y eres un Gryffindor y los leones cumplen sus promesas, ¡así que cumple a tuya y no me dejes!—. Las lágrimas escurrían como con vida propia por su rostro, el llanto ya era imposible de controlar y el dolor en su pecho era insoportable. Él no podía dejarla, lo tenía prohibido, él era de ella como ella era de él, simplemente no podía irse. ¿Qué no sabía que ella era egoísta y que quería lo que era suyo a su lado?, ¿Qué no sabía que era una serpiente posesiva?
—Pans…
—Sí, sí estoy aquí, quédate, quédate.
—Herm…—trató de decir Ron.
La pelinegra giró su vista hasta donde estaba el cuerpo casi inmóvil de la castaña. Potter estaba con ella tratando de ayudarla, Pansy podía ver los ojos enajenados en lágrimas del chico y el temblor en su mano cuando apuntaba a su amiga con la varita y susurraba Enervates que no parecían funcionar.
—Ella está bien, estará bien, así como tú lo estarás.
—Nunca has sabido mentirme, te conozco...necesito hablar, necesito estar cerca de ella…
—Mandaré a llamar a Madame Pomfrey, ella te curará, ya verás…y el profesor Snape tiene pociones que…
Ron inhaló profundamente—. Por favor…ahora.
Ante esto Pansy asintió y se giró el rostro hacia Harry—. Potter, necesitan estar juntos.
Pansy no sabía la razón, pero algo dentro de su corazón le decía que era verdad, que ellos dos debían de estar juntos…que compartían algo que iba más allá del entendimiento y que, sea lo que sea, solo podía ser algo poderoso.
Harry también pareció entenderlo, bajando el rostro hasta observar el pálido y casi sin vida de Hermione, tomó entre sus brazos el cuerpo ya inerte y lo llevó hasta donde estaba Ron. El corazón de le detuvo cuando vio el brazo casi desprendido y el charco de sangre que rodeaba a su amigo. Con delicadeza depositó el cuerpo de Hermione cerca del de Ron. Ginny se movió un poco para darle espacio.
Ante la sorpresa de todos, el pelirrojo comenzó a moverse trabajosamente, arrastrándose hasta quedar más cerca de su amiga; del lado izquierdo, el brazo se desprendió un poco más dejando a la vista la cabeza del húmero.
Pansy ya no podía soportarlo, estaba a punto de dejarse caer junto a Ron cuando un par de manos la tomaron por los hombros para luego sentir como su cuerpo era rodeado por los fuertes brazos de Theo. Ella enterró el rostro en su pecho un momento para luego girar la vista hacia su novio al escuchar los bajos murmullos que salían de los labios del pelirrojo.
Le hablaba despacio, con las pocas fuerzas que le quedaban, al oído. Él sabía que Hermione aún escuchaba, que podía sentirlo…solo esperaba que funcionara…Ella era la ultima Tallis y en su cuerpo habitaba un poder más grande que de cualquier mago o bruja…ella era una Tallis y era El Equilibrio, era una hija de Apolo y por su venas corría la gracia que el dios depositó en ella…
La sabiduría, la belleza…y la sanación.
—….así que no puedes, Hermione, no puedes irte ahora…no puedes dejarlos, ellos te necesitan…
Su mente estaba sumida en la completa oscuridad, el dolor que atenazaba su cuerpo era tan intenso, tan lacerante, que pronto dejó de sentirlo, que pronto las pinzas de aquellos seres desgarrándola por dentro dejaron de lastimarla. Ya solo quería que todo acabara, no valía cuánto gritara, cuánto su cuerpo convulsionara, solo quería que terminara.
Y faltaba tan poco para aquello. Ya casi podía sentir el sol de aquel sitio en la eternidad abriéndose paso, casi podía escuchar las voces de sus antepasados, faltaba tan poco para vivir en la completa paz….
En su fuero interno, Hermione sonrió. Casi podía acariciar con los dedos las arenas suaves del desierto cuando su voz comenzó a colarse en su inconciente.
Y ella se dejó llevar por la gruesa y calida voz de Ron.
Le pedía que volviera, ¿para qué hacerlo? Le decía que la necesitaban, ¿quiénes lo hacían? Le dijo que Harry lo haría, ¿quién era Harry?, le dijo que Draco lo haría…y ese nombre…ese nombre pareció deslizarse suave y calidamente por su piel. ¿Draco?, ¿quién era Draco? Y unos ojos plata le sonreían y unos labios delgados la besaban, y unos cabellos rubios acariciaban sus mejillas.
—Recuerda lo que eres, recuerda quién eres en verdad…más que una fuerza, mas que un destino…eres magia, Hermione…eres vida…eres poder y sanación.
¿Lo era?, Ron parecía creerlo…Ron lo creía…¿por qué no ella?, tal vez por que estaba cansada de serlo…quizá porque ya no quería ser nadie…y el ser nadie y dejarse llevar de la mano del dolor hacia la dulce eternidad parecía mejor que todo lo demás…
Mi niña…quédate conmigo.
¿Abuela, eres tú?, preguntaba mientras miraba de pie a todos lados en medio de un cuarto largo y oscuro.
Mi Dama…
¿Draco?, ¿Draco?, gritó a la nada sin obtener respuesta…
Te protegeré, con mi vida misma de ser necesario.
¡Ron!, ¡Ron!, ¡sácame de aquí!, ¡por favor, ya no quiero estar aquí!
—Solo tú puedes, Herms, solo tú y nadie más.
¡Despierta!, ¡despierta!, ¡AHORA!
Ante los ojos atónitos de todos, un potente rayo dorado creció de repente del pecho de Hermione, su cuerpo se arqueó imposiblemente mientras sus ojos se abrían…mientras su boca se abría…mientras dejaba escapar un haz de luz también dorado que comenzó a extenderse hasta cubrir también el cuerpo de Ron.
—¡Ron!—, gritó Pansy tratando de lanzarse sobre el pelirrojo con los brazos de Theo impidiéndoselo.
Por otro lado, Ginny se abrazaba a Harry mientras ambos no podían dar crédito a tal demostración de magia y de poder.
De un momento a otro la tierra bajo sus pies comenzó a vibrar y, entre el poder de la luz casi incandescente, podían ver los cuerpos de Ron y de Hermione elevarse varios centímetros del suelo, con la única diferencia que ella comenzaba a expulsar los cientos de escarabajos que la invadían, cayendo éstos retorciéndose y chillando en el suelo antes de desintegrase en pequeñas motas de polvo.
Theo miraba todo con los ojos abiertos de par en par, sorprendido e intrigado mientras apretaba la cintura de Pansy entre sus manos. El rostro de ambos, pálido y aristocrático, era iluminado por una iridiscente luz dorada que no solo les acariciaba la piel, sino que parecía colarse en lo más profundo de sus almas, como una calida pero poderosa sensación que hacía hervir su pecho.
Inconcientemente, Harry y Ginny se habían tomado de la mano al tiempo que miraban sin poder creerse lo que sucedía. Los ojos de Harry se abrían impactados al ver como los cientos de escarabajos dejaban el cuerpo de su amiga para caer casi consumidos al suelo. Jamás había podido ver la magnitud del poder de Hermione, solo podía haberse hecho una idea con lo que sus amigos le contaron, sin embargo…cualquier pensamiento o imaginación estaba lejos de alcanzar a la realidad y una realidad en la que Hermione era la persona con mas poder mágico que había sobre el planeta y el candor que aquella luz le trasmitía no dejaba ninguna duda.
Por su parte, Ginny no dejaba de observar el cuerpo inerte de su hermano, arqueado en el aire y con el cuello colgando ligeramente…y sin embargo sus labios y ojos estaba ligeramente abiertos, con una expresión de absoluta paz y tranquilidad en sus facciones blancas…con asombro, la pequeña pelirroja vio como el brazo de su hermano comenzaba a cerrarse poco a poco.
Varios minutos después, así como todo empezó, se acabó…con el cuerpo de Ron y Hermione cayendo el suelo, dejando ambos escapar un ligero suspiro de sus labios en la completa inconciencia.
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Dejaba que el agua caliente cayera sobre su cuerpo relajando los músculos tensos y adoloridos. Con las manos distribuyó el jabón por toda su piel dando un ligero masaje mientras trataba de otorgarse algo de alivio y borrar la horrible sensación que la llenaba.
Cuando cerraba los ojos podía sentir las manos de él recorriéndola lascivamente y sus ojos verdes mirándola con lujuria.
Un estremecimiento la recorrió y no pudo aguantarlo más, sus piernas fueron vencidas por el peso de su angustia y quedó sentada en el frío suelo de la regadera. Los cabellos le caían sobre la cara ocultando parte de su rostro; con lentitud llevó las rodillas hasta su pecho y abrazándolas, escondió el rostro entre ellas dejando que por fin todo el llanto que había estado conteniendo se liberara como dique desbordado.
Los ojos de Zabini aún los sentía sobre ella mirándola desde un rincón de su alma, y la imagen de su hermano casi muerto se había grabado a su retina.
Ginny recargó la cabeza contra la pared y el agua cayó en su rostro enjuagando sus lágrimas.
No quería ni imaginarse, no quería ni pensar en lo que seguramente habría pasado si Harry no llegaba, probablemente a estas horas tendría suerte si estaba muerta. Y luego Ron, Ron su hermano. Ginny se golpeó una, dos, tres veces contra los mosaicos de la ducha. No habría podido soportado, no habría podido…si Ron hubiera muerto ella se habría ido con él.
Ella quería a todos y cada uno de sus hermanos, hasta al pesado y mal agradecido de Percy, pero había sido Ron en quien siempre se había refugiado cuando las noches de tormenta azotaban contra su ventana, o cuando Fred y George le jugaban una fea y pesada broma; ante ellos, Ginny jamás lloraba pero con Ron podía liberarse por completo. Quizá era el hecho de ser menores y como tales estaban apartados de sus demás hermanos, quizá era que entre los dos se protegían de los gemelos o de los regañizas de su mamá.
Y ese día había estado a punto de perderlo. A estas alturas, Ginny no entendía muy bien los cómo o los por qué, solo sabía que avisado de una forma misteriosa por Pansy Parkinson, él se había enterado y después corrido a rescatar a su amiga. Hasta ahí llegaba su conocimiento porque de lo demás, de esa magia intensa y poderosa que había salido de Hermione y alcanzado también a su hermano hasta hacerlo sanar casi del todo, no tenía ni idea.
Eso la llevó a pensar en otro punto, en Parkinson. Si bien es cierto, en el momento en que descubrió a su hermano desangrándose y con un brazo cercenado en el suelo, en lo único que pensó fue en correr hasta él y ayudarlo. La pelirroja no se detuvo a pensar qué hacía esa Slytherin llorando desconsolada ante su hermano, porqué se llamaban por su nombre y porqué un profundo amor mezclado con el dolor parecía brillar en esos ojos azules en los que Ginny solo había visto arrogancia y desdén.
Fue hasta que el profesor Snape apareció junto con McGonagall y Dumbledore y se llevaron los cuerpos inconciente pero vivos de su hermano y de Hermione que Ginny se permitió caer en cuenta en la chica pelinegra que caminaba junto a la camilla de Ron sin soltar su mano y sin dejar de mirarlo y murmurarle que todo estaría bien.
Entre su conmoción Ginny se vio arrastrada por la brazo de Harry para encontrarse después en el pasillo de la enfermería frente a una puerta fuertemente cerrada. Ahí solo pudo escuchar en silencio cómo Harry les explicaba todo a los profesores, de cómo se enteraron gracias a Parkinson y de cómo fue que Peter Cold los atacó para luego escapar a través de un agujero negro. Cuando llegaron al punto de cómo fue que sobrevivieron y cómo fue que tanto el cuerpo de Hermione y Ron fueron sanados, Harry guardó silencio en una clara señal de que ni ella, ni Parkinson y mucho menos Theo, quien no se había separado de su amiga, debían de saber.
Cansada tanto física como emocionalmente, Ginny se dejó caer hasta el suelo, apoyando la espalda contra el muro. Casi no sintió cuando Harry a su lado hizo lo mismo.
—¿Desde cuánto están saliendo?—, preguntó la chica señalando con un movimiento de cabeza a la pelinegra serpiente que se paseaba frente a las puertas de la enfermería.
—Oficialmente, desde hace unos meses, poco después de iniciado el curso, pero lo de ellos ya lleva cocinándose desde sexto.
Ginny abrió los ojos sorprendida—¡Desde sexto!, ¿y por qué yo no sabía nada?, soy su hermana.
Harry se encogió de hombros—. Yo me enteré hace casi un mes y soy su mejor amigo, así que…—, los dos guardaron silencio sumidos entre sus pensamientos hasta que Harry dijo—: ¿Tú cómo estás?
—Preocupada por mi hermano.
—No es eso exactamente a lo que me refiero y lo sabes—, replicó mientras señalaba la blusa aún rota de Ginny. La pelirroja se abrazó el cuerpo mientras bajaba la mirada.
—Bien—, fue todo lo que dijo.
Harry no quiso insistir, ella hablaría cuándo estuviera lista. Y mientras miraba la pared frente a él, Harry no pudo evitar pensar en su Luna y en lo que le había pasado y en lo que estuvo a punto de pasarle a la hermana de su mejor amigo. Una rabia interna comenzó a crecer en él, su vista se nubló y solo tenía deseos de cerrar sus manos en el cuello de ese mal nacido de Blaise y apretar hasta que sus vértebras se quebraran. Pero no lo podía hacer y su deseo asesino se vio reflejado en las armaduras del pasillo que caían estrepitosamente.
Los presentes lo miraron fijamente y Harry desvió la mirada, con un movimiento de la varita de Theo las armaduras volvieron a su sitio.
—Tuve miedo…como jamás lo he sentido en mi vida…—, comenzó ella de pronto—. Él apareció de la nada y… ¡dios!, fue lo más horrible, Harry…él, trató de…—, la voz se entrecortó a causa del llanto contenido.
Harry sintió su corazón romperse y solo atinó a rodear a la chica por los hombros pegándola a él.
—Y Ron…no…si hubiera muer…él, Harry, no sé que hubiera hecho…
—Tranquila, estará bien…—, comenzó acariciando los cabellos rojos de Ginny—, los dos lo estarán.
— ¿Cómo lo sabes?
—Ellos…Hermione…no sé cómo explicarte…y quizá—, echó un vistazo a Theo que los miraba fijamente alternándose con la caminata incesante de Pansy—no sea el mejor momento.
Ginny asintió y guardó silencio.
Puede que hayan sido minutos u horas, pero en un punto de la noche que ya los había alcanzado, las puertas se abrieron y por ella salieron Madame Pomfrey junto con un, a todas señas, agotado Dumbledore. Detrás de los dos venía la profesora McGonagall y el profesor Snape quien echó un vistazo duro a sus dos alumnos.
Harry y Ginny se pusieron rápidamente en pie mientras que Theo y Pansy se acercaron hasta rodear los cuatro a los profesores y la enfermera.
—Estarán bien—, comenzó Madame Pomfrey—, solo tienen que pasar un par de días más para descansar y asegurarnos que no hay ninguna secuela.
—¿Secuelas?—, chilló Pansy.
—Sí, señorita Parkinson, secuelas. La recuperación tanto del señor Weasley como de la señorita Granger es casi…milagrosa—, dijo Snape arrastrando la voz y lanzando una mirada significativa a Harry—, aún no podemos comprender cómo fue que lo hicieron.
—Señorita Weasley—, comenzó Dumbledore al percatarse del lastimoso aspecto de la chica—creo que lo mejor es que permita que Madame Pomfrey la revise a usted también.
—Estoy bien, profesor
—En ese caso, creo que quizá le sirva platicar con la profesora McGonagall—, se giró hacia la subdirectora—, Minerva, por favor.
—Claro Albus, venga conmigo señorita Weasley—le dijo libre de su tono severo y estricto.
—No quiero apartarme de mi hermano.
—Él estará bien, ya ha escuchado a Poppy.
Ginny asintió levemente antes de apretar la mano de Harry entre las suyas para seguir después a la profesora.
—Me gustaría que me acompañaras a mi despacho, Harry, sino te molesta.
—Claro que no, profesor.
—Y ustedes dos—, comenzó Snape mirando a los alumnos de su casa—, les sugiero que vayan a la sala común de Slytherin, no hay más qué hacer aquí—. De sugerencia eso no tenía nada y Theo lo supo, así que asintió y tiró del brazo de Pansy, pero la chica parecía haber echado raíces en el suelo porque no se movió ni un ápice.
—No, yo me quedaré con él.
Snape entrecerró los ojos—. No me queda duda, señorita Parkinson, del gran…cariño que siente por el señor Weasley, pero el que haga guardia a puerta cerrada no hará que él mejore.
—Pero…
—Pero nada y no me obligue a quitarle puntos por su insolencia.
—Descuide profesor, ya no vamos. Pansy—, Theo llamó a su amiga tomándola del brazo pero los ojos de la chica estaba que echaban chispas fijos en el jefe de su casa—, Pansy, vámonos…
Ella miró, primero a Dumbledore y a Harry quienes aún no se retiraban y después a Madame Pomfrey, casi con una suplica y pregunta muda en su mirar.
—Estará bien, señorita Parkinson.
—Ve, yo te aviso si sucede algo—, le dijo Harry con la mirada y la voz mas amable que le había dirigido nunca.
Ante esto ella se vio convencida y siguió silenciosamente a Theo.
—Ahora sí, venga con nosotros señor Potter.
Siguiendo a Dumbledore y con Snape detrás de ellos, Harry se dirigió al despacho del director.
Luego de hablar con la profesora McGonagall y de contarle parte de lo que había sucedido, Ginny se digirió con paso lento hasta su dormitorio en la torre de Gryffindor. Cuando llegó sus compañeras ya estaban dormidas y lo primero que hizo fue dirigirse al baño.
Una vez fuera y envuelta en una toalla, cerró las cortinas de su cama con magia para que nadie pudiera abrirlas y echó un hechizo silenciador.
Sentándose sobre el colchón, sus dedos dieron con esa pequeña cadena que había encontrado atorada entre sus ropas cuando se desvistió. La había arrancado del cuello de Blaise cuando buscó algo para no caer.
Alzó la delgada cadena hasta la altura de su rostro. Era una pequeña cruz de plata. Ginny no sabía por qué pero estaba segura que no le pertenecía a un hombre como él. Tocó con la yema de sus dedos el contorno de la cruz, sintiendo una extraña calidez emanar de ella. La sostuvo entre sus manos, la estudió seriamente. De pronto, sin saber cómo, una de las esquinas de la cruz se dobló. Asustada y creyendo que la había roto, Ginny abrió los ojos para darse cuenta a los pocos segundos después que la fina cruz comenzaba a cambiar de forma.
De un momento a otro en sus manos tenía un hermoso relicario en forma de flor, mas específicamente en forma de una rosa abierta completamente.
Se mordió los labios un momento ante la indecisión de abrir el dije o no. Al final, con dedos temblorosos y la respiración contenida, abrió lentamente la hermosa flor para descubrir dentro una foto…
Una foto de él…de Peter Cold.
Pero nada tenía que ver con el ser que vio ese día. Ese era el Peter de antes, el Peter de mirada dulce que ella conoció una vez en el tren, el mismo Peter que siempre llamó su atención pero con el que nunca se atrevió a cruzar mas de dos palabras y siempre relacionadas con Hermione.
Sus ojos ávidos y castaños contemplaron el sonriente rostro de Peter en la foto, con sus labios curveados en una suave sonrisa y sus ojos miel brillando de ese modo que ella recordaba.
Parecía tan vivo, tan real…era casi como si sintiera su presencia, la presencia calida y pacifica que le había conocido, casi como si escuchara su risa y oyera su voz…como si sostuviera la esencia, el alma verdadera de Peter entre sus manos.
Y eso la hizo sentir triste, mas triste que todo, mas triste que nunca. De sus ojos brotaron nuevas lágrimas que corrieron por sus mejillas. El Peter de la foto seguía sonriendo, como si le sonriera a ella, como si la mirada a ella. Ginny no se dio cuenta cuando gotas de agua salada comenzaron a caer desde su rostro hasta su mentón para morir en sus manos, entre sus dedos…y una de ellas en el centro de la foto.
Sin pensar en lo que hacía, Ginny se colgó la cadena al cuello y escondió la rosa, que poco a poco comenzaba a transformarse de nuevo en cruz, contra su pecho.
..
..
Contemplaba en silencio. En los mas aplastantes y mudos de los silencios. Sus ojos recorrieron a la persona frente a él sumida en el mas profundo sueño.
Divisó los golpes en su rostro y distinguió a través de las sábanas las vendas que cubrían su cuerpo.
La enfermería estaba oscura y alguno que otro rayo de luna se colaba por la ventana convirtiéndose en la única fuente de luz.
Sus ojos penetrantes recorrieron toda la estancia.
La capucha sobre su cabeza cubría sus facciones y la túnica negra hacía casi imposible distinguir su cuerpo entre la penumbra. Se tensó un poco cuando el ruido de sábanas moviéndose cortó el denso y oloroso aire de la enfermería, pero nada sucedió, la persona en la cama seguía durmiendo.
Se tomó un tiempo más en contemplar, en analizar, en grabarse cada rasgo. No se permitió sentir, no se permitió la más mínima emoción, en esos preciosos momentos era necesario tener la mente despejada, fría…lista para lo que vendría…
Apretó los puños fuertemente, antes de dar media vuelta y salir del lugar. Sabía a dónde dirigirse, con quién hablar, qué hacer…lo sabía y la convicción de ello motivaba cada músculo de su cuerpo a seguir moviéndose, a su cerebro a pensar, a sus pulmones a atrapar aire y a su corazón bombear sangre.
..
..
Los músculos estaban engarrotados, casi no querían responderle. Los párpados pesaban horrorosamente y el sabor en su boca era pastoso…
Esforzándose al máximo, Hermione abrió primero un ojo escudriñando a su alrededor. Un techo alto y con vigas de gruesa madera contra el que se recortadaza un cielo azul machado de nubles que no dejaban salir en todo su esplendor al tenaz sol de marzo.
Al comprobar que no había nada de malo en aquella visión, Hermione se dijo que bien podía abrir el otro. Al segundo siguiente sus dos ojos estaban contemplando el techo de la enfermería.
Frunciendo el ceño y pensando de manera perezosa, se preguntó qué hacía, de nuevo, en aquel lugar. De inmediato llegó a su mente la imagen de un par de ojos negros como la noche, un rostro desfigurado por la maldad y una risa perturbadora y cruel.
Lo sucedido la golpeó duramente haciendo que su cuerpo resintiera los embates, el dolor y el sufrimiento padecido. Revivió sin quererlo aquella carcajada que se había hecho de su interior corrompiendo cada rincón con el odio de un ser que creía conocer.
Hermione no puedo evitar murmurar el nombre de Peter, su cerebro aún negándose en aceptar que aquel era el mismo que ella había abrazado, el mismo que una vez había besado…el que la había ayudado y el que la había hecho reír. Peter Cold, el tierno Peter Peter Cold. Pero sus manos cerrándose alrededor de su cuello, sus dedos estrujándole el cuerpo, clavando el par de costillas rotas…y después, después sus labios muertos contra los suyos llenándola de aquellos asquerosos insectos que no hicieron otra cosa mas que desgarrar su cuerpo internamente, consumiéndola desde dentro...le dijeron que nada quedaba del viejo Peter.
Morir, había estado a nada de morir.
Entonces llegó el momento en que se preguntó: ¿por qué estaba viva?, ¿qué hacía su cuerpo tendido en aquella mullida cama cuando lo último que sus ojos habían contemplado era el cielo tras un velo rojo de sangre, cuando lo último que había escuchado eran sus propios alaridos de dolor, cuando lo último que sus miembros habían experimentado era los espasmos incontrolables?
Había llegado un punto en que Hermione, sumida en el más exquisito de los sufrimientos, dejó de luchar, donde se abandonó por completo y desconectó su mente para dejar de pensar en lo mucho que dolía.
Y justo cuando todo estaba a punto de sucumbir la familiar y reconfortante voz de Ron, llamándola desde un punto perdido, se coló en la antesala de su muerte; haciéndole recordar, sentir…revivir…Al segundo siguiente sintió como una fuerza avasallante y poderosa se despertaba desde centro de su ser haciendo vibrar hasta a la más minúscula célula, en un proceso de vida que sanaba su cuerpo limpia y tranquilamente.
Hasta que el mundo se sumió en el silencio y solo la presencia palpitante, tibia y tranquilizante de Ron a su lado se conservó.
Hermione no sabía cuánto tiempo había pasado de aquello. No sabía cómo fue que terminó en una cama de enfermería y no sabía tampoco, cómo fue que aún estaba viva.
Casi en cámara lenta elevó su mano hasta su rostro observando sus dedos moverse despacio, se tocó el rostro, acarició uno de los mechones rebeldes que caían sobre sus mejillas, para bajara por su cuello hasta el centro de su pecho sintiendo bajo su palma el corazón latiendo a un ritmo acompasado.
Cuando unos pasos presurosos retumbaron contra el suelo, la castaña giró el rostro hacia la derecha conectando sus ojos con unos aliviados y llenos de cariño.
—Harry—, dijo tratando lentamente de incorporarse. A pesar de que el dolor se había ido los músculos aún estaban algo recios a responder.
—Herms—. El pelinegro llegó hasta ella ayudándola en su tarea, dejándola sentada con la espalda recargada contra los barrotes de la cama—. ¿Cómo te sientes?
—Como si el hombre escarabajo me hubiera molido a golpes.
Un gruñido de inconformidad le hizo reparar en la pelirroja que venía justo detrás de Harry.
—No es gracioso—, le reprendió Ginny colocándose del otro lado de la cama.
En cuanto la castaña miró la roja cabellera de su amiga, el rostro de Ronald llegó rápidamente a su mente. Girándose de golpe hacia su izquierda, escudriñó las múltiples camas en búsqueda de su amigo.
Pero el alto pelirrojo no estaba ahí...
—¿Dónde está Ron?—, preguntó mientras Harry y Ginny notaron cómo se le escapaban los colorares del rostro.
Ambos chicos compartieron una mirada apagada que no pasó desapercibida por la castaña.
Un hilo frío recorrió la columna vertebral de la chica al tiempo que una desesperación mezcla de miedo e histeria comenzaba a nacer firmemente en su interior.
—¿Dónde, está, Ronald, Harry?—, repitió con los labios apretados y el corazón en paro.
Las milésimas de segundo en las que Harry se tardó en abrir la boca le parecieron a Hermione los instantes más agonizantes, amargos y largos de su vida…lo suficiente para que su mente se colmara de imágenes de su amigo, imágenes donde el cuerpo sin vida de Ron se desplomaba ante ella al tratar de salvarla, imágenes de él desangrado…o suplicando la muerte mientras su cuerpo era lacerado…y entre todas ellas, la sonrisa, los ojos de Ron mirándola dulcemente, sonriéndole tiernamente.
—No lo sabemos, Hermione—, dijo por fin Harry mientras se sentaba junto a su amiga y la tomaba de la mano.
Los ojos de Hermione, ya colmados de lágrimas pasaron de su amigo a Ginny en busca de una muda y desesperada respuesta.
—Hace dos días que no sabemos de él—, siguió la pelirroja—. Mi hermano y tú estuvieron inconcientes por tres días, cada mañana Harry y yo veníamos a verlos. Todos esos días fueron iguales, ni tú ni él daban muestras de conciencia, siempre dormidos…siempre tendidos en estas camas…
—…pero al tercer día Ron ya no estaba—, Harry bajó la mirada y Hermione sintió su mano ser apretada entre la de él—. Ni en esta ni en ninguna otra enfermería, ni en Hogwarts…
—Hemos preguntado al profesor Dumbledore, a McGonagall, a Snape, Lupin…Pero no saben nada, Hermione…nadie sabe nada…—Ginny desvió su mirada hacia la ventana mientras inconcientemente se llevaba la mano al pecho y sentía los relieves del la cruz pegadas a su piel—. Mamá está desesperada al igual que mi padre. Ayer vinieron a hablar con el profesor Dumbledore pero no supo o no quiso decir una palabra, estamos casi seguros que él sabe algo…porque—, se giró a mirarla—es absurdo, nadie pudo entrar y llevárselo mientras estaba inconciente.
—¿Por qué no? Nada impidió que Peter entrara al castillo y tratara de matarme, ¿qué iba a impedir que lo hiciera algún otro Mortífago mal nacido? Te diré: nada, nadie. Si Ron no está es porque algo le ha pasado, se lo han llevado—, se giró hasta Harry y lo miró con el llanto rodando por su piel—…se lo han llevado, Harry.
El pelinegro la rodeó fuertemente entre sus brazos mientras Hermione enterraba el rostro en su pecho y sacaba todo en su interior a modo de llanto desesperado.
La castaña notó como la cama se hundía para sentir mas cerca la presencia de Ginny. Las pequeñas manos de la chica la tomaron por el hombro y la obligaron a mirarla.
—No, no lo han hecho, ¿es que no se dan cuenta?, simplemente nada cuadra. ¿Si alguien se lo llevó, por qué nadie lo notó? Sé que Madame Pomfrey estuvo día y noche al pendiente, sé que se reforzaron los escudos del castillo, que el mismo Dumbledore en persona protegió esta habitación con un poderoso hechizo, y si al final de todo nada funcionó y los Mortífagos entraron y se llevaron a mi hermano, ¿por qué no lo ha hecho publico?, ¿por qué nadie ha sabido nada? Es Ron de quien estamos hablando, el mejor amigo de El Elegido, uno de sus pilares, lo usarían como carnada para atraer a Harry, para debilitarlo; además Harry lo hubiera visto o sentido, su conexión con el Señor Tenebroso no está cerrada del todo, sabemos que siente cuando él está especialmente furioso o contento y el haber capturado a Ronald Weasley es algo que seguramente lo haría saltar de emoción.
Cuando Ginny terminó, los tres guardaron silencio. Harry y Hermione se sumieron en sus propios pensamientos, analizando las palabras y dándose cuanta que había mucha razón en lo que la pelirroja decía. De cierta manera Hermione sintió como la incertidumbre en su pecho disminuía un poco. Y es que Ginny estaba en lo cierto, ¿si se había llevado a Ron, por qué nadie hacía o decía nada?
—Estoy casi segura que mi hermano se ha ido por su propia cuenta—dijo de nuevo Ginny rompiendo el silencio— espero la pregunta es: ¿Por qué?
..
Algunas horas después, cuando el sol ya se había ocultado y la noche se adueñó del firmamento sobre sus cabezas, según las palabras de Madame Pomfrey, a Hermione solo le quedaba una noche más para ser dada de alta.
La castaña había insistido en que ya estaba mejor y que podía dejar la cama en ese mismo momento, pero nada había hecho que la férrea decisión de la mujer se doblegara.
Hermione renegó por lo bajo mientras pataleaba levemente ante la mirada de Harry y de Ginny, la primera le sonreía tristemente y el segundo solo elevó un poco la ceja antes de volver a su habitual expresión abatida. Y es que Harry no se había sentido así desde que Luna se había marchado. El no saber nada Ron lo estaba consumiendo, volviéndolo más huraño, mas encerrado en sí mismo.
De cierta manera Harry se sentía culpable…maldito. Perdía sin remedio a las personas que más amaba y nada podía hacer para evitarlo. Y a pesar de que se repetía que tanto Ron como Luna estaban bien, algo dentro de él, algo retorcido y malvado, llenaba su cerebro con pensamientos de culpa, de reproche…diciéndole constantemente que él era el responsable de todo.
Por otro lado, la expresión vivaz y alegre de Ginny había desaparecido. Sus ojos castaños se apagaron poco a poco hasta dejar sobre ellos un halo oscuro y deprimente. Su boca se curveaba en una leve sonrisa que jamás llegaba a acompañar su mirar.
Hermione la había descubierto varias veces mirando el horizonte con la mano en el pecho aferrando fuertemente algo bajo la ropa pero no se había atrevido a preguntar…más bien no había tenido la fuerza necesaria para preguntar. Y no era porque la pelirroja no le importara, sino que su cabeza y corazón estaban tan llenos, abarrotados de miedos, de incertidumbres, que sentía que no podría con nada más. Ella miraba la tristeza en su amigo Harry, la pena en los ojos de Ginny, sabía que ellos necesitaban una palabra de aliento pero en esos momentos apenas y jalaba su propio aire para poder subsistir.
Echaba tanto de menos a Ron. Lo necesitaba a su lado. Necesitaba esa paz y protección que el pelirrojo siempre le hacía sentir. Pero él no estaba, se había ido y no había momento en que el corazón de Hermione no llorara por su ausencia.
Pero había algo más, algo con lo que iba cargando desde el mismo instante en que despertó, algo imperioso, algo vital para su existencia…era ese algo, eran esos ojos, eran esos labios…era Draco y su manera de mirarla, era Draco y el modo en que pronunciaba su nombre, la forma en que la abrazaba, la forma en que la besaba. Era el Draco que no había ido a verla desde que despertó.
—¿Harry?—, preguntó despacio, como preguntándole al viento.
—¿Mmm?—, respondió él distraído sin dejar de mirar algún punto perdido en la blanca sábana que cubría las piernas de su amiga.
—¿Dónde está Draco?, ¿por qué no ha venido a verme?, ¿le has dicho ya que yo desperté?
Y Harry se giró a mirarla como se mira a alguien que ha estado a tu lado por varios segundos, incluso horas, pero que apenas caes en la cuenta que está ahí y sin embargo te parece tan inverosímil que frunces el ceño y te preguntas si es real lo que tus ojos ven.
Ambos amigos se miraron un tenso y largo momento, junto a ellos, Ginny pasaba los ojos de uno a otro; por primera vez en varios días, su expresión mostraba algo más que no fuera tristeza.
Cuando Hermione lo vio soltar el aire y volver a respirar profundo, la castaña supo de no era nada bueno lo que saldría de los labios de su amigo— ¿Qué sucede?—, preguntó con un hilo de voz débil y tembloroso, fiel reflejo de su estado emocional.
Podía ver la manzana de Adán de Harry subir y bajar casi convulsivamente, en el vano intento del chico por aclarar su garganta que de repente se tornó seca y acartonada. Vio cómo echaba un vistazo a Ginny y reflejarse en su mirada la duda de saber si lo que hacía era lo correcto. Pero el asentimiento y la fuerza en los ojos de la pelirroja le hicieron saber que sí, que Hermione, debía, tenía que saberlo.
—Draco Malfoy no volvió al castillo después de su audiencia en el Ministerio de Magia hace cinco días.
Y en ese justo instante Hermione murió un poco, falleciendo un poco más a cada segundo que él hablaba.
—Ni al castillo ni con su madre. Narcisa Malfoy reportó su desaparición esa misma noche cuando, luego de salir del Ministerio, él se separó de ella diciendo que volvería por la tarde a Malfoy Manor para regresar temprano a Hogwarts el siguiente día, pero Draco nunca apareció.
Fue entonces que Hermione colapsó, sus ojos ya no podían mostrar más tristeza y optaron por apagarse, su rostro ya no podía reflejar más pena así que optó por la máscara de nulidad, su corazón ya no soportaba ningún golpe más así que simplemente dejó de sentir para dedicarse a su exclusiva función fisiológica.
— Desde entonces lo han estado buscando pero no hay rastro de él.
..
..
Hilos oscuros escurrían por la fría y húmeda pared de piedra. La imagen de manos humanas pintadas en él, los restos de uñas desprendidas, dejando un rastro de carne y hueso; mechones de cabellos y los signos de forcejeos en el suelo de tierra mojada.
Los desafortunados que eran llevados por aquel túnel sabían que jamás volverían a salir…al menos no con vida.
Los gritos de un pobre hombre habían armonizado los helados pasadizos. Las señas de su desesperación, miedo y horror aún eran visibles. Hacía cinco horas que había ingresado a la cámara de tortura y hacía cinco minutos que había regresado con la piel desprendida a jirones del cuerpo, las cuencas vacías, el pecho perforado y la boca carente de dientes.
El cadáver pasó a su lado y sus ojos apenas y le prestaron atención; era uno más, era un insignificante.
El peso de la túnica se le antojaba demasiado para su cuerpo, hubiese preferido deshacerse de ella, pero era necesaria. La máscara también lo era. Mientras se movía con sigilo por los laberintos que eran aquellos túneles, sentía el vicioso aire, cargado de muerte y podredumbre, aplastarle los pulmones, y su olfato se colmaba del olor a carne descompuesta.
Pero no se inmutó, siguió caminando a su destino.
Pronto se encontró frente a una puerta negra muy diferente a todas las que había dejado atrás. Los barrotes de hierro y las fosas comunes estaban en el otro lado del terreno. El aire estaba menos contaminado pero la magia oscura que oscilaba era aún mayor, se podía palpar…casi saborear.
Irguiéndose en toda su altura y empujando la puerta, se adentró en una cámara subterránea. Las antorchas de fuego verde le iluminaban el camino, guiando hasta el mismo centro. Caminó con entereza y orgullo hasta detenerse junto a él.
—Mi señor—, dijo mientras hacía algo que nunca había hecho: bajar la mirada…hincarse ante alguien.
El señor tenebroso obligó a sus músculos faciales a forjar una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos muertos. Con suma lentitud, como paladeando cada paso, caminó descalzo hasta el ser frente a él…Nagini iba a su lado.
—Sabía que mas temprano que tarde te unirías a nosotros.
—Señor, mi único deseo es servirle.
—Y lo harás, mucho mejor que él, estoy seguro—. El Lord echó un vistazo a su izquierda y una figura entre las sombras se removió incomoda.
En la otra esquina, Bellatrix sonrió burlona.
Con parcimonia, el Lord estiró la mano y tomó aquel miembro blanco que le era ofrecido. Sus dedos largos y huesudos siguieron la dirección de las venas que nacían en la muñeca y fue ascendiendo hasta que se detuvo en el centro del antebrazo. Sacando su varita, enterró la punta en la carne hasta hacerla sangrar, haciendo que varias gotas rojas cayeran sobre sus pies desnudos.
Él sacó la lengua larga y se relamió los labios.
Blaise, a unos metros más allá, ardía en cólera.
—Morsmordre
Las facciones bajo la máscara se distorsionaron de dolor, los ojos inyectados en sangre los sentía a punto de explotar, el liquido en las venas le hervía y ahí, donde la Marca Tenebrosa era grabada a fuego, ardía como los mil demonios. Pero jamás gritó, jamás se doblegó, ni un gemido salió de su boca. Poco a poco todo fue menguando y su respiración acelerada fue recuperando el ritmo habitual.
Cuando se sintió con suficiente fuerza, se puso dignamente en pie, inclinó la cabeza ante su señor y caminó hasta tomar su lugar en el círculo de Mortífagos.
Su amo lanzó una fría carcajada al aire mientras abría los brazos y giraba en un acto omnipresente. Sus Mortífagos se hincaron ante él y Nagini siseó complacida.
De pronto todo se tornó oscuro, las figuras, las risas, las miradas, los olores se desvanecieron, se esfumaron en el aire…solo la perpetua nada existió.
Y cientos y cientos de patas caminando por su piel, subiendo por su cuerpo, acariciando asquerosamente sus piernas desnudas, sus brazos delgados. Y por mas que trataba de quitárselas no podía, era inútil, eran mas, muchas más…
Cuando pudo distinguir, se vio enterrada en cientos de escarabajos negros que devoraban su cuerpo.
Pansy se despertó agitada en medio de la noche, estaba llorando desconsolada y sus miembros temblaban casi dolorosamente. No podía respirar y las ganas de vomitar eran demasiadas…cuando éstas se hicieron intolerables, se echó un lado y volcó todo el contenido de su estómago al suelo mientras una gruesa gota de sudor rodaba por su frente.
Cuando hubo terminado, y aún sin moverse de posición, utilizó el dorso de la mano para limpiar su boca; tras esto, solo una frase escapó de sus labios:
—¿Qué has hecho?
..
..
Sus siempre dulces y hermosos ojos color miel brillaron con melancolía mientras contemplaba la fotografía. Sus dedos, ya arrugados por la edad, delinearon tiernamente el contorno del rostro de un hombre atractivo y joven que cargaba entre sus brazos a aquella pequeña de cabellos negros.
Sin poder evitarlo, sus miraba se enfocó en la imagen de la mujer que estaba junto a la del él. Hermosa y de cabellos rizados hasta la cadera, miraba con amor a las dos personas junto a ella.
Sonrió con un dejo de tristeza mientras volvía la fotografía a su lugar. Los años no pasaron en vano y ahora solo el mismo espíritu fuerte y bondadoso junto a sus impactantes ojos casi dorados, permanecían. Ni siquiera él estaba a su lado: hacía varios años que la vida se lo había llevado. Lanzando un suspiro, Charlotte Granger se alejó de la repisa y tomó asiento en el diván junto a la ventana.
Instintivamente comenzó a jugar con el prendedor en forma de mariposa en su blusa de seda azul. Le habían gustado las mariposas desde que tenía uso de razón y aquel prendedor se lo había regalado su difunto esposo Antonio.
Ambos se conocieron de muy jóvenes. Charlotte era una chica sin familia o conocido alguno, estaba embarazada de cuatro meses y no sabía si el padre de la criatura la había abandonado o estaba muerto, mientras que él era un estudiante inteligente y apuesto en su tercer año de universidad, hijo de una buena familia y dueño una sonrisa hermosa.
La vida había sido caprichosa y quiso que se encontraran diariamente durante casi un mes en aquella parada de autobús. Él con sus libros bajo el brazo y ella con su panza siempre creciendo. Él con rumbo a la universidad y ella con destino a su trabajo como mesera en una cafetería.
Al principio solo fue observarse de reojo, para pasar a miradas más extensas y furtivas. Luego fueron ojos que encontraron destino en los del otro para pasar a los saludos cordiales. Para la tercera semana él procuraba llegar mucho más temprano diciéndose que ése día sí tendría el valor de hablarle. Cuando ella le sonrió tímidamente Antonio se atrevió a decir el primer "hola".
A partir de ese entonces ya eran dos los que llegaban casi una hora antes, ya eran dos los que sonreían tímidamente mientras sus miradas brillaban al contemplar al otro. Pronto él decidió acompañarla a su trabajo y pronto ella comenzó a despedirse con un suave beso en la mejilla que dejaba a Antonio mirando estrellas.
Cuando cumplieron un mes de haberse encontrado en aquella parada de autobús, fue este mismo lugar el testigo de su primer beso…el oyente silencioso del primer "Te amo" que se escapó de los labios de él y que no obtuvo reciprocidad en los de ella.
Charlotte había escapado del lugar sin mirar atrás mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Y es que su mente le decía que un chico como él no se merecía a alguien como ella, a pesar de que el corazón le dictara lo contrario.
Él tenía un futuro prometedor, él lograría grandes cosas, él era todo y ella era nada…ella no tenía nada…salvo aquel bebé que crecía en su vientre. Antonio se merecía algo más, alguien mejor, se merecía una mujer que no estuviera manchada, una mujer que no tuviera un pasado como el suyo…o mejor dicho, una mujer que tuviera un buen pasado, no una que no tuviera ninguno.
Charlotte dejó de ir entonces a la parada de autobús, lugar donde él todos los días la esperaba ansioso de verla llegar, con el corazón enloquecido y al alma encendida. Pero ella no aparecía y cada día de su ausencia lo consumía más y más en el dolor.
Debió saber que él nunca la dejaría escapar, debió saber que cargaba entre sus manos la vida entera de un hombre…debió de saber que Antonio ya no podría vivir jamás sin ella en su vida.
La barriga le impedía moverse con facilidad, los pies la estaban matando en aquellos zapatos negros y cada día las mesas le parecían mas pegadas entre sí, eso, o ella se había hecho más ancha.
—¿Qué va a ordenar?—, preguntó Charlotte en un perfecto español mientras se limpiaba una gotita de sudor del mentón. Los días en Madrid eran cada vez más calurosos.
La carta que cubría el rostro del la persona descendió revelando un rostro que ella conocía muy bien.
—Antonio…—dijo apenas.
—Charlotte—, saludó él elegantemente con un movimiento de cabeza. Daba la muestra más perfecta de educación y control…aunque por dentro estuviera a punto de volverse loco.
—¿Qué…qué haces aquí?
—Vine por ti—. El pelinegro de ojos marrones y lacios cabellos le sonrió suavemente.
—No…
—Sí, Charlotte. Todo este tiempo traté de hacer lo que me dijiste, traté de olvidar pero no puedo, traté de sacarte de mi corazón pero resulta que tú lo tienes contigo y te olvidaste de devolvérmelo, traté de dejar de pensarte pero resulta que toda mi razón eres tú. Así que como verás me fue inútil y como me he dado cuenta que no vivo, ni respiro ni existo sin ti, he decidido tenerte a mi lado para siempre, desde ahora en adelante.
Poniéndose en pie, tomó a un llorosa Charlotte entre sus brazos, pegándola a él teniendo especial cuidado en no aplastar la panza de la chica.
—A ti y a el bebé…—, dijo mientras acariciaba el vientre de la castaña—. Mis razones de existir.
Y Antonio cumplió su palabra. Desde ese momento y para siempre la hizo feliz, desde ese día hasta el momento de su muerte la amó con todas las fuerzas de su corazón. Y cada uno de esos años, con sus meses, semanas, días y horas, Charlotte se entregó en cuerpo y alma al hombre que la había rescatado de sí misma.
Sin embargo, a pesar de lo mucho que lo amaba, lo ama y lo amará, Charlotte nunca dejó de sentir un dolor sin nombre en su corazón. Un vacío que no parecía llenarse con nada y que al contrario, se acrecentaba cuando miraba a su única hija.
Eran sus cabellos negros y lacios, era su piel pálida…eran sus ojos oscuros.
Charlotte se llenaba de reminiscencias desconocidas. Porque cuando peinaba sus hebras negras los dedos le gritaban que ya antes sus yemas se había enredado en otras igual, porque cuando besaba dulcemente sus mejillas los labios le decían que ya a otra piel había besado…porque cuando sus ojos la miraban, Charlotte sabía que otro ya la había mirado.
Y nada podía hacer para evitar la tristeza, nada por alejar el dolor, para espantar los fantasmas de un pasado que no conocía. Su vida había comenzado cuando las monjas de un convento la encontraron inconciente en medio de la carretera una noche lluviosa, con un pequeño bulto en su vientre muestra de su temprano embarazo y la mente vacía de todo menos de su nombre.
Su pequeña Melina era un recuerdo sin rostro, un recuerdo que le desgarraba el alma, un recuerdo que hacía que la sonrisa se borrara y que la calma saliera volando por la ventana.
Pero también era la remembranza de momentos felices, momentos y emociones, sensaciones que sabía que había tenido, de abrazos y besos que la hicieron feliz aunque al final su mente los haya eliminado.
Antonio decía que no recordaba nada porque no había nada bueno qué recordar, porque la vida le estaba dando una oportunidad para comenzar de cero, porque tenía un nuevo existir frente a ella…
Él tenía razón, siempre la tuvo.
Sonrió melancólicamente mientras sus dedos seguían jugando con la mariposa.
—Mi querido Antonio—, dijo suave al viento—. Pronto estaremos juntos, amor. Pronto—, sus labios se cerraron sobre el prendedor en el justo momento en que un sombra se movía sigilosa por los jardines.
Charlotte Granger no sabía que sus palabras se cumplirían esa misma noche.
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Una prueba de lealtad le había pedido su señor y un nombre salió de sus labios.
—Charlotte Tallis.
Los ojos de Lord Voldemort brillaron maliciosos.
La pequeña y perfecta Charlotte, la última bruja sangre pura de la ancestral familia Tallis.
Tom Riddle había jugado muy bien sus cartas, desplegando su encanto también sobre la chica haciéndola caer a sus pies. Había sido tan fácil, tan rápido que Tom se vio claramente desilusionado. Pero él era un hombre inteligente, el más inteligente de su generación y la serpiente más ambiciosa y astuta. Pronto tuvo a Charlotte Tallis tontamente enamorada de él, dispuesta a hacer lo que sea, lo que fuera que él le pidiera…y él quería su magia, quería la gracia y el poder divino que un dios había depositado en su sangre hacía miles de años atrás, lo quería y se dijo que haría lo que fuera para conseguirlo y si para ello tenía que fingir amor, lo haría.
Y mientras tanto gozaría del cuerpo y belleza de la que ella era poseedora. Ni una sola ocasión en la que la hizo suya se vio inspirado por otra cosa que no fuera la lujuria…la sed de de dominar…cegado por las ansias y el deseo enfermizo de engendrar aquel poder sin igual que había marcado el rumbo de los hombres en guerra durante muchos años.
Tomaba todo de su cuerpo consumiéndola lentamente. Robaba sus noches y sus días, sus alientos, sus ganas de vivir; toda ella le pertenecía y el saberlo hacía que su miembro despertara ansioso por obtener más y más hasta que ya no quedara nada, absolutamente nada.
Por muchos años la pudo tener bajo su control, haciendo aquello que él muy bien sabía hacer: engañar, manipular…Y mientras él se iba haciendo del mundo mágico, ella seguía creyendo estúpidamente en sus palabras...hasta ese día, ese día en que se escapó de sus manos…hasta que cometió extrañamente un error.
La perfecta Tallis huyó de su lado sin que él supiera que en su vientre se gestaba un ser que llevaba su sangre…la sangre del heredero de Slytherin. Pero no pasó mucho tiempo antes de que se enterara: El tapiz que se adornaba con el antiguo y perfecto árbol genealógico de la familia Tallis nunca mentía, una delgada línea dorada se discurría bajo los nombres de los dos entrelazados.
El Equilibrio, la fuerza que decidía el rumbo de una guerra estaba por nacer y Lord Voldemort quería que la flecha se inclinara a su lado.
La buscó por todo el mundo mágico y muggle, dedicándose él mismo a esa encomienda; algo tan importante no podía dejarlo en manos inútiles. Pero inútil resultó su búsqueda, Tom jamás dio con la escurridiza Charlotte, misma que estaba seguro, se encontraba protegida bajo el manto de Albus Dumbledore.
Durante años usó el lado más oscuro y poderoso de la magia, por décadas empeñado en localizarla y hacerse de El Equilibrio, deseoso de educarlo a su semejanza, con sus ideales de pureza de sangre y sed de muerte y sometimiento, pero Tom Riddle fue derrotado por el pequeño Potter y su búsqueda se vio truncada…hasta ahora…
Hasta que Blaise Zabini había resultado ser más eficaz de lo que pensaba localizando a la que, por línea sanguínea era su nieta, pero que por magia ancestral era su hija…hasta que ahora él le otorgaba en bandeja de plata la cabeza de Charlotte.
En cuanto aquel nombre salió de los labios del chico ante él, el rostro de Voldemort se crispó siniestramente en una sonrisa vacía.
—Llévame—, ordenó. Si alguien iba a darle muerte a Charlotte Tallis, ese sería él mismo.
El ser ante él asintió levemente—. Lo que ordene, mi señor.
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El vuelco doloroso y sorpresivo del su corazón la hizo levantar la vista rápidamente.
Con los sentido en alerta, se puso en pie mirando a su alrededor, barriendo con la mirada cada rincón de su habitación. Todo estaba como debería de estar.
La edad depositada en sus miembros la hizo ir lentamente hasta la puerta. El corredor estaba sumido en penumbras.
Ella dio un paso saliendo de la habitación, jalada por ese presentimiento, por ese impulso en su interior que la dominaba. Bajó uno a uno, con extremo cuidado, los escalones de la gran escalera. En la sala todo estaba como debería de estar.
Un murmullo sumado al ruido de una tela al moverse atrajo su atención.
—¿Greta?—, preguntó pensando que quizá se trataba a la anciana mujer que trabajaba con los Granger desde hacía mucho tiempo.
Pero nadie respondió.
El siseó cortó el aire y la piel de ella se erizó. Aquel sonido le traía sensaciones que no quería sentir, emociones de recuerdos pasados que no lograba vislumbrar. Como si por muchos años, aquel peculiar sonido hubiera estado ligado a ella misma…a su alma entera.
Un nuevo siseó: su cuerpo se heló y el oxígeno se congeló de golpe en sus pulmones.
El miedo era frío y aplastante…doloroso e insoportable.
Se abrazó el cuerpo mientras se internaba todavía más en la oscura habitación. Las llamas de la chimenea estaban apagadas y solo una rendija de luz se colaba por las cortinas entrecerradas. En el momento en que le pareció que una sombra se movía en el fondo, ella pegó un ligero brinco.
—¿Quién está ahí?—, preguntó mientras elevaba la barbilla y sentía el corazón latir.
Una risa baja y cruel le respondió.
De pronto el cuerpo retorcido y escamoso de una inmensa serpiente se arrastraba junto a sus pies. Ella dio un gritó de horror mientras seguía el trayecto del reptil hacia su derecha, donde un par de sillones obstaculizaban la visión.
Cualquiera en aquellas circunstancia habría salido corriendo de ahí, manejados por el horror, el instinto de conservación habría predominado obligándolos a poner la mayor distancia posible.
Pero no ella.
Siguió con paso lento el trayecto de la serpiente. Su campo de visión abriéndose poco a poco dejándole observar con mayor amplitud el ancho de la sala. La alfombra de pronto comenzó a mostrar una macha oscura que parecía escurrir desde el justo centro. Unos pasos más le enseñaron un par de zapatos negros, seguidos de unas piernas morenas enfundadas en unas medias color piel, poco después el bajo de una falda blanca para continuar un torso algo robusto…unos hombros rechonchos, un cuello en donde el paso de las años habían dejado su huella para terminar en el rostro de una mujer anciana apenas una década mayor que ella.
Los ojos marrones de la vieja Greta estaban abiertos de par en par, expresando el miedo…el terror, sus facciones contorsionadas en una mueca de horror y un pequeño destello verde dominando sus pupilas sin vida.
—Espero que no le hayas tenido mucho cariño, pero si lo hacías para tu consuelo déjame decirte que fui extrañamente benevolente, murió rápido y sin dolor.
Fue entonces que ella supo lo que era el verdadero miedo, lo que significaba sentir el manto frío y escalofriante posarse en cada fibra de su ser hasta nublarle el sentido, hasta dejarla paralizada sin oportunidad de escapatoria. Fue cuando descubrió ese terror visceral que se posaba en las entrañas y que parecía gozar al desgarrar cada órgano de su ser…cuando quiso morir sin saber…solo morir si eso era el fin de un miedo como aquel.
Con la mirada reflejando el más puro horror, con un par de lágrimas escurriendo por su apergaminado rostro, giró el cuello a la figura que poco a poco se hacía más nítida hasta que apareció bajo los rayos de la luna iluminando su cara deforme y sus ojos rojos.
—Hola, Charlotte, ¿me extrañaste?—, preguntó Lord Voldemort.
Y a Charlotte le bastó con escuchar aquella voz, con oír su nombre salir de aquellos labios para recordarlo todo.
Y dolió, dolió demasiado.
—Tom—, dijo en un bajo susurró.
El Señor Tenebroso le sonrió en lo que pretendía ser una mueca dulce y tierna, ladeando el rostro y acariciando suavemente la varita entre sus dedos.
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N/a:
Pues aquí estuvo, un par de días después de las tres semanas que tenía contemplado pero antes de este fin de semana que era cuando tenía pensado subirlo.
Y bien, qué les ha parecido? Lleno de sorpresas, a que sí? Y esperen al que sigue…lo digo en serio…ahora, dónde estará Ron? Dónde se metió Draco? Los tienen los mortífagos? O es que….será que…sí, será? En fin, creo que hay que esperar al siguiente cap, hagan sus propias conclusiones.
Muchas cosas pasaron y muchas cosas van a pasar.
Espero que les haya gustado, tuve problemas con algunas partes pero en sí creo que el cap trasmite lo que yo quería y quedé muy conforme y a gusto con el resultado, solo espero que a ustedes también hayan pensado y sentido lo mismo.
Wow!, hemos llegado a los 200 reviews, mil millones de gracias a todos, de verdad que sin ustedes jamás habría llegado hasta aquí. GRACIAS, GRACIAS…y en esta ocasión un abrazo gigante para: LucyFelton14,dashamalfoy, luna-maga, Rouse Malfoy, SMaris, Yuuki Kuchiki, Waaleejm, , Fernanda Valle, Lagrima de Luna, Argen Malfoy, Kathelyn Greene, loveinrouge, Kunogi Malfoy, Javiera-6, LiiadelaCruz, Hermione Riddle, Samira Grey, CorazonAtomicoDeLaViaLactea, Ellie Muse, kim-angel251995,
negrita28malfoy, Caneliita-AP-M.C.P, varonesa , Caritay, Melody.B, Lynn Cullen, bellrose96, vero-SesshKing, abiga-cullen- alucard, Serena Princesita Hale, Primrose Darcy, van-nessa44 y Meurs d'amour, por sus reviews, alerts o favorite story.
Y a todos y a todos que leen desde el anonimato, lo aprecio muchísimo.
Vale, eso ha sido todo por ahora. Nos estaremos leyendo muy pronto. Yo calculo que también en unas tres semanas subo el nuevo cap, hasta entonces un abrazo enorme a todos y a todos. Que estén muy bien y lo mejor del mundo para todos y cada uno de ustedes. Hacen mis día mucho más feliz.
GRACIAS POR LEERME
GELY : )
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