Disclaimer: Haikyu no me pertenece, ojala, es de Haruichi Furudate. La imagen tampoco es mía.


Bólido.


XIX: Las llamadas muy largas cuestan caras.

1.

Llegó con la cabeza gacha a su casa. Lo único que podía hacer era pensar en lo que había presenciado y de pronto reparó en el hecho de que el bolsillo de su pantalón pesaba un montón. Se golpeó contra el marco de la puerta mientras pasaba y casi se cae hacia el costado mientras intentaba quitarse las zapatillas en el genkan. Mientras mantenía el equilibrio palpó la zona que le pesaba y se dio cuenta que era la que llevaba el móvil. No estuvo muy seguro cómo tomárselo pero, repentinamente, no podía evitar pensar que Tobio-chan no lo había llamado en tanto tiempo o hablado con él y ahora se encontraba en un momento tan importante, pero no le había dicho. A pesar de que había creído que mucho había cambiado cuando lo llamó, demostrando al instante que lo necesitaba. No podía evitar evocar la expresión de él mientras era premiado frente a su escuela. Se mordió el labio sin poder evitarlo. Alcanzó a evocar en un susurro un ligero "Estoy en casa".

Unos pasos se escucharon por el pasillo y mientras alzaba la cabeza se dio cuenta de que quién lo alcanzaba, casi ahorcándolo con sus brazos, era su madre. Olía al perfume de siempre y era extrañamente nostálgico darse cuenta del hecho de que ella no parecía haber cambiado en lo absoluto. La abrazó como pudo, todavía sin entrar completamente a la casa. Sus oídos estaban un poco tapados pero podía alcanzar algunas palabras que soltaba acerca de lo feliz que se sentía de tenerlo tan cerca de nuevo y poder abrazarlo, al tiempo que también lo regañaba por no haber avisado con más tiempo, ya que no había podido preparar todo como quería. Tooru no tuvo más opción que excusarse de una manera burda, que realmente todo había sido muy espontaneo.

—Mamá, ¿te importa si subo a mi habitación? —inquirió lo más tranquilo que pudo mientras se despegaba de ella. Le dio una media sonrisa que seguramente había salido como se sentía; agotada.

Su madre le observó un momento, con curiosidad y al tiempo que lo estudiaba.

La madre de Tooru era todo menos el estereotipo de mujer japonesa. Tenía el cabello de un tono rubio oscuro en vez del negro tradicional y los ojos rasgados de un bonito color verde que resaltaban en su piel blanquecina tan delicada, con las marcas de arrugas por el pasar de los años. Era pequeña. Mucho más pequeña que su propio hijo y para poder saludarlo tenía que ponerse en puntillas y él, a su vez, agacharse ligeramente mientras flexionaba las rodillas. La genética no los había bendecido ni a él, y a medias ni tampoco a su hermana. El gen dominante de su padre (con cabello café y ojos oscuros) había vencido el recesivo de su madre. De esa manera ambos hijos del matrimonio Oikawa terminaron castaños, pero su hermana mayor había sacado los ojos de su madre mientras que Tooru los cafés claro de seguramente alguien en la familia. Una diferencia es que su hermana mayor había obtenido el cabello lacio de mamá mientras que Tooru el ondulado de papá.

Tooru era el ejemplo propio del gen dominante paterno. A veces, cuando veía a su familia o programas extranjeros, se lamentaba por no haber podido heredar los ojos de color de su madre o su cabello rubio. Quizás los ojos azules de su abuelo. Aunque había dejado de quejarse en voz alta cuando había alguien presente porque mamá siempre le decía que no importaba ya que era muy guapo, sus amigos simplemente le fulminaban con la mirada e Iwa-chan le decía que dejara de decir estupideces porque a la luz del sol, si tanto se quejaba, su cabello realmente tenía ligeros reflejos rubios. De hecho era un castaño más claro que el de papá.

—¿Eh?, pero vamos a almorzar pronto —terminó diciendo mientras alzaba una ceja y apuntaba en dirección a la cocina.

—Sí, lo sé, perdón. Es que el viaje me dejó agotado —farfulló intentando que su mentira se escuchara convincente. Aunque era en una parte verdad y en la otra mentira. Estaba cansado, pero no por el viaje. Era por razones más mundanas que eso, simple y mero cansancio mental que se había acumulado hasta ahora. Había estado pensando en lo mismo todo el trayecto. Ahora lo único que deseaba era estar un momento a solas y aunque le encantaría poder comer con su familia no podía imaginarse fingiendo que estaba bien cuando realmente tenía la mente en otro lado.

Deseó que su madre entendiera.

—Hm, de acuerdo… —respondió ella no muy segura mientras apoyaba su palma tibia en su mejilla, que estaba helada. Seguramente le echó un vistazo a las ojeras que llevaba y al final le dio una sonrisa cálida, con los mismos hoyuelos que a él se le formaban—Vale, tienes razón. Ve a dormir. Descansa y después bajas.

Tooru asintió e inclinándose un poco le dio un beso en la mejilla. Después se adentró en la casa mientas subía las escaleras de dos en dos. Hizo el mismo trayecto de la mañana. Entró a su habitación y cerró la puerta para lo siguiente en hacer lanzarse a la cama. Apoyó la cabeza en la almohada y disfrutó del silencio de Miyagi. Había una gran diferencia entre su habitación en Tokio y la de su casa. Ahí, sin duda alguna, era más silencioso. Lo mayor que se podía escuchar era cuando pasaba una bicicleta o algunos niños jugando en la calle. El silencio le fue perfecto para poder reflexionar respecto a qué era con Tobio-chan y rememoró la conversación que había mantenido con los demás cuando estaban en la biblioteca. Evidentemente con el chico no eran amantes, pero ahora mismo no podía asumir que fueran sólo amigos o conocidos. Quizás nunca fueron amigos. Pero cuando lo llamó él acudió a verlo y estuvo a su lado. Tooru se había sentido tranquilo teniéndolo consigo. Cosa que antes en sueños podría haber ocurrido. No podía evitar pensar el casi beso que le pudo haber dado o las palabras que le debió haber dedicado antes que saliera del departamento. Se arrepentía, sin duda, de no haber ninguna de esas dos cosas y esa era otra manera de aceptar sus propios sentimientos. Ya estaba perdido. De eso no había duda. Quizás estaba derrotado desde aquella noche en el bar, cuando simplemente dejó que las insinuaciones de Tobio fueran aceptadas por él y no lo había hecho borracho. No, nada de eso. Acostarse con él fue una decisión que hizo sobrio y no recordaba haber pensado en reclinar su elección cuando tuvo el tiempo. No se arrepintió de lo que hizo, simplemente se sintió extraño. Ni si quiera lo había pensado, y, ¿cómo? Si toda la vida había estado con mujeres pero no podía el negar que seguramente desde el primer momento en que fijó la mirada en Kageyama un escalofrío le había recorrido todo el cuerpo. Al principio, era odio.

«Del odio al amor hay un solo paso», pensó con la cabeza todavía enterrada en la almohada. No se movió de su posición. Abajo, en el primer piso de la casa, todo era movimiento, «O ninguno, ¿quién sabe? Que estúpido».

Detestaba pensar en eso, pero su mente se hallaba tan confundida que necesitaba una explicación de alguien más. Esperaba que alguna persona, quien fuera entrara y le diera las respuestas en una bandeja de plata. Necesitaba comprenderse a sí mismo y del mismo modo se daba cuenta que era imposible que sus deseos se cumpliera. Nadie le daría lo que necesitaba. Si él no se conocía realmente, ¿cómo lo harían los demás?

Resopló y apretó la almohada mientras cerraba los ojos.

Estaba comenzando a aceptar que Tobio no era sólo un capricho. Y el simplemente pensamiento era lo bastante doloroso para sentir que en su pecho se formaba una presión que comenzaba a asfixiarlo.

2.

En sueños, o recuerdos, se encontraba observando una cancha de vóley que se le hacía muy conocida. Era en el gimnasio que normalmente se utilizaba en Miyagi. Era grande y amplia, con las gradas en el segundo nivel para poder ver todo el juego. La luz artificial que venía del techo era suficiente para engañar tus ojos y aunque afuera estaba soleado adentro se creaba un mundo diferente. El olor también era especial y en ese momento no podía evitar evocar una sensación de nostalgia al recordar la vez que él también se encontró de pie en ese lugar. Cuando parpadeó unas cuantas veces reparó en el hecho obvio que se hallaba observando todo desde altura y que tenía los brazos apoyados en las barras metálicas que servían de separación para que seguramente la gente no se cayera directamente. Podría haberse sentado pero no le interesaba porque sólo había ido a ver un partido y fue por mera curiosidad. Cuando volteó el rostro pudo enfocar que no iba solo, sino que con Iwa-chan y vestía de manera desordenada el inconfundible uniforme blanco de Aobajōsai. Entonces se miró a sí mismo y se dio cuenta que él también lo utilizaba y que, de hecho, iban en su segundo año en la escuela. Pero se encontraba observando algo en particular, sus ojos simplemente vagaban por la cancha mientras que Iwa-chan le comentaba algo que no entendía muy bien. Volteó a ver el escenario de los deportistas y enfocó, reconocía a unas cuantas personas que serían futuros kohais, pero vestían el uniforme deportivo azul de Kitagawa Daiichi.

—Vaya, eso ha de ser muy duro —alcanzó a captar unas palabras de Iwa-chan. Se escuchaban extrañas, como si estuviera oyendo debajo del agua. Su amigo tenía el ceño fruncido y también hacía una mueca con la boca. Parecía estar aguantando hacer una expresión de lástima en dirección a la cancha.

Y cuando Oikawa volteó le golpeó la realidad del recuerdo que él mismo había observado años atrás, desde el anonimato. Un suceso que nunca había comentado porque no le había tomado importancia. En su momento, con dieciséis años, seguía siendo mucho más inmaduro de lo que era con su actual edad y la verdad ir a ver el partido, en ese entonces, no había sido nada más que por mero morbo. Pero ahora, con su propia consciencia dentro de su sueño-recuerdo, no podía sino sentir un puntazo en el pecho (la zona del corazón) cuando distinguió a la figura conocida no en la cancha, donde debería estar, sino en el banquillo. A pesar de la toalla que llevaba en la cabeza que mantenía gacha lo reconoció al instante por el número de su playera. Tobio se veía más flacuchento y seguía sin desarrollar tanto músculo como lo veía en la actualidad, pero sin duda alguna era él. Tenía las manos sobre las rodillas y miraba el suelo, a pesar de la distancia pudo darse cuenta del temblor de su cuerpo y pensó que estaría llorando.

La idea le pareció horrible. Se recordó a sí mismo en una situación parecida cuando en el partido fue cambiado por justamente el muchacho ahí sentado. No le importó menos el intentar recordar si su Yo de dieciséis había pensado lo mismo, y si lo había hecho seguramente fue con odio o desprecio. Ahora simplemente le generaba más lástima y tristeza, unas ganas de bajar para poder arrullarlo entre sus brazos y decirle que todo estaría bien. Sabía qué había pasado, era obvio; su equipo lo había rechazado por ser como era, por volverse el Rey tirano que había estado escuchando desde hace un tiempo, "Rey de la cancha". Ese nombre no era para adular sino todo lo contrario, era más bien una manera de menospreciar o degradar al tirano.

A pesar de sus pensamientos su boca se movió por sí sola diciendo otras palabras:

—Es normal, Iwa-chan. El chico no sabe trabajar en equipo. Es lo menos que su equipo lo saque a estas alturas. De hecho es impresionante que lo hayan aguantado tanto tiempo —su voz se escuchaba aburrida.

«Pero yo no quiero decir esto», pensó pero no podía hacer nada. Era su Yo del pasado quien lo decía porque aquel era un recuerdo.

Hajime había hecho una expresión rara mientras miraba a Kageyama.

—Sí, pero… igual. El vóley es un deporte de equipo y si éste te saca en un partido tan importante, de esa manera… —se cortó a la mitad. Él tenía debilidad por muchas cosas y desde siempre había sido una persona más considerada que sí mismo. Carraspeó—Piensa cómo te sentirías tú, siendo armador —en ese entonces todavía era su conciencia para muchas cosas y como en otras ocasiones le intentaba hacer entrar en razón.

Él le había mirado con una sonrisa.

—¡A mí no me preocupa! ¡Iwa-chan siempre estará ahí para recibir las jugadas que armo! Yo no soy como el tonto de Tobio-chan.

«Basta».

—Oikawa, realmente puedes ser muy desconsiderado con los sentimientos ajenos.

—Pero si no es mi culpa que Tobio-chan no sepa trabajar en equipo. Es lo menos que se quede solo en un deporte en que necesita a los demás. Si trata de esa manera a sus compañeros es normal que lo dejen a un lado.

«Detente».

—Además —su antiguo Yo seguía pavoneándose mientras se balanceaba en su lugar. Kitagawa Daiichi ya estaba teniendo problemas porque el armador de remplazo no alcanzaba el nivel de Kageyama, pero evidentemente los jugadores se sentían más cómodos mientras trabajaban en equipo—, a mí no me interesa lo que le pase. Sólo vine aquí a ver cómo perdían.

«Ya para. Ya es suficiente».

—Realmente puedes ser un pesado. Argh, no intentaré seguir haciendo ver las cosas pero podrías intentar ser más considerado. Fue tu kohai.

—A mí lo que le pase no me interesa.

—Quizás en el futuro te importe un poco, ¿no crees? Nunca hizo nada para que lo odiaras así.

—¿Yo? ¿Preocuparme de ese Tobio-chan? —Oikawa fingió una sonrisa para luego fruncir las cejas y hacer una mueca de asco—: Nunca. Me da exactamente igual. Nunca jamás me importara —y esa frase la soltaba con la osadía de los jóvenes que se creen dueños del mundo. Con la seguridad de que el presente les pertenecía y todo sería exactamente igual el día de mañana. Soltaba esas palabras tan dolorosas sin titubear porque la inmadurez no le hacía abrir los ojos en que existían momentos en que hay que reconocer los propios errores y dar vuelta la página.

«Ya, ya, ya cállate», pensaba intentando hacer algo pero no podía. Ese sueño (recuerdo) no le pertenecía.

—Oikawa-

—Ya, me aburrí de este melodrama. ¡Iwa-chan, vamos a comer! —entonces siendo un adolescente se carcajeó mientras pasaba un brazo por los hombros de su mejor amigo. Echó una última mirada a la postura miserable que Tobio-chan mantenía y observando de nuevo cómo temblaba pudo casi asumir que sí estaba llorando. Que debía verse muy patético en ese momento, pero siendo joven había pensado que se lo merecía y que él había sentido lo mismo.

Pero el Oikawa de veinte años no podía evitar tener ganas de gritarle que todo estaba bien.

Abrió los ojos de golpe y observó el techo de su habitación. Estaba un poco más oscuro que cuando supuso se quedó dormido pero todavía podía distinguir un montón de cosas. La desorientación estuvo unos segundos sobre él mientras luego recordaba que se hallaba en su habitación de Miyagi. Las estrellas fosforescentes sin duda lo corroboraban. Afuera ladró un perro, quizás en la casa de un vecino. Respiró unas cuantas veces mientras mantenía la compostura y entonces se dio cuenta que tenía las mejillas húmedas mientras que su respiración estaba agitada.

Era la primera vez que se despertaba llorando de esa manera, por algo que supuestamente no debía incumbirle. No supo cómo tomárselo.

3.

Había mirado la hora en su celular y se dio cuenta que eran casi las siete de la tarde. Fue al baño y se lavó la cara. Después con la ropa arrugada se encargó de bajar las escaleras intentando aguantar los bostezos. Cuando se miró al espejo agradeció a todos los dioses que pudiera existir el hecho de que no tuviera los ojos hinchados o rojos. Eso habría sido muy malo porque no se le habría ocurrido una buena excusa para utilizar. Cuando iba a mitad del tramo escuchó más ruido que sólo su madre y entre ellos escuchó la voz conocida de su padre, además de su hermana mayor. Le extrañó el percatarse que no escuchaba a su sobrino. Llegó al primer piso y se asomó por el pasillo al living, entonces fue ahí donde distinguió a su hermana y ésta le sonrió al instante al verlo.

—¡Tooru! —su hermana seguía igual, excepto que iba con su uniforme de trabajo y tenía su cabello ondulado sujetado. Con sus tacones aguja resonando por el lugar se acercó a él para abrazarlo por el cuello. Hace mucho tiempo su hermana era más alta que él (siempre había sido una mujer alta), luego fueron de la misma estatura y ahora él la pasaba. Pero a su lado seguía sintiéndose como un niño. La diferencia de edad hacía estragos. Casi lo ahorca con su abrazo de oso pero lo único que hizo fue corresponderlo, después de todo hace mucho que no la había visto. No hizo más que reír cuando le besó la mejilla repetidas veces—¿Cómo has estado? ¡Vaya! Hace mucho tiempo que no te veía. ¿Estás más delgado? ¿Te has alimentado bien en Tokio? Yo creo que no. Y mira esas ojeras. Vine a comer porque mamá llamó diciendo que habías venido de visita inesperada pero cuando me recibió me ha contado que lo primero que hiciste fue ir a dormir. ¿Por qué no lo hiciste en la mañana? ¿Llegaste muy temprano? Ah, ¿fuiste a ver a Hajime-kun? —y como siempre su hermana era un huracán.

Algo en lo que se parecían era el hecho de que los dos hablaban mucho. Su hermana más que él.

—Nee-chan —musitó mientras se alejaba un poco y sonreía. Ella se veía guapa, como siempre—. Muchas preguntas. Y sí, llegue temprano. Ah, y sí, fui a ver a Iwa-chan.

—Vaya, yo pase a verlos el otro día. Pobre Hajime-kun pero su madre sigue tan positiva como siempre… aunque él se esfuerza tanto.

Oikawa decidió cambiar de tema a uno menos deprimente, porque de lo contrario le darían ganas de salir corriendo en busca de su amigo:

—Y bueno, ¿cómo te ha ido? ¿Dónde está Takeru? —pregunta que le había dado vueltas desde que no lo escuchó revolotear por la primera planta.

—Ah, él está en sus prácticas de vóley —respondió con simpleza la chica—. Bueno, yo iba en camino a tu habitación para despertarte. Mamá dice que la cena estará servida.

—Genial, muero de hambre.

Juntos se encaminaron al comedor y Oikawa saludó a su padre con un abrazo mientras respondía sus preguntas respecto a cómo le iba en las clases. Él hizo el mejor resumen que pudo acerca de su vida universitaria (descartando cosas como la presencia de Tobio-chan o las fiestas a las que terminaba yendo). A mitad de eso fue cuando su madre sorprendiéndolo con el hecho de que había preparado sekihan (1). Cuando todos ladearon la cabeza confundidos, preguntando respecto al tema ella sólo dio una sonrisa mientras decía que celebraban que Tooru (o sea él, quien había quedado flipando mientras la boca se le hacía agua mirando la comida) hubiera vuelto a casa después de mucho tiempo. Tras eso se hicieron unas cuantas bromas respecto a que debería volver más seguido mientras que esperaban que su madre se ubicara en la mesa para poder comenzar a comer. Juntos, como recordaba de niñez, entonaron un "A comer". Tras eso quizás él fue el primero en sujetar los hashi (2) mientras se abalanzaba para comer porque hasta ese momento no se había dado cuenta de que estaba realmente hambriento. Si sacaba cuentas no había comido desde la mañana o quizás más. Podía ser muy descuidado sin darse cuenta.

La comida de su madre sabía tan bien como la recordaba y no pudo evitar musitar muchos halagos mientras devoraba el arroz. Realmente pudo haberse echado a llorar al saborear tan delicioso platillo. Era espectacular probar comida casera después de estar casi seis meses sin comer nada más que comidas rápidas, ramen instantáneo y porquerías en general. En el departamento ninguno de los cocinaba y eso no era por ninguno otra razón más que porque 1) No sabían cocinar mucho, o mejor dicho de los dos Hajime era quien mejor cocinaba y 2) No había tiempo, normalmente entraban y salían. Entre el estudio y preocupaciones en general el comer era una prioridad que quedaba al final. Así fue que no podía evitar entonar cosas como:

—Está delicioso —para luego sonreírle y añadir algo que terminaba siendo un—: Sin duda la comida de mamá es la mejor del mundo.

Y su madre simplemente sonreía diciendo:

—Me alegro que te guste, Tooru.

Como ella lo conocía no le sorprendió (y a ninguno de los presentes, en general) que cuando terminó su plato le terminaran anunciando que había preparado más por si quería servirse. Seguramente ese hecho era porque recordaba que Tooru siempre había poseído buen apetito. Fue una costumbre que adquirió con los años, el practicar deporte le hacía necesitar más energía de lo normal y era imposible el intentar evitar que cada vez que volvía de las prácticas, por la noche, arrasara con todo lo que pudiera. Aunque antes se preocupaba por el hecho de que fuera a engordar el miedo se le pasó al darse cuenta que eso no ocurría porque gastaba el doble de energía que acumulaba.

Para no molestar a nadie dijo que él mismo se iría a servir y su hermana bromeó con que no se comiera toda la olla. Tooru dijo, en broma también, que lo pensaría. Se levantó de su lugar y entonando una melodía inventada se encaminó a la cocina con su plato entre las manos. Cuando llegó al lugar simplemente caminó directo a lo que estaba sobre la llama apagada y abriendo la tapa se sirvió más comida. Era cierto que su madre había preparado demasiado (quizás más de lo que necesitaba), pero luego pensando para sí mismo creyó que era una buena idea.

«Puedo llevarle a Iwa-chan después. Seguramente no ha comido nada saludable desde que llegó», y esa era una intuición suya. Podía apodarla sexto sentido de mejor amigo pero realmente el pensamiento nació de la nada. Era como que sabía que en ese mismo instante a Hajime le gustaría poder comer algo casero. Lo más probable es que su comida más sólida sería lo que conseguía de las máquinas expendedoras, o sea solo porquerías. Quizás le gustaría más comer algo con tofu, pero sin duda estaría agradecido de que le llevara un poco mucho y Oikawa solo de pensarlo le daban más ganas de salir corriendo al hospital. Tal vez la madre de Iwa-chan también podría comer, siempre y cuando el doctor dijera que estaba bien.

«Aunque el problema no es con el estómago», siguió pensando mientras tapaba la olla. Su cuenco estaba lleno otra vez. Se encogió de hombros y se dio vuelta en su lugar para hacer el camino hacia el comedor. Mientras más se acercaba se dio cuenta que su familia parecía estar en una conversación muy airada, o por lo menos en ese momento quienes más hablaban eran su padre y su hermana, ambos con el tono de voz mucho más alto que el suyo (otra cosa que había heredado de su madre).

Alcanzó a captar la conversación cuando entró y no pudo evitar tensarse en su lugar mientras intentaba sentarse con tranquilidad.

—Bueno, yo no tengo nada en contra de la homosexualidad —decía su padre mientras hacía un gesto con las manos. Parecía estar dirigiéndose a su hermana, quien tenía el ceño fruncido en esa actitud especial que utilizaba cuando se hallaba en una discusión en la cual no estaba de acuerdo con el argumento de la otra persona. Oikawa intentó tranquilizarse en su lugar pero un nudo se formó en su estómago mientras volvía a tomar los palillos entre sus dedos. Su madre comía tranquilamente en su lugar, parecía que no tenía ninguna intención de intervenir en la conversación. Por su lado, Tooru, tenía la vista clavada en el cuenco mientras recogía un poco de arroz y se lo llevaba a la boca, masticando con cuidado para después tragar—. Sólo que, con todos los argumentos que me des, no se puede aceptar que es algo normal. Yo puedo tolerarlo, pero no puedes decirme que es normal algo como eso. Si por algo existe el hombre y la mujer.

—Pero esa es una idea vieja, papá —contra argumentaba su hermana mientras fruncía más el ceño—. La gente tiene sus derechos y todos son diferentes. Ahora es muy diferente a como fue antes. Las personas no deberían no poder estar con la persona que realmente quieren.

—Y nada tengo contra eso, pero no es normal. Asúmelo.

—Pero, ¿qué es normal para ti? A mí me parece realmente normal que dos personas que se quieran caminen tomados de la mano por la calle. ¿Acaso a ti no?

Mientras la conversación seguía la tensión de Oikawa aumentaba. No había razón aparente para ello pero mientras más escuchaba no podía evitar evocar recuerdos de cuando tuvo sexo con Kageyama o todos los sentimientos que se acumulaban dentro de él cuando estaba a su lado. La sensación más fuerte sería cuando salió de la ducha y se dio cuenta que él seguía ahí, sin duda alguna eso había sido un alivio que nunca antes había sentido, ni si quiera cuando la primera y segunda chica que le gustó en su vida había aceptado salir con él. También en el momento que le pidió caminar de la mano al departamento, a pesar de que estaba lloviendo, sólo para poder estar más tiempo a su lado. Aquellas emociones no se comparaban en nada con otras y recién, escuchando todas esas palabras que de la nada se sentían muy hirientes, caía en el hecho de que nunca había considerado su propia sexualidad. Había pasado el tema por alto asumiendo que lo que sentía era normal porque ninguno de sus amigos lo había degradado por ese hecho, pero ahora caía en la realidad al escuchar lo que realmente la sociedad actualmente pensaba de dos personas del mismo sexo en una relación. No eran cosas buenas, sin duda. Y ahí estaba él, sin saber qué hacer con sus propias manos o a dónde mirar porque temía que algo en sus ojos lo delatara. Comenzó a preguntarse acaso qué era él porque siempre creyó que era heterosexual, pero todos esos pensamientos parecían estar yéndose por la cañería.

Tragó saliva mientras se llevaba más comida a la boca e intentaba quedarse lo más quieto en su lugar. La sensación de incomodidad era tanta que el apetito parecía estar desapareciendo, lo cual era un problema porque todavía tenía que terminar lo que se había servido y era mucho. Intentó tranquilizarse de alguna manera pero no podía evitar pensar nuevamente en sí mismo y debatir sobre qué era. Le entró un ligero temor al reparar en el gran detalle de que desde hace mucho tiempo no se fijaba en una mujer de la manera en que debería, o que realmente nadie se comparaba a cómo se sentía con Tobio-chan.

«Pero yo no soy homosexual», se dijo mentalmente mientras intentaba parecer lo más normal mientras comía como lo hacía siempre. Creía que de esa manera nadie lo descubriría porque no podría soportar que ahí mismo su padre o incluso su madre (nunca se sabía) lo recriminaran. ¿Qué podía hacer él? Si de pronto salía con la noticia de que quizás (o sea, sí) le gustara un chico. ¿Cómo se sentirían sus padres? Ellos siempre le habían visto saliendo con mujeres y su madre nunca se restringía a la hora de exclamar de manera abierta su deseo por ser abuela, además del nieto que ya tenía. Aquella era una clara indirecta a él y antes del tema con Kageyama siempre había asumido que sería padre, pero dos hombres no pueden tener hijos. Eso es lógico. Es naturaleza y ciencia, biología y todo lo que quisieran comentarle, «No soy homosexual. No lo soy. A mí no me gustan los chicos».

Aquellas palabras tampoco eran mentira. No le gustaban los hombres, exactamente. Nunca había mirado a un chico de la manera en que observaba a Tobio y nunca se podría imaginar teniendo relaciones con otra persona de su mismo sexo además del menor. Si ese fuera el caso sería más normal que le gustara su mejor amigo, y no era así, Iwa-chan era sólo su mejor amigo. Si fuera su caso el hecho de ser homosexual entonces cuando estaba con sus compañeros de equipo e incluso con Kuroo o Boku-chan se sentiría más nervioso, pero no era de esa manera. Nunca había mirado a ninguno de sus conocidos o compañeros de una manera más allá de amistad. Las mujeres, en parte, seguían pareciéndole muy atractivas y no es como si le diera incomodidad el pensar en tener relaciones con una, pero simplemente hace mucho que no se le ocurría la idea. No tenía una idea exacta de cuánto.

No era homosexual, pero evidentemente tampoco heterosexual completamente.

«Quizás… pero sólo me pasa con Tobio-chan. Cómo, ¿cómo se puede explicar eso?», en su nerviosismo había bloqueado los comentarios ajenos pero todavía podía captar un poco así que sabía que seguían en la conversación, aunque eso lo único que servía era para ponerlo más nervioso. Se mordió la lengua mientras pensaba en una explicación. Recordaba que hace un tiempo Kuroo le había hablado acerca de un término que podía utilizarle en casos como esos, era algo como… pansexualidad. Recordó de qué se trataba y lo meditó unos segundos, «Podría ser eso. Después de todo sólo me ocurre con Tobio-chan, pero realmente tampoco es como si fuera a estar con otro chico».

—Eh, Tooru.

Giró el rostro mientras entonaba un monosílabo estúpido. Observó a su hermana con quizás demasiado pánico y se obligó a calmarse. Tragó saliva.

—¿Eh?

—Y tú, ¿qué opinas? —ella se veía muy seria. Parecía que no daría su brazo a torcer y estaba buscando una opinión que apoyara la suya porque así ganarían por mayoría.

Lamentable, de pronto se encontró con que no sabía a dónde mirar. Su corazón iba rápido por el nerviosismo. Le daba la sensación de que en su interior lo que estaba manejando todo era Beethoven, tocando la novena sinfonía. No había otra explicación para que su pulso estuviera tan rápido. Podía sentir el sudor corriendo por su espalda y palmas, además de la manera en que se le secaban los labios. El calor subió a sus mejillas y carraspeó, decidido a responder lo antes posible para dejar el centro de atención. Su conciencia no dejaba de recordarle que estaba siendo demasiado evidente:

—Y-Yo… —volvió a carraspear. Su voz salió muy insegura. Intentó fingir su actitud altanera de siempre—Yo creo que está bien, ¿no? Si dos personas quieren estar juntas entonces no hay razón para evitarlo.

Y eso era todo. Su hermana sonrió, triunfante, mientras volvía a la discusión con su padre.

Oikawa respiró tranquilo mientras volvía a lo suyo, que era comer. Se dijo que podía quedarse tranquilo el resto de la comida al tiempo que luchaba por pasar desapercibido, pero seguramente algo en su expresión le estaría delatando. Sabía que tampoco era exactamente como que estuviera tan feliz, al menos no de la misma manera que cuando se sentó a comer. De pronto la emoción había desaparecido y él simplemente dejó caer los hombros mientras seguía comiendo. Fingió que no notaba las miradas curiosas y preocupadas de su madre, igual que intentaba no pensar en el sexto sentido que posiblemente poseía. Evitó cualquier contacto visual mientras bebía un poco de té y se terminaba, por fin, su comida. Para cuando había finalizado la conversación continuaba y él no podía desear nada más que desaparecer. Su madre ya estaba recogiendo todo (era normal, cuando su padre y hermana comenzaban un debate no había quién los detuviera. Normalmente él también participaba) y él, para poder escapar, dijo:

—Te ayudo a lavar, mamá —se levantó rápido de su lugar mientras se apresuraba a recoger las cosas que faltaban. La mujer alzó una ceja mientras lo miraba. Era extraño que se ofreciera a ayudar pero para que su actitud anormal fuera más creíble terminó diciendo un—: Íbamos a ir a ver a Iwa-chan, ¿no? Será más rápido si te ayudo. Después de todo se puede hacer más tarde.

—Ah, sí…

No esperó más respuesta. Entonó un "Gracias por la comida" que quizás nadie, además de ella, escuchó y se escabulló a la cocina mientras se sentía más aliviado. De pronto los ojos le escocieron y se mordió la lengua para evitar hacer cualquier estupidez. No perdió tiempo mientras dejaba la pila de cosas en el fregadero y buscaba todo para comenzar a lavar. No se molestó en cubrirse las manos con los guantes, después de todo sus manos ya estaban secas por culpa del invierno y con callos por culpa de las constantes prácticas que hacía de sus servicios. Con el agua caliente acumulada empezó a limpiar los platos. Atrás escuchaba los pasos de su madre que se movía por la cocina, también ayudando a limpiar. Fingió que no sentía la mirada penetrante que le estaba dando y siguió en lo suyo. El fregadero quedaba frente a una ventana, la cual daba al patio trasero pero a esas horas ya estaba oscuro e intentó inclinarse hacia adelante para ver si podía observar las estrellas. Se sintió más calmado cuando se dio cuenta que alcanzó a ver unas cuantas. Eso le ayudó a relajarse de la tensión que había acumulado por la cena.

Detrás de él los pasos de su madre se detuvieron unos segundos que se le hicieron eternos.

—Tooru… —llamó ella con ese tono de voz. Aquel que utilizaban las madres cuando iban a preguntarles algo importante a sus hijos. Una cosa que podría dejarlos incómodos.

Sus sentidos de alerta se activaron mientras apretaba con más fuerza la esponja en su mano. Luchó por que su voz se escuchara lo más normal cuando respondió:

—¿Sí?

Hubo un silencio tan largo que creyó se desmayaría ahí mismo. Se dijo que ella ya lo sabía, era obvio que lo habría notado. Su actitud durante la cena había sido muy evidente. Él nunca se quedaba callado cuando los demás hablaban, ni si quiera cuando se encontraba tan hambriento como en ese momento.

«Lo sabe», se dijo resignado pero también aterrorizado. Intentó imaginarse a sí mismo manteniendo una charla y dándole explicaciones respecto a que le gustaba un chico. Un hombre. Que quizás terminaría estando con él y no podría darle la bendita familia grande que tanto deseaba. Se imaginó hablando lo más serio posible mientras se disculpaba y decía que lamentaba ser un desastre de hijo, por haber salido medio fallado. Incluso se imaginó en la situación extrema de que lo terminaran echando de la casa o ya no lo reconocieran como hijo (lo cual sería terrible porque ni si quiera sabía si Tobio ahora lo querría, entonces estaría renunciando a mucho por quizás nada), pero después se corrigió al instante. Su madre no era así. Ella no lo dejaría o rechazaría por sus gustos, ¿cierto? Aunque sabía que estaría triste y decepcionada. No sería menos. Podía imaginársela perfectamente en la escena mientras unas lágrimas se acumulaban en sus ojos y le lanzaba una mirada para luego sonreír diciendo que estaba bien, sabiendo que tal vez no estaba bien porque tendría que pasar un buen tiempo para que se acostumbrara.

Tooru se resignó y preparó mentalmente para el momento. Aquel impacto.

Hubo más silencio.

—No, no es nada —terminó diciendo ella y no supo si esquivar el tema era mejor o peor. Al final la duda se plasmó en su interior como un pequeño duende que mantenía el terror de la situación. Ahora no sabía si su madre se había dado cuenta o no pero intentó pensar que era lo segundo. Respiró tranquilo y relajó los hombros. Ella volvió a moverse mientras ayudaba a ordenar la cocina. Él siguió fregando—: Démonos prisa para ir a ver a Hajime-chan y su madre.

4.

Faltaba todavía para las ocho cuando salieron de casa pero estaba más fresco que adentro. Caminaron a cada lado. Oikawa llevaba la bolsa con la comida que había guardado para Iwa-chan y su madre. Los dos comenzaron a conversar de cosas triviales, él entonó lo feliz que estaba de poder ver a sus viejas amigas las estrellas y su mamá terminó por reírse diciendo que no había cambiado nada. Esperaron el bus tranquilos mientras seguían hablando y Tooru le contaba, por quizás vez mil en su vida, las constelaciones que habían en el cielo. Ella sólo escuchó tranquila. El bus llegó y ambos subieron. Estaba mucho más lleno que el que había tomado en la mañana pero aun así consiguieron dos asientos juntos (milagro). No pudo evitar volver a comparar la situación con lo que habría ocurrido en Tokio y se terminó riendo en silencio. Su madre iba al lado de la ventana mientras que él en el del pasillo, en los asientos centrales del bus.

—¿Recuerdas qué decías de los buses cuando eras niño, Tooru?

El susodicho lo miró mientras miraba hacia los lados. Ella le sonreía con ternura y Tooru se encogió de hombros.

—No, la verdad es que no —volvió a encogerse de hombros mientras formaba una sonrisa de disculpa—. ¿Algo relacionado con aliens? —él no se acordaba mucho, la verdad casi nada, pero sus padres siempre decían que cuando era niño fue un poco (muy) raro. Algo así como que tuvo que ir al psicólogo y pasó mucho tiempo para que se mejorara. Según le decían creía que las demás personas eran aliens. Ya estaba cansado de escuchar esa historia y siempre se moría de la vergüenza cada vez que alguien lo contaba en las reuniones familiares.

Buu, muy frío —abucheó la mujer mientras hacía una cruz con las manos. Volvió a reírse y le pellizcó las mejillas—. Solías decir que era el gatobus. Ese que salía en esa película… ¿cómo se llamaba?

—¡Ah! Ya sé de qué película hablas, pero no recuerdo haber dicho eso.

—Bueno, entonces siempre me decías "¡Mamá, ahí viene al gatobus! ¡El gatobus!". Y subías muy emocionado mientras le decías a los demás pasajeros acerca de eso —su madre continuó riéndose.

En su lugar Oikawa deseó que la tierra se lo tragara porque era muy vergonzoso imaginarse a sí mismo diciendo. Agradeció que su memoria fuera tan mala.

—¡Mamá! Que vergonzoso.

El viaje continuó sin mayores contratiempos. Se bajaron en el mismo lugar que él en la mañana e hicieron el mismo recorrido. La única diferencia es que no tuvieron que preguntar por la habitación, ya que ya lo sabía pero sí les avisaron que los horarios de visita acababan a las nueve de la noche. Les quedaba un poco menos de una hora y eso era más que suficiente. Caminaron por los pasillos escuchando el ruido de los demás pacientes y doctores. Había quienes visitaban familias o simplemente esperaban por el lugar. El lugar se veía mucho más vivo que a primera hora de la mañana, y había más movimiento. Los dos caminaron sin detenerse hasta la habitación y entraron en silencio, para no molestar a las demás personas que estuvieran durmiendo o descansando. Había un paciente al cual la enfermera parecía estar haciéndole un chequeo pero los dos no se detuvieron y caminaron al final del lugar.

Oikawa sonrió al ver a su mejor amigo y a la madre de él. Iwaizumi, a diferencia de cómo debería verse, no parecía para nada sorprendido. Seguía sentado en la misma silla que lo había visto en la mañana sólo que ahora estaba despierto, al igual que su madre. A pesar de todo ella se veía vivida y Tooru le dio preferencia mientras le daba un abrazo con cuidado, para no molestarla. Ella le comentó acerca de lo guapo que se veía y le agradeció por todo lo que había hecho en la mañana. Tooru dijo que no era nada. Luego, cuando se enderezó, las dos mujeres se saludaron con la naturalidad de casi toda una vida de amistad y mientras eso ocurría dio vuelta a la cama para caminar hacia su amigo. Éste ya se había levantado y le sonreía como siempre. Intentó no mirar de más las ojeras bajo sus ojos y la palidez de su rostro. Habría jurado que Iwa-chan había perdido peso, carraspeó para luego extenderle la bolsa.

—Toma, Iwa-chan, te trajimos un poco… Mamá lo preparó. La verdad es que también está para Mami Iwa-chan pero no estamos seguros si el doctor la dejaría —se disculpó mientras miraba a la mujer recostada.

Ella negó con la cabeza.

—No te preocupes, Tooru, agradezco mucho el gesto. Eres un gran niño. Seguramente esta delicioso.

—Es la receta que aprendimos juntas, ¿recuerdas? —dijo su propia madre y las dos se echaron a reír mientras evocaban el recuerdo.

La señora Oikawa pidió permiso para utilizar la silla que parecía ser ya de Iwaizumi y éste le dio la pasada sin dudarlo. Todavía sosteniendo la bolsa observó cómo las dos mujeres comenzaban a hablar. Los dos jóvenes se quedaron de pie, sin saber qué hacer mientras se lanzaban miradas de mejores amigos. Después de unos minutos la madre de Oikawa fue la que les sonrió con tranquilidad.

—Está bien, Hajime-chan —obviamente se dirigía a su amigo. Estaba sosteniendo la mano de la mujer entre las suyas y el contraste de tonos de piel era demasiado. La mamá de Iwa-chan se notaba pálida—. Yo cuidare a tu madre, puedes salir a tomar aire fresco. Has estado aquí todo el día, ¿no?

—Además hace mucho que ustedes dos no se ven. Está bien que pasen tiempo para hablar, Hajime. Tooru-kun ha hecho todo el viaje hasta acá —siguió la señora Iwaizumi. Desde la camilla les dio una sonrisa bromista y le lanzó una mirada a su hijo que le hizo tensarse en su lugar. La curiosidad de Oikawa aumentó cuando ella lo miró mientras le guiñaba un ojo—: Hajime todos los días ha hablado de ti. Siempre se pregunta acerca de cómo lo habrás estado haciendo. Es todo un hermano mayor.

—¡Mamá!

Iwa-chan estaba rojo mientras sostenía la bolsa con más fuerza. Oikawa no pudo hacer nada más que reírse mientras pasaba un brazo por los hombros del más bajo, a pesar del enojo de éste.

—Logró tener esa impresión en la gente —bromeó.

Hajime le lanzó un codazo que le hizo retorcerse. Como ambas madres estaban acostumbradas a esos arrebatos de ellos no dijeron nada. La señora Oikawa hizo un gesto con la mano como si les invitara a dejar la sala.

—Ya, váyanse, aprovechen el tiempo juntos. Tienen mucho de qué hablar, ¿no?

Iwa-chan suspiró y después asintió, diciendo que volverían pronto. Su mamá dijo que no se preocupara y que estuviera tranquilo, que aprovechara de comer. Al final los dos se dieron vuelta y salieron de la sala para luego hacer el camino por el pasillo pero en otra dirección. Vagaron por el lugar y la verdad es que Oikawa lo único que hacía era seguirlo. Su amigo parecía saber muy bien hacia dónde iba.

Al final de su caminata salieron del hospital a lo que parecía ser el patio y Hajime se encaminó para sentarse en una de las bancas. El lugar tenía un jardín central con una fuente que seguía funcionando. Había más bancas repartidas a los costados del camino de piedra. Junto a las paredes exteriores del hospital se encontraban varias máquinas expendedoras y Oikawa, antes de sentarse, no pudo evitar encaminarse a una para sacar dos cafés. Luego se dio la vuelta y caminó hacia Iwa-chan, quien ya estaba abriendo la bolsa y miraba lo que había dentro. Le extendió la lata y éste inclinó la cabeza mientras la recibía. Tooru se sentó a su lado, abriendo la suya y dándole un sorbo. Sus rodillas se tocaban mientras estaban sentados e Iwa-chan comenzó a comer, mientras musitaba acerca de lo bueno que estaba. Él sólo sonrió mientras miraba a su alrededor. Habían farolas que alumbraban y otras personas se encontraban por el lugar, algunas hablando por teléfono y otras fumando (intento no imaginar a su propio amigo en una situación parecida, quizás días atrás). Se inclinó en la banca para luego terminar mirando el cielo y sonrió observando las estrellas. Estiró las piernas debajo de él.

Podía escuchar a su amigo comiendo y sentía su calidez. Se sintió tranquilo teniéndolo a su lado. Sólo ese detalle logró hacer que su sonrisa se ensanchara.

—Eh, Oikawa.

—Dime, Iwa-chan —respondió sin dejar de mirar el cielo. Todavía sostenía la lata de café y le dio otro sorbo. Quizás fue suerte que no se le diera vuelta encima.

—Gracias —su voz se escuchaba tan sincera que Oikawa giró el rostro para verlo pero todavía estirado en la banca. Hajime había dejado de comer y del cuenco salía un poco de vapor. Él estaba mirando hacia el suelo y sabía la razón. A Iwa-chan, a pesar de ser todo lo correcto que era, siempre le había generado vergüenza asumir cosas como esas y demostrar su lado más vulnerable, incluso para él, que era la persona a la cual le tenía más confianza. Carraspeó para repetir—: Gracias por lo de esta mañana. No sabes… digo, en serio. Rayos, tú me entiendes.

—No sé de qué me hablas, Iwa-chan —respondió mientras sonreía como siempre.

Hajime volteó a verlo, también sonreía pero resignado, agotado e irónico.

—Eres un idiota.

—En serio no sé de qué me hablas. En la mañana estaba durmiendo.

Del mismo modo que Oikawa sabe que a Iwa-chan le da vergüenza agradecer cosas, éste comprende que a Oikawa no le gusta que le agradezca cuando le hace favores como esos porque de lo contrario terminaría diciéndolo lo que años atrás el uno le decía al otro, en cada situación parecida: "Eres mi mejor amigo. No seas estúpido". Y eso era todo. Ahí residía toda la razón y no necesitaban nada más que eso. Se querían, eran mejores amigos (hermanos) y se apoyaban cuando el otro necesitaba sostenerse en alguien. Agradecer estaba de más.

Volvieron a quedarse en silencio. Hajime volvió la atención a la comida mientras que Oikawa al cielo. Bebió otro sorbo de café y pensó en tomar una fotografía, aunque dudó acerca de que si su cámara podría captar exactamente aquel cielo tan bonito. Lo meditó unos cuantos segundos mientras volvía a estirar las piernas.

—Van a operar a mi madre —Hajime dijo de pronto y Oikawa se tensó en su lugar pero sin perder su posición otra vez giró el rostro para poder verlo. Él nuevamente observaba el cuenco de comida y tenía los hombros encogidos. Su espalda estaba un poco encorvada. Oikawa, con su mano libre, le tocó el hombro en señal de apoyo silencioso—. No sé cuándo exactamente pero tendrán que hacerlo.

—Tranquilo, Iwa-chan, todo saldrá bien —musitó Oikawa con seriedad y seguridad. Intentaba que sus palabras alcanzaran a su amigo. Apretó el agarre en su hombro y le sonrió. Él le miró unos segundos y compartió un poco la sonrisa. Eso le hizo sentir más tranquilo porque no podría soportar verlo llorar otra vez. Pensó en morderle el cuello para que se relajara pero descartó la idea, así que siguió con la mano apoyada en su hombro mientras jugueteaba con su cabello corto—. Todo saldrá bien. Nada malo ocurrirá, ¿de acuerdo?

El universo no podía ser tan hijo de puta para dejar así a su amigo.

Los dos se mantuvieron en silencio. Hajime dejó de comer (había devorado exactamente la mitad) y luego volvió a guardar todo pero dejó la bolsa sobre su regazo. Oikawa todavía jugaba con su cabello. Dos enfermeras pasaron frente a ellos en dirección al hospital y parecían estar conversando acerca de un nuevo dorama que estaban pasando por la tele. Hasta que sus voces no se escucharon más y un tiempo después los dos siguieron en las mismas posiciones. Oikawa, sin poder evitarlo, se preguntó acerca de qué estarían hablando sus madres. Seguramente era de ellos, apostaba su salario a ello.

—Vi a Kageyama —anunció de pronto Hajime y él no pudo evitar recoger la mano mientras se enderezaba un poco en la banca, pero no del todo. Lo observó con atención mientras él hablaba. Volvía a mirarlo como antes cuando conversaban de cosas que no eran su vida, directamente a los ojos—. Lo vi el otro día por las calles. Iba con este chico-

—¿Pequeño-chan?

—Ya no está tan pequeño —respondió Hajime con una sonrisa.

Oikawa no pudo corresponderla. Sólo lo observó hasta que volvió a hablar:

—Iba con el uniforme de Karasuno así que supuse que estaba terminando su año escolar. Se veía muy bien. Según lo que he escuchado como equipo les ha ido muy bien.

Guardó silencio unos momentos más. Tooru volvió a contar las estrellas en el cielo hasta que se cansó y suspiró, resignado. El frío comenzaba a colarse entre sus huesos y le hacía temblar en su lugar. Se mordió el labio y se dio cuenta que logró sacar sangre sin poder evitarlo. Saboreó aquel toque metálico mientras abría y cerraba la boca, sin poder conseguir las palabras para expresarse. Lanzó todo a la mierda mientras se reía y negaba con la cabeza, cansado de todo simplemente comenzó a hablar:

—Cuando te fuiste lo llame, ¿sabes? Se quedó conmigo unos cuantos días hasta que tuvo que devolverse y… me di cuenta de que, maldición, ese niño no podía ser él. ¿Entiendes? Simplemente me siento muy idiota ahora. Es como el karma —empezó a relatar. Para cualquier otra persona aquella sería una explicación muy vaga pero sabía que él lo comprendería. Era la conexión que se tenían. Oikawa siempre lo había imaginado como dos parejas que tocan el piano (la verdad la metáfora se le ocurrió cuando tenía doce años e intentó aprender. Según su profesor tenía las manos necesarias, ya que sus dedos eran largos y se le facilitaba el hecho de las teclas pero le faltó la constancia necesaria porque le dio prioridad al deporte). En su caso sería una pareja excepcional. No necesitaban haber practicado con anterioridad para conseguir una pieza gratificante y viva, simplemente sentarse juntos y tocar. Los dos sabrían qué hacer para sonar bien. Aquella era la conexión en la cual habían trabajado toda su vida sin darse cuenta—. Todavía no puedo creer que sea realmente él pero no puedo seguir huyendo, ¿no? Si, ya sé. Ya lo he asumido así que no tienes que darme la charla pero puedes decir-

—Te lo dije —Hajime le cortó antes de que formulara la expresión. De pasó le pegó ligeramente en la cabeza.

Oikawa sonrió.

—Lo quiero, pero no sé qué hacer. ¿Es eso tonto? —volvió a mirar el cielo y contó estrellas. Se aburrió a la mitad y miró al frente. Continuó hablando con demasiada tranquilidad para ser el tema a tratar—: No sé qué hacer porque yo antes… Bueno, he sido un ogro toda la vida con él. ¿Qué puedo hacer? Eso es lo que no puedo dejar de pensar. ¿Cómo voy a hacer que él me quiera? Y cosas así. Hoy incluso me plantee acerca de mis gustos. Llegué a la disque conclusión de que soy pansexual. Pero aunque ya lo sé y he dado un gran paso no sé qué pensar de mí mismo. No lo sé… tantas dudas. Él ha hecho tanto ya y yo lo único que hice fue rehusarlo, pero es extraño, ¿no crees? Ahora que él parece que ya no me busca yo quiero buscarlo a él, y no sé cómo-

De pronto sus palabras fueron cortadas cuando su amigo le golpeó en la espalda, entre los omóplatos. Aquello hizo que jadeara por aire mientras terminaba siendo impulsado hacia el frente y un poco del contenido que tenía en la lata se desparramaba. Se quejó en su lugar soltando varios "Que cruel, ¿y eso por qué?", mientras intentaba masajearse la zona afectada y pensaba que sin duda alguna tendría un nuevo moretón.

Hajime estaba cruzado de brazos y le miraba con una ceja alzada en actitud resignada. Terminó sonriendo mientras decía:

—De qué te preocupas. Si es por eso tú siempre has sido un terco. A una de las chicas que te gustaban lograste que saliera contigo casi acampando afuera de su casa.

Lo observó un momento mientras analizaba las palabras. Ambos se echaron a reír.


Acerca:

(1) Sekihan es un platillo japonés que se sirve a menudo durante ocasiones especiales o celebraciones. Es arroz cocido al vapor con judías azuki. De hecho se podría pensar que la razón para ser comida de celebración es por su color rojo, que es símbolo de alegría.

(2) Hashi nombre que se le da a la palillos con que se come en Asia.

NA: Si, ya lo sé. A estas alturas muchas personas querran asesinarme pero veamos por el lado positivo, ¡Oikawa esta mejorando! Creo que eso significa mucho, son... ¿Diecinueve capítulos? Algo así. Y por fin el niño sabe lo que quiere. Estoy feliz. Como siempre: muchas gracias por leer y seguir está historia. Espero que les haya gustado el capítulo. Y, por favor, mantened la calma. Estoy segura que pronto estáran muy felices (o eso espero).

NA2: Tuve un serio problema con la corrección de este capítulo así que seguramente después de la segunda parte tendré un montón de errores. Millar de disculpas por eso.

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By: Nitta Rawr.