Desclaimer: Los personajes de SS Lost Canvas no me pertenecen, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Tenshirogi.
Broken Blossom
Chapter21
Esa noche, después de que Berenike la ayudara a empacar y le trajera la cena, Agasha por fin quedó a solas consigo misma, esperaba que en cualquier momento apareciera Albafika Se paseaba de una lado al otro de su alcoba cual fiera enjaulada, más distaba mucho de sentir furia, o siquiera enojo, el sentimiento que embargaba su corazón era el de tristeza. Sabía que era lo correcto que regresara a casa, entendía las razones para ello, su mente racional le repetía constantemente que eso era lo que ella había ansiado desde que había puesto un pie en el santuario... pero su corazón, el cual no hacía mucho tenía voz propia, se revelaba ante la sola idea de separarse de todas las personas a quienes había llegado a querer, en especial a separarse de Albafika, a quien amaba más que a nada en el mundo. Sus tristes cavilaciones fueron interrumpidas por unas suaves pisadas en su balcón. Albafika entró por las puertas ventanas, las cuales estaban abiertas de par en par a pesar del frío aire nocturno. Agasha se volteó apenas lo vio y corrió a sus brazos, el muchacho la atajó y la abrazó con todas sus fuerzas, enterrando su rostro en el cabello suelto de su amada.
"No quiero dejarte" Susurró la chica, con el rostro enterrado en el pecho del joven, abrazándolo como si de eso dependiera su vida.
"Lo sé, yo tampoco quiero alejarme de ti, pero por desgracia, Shion tiene razón, por mucho que nos pese, es más seguro que regreses a casa" Respondió Albafika, al fin enderezándose un poco para mirar a Agasha. La muchacha empezó a llorar, había aguantado todo el tiempo las ganas de gritar y romper cosas para oponerse al pedido de Sasha y Shion, no, ahora el patriarca, pero había llegado a su límite.
"Sé que solo piensan en mi seguridad, pero no por eso tiene que gustarme..." Agregó ella, dejando que Albafika secara sus lágrimas suavemente con una mano.
"Agasha, mírame" la muchacha levantó sus verdes ojos para encontrar los de azul cobalto que la miraban con dulzura "Nadie va a separarnos, amor, yo iré por ti en cuanto todo esto termine, te lo prometo" Agasha asintió, sintiendo su corazón latir con fuerza, quería creer que él regresaría con bien y que iría por ella, y si de algo estaba segura era de que lo esperaría por siempre. Albafika bajó sus labios a los de Agasha, besándola con pasión, por fin pudiendo demostrarle todo su amor, vertiendo en ese beso todo su corazón, sintiendo que ella hacía lo mismo, mientras pasando sus delicados brazos por el cuello del joven, pegando la longitud de su cuerpo al de él, ambos deseando poder fundirse en una sola persona. Pero el tiempo para estar juntos era limitado, y cada minuto que el reloj dejaba atrás era un minuto menos para estar juntos.
"¿Puedo quedarme esta noche contigo?" Le preguntó Albafika, ya habiendo puesto un poco de espacio entre ambos, Agasha asintió, ¿cómo decirle que no cuándo era quizás la última vez que dormiría a su lado en mucho tiempo?
La joven, que ya estaba vestida para dormir, abrió las sábanas de su espaciosa cama, viendo como Albafika se despojaba de su ropa, excepto sus pantalones, ya sabemos que Agasha aún era muy tímida para tanto despliegue de piel. La muchacha se metió en la cama primero, seguida rápidamente por el santo de Piscis, porque aunque habían cerrado las ventanas, la habitación se había enfriado. Albafika enseguida estiró un brazo hacia Agasha, buscando su cálido cuerpo, y en cuanto hizo presa de este, la acercó hacia su persona, pegando y amoldando su largo cuerpo al de ella. Agasha por cierto que no opuso resistencia alguna, apoyando su rostro en el hueco del hombro del santo y suspirando satisfecha. Albafika sonrió y le besó la frente. No pasó mucho tiempo hasta que ambos cayeron en un tranquilo sueño.
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El sol despuntaba en el Este, sus tibios y débiles rayos rozaban el rostro Agasha, quien ya se encontraba a lomos de un caballo con Albafika al mando de las riendas, y otro caballo llevando sus pertenencias, el cual llevaba Nike que montaba en una mansa yegua. La insistente vestal se había negado de plano a dejar ir a Agasha a casa sin despedirse de ella en el puerto, habían llegado a ser grandes amigas y ambas se echarían mutuamente de menos. Agasha estaba contenta de que Nike fuera con ella, era alguien que la distraía de la dura realidad del regreso a Creta. Agasha montaba delante de Albafika de costado, su capa verde más la gruesa capa del santo la cobijaban del intenso viento marino que tan frío le parecía, además de que se mantenía abrazada a la cintura del muchacho, quien aún portando su armadura, la mantenía cálidamente envuelta en sus brazos. La armadura era tibia al tacto, contrariamente a lo que uno creería, Albafika le había dicho que eso era porque las cloths eran seres vivientes, que también podían morir y eran revividas con la sangre de otro ser humano. Agasha se arrebullo más contra Albafika, mientras levantaba el rostro para recibir un cálido beso en la frente. Berenike los observaba con tristeza, sabía lo que sufrían ambos al amarse tanto y tener que separarse con un futuro totalmente incierto por delante, y suspirando trató de poner una sonrisa alegre, ya que habían llegado al fin al puerto.
Albafika se apeó primero, ayudando a bajar a Agasha, luego a Berenike. El capitán del barco que trasladaría a la muchacha se acercó al ver que su última pasajera había llegado.
Albafika cruzó un par de palabras con el capitán, y luego unos marineros vinieron a llevar a bordo el equipaje de la joven.
"¡Oh, Agasha! Promete que me escribirás, y que vendrás de visita pronto, iría yo, pero no me dejan salir del santuario aún, por eso de que soy muy joven y bla bla bla" Expresó en su efusiva manera Nike, mientras le daba un abrazo muy fuerte a Agasha, que rió un poco ante las palabras de la muchacha más joven.
"Te lo prometo, Nike, te escribiré apenas llegue, y quien sabe, quizás te dejen salir si te acompaña algún santo... podrías pedirle a Regulus que te escoltara" Respondió Agasha, no sin un dejo de picardía al referirse al joven santo de Leo. Nike se sonrojó como un tomate ante la mención del susodicho, sonriendo y asintiendo, podría importunar a Regulus... si regresaba algún día.
"Agasha, el barco partirá en quince minutos" Dijo Albafika, detestando tener que meterse entre ambas amigas, Agasha asintió, dándole un último apretón a las manos de Nike, que enseguida se dirigió a su yegua, frotándose los ojos mientras le daba la espalda a la pareja, no quería que la última imagen que la doncella oráculo preservara de ella fuera una de llanto. Agasha volteó hacia Albafika, sin demorar mucho en abrazarlo y unir sus labios a los de él.
"Iré por ti, así que más te vale no desaparecer otra vez" Murmuró Albafika contra los labios de Agasha, que tragó con fuerza, asintiendo. Con un último beso, ambos se separaron, Agasha caminó unos pasos con su mano aún unida a la de su amor, soltándola al subir a la rampa del barco. Albafika se quedó viéndola hasta que el capitán levó anclas y partió con marea alta hacia Creta. El santo de Piscis no se movió del puerto hasta haber visto desaparecer el barco por completo en el horizonte. Nike esperaba pacientemente a que Albafika retornara a su montura para emprender el regreso.
"¿Sr. Albafika? Siento tener que decir esto, pero debemos regresar" Barruntó la vestal, viendo que el santo de Piscis no se movía de su sitio. Albafika volteó a mirarla y asintió, yendo a su montura y poniéndose en camino de regreso al santuario.
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Los tres días que tardó el barco en volver a tocar puerto se habían hecho interminables para Agasha, que tenía sentimientos encontrados en lo referente a su hogar. Por un lado, no podía evitar sentir algo de alegría de volver a su cabaña, regresar a trabajar en sus preparados, en atender a las personas del pueblo; pero por otro, sentía el corazón destrozado por dejar atrás a otras personas a las que quería muchísimo y al las cuales deseaba poder volver a ver pronto. En cuanto el barco ancló, Agasha, que se había pasado casi todo el viaje bajo cubierta, respiró el aire fresco, helado casi, de Creta, viendo como descargaban su equipaje y la dejaban sola. Agasha suspiró, nada parecía haber cambiado, pero todo era diferente. No cavilando mucho más en sus lúgubres pensamientos, enseguida llamó a uno de los tantos niños que se apilaban con o sin sus madres apenas llegaba un barco.
"¡Hola! Dime ¿podrías ir a buscar mi burro en la posada 'El Viejo Pescador'?" Preguntó la joven, rogando que el niño aceptara, lo que para su suerte hizo. Al rato, vio venir al niño con su burro y al mesonero Godric a la par. Agasha internamente hizo una mueca de desagrado, no quería lidiar con Godric ahora, pero bueno, que remedio.
"¡Ah, Agasha! Que gusto verte de nuevo después de tanto tiempo, ¿tres meses, no?" Vociferó el dueño de la posada, la chica le sonrió con esfuerzo, dándole una moneda la niño por sus servicios.
"Así es, Sr. Godric, tres largos meses. Ya que está aquí ¿me ayudaría a atar mis cosas sobre el burro? Son algo pesadas" Dijo a modo de respuesta la joven curandera. Godric, que si de algo se preciaba era de ser siempre solidario, la ayudó de inmediato.
"Y dime, te fuiste de repente sin decir nada a nadie ¿qué querían de ti esos santos dorados?" Inquirió el hombretón, quien se había estado muriendo de curiosidad desde hacía tres largos meses.
"Me pidieron que los acompañara porque consideraban mis dones de sanación muy preciados, estaban en medio de una guerra. Pero ahora ya se acabó, y he vuelto a casa" Contó Agasha, era una verdad a medias, pero una con la que el pueblo podría vivir, y dejarla vivir a ella misma. El jovial mesonero asintió, como acatando las palabras de Agasha con mucho respeto, era comprensible que alguien como la chica fuera convocada a ayudar a Atena, además era un orgullo que procediera de su aldea. Sería Godric el que ensalzaría las grandes cualidades de Agasha en los años venideros.
En cuanto Agasha dejara el pueblo, pidiendo a Godric el precio por la estadía de su burro, el cual el mesonero se negó de plano a cobrarle, argumentando que era un honor ayudar indirectamente al santuario. La joven emprendió el camino a través del bosque, cuidando de no dejar demasiados rastros visibles, Godric ya se haría cargo de pregonar a los cuatro vientos su regreso, así que suponía que pronto tendría clientes.
Cuando llegó a su cabaña, previamente desactivando el sistema de seguridad, descargó lentamente a su burro del peso de su equipaje, trasladándolo dentro de su casa. Apenas hubo terminado y dado de comer al animal, encendió un gran fuego para que caldeara la helada cocina. No había más que sus conservas para comer, y no se encontraba de ánimos ni para cocinarse un poco de pan, así que preparó una espesa sopa al mismo tiempo que ponía a calentar agua para un baño, se sentía sucia del viaje además de cansada física y emocionalmente. Lo único que la mantenía lejos de una depresión total era la promesa que le hiciera Albafika de regresar por ella, y Agasha esperaría hasta el día que su cuerpo sucumbiera para entregarse a los brazos de la Madre Tierra. Tratando de alegrarse un poco, llenó y templó la bañera con humeante agua caliente, la roció con aceites esenciales de lavanda y agregó algunos pétalos de flores varias que quedaron suspendidos en la superficie. Luego, dejó caer al suelo su vestido y su ropa interior, quedando desnuda y con frío se sumergió completamente en su tan ansiado baño.
Cuando el agua se había entibiado demasiado para permanecer en ella, la joven se envolvió con una toalla que se había estado calentado cerca del fuego, frotando su cuerpo y cabello vigorosamente. Aún envuelta en su toalla, se sentó al lado de las rugientes llamas de su chimenea, en una silla con almohadón, plegó sus piernas y las abrazó con sus brazos, quedando como un capullo envuelto dentro de la toalla. El fuego lamía con fruición la leña reseca, y sus llamas naranjas se reflejaban en los tristes ojos verdes de la muchacha, que cavilaba con angustia sobre el destino de los santos de Atena ¿Habrían podido destruir el lienzo? ¿Habrían derrotado a Hades? ¿Estaban con vida aún? Tantas preguntas se agolpaban en su mente, sin hallar respuesta para ninguna. El baño la había relajado tanto, que Agasha sintió fundirse todas las barreras que había puesto hasta ahora para no prorrumpir en penoso llanto, pero ya no podía contenerlo, y dejó que las lágrimas por fin corrieran libres por sus mejillas, desahogando su dolor y su sentimiento de completa soledad. Por primera vez desde que fuera secuestrada tantos años atrás, deseaba volver a la civilización, tener a alguien a su lado para que la abrazara, para decirle que todo iba a estar bien, recordó a su madre, que tan horrible destino la había separado de ella, a su abuela y a su padre, asesinados sin piedad... ¿de verdad la humanidad merecía ser salvada? Pero aparecieron en su mente también los rostros de las amables vestales que la habían atendido, de Sasha, de Sage, el de Berenike, que tan fácilmente expresaba lo que sentía, de Manigoldo, que tampoco tenía empacho en decir lo que pensaba, del tranquilo y amable Shion, siempre preocupado por todos... y finalmente el de Albafika, un hombre que siempre había estado tan solo por miedo a herir a otros, que le había entregado su corazón, que deseaba quedarse con ella y protegerla por el resto de sus vidas... La verdad era que en el mundo había personas buenas y otras malas, que siempre se aparecerían en la vida de uno de ambas clases, lo bueno era aprender a atesorar a las que nos hacen felices y desterrar a aquellas que nos dañan. La humanidad valía la pena, pensó Agasha, habiendo sus lágrimas cesado, con un poco más de paz en el corazón, se puso su camisón y yendo por fin a acostarse, había sido un día muy largo.
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Una semana entera pasó sin dejar casi tiempo a la joven curandera de cavilar mucho sobre su vida, ya que estaba literalmente tapada de trabajo, era la única en su isla que sabía de toda clase de enfermedades, la que atendía partos y la que aliviaba dolores varios. La pobre chica no daba a vasto, para colmo, parecía que el comercio se había expandido de forma considerable trayendo mucha gente en los barcos, que le compraban gustosos sus medicinas, ya que el mesonero Godric le vivía haciendo publicidad, jactándose que la curandera del pueblo era tan buena que hasta la habían requerido en el santuario de Atena; así que imagínense, Agasha se estaba haciendo rica.
La joven muchacha miró con ojos cansado hacia el cielo, límpido y profundamente celeste, sin rastros del horroroso lienzo de Alone, eso quería decir que era muy probable que hubiera sido derrotado, el problema consistía en que, por muchos barcos que llegaran, ninguno traía a la persona que ella esperaba. Y ese no era el único problema de Agasha: hombres de todas las edades la vivían cortejando. Ya tres se le habían declarado, pero ella obviamente los tuvo que rechazar, diciéndoles que su corazón ya tenía dueño. Pero esto no los amedrentaba en absoluto. Había un hombre bastante rico, de unos cuarenta años, viudo, que no hacía mucho que se había instalado en el pueblo, era dueño de tres barcos cargueros y dos de pesca, y la mayoría de las señoritas en edad casadera le habían echado el ojo, pero este hombre había quedado prendado de la joven Agasha una vez que ella le fuera a visitar por un dolor agudo de cabeza. Andreus era un hombre bastante bien parecido, de ojos café y pelo negro, su piel morena atestiguaba largos días bajo el ardiente sol griego, deseaba poder casarse de nuevo, tener un heredero de su riqueza y había decidido que la dulce Agasha sería esa esposa... claro que Agasha le había rechazado tres proposiciones maritales, pero el hombre era denso y testarudo y no pensaba dar el brazo a torcer.
"Lindo día, ¿no lo cree Srta. Agasha?" Saludó cordial como siempre Andreus, persiguiendo como perrito faldero a la muchacha, que le sonrió secamente y decidió seguir haciendo sus compras.
"¿Por qué una joven tan bella y talentosa sigue sola? Yo podría hacerte muy feliz si me aceptaras, te compraría lo que quisieras, construiría la casa más bella y lujosa de toda la isla sólo para ti" Insistía el hombre, viendo que Agasha lo ignoraba según era su costumbre.
"Sr. Andreus, hace menos de dos semanas que me conoce, y ya le he rechazado más de una vez ¿qué le hace pensar que yo deseo riqueza u objetos materiales de ninguna clase? Debe entender que yo ya estoy esperando al amor de mi vida y sólo me casaré con él." Espetó Agasha, pagando su compra y cargándola en su canasta. Las mujeres la miraban envidiosas o reprobatorias de su comportamiento con ese hombre que le ofrecía todo, pero la chica no les hacía caso alguno.
"Si acaso ese afortunado hombre existe ¿por qué no ha aparecido aún? Yo no la dejaría sola tanto tiempo" Replicó el moreno sujeto, tratando de que ella aceptara hablar con él. Agasha resopló, ya se estaba cansando y apenas había comenzado el día.
"Albafika tiene asuntos que atender en la Grecia continental, es un hombre muy fuerte, y muy celoso, así que le conviene renunciar a la idea de tenerme como esposa antes de que él venga y se entere, no puedo asegurar su seguridad si eso pasara" Dijo Agasha, por primera vez diciendo en voz alta el nombre de su amor.
"Yo soy un hombre fuerte también, y rico ¿cuál es su objeción sobre mi persona?" Discutió Andreus, no bajándole la mirada a los bonitos ojos verdes que lo tenían a tan mal traer. Agasha suspiró, la verdad era que en sí él no le caía mal, pero no lo amaba.
"Albafika es un santo dorado del santuario de Atena, es de mi edad, es increíblemente guapo, amable y cariñoso, y los más importante... yo lo amo. Yo no tengo objeciones sobre usted, simplemente que no lo amo, ni jamás lo haré, le suplico que me deje tranquila" Dijo a modo de ultimátum la muchacha, dejando boquiabierto al buen hombre, que decidió desistir hasta ver a esa maravilla de hombre que su dulce pretendida esperaba.
Sin saberlo Agasha, ese día había anclado un barco en el que sí venía la persona que ella esperaba... además de un santo de Cáncer en penoso estado de debilidad por tan horrible viaje marítimo. Albafika dejó a Manigoldo con Regulus, que lo estaba ayudando a bajar del barco con una Nike muy preocupada por el estado del caballero. Regulus había reído por largo rato ante la cara de Manigoldo, eso hasta que Berenike le dio un fuerte coscorrón para que se callara, lo que inició una disputa que era moneda corriente entre ellos. Albafika había estado ajeno a todo, él no hubiera querido compañía, pero la compañía lo había seguido le gustara a él o no. Apenas bajó por la rampa, Albafika dio instrucciones de que su equipaje fuera llevado a la posada de 'El Viejo Pescador'.
Godric estaba anotando algunos despachos en su enorme libro de cuentas, cuando vio que tenía clientes, más grande fue su sorpresa al ver que eran los dos santos dorados de la vez pasada, más otras dos personas desconocidas.
"¡Vaya! ¡Qué gusto verlos de nuevo por aquí! Espero no vengan a llevarse a nuestra joven curandera de nuevo, aunque creo que el señor la necesita de inmediato" Saludó el hombretón, Albafika le sonrió, acercándose al mostrador.
"Gusto en volver a verlo, no se preocupe, no tengo intenciones de llevarme a Agasha por ahora" Respondió Albafika, "¿Tiene habitaciones disponibles?"
"¡Ah, pues no muchas! A decir verdad sólo tengo dos, últimamente hemos tenido un gran influjo de clientes." Ofreció Godric.
"Está bien, las tomamos" Aceptó Albafika, viendo como una vez más uno de los hijos del mesonero ayudaba con su equipaje y los conducía a sus aposentos.
La distribución fue un poco complicada, ya que una de las habitaciones tenía una cama matrimonial, mientras que la otra dos camas simples... y Albafika prefería dormir bajo las estrellas a dormir con Manigoldo o Regulus, y Nike los estaba mirando feo a los tres.
"No sé ustedes, pero yo no dormiré en esa enorme cama con nadie. No se me permite cometer un acto tan impúdico siendo una vestal" Medio gruñó la muchachita, desafiando a los otros tres hombres a contradecirle. Manigoldo fue puesto en la habitación con camas separadas, más vivo que muerto. Por lo que quedaban el santo de Piscis, que tenía ganas de matar a alguien, y el santo de Leo, que tenía ganas de morder a un alguien muy específico.
"Bien, ustedes se arreglan, yo me voy con Manigoldo" Espetó Albafika, cerrando la puerta de su habitación de forma definitoria. Ambos jóvenes se miraron de reojo, y Nike ganó en velocidad en entrar en la habitación y lanzarse sobre la cama.
"No pienso dormir en el suelo por tus tontas creencias vestales, así que hazte a un lado" Dijo con ceño fruncido el joven caballero, pero Nike sólo le sacó la lengua, cual niña malcriada.
"La cama es mía, y si te atreves a dormir aquí, te morderé, arañaré, gritaré y patearé hasta que desistas y te acusaré con el patriarca cuando regresemos a casa" Amenazó la astuta jovencita, sin bajarle la mirada a su contrincante favorito. Regulus apretó los dientes y los puños, pues si guerra quería guerra tendría.
Ja ja! ya casi estamos mordiendo el finaaaaaaal!
