Capítulo 21 - Ausencia
Dos semanas y media quedaron atrás más pronto de lo que se hubieran imaginado. Jamás se habían encontrado con demasiada frecuencia ya que sus clases hubieran terminado mucho tiempo atrás. ¿Cuál motivo hubieran encontrado, entonces, para poderse ver a escondidas y susurrarse palabras de amor como dos idiotas? Pero, de cualquier manera, tampoco habían pasado tanto tiempo alejados de no ser por un motivo de peso. Una vez fue la boda, luego su invalidación, ¿pero y ahora?
La pesadez en su pecho se había ido incrementando con cada nueva caída del sol y a mitad de la segunda semana Antonio se pasaba largos minutos ausente, mirando hacia el horizonte desde la sucia ventana de la biblioteca que encaraba al este. Los minutos se hacían eternos cada día y a medida que las horas se acumulaban, por su mente empezaban a desfilar los más ridículos escenarios en un intento de justificar la ausencia de un hombre que hasta la fecha se había caracterizado por ser el más obstinado de todos.
Aglutinados en su mente, incapaces de admitir que era la hora de marcharse y dejar al joven en paz, las ideas se arremolinaban y volvían cuando menos lo esperaba. Por eso, en un arranque fruto de la desesperación que apretujaba su pecho, que palpitaba dolorosamente contra esa imaginaria opresión, fue a buscar a su padre y le preguntó por Francis. A finales de la primera semana, el hombre de fe le afirmó que no tenía noticias algunas de él, que no había escuchado rumores de que algo hubiera ocurrido y que seguramente tendrían faena en el campo a la que atender. Y eso fue lo que creyó durante otra semana entera, hasta que vio que seguía sin saber nada de él. Comprendía que pudiera tener mucho trabajo en el campo pero Francis no era ese tipo de persona que desaparece sin más y que regresa tiempo después, alegando que se le había olvidado avisarle.
El temor cobró fuerza y una voz puntillosa, siempre encantada de poder sacarle los defectos y acusarle de mil perrerías, le preguntó: ¿Y si está enfadado contigo? Si nada había ocurrido, ¿entonces qué motivaba al rubio a no hacer acto de presencia? Le había dicho que no pasaba nada si no le contaba lo de su padre, ¿pero y si después lo había pensado y había cambiado de opinión? ¿Y si el rubio no podía seguir saliendo con alguien que le ocultaba una parte tan importante de su vida? Si ese era el motivo, lo comprendía. ¿Pero entonces por qué le había mentido y le había dicho que todo estaba bien? Si había tenido suficiente valor para insistirle hasta enamorarle, ¿por qué ahora no lo tenía para decirle que eso impedía que su relación funcionara?
A pesar de pensar que se enfrentaban a ese problema no perdía la esperanza de encontrarle en algún momento. Que no fuera directamente a verle no significaba que hubiera cortado todo contacto social con el resto del mundo. Por eso cuando escuchaba que se acercaba cualquier caballo, corría con todo el disimulo posible a la ventana más cercana y se asomaba. Siempre se decepcionaba, suspiraba resignado y se quedaba cabizbajo un buen rato cuando veía que se trataba de otra persona. Fue pensando en cómo encontrarle pero además de presentarse en la granja, que no tendría sentido y despertaría las preguntas de su padre, no se le ocurría mucho más.
Eso fue hasta el sábado, cuando recordó que al día siguiente había misa, esa a la que Catalina y Bartolomé, los patrones de su amante asistían con asiduidad. Sabía que él mismo había venido, ¿qué le decía que no lo hiciera de nuevo por compromiso? Entonces podría acercarse, llevarle a un sitio apartado y demandarle explicaciones por su comportamiento. Así que cargó con la parte de la traducción que tenía hecha y anduvo por los pasillos silenciosos del monasterio hasta llegar al despacho de su padre. Golpeó suavemente contra la madera usando los nudillos de su mano derecha y esperó hasta que escuchó su voz dándole permiso para entrar. Abrió la puerta y la cerró tras de sí una vez en el interior, mientras encaraba la mirada del adulto.
— ¿Qué? ¿Ya has terminado? —vio que Antonio asentía, así que agitó la mano para que se aproximara, cosa que hizo de manera inmediata—. Deja que lo revise, que a veces no hay quien entienda lo que traduces.
Le cedió el control de los pergaminos y él se sentó en una de las sillas, mirando hacia sus propias sandalias de estilo romano. Juntó las puntas de los pies, dejando que los laterales de los zapatos rozaran y como si quisiera limpiar algo de éstas, fue frotando el derecho contra el izquierdo. Podía escuchar el murmullo de su figura paterna mientras leía las palabras que había escrito no hacía tanto rato. Tomó aire, carraspeó y entonces, con el valor que había podido sacar, levantó la cabeza.
— Padre, ¿crees que mañana puedo ir a la misa? —inquirió, ya esperando una reacción que vino enseguida. Los ojos de su progenitor se habían clavado inmediatamente en él después de terminar la pregunta y le hacían un escrutinio. De los nervios, tartamudeó en la primera palabra de su siguiente frase—. Sé que hace tiempo que no voy y que dije cosas horribles de la religión, pero quizás necesito algo así. No estoy seguro, pero quiero volver a intentarlo aunque sea una vez más. Las misas de los domingos suelen ser las más profundas, con significado y según la voz de los vecinos las más hermosas. Si voy a intentarlo, creo que no hay mejor momento que en domingo.
— ¿Por qué? —dijo después de un silencio que se hizo eterno para ambos.
— Porque necesito encontrar algo ahora que tengo claro que aquí es donde voy a estar para siempre. Si no encuentro el amparo que ansío en la religión seguiré buscándolo en los libros, pero quizás si encuentro la inspiración, la motivación, pueda ayudar a gente.
— ¿Así que buscas la religión únicamente para sentirte bien? —inquirió Diago, sin apartar la mirada de él, como si fuera un tribunal de la Santa Inquisición que buscara emitir un veredicto. Fue testigo de cómo su hijo asentía con la cabeza, lentamente—. Eres aún más patético de lo que imaginaba.
Los orbes acusadores del monje se desviaron y regresaron a la tarea de repasar los manuscritos que tenía en sus manos e, internamente, Antonio se sintió aliviado al saber que desaparecía del foco de atención de ese hombre cruel y manipulador. Pero, aún así, su conversación no había terminado y quería estar totalmente seguro de que su aparición el domingo en la iglesia no provocaría la cólera de su progenitor.
— ¿Entonces puedo venir?
— Si eso es lo que quieres oír antes de callarte y dejarme terminar de leer esto, entonces la respuesta es sí. Pero no quiero que formes ningún escándalo. Te quedarás en un banco al final de la iglesia y rezarás en silencio con el resto de los feligreses. ¿Me has entendido? Ya sabes lo que pasará si desobedeces.
— Claro, lo sé.
En el interior guardó el joven de origen romano la alegría que había sentido al saber que había obtenido la oportunidad de oro para encontrar a Francis y ver lo que estaba sucediendo entre ellos. Las horas que quedaban hasta la misa fueron eternas y no podía evitar distraerse a cada momento con los pensamientos más estúpidos. Éstos iban desde planear las conversaciones que iba a tener con el rubio de antemano, para prevenir cualquier respuesta que no pudiera contrarrestar, o el pensar qué túnica podía ponerse para intentar deslumbrarle. Era rastrero, seguramente, pero sabía que el visigodo siempre había halagado su belleza y sentía que era la única baza que podía jugar en ese momento.
El domingo cubrió su cuerpo con una de las mejores túnicas que tenía, hecha con la tela más fina que podía conseguirse por los alrededores y que había logrado ya que le había sido entregada como regalo. Los feligreses empezaban a congregarse en la iglesia y los más madrugadores habían conseguido los puestos más avanzados en los bancos que había en la misma. Diligente siguió las instrucciones de su progenitor y cruzó de izquierda a derecha el recinto, para ir a sentarse en las últimas filas. Las manos se entrelazaron y descansaron sobre su propio regazo. Mientras los ojos iban pasando de una persona a otra en busca de Francis, le imploraba a todos los dioses, a los que últimamente no les pedía nada, que por favor hiciera que coincidiera con su aprendiz en ese lugar para poder conversar con él.
Pero alguien allí arriba había de haber corrido la voz de que el que imploraba era un hombre que había caído en el camino del pecado más grande de su religión y, además, nacido del fruto de una relación carnal prohibida, por lo que ninguno de los entes le concedió su deseo. La misa se le hizo larga, pesada, y con la vista clavada en la espalda del hombre que se sentaba frente a él Antonio estuvo triste, deseando que se terminara para poder regresar a sus múltiples tareas. Cuando finalizó, se encorvó ligeramente y se frotó el puente de la nariz, somnoliento. Abandonó la comodidad del banco y pasó entre la gente, que avanzaba hacia la puerta principal, la cual daba directamente al exterior, para dirigirse cada uno a sus respectivos hogares. Fue en ese momento cuando devolvió la vista, mientras su mano descansaba en el pomo de la puerta que le permitiría regresar a la tranquilidad del monasterio, y vio allí a Catalina y Bartolomé, que en ese instante hablaban con Diago con gesto preocupado. La mujer agarró la mano de su padre mientras hablaba con vehemencia y él no pudo más que arquear una ceja, confundido. Desde donde se encontraba no podía escuchar nada de lo que estaban hablando y él se vio azuzado por un monje que se hallaba tras de él y que quería entrar en la zona reservada para los hombres de fe y residentes del monasterio.
Se rindió y abandonó la iglesia, con la imagen de la pareja hablando con su padre en la mente. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué Francis no venía? ¿Por qué Catalina estaba tan alterada? La había visto negando insistentemente con la cabeza, como si la idea de algo que estuvieran hablando le repulsara por completo. No sabía ya que pensar y, pasadas tres horas, un severo dolor de cabeza taladraba su mente y le dejaba de un mal humor del que no podría deshacerse tan fácilmente a este paso. Por eso mismo, cansado de no obtener respuestas él solo, se levantó y fue a buscar a Diago a su despacho. No obstante, después de esperar un par de minutos fuera, abrió la puerta y vio que no había ni un alma en el interior. Arqueó una ceja y miró a los lados, como si esperara verle aparecer en cualquier momento.
Buscó por los rincones oscuros y silenciosos del monasterio, estuvo presente en una de las misas asomado por una rendija abierta del gran portón, pero no encontró a su padre por ninguna parte. Al final tuvo que rendirse ya que, por lo visto, su progenitor había abandonado el lugar con algún propósito que no se había molestado en comunicar a nadie en aquel lugar. Cenó con el resto de los residentes, en una esquina de la mesa, callado, con la cabeza gacha y con las voces de los religiosos de fondo, jugueteaba con la comida usando un tenedor demasiado delgado y algo torcido que amenazaba con romperse en cualquier momento si ejercía demasiada fuerza sobre él.
Después de ingerir la mitad de lo que tenía en el plato, el romano se disculpó ante el resto de sus compañeros, se levantó y abandonó el comedor. Aprovechando que su padre no estaba y que ninguno de los demás monjes le diría algo si lo hacía, se echó en la cama y cerró los ojos con la sana intención de descansar. Con esos días que habían pasado las marcas del cuello habían desaparecido, pero los hábitos alimentarios y de sueño no eran de los mejores que había tenido. Para combatir esas malas costumbres que había adquirido estaba intentando mantener unos horarios más sanos para su cuerpo.
Durante el rato que estuvo echado, despierto, su mente divagó entre recuerdos y pensamientos acerca de su amante hasta que su cerebro, cansado después de madrugar, decidió que el sueño era la mejor de las opciones que tenía a su alcance. El canto de los pájaros le despertó horas después y de no ser porque se escuchaba el ruido de pasos y de gente hablando, seguramente hubiera puesto la almohada sobre su cabeza para esquivar la luz que entraba por la ventana y dormir algunas horas más. Desgraciadamente, si había ese movimiento significaba que ya se acercaba la hora del desayuno y no quería que nadie le dijera a su padre que se había saltado ese encuentro.
Se despojó de los ropajes que llevaba, dejando que éstos resbalaran por su piel hasta caer al suelo y sólo con la ropa interior tapando sus partes nobles, fue hacia su armario, sacó una de sus túnicas y se envolvió en ella. La última de las acciones fue ajustar el cinto para no perder la prenda de ropa. Se miró en el espejo, se atusó el cabello y se miró bien los ojos para ver si tenía o no legañas. Una vez aseado, salió de la calidez de la habitación y paseó por los pasillos, aguantando las ganas de bostezar. Entró en la sala, que a esas horas era un hervidero de hombres, y paseó entre ellos como si fuera un espectro en dirección a la pila de platos limpios. Agarró uno y se empezó a servir de los alimentos que había en las fuentes. Fue durante ese rato que empezó a escuchar, por aburrimiento y en un descuido, las conversaciones del resto de la gente.
— A saber cómo va a ir eso entonces... Pero bueno, usted ha hecho todo lo que ha podido, padre Diago. Más no puede hacer en ese tema. Aunque sea un gran hombre, al final todos somos mortales y no poseemos poderes milagrosos. Ojalá los tuviéramos.
Por el retazo de charla que estaba escuchando, le daba la impresión de que hablaban de los asuntos que habían mantenido a su padre lejos del monasterio. Le hubiera gustado preguntar acerca de eso, pero le intrigaba aún más saber qué le había estado diciendo Catalina después de la misa. A lo largo de dos minutos eternos, Antonio analizó en su mente la pequeña introducción que se había preparado para tratar de sonsacarle la información a su progenitor sin que resultara sospechoso. Carraspeó, captando la atención de ese pequeño grupo que estaba cercano a donde él se encontraba sentado, entre los que estaba Diago, y empezó a hablar.
— Ayer vi a don Bartolomé y a su esposa hablando con padre Diago. La mujer parecía muy alterada. ¿Es que todo va bien? —preguntó inocentemente. Algo tenía claro por la manera en que su padre le había mirado, el tema de conversación de la fémina no había tenido que ver con él, porque en los orbes de su padre no había ni una pizca de odio hacia él. Al menos no había más odio del habitual, que ya era mucho decir.
— Precisamente de ahí he regresado de madrugada, les estaba explicando la historia —replicó, con pocas ganas de volver a relatarlo.
— Yo no la he escuchado y conozco a la familia desde hace mucho tiempo. ¿Están todos bien? —alegó otro de los monjes que justo se acababa de sentar a la mesa. Si no fuera porque quedaría muy raro, Antonio se hubiera ido para él y le hubiera abrazado como agradecimiento a su comentario. Si no hubiera preguntado, Diago hubiera explicado la historia otra vez y menos por él. Sobre todo porque no consideraba que tuviera motivo para tener interés en ella.
— Cierto. Pues, veréis, mis señores... —empezó, dirigiéndose al resto e ignorando de manera estratégica hablar directamente con su hijo—. Ayer, al finalizar la misa, tanto Catalina como Bartolomé se acercaron a hablar conmigo. Son grandes devotos de nuestra fe, así que no es la primera vez que se acercan a preguntarme cosas o a comentar lo mucho que les ha gustado la misa. Pero esta vez sus intenciones eran otras. Por lo visto, uno de los jóvenes a su cargo, Francis, está enfermo desde hace un par de semanas.
Y ahí fue cuando toda la verdad cayó sobre él como una jarra de agua fría. La única respuesta que su cuerpo produjo ante tal noticia fue un pequeño espasmo en los dedos corazón y meñique de su mano izquierda, que estaba apoyada contra la mesa y quedaba cubierta a la vista por el plato. Había apartado la idea de que le hubiera podido pasar algo con mucha fuerza y se había quedado con la alocada concepción de que quizás estaba enfadado con él porque no le contaba todo lo que había de saber sobre su vida. Ahora que lo pensaba, había imaginado tantas estupideces... ¿Cómo había llegado a pensar que Francis podría haberle contado a Catalina que él le molestaba y que ésta había ido a quejarse a Diago? Su extranjero jamás haría algo por el estilo, siempre quería protegerle y era su estandarte desde que le había conocido
— La mujer está obsesionada con la idea de que alguien puede haberle echado una maldición de algún tipo, algo relacionado con el demonio, así que me suplicó que fuera a su casa a ver si veía o detectaba algo extraño. Intenté hacerla entrar en razón, pedirle que me dejara ir en un par de días, que tendría menos faena, pero la pobre se puso a negar con la cabeza y a insistirme en que tenía que ser cuanto antes.
— Es sorprendente. Sé que cuando vino el niño era jovencito, pero es impresionante el cariño que le han cogido a ese visigodo —dijo uno de los monjes, aprovechando un momento de silencio de Diago.
— ¿Qué se puede esperar? Tanto Bartolomé como Catalina siempre han deseado tener hijos y jamás lo han logrado. La llegada de Francis a esa casa fue como un soplo de aire fresco. Por eso también acogieron a más trabajadores jóvenes en su granja, porque era como tener una familia propia que de otra manera no iban a tener. Así que no me quedó más remedio que ir hacia allí en cuanto ordené mis cosas.
— ¿Y qué? ¿Había algún signo de lo que la mujer sospechaba? —preguntó otro de los oyentes. Antonio estaba demasiado atónito escuchando todo aquello y no podía pronunciar palabra. Era como si tuviera una piedra en la boca, apretando su lengua contra su propia calavera.
— No, claro que no. Los casos de posesiones o maldiciones están contados. El chico está enfermo, ha perdido peso y se ve pálido, pero no hay nada más allá de eso. Lo que pasa es que están nerviosos porque no mejora al ritmo que debería: ha estado con fiebres altas, dolor en el pecho, falta de apetito, pero según dice él mismo todo eso está pasando y cada vez se encuentra mejor. Es un proceso lento, no obstante creo que pronto estará recuperado. Le han visitado dos médicos de la zona y ninguno se pone de acuerdo con el otro. Parece que se burlan de esa pobre gente.
Ni siquiera fue capaz de tocar el plato del desayuno. El tema de la conversación se fue hacia otro terreno y él lo escuchaba de fondo, similar a un sonido enlatado que realmente no podía descifrar. El pecho continuaba doliéndole, como si alguien estuviera pisándolo, y ni fue consciente de cuando sus compañeros se marcharon del comedor. Quedaba un monje rezagado y él, que tenía un plato frío delante. Lo apartó, se levantó y luego lo cogió para echar el contenido en la primera basura que encontrara. Sus pasos le guiaron por el complejo, mientras su mente le daba vueltas a la cabeza a la historia que había escuchado de labios de su padre.
Cuando se quiso dar cuenta había regresado a su habitación y estaba apoyado contra la puerta. Elevó el brazo derecho y se llevó la uña del dedo pulgar entre los dientes y la empezó a mordisquear, con nervios. ¿Qué podía hacer? ¿Y si Francis estaba realmente mal? La descripción de Diago no era la definición del bienestar precisamente. ¿Pero cómo podía escaparse? Tenía mil tareas que hacer, su padre se daría cuenta si faltaba. No... No podía irse sin más. Si se marchaba y al regresar no tenía ninguna excusa, volvería a golpearle.
Chasqueó la lengua y abandonó la seguridad de esas cuatro paredes. Tan enajenado iba que ni siquiera estuvo pendiente al camino. De repente se vio a sí mismo frente la puerta del despacho de su padre. Golpeó con los nudillos y cuando escuchó su voz darle permiso, entró en la habitación. No se le olvidó cerrar tras de él, porque a Diago le enfadaba cuando no lo hacía ya que alguien podría escuchar su conversación. Los ojos del hombre de fe le enfocaron, fríos, indiferentes, hasta algo molestos por su presencia en ese lugar, interrumpiendo su paz.
— ¿Qué pasa ahora? ¿Es que no me vais a dejar terminar nunca mis papeles? Primero Catalina, con sus caprichos incoherentes y ahora tú. ¿Qué tripa se te ha roto?
— Padre, me gustaría ir a la granja de don Bartolomé y para eso he venido, para que me exoneres de mis deberes por el día de hoy —dijo con la voz firme. No trastabilló en ninguna palabra, cosa que mostraba su determinación.
— ¿Para qué quieres ir a la granja de don Bartolomé? ¿Qué se te ha perdido por allí? —inquirió padre Diago con una ceja arqueada. La petición le había sorprendido y no le encontraba sentido alguno.
— Francis ha sido mi alumno durante mucho tiempo ya y las noticias de que está enfermo me han dejado conmocionado. Me gustaría ir a hacerle una visita, llevarle mis mejores deseos para que se mejore y todo eso. La granja no está cerca y entre la visita y el viaje no creo tener tiempo de traducir nada. ¿Podría ir, por favor?
Si antes le parecía que no tenía sentido, ahora incluso menos. El monje observaba a ese joven como si fuera la primera vez que le viera, como si tuviera algo extraño en la cara.
— ¿A qué viene esto? Tienes un montón de cosas por hacer y me estás pidiendo que te deje ir a hacerle una visita a tu alumno. ¿Para qué? ¿Es que crees que se va a curar porque tú le visites?
— Es mi amigo a estas alturas. Hemos convivido bastante y tenemos casi la misma edad. Es normal que la gente vaya a ver a los conocidos que están enfermos. Estamos hablando de que Francis ha venido durante más de un año a aprender a leer y escribir conmigo. Es normal que me preocupe por él, ¿no? —dijo nervioso, a la defensiva. ¿Por qué tenía que hacerlo todo tan complicado?
— Puede ser tu amigo, pero tú no dejas de tener faena. ¿Desde cuándo te van los compromisos sociales?
— ¡Por favor! —suplicó. Necesitaba ver a Francis, necesitaba saber que estaba bien y en este momento no le importaba rebajarse hasta ese punto. Apretó los párpados y bajó la cabeza, añadiéndole más impacto visual al momento—. Es el único amigo que tengo y, por lo que has dicho antes, está mal. Por favor, te lo ruego, déjame ir a visitarle...
El silencio duró largos segundos, en los que Diago observó a su hijo, que estaba aún con los ojos cerrados y cabizbajo. Tomó aire, profundamente, y entonces sus labios se entreabrieron.
— Está bien, puedes ir. Pero mañana quiero que tengas traducido todo el capítulo dos y tres. Sé que son largos, pero no me importa. Si no los tienes, jamás voy a concederte ningún capricho más. ¿Me has oído?
— ¡Claro! Lo tendrás mañana sin falta —respondió conteniendo, no con demasiado éxito, una sonrisa triunfal en su rostro. No le importaba tener que trabajar toda la noche sin descanso si ahora conseguía salir e ir a verle.
Le dio las gracias un par de veces y abandonó rápidamente el despacho, sin cerrar tan siquiera la puerta. Desde su silla, quieto y en un silencio impenetrable, Diago observaba cómo la figura de su hijo se iba alejando rápidamente por el pasillo. No fue demasiado rato, ya que dobló la esquina y le perdió de vista, pero aún después de eso continuó mirando hacia fuera. Ahí había algo raro.
No midió la fuerza con la que abrió y la puerta fue a estrellarse directamente contra la pared, provocando un sonido sordo que retumbó por los pasillos más cercanos. Se metió, cerró tras él, se miró en el espejo, comprobó que estaba bien, recogió su chlamys, se lo echó por encima y a paso acelerado, como un tifón, se dirigió hacia el establo. Valiente se alegró mucho de recibir la visita de su jinete y relinchó contento mientras Antonio le dirigía palabras amistosas y le palmoteaba el morro. Le puso la silla de montar, la anudó correctamente, apoyó el pie derecho en su correspondiente estribo y se empujó hasta estar sentado. Tomó las riendas entre sus manos y las agitó para indicar al corcel que quería que avanzara.
A diferencia de otras veces que había salido a pasear a caballo, esta vez forzaba el caballo hasta el punto ideal en el que el susodicho no iba lento pero tampoco iba tan rápido como para cansarse demasiado. De esta manera se aseguraba llegar bastante pronto a la granja y que mientras durara la visita, Valiente tuviera el tiempo necesario para poder recuperarse y hacer el camino de vuelta. Mientras galopaba, la mente del joven no dejaba de imaginar lo que podría encontrarse cuando estuviera en su destino. Los escenarios, para no variar, eran variopintos e iban desde unos en los que Francis estaba perfectamente y su padre había exagerado a otros en los que realmente estaba muy mal. Esos últimos provocaban en el muchacho de cabellos castaños un imperceptible escalofrío y sus incisivos mordisqueaban su labio inferior, algo reseco, para calmar los nervios.
Cuando llegó a las inmediaciones de la granja, custodiada por vallas y guardias cortesía del señor feudal que amparaba a Bartolomé y su esposa, Antonio desmontó y se aproximó lentamente para que vieran que no pretendía daño alguno contra ellos. Les dijo que procedía del monasterio del padre Diago y que venía a realizar una visita que no se prolongaría más de un par de horas. Uno de los guardias se fue hacia el interior del terreno y minutos después regresó acompañado de Catalina. No se había fijado pero la mujer había perdido peso y en su rostro se habían marcado un par de arrugas a causa de la edad que le daban un aire más bonachón que el que ya tenía, que era mucho decir.
— ¡Antonio! —exclamó deleitada—. Qué sorpresa verte por aquí. ¿Te envía padre Diago a vernos?
Cuando estuvo frente a él no se cortó un pelo antes de darle un abrazo fuerte que le cortó la respiración un segundo. Para ser una mujer, poseía más fuerza que él. Al separarse, el romano le sonrió avergonzado, con las mejillas rojizas después del sofoco.
— No, la verdad es que he sido yo el que ha venido por su propio pie. Padre Diago me ha comunicado que Francis no se encontraba muy bien y como he sido su maestro durante un año más o menos, he pensado que sería buena idea venir a ver cómo está.
— ¡Oh, eso es muy amable por tu parte! A pesar de ser un charlatán, no es que tenga demasiados amigos en la zona, así que no ha tenido demasiadas visitas durante estos días —le narró mientras ambos recorrían el sendero que llevaba hacia la granja. El hispano había dejado a Valiente a cargo de los guardias, que le llevarían con el resto de los caballos y le procurarían comida y bebida—. Seguro que se alegra de ver a su maestro. Además, tengo que ir a ayudar con el campo ahora que él está en cama, por lo que iba a tener que dejarle solo. Me quedo más tranquila si sé que está acompañado. Ahora lleva unos días mejor, pero aún así me da miedo que recaiga.
Los dos se detuvieron en la puerta del caserón: una porque había llegado a su destino, el otro por reflejo al ver que su acompañante dejaba de caminar. La mujer dio media vuelta para encararle y le dedicó una sonrisa amable que le sorprendió. ¿Siempre había sido tan buena? Posiblemente la bondad de la gente resaltaba con más fuerza cuanto más huraño su padre se volvía. Si llegaba a viejo, que rezaba a todos los dioses para que no lo hiciera, iba a ser el peor ser humano sobre la superficie de la plana Tierra. Avergonzado por ese carácter cariñoso, sonrió tímido.
— Pues aquí te dejo. Entras, sigues el único pasillo y es la habitación del fondo. Llama por si acaso, no sea que le pilles en un momento incómodo. Si no responde es que está dormido. Pero, vamos, no te preocupes. Entra, no suele dormir demasiado rato. Si ocurre algo, avísanos por favor.
— Por supuesto. Gracias, señora —dijo bajando la cabeza como gesto de agradecimiento.
— No me las des. Soy yo la que tendría que agradecerte que te quedes con él. Nos vemos en un rato.
Se despidió de la mujer agitando lentamente la mano de derecha a izquierda. Cuando se dio la vuelta bajó el brazo, se giró también a su vez para encarar la puerta y se adentró en el hogar. La sensación que le producía entrar de esa manera en casa ajena era muy rara. Parecía uno de esos ladrones que asaltan moradas mientras sus ocupantes están lejos, ajenos a los acontecimientos. Se esforzó en no tocar absolutamente nada, no quería cambiar accidentalmente algo de sitio y despertar la ira de su anfitriona. Mientras, sus ojos se movían curiosos de un lado para otro, devorando la imagen que el lugar le ofrecía. Era mucho más pequeña que el monasterio, pero tenía un algo que le provocaba calidez en el pecho. Eran los detalles los que le entregaban personalidad a cada rincón de la casa, que olía a huevo y tomate. Cuando estuvo delante de la puerta, golpeó con los nudillos y esperó pacientemente a ver si alguien le contestaba.
— Adelante —dijo la voz algo ronca y apagada de Francis.
Apretó el pomo, lo giró y abrió la puerta. La habitación del rubio era pequeña, la cama estaba revuelta y al lado de ésta había una mesita llena de vasos y otros recipientes que no sabía ni cómo se llamaban. En el lecho, metido bajo el revoltijo de colcha y manta, se encontraba el rubio. Llevaba un camisón de una tela blanca ligera, para que no le diera demasiado calor. Su piel tenía una tonalidad diferente a la habitual, menos sonrosada, más pálida y enferma. Sus ojos azules se veían cansados y bajo éstos había unas ojeras grisáceas que los deslucían trágicamente. Su cabello se veía un poco más oscuro, más graso, y estaba despeinado. Cuando vio a Antonio en el marco de la puerta, su rostro se quedó expresando la sorpresa que por el interior dominaba sus emociones. Su primera pregunta para sí mismo fue: ¿estoy delirando?
El romano cerró la puerta tras de sí y se acercó rápidamente, esquivando las cosas que habían en su camino, hasta estar a su vera. Bajó la mirada verde a la cama, para comprobar que no iba a sentarse sobre el rubio y a hacerle daño y entonces se acomodó sobre el colchón. Se inclinó hacia él y apoyó la mano derecha sobre su mejilla izquierda, para acariciarla. Aunque no fuera muy fuerte, sí podía notar que el calor de su piel era anormal, así que debía tener fiebre.
— Estás más delgado... —murmuró apenado, mientras seguía observándole.
— Tenía envidia del tipo que se te ha quedado y por eso he decidido perder peso —murmuró el rubio, aún sin poder procesarlo. Antonio estaba realmente delante de él. Su mano fresca, sobre su rostro, era toda la prueba que quería o necesitaba—. ¿Qué haces aquí?
— Padre Diago contó que te había venido a ver, que estabas enfermo y que por eso no habías venido. Me tenías muy preocupado... Pensaba que te habías enfadado conmigo por algo y que ya no querías volverme a ver. ¡Ay! —se quejó en voz nasal, mientras el rubio seguía agarrando con el índice y pulgar de la mano derecha la nariz de ese amante suyo.
— ¿Por qué no tienes más confianza? Ya no te pido que creas que eres lo suficientemente atractivo, física y mentalmente, como para tenerme atado a ti. Lo que sí que te ruego es que confíes en mí, en mis palabras y que creas que jamás te voy a dejar y menos de una manera tan rastrera. Ojalá hubiera podido irte a avisar.
Firmó la paz con él y soltó su nariz al ver esos ojitos de cordero degollado que le ponía. Maldito Antonio, incluso en ese momento tenía que venir él a ser adorable.
— No deberías de estar aquí. No sabemos si es contagioso, no quiero que te enfermes.
— Si quieres que me vaya, vas a tener que salir de la cama, arrastrarme por el pasillo y montarme en mi caballo. ¿Sabes el susto que me has dado? ¿Puedes imaginártelo? He tenido que pedir que me liberaran de mis deberes para hoy y he venido todo lo rápido que Valiente podía galopar. Y mírate —dijo con pesar, cogiendo el rostro del rubio entre sus manos—. Tenía razón cuando me preocupaba tanto por ti...
Apoyó su frente contra la de él, que estaba seca y más fresca comparada con la del visigodo, y cuando estaba dirigiéndose hacia él para juntar sus labios sin importarle que Francis estuviera más sucio, sudado, enfermo o que oliera diferente a lo habitual, notó que la cabeza de éste se movía hacia atrás y un lado. Arqueó una ceja y se separó para ver lo que estaba haciendo y comprobar si se trataba de lo que pensaba.
— ¿Me estás esquivando? ¿Estás intentando evitar mi beso? —le preguntó, con la ceja derecha arqueada. No podía creerlo.
— Estoy enfermo, ¿y si te contagias? No puedo besarte de esta manera~ —exclamó lastimero el rubio, mientras continuaba en su intento de huir del alcance de su querido Eros.
— Estuviste más de un año dándome el coñazo, rondándome como un perro en celo, ¿y ahora que intento darte un beso me lo niegas? ¡Tienes cojones, ¿eh?! ¡Dame un beso! —exigió—. ¡Después del disgusto, me lo debes!
Así estuvieron unos segundos, forcejeando ambos, el hispano exigiéndole que le besara y Francis chillando que no podía y que no quería. Al final, la fuerza de Antonio fue la que se declaró ganadora y consiguió robarle uno. El rubio ladeó el rostro y se cubrió la boca con el dorso de la mano, mientras miraba sonrojado a uno de los lados. ¿Era malo si le había dado morbo ese momento de Antonio exigente? Posiblemente sí, tenía muchos problemas mentales.
— Don Antonio es un abusón... No quiero ser como él cuando sea mayor, robando besos a gente mientras éstos están enfermos y desamparados.
Bromeaba, por supuesto, pero de repente se dio cuenta de que Antonio se encontraba medio girado y no podía ver su rostro. Su postura tensa y sus manos apretadas contra sus muslos le alarmaron. Un gesto de preocupación se instaló en las facciones del rubio y esperó, paciente, hasta que el joven romano tuvo el coraje suficiente para hablar sin temor a que le temblara la voz.
— Cuando Diago dijo que estabas enfermo y que no sabían qué era lo que tenías, creí que iba a darme algo. No quiero que te pase nada. ¿Qué haría yo sin ti? Por favor, tienes que recuperarte, ¿vale? Me das fuerzas, en serio. Mira lo que has logrado, que salga del monasterio para venir a verte.
Se esforzó, se incorporó un poco más y entonces le abrazó por la espalda. Apoyó la mejilla cálida contra la espalda, dejando que ésta descansara contra la tela limpia que olía a alguna flor que no sabía reconocer en ese instante. La espalda de su amante se fue relajando poco a poco a causa de su toque y acarició uno de los brazos con mimo.
— No me voy a ir a ninguna parte, ¿me has entendido? Sería incapaz de dejarte solo. Eres demasiado guapo, ¿qué voy a hacer si alguien te ve y no estoy yo para decirle a esa persona que ya tienes un novio? —tras decir aquello rio por lo bajo y rozó con su nariz la espalda. Su sonrisa se acentuó al notar cómo el cuerpo de Antonio se estremecía al reírse por lo bajo. Mejor, no le gustaba ver a su Eros tan triste—. Vales mucho. No sé qué es lo que tu padre te ha estado diciendo todo este tiempo pero vales castillos, reinos enteros. Pagaría lo que no está escrito en ningún pergamino para poseerte, porque eres una joya demasiado valiosa. Si alguien te ha dicho lo contrario, es mentira. Así que no te preguntes qué harías sin mí o no insinúes que no tienes fuerzas: puedes vivir sin mí, eres fuerte y valiente. No voy a irme a ningún lado, pero si yo no estuviera sé que lucharías y eso es lo que espero de ti. Por otro lado: eres muy fuerte. Si quisieras, podrías dominar toda Hispania y nadie podría resistirse a ti. Confía en tus habilidades, mi amor, igual que yo confío en ti. Y no te preocupes, voy a volver a estar sano como un roble y al final te quejarás porque estoy demasiado sano y no dejo de molestarte.
Era capaz de notar el pulso de su corazón acelerado en sus muñecas, mientras escuchaba ese discurso que le había hecho sentir que podía mover montañas y tener el mundo bajo la palma de su mano. Con su última frase, le fue inevitable la carcajada. Se inclinó hacia delante, escapando de los brazos del rubio, y se giró para poder verle, con una sonrisa. Apretó el pie derecho contra el suelo y se impulsó hacia él. No le importaba que hubiera posibilidad de que su enfermedad fuera contagiosa, ahora mismo lo único que necesitaba era sentir la calidez de sus labios contra los propios. Su mano derecha se apoyó en el hombro de Francis y le empujó hasta hacer que se tumbara sobre la cama. Fue justo en ese instante en el que le besó, con un cariño que el rubio había echado demasiado de menos y que le dejó un nudo en el pecho. Esos días habían sido muy duros para él: entre la enfermedad y la ausencia de su amante, no podía evitar los momentos en los que la tristeza se cebaba con su pobre corazón. La sorpresa de tener a Antonio en su habitación había sido mayúsculas y ahora, mientras correspondía a ese contacto cálido, deseaba poder quedárselo allí para siempre. El joven de cabellos castaños se apartó y le miró con una sonrisa cándida. Francis se enfurruñó, porque el beso había durado demasiado poco para su gusto insaciable.
— No me pongas morros, Fran. —le pidió después de reírse—. No voy a irme tan pronto. Me quedaré a cuidar de ti y hasta que no se te baje un poco la fiebre, no regresaré.
Sus manos se metieron en una cubeta que había en el suelo, al lado de la mesita de noche. Sacó un paño, lo exprimió, lo dobló cuidadosamente y lo empezó a pasar por su rostro, retirando el sudor tenue de las últimas horas con tanto mimo que a Francis le tuvo sin palabras durante largos segundos.
— Maldición, Antonio. Creo que si sigues cuidándome de esta manera, no voy a dejar que regreses al monasterio jamás. Serás mío para siempre.
En una situación normal el romano hubiera reído inmediatamente pero, en vez de eso, abrió sus ojos sorprendidos cuando se dio cuenta del gesto enfurruñado del visigodo, de sus mejillas sonrojadas y de esos orbes azules que refulgían con un brillo antinatural que daba a entender que su querido extranjero estaba aguantando las ganas de llorar. Se rio brevemente, con ternura, y le abrazó y besó su cabello. No dejó ir su cabeza, la cual apretó contra su torso y acarició las hebras rubias con dedicación.
— Ya soy tuyo para siempre, mi extranjero —murmuró, feliz por poder estar de esa manera con su amante.
Y así se quedaron durante unos minutos, uno disfrutando los mimos del otro mientras, fuera, nadie era consciente del amor que se profesaban.
