Provocación.
Regresaba del colegio donde había pactado con Potter el nuevo lugar para realizar las entregas; aun con la sonrisa de satisfacción caminaba por el bosque cercano a la pequeña mansión que había sido obsequio de aniversario de su madre Narcissa.
Aun tenía esas ansias locas de volver a ver a la castaña sin importarle todo lo demás; si ella se le iría de las manos desearía por lo menos tatuar en su memoria cada rasgo, cada mirada, cada sonrisa, cada movimiento uno a uno creando en su mente un álbum que le sirviera en cada noche de soledad como aliciente. Ese amor no confesado, esa pasión prohibida se encerraría en él hasta el final de sus días, atormentándolo cada noche en las que se la imaginaría en brazos de otro que no era él.
Ella tendría que irse, se lo había prometido desde la última vez cuando la salvó de una muerte segura a causa de la hipotermia; no le restaría mas que entregar esa moneda de cambio a su legítimo dueño mientras que reconstruiría su gloria en otro lugar, comenzaría de cero y con la frente en alto clavaría el estandarte en la montaña más alta de los Malfoy.
No tendría tiempo de enamorarse, menos de una repugnante sangre sucia, de alguien indeseable para su estirpe, de alguien a quien odiaba tanto que hacía su corazón latir con el solo hecho de verla sonreír. Caminaba con lentitud hasta aquella casa, su piel desnuda tan solo cubierta por esa capa negra con la cual se transformaba en cuervo se arrastraba por la espesa nieve acompañando el pensamiento de su dueño.
-Te odio Granger, maldita la hora en la que llegaste, maldito yo por no querer… abandonarte-
Continuaba su camino faltándole solo algunos pasos, deseando a la vez correr para mirar esos ojos caramelo, ese rostro de niña en medio de dos cascadas de risos definidos, esa piel blanca ligeramente bronceada emanando néctar de vainilla. Pero por otro no quería entrar para evitar encariñarse más de ella, pues todo sería momentáneo, fugaz, efímero como aquella fortuna a la que siempre estuvo acostumbrado; prefería de nuevo tener ese carácter frío de un Slytherin despiadado, aquel que pisoteaba a otros no importando ensuciar sus finos y caros zapatos con su sangre o humillación.
No aceptaría que aquella despreciable sangre sucia despertara en su corazón aquello tan extraño, eso tan peligroso que podría hundir a cualquiera; se rehusaría a que eso tan atroz invadiera su mente, excitara su cuerpo reconfortando con todo eso su espíritu caído y negro. Draco Lucius Malfoy era el rey de la inmundicia, y como tal debía desechar cualquier cosa buena excepto su madre.
Hermione seguía leyendo aquel libro que encontró por el pasillo de las habitaciones de la casa; "Mi pasión prohibida" se había convertido en casi un diario personal para ella quien no encontraba la forma de consumir el tiempo antes que éste lo hiciera con ella. Recargaba el lomo del manuscrito en sus piernas posicionando su dedo en aquella página en la que se había quedado. Se volvío a acostar en la cama para posteriormente acuclillarse en posición fetal para comenzar a leerlo.
"No se cuanto exactamente he llevado blandiendo esta tan pesada espada; en un principio mi padre dudaba siquiera que en mi calidad de mujer pudiese con esta labor que mi madre ha lamentado desde aquel absurdo decreto. Aquella coraza que cubría mis pechos causándome el dolor atroz del frío hierro contra mi cuerpo no me estorbaba tanto como aquel yelmo que impedía mi vista al objetivo enemigo.
Es más fácil para mi perder una batalla en la guerra que la vanidad que en mi género reclama; poder, honor y gloria son ahora el estandarte por el que mi padre y madre luchan por preservar ante la codicia del Barón Vanherkins de Lothi, un dictador más tirano que Herodes mismo que reclamó el derecho a gobernar por el solo hecho de tener un "heredero". Aquel petulante llamado Merrik Vanherkins de Lothi , que a pesar de no conocerlo puedo intuir que de tal palo tal astilla es lo que reafirma el concepto en el que lo tengo ahora.
Desgraciadamente vivo en una tierra de costumbres machistas arraigadas; leyes en las que el hombre solo puede ser digno de pensamiento, de honor y respeto mientras que las mujeres solo se nos condena a observar, sufrir y callar como si fuese una cruz tallada para cada una indicando el destino que se debe seguir a través de un valle de lágrimas.
Mi padre es un gran hombre, nunca se ha ponderado de su titulo ante nadie; un justo para una vida justa, ideales que lo abanderan y engalanan como esa corona de oro y esmeraldas que porta en su cabeza. Siempre he creído que los hombres que nacen con la estrella del mando, dios les abre el camino para guiar al pueblo a la prosperidad. Mi madre tan frágil a su lado es la muestra de la perseverancia, a pesar de su menuda figura es aquel aliciente que cura y fortalece el espíritu de mi padre.
Cruel destino, lo acepto, aquel que me ha señalado desde antes de nacer enredándome en paredes de ortigas donde no me es permitido ser yo misma. Antes de que viniese al mundo he estado marcada para seguir un camino aún en contra de mi propia naturaleza, por esos designios no señalados por el creador mismo sino por aquel que se ha sentido que puede superarlo con sus ideas tontas e instinto de conservación absurdos. El hombre.
Hoy fue un dia más en el que salí con mi buen amigo Prince; un corcel tan blanco como la leche fresca y ojos apiñonados que me espera siempre cada mañana relinchando animosamente, el único que sabe quien soy, el más inteligente, fiel y astuto que no solamente me ha acompañado a galopar por los alrededores de Portokaris sino que ha sido mi guía en cada batalla que he librado quizá por el habilidad o la misma suerte que me ha acompañado hasta ahora.
No cabe duda que el galope y el viento puede despejar cualquier problema al sonido de la herradura chocando con las piedras. Así estaba yo, una noble princesa vistiendo ropas de hombre con todavía el océano de preguntas que desembocaban cual río furioso y salvaje en una sola. Nuestro pueblo; pues por esa razón mi padre tomó esa desición que muchos considerarían cruel y mezquina. Condenada para siempre ser el "príncipe heredero" para que nuestra familia no perdiera la corona y poder dirigir a los demás con los preceptos de equidad, justicia y paz.
Como primogénita del rey mi deber era seguir su lineamiento hasta el dia de mi muerte, o como muchos lo llaman "el precio de la nobleza" cobraba demasiado caro. Debía ocultar mi verdadera identidad para evitar que un dictador tomara el lugar de mi padre por el solo hecho de no haber concebido a un hijo varón. En aquella montaña Prince siguió hasta que no hubo camino exhalando bruscamente hasta detenerse al límite, pues era impetuoso y gallardo.
Me bajé de su lomo sintiendo en mis botas de piel de ternera el crujir de la tierra para caminar un poco contemplando los límites de nuestro reino rodeado por el bosque de Saint Patrick, donde se rumora que el santo patrono se ha aparecido rodeado de laureles y lirios para bendecir a todos aquellos agricultores para otorgar prosperidad y fertilidad a sus tierras. Me senté un rato dejando mi espada descansar a un lado de una roca mientras mi corcel se echaba en rato para poder dormitar un rato.
Debo admitir que el atuendo de los hombres es mucho más cómodo que los pesados y sofocantes vestidos que una princesa esta obligado a usar; el corpiño apretado y ceñido hasta detener la respiración, el fondo y enaguas que se usaban bajo el mismo eran similares a un horno de barro donde la piel se cocinaba como una hogaza de pan; no eran confortables por más de cinco minutos con ellos, así que me sentía afortunada esbozando una sonrisa para mi misma.
Pasados algunos minutos otro caballo se escuchaba llegando a donde nos encontrábamos, por lo que Prince volteó para ver de quién se trataba, yo hice lo mismo apreciando que un joven apuesto se acercaba al acantilado bajándose del purasangre del color del chocolate que solo exhalaba del cansancio.
Me quede inmutada un minuto contemplando la belleza tan singular de ese hombre de piel tostada, ojos café claro como el caramelo , barbilla fuerte y cabello oscuro. No debía mirarlo por mucho tiempo, asi que cerré un poco los ojos respirando tranquilamente para después levantarme y preguntar el motivo por el que se encontraba en ese lugar como si yo lo estuviese esperando. Al acercarse a mi presencia solo se escuchaba el sonido del metal de las espuelas con las piedras que se encontraban en el camino, esa espada que había sido forjada tal vez en las tierras medias de Reikiavik sería la muestra del guerrero de gran potencial que sería.
-Vos debéis ser Aldhir- Caminaba a donde yo me encontraba- Heredero del Reino de Portokaris no puedo equivocarme- El joven me observaba con recelo, como si tuviese un rencor arraigado desde hacía mucho tiempo sin que nos hubiéramos apalabrado siquiera.
-Decís bien extraño- Me erguía sosteniendo la mirada- Soy el hijo de Tristan y Cordelia Portokalos, soberanos de estas tierras que tocan vuestros ojos, ahora, ¿Podréis contarme a que se debe vuestra visita?- Pregunté sin apartar la mirada del joven que intentaba intimidarme con esa gallarda altura y penetrantes ojos.
-Mi nombre es Merrik VanHerkins de Lothi, hijo del Barón VanHerkins y he llegado de Europa oriental a ofrecer mi servicio al rey Tristan como general de las filas de este feudo- En ese instante mi mirada cambió rotundamente, como si ese individuo deseara desbancarme para no solo probarse a si mismo que era merecedor de tal cargo, sino también haciendo que mis padres hubiesen añorado a un primogénito varón como él.
-Creo entonces mi estimado noble que debo anunciaros tristemente que habéis llegado en vano- Continuaba sosteniendo la mirada con orgullo; estos ojos azules lo retaban protegiendo el territorio pero sobre todo, alejando la corona de manos equivocadas. -Yo como primogénito de Tristan soy quien está al mando de sus filas, pero reconsideraré si estáis interesado en ser capitán, aunque os advierto Merrik de Lothi que hay otros igual o mas capaces que vos para dicho cargo -Pude observar que el joven me miraba con odio, repudio, una señal clara del veneno que su padre le habría inyectado con la firme convicción de ser él quien derrocara a su tío tercero, asesinarlo y colocar su cabeza en sus aposentos para recordarle siempre que se puede obtener lo que se quiere con esas bajas artimañas.
-Sabré ponerme a la altura ¡Oh mi príncipe Aldhir!- El joven esbozaba una sonrisa seguramente mofándose de mi estatura y mi voz ligeramente más ladina que la de un adolescente en crecimiento; a su lado, yo parecía un niño de catorce años pretendiendo ser hombre.
Tan solo me acerqué un poco más aspirando el trigo y el atardecer que su atuendo despedía, sentí mi respiración detenerse por unos instantes cuando aquellos ojos café claro se postraban en los míos azules denotando un triunfo adelantado. Yo solo retrocedí un paso haciendo que Merrik soltara una risa.
-Esperaré entonces ansioso pero primero debéis mostrarme de lo que estáis hecho noble hijo del Barón de Lothi, así sabré si eres el candidato perfecto para capitán- En ese instante tomé mi espada para ponerla al frente con el filo en la tierra mirándolo ahora con triunfo; era un petulante hijo de noble que por su complexión se sentía el dueño de lo que no le pertenecía.
-Su alteza, perdón si me niego a enfrentaros pero mi alma se sentiría afligida si llego a causaros daño alguno, después de todo, mi deber sería procurar su protección y salvaguarda- Aquel joven sonreía ligeramente dejando escapar al peor de los arpones llamado sarcasmo, ocultándolo bajo esa reverencia que colocándose a mi altura daba a entender el nivel en el que nos encontrábamos; entre tanto yo estaría dispuesta a defender mi título y mi honor, solo de ésta manera aprenderían a respetarme.
-Blandid vuestra espada noble Merrik, que para entrar al ejército del reino de Portokaris debéis mostrar de lo que un guerrero esta hecho, que no os importe mi apariencia, pues comprenderéis que no hay enemigo pequeño- Poniéndome en guardia esperaba a que mi contrincante hiciese lo mismo; sólo me miró con aquella sonrisa triunfante mientras sacaba su espada que seguramente haría añicos a la mía si no estaba preparada.
-Se hará como vos ordenéis príncipe Aldhir, procuraré no ser rudo para evitar una herida o rasguño- Merrik tomaba su espada observándome hasta que hiciera el primer movimiento, quizá lo que en realidad buscaba era probarme, pero no le daría el gusto tan pronto de una derrota.
-Como vuestro príncipe os ordeno que no cambiéis la forma de luchar, mi padre necesita a los más fuertes, capaces, astutos y ágiles para proteger nuestro reino de los bárbaros - Me acercaba lentamente lanzando el primer ataque al hombro para después verlo con determinación; al hacer esto solo sonreí un poco para hacer más interesante esta prueba, aunque admitiré que su mirada podría desarmar a cualquier chica que estuviera en mi lugar, pero yo "el príncipe de Portokaris" no cedería fácilmente a sus encantos masculinos, asi que con una mirada llena de burla trataba de mostrar el mismo sarcasmo que él. -Incluso de aquellos tiranos que solo buscan el beneficio propio ¿Sabéis a que me refiero cierto?-
El joven abrió más los ojos habiendo detenido el primer ataque con su espada, pero cierto es también que las palabras son más fuertes que cualquier hierro forjado en las brazas; ese comentario había herido su ego y amor propio por lo que sentí la fuerza mirando como retrocedía un poco de mi espada.
-Vos comprenderás entonces de lo que está realmente hecho un guerrero forjado en el calor de la batalla niño bonito- Aquel hombre comenzó a mostrar gran fuerza tanto en el agarre como en la maniobra de la espada mientras yo solo me defendía cubriendo las zonas donde podía atravesarme.
Bien me lo decía Rekilav Hazot; antiguo general del ejército de Portokaris y gran amigo de mi padre que me había enseñado desde niña lo que se en cuanto al enfrentamiento bélico, uno de los que sabía mi verdadera naturaleza y sin embargo me entrenó como si se tratara de uno de sus hijos. "No importa el tamaño del oponente pues este se pierde su fuerza cuando se equilibra con la agilidad".
Merrik era fuerte, sus ataques casi me hacían tambalear con tan solo un movimiento, por yo tenía ventaja de ser ligera, asi que maniobré su espada girando sobre mi misma para jugar con su muñeca perdiendo poder en la misma. Su espada a pesar de ser más pesada que la mía, parecía ser de bambú cuando era sometida.
Al lograr descontrolar su equilibrio, aproveché para tomarlo de la mano contraria provocándole una caída mientras le daba la última estocada; Merrik solo me miraba algo furioso al perder contra alguien menor a su tamaño. La punta de mi arma acariciaba su garganta que de haber sido una batalla encarnizada no dudaría en cortársela de solo un tajo obteniendo una rotunda victoria.
-Levantaos Merrik, que esto aún no termina- Le decía ofreciéndole la mano para ponerse en pie.
-¡En guardia!- Cruzaba mi espada de mi hombro derecho hacia el piso observándolo con aquellos ojos azules heredados de mi abuela; yo tenía el cabello corto, negro como la noche y liso con algunos mechones cayendo por mi frente. El tan solo me contemplaba fascinado mientras yo deseaba que mi feminidad no brotara por aquella sonrisa y labios que en nosotras lucen como grandes joyas siendo el anzuelo que cualquier pez con testosterona pueda morder.
-Debo decir príncipe Aldhir que no solo tenéis la fuerza y agilidad de los grandes caballeros- Merrik se acercaba un poco más arqueando un poco su mirada- Vos también tenéis galanura en esos… ojos , pues mi padre me ha contado sobre el primogénito del gran Tristan de Portokalos, pero no me imaginé que vuestro rostro tuviera la frescura de una doncella, la fuerza de los guerreros mas temidos en esos ojos que con vuestro respeto son… hermosos- En ese momento solté la espada, sólo escuché el metal caer sobre la piedra donde la había recargado; quizá ahora podrían ser muchas las respuestas que yo tuviera ante tal declaración, tan solo me restó ponerme en guardia hablando un poco más grave deseando por primera vez tener facciones curtidas y toscas para evitar delatarme.
Volví a tomar mi espada y con un movimiento rápido lo tomaba del brazo haciendo que se acuclillara en el piso colocando el filo en su cuello, estaba furiosa, molesta conmigo misma por permitir que mi calidad de mujer saliera a la luz a pesar de todo el esfuerzo de erradicarla, de cubrirla por más que deseara que esta brillara.
-Escuchadme bien Barón de Lothi, si volvéis a mencionar algo de mis ojos os aniquilaré como un maldito cerdo para ofreceros a la comilona de mi propio padre ¿Quedó claro?- En ese instante estaba decidida a matarlo, pues si esto era descubierto mi padre se vería obligado a dejar la corona de Portokaris para cederla al tirano de Lothi."
Hermione no terminó aquel capitulo del libro que tenía en las manos por lo que dobló la punta superior derecha de la página donde se había quedado. Sintió que alguien abría el portón de la entrada pensando en que Draco había llegado por fin a la mansión; su corazón palpitaba demasiado al escuchar los pasos tan característicos del platinado, cerró el manuscrito colocándolo bajo la almohada ya que no sabía si le estaría permitido leer siquiera.
Malfoy por su parte llegaba a la cava donde tenía aquel licor que tanto le encantaba; pensaba que necesitaría reponer fuerzas debido a que sentía un ligero desgano en todo su cuerpo, a decir verdad cada que experimentaba algo similar bebía una o dos copas de moscatel que tenía de reserva, pues le ordenaba a Plumber que siempre tuviera surtido ese licor que tanto el fascinaba.
Sirviéndose generosamente cada copa se quitaba la camisa para solo quedar más cómodo en una de tirantes clor gris de algodón; miraba la puerta donde Hermione estaba recluída, pensaba en sus últimas palabras que le había dicho antes de dirigirse al colegio. "Quiero sentirme viva" "Quiero ser una mujer". Draco cerraba sus ojos volviendo a su mente el timbre susurrante de voz que aquella castaña emitía; respirando entrecortadamente daba un trago largo a su copa dejándola a la mitad para armarse de valor y dirigirse a ella.
-Yo quiero, hacerte sentir… viva- Decía en susurro mientras escalon a escalon y con su copa todavía en la mano izquierda; sitio en el cual tenía la marca tenebrosa, se encaminaba pensando en la forma de disfrutarla. Se imaginaba sus ropas resbalando lentamente por su suave espalda haciendo un contorno desde su cuello hasta su derrier y glúteos, se relamía sus rosados labios ansiando ser esa lengua que recorriera todas esas zonas y recovecos impregnados a vainilla que seguramente aguardarían a ese hombre tan esperado con el que toda mujer sueña.
Exhalaba en pausas al momento de subir el último peldaño contemplando que se encontraba a unos metros de la puerta que los separaba; dicen que la imaginación es el acceso a lo prohibido por lo que la misma ahora cobraba estragos desembocando en una ligera presión en su entrepierna. Sus pasos sonaban lento al instante de que estaba llegando a la puerta.
Detrás de la misma, Hermione contemplaba el picaporte de la entrada, su corazón latía a mil por hora deseando volver a sentir ese aliento de menta envinado con fragancia a encino dulce y maderas. Se metía rápido al balo para verse en el espejo, ¿Acaso se estaba arreglando para Malfoy?, ¿Para el tipo que la había secuestrado?, esas tan solo eran incógnitas que se negaba a responder por temor al resultado.
Se miraba un poco más desviando aquellos ojos caramelo hacia la puerta, se dirigió a la ventana fingiendo observar la nieve para no demostrarle que lo esperaba con ansias, en realidad deseaba volver a ver sus ojos, su sonrisa torcida y su arete en el lóbulo que le daban el aspecto de un muñeco rebelde.
Escuchó claramente los pasos que se dirigían a su recamara; lentos, seguros, decididos, peligrosos bajo ese par de mocasines negros que chocaban contra el mármol y madera del piso tan exquisito. Ella respiraba con dificultad deseando volver a sentir esa piel nívea, aquellos brazos fuertes rodeando su cuerpo, sus ojos grises clavados en los suyos mirándola con odio, con burla, saña, miedo, con soledad. Se sentía ridícula y patética al comenzar a extrañar sus bajezas, su rencor hacia todos, su sed de venganza ya que por más que deseara negarlo aquellas muestras y arrebatos de mociones encontradas le excitaba, la hacían sentir como tanto deseaba. Estar viva.
-Draco…-Decía en un leve suspiro odiándose a si misma por lo que estaba sintiendo, aquello que no debía ser estando más prohibido que lo de Potter; otro asunto que la confundía sobremanera colocándola ahora en un dilema tan complicado como las runas que tanto le gustaba descifrar en esa clase. Miraba de reojo la puerta en la espera de que se abriera mostrando a un platinado que había extrañado, que había necesitado a pesar de lo correcto o lo fácil pero ésta no se abría, ya que tan solo se escuchaba el tic tac de ese reloj despiadado que se burlaba incluso de esos momentos tan crucialmente desesperantes.
La puerta no se abrió, los pasos de mocasines negros continuaban su camino hacia otra parte que no era la habitación de Hermione, esos zapatos se dirigían a otro sitio para poder estar en paz y tranquilos después de toda la euforia contenida en tan solo una puerta. La castaña cerraba sus ojos sintiendo un hueco en el corazón que la afligía; anhelaba correr y abrirla para poder brindarle una sonrisa al platinado abrazándolo con fuerza, para entregarse a el de todas las formas, para decirle todo lo que lo había necesitado sintiéndose sola en ese lugar lúgubre con la compañía de un libro que relataba un amor imposible, aquel con el cual se identificaba sin desearlo siquiera.
-No te vayas… te necesito- Decía en otro leve susurro al cerrar sus orbes acaramelados abrazandose a si misma para mitigar esa ansiedad de aquella piel blanca sobre la suya. Quizá aquel chico de sangre pura le asqueaba la sola idea de acercarse demasiado, probablemente no estarían hechos el uno para el otro por más que ella lo deseara, ese amor resultaba mas imposible y prohibido que las novelas del mismo Shakespeare.
Malfoy se dirigía a su recamara, esa que le había pertenecido desde niño de la cual tan solo durmió un par de veces desde aquel entonces; no deseaba recordar esos pasajes que le mostraban a su padre cuando lo tenía todo, a su madre cuando vestía esos galantes trajes disponiéndolo todo para la cena y pasar las mejores vacaciones de su vida. Eso había quedado atrás sirviendo ahora como un cuartel donde debía esconderse, alejar lo bueno de si mismo para concentrarse en su rencor, en su ira contra todo, contra si mismo si era necesario.
Decidió en ese momento darse un baño, lo necesitaba debido a la intensidad de estar a unos metros de Hermione Granger, aquella chica que lo tenía endiosado, embrujado, loco. Tenía ganas de salir de nuevo corriendo para abrir su puerta, observar de nuevo esos ojos color caramelo, esas facciones de niña que conservaba, tomarla entre sus brazos para besarla intensamente acariciando todo su sagrado cuerpo, impregnarse de ese aroma a vainilla hasta enloquecer completamente; pero era demasiado orgulloso para aceptar que en realidad estaba enamorado de ella, deseaba tenerla para el, solo para él.
Quería aprisionarla para siempre entre sus brazos no para hacerle daño, sino para comenzar con ella una vida nueva, pues esa castaña sabelotodo y rata de biblioteca se había convertido en su luz, una muy hermosa que podría salvarlo de su propio veneno e inmundicia, pero sabía que ella no lo amaba, ¿Quién amaría a un mortifago hijo de la mierda?, ¿Quién se atrevería a estar con el después de haber causado tanto daño?, nadie. Esa era la respuesta que su mente llena de culpa le daba.
-Te amo… Hermione, y me aborrezco por eso.. además tu corazón es del hijo de puta de San Potter- Totalmente desnudo en la bañera pronunciaba esas palabras sintiendo el agua caliente tocar su cuerpo.
